La campaña afgana
El único modo de contrarrestar las tácticas…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
El único modo de contrarrestar las tácticas escitas, el gran círculo rodante de arqueros a caballo, es interceptarlo por el costado. Romperlo.
Empujarlo contra un río o una montaña o un precipicio. Entonces la infantería y la caballería pueden emplear las armas. Pero aquí, en las estepas de las Tierras Salvajes, no hay ríos ni montañas ni precipicios. Por eso las tácticas escitas funcionan tan bien.
Lo que hay que hacer —lo que Alejandro hace ahora— es utilizar hombres y caballos para que hagan las veces de un río, una montaña, un precipicio. Tal es nuestro papel ahora. El nuestro y el de la caballería merce.
A galope, las tropas mercenarias de élite de Frigia y Capadocia salen por detrás de los cuernos de la cortina encubridora que es la infantería en avance. Un ala se dirige a la derecha y la otra, a la izquierda. En un gran movimiento ondulatorio, oscilan hacia fuera y vuelven. Caen sobre el círculo rodante del enemigo en ambos extremos del anillo. Ahora es el enemigo el que está atrapado entre la infantería por delante y por detrás, y la caballería a derecha e izquierda. El círculo se rompe en pedazos como una rueda al golpearse contra cuatro piedras. Nuestra anda sigue a las columnas de la caballería merce que se precipitan con gran estruendo sobre el enemigo.
Es para mí un inmenso placer relatar cómo el ataque de nuestra compañía hace que el enemigo se desmorone y se dé a la fuga, acosado, por no mencionar que mi lanza despachó a tal héroe y a tal campeón. De hecho, la caballería merce se ha encargado de todo antes de que hayamos llegado allí. Probablemente nuestra columna debe de ser la vigésima que cae sobre el enemigo, cuando ya se tambalea. Sólo somos un muro, un cerco de picas y caballos en el que inmovilizar a las hordas de Espitámenes y romper su rueda en radios y astillas.
Ahora se produce la carga de Alejandro y sus Compañeros.
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Nuestro rey conduce un escuadrón de mil ochocientos hombres de caballería pesada en cuñas, doscientos en cada una. A galope, esta fuerza puede recorrer cien yardas en siete segundos. Cuando penetra en el vientre del último círculo del enemigo, hace saltar en añicos el impulso giratorio y lo convierte en una multitud que pulula sin orden ni concierto.
El combate finaliza tan deprisa que casi resulta decepcionante. A estas alturas, los jinetes de las tribus han disparado sus flechas, sus monturas están cansadas, el entusiasmo febril del ataque se ha agotado. Ahora las sarisas de la infantería ligera y la infantería pesada, así como las lanzas de la caballería merce, se vuelven contra ellos. En cuestión de segundos, perecen mil doscientos adversarios. Millares tiran las armas y el propio Espitámenes huye precipitadamente del campo de batalla.
Nuestra compañía deambula por el seno de la hondonada y se apodera de todos los caballos que andan sueltos a los que puede echar mano. El campo de batalla es una sopa. Por todo el entorno se ha acribillado y machacado la turba helada; ahora no hay más que barro. Las tropas enemigas alzan las manos vacías por doquier. Con los animales agotados que trastabillan por el lodazal, bactrianos y sogdianos tiran las armas a centenares. Susaliados de otros tiempos, los sacas y los masagetas, aprovechan la ocasión para asaltar equipamiento y bagaje de sus antiguos compañeros y se entretienen el tiempo suficiente para apoderarse de todos los ponis y mujeres que pueden antes de servirse de la nevada para ocultar su fuga hacia las Tierras Salvajes. Con la victoria, el campo de batalla se ha convertido en un agitado remolino de caballos. Centenares de monturas de guerra patalean el lodo hasta hacerlo espumajear. Nuestros chicos silban y dan gritos, ardiendo en deseos de conseguir un animal valioso o, al menos, un yaboo rechoncho con el que hacer dinero rápido al cambiarlo por una bolsa de plata. ¿Dónde está Lucas? Espoleo a mi caballo por la redada de animales. De repente, un destello blanco atrae mi mirada.
¡ Khione!
¡Mi pequeña y bonita yegua que perdí en el Raudal de Bendiciones!
Sólo un jinete creerá que, en medio de una agitada estampida de caballos, una ojeada pueda localizar a un animal en particular. Pero allí está.
Silbo. Gira las orejas. No tardo ni un segundo en desmontar y cruzar hacia ella; le rodeo el cuello con los brazos. Cuando me huele, me reconoce. La emoción me abruma y acarició el hocico de mi pequeña. Soy consciente, aun en el momento en el que el corazón me rebosa de júbilo, que la alegría de recuperarla es un modo de suplir las otras pérdidas, mucho más intensas y aún sin compensación. Compañeros muy queridos a los que el corazón todavía no puede llorar; hermanos perdidos a los que aún busco. Todos se convierten en uno para mí en la forma de este querido animal al que creía que nunca volvería a ver y al que ahora, uno entre cinco mil, me ha venido a las manos de forma milagrosa.
Oigo hablar a los hombres alrededor. Dicen que Espitámenes ha escapado y que nuestros jinetes más veloces lo persiguen. ¿Dónde está Alejandro? Ocupándose de la rendición de bactrianos y sogdianos.
Un sargento mace dice que ha visto al hijo de Espitámenes; me pongo en alerta al instante.
—¿Dónde? ¿Cuándo?
—¿A qué te refieres, amigo?
—Has dicho que lo viste. ¿Dónde?
El sargento está ocupado con sus caballos capturados. Él y sus amigos se dan la vuelta. Voy hacia ellos y exijo saber si es verdad que lo ha visto o no. El sargento gira la cabeza para mirarme; por lo congestionada que tiene la cara comprendo que está rebotado.
—Tranquilo, hermano. Sólo he dicho que había oído...
—Entonces ¿no lo viste?
—No, pero muchos sí.
Estoy furioso. Le reprocho que se atreva a hablar de semejantes cosas sin tener confirmación. Él repite que Espitámenes y su hijo han huido.
—¡Salieron cagando leches, esos dos! ¿Te parece bien así, amigo?
Los compañeros del sargento me apartan a empujones. Púgil y Rojillo me sujetan. Siento como si me fuera a estallar la tapa de los sesos. Si el hijo de Espitámenes está vivo, entonces... Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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—¡Matías!
La voz de Dados se oye por encima del estruendo.
—Aquí, Matías!
Me vuelvo y los veo llegar a él y a otros dos compañeros del campo de batalla; frenan sus caballos. A pesar del frío, están sudando. Dados dice que me han estado buscando por todas partes. Todos tienen una expresión muy seria. Entonces veo al teniente del cuartel general que va con ellos. Le saludo.
—¿Eres Matías, hijo de Matías de Apolonia?
Le contesto que sí.
Tiene el gesto aún más serio que los otros.
—Tienes que venir conmigo —dice.
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En la tienda de la plana mayor hay un brasero de hierro, tres arcones que hacen las veces de sillas y una mesa de campaña. El teniente deja el cuaderno de notas de Lucas encima.
—¿Lo reconoces?
Es un rollo de cuero desgastado con dos ataduras de tiras de cuero sin curtir. En el grano de la piel de la solapa lleva repujado el emblema de un alce al que está matando un grifo.
—¿Me has oído, cabo? ¿Lo reconoces?
Los soldados saben cómo dejar el corazón insensible. Hay que salirse de uno mismo. La luz cambia, el sonido se vuelve extraño. Es como si estuvieses mirando desde un túnel. Sólo ves lo que tienes justo delante e incluso eso parece que lo esté observando otro en tu lugar, no tú; una copia tuya sacada del molde y que deja sólo una cáscara hueca e insensible como una piedra. Soy consciente de que el teniente pone en la mesa el casco y la daga de Lucas. Incluso saca la capa larga que le di cuando partió a caballo con Agatocles; y también la bolsa con kishar y lentejas.
—Lo siento —dice. Se vuelve hacia su asistente—. Tráele algo de beber. Cuando el teniente se marcha, Dados suelta toda la historia.
Guerreros bactrianos cayeron sobre el grupo de Agatocles que escoltaba al hijo de Espitámenes, con Lucas y Costas, a los dos días de partir del lugar del apresamiento. El enemigo se llevó a los maces, atados y con los ojos vendados, a un campamento llamado Riscos de Cal, donde se había reunido una multitud de parientes. Los hombres del clan clavaron a nuestros compatriotas en tablas, los untaron con brea y les prendieron fuego. Los
sometieron a otras atrocidades cuando todavía estaban vivos. Los decapitaron. Los restos los arrastraron detrás de ponis hasta que se hicieron pedazos y se desprendieron de las ataduras.
Le pregunto a Dados cómo sabe todo eso.
—Los canallas alardearon de ello. En un correo a Alejandro.
Dados añade que nuestras tropas encontraron los cráneos en el campamento enemigo inmediatamente después de la batalla, en carretas capturadas a los bactrianos, junto con las armas y el equipo de nuestros compañeros que el enemigo se había quedado como trofeos. Cae la noche.
Patrullas maces se despliegan por la estepa en busca de Espitámenes, que ahora, con la nieve, se ha convertido en un rastro entre miles más.
Alejandro prepara a las brigadas para dar caza al Lobo tan pronto como se le localice. A nuestra sección, comandada por Estéfano, la han apartado del servicio; nadie nos dice por qué. No duermo. No como. Una única meta anima mi resolución: volver a la acción lo antes posible y hacer pagar con creces a esos demonios las atrocidades infligidas a mi amigo.
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Pero el cuartel general nos tiene en cuarentena. A nuestra sección se la ha segregado a un sector en los márgenes del campamento. El servicio de inteligencia ha montado dos tiendas y esa noche hacen entrar allí a nuestros oficiales y sargentos principales: Estéfano, Bandera y los dos jóvenes tenientes que se encontraban presentes cuando se capturó al hijo de Espitámenes. Lo que se les pregunta nadie lo sabe. Cuando terminan, mandan a nuestros oficiales al ala opuesta del sector para que no puedan hablar con los que aún no han sido llamados a declarar. Me llega el turno alrededor de medianoche. Se está descargando una tormenta de granizo; las bolas de hielo acribillan todo el campamento y destrozan tiendas y cortavientos. El frío y el estruendo son indescriptibles.
El teniente del cuartel general me entrevista. Es la misma tienda en la que me enseñó el cuaderno de notas de Lucas. Nos felicita a mí y a mi compañía por nuestra participación en esta gloriosa victoria. Al parecer me van a condecorar y a ascender a sargento. Habrá gratificaciones para todos.
Entonces deja en la mesa un documento, delante de mí. Tengo que leerlo y firmarlo.
—¿Sabes leer, cabo?
—Apenas. —Me lo quedo mirando.
El pergamino es un informe del combate contra Espitámenes. Es fiel dentro de lo razonable. Excepto al final, donde relata las muertes de Lucas, Agatocles y el cronista Costas. Todos han tenido una muerte heroica combatiendo en el campo de batalla.
—No es así como ocurrió —digo.
La granizada retumba contra la lona de la tienda; las ascuas del brasero flamean con el ventarrón.
—Todos tus compañeros lo han firmado —contesta el teniente, que desestima mis palabras con un ademán.
Me enseña las firmas de Bandera, de Estéfano, de los dos tenientes y de nuestros otros oficiales de todos los rangos hasta llegar a Buey.
—A Lucas y a los otros los mataron días antes de la batalla, en la estepa. Los capturaron soldados afganos de la caballería y los masacraron
—digo.
—Por favor, pon tu marca —insiste el teniente.
Le pregunto por qué hace falta que firme yo, si soy un simple cabo. ¿A quién le importa lo que yo diga?
—El cuartel general quiere la firma de todos.
Si no hubiese estado tan helado, tan agotado, tal vez habría estampado mi rúbrica. ¿Narik ta?
¿Qué importa? Pero la actitud del teniente me irrita. Con emoción, relato la captura del hijo de Espitámenes en la estepa. Describo la insistencia de Agatocles de volver a la columna para entregar al prisionero de inmediato y cómo se ofrecieron voluntarios el cronista Costas y mi amigo Lucas para unirse al grupo y cabalgar solos hacia la nada.
—El enemigo los capturó y los masacró. Eso fue lo que pasó.
—¿Vas a firmar, cabo?
—No.
El teniente se ausenta. Cuando regresa, lo acompaña un capitán. Esta vez los acompaña un secretario.
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El capitán es más afable que el teniente. Traen vino, pan y sal.
Charlamos. Sale a relucir que tenemos amigos comunes. Al parecer, el
capitán conocía a mi hermano Elías; ensalza su valor y manifiesta pesar por su muerte prematura.
—Mira, tú y yo sabemos lo que le pasó a tu amigo Lucas —dice—. ¡Por Heracles, los animales que lo hicieron merecen la crucifixión!
—Entonces, encontrémoslos y démosles su merecido. El capitán afirma que su preocupación es por los familiares de los muertos.
—¿De qué les servirá saber la verdad a la madre y la hermanade tu amigo? ¿Aliviará su sufrimiento? ¿Cómo recordarán a su ser querido?
—Tal como era —contesto.
—No. Lo verán despedazado. ¿Es eso lo que quieres? Empuja el papel hacia mí.
—Tu amigo fue un héroe, cabo. Dejemos que sus seres queridos lo recuerden así. Ahora sí que estoy rebotado. Empujo la silla hacia atrás y empiezo a levantarme.
—Siéntate —ordena el capitán.
Me pongo de pie.
—¡Pon el culo en esa silla, maldita sea!
Obedezco.
Pero no firmaré.
Dos lanceros hircanios guardan la entrada. Me escoltan fuera, a una tienda de suministro que no se usa. Tengo que esperar allí y no hablar con nadie. Dados y Púgil entran a la tienda del capitán. Acaban y los mandan volver a la parte buena del campamento. La noche está mediada; la tormenta de granizo amaina y da paso a un frío glacial.
Al amanecer vuelven a llamarme. Es el mismo capitán, esta vez solo.
—Está bien —empieza—. Esta historia es una tapadera. Me mira a los ojos, como para decirme que soy especial, que me va a poner al tanto de la verdad.
—El cuartel general considera de vital importancia que no llegue a oídos del ejército ni una palabra de esas atrocidades.
—¿Por qué no?
—Mil doscientos bactrianos y sogdianos se rindieron ayer. Alejandro quiere integrarlos en las unidades. Estos primeros darán pie a que centenares más hagan lo mismo, pero si nuestros compatriotas descubren lo que ocurrió...
Entiendo.
—Esto tiene que ver con la paz —dice el capitán—. ¡Con poner fin a la jodida guerra!
Le pregunto sobre el correo que los bactrianos enviaron a nuestro soberano.
—¿No se enterarán las tropas por ese mensaje?
—Se hizo desaparecer nada más recibirse. Los únicos que saben que existe son los oficiales que hay en este sector y un par de amigos tuyos a los que se lo contamos cuando tuvimos que implicarlos. En una mesa auxiliar hay un puchero humeante con lentejas y pollo. También hay vino y gachas de cebada. El capitán me pregunta si he comido; le contesto que no tengo hambre.
—¿Qué causa estás defendiendo, cabo? ¡Por Zeus! ¿Por qué te niegas a firmar?
Sé que es una cabezonería. ¿Qué importancia tiene un insignificante garabato de tinta en el orden de las cosas?
—Escúchame, hijo. Esta orden proviene directamente de Alejandro. ¿Es que no amas a tu rey?
Claro que sí.
Pero no firmaré.
—¿Entiendes lo importante que es esto? ¡Estamos hablando de vidas de hombres! Si se firma la paz este invierno, se evitará una campaña durante toda la primavera. Lo entiendo.
—¿Crees acaso que el mando va a permitir que un cabo cabeza dura malogre la posibilidad de acortar esta guerra?
—¿Es una amenaza, señor?
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—Es un ruego, hombre.
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Paso la mañana en la tienda de suministro, helado.
Comprendo el aprieto en el que está el mando. Comprendo la solución.
El informe falso se enviará a Macedonia, donde lo aceptarán sin dudar. El cuartel general lo publicará aquí para darlo a conocer a todo el ejército.
Entonces ninguno de los que lo han firmado podrá decir que es mentira. Los bactrianos y los sogdianos se alistarán en las unidades; traerán a sus primos y a sus hermanos. Es una buena estrategia. Si yo fuera un oficial del estado mayor, también manipularía los hechos. Pero sigo sin querer firmar.
Uno de los guardias que me vigilan es un mercenario arcadio. Se llama Polemon, un buen tipo; lo conozco de la construcción de la ciudad de Kandahar. Me pasa a escondidas un poco de guiso y media jarra de vino.
—A ver, ¿qué tripa se te ha roto? —me pregunta, y por qué estoy siendo tan cabezota. Le hablo de Lucas, de que para él la verdad lo era todo. —
Amigo, no sabes bien dónde te has metido. Esos cabrones no se andan con tonterías.
—Sí, seguro que ya han inventado una historia para mí también.
—Y tanto que lo han hecho. Y la firmaré. Todos la firmaremos.
El cansancio me tiene hecho polvo, pero soy incapaz de dormir. En mi mente veo los ojos de Lucas. No puedo fallarle. Me preparo para lo peor que pueden hacerme. No estoy dispuesto a traicionar a mi amigo.
A media mañana el campamento bulle de actividad. Se ha encontrado el rastro de Espitámenes. Se imparten órdenes. Las brigadas de Alejandro se pondrán en marcha a mediodía. Nuestra compañía se reunirá con su división. Todos menos yo.
Ésta es la peor tortura posible. ¡No pueden dejarme atrás!
Me sacan a patadas de la tienda de suministro para poder desmontarla y cargar en mulas lo que hay en ella. Vuelven a meterme en la primera tienda; fuera oigo a mis compañeros prepararse. No lo soporto. Hay guardias nuevos apostados en la entrada. Se supone que tengo que sentarme y estar callado, pero mis carceleros hacen la vista gorda cuando Bandera y Estéfano, montados para emprender la marcha, se paran fuera.
—Firma —dice Bandera al tiempo que su mirada me transmite: «Todo es una mierda, de todas formas.»
Estéfano se da golpecitos en la cabeza para aconsejarme que no sea tan testarudo. Vuelven a sacarme de la tienda y esta vez me llevan al recinto del rey. Me dejan en otra tienda más grande, con compartimentos. Estoy en ascuas hasta mediodía. ¿Dónde esta mi yegua? ¿Se habrá ocupado alguien de ella? El faldón se abre y entra el mismo capitán de ayer. Esta vez va acompañado por un coronel del estado mayor. El coronel dice que está harto de todo esto, suelta bruscamente el documento y me ordena que lo firme.
Me niego.
—¡Que el infierno te lleve! —El coronel descarga un puñetazo en la mesa—. ¿Es que quieres que me convierta en un asesino? Sigo en posición de firmes.
—¡Eres una vergüenza! ¡Deshonras al ejército! —Y se marcha hecho una furia. Steven Pressfield
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El capitán no ha dicho una sola palabra. Me indica que me siente con una seña y él lo hace en otra silla. Me sirve una copa de una jarra.
—Es agua —dice.
La acepto. El capitán sonríe.
—Tu hermano Filipo se encuentra en algún lugar de la estepa. De no ser así lo habría hecho venir también para que te hiciera entrar en razón. —Me mira—. Pero tampoco le habrías hecho caso a él ¿verdad?
Saca otro documento de un estuche y lo empuja hacia mí.
—Ésta es tu lista de remiendos. —Es la hoja de mis gastos. El capitán me da un momento para que le eche un vistazo. Ahí está reflejado hasta el último cuarto que le debo al ejército por mi yegua, anticipos, asignaciones...
La lista debe de tener cuarenta renglones—. La romperemos. —Lo siguiente es mi contrato de alistamiento—. Lo rebajaré doce meses. —El capitán me mira a los ojos mientras añade—: Dejémonos de bagatelas y vayamos al grano.
»Asciendes a sargento. Te has ganado un León de Bronce, así que no veo por qué no puede ser de Plata. Con la condecoración va incluida la paga de dos años. Gratificaciones aparte, además de tu asignación oikos.
Traeremos a tu chica a Nautaca. Para que el invierno no sea tan crudo.
Señala el informe original.
—No tienes que firmarlo. Sólo has de darme tu palabra de que no desmentirás el contenido verbalmente ni por escrito.
Es muy bueno. Pero cada palabra que pronuncia me pone más furioso.
En mi mente veo los restos carbonizados de Lucas arrastrados por el suelo detrás de un yaboo bactriano.
—Ya puestos, ¿por qué no me mata y acabamos de una vez?
El capitán suspira.
—Por Zeus, eres un hueso duro de roer.
Se pone de pie. Espero que entren los guardias para prenderme. Se oye el ruido del faldón al abrirse. Oigo unas pisadas al otro lado de la lona.
Entra luz y con ella, lo hace un hombre. Es Alejandro.
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El capitán se levanta de un salto y se pone firmes. El rey entra y se acerca a nosotros. Nos pide disculpas por haber irrumpido sin anunciarse y nos dice que no ha podido evitar oír la conversación desde fuera.
—Descansa, cabo.
Nuestro soberano lleva una sencilla capa de invierno, sin peto y sin insignias salvo el León de Oro en el hombro que sirve de broche.
—Las brigadas partirán dentro de una hora, así que disculpa que no disponga de mucho tiempo. Me impresiona lo envejecido que está. El contraste con su aspecto juvenil cuando los reemplazos de hace dos años lo vimos por primera vez es abrumador. Sólo tiene veintiocho años, pero así, de cerca, parece un hombre de cuarenta. El sol y el aire le han dejado la piel como cuero cuarteado y en el cabello de color de miel hay mechones plateados. Manda salir al capitán, pero él no se sienta ni me da permiso para que lo haga yo.
—Sé lo duro que es perder a un amigo y más de una forma tan horrible
—asegura—. Respeto tu valor por desafiar una orden que consideras injusta y comprendo que la promesa de recompensas ofenda tu sentido del honor.
El habitáculo es cerrado y del tamaño de una tienda para ocho hombres; los únicos muebles son la mesa, tres sillas y un estante para mapas y planos.
—Pero tú tienes que entender lo que está en juego. Ahora se nos presenta una oportunidad para poner fin a esta guerra, una oportunidad que no se alargará mucho. Las horas cuentan. La amnistía a nuestros cautivos bactrianos y sogdianos ha de concederse lo antes posible para que parezca un gesto de entereza y generosidad, no un movimiento político calculado.
Me cala hasta lo más hondo este gesto de nuestro soberano de hablarle a un soldado de rango tan bajo como yo igual que lo haría con un comandante del alto mando.
—La guerra es esto —dice Alejandro—. La gloria ha desaparecido. Uno busca en vano el honor. Todos hemos hecho cosas de las que nos avergonzamos. Incluso la victoria, que como dice Esquilo, en cuyo augusto fulgor toda felonía se borra
no es igual en esta guerra. ¿Qué nos queda? Evitar la innecesaria pérdida de vidas. Demasiados hombres buenos han perecido ya sin motivo y se les unirán más si no alcanzamos la paz ahora. Se yergue y me mira directamente a los ojos.
—Rescindo la oferta del capitán de promoción y recompensa. Es un insulto a tu honor. Tampoco te obligaré a que hagas nada que vaya en contra de tu propio código, Matías. Ni ahora ni nunca. Y
tampoco permitiré que te coaccionen otros. No hay nada más noble que el amor de un amigo por otro amigo. Dejémoslo así.
Se da media vuelta y sale.
Diez días después, cerca de una escarpa que los escitas llaman Mana Karq, o Riscos de Sal, un destacamento de masagetas aparece bajo bandera blanca y se entrega a una unidad de avanzada, Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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adjunta a la brigada de Hefestión, que constituye el ala derecha de la ofensiva macedonia lanzada al norte.
Sus jefes, aseguran los masagetas, tienen la cabeza de Espitámenes.
Entregarán dicho trofeo a Alejandro, añaden, si cancela el avance y acepta sus promesas de amistad.
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LIBRO VIII
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FIN DE LAS HOSTILIDADES
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Shinar ha concebido.
Está encinta. Esta vez no le permitiré que interrumpa el embarazo. De todos modos, tampoco ella quiere. Está feliz. Y yo también.
Nuestra división se ha instalado en los cuarteles de invierno de Nautaca.
Es el mejor sitio en el que hemos estado hasta ahora. La ciudad se alza en lo alto de una eminencia inexpugnable, así que no hay que trabajar para fortificarla y lo poco que hubo que hacer lo realizaron los ingenieros antes de irse para construir Alejandría del Jaxartes.
En la Fiesta de la Escarcha todos los soldados de línea reciben la paga de atrasos. La mía es de siete meses, más una prima del rey de otros dos años extra. Me llega mi tercer León de Bronce, así como la soldada de un año que se incluye con la condecoración y, lo mejor de todo, la opción de licenciamiento al final del próximo paquete.
Tener tres Leones equivale a conseguir el diploma. No soy idiota. ¡No pienso dejar escapar la oportunidad! Nado en la abundancia. Igual que todos los demás.
La mejor zona de Nautaca es Cavadores, el complejo que el cuerpo de ingenieros ha levantado como su alojamiento y al que nosotros, los milicos, nos mudamos ahora. Nada de tiendas para los ingenieros. Construyeron barracones de piedra y vigas, con casa de baños, pisos de madera y pasillos techados hasta las letrinas. Cuando se trasladaron al Jaxartes a principios del invierno, el complejo pasó a ser un hospital. A mediados de invierno, los heridos se habían recuperado y se habían incorporado a sus unidades o los habían trasladado al sur, a la ciudad de Bactra. Los nuestros lo ocupan ahora. Shinar y yo conseguirnos una habitación con ventana y una estufa khef de arcilla. Una brazada de astillas mantiene el cuarto caliente toda la noche. Ghilla y su pequeño comparten la habitación con nosotros, le ha puesto de nombre Lucas. Nunca he convivido con un bebé; adoro a ese pequeñajo. Echamos la siesta juntos. Le encanta dormir espalda contra espalda. Al principio me aterrorizaba darme la vuelta y aplastarlo, pero sus chillidos acabaron enseguida con ese temor. Tiene unos pulmones como los de un sargento abanderado. Si el bebé de Shinar es niño le llamaremos
Elías. Las mujeres han alfombrado el suelo para no pasar frío y han aislado bien el techo. Nuestros amigos Púgil y Rojillo ocupan las dos habitaciones siguientes, con sus mujeres; Bandera y Estéfano están en las cabañas construidas para oficiales, calle abajo. Casi nos da vergüenza vivir tan cómodos.
La ocupación en invierno es preparar una ofensiva para la primavera.
Ahora soy sargento de Steven Pressfield
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línea y tengo a mis órdenes una fila de dieciséis. Tomo parte en todas las sesiones informativas a nivel de pelotón e incluso en algunas de batallón.
He escrito a mi madre para hablarle de Shinar. Por una vez puedo decir la verdad en una carta. Cuando la campaña masageta acabó hace tres meses, nuestra sección se había internado doscientas millas en las Tierras Salvajes.
No había un solo hombre que no estuviera herido y los caballos eran sacos de huesos. Se descargaron tres tormentas seguidas. Perdí dos dedos de los pies y parte de cuatro dedos de las manos, incluida la falange del pulgar izquierdo. Muchos lo pasaron bastante peor. Cuando por fin la columna regresó a trancas y barrancas a Nautaca, Shinar me estaba esperando. Había venido al norte sola, primero hasta Maracanda y luego a Alejandría del Jaxartes, para llegar finalmente aquí.
Cuando la vi, arropada de la cabeza a los pies esperando entre una multitud de esposas y amantes en la puerta de acceso, supe que no tenía que seguir buscando a la compañera de mi vida. Por entonces aún no había barracones, pero los ingenieros levantaban establos, todavía en construcción, pero que al menos resguardaban del viento.
Shinar me lleva allí y me desplomo en la paja, atontado. Cuan-do me despierto, como me pasa durante días presa de ataques de terror y confusión, la veo ocupándose de Khione. Almohaza a la yegua, la seca y le envuelve las pezuñas, le consigue buen grano y agua fresca.
—¿Y yo qué? —gimo.
—Me ocuparé de ti a su debido tiempo —contesta.
Parece que duermo todo un mes envuelto en su aroma. La calidez de su cuerpo me restablece. Da la sensación de que se haya transformado en otra persona, más afable y cariñosa y menos maltrecha por dentro. ¿Habré cambiado yo también? ¿O es que no la conocía realmente?
Ghilla tiene un sexto sentido a la hora de dejarnos solos. Lo capta en el ambiente y coge en brazos al pequeño Lucas.
—Es hora de dar un paseo, Paquetito.
Como todas las mujeres de la milicia, Shinar sabe los planes del ejército antes que los propios soldados. La ofensiva de primavera será a gran escala.
Quedan cuatro señores de la guerra afganos
—Oxiartes, Corienes, Catanes y Austanes— con unos cuarenta mil hombres a sus órdenes. Radican en varias plazas fuertes en el Cáucaso escita. En primavera los sitiaremos. Las tropas de avanzada ya han ocupado posiciones y han puesto cerco al enemigo, además de cortar todas las vías de escape.
No soy capaz de pensar en Lucas. Cuando su recuerdo acude a mi memoria, lo borro. Es demasiado pronto. De lo contrario, me derrumbaré.
Su hijo es una bendición. ¿Qué haríamos sin él? Ghilla y yo vamos con mucho tiento el uno con el otro. Pida lo que pida, nunca será demasiado. Y
ella actúa igual conmigo; jamás pronuncia el nombre de Lucas. Quizás el año que viene. No seré yo el primero en hacerlo. El invierno es muy oscuro tan al norte. No consigo entender cómo sobreviven estas tribus o incluso por qué desean hacerlo. Hasta Alejandro siente respeto por este aislamiento.
Ha terminado por llamar Alejandría Escate —Alejandría la Última— a la ciudad junto al Jaxartes. Renuncia a la conquista de las Tierras Salvajes.
Que los masagetas se las queden. Nuestro soberano marcará aquí el extremo norte de su imperio y llamará aliados y amigos a los escitas de más allá de ese límite. Es un plan tan bueno como cualquier otro.
El día en el que el viento del oeste trae la primera fragancia de la primavera, mi hermano Filipo llega de Maracanda. Ha estado al sur de las montañas haciendo tratos con jefes de las tribus de Corienes y Oxiartes.
Shinar, Ghilla y yo, con Bandera y su mujer y Estéfano, que no quiere otra pareja que su esposa de Macedonia, pasamos una larga y feliz velada junto a él.
—¿Qué retrasa la paz? —le pregunta el poeta a mi hermano. —Lo mismo que la retrasa siempre: el orgullo.
Filipo dice que hay que encontrar la forma de que ambos bandos puedan proclamar la victoria. Para los señores de la guerra es una cuestión de vida o muerte; no sobrevivirán a la furia de los guerreros de sus propias tribus si consideran que han negociado la rendición. La desconfianza entre las tribus
dificulta más aún el proceso. Cada jefe teme que perderá poder en el Afganistán de la Steven Pressfield
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posguerra; no sancionará con su nombre ningún acuerdo hasta que no sepa qué papel juegan él y sus rivales en este proyecto. Nadie quiere seguir luchando; la guerra ha devastado el país. Filipo admite que hemos aniquilado a la mitad de los hombres en edad de combatir en una sociedad donde eso significa todos los varones entre doce y ochenta años.
—¿Y tu mujer? —le pregunta Shinar.
—No puedo permitirme el lujo de tener una —contesta entre risas.
Shinar se propone juntarlos a él y a Ghilla. Incluso una sola noche les haría mucho bien a los dos. Pero cuando llega el momento, al final de la velada, Filipo declina con elegancia.
—Al menos quédate y charla un rato —dice Shinar—. La noche es fría y quizá no volvamos a verte en muchos meses.
Mi hermano, Shinar y yo nos quedamos hablando hasta altas horas de la noche.
—No comentes que te lo he dicho yo —advierte Filipo—, pero va a haber más gratificaciones.
—En primavera, Alejandro planea bañar en oro a las tropas que han sufrido con él a lo largo de esta campaña. Sólo falta que se firme la paz para que se abran las puertas de la tesorería—. ¿Vais a casaros? —nos pregunta a Shinar y a mí.
—Si ella quiere.A Filipo le hace feliz vernos juntos.
—Hagáis lo que hagáis, no os quedéis aquí. El ejército te tentará con incentivos en dinero contante y sonante, así como con concesión de tierras más extensas que nuestro país. No caigas en la trampa. Este lugar volverá a los usos tribales tan pronto como Alejandro se marche. Coge tu paga y vuelve a casa, Matías. Eres rico. Puedes comprar cualquier hacienda que te apetezca o trabajar en la de madre con Agatón y Eleni. Nada les gustaría más. No será tan malo como crees, Shinar. No todos los maces somos demonios. Serás ciudadana, al igual que tu hijo. Shinar asimila todo esto con aire impasible, corno si fuese algún sueño que no cree que se haga realidad jamás. Filipo la observa con ternura.
—Que los dioses te bendigan, querida muchacha, y a la criatura que está en camino. Sé que has sufrido más de lo que Matías y yo podamos
imaginar. Es una alegría verte feliz. Y jamás podré agradecerte lo bastante el cambio que has operado en mi hermano.
Se le quiebra la voz. Shinar cruza la alfombra junto a él y lo toma de la mano.
—¿Y tú, Filipo? ¿Volverás a casa ahora?
—El ejército es mi hogar, Shinar.
La luz de la lámpara revela el gris en el cabello de mi hermano. Sé que unas calenturas se han llevado a su mujer, allá en casa; dentro de unos cuantos años su hijo saldrá hacia el este con el ejército. Sólo el cielo sabe cuántos amigos habrá perdido en combate. La esperanza de Shinar de que vuelva a casarse lo hace sonreír.
—¿Y qué esposa iba a tomar, pequeña? ¿A qué mujer podría hacer feliz? He pasado demasiado tiempo con putas de campamento. Me gustan.
No tengo que justificarme con ellas. ¿Lo entiendes?
¿Podría realmente hacer saltar sobre las rodillas a un niño? —Suelta una risa desganada—. Llevo en guerra, de muchacho y de hombre, dos tercios de mi vida. ¿Qué otro oficio conozco? Mi hogar, si acaso, está en el infierno, donde me esperan aquellos a los que amo. —Sonríe—. Creo que no los haré esperar mucho.
—No digas eso —le reprende Shinar—. Yo he hecho lo mismo y no sirve de nada. Filipo admite que tiene razón.
—¿Puedo regresar a Macedonia? —pregunta—. Antes de que Elías muriera, tal vez, pero ahora no. Nunca. Lo único que me mantiene vivo sois vosotros dos y la criatura que está en camino. Así que os repetiré a los dos lo que os he dicho antes: no hagáis como yo.
Marchaos de aquí. Aferrad con fuerza vuestra felicidad mientras aún estáis a tiempo.
Falta una hora para que amanezca cuando Filipo se va. Salimos bajo las estrellas que resplandecen como ascuas. El frío agarrota las piernas lesionadas de Filipo.
—¿Y qué hay del hermano de Shinar? —me pregunta.
Sabe que la obligación del hermano según el nangwali es borrar la vergüenza que ella causa a la familia por estar conmigo. Y también los dos primos que están con él y que sólo esperan que se les presente la ocasión.
Steven Pressfield
L a c a m p a ñ a a f g a n a
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—Son todos unos fanfarrones —contesto—. En cualquier caso, están trescientas millas al sur, con las brigadas de montaña.
—En primavera vamos a estar todos en el sur.
Filipo quiere los datos completos —el nombre, el patronímico, el clan, la tribu— del hermano y los primos.
—Mira, no quiero que les llagas nada —le digo.
Filipo me mira seriamente.
—¿Por qué no?
Steven Pressfield
L a c a m p a ñ a a f g a n a
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Llega la primavera. La brigada de Ceno se despliega al sur de las montañas. Alejandro y las divisiones pesadas ya se encuentran allí.