La campaña afgana
emprenden la huida pared arriba con la…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
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emprenden la huida pared arriba con la facilidad con la que uno de nosotros subiría un tramo de escalera.
Ese día entramos en contacto con el enemigo. Éste es un enfrentamiento de verdad. Lucas es el primero en matar a uno de ellos. El tipo lanza una piedra enorme y luego corre hacia él blandiendo daga y espada. Lucas lo atraviesa con la media pica. El enemigo tarda varios minutos en morir mientras Lucas se queda en cuclillas a su lado, demasiado impresionado para ofrecerle ayuda, y berreando como un chiquillo.
Steven Pressfield
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Al noveno día volvemos de turno a la columna. Me espera un paquete pequeño y pesado que, según me dicen, lo despachó un correo del cuartel general de la fuerza expedicionaria. El grupo se apiña a mi alrededor mientras desato el lazo.
Para mi sorpresa, el paquete contiene seis daricos de oro, la paga de medio año. junto a las monedas hay un León de Bronce, la condecoración que se otorga a los soldados heridos en batalla. Mi nombre aparece en ella.
—Esto tiene que ser una equivocación.
Bandera lee la mención. La medalla es por la noche en el pueblo acordonado, cuando fracasé tan bochornosamente en la casucha con el viejo afgano. Las acciones que me atribuye el cuartel general son escandalosamente falsas al pintarme como un héroe.
—Bien, pues no puedo quedarme con esto —digo.
—¿Por qué no? Fuiste herido en acto de servicio.
—¡Me acuchillé yo mismo!
—¿Y qué más da?
El grupo se desternilla. Bandera y Tolo contienen la risa. Es evidente que han sido ellos los que me recomendaron para esta falsa distinción. Tolo
pone un darico en mi mano y los otros los reparte entre el grupo.
—Te corresponde la paga de un mes, muchacho, y el resto para tus compañeros. Es lo justo. En cuanto al León de Bronce, llegará el día en el que te lo ganarás de verdad, créeme, pero al ejército, estando como está siempre ocupado en dar por saco y que no le den a él, no le va a importar una mierda.
Y me prende la medalla en la capa.
—Tómala ahora, mientras la tienes.
Usé el darico para comprar la libertad de la chica, Bizcochos. Estamos de nuevo en camino cuando Ash usa de nuevo el látigo contra ella. No voy a aguantar eso otra vez. Lo aparto a la fuerza al tiempo que manifiesto (un argumento que he preparado y repasado para mis adentros) que no tiene derecho a dejar su propiedad inservible para el ejército, que le ha contratado ese servicio de buena fe, y que si desgracia a la chica por el maltrato que le da, me ocuparé personalmente de que pierda el pago por el alquiler.
—Entonces maldito sea el ejército —replica Ash—. Tendrá que comprar esta propiedad.
—¡Lo hará, miserable mamón!
Le doy el darico entero. El ejército no me lo compensará. Al final se me castiga por excederme en mi autoridad —ridículo, si se tiene en cuenta que sólo supero en rango a mulas y esclavos—y recibo unos cuantos latigazos superficiales que me da Lucas en calidad de segundo empezando por abajo del grupo, para enorme satisfacción de Ash.
—Ahora —dice—, posees una boca que alimentar. Ojalá se te coma casa y hacienda. Dejo en libertad a Bizcochos en el camino y le lleno la ropa con kishar —cecina de cabra— y lentejas; Ash interviene con una rápida patada para azuzarla sendero abajo. La veo irse, a la rastra, y Steven Pressfield
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me felicito por una acción llevada a buen fin.
Diez minutos después, la chica ha vuelto a la fila, cargada con el mismo saco de sésamo. Ninguna amenaza que se me ocurre conseguirá hacer que se marche.
Resulta que la cosa no es tan sencilla; me refiero a comprar la libertad de una mujer. Estrictamente hablando, Bizcochos no es una esclava; no le pertenece a nadie; ni a Ash ni siquiera a sí misma. En el léxico afgano de
tor —asuntos relacionados con el honor de las mujeres— todas ellas han de estar az hakak, «bajo la custodia de», un hombre. Su padre antes de casarse; después, el marido; en último caso un hermano, un tío, incluso un hijo si su esposo muere o lo matan. Para rematar, resulta que ahora soy ese guardián.
—Eres su marido —se mofa Ash entre risitas—. Y ella tu mujer.
Mi aprieto se convierte en motivo de regocijo para Bandera y Tolo, quienes me advierten que he violado el código afgano del nangwali. Si los familiares varones de la chica aparecen, tendré que matarlos o ellos me matarán a mí. A mis compañeros les parece muy divertido todo esto.
—Lo que tienes que entender, macito —(así es como Ash nos llama a los macedonios; es su versión de maces)—, es que una mujer como ésta —y alza las manos al cielo como para protegerse de una maldición— es nawarzal, impura, y affir, inaceptable.
—Entonces, que trabaje por un sueldo.
—Soy un hombre pobre.
—Eres un forajido.
¿Qué puedo hacer? Dejo a Bizcochos con Ash y a él le dejo que siga quedándose lo que paga el ejército por la chica. Ni siquiera he conseguido que le dé un décimo. Según él, un arreglo semejante sentaría un
«precedente inmoral».
En el transcurso de este choque he llegado a apreciar al viejo capataz.
Empieza por compartir mesa conmigo o, más bien, la piedra a la orilla del camino. No soy tan insensible como para no darme cuenta del cumplido.
Una noche le escribo una carta a mi prometida. Ash me está mirando.
—¿Le cuentas todo, macito?
—Todo lo que necesita saber.
Y se carcajea alegremente.
Steven Pressfield
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El ejército pasa el invierno en Bagram, una ciudad de guarnición construida siglos atrás por Ciro el Grande, en el templado valle alto al pie del macizo central. Dos ríos, el Kofen (o Kabul) y el Panjshir, irrigan una ancha planicie bordeada de cumbres.
El lugar es un paraíso, de momento. Cuenta con numerosos acuartelamientos para el ejército, forraje seco para los animales y terreno
llano donde entrenar. Nos dicen que los pasos septentrionales se encuentran ya bajo veinte pies de nieve. La acumulación llegará a sesenta en pleno invierno. Ni siquiera a Alejandro se le ocurre otra forma de cruzar a Bactria.
Como había predicho Ash, no alcanzaremos a Beso y a Espitámenes hasta la primavera.
Las recuas de mulas y camellos siguen subiendo desde Kandahar con su carga de armaduras, armas, grano y caballos para el futuro ataque. La amante de mi hermano Elías ha subido con una de las columnas. Se llama Daria. Su belleza le da cierta celebridad, al menos entre los maces. Los afganos la aborrecen; y también casi todas las nativas que tienen relaciones con el invasor. Ella y Elías tienen alojamiento en el sector antiguo de Kapisa, en una agradable callejuela bajo moreras de invierno y ciruelos silvestres. Abren un salón de reuniones y consigo que Bizcochos entre a su servicio. Un peso que descargo de mi conciencia.
El ejército entrena y comienza la construcción de otra ciudad de guarnición que se llamará
Alejandría del Cáucaso.
Ahora vemos al rey todo el tiempo. A diario hace las rondas por los regimientos que entrenan acompañado sólo por un par de mensajeros y un paje o dos como guardia personal. Desmonta y adiestra personalmente a los hombres. Las tropas lo adoran.
Vivimos en tiendas con capacidad para dieciséis hombres, con suelos de paja compacta. Las mujeres se encargan de cocinar y el servicio funciona.
Hasta Lucas tiene una chica ahora, Ghilla, la de las piernas largas. Soy el último de nuestro grupo que sigue sin pareja, aunque confieso que he cogido por costumbre visitar de vez en cuando a las «jornaleras». ¿Le soy infiel a mi prometida?
Ahora bebo más de lo que solía. Tienes que hacerlo, por el frío y el aburrimiento. Ash se ha quedado porque el ejército le paga el forraje de su recua. En primavera cruzará las montañas con nosotros. A las mujeres las ha despedido. Dice que para qué alimentarlas si pueden encontrar trabajo en la nueva ciudad o si no seguir como «gallinas», el escalón más bajo de las esposas de campamento.
Para mi sorpresa, me he hecho bastante amigo del viejo mamón. Tiene conocidos por todas partes. Como novatos, a Lucas y a mí nos asignan todas las tareas en las que se trabaja como un esclavo; nunca terminamos antes de anochecer. Hemos acabado tomando más veces el rancho con los
afganos que acompañan al ejército que con nuestros propios compañeros maces. En tiempos normales, explica Ash, su tribu, los dadicas, estarían peleando ferozmente contra al menos otras dos o tres. Ahora, con la invasión, todos son los mejores compañeros: pactianos, incluidos los apiratas y los higenos; los tircos y los támanas; los meonios y los satagíadas; y otro centenar más. Le pregunto a Ash cómo puede aceptar un empleo de Alejandro si nos odia tanto.
—Al final os echaremos, macito.
Y ríe mientras me pasa otra chuppatie.
Lucas todavía lo está pasando muy mal por el enemigo que mató en el cordal de las cumbres. Siente vergüenza por haber sido incapaz de rematar al tipo y al mismo tiempo se siente culpable por no ayudarle a salvar la vida. Los ojos del afgano, mirándolo con reproche, lo acosan en sueños. Lo que es peor, confiesa, es el recuerdo visceral, siempre presente, de clavar la lanza en las entrañas de Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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otro hombre. Intento hacer que no se sienta tan solo y le hablo de la angustia de mi propia experiencia infame cuando me tocó matar a un hombre: la sensación de horrible placer del momento, seguida al instante por un remordimiento atroz, asco y disgusto, conmigo mismo y con la raza humana al completo, y la sospecha de que has cambiado para siempre y para mucho, mucho peor. Pero nada de lo que le digo le ayuda; soy igual que él, un novato. Necesita oírlo de alguien veterano, alguien con experiencia. Es Tolo, quién lo hubiera dicho, el que calma la angustia de Lucas.
—Calar el melón, eso es lo más duro.
Se refiere a matar a un hombre con una lanzada en la tripa, que también se conoce como
«desparramar los comestibles». Es un día en que estamos trabajando en la ciudad nueva, durante el descanso para comer.
—Cualquier sorchi se lía con eso. Agita la pica con las dos manos, igual que un ama de casa dando palos a una rata con la escoba. Clavar el arma en las tripas de un hombre... para eso hace falta coraje. Y la sensación jamás se olvida.
Eso le sirve de ayuda a Lucas y Tolo se da cuenta.
—El soldado disciplinado —continúa—, ataca con los dos pies bien plantados, mirando al enemigo, con confianza. Arremeter con el arma y mantenerse firme. Lo hiciste bien en el cordel, Lucas. Te vi. Me sentí orgulloso de ti.
Mi amigo se pone colorado. Tolo sonríe.
—¿Crees ahora que eres un soldado? —Y le da un cachete afectuoso—.
¡Has dejado de ser un niño!
Hacemos instrucción y seguimos con la construcción de la ciudad de guarnición. Nunca había practicado en una fuerza dirigida por Alejandro.
Tenemos más días libres que cualquier cuerpo que conozca. Nada de toque de queda, nada de inspección nocturna en las tiendas. El ejército al completo deja de trabajar desde mediodía hasta dos horas después. Hay vino en abundancia y barato. Las tropas quedan exentas de servicio para formar partidas de caza (de hecho, la instrucción se sustituye a menudo por cacerías) y se nos da tiempo para entrenar en los gimnasios, que son las primeras estructuras que levantan los ingenieros, antes incluso que las capillas y los comedores. A las mujeres se les permite moverse por todo el campamento, a diferencia de las antiguas unidades al mando de Filipo y de la fuerza expedicionaria original de Alejandro; pueden dormir en los acuartelamientos con sus amantes oficiales (y en las tiendas de los milicos) y pueden acompañar a la columna en el campo. Tales son los privilegios deservir en un cuerpo comandando por Alejandro. Ahora, la parte mala.
Todas las unidades en entrenamiento están formadas y en armas dos horas antes de amanecer. Ninguna marcha diaria recorre menos de treinta millas y en muchas ocasiones superan las cuarenta. El paso marcado cubre veinte millas antes de mediodía y no son etapas de un día, sino de cinco y a menudo de diez. No hay más manduca que la que lleves encima; acábala y te mueres de hambre. Los dioses ayuden al hombre que tenga ampollas o lombrices. En la instrucción que se hace en casa es el sargento el que azuza.
Aquí son los propios hombres. Alejandro no da órdenes. Simplemente actúa. Camina al lado de los hombres, a pie, con armas y armadura, y no hay un solo tío en todo el ejército que pueda mantener su ritmo. Entrena haga el tiempo que haga, de día y de noche. Un oficial que se distinga cenará en la tienda del rey, detrás de Crátero y Hefestión. En el ejército de Alejandro no existe el castigo corporal. Nuestro señor nos mete en vereda con la amenaza de exclusión del cuerpo y de su favor personal, al lado de lo cual ni la propia muerte tiene importancia. Una mirada desaprobadora de
Alejandro hará caer en picado la valoración del veterano más condecorado, en tanto que una sonrisa o una palabra de elogio eleva al más insignificante guripa a la popularidad.
Los hombres aman a Alejandro. No es una exageración. Las tropas están pendientes de sus movimientos segundo a segundo, como lo está la manada del lobo dominante. La unidad gravita hacia su aparición y se nutre con su presencia, como el amante con el objeto de su afecto. Si le ocurre cualquier percance, el ejército lo nota, incluso a millas de distancia, y reacciona con alarma y desasosiego, que no se alivian hasta que vuelve a ver a su señor y se convence de que está ileso. Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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La unidad soportará cualquier cosa por su comandante. Las prácticas más tediosas se llevan a cabo sin un solo rezongo ni una palabra malsonante. Ejercicios a los que no se encuentra utilidad se llevan a cabo con determinación. Siguiendo órdenes del cuartel general, levantamos el campamento y dejamos peladas las cinco millas de suelo que antes ocupaba. Llegan nuevas órdenes: deshacemos los petates y lo montamos todo otra vez. En la construcción de la ciudad las tropas pican terrones helados todo del día y se emborrachan y fornican toda la noche. Están delgados como leopardos y ansiosos de entrar en acción.
El rey tiene medio centenar de unidades de operaciones de avanzada en la montaña. Mi hermano Elías y sus compañeros forman una de ellas. Estos son grupos de élite, compuestos en su totalidad por Compañeros, los más altos y apuestos, a lomos de las monturas más espectaculares. Su trabajo es negociar con las tribus. Llevan regalos de honor —copas de oro, espadas damascenas— y están autorizados para hablar y negociar en nombre de Alejandro. Tienen guías panjshiris, salangais y pactianos khawak, hombres de tribus que habitan los valles altos y los pasos que el ejército tiene que utilizar en primavera. ¿Se opondrán los clanes a que pasemos? Se dice que su número alcanza entre ciento veinticinco mil y ciento setenta y cinco mil hombres, incluidos los khels y sub-khels de valles principales y secundarios.
Ningún invasor, ni siquiera Ciro el Grande, ha conseguido domeñarlos jamás.
Nuestro entrenamiento está claramente dirigido a enfrentarnos a estos merodeadores. Cada batallón tiene su propia artillería de altura para controlar las cumbres dominantes, así como sus compañías de tropas de
proyectiles. Practicamos con botas para la nieve y pellicas. Los ingenieros y zapadores siguen las huellas fuera de Kapisa todo el camino hasta la cabecera del Panjshir. Vemos al enemigo continuamente. Son centenares los que pasan el invierno por aquí, en el valle de Kabul, con sus familias. Y
miles más han descendido a altitudes más templadas en las crestas que lo rodean. Sus tiendas de espadas ocupan los paseos de la ciudad de Bagram.
Todos van montados y armados hasta los dientes.
Muchos encuentran empleo en el ejército. Tenemos varios en nuestro comedor extraoficial. He conocido a dos de ellos, Kakuk y Hazar, hermanos y más o menos de mi edad. La primera palabra que me enseñan, a la par que se señalan a sí mismos, es tashar, que significa potro salvaje. Ambos son buenos tipos, apuestos como leones, el primero con el cabello rubio y el segundo, de pelo negro; los dos lucen espesas barbas de las que presumen más que unos gallos de pelea. La paga les trae sin cuidado y por costumbre derrochan el sueldo de un mes en una noche de juerga. Se han unido a nosotros por la novedad y la aventura. Su atuendo se compone del gorro de fieltro bactriano con orejeras, pantalones gruesos de lana metidos por las botas de piel de oveja, chaleco, jubón y pettu. El fajín que les ciñe la cintura lleva los colores de su tribu y en él guardan la comida, las medicinas y los tres «matahombres» con filos de hierro: corto, medio y largo. Son curiosos como gatos. No se cansan de oír cosas sobre mi país. Cada costumbre que les explico les provoca ataques de hilaridad. No podría imaginarse compañeros más geniales, aunque salta a la vista que nos arrancarían los hígados —a nosotros o a sus compatriotas afganos— por el asunto de honor más trivial y eso, cuando el ejército se ponga en marcha en primavera y viole la integridad de su territorio, hará que se lancen sobre nosotros con toda la violencia de la que son capaces. He sabido que el orgullo de los panjshiris es su gran valle, el hogar y el cielo para ellos. ¿Pagará Alejandro el peaje para cruzarlo con badraga, escolta oficial? Ciro lo hizo. ¿O nuestro rey intentará pasar por la fuerza? Aún no ha cedido a ninguna extorsión. Al igual que Ash, los hermanos Kakuk y Hazar no ven contradicción en trabajar para Alejandro y estar deseando sacarle las entrañas. Es imposible que estos tíos te caigan mal. Me he sorprendido a mí mismo envidiando su orgullo, su vida libre. El trabajo les es desconocido. Sus ponis se alimentan del dulce pasto en verano y de forraje seco en invierno, cuando se cierran los pasos. Sus esposas y hermanas les tejen las ropas, les preparan el dal y el ghee. Las familias habitan en casas de piedra, de cuya propiedad son
capaces de recitar hasta veinte generaciones atrás. Las únicas partes desmontables son las puertas de madera y los tejados (en caso de evacuación por luchas a causa de enemistades antiguas). Cada grupo familiar cuenta con dos residencias, la de verano y la de invierno. Si ataca un clan rival, los khel los expulsan gracias a que conocen mejor el terreno.
Si un enemigo extranjero entra a la fuerza, como Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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Ciro en el pasado o Alejandro ahora, las tribus se retiran a refugios a mayor altitud y mandan llamar a familiares más lejanos hasta que reúnen la cifra necesaria; entonces atacan. El nangwali es el código de honor del guerrero afgano. Sus dogmas son el nang, es decir, el honor; la badal, o la venganza; y la melmastia , la hospitalidad. El tor —«negro, abarca cualquier asunto relativo a la virtud de las mujeres. La afrenta al honor de una hermana o esposa no se puede volver spin —«blanco»— por ningún otro medio excepto la muerte. Las enemistades de sangre, me cuentan los dos hermanos, dan comienzo por el zar, las zan y la zamin, es decir, por el dinero, las mujeres y la tierra.
En casos de badal la revancha se cobra a manos del padre o del hijo. En el tor es a manos del marido, excepto en el caso de mujeres solteras; entonces los varones de la familia no descansarán hasta que se haya hecho justicia. El código del nangwali prohíbe el robo, la violación, el adulterio y el falso testimonio; se castiga la cobardía, el abandono de hijos por parte de los padres y la usura. El código prescribe ritos para nacimientos y muertes, para armisticios, desagravios, rezos y dádivas, así como todos los demás trámites de la vida. La pobreza no es un delito. El respeto a los mayores es una virtud cardinal, a la que sigue la paciencia, la humildad, el silencio y la obediencia. Las leyes para la higiene son estrictas, aseguran los dos hermanos, aunque si hay algún rastro de ella ante mi vista he de confesar que se me pasa por alto. Su visión de la vida es la de una noble resignación ante el destino. Todo es decisión de Dios, creen los afganos. Así, nada puede hacer uno salvo ser un hombre y aguantar.
En cuanto a mi tutela de Bizcochos, me traerá problemas, afirman mis amigos. A la joven le queda al menos un hermano vivo, un capitán de caballería que actualmente está al servicio de Espitámenes. Kakuk y Hazar lo conocen; es un paladín de una tribu rival. Si nos encontramos tendré que
atacarlo sin vacilar. Es asunto del tor, la sangre lo es todo. Siempre se puede pagar la vida de un hombre.
Una mañana, al despertar, me encuentro con que Kakuk y Hazar se han ido; casi todos los panjshiris del campamento se han «brincado» también.
La primavera se acerca; en las zarzas ya brotan moras. Los exploradores informan sobre centenares de nativos que regresan a los valles altos por rutas que sólo ellos conocen. Le pregunto a Bandera sobre esto último.
—Los pasos —contesta—, siguen aún bajo veinte pies de nieve. Nada que no tenga alas atravesará las montañas hasta dentro de otro mes, como poco.
Sin embargo, Ash cuenta otra historia. Los contratistas del tren de suministros están poniendo pegas, nos informa. No subirán con sus recuas al Panjshir si se les da tiempo a los clanes para que lleguen a casa y se organicen en un ejército.
Esa noche Alejandro ordena levantar el campamento otra vez.
Desmontamos tiendas y cargamos las recuas, como ya hemos hecho otra docena de veces en ejercicios de prácticas. Esta vez no se trata de un ejercicio. Dos horas antes de amanecer, las unidades de vanguardia del ejército se ponen en marcha con el rey a la cabeza y emprenden el ascenso por el camino que lleva al Panjshir.
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Kabul está a siete mil pies de altitud. Al segundo día de marcha la columna ha llegado a los nueve mil. Coronamos los doce mil del paso Khawak el sexto día de artemisio. Temprano. Muy temprano.
El sol quema a esta altitud; tal es su fuerza que de hecho es el primer día que nos quitamos la capa de invierno y viajamos bañados en sudor. La reata es de una mula por hombre; la mitad de las bestias sólo cargan forraje y casi todo lo que carga cada hombre en su petate es pitanza. Hasta las monturas de caballería van cargadas; transportan botas de nieve, mantas y pellicas. El ejército no viaja con equipaje pesado y con muy pocas personas que dependan de él. Ésas vendrán más adelante, cuando sea más seguro. Las porteadoras viajan con nosotros. Alejandro les ha do-Hado el sueldo; ese extra se les dará a ellas, no a sus capataces. Bizcochos viene conmigo y Ghilla, con Lucas.
La columna avanza en cuatro secciones. La de vanguardia abre la marcha; ésos son los ingenieros del ejército. Su división conduce tres mil camellos cargados con postes y vigas, cables, cuerdas, tablaje y utillaje; construirán puentes para salvar gargantas y torrentes en crecida. La vanguardia también lleva ovejas y bueyes, no sólo para que arrastren maderos para la construcción, sino para ir aplastando la nieve del camino. Y
para sacrificarlos para comer. A fin de proteger esos materiales los ingenieros cuentan con arqueros, honderos, lanzadores de jabalina, jinetes mercenarios de Lidia, Armenia y Media, con asalariados afganos del oeste, tropas de montaña que odian a los panjshiris, y por último, nuestros zapadores maces. Éstos son rufianes del ejército despojados del privilegio de portar armas y que en cambio manejan hachas y zapapicos. Los pobres milicos abren caminos a través de ventisqueros de veinte y treinta pies de altitud. Alejandro y las unidades de élite van a continuación, el ágema de los Compañeros —la Guardia Real—, batallones de la primera brigada de Perdicas y Crátero, con lanzadores de jabalina agria-nos, arqueros cretenses y otras compañías de montaña especializadas, incluidos ingenieros de combate con catapultas y oxybeles. Estas divisiones derribarán al enemigo en masa, aquí en el Panjshir, si los nativos de las tribus se oponen a que pasemos, y, más allá, en las estepas bactrianas, donde el rey supera a la caballería de Beso y de Espitámenes. A continuación marchan las brigadas de la falange central, incluida la nuestra, la de Hefestión y la de Tolomeo, así como los batallones no destacados de Perdicas y Crátero; después, las secciones pesadas; luego, las brigadas ligeras de Erigio, Átalo, Gorgias, Meleagro y Poliperconte, junto con la caballería mercenaria e irania. El equipaje va entre ellos y la retaguardia, que está compuesta por otros contingentes y tropas nativas ligeras. En total el número asciende a casi cincuenta mil hombres.
Seguimos subiendo. El invierno se despide con represalias; torrentes primaverales bajan atronadores por las quebradas con el color marrón del barro. Se supone que se tarda trece días en llegar al paso. El sendero discurre recto a través del Panjshir. Setenta millas. Montones de valles secundarios se ramifican de su eje central. Todos ellos aportan su catarata, su deshielo de glaciar; y todos descienden con una furia ensordecedora.
Nadie que no sea panjshiri ha regresado jamás de estos remotos baluartes naturales.
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—Cuando lleguemos a la cumbre estaremos a doce mil pies —comenta Trapos—. Aquí empieza el paso de Khawak, que tiene cuarenta y siete millas de largo.
La primera tormenta estalla al tercer día. Primero se pone a granizar, después nieva y, a continuación, graniza otra vez. Granizos del tamaño de proyectiles de honda nos hacen quitarnos los cascos y los escudos, bajo los que nos acuclillamos de cara a cualquier afloramiento rocoso que encontramos mientras que las mulas y los caballos se apiñan en un silencio penoso hasta que el vapuleo cesa. El sendero está cubierto de hielo. Todas las recuas y reatas están encajonadas en él; las pendientes resplandecen, escarpadas y peligrosas. Tras la tormenta, azota un viento gélido. Todos estamos empapados y tiritamos como potrillos.
—¡Venga, chicos! ¡No os quedéis ahí parados!
La columna ha entrado en el Panjshir propiamente dicho. El valle es bellísimo, mucho más ancho de lo que había imaginado y, a pesar de la altitud, no es especialmente «montañoso». Nuestros guías nos cuentan que, bajo la nieve, hay labradas grandes terrazas escalonadas y que en otoño los nativos cosechan arroz, cebada, pepinos, lentejas y habas en las laderas que ahora irradian un brillo cegador. Huertos enteros se ocultan bajo la capa de nieve acumulada: moras, peras, pistachos, ciruelas silvestres y más albaricoques de los que pueden cargarse en mulas para llevar al mercado.
Pronto acampamos en mitad de otra tormenta. No podemos extender el forraje para los animales porque el granizo y la cellisca lo empapan al momento. Los alimentamos usando cebaderas, que también están congeladas, atadas a ronzales helados. No hay madera, así que tampoco hay hogueras. Comemos la kishar —carne de cabra— fría, y cuajada que es un puro hielo. Me trago la bola helada que se supone que es una cebolla.
—Tercer día —sonríe Bandera—. Sólo quedan otros diez para llegar arriba. Pegamos la pestaña en un apretado montón —las mujeres también—
usando a los animales atados con ronzales como protección contra el viento.
Dos veces durante la noche oímos el ruido de ataques a lo lejos, columna arriba. Nos sentimos tan mal que ni siquiera nos movemos. Estoy apretujado entre Bizcochos y Lucas cuando siento unos empujones rítmicos en alguna parte al sur de mis pies.
—¡Tolo, pedazo de cabrón!
Estallan las carcajadas.
—Sólo intento no quedarme congelado, compañero.
Nadie duerme esa noche ni la siguiente. Todos, del primero al último, rogamos que salga el sol, cosa que tarda en ocurrir porque los picos tapan los cálidos rayos hasta media mañana. A mediodía, los hombres nos desnudamos a pesar del frío y sólo nos dejamos puestas las botas.
Emprendemos la marcha llevando la ropa empapada extendida encima de los fardos para que el viento la seque.
—No estás mojado de verdad hasta que no tengas empapado el pliegue del ojete —manifiesta Tolo.
—Lo tengo empapado.
—Entonces que los dioses te bendigan.
Estéfano alegra a la tropa prediciendo la victoria en Bactria. Jura que pillaremos a Beso y a Espitámenes con las pelotas al aire. ¿Por qué?
—Porque son hombres inteligentes y no pueden concebir que alguien con la mollera en su sitio cruce las montañas en esta época.
Quinto día. Caminamos a dos millas de altitud. De día y de noche las tormentas descargan nieve y granizo para después deshacerse en vapor y dar paso a un sol atroz. Ahora empieza el deshielo. Es como si la montaña entera llorara. Un millar de arroyos y riachuelos brotan entre las rocas, corren y se unen en torrentes tributarios y a continuación se precipitan en cataratas al río que discurre más abajo. Con el transcurso de los siglos las rocas se han fragmentado y todo es guijarro y pedregal a punto de deslizarse. Un paso en falso y entras en los libros, como decimos los soldados. Por lo que hemos oído, sigue así todo el camino a Khawak, sólo que allí arriba es peor aún. A esa altitud, casi tres millas, los ríos se convierten en glaciares bordeados de morrenas inestables de color grisáceo que son las únicas vías de paso. Esos campos de hielo son intransitables, con una anchura de media milla, resquebrajados por fisuras, grietas y brechas y atravesados por una maraña de grandes torres Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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de hielo.
El quinto mediodía estalla una revuelta de los porteadores. Unos cien sirven en nuestra división; tiran las cargas y se niegan a ascender más.
Quieren más dinero. Estéfano es el comandante de nuestra sección. ¿Qué se
puede hacer? ¿Matarlos? Capitula y les paga de su bolsillo; los porteadores no aceptan vales del ejército.
El granizo y la nieve que cae a lo largo de toda la noche machacan el campamento; por la mañana tardamos horas en sacar a los rebeldes de los agujeros donde se han refugiado durante la noche. Ahora los arrieros se amotinan también. Ash es uno de sus cabecillas. ¡No son guerreros!
¡No firmaron para pasar por esta dura experiencia!
Ash quiere que se le devuelvan las mulas. Todos quieren lo mismo.
Estéfano y los otros oficiales se tiran media mañana negociando. La columna se está fragmentando. Elementos de vanguardia siguen camino sin nosotros. Se abren brechas. Detrás de nosotros deben de haberse iniciado otras revueltas porque ninguna sección nos adelanta. A mediodía, Estéfano consigue reprimir la insurrección. El sol ha asomado de nuevo; el optimismo se reaviva. Pero al cabo de una hora aparecen nubes purpúreas, cae la temperatura y un diluvio de cellisca y granizo se precipita sobre la columna. El vendaval sopla con tanta fuerza que no se puede avanzar un paso; hasta las mulas tropiezan y caen en el peligroso suelo. Acampamos tres horas antes de oscurecer por la simple razón de que es imposible seguir adelante.
Busco a Ash. Ha desaparecido. Lo mismo que los demás arrieros. Han abandonado sus recuas, su medio de vida, y han preferido correr el riesgo de volver camino abajo, solos y a pie. La oscuridad cae sobre el campamento. El frío nos hace dar diente con diente. Las mujeres lo aguantan sin protestar. De noche, Bizcochos duerme descalza, con los envoltorios de tela que calza puestos alrededor del torso para que se sequen y pone los pies en la tripa de otra chica en busca de calor, y a cambio le hace el mismo servicio al calentarle los suyos debajo del pettu. Me ha hecho que meta las manos debajo de sus brazos. Hemos aprendido a buscar el sitio para dormir fuera de quebradas estrechas, por las que el ventarrón aúlla. Es mejor en las partes anchas del sendero o al socaire de un afloramiento, si consigues encontrar uno antes que tus compañeros. Las noches son insoportables, hagas lo que hagas.
—Sólo otras ocho amanecidas más —dice Bandera.
Amanece y Estéfano tiene a los maces formados y armados.
Despertarnos a los porteadores en sus agujeros en la nieve. Antes de que tengan tiempo de dar su siguiente ultimátum, Estéfano da el suyo:
—¡Salid! Salid pitando de ahí y sacad vuestras cargas.
A punta de lanza los hacemos volver al camino. Quieren comida.
—Claro, seguro que la queréis.
Gritan que quieren sus pellicas y sus cubiertas.
—Venid a cogerlas —responde Estéfano con una cita de Leónidas.
Los porteadores claudican y Estéfano los arenga. «¡Adelante, hacia Khawak! ¡Desde allí es cuesta abajo! ¡Sobresueldo para todos en Bactria!»
Recorremos un buen trecho ese día; y también al siguiente. ¿Dónde está la cumbre? Hemos perdido contacto con la columna, tanto por delante como por detrás. Nuestros shikaris no pueden hacer nada; no conocen la montaña.
Cada tormenta entierra el sendero a más profundidad. Y con el sol es peor.
El calor propicia los aludes, aunque todavía ninguno ha amenazado nuestra sección. Sin embargo, más adelante, allí donde ha habido desprendimientos, borran todo rastro del camino y se tarda horas en abrir una nueva vía; cuando salimos al otro lado, sólo las preces nos devuelven la confianza en que no hemos perdido el rumbo.
Al séptimo día se acaba el forraje de los animales. De hecho, nosotros llevamos a media ración desde el cuarto amanecer. Mi estómago resuena con más ecos que un aljibe vacío. Cada paso se convierte en un tormento.
—Tolo —digo mientras camino a su lado con esfuerzo—. ¿Tendríamos que preocuparnos?
—Confía en los dioses benevolentes —contesta.
—Pensaba que no creías en los dioses.
Steven Pressfield
L a c a m p a ñ a a f g a n a
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—Y no creo.
No se ha vuelto a hablar de motines. Los porteadores caminan sin separarse de nosotros. Viviremos o moriremos juntos.
Así es como el peligro te alcanza. Paso a paso. De repente, estás ahí.
Miro a Lucas. Incluso con los protectores de ojos y forrado de ropa como un fardo, noto su aprensión. Ya no se trata de la guerra, sino de sobrevivir.
Séptima noche. Dos soldados de un comando llegan al campamento tambaleándose, enviados desde la sección que nos precede, para guiarnos hasta allí. ¡Un pueblo! ¡Sólo tres millas más allá!
Los refugios de los nativos, bajo la nieve, guardan vituallas y forraje.
Sobrevivimos a otro interminable asedio de la oscuridad auxiliados por la esperanza.
Todo el día siguiente la sección avanza, aterida, bajo una fuerte tormenta. Eso está bien; significa que nos encontrarnos cerca de la cima.
Más o menos a mediodía vemos sepulturas recientes. Compatriotas nuestros de las secciones que van delante. Acogemos, avergonzados, la vista de esas tumbas con alivio porque quiere decir que vamos por buen camino. Por si fuera poco, el mal de las alturas se suma a nuestras penalidades. Nadie puede comer; vomitas todo lo que ingieres. Estamos débiles y desorientados; la tarea más simple se convierte en monumental. Recuerdas, pongamos por caso, que tienes en la mochila un trozo de tasajo. Ahora intentas sacarlo. Tardas en quitarte un mitón hasta contar cincuenta y para entonces ya se te ha olvidado por qué te lo querías quitar. Dos tipos se suben a la frente los protectores de ojos, se les olvida volver a bajarlos y la nieve los ciega. Hay que atarles una cuerda y guiarlos.
Agachamos la cabeza y seguimos adelante. Cada cual se repliega en su propia espiral de dolor. Ves tus pies y oyes el crujido de tus pisadas. ¿Dónde están nuestros guías? Los dos soldados del comando nos dicen que se han apostado hombres a lo largo del sendero para esperarnos y llevarnos al pueblo. Lucas avanza para situarse a mi lado mientras caminamos.
—Aquí pasa algo raro. —Señala al sol—. Vamos en dirección nordeste.
—¿Y en qué dirección deberíamos ir?
—No lo sé, pero hacia allí, no.
El camino da vueltas y revueltas, avanza en zigzag y cruza ensilladas y cornisas. ¿Quién podría orientarse?
Cuando se viaja por un lugar tan agreste te sorprendes a ti mismo poniendo nombres a los accidentes del terreno. En una cresta de borde afilado: «Cuerda del Tendal.» «Dos Torres.» «Casa de Hielo.» ¿Dónde está el pueblo? ¿De verdad hay comida más adelante? ¿Tendremos una hoguera?
Pasado el mediodía. Atravesamos una zona de pizarra y guijarros, una morrena de glaciar excavada por el inmenso río congelado que ha formado esta cuenca. El resplandor es cegador; una y otra vez se abren brechas en la columna. El suceso se convierte en normal, sin provocar alarma. De todos modos, estamos ciegos.
De repente surge una conmoción más adelante. ¿El pueblo? Una hilera de nuestros compatriotas pasan deprisa en sentido contrario.
«Por ahí vais mal, hermanos.»
Hemos perdido el camino.
Hemos subido por el valle equivocado.
—¡Un trabajo redondo, compañeros!
—¿Qué genio está al mando en este jodido grupo? Hombres y animales nos pasan de vuelta por donde hemos venido. Agarro a Lucas.
—Esto es serio.
A nadie le ha entrado el pánico todavía, pero notamos que el caos se avecina. Volvemos sobre nuestros pasos. La columna se disloca más aún cuando algunos compañeros que van en contramarcha interrumpen la fila en su prisa por desandar la morrena. La mala suerte nunca viene sola. Ahora la acompaña otra tormenta. El cielo se tiñe de púrpura, el viento aúlla, el frío nos golpea como un muro de hielo.
Los hombres dan trompicones, caminan a tirones. Los que vienen detrás te empujan, dominados por un creciente terror. El miedo se ha contagiado también a mulas y caballos. Steven Pressfield L a c a m p a ñ a a f g a n a
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—¡Alto todos! —brama Estéfano mientras camina a lo largo de la columna—. ¡Hermanos, controlaos! —Llama a los soldados por su nombre, les conmina a mantener el orden. Funciona. La integridad de la marcha se restaura.
Las mujeres son las más fuertes. Ninguna suelta su carga ni hace amago de salir corriendo. Bizcochos y Ghilla se quedan pegadas a Lucas y a mí.
—¿Ka'meesha? —«Estáis bien», grito para hacerme oír por encima del aullido de la tormenta. Asienten con un gesto, envueltas en ropa de pies a cabeza. La columna reemprende la marcha. Faltan tres horas para que anochezca. No se han pasado órdenes, pero todos entendemos: tenemos que retomar el camino correcto y encontrar el pueblo o nadie sobrevivirá a la noche con una tormenta como ésta.
Descendemos. Pasamos por la Casa de Hielo. Dejamos atrás las Dos Torres. Ahora la Cuerda del Tendal, esa cresta con forma de columna vertebral de quinientos pasos de punta a punta. Un penacho de nieve se desplaza lateralmente empujado por el vendaval. Tenemos que avanzar al socaire, cegados por la nieve que levanta el viento.
—¡Encordaos todos! ¡Sin excepciones!
Las secciones pasan en hilera a través de la columna vertebral por los escalones cortados en el hielo durante el cruce anterior. Utilizar la media pica. Hincarla, por el extremo del pincho, en la pendiente; contar dos para
darle tiempo a incrustarse; después, impulsarse hacia delante. Todos al tiempo. Increíblemente, lo conseguimos.
—¡El camino!
La alegría se transmite a lo largo de la columna. Nuestros guías gritan desde la cabeza de la columna. ¡Refugio! ¡Refugio para la noche! Jubilosos, nos palmeamos la espalda y los hombros cargados unos a otros. ¡Recuento!
La columna forma para ponerse en marcha otra vez.
—¿Dónde está Tolo?
Es Bandera, que repasa la lista.
—Lo vi justo antes de cruzar. —Rojillo señala hacia atrás.
—¿Y dónde está ahora?
Nadie lo sabe.
Bandera recorre la columna hacia atrás al tiempo que retira tapabocas y protectores de ojos para examinar cada rostro.
—¿Iba atado? ¿Quién lo vio encordarse?
La columna ya ha salido de la pendiente y ha dejado atrás el vendaval.
Estamos al resguardo de una cara de la montaña y casi tenemos sensación de calidez.
A nuestra espalda, al descubierto, la Cuerda del Tendal aúlla. Bandera regresa sin haber encontrado a Tolo.
—¡Seguid! —ordena mientras nos empuja hacia delante, en dirección al pueblo.
—¿Y tú qué, Bandera?
—¡He dicho que sigáis!
Lucas y yo nos rezagamos. Vemos a Bandera y a Rojillo ir uno al encuentro del otro. Apenas oímos nada. Rojillo señala el fondo de la vertiente de hielo.