La distancia que nos separa

Renato Cisneros · Capítulo 10 de 15 · parte 1/4

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La distancia que nos separa

Capítulo 7

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

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Mi bisabuelo era un bastardo. Mi abuelo un deportado. Mi padre un extranjero. Tres hombres ilegítimos y desarraigados. Tres hombres públicos que defendían su reputación e idiosincrasia, pero en la intimidad, solo con ellos mismos, renegaban de ese origen colmado de silencios. Ignorar primero y enterrar después los detalles escabrosos de su procedencia, y vivir de espaldas a las intrigas de ese pasado común, los condujo a un extravío permanente del que cada uno trató de zafarse a su manera.

Los tres cuidaban su centro. Se protegían. No dejaban su ombligo al descubierto. Sus ruidos y aspavientos públicos eran solo una vía para que no les preguntasen por ese silencio que manchaba su interior como un líquido oscuro que alguien hubiese derramado sobre ellos hace tiempo. Los tres, además, interpretaban personajes. Luis Benjamín era el poeta coronado. Fernán, el precoz director de La Prensa. Y mi padre, el ministro duro y represor. Esos eran sus roles y coartadas. Y desde ellos hablaban con el inconsciente propósito de desviar la atención de su biografía familiar. Los tres alzaban la voz constantemente, pero en ellos alzar la voz era solo una manera de callarse. La orfandad, el desasosiego, la falta de raíces más claras los llevaban a querer distinguirse de los demás, a buscar ser reconocidos. Tanta era su inseguridad, tan poco hacían por asumir la realidad de su historia, que acabaron convertidos en hombres públicos para compensar esa soledad que llevaba siglos invadiéndolos. Los tres fueron conocidos pero nunca se dejaron conocer. Los tres estuvieron condenados a irse. Los tres cambiaron a golpes y luego ya no pudieron o no quisieron ser, sino por instantes, los hombres que habían sido. Los tres se convirtieron en sujetos escindidos, obligados a endurecer el pellejo. Y quizá allí se configure el patrón donde está encerrada la respuesta que no busco. Quizá se trata de intentar ser alguien en otra parte, en una geografía que no sea la tuya, en un lugar incómodo. Quizá se trata de irse y cruzar el mar. Borrarse y expatriarse. O tal vez no. Tal vez solo se trata de escribir. Tal vez escribir sea exiliarse. Tal vez este libro sea una discreta forma de destierro.

Mi padre, hoy lo capto, se volvió territorial para no volverse loco. Solo así podía defenderse de aquel trauma que lo perseguía. Había nacido privado de un punto de referencia geográfico al que pudiera denominar su lugar en el mundo. Era peruano y a la vez argentino, y llevaba su extranjería como una mosca atrapada en un corazón de vidrio. Cuando a los veintiún años le tocó ser el primero de los hermanos en hacer el decisivo viaje al Perú, no temblaba de ilusión, sino de miedo. En la carta que escribió a su hermano Juvenal apenas llegó a Lima, el 11 de setiembre de 1947, le dice: «Tú sabías, hermano, porque lo has adivinado, con cuánto temor venía yo al Perú».

Su doble nacionalidad o su nacionalidad indefinida, ese cordón umbilical partido en dos, sumado al exilio de su padre y a la oscura génesis de su apellido atrofiaban cualquier noción de pertenencia. Mi padre lidió con aquello desde la posición más equilibrada que encontró, y desde allí trató de romper los lazos que lo ataban a esa herencia incómoda para la que nunca tuvo palabras ni juicio ni frontalidad. Para evitar ser tocado por esos lastres decidió no mirar hacia otro lugar que no fuera su propio centro. No miento si digo que mi padre solo creía en sí mismo, en el superhombre que estaba convencido de ser, y que todo aquello que escapaba al radio de su entendimiento activaba automáticamente su desconfianza. Como la ciencia, por ejemplo. Por eso, recelaba de los médicos y de sus tratamientos. Cada vez que mi madre le exigía tomar las pastillas que los doctores recetaban, las Amoxil, las Benerva, las Revotril, él decía: «Déjalas en la mesa de noche, más tarde las huelo». Y cuando pudo tratarse el cáncer, desechó las quimioterapias con esa jactancia irreflexiva que luego colaboraría tanto en acelerar su deterioro.

No creía en la ciencia ni en la religión. Nunca rezaba, y las ocasionales veces que acudía a un templo lo hacía con disciplina castrense, sin abrir la boca para repetir los pasajes de la liturgia, jamás para cantar ni comulgar. Iba a misa como quien soporta un castigo y vivía con un aguante estoico el catolicismo que mi madre promovía, como si al hacerlo de ese modo purgara algún pecado o yerro innombrables. Propiamente no era agnóstico ni ateo, sino una piedra inmune a los calores de la fe; su dicho era: «Yo soy mi propio dios». Qué podía haber, pues, detrás de un hombre como mi padre que no creía en nada ni en nadie, que demarcaba tan racional y obsesivamente los límites de su comarca, que fijaba con rigurosidad hitos y fronteras, que vigilaba con celo sus dominios, que controlaba y manipulaba a su mujer y sus hijos; qué podía haber sino rezagos de una orfandad que no era solo abismo geográfico, sino una herida sangrante vuelta costra muy temprano en la vida.

Desde donde yo pude apreciarlo, mi padre quiso para sus hijos, al menos para los menores, algo que él jamás tuvo. Un territorio puntual. Un reducto seguro que fuese infranqueable al ruido exterior. Un fortín donde no se sintiese lo que acontecía afuera, adonde no llegasen los ecos ni estallidos del terror de la guerra que convulsionaba al país. Por darnos ese territorio contrajo deudas millonarias, pero solo así logró construir la gran casa de Monterrico, la más emblemática de todas las que nos albergaron. Habíamos vivido en un departamento alquilado de la calle Aljovín; en una casa asignada por el Ejército en la avenida Grau de Piura, y como huéspedes en la casa de mi abuela en la calle La Paz, en el barrio de Miraflores, cerca de los abismos de Barranco; pero la de Monterrico fue nuestra casa de verdad, la única casa propia que tuvimos, la del extenso jardín, los árboles y palmeras, la piscina, la doble terraza, la gruta con caída de agua, los patios, los tragaluces. Fue el cuartel de invierno que mi padre levantó para vivir su retiro del Ejército y para que nosotros tuviéramos un mundo privado, un país en miniatura donde nada nos hiciese falta.

En esa casa vivimos a su lado once años. Allí se enfermó, allí tuvo el ataque, allí murió, allí fue velado, allí parece que deambulara todavía. Nunca antes pasó tanto tiempo en un solo domicilio. Durante su vida en Buenos Aires y durante su paso por el Ejército no había hecho más que saltar de casa en casa, acostumbrándose a la gitanería, la mudanza, a estar siempre listo para salir de donde acababa de llegar. Con Lucila Mendiola y los hijos de ambos vivió en el norte, en Sullana, Las Lomas, Chocope, Querecotillo y luego en Chorrillos, lugares adonde los llevaban las disposiciones del Ejército. Cuando mi padre dejó a su familia, cuando su relación con Lucila se hizo insostenible y decidió marcharse de su lado, vivió un tiempo donde su madre. Entonces Lucila se mudó con sus hijos a una casa de la calle Berlín, cerca del mar. En adelante Berlín sería también otro emblema, otro nombre cargado de significantes. Cada vez que mi padre iba al almuerzo semanal con mis hermanos mayores, mi madre nos decía «Se ha ido a Berlín», y eso nos bastaba para comprender la situación. En Berlín lo esperaban ellos, pero también Lucila Mendiola, que esos días se esmeraba en decorar la mesa y en colmarlo de todas las atenciones posibles y se enviaba flores a sí misma para ver si despertaba, ya que no los celos, al menos la curiosidad de su exmarido. Otras veces, cuando mi madre discutía por la falta de decisión que mi padre mostraba para doblegar los reiterados pretextos que Lucila anteponía a la solicitud de divorcio, mi madre le recriminaba sus supuestos favoritismos «con Berlín». «Mejor anda y múdate a Berlín», le decía en ciertas noches crispadas en que luego yo ya no podía dormir pensando que al cabo de esa pelea mi padre se marcharía también de nuestra casa y se iría a Berlín, o a otra casa a tener otra mujer y otros hijos que yo seguramente despreciaría. Berlín eran Lucila y mis hermanos grandes. Monterrico éramos mi madre y nosotros, los tres menores. Y aunque mi padre luchó para que sus seis hijos nos sintiéramos parte de un mismo clan, y aunque nosotros, o al menos yo continúo esforzándome para ver en Melania, Estrella y Fermín a mis hermanos de verdad, y a pesar de que muchas veces siento que lo consigo, es decir, que lo conseguimos juntos, y que el cariño fluye real y caudaloso, hay detrás de nosotros, por decisiones que no tomamos y palabras que no dijimos pero que impactaron en nuestra manera de ser y de mirarnos, un mar voluminoso que nos aparta, que nos jala en direcciones opuestas llevándonos a ser leales, ya no con el océano compartido que es nuestro padre, sino con las desembocaduras que son nuestras madres, a las que vimos desbarrancarse en épocas, modos y dormitorios distintos. Una reinaba en Monterrico. La otra en Berlín.

La otra gran casa de mi padre fue el Ejército. Pero dentro del Ejército fue un outsider. El pájaro exótico en la jaula de los pájaros exóticos. A diferencia de los oficiales peruanos, que habían absorbido el espíritu castrense francés que guía al Ejército de Perú, mi padre tenía formación argentina de inspiración alemana. Ese germen fue determinante para que revistiera de dureza al personaje público en que se convertiría cuando fue ocupando altos cargos. Los años de cadete en Buenos Aires los vivió con hombres que décadas más tarde se convertirían en cabezas de la dictadura argentina y, a la postre, en horribles celebridades, sentenciados públicamente por matar y torturar. Mucho antes de convertirse en asesinos, esos hombres fueron sus amigos. Después también.

 

* * *

Mi padre poseía una refinada y persuasiva habilidad retórica que combinaba bien con su vocación docente: a los soldados que comandaba y adoctrinaba, más que rellenarlos de lecciones técnicas, trataba de inculcarles una mística que en él asomaba natural, heredada quizá del general Pedro Cisneros —el más entrañable hermano de su bisabuela Nicolasa, un militar de patillas largas que había perdido el pulgar derecho en la batalla de La Palma, en Miraflores, en 1855—, de cuya existencia apenas si estaba enterado. Un periodista le preguntó en una oportunidad si era militar por vocación familiar y él contestó: «No. Yo soy el único militar de la familia. Por ahí me cuentan que hubo un general Cisneros en la época de la Independencia, pero nada más». A descripciones escuetas como esa se reducía el prácticamente nulo rastreo que mi padre hizo de sus genes y antepasados. Sabía de qué grietas venía, pero jamás quiso ahondar en ellas.

Sus cualidades profesionales, sin embargo, proyectaban una faceta que no necesariamente se condecía con su cosmos más personal. Su yo militar estaba hecho de otras contenciones. Entre los muchos papeles que encontré la vez que me escurrí en el Pentagonito figuraban los informes anuales de eficiencia donde sus jefes inmediatos lo describían en los siguientes términos: independiente de sus actos, personalidad definida, conducta irreprochable, sapiencia profesional, ejemplar en su integridad y disciplina, sincero, leal, afable, de gran confianza, de excelente moralidad, de honestidad intachable, abnegado en el servicio, lógico en sus reflexiones, con acendrado espíritu de iniciativa, gran espíritu de justicia, marcado espíritu de colaboración, puntualidad y exactitud, sobresaliente corrección, elevada cultura general, inteligencia notable, gran rigor para el trabajo, resistencia a la fatiga, don de gusto, pulcritud en el vestir, viril, sano, discreto, fuerte, apto para la campaña. Firmaban esos documentos algunas de las figuras más respetadas o temidas del Ejército peruano de fines de los sesenta y setenta. Generales como Nicolás Lindley, Tomás Berenguel, Gastón Ibáñez O’Brien, Armando Artola Azcárate, Víctor Helguera, Ernesto Montagne y Francisco Morales Bermúdez, quien luego sería presidente.

Mientras leía los informes pensaba en lo lejos que me ubicaba yo de esas descripciones. Nadie podría referirse a mí utilizando esos conceptos categóricos ni esas combinaciones de sustantivos. Me llamaba la atención aquello de «personalidad definida», acaso porque a diferencia de mi padre yo nunca tuve una manera definida de ser. Bien pasada la adolescencia seguí usurpando personalidades de otros, gestos, palabras, formas ajenas de reír, de caminar, de pensar. Durante más de treinta años, he sido la suma de mis miedos, mis deseos, mis envidias, mis ganas de sobresalir. Ninguna certeza me afirmaba. Apenas aparecía alguien más seguro en mi entorno, yo adoptaba sus modales, sus muletillas, aquello que lo hacía ser quien era. Lo que para ellos quizá eran taras desechables yo las reciclaba como virtudes. Caminaba, reía, argumentaba con materiales de otros. Eso me daba una provisoria fortaleza exterior mientras por dentro mi inseguridad se expandía como la espuma sucia de una playa por la tarde. A veces quisiera tener —debajo de todas las características que me son innatas— una personalidad como la que aseguran que mi padre tenía. Más «definida».

 

* * *

Después de que mi padre murió, mi tío Reynaldo acopió todos los recortes periodísticos acerca de su vida pública y los aglutinó ordenadamente en diez archivadores.

Allí están los artículos de diarios y revistas que conservan lo que el Gaucho Cisneros dijo y lo que dijeron de él. Son cientos de notas, desde las de 1970, que informan brevemente de sus primeras apariciones como inspector general del Ministerio de Hacienda, hasta los obituarios de 1995. Veinticinco años resumidos en esos álbumes que huelen a guardado y cuyos ganchos de metal tienen manchas de óxido porque por lustros permanecieron metidos en un baúl del sótano de Monterrico, llenándose de moho, polvo y de esos ágiles y brillosos insectos conocidos como pececillos de plata, que caminan veloces con sus largas antenas por el interior de los libros antiguos.

Al leer ahora las noticias protagonizadas por mi padre me doy cuenta de lo poco que sabía de los asuntos en que anduvo metido. No tenía más que una idea panorámica de su actuación durante los Gobiernos de Morales Bermúdez y Fernando Belaúnde, e ignoraba gran parte de ese cúmulo de declaraciones y hechos que lo llevaron a ser polémico y a adquirir fama, poder, admiradores y enemigos. Era un hombre directo en una sociedad acostumbrada a las evasivas y las digresiones. Era frontal, firme, valiente, lúcido, a veces hasta profético, pero también crudo, irresponsable, porfiado, negligente y bocón.

Repasar esa vastedad de notas amarillentas es imaginar a mi padre en una acelerada sucesión de épocas y reconocer algunas de sus marcas imborrables; su ingenio, por ejemplo, que afloraba de inmediato cuando alguien lo retaba. En una ocasión, un tal general Sánchez, que se hacía llamar el Loco Sánchez, quiso entrar a caballo a una dependencia militar sabiendo que estaba prohibido. Mi padre cubría el puesto de vigilancia y al verlo insistir se puso delante del portón y le recordó la norma.

—Disculpe, mi general, pero tiene que desmontar. No puede entrar así.

—¿Usted no sabe quién soy yo? ¡Yo soy el Loco Sánchez, así que ábrame el portón!

—Usted será el Loco Sánchez, pero yo soy el Loco Cisneros y estoy a cargo, así que bájese.

Aquella vez le dieron una semana de rigor por desobedecer a un superior. Pero esos castigos no hicieron mella en su carácter provocador. En 1973, en una nutrida reunión militar en el Palacio de Gobierno, el dictador Velasco le preguntó, con el propósito de incomodarlo o quizá de burlarse directamente de él, si era pariente de ese fulano Cisneros Mattos que aparecía en una relación de presuntos guerrilleros detenidos. Un barullo de risas siguió a la pregunta del presidente. Mi padre respondió: «No lo sé, mi general, pero usted sabe que a los parientes, como a los Gobiernos de facto, no se los elige, se los acepta». Velasco le devolvió una sonrisa de furia y ordenó que el coronel Cisneros no vuelva a pisar Palacio mientras él fuese presidente.

Pero no sería ese incidente o el recuerdo de ese incidente lo que llevaría a mi padre a conspirar contra Velasco años después, sino la convicción de que su mandato era inconveniente por la cercanía que mantenía con el comunismo.

En 1975 un sector del Ejército veía con preocupación la inestabilidad del Gobierno luego de la gran huelga policial de febrero, que fue reprimida con dureza, provocando muertos, heridos, manifestaciones de protesta y una ola de vandálicos saqueos en comercios, mercados y edificios públicos. Había que remontarse muchos años atrás para recordar un caos parecido en la ciudad. El descontento policial persistió sin que Velasco ni ninguno de sus ministros pudiese garantizar que el desorden no fuera a campear una segunda vez. Ante ese cuadro de descontrol, un grupo de generales, almirantes y jefes de la Aviación, entre ellos mi padre, se reunió para tumbar al régimen. Las coordinaciones del complot se hacían todas las semanas en autos, cafés, restaurantes, hoteles, bares, hasta en salas de cine. El golpe se cocinó de marzo a julio y se concretó en agosto, en Tacna. Velasco fue depuesto y el general Francisco Morales Bermúdez asumió la presidencia sin que ello consiguiera despejar la incertidumbre ya cernida sobre la población. Al revés, solo avivó la incomodidad de millones de peruanos que estaban cansados de los militares y que no sabían que iban a tener que soportarlos cinco años más.

En setiembre de 1975 mi padre es el hombre de confianza de Morales, el nuevo dictador. Lo veo en las notas. Se ocupa del Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social, Sinamos, y se reúne con dirigentes de pueblos jóvenes y parece ser un vehículo de diálogo con los sectores más descontentos con las primeras medidas económicas anunciadas por el Gobierno entrante. Pero ese papel conciliador no dura mucho. Al año siguiente, cuando lo designan ministro del Interior, empieza su transformación: deja de ser un general destacado pero anodino y pasa a convertirse en el Gaucho Cisneros. Su metamorfosis pública coincide con mi aparición en el mundo. ¿Qué habrá representado para él mi nacimiento? ¿Un impulso, un obstáculo, un dolor de cabeza, una ilusión? Mi presencia debió extraer de él una compasión o blandura que no resultaban apropiadas para el personaje rector al que había empezado a dar forma. ¿Habrá visto en mí algún mohín que fuese reproducción suya? ¿Algún rasgo que le hiciese recordar a su padre?

Con la anuencia del presidente, que le da carta libre para actuar y restablecer la tranquilidad en el país, el Gaucho ordena el estado de emergencia en varias ciudades e impone el toque de queda en Lima, impidiendo la libre circulación de las personas después de la medianoche. También prohíbe las huelgas y clausura una docena de publicaciones periodísticas por encontrar que su línea editorial riñe con los propósitos de la Segunda Fase Militar. Como todo aquello trae consigo reclamos sindicales, manda detener a cientos de trabajadores, obreros y dirigentes, y dispone la deportación de los que considera más nocivos. En medio de ese clima de vigilancia y sujeción, se anuncia la llegada del secretario estadounidense, Henry Kissinger. El presidente Morales teme un atentado contra él y le encarga al Gaucho darle la bienvenida en el aeropuerto y custodiar su estadía en la ciudad. Para el general Cisneros aquello no representa una tarea, sino un honor porque es un viejo admirador de Kissinger, quien junto con Margaret Thatcher forma parte de su olimpo internacional. El Gaucho aprecia el estilo con que conduce la política exterior de Estados Unidos y se jacta de haber seguido con más atención que nadie el ajedrez desplegado por él durante la Guerra Fría. Lo considera el verdadero cerebro detrás de Richard Nixon y Gerald Ford, e incluso celebra su intervención directa en la política de países de la región, como Chile, donde ha propiciado la dictadura de Augusto Pinochet, otro de sus héroes o ídolos.

Ese mismo 1976 —pocos días después de pasar por Lima, donde mi padre lo atendió, llevándolo a almorzar al Suizo de La Herradura y a tomar piscos sours al bar del Salto del Fraile—, Kissinger viajó precisamente a Chile para reunirse con Pinochet en La Moneda y decirle «en los Estados Unidos tenemos simpatía por lo que usted está tratando de hacer aquí. El Gobierno anterior (el de Salvador Allende) iba en la dirección del comunismo, y yo pienso que no tenemos por qué permitir que un país se haga comunista solo por la irresponsabilidad de su gente. Nosotros le deseamos lo mejor a su Gobierno, deseamos que sea próspero, queremos ayudarle».

También por esa época el Gaucho fue a Santiago a reunirse con Pinochet. Tengo en casa las fotos en blanco y negro de ese día: una en primer plano donde ambos, Pinochet más alto, se miran, se saludan, estiran los labios y establecen una muda complicidad militar. En las otras fotos, más abiertas, se los ve conversando en los sillones aterciopelados de La Moneda. En la portada del diario Últimas Noticias del día siguiente se destacaron tres notas: las huelgas de hambre de los familiares de los detenidos y desaparecidos; la decisión del Gobierno chileno de prohibir la importación de los libros de García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar; y la presencia en el país del ministro del Interior del Perú, el general Cisneros Vizquerra, quien «se excusó de referirse a las materias que abordó durante la entrevista que sostuvo con el general Augusto Pinochet».

No es fácil saber ni decir ni escribir que mi padre admiraba a tipos como esos. En el caso de Kissinger incluso podría decir que no solo lo admiraba, sino que hasta lo imitaba, celebraba su modus operandi y todo lo que había en él de conspiratorio, ególatra y manipulador. Kissinger, como mi padre, o mi padre como Kissinger, era amante de los secretos, actuaba a escondidas, pinchaba los teléfonos de políticos, periodistas y de sus propios asistentes para saber si estaba siendo infiltrado. El mejor afrodisiaco es el poder, decía Kissinger. Mi padre no lo decía, pero podría haberlo dicho sin que sonara falso.

De haber estado vivo mi padre cuando el criminal Kissinger cayó en desgracia luego de que fueran desclasificados los documentos que probaban la participación estadounidense en las matanzas y torturas ocurridas en Chile, seguramente habría condenado públicamente el juicio contra su amigo Henry. A renglón seguido habría criticado también la detención de Pinochet en Londres por parte de los agentes de Scotland Yard, enfatizando eso que le oí tantas veces: «Si Chile está como está es gracias al general Pinochet».

 

* * *

Hacia fines del verano de 1976, reconcentrado en los líos internos, el ministro Cisneros reemplaza a los directores de varios medios de comunicación y, luego de pactar con los nuevos un compromiso de buena conducta, permite que circulen con libertad el semanario El Tiempo y las revistas Oiga, Caretas, Equis y Opinión Libre. Empiezan a tejerse rumores acerca del cierre de la revista más izquierdista del país, Marka, pero él los desmiente en televisión. «Si quisiera clausurar Marka, ya lo hubiera hecho. Además, no queremos silenciar a nadie, los comunistas también tienen derecho a trabajar.» En esa conferencia, como en tantas otras durante su presencia en los medios, soltaría frases que incluso para el agitado contexto de un Gobierno duro como el de Morales Bermúdez sonaban tremendas y no poco descaradas.

Si voy a poner en libertad a los detenidos cada vez que me lo pidan, todo el mundo estaría en libertad.

Ustedes los periodistas saben que están prohibidas las reuniones sin permiso de la autoridad, las

huelgas y paros. Quien lo haga contradiciendo las leyes pagará las consecuencias. Para eso hemos

puesto el toque de queda. El toque de queda es beneficioso porque la población necesita ser

disciplinada. Además, es una medida que ha sido bien recibida por las esposas, porque ahora todas las

jaranas de sus maridos terminan temprano […] Y por ahí he escuchado decir que los muertos durante

la vigencia del toque de queda pasan de un millar. Eso es completamente falso. No deben pasar de la

docena.

Esa soltura con la que mi padre hablaba de detenidos y de muertos — soltura que ahora me solivianta pero ya no me desconcierta— provocaba que la izquierda más radical de los setenta lo repugnara y lo tuviera como una figura ubicada en el centro del eje del mal. En las fotos que acompañan esas notas se ve que el general Cisneros es muy consciente del poder que ostenta. Su comportamiento gestual lo delata. Atiende a los periodistas en el aeropuerto o al final de ceremonias con un cigarro en la mano, la otra en el bolsillo, los lentes ahumados, el mentón alzado. Contesta las preguntas más espinosas sin ambages, a veces con pedante frialdad, a veces con elegante ironía; y habla de la mano justa y previsora del Gobierno; denuncia la infiltración de la ultraizquierda en centros laborales y exige que no se confunda la libertad de expresión con la acción subversiva.

Por esos días se intensifican las revueltas callejeras en que participa mi hermana Melania junto con los líderes de las federaciones universitarias. Por esos días, ante las denuncias de tortura a estudiantes, se produce esa tirante discusión en la oficina del despacho del Interior entre el ministro y su hija mayor, quien luego tomaría el primer vuelo a París para escapar del Perú y de su padre. Por esos días yo paso el tiempo metido en una cuna en el departamento de la calle Aljovín, donde vivo con mi madre y mi hermana Valentina, de dos años. Allí esperamos todas las noches la llegada de mi padre, ese señor uniformado que aparece en la televisión y que cada mañana, luego de besarnos, apenas cruza la puerta, se convierte en un villano popular.

Hay grupos interesados en provocar malestar, explica mi padre a los periodistas gobiernistas, subrayando que es mentira que el Gobierno torture a los encarcelados. También anuncia, para apaciguar a los sindicatos, que se otorgarán amnistías e indultos humanitarios a algunos de los detenidos y se suspenderán los juicios de otros. Las heridas abiertas con la prensa opositora, en cambio, siguen sin cicatrizar. El Gaucho dispone una segunda oleada de clausuras y cierra las revistas Caretas, Oiga, Gente y La Palabra del Pueblo por faltar al compromiso de no agraviar al régimen. Por las mismas razones suprime la circulación de Momento, Opinión Libre, Equis, ABC, Amauta del Mar, El Periodista, Unidad y hasta del semanario humorístico Monos y Monadas, este último porque «afecta los valores de la población». Algunos directores se asilan en embajadas y luego se exilian en Panamá, México o Venezuela, hartos de ser perseguidos por agentes de Seguridad del Estado y del servicio de inteligencia del Ejército, y de recibir un tipo de escarmiento nunca antes visto en el país: el secuestro de parientes que nada tenían que ver con la política y que de repente desaparecían por dos o tres días y eran conducidos a oscuros depósitos dentro de instalaciones de la Policía de investigaciones.

Hace unos meses busqué a uno de esos exdirectores periodísticos y le pedí encontrarnos en un café para que me contara lo que recordaba de esos años. Más que su testimonio me impresionó la manifestación de las huellas del trauma: miraba a los lados a cada minuto como si alguien nos espiara desde alguna mesa vecina, observaba a los mozos con desconfianza, reaccionaba de inmediato al ruido de un cuchillo caído contra el suelo.

«Esos señores buscan asilo porque la conciencia los acusa», decía el Gaucho obviando los hostigamientos selectivos que él mismo ordenaba. Una tarde, el trajinado periodista Enrique Zileri, luego de encarar a mi padre en una conferencia, recriminándole su conducta abusiva con los medios de prensa, no regresó a su casa. «¿Dónde está Zileri?», le preguntan a mi padre desde las carátulas de los quioscos durante los siete días que dura la desaparición. El general Cisneros leía esas carátulas desde su despacho del Interior, mientras en el tétrico sótano del Ministerio, en el suelo de una de las tres jaulas que había mandado construir, Zileri lanzaba gritos exigiendo vanamente su libertad.

Para el segundo semestre de 1976, el general se olvida de corretear a la prensa ante la aparición de una organización terrorista denominada Ejército Popular Peruano, vinculada a grupos universitarios. Los voceros de la izquierda afirman que se trata de un invento del ministro Cisneros para justificar persecuciones ideológicas y distraer a la opinión pública de la rampante crisis económica y de la brutalidad del régimen. El general acalla esas acusaciones mostrando el material propagandístico incautado en las universidades intervenidas, entre el que destacan unos cuadernos escolares donde se detallan los planes de secuestros a personalidades militares y civiles, y hasta se registran fechas para atentados a instituciones públicas y privadas. Tras un segundo ingreso a los campus universitarios para desbaratar los restos de la supuesta guerrilla en formación, el ministro ordena la detención de un centenar de dirigentes y otro tanto de políticos.

«Cisneros quiere implantar un pinochetazo», titulan los periódicos. «Hay una ley de emergencia. A todo aquel que no cumple esa ley, yo lo detengo, eso es todo. Si quieren hablar de represión en el Perú, digamos que hay una represión selectiva», reconoce mi padre en una entrevista en la que también pide a los padres de familia cuidar a sus hijos, aunque sin precisar de quién: si del nuevo terrorismo urbano o del Gobierno militar.

Esos son días angustiantes en los que ni el propio Ejército escapa a los conflictos internos. Un rezago de oficiales identificados con el expresidente Velasco está a punto de ascender y copar los altos mandos, lo que alarma al sector más conservador de las Fuerzas Armadas. Una madrugada, el general Centurión, enemigo de la facción velasquista, se atrinchera en un cuartel haciendo conocer su rechazo a los oficiales de tendencia comunista que pretenden dirigir la institución. Durante las cuarenta y ocho horas que dura el amotinamiento se rumorea por todo Lima la inminencia de un conflicto civil. Por las avenidas de Chorrillos, los tanques verdes o marrones van y vienen como una lenta manada de rinocerontes blindados. La escasa información lleva a los limeños a pensar que se trata de un golpe contra Morales Bermúdez. El general Centurión se entrega solo después de negociar el retiro definitivo de los generales izquierdistas del Ejército. El Gaucho es parte de la delegación que intercede para sofocar la sublevación lo más pronto posible y no poner en riesgo la continuidad de la revolución militar.

Una semana después de ese motín mi padre concede una entrevista telefónica al diario Excélsior de México. «Nuestro plan de gobierno es de unos seis años, luego de ese período recién estaríamos pensando en una transferencia de poder», le dice al reportero. Además adelanta que los militares piensan formar un movimiento político, una plataforma que agrupe a empresarios y profesionales para participar en las futuras elecciones. ¿Qué seguridad tiene el pueblo peruano de que ustedes cumplirán su palabra de entregar el poder?, le pregunta el mexicano. «Que estén tranquilos todos. No nos quedaremos un día más de lo estrictamente necesario.»

El presidente Morales Bermúdez, luego de revisar un ejemplar de Excélsior con la entrevista publicada a doble página, acompañada de una foto enorme en la que mi padre aparece de perfil, envuelto en el humo del puro que cuelga de su boca, arroja el periódico sobre el escritorio, da ocho pasos hasta el bar con ruedas de su oficina, destapa un etiqueta roja y agita la botella sobre el vaso hasta calcular tres dedos de whisky. A continuación, decide bajarle las revoluciones a Cisneros y restarle el exagerado protagonismo mediático que ha cobrado. En una reunión de fin de año, Morales le pide a su ministro del Interior que se olvide de las entrevistas y se dedique únicamente a conversar en privado con los líderes de los partidos para ir afirmando el terreno para cuando toque convocar a elecciones.

Todo el verano de 1977, mientras nosotros dilapidábamos los fines de semana en la hacienda de un tío, una hacienda llamada Pariachi, corriendo entre cañas de azúcar y algarrobos, viendo jaurías de dóbermans y pastores alemanes disputarse salvajemente los trozos de comida que les arrojaban los mayordomos, aprendiendo a nadar en una piscina oscura que parecía un insondable depósito de agua en cuyo fondo mohoso, estábamos seguros, habitaban animales raros y venenosos de cuyo contacto había que escapar levantando los pies bajo la negrura del agua, mientras estábamos allí haciendo aquello, mi padre, el ministro, dejaba su auto y tomaba una de las camionetas de mi tío para despistar a los periodistas y luego se internaba con ella por el campo hasta dar con las villas y casonas bucólicas donde lo esperaban los máximos dirigentes del APRA (Partido Aprista Peruano), de Acción Popular y del Partido Popular Cristiano.

Mi padre repitió la operación varias veces durante ese verano. Pero no fue a lo único que se dedicó, también se dio tiempo para recibir a uno de sus mejores amigos argentinos, Roberto Viola, general de bigotes blancos, a la sazón jefe del Estado Mayor del Ejército de su país, quien llegó a Lima en visita oficial. Mi padre ofreció un almuerzo para su invitado en el exclusivo balneario de Santa María y mandó cerrar el club Esmeralda para unas cuarenta personas, entre altos oficiales peruanos y agentes de Seguridad del Estado.

Mi padre y Viola pasean bajo el sol en trajes blancos, charlan al borde de una piscina, brindan en nombre de sus Gobiernos. Eran los meses, los años en realidad, del esplendor terrorista y de la represión militar en la Argentina. Mi padre recorre con su invitado cuatro, cinco ciudades, pasan revista a diversas guarniciones militares, almuerzan, cenan, beben. En las paradas de esos viajes coordinan lo más importante: la llegada de otro viejo amigo de mi padre, el teniente general Jorge Rafael Videla, quien tenía pensado pasar por el Perú apenas asumiera la presidencia de la nación para contactar directamente a Morales Bermúdez.

—Necesitamos que Videla y Morales hablen en privado. Solo estarían ellos dos, quizá unos pocos oficiales más. Vos desde luego. ¿Habría inconvenientes? —le pregunta Viola a mi padre en un avión de regreso de Arequipa.

—Ninguno, Roberto, déjalo en mis manos. Yo lo hablo con Pancho Morales, coordinamos la agenda y fijamos una fecha.

—Pero ¿vos podés asegurar que no habrá problemas para Videla? Sabemos que en Lima hay montoneros escondidos y nunca falta un hijo de puta con ganas de joder y armar quilombo.

—Descuida. Nosotros sabemos quiénes son y dónde están.

—¿Vos te ocupás, entonces?

—Yo me encargo.

En efecto, se encargó. Para evitar cualquier manifestación de repudio a la presencia de Videla, el general Cisneros ordenó a agentes del Ministerio del Interior ubicar y detener a Carlos Alberto Maguid, un argentino ligado al Movimiento Montonero que se había refugiado en Lima luego de ser vigilado en su país por los paramilitares de la triple A, la Alianza Anticomunista Argentina. Maguid fue interceptado a la salida de la Universidad Católica, donde dictaba clases, y conducido a una estrecha celda de la división de Seguridad del Estado. Allí se encontró con una veintena de militantes de izquierda y algunos dirigentes estudiantiles, detenidos por precaución mientras durase la estadía del presidente argentino en la ciudad.

Videla llegó a Lima la primera semana de marzo. Mi padre lo recibió con un abrazo en el Grupo Aéreo número 8 y puso a su disposición un auto blindado que desocupó el aeropuerto por un portón de emergencia, sorteando a los periodistas que esperaban una declaración. Más tarde lo instaló en una habitación del piso nueve del hotel Sheraton y le hizo llegar una canasta envuelta en papel celofán repleta de licores, paquetes de cigarrillos, cajas de chocolates. Al día siguiente Videla se reunió con Morales Bermúdez, primero en un salón privado del Sheraton, y luego, por la tarde, en el Palacio de Gobierno. Allí, ante las cámaras de fotos de la prensa, ambos se dieron la mano tras firmar una declaración conjunta donde subrayaban su enérgico rechazo «al fenómeno de la violencia guerrillera». ¿Qué otros temas han abordado durante la reunión, presidente?, se interesó un periodista al iniciar la ronda de preguntas. Videla — esbelto bajo el uniforme, el cabello escrupulosamente acomodado, el bigote boscoso, los ojos color granadilla— se adelanta a contestar. Su voz grave, solemne, de dicción impecable, retumba contra los muros de la sala Túpac Amaru. «Este encuentro ha servido para aportar presencia regional al régimen militar peruano y para consolidar un acuerdo en materia nuclear que tiene como objetivo la construcción y equipamiento del Centro Nuclear de Investigación del Perú.»

No mentía Videla. Había un interés real de los argentinos en explorar y procesar el uranio peruano, ya que se disputaban con Brasil el liderazgo regional en materia nuclear.

Pero lo que no dijo ni podía haber dicho era que también había venido, o que sobre todo había venido a solicitar la ayuda de los militares peruanos en la captura y deportación clandestina de ciudadanos argentinos que se encontraban en Lima y que ellos consideraban peligrosos. A ese pedido los milicos peruanos respondieron con inesperada rapidez y eficacia. Apenas Videla regresó a Buenos Aires, soltaron a los detenidos, pero se dedicaron a vigilar de cerca a Maguid.

Casi un mes después, al recibir instrucciones de Buenos Aires, el ministro Cisneros ordenó secuestrarlo. Dos policías encubiertos siguieron a Maguid por la avenida Petit Thouars y antes de que llegara al cruce con Javier Prado para tomar un bus rumbo a la universidad, lo intervinieron con violencia. No se supo más de Maguid. Su desaparición dio pie a las más diversas especulaciones políticas y periodísticas. Cuando el caso se denunció, se escribieron largas crónicas tratando de resolver el enigma de lo ocurrido; en la mayoría de ellas mi padre aparece mencionado como actor central. Además del rapto, acusan al general Cisneros de impedir la publicación de las cartas con que la esposa de Maguid exigía al Gobierno peruano explicar qué habían hecho con su marido. En una entrevista posterior alguien le toca el tema y el Gaucho responde: «Ignoro el paradero actual de Maguid, pero lo estamos buscando». Para entonces, Maguid ya no estaba en Lima, probablemente ya no estaba en ninguna parte.

Hace poco mandé digitalizar una película de ocho milímetros que pertenecía a mi padre. Era un vídeo del cumpleaños número cuatro de mi hermana Valentina, celebrado el domingo 17 de abril de 1977. Aunque granuladas, las imágenes permiten distinguir a unos cien adultos departiendo en los jardines del Real Club de San Isidro, viendo a sus niños divertirse con un espectáculo de payasos, bailar al ritmo de una orquesta y hacer cola para doblegar una piñata con un garrote de plástico. Todo bajo una escenografía de globos y serpentinas con los colores y texturas de la época. ¡Que viva la fiesta!, se lee en un cartel. Mi padre aparece en una ronda, al lado de tíos y amigos. Luce un traje celeste, lentes oscuros, el cigarro infaltable, un whisky en la mano. Pero no es ajeno a la celebración: participa de los juegos dispuestos por los payasos y sonríe y se pasa una liga por encima del cuerpo y bebe una botella de gaseosa con chupón de biberón y parte en tajadas la torta de mi hermana y canta el Cumpleaños feliz con un entusiasmo y un deleite que muy pocas veces vi en él. Fue sin dudas un padre tierno aquel 17 de abril. Cinco días antes había mandado desaparecer a Maguid.

 

* * *

El misterio de Maguid se diluye ante los golpetazos de la crisis interna. Comunistas y estudiantes se enfrentan a la Policía y entran y salen de las prisiones. Vuelven a clausurarse diarios y revistas, sobre todo los más críticos, los que más averiguaciones han pretendido hacer sobre lo ocurrido con el refugiado argentino. «Veo arrogancia, desplante y soberbia por parte de los medios de comunicación que no cumplen el pacto de caballeros e incurren en distorsiones. Me preocupa ver qué mal se entiende la libertad de expresión en el país. No nos dejan otra alternativa que la clausura», arguye mi padre ante un reportero de Caretas, una de las pocas publicaciones con permiso para circular. En esa entrevista —«Ping Pong con Cisneros»— habla de las denuncias por violación de derechos humanos hechas por familiares de diversos detenidos. «Se han impartido directivas estrictas exhortando a los componentes de las fuerzas policiales a cumplir el reglamento. Yo mismo me he ocupado de repartir cartillas sobre principios humanistas entre miembros policiales.»

Los sindicalistas, los obreros, hartos de los despidos y de la situación económica, anuncian el Primer Paro Nacional de Trabajadores para el martes 19 de julio. Será histórico, vaticina la prensa de izquierda. El Gobierno se pone en guardia. El domingo anterior, el general Cisneros aparece en la cadena nacional, por radio y televisión, leyendo un mensaje a la nación. La voz de mi padre se multiplica en todos los parlantes del país dando forma a un discurso que es sobre todo un ultimátum arrogante. Las advertencias del ministro, lejos de reducir la rabia de los trabajadores, la incitan.

El martes 19, el llamado Martes Rojo, un martes de llovizna, una masa abrumadora se precipita a las calles. Para el mediodía, casi el cien por ciento de la industria instalada en Lima está paralizada. Los levantamientos se reproducen con éxito en Huancayo, Cusco, Tacna, Trujillo, y pronto se bañan de violencia. En todas las ciudades, los huelguistas apedrean buses, prenden fogatas en las calles, forman piquetes para aislar el centro. El Gobierno ordena reprimir los disturbios, pero estos desbordan la capacidad de la Policía. Las patrullas militares salen a las plazas, ejecutan redadas, clausuran locales sindicales y abren una batalla campal con las turbas.

Al día siguiente la prensa habla del triunfo de los trabajadores sobre el Gobierno, de los setecientos detenidos que dejó la huelga y de la necesidad de convocar a una asamblea constituyente. La dictadura acusa el remezón y alista el contragolpe. En una sesión de gabinete, el Gaucho Cisneros sugiere una purga para castigar a los trabajadores. Pocas horas después se activa una ley de urgencia para despedir a los promotores del Paro Nacional y a sus principales colaboradores. Cinco mil dirigentes sindicales, entre mineros, pesqueros, textiles, entre otros, son echados a la calle por generar problemas políticos. Los dirigentes culpan a mi padre de su desempleo y buscan amparo en la prensa, que se convierte en la caja de resonancia de sus quejas. De pronto ya no solo los medios de izquierda critican al Gobierno. Otros diarios y revistas también califican los despidos de arbitrarios en indignadas columnas. Ante esa avalancha de amonestaciones, el Gobierno decide aplicar un acicate al periodismo: la censura previa. A partir de aquel momento todas las revistas, antes de salir a los quioscos, deberán pasar por el escritorio del ministro del Interior.

Mi padre se pasa todas las noches de fines de 1977 evaluando los contenidos de esas publicaciones, haciendo tachones y enmendaduras, mandando ediciones enteras al tacho de basura de su despacho. «Hubo un acuerdo que no se ha respetado. Lo que hacemos ahora es revisar el contenido de las publicaciones antes que circulen, así nos aseguramos de que se cumpla lo establecido. A eso no le pueden llamar censura. Como hijo de periodista, hermano de periodista y primo de periodistas, sé muy bien cuáles son los límites de los medios», dice una noche en un canal de televisión.

«El Pueblo exige su renuncia, general», titula el diario Marka uno de esos días. «El poder político concentrado en el ministro del Interior es enorme: no concede amnistías laborales ni políticas ni repone despedidos», sustenta el mismo diario en una página. Mi padre toma nota de la crítica de Marka y a la mañana siguiente un piquete de milicos se presenta en las oficinas del director para hacer una requisa.

Mi padre está en su momento más canalla. A raíz del Paro Nacional ha buscado demostrar que él tiene las riendas de la autoridad en el país, y ejerce el control sobre casi todos los ámbitos engrosando el número de encarcelamientos; para lo cual echa mano de todas las dependencias policiales, incluso de la agencia funeraria de la Policía de investigaciones, donde los detenidos pasaban días y noches compartiendo el suelo con ataúdes cuyo contenido era mejor ignorar. Las noticias y fotos de 1977 lo dicen con claridad: a los cincuenta y un años mi padre reinaba en el país. Sus amigotes del Ejército y la Policía lo agasajaban cada vez que podían, organizaban almuerzos y jaranas en su nombre, lo invitaban a sus actividades estelares, lo vestían de chalán y sobre todo lo visitaban en su despacho de Interior. Algunos lo quieren de verdad, otros solo lo adulan con abrazos y botellas de pisco y gallos de pelea. Todos se mezclan en esas fotos. El Gordo Mejía. El Chato Vinatea. El Cholo Balta. El Coche Miranda. El Cholo Noriega. El Gringo Correa. El Coto Arrisueño. El Mono Zapata. Los miembros de la Junta Militar y los altos mandos de Investigaciones de 1977: todos reunidos en torno a mi padre en la Hacienda Villa o en clubes de Chosica, apreciando desde un palco bailes con estampas limeñas, exhibiciones de caballos de paso, conciertos exclusivos de Los Morunos y otros artistas desmelenados y antiguos. Hay un vídeo de esos días que también descubrí hace poco. Es la película de una cabalgata liderada por mi padre, que está montado sobre Enfadoso, su caballo isabelo de crines rubias. El Gaucho conduce al animal por los bosques de Huachipa. Es una cabalgata larga, con pascanas, con ritmos marcados, primero al trote, luego al galope a través de chacras y caminos de piedra. Es un sábado de sol o un día cualquiera de sol y todos los jinetes van rumbo al cuartel del Potao, al lado de la plaza de toros de Acho, en el Rímac, cruzando el río y la vegetación, bordeando el cerro San Cristóbal, atravesando una ciudad hecha de barriadas, de buses antiguos, de carteles de Coca-Cola, la chispa de la vida. Y eso es precisamente lo que se impone en los primeros planos de la película: la chispa y la vida de todos ellos. Y mi padre al frente de aquel pelotón, en medio de aquel western de los setenta, todopoderoso, oyendo las trompetas de la Policía montada que lo reciben como si fuese el último emperador ecuestre.

 

* * *

Algunos analistas, tratando de explicar el proceder del ministro, advierten la posibilidad de un golpe de Estado de Cisneros contra Morales Bermúdez. Su búsqueda de protagonismo, dicen, es parte de una campaña que debe tener por finalidad hacerse con la presidencia de la República. Morales no se queda tranquilo con esos análisis. Con el paso de los siguientes meses la relación entre ambos se resquebraja tan notoriamente que sus discrepancias quedan expuestas en la prensa cuando se tocan casos como el de la infiltración de sindicatos en Ilo, La Oroya y Chimbote por parte de comunistas agitadores. Mientras el presidente Morales se muestra conciliador, el ministro Cisneros no abandona esa dureza que los medios ya juzgan inherente y congénita. Frases como «Yo prefiero tomar al toro por las astas» o «Reprimir subversivos es una responsabilidad dura, pero me gusta» son una invitación a que la prensa persista en su tesis del golpe. El presidente no puede contener a su ministro. Los consejeros del Palacio le piden a Morales Bermúdez que se deshaga de él. Hay días en que Cisneros parece el presidente y por eso algunas revistas se animan a proyectarlo como alternativa. Un editorialista de Oiga escribe:

En medio del clima de agitación y violencia que existe en nuestro país, el ministro Cisneros es el

recambio natural de Morales Bermúdez. Si él asumiera el poder en una tercera fase del Gobierno

militar, dejaría satisfechos los apetitos de la derecha y los del Fondo Monetario Internacional. Tiene

excelentes relaciones con la embajada de Estados Unidos y un poder familiar instalado en lugares

claves: su hermano Juvenal es director de La Prensa y su hermano Gustavo es el hombre fuerte en la

Asociación de Exportadores.

Si hubo un momento en el que mi padre pudo ser catapultado a la presidencia fue ese. Pero volvieron a jugarle en contra sus propias decisiones, algunas oscuras y radicales, como la deportación clandestina de políticos por razones ideológicas. Declaraciones como «Solo si los civiles se portan bien habrá transferencia de poder»; «Yo no apreso a la gente con maldad, sino con firmeza», o «A mí nadie me doblega» se convierten en titulares y terminan por sacar de quicio al presidente Morales Bermúdez, que entiende que, si no actúa pronto, una mañana cualquiera el Gaucho Cisneros vendrá a tocarle la puerta con los tanques para desalojarlo del Palacio de Gobierno. Es entonces cuando decide apartarlo y enviarlo como agregado militar a París por un año.

Al volver de Francia en mayo de 1979, mi padre regresa como jefe de Estado Mayor del Comando Conjunto y en su primera semana en ese nuevo puesto recibe una invitación para asistir a la celebración de la creación del Ejército argentino. Viaja a Buenos Aires y se reencuentra con Videla, con Viola, y al día siguiente, en el edificio Libertador, recibe condecoraciones de manos de todos ellos. La foto aparece en la portada de Clarín. «Nacido en Buenos Aires, educado en la Argentina, formado como soldado en el Colegio Militar de la Nación, los últimos treinta y dos años han sido para mí de ausencia física, pero de permanente presencia espiritual», dice mi padre en su discurso.

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