La distancia que nos separa
Capítulo 2
2
Un mediodía de 1929, durante el recreo del colegio San Marón de Buenos Aires, Juvenal Cisneros, nueve años, derrota a un compañero en una trivia de preguntas y respuestas de matemáticas. El otro muchacho lo acusa de hacer trampa y le da un empujón. Juvenal reacciona, rápidamente se van a las manos. Es una tontería que pronto deja de serlo. Alguien los separa y, en medio del altercado, el muchacho, amargo por haber perdido, se aleja gritando: «¡Por lo menos yo no comparto a mi papá como tú!». Minutos más tarde, cuando los ánimos se han apaciguado y todos los chiquillos regresan a las aulas, Juvenal sigue oyendo esas palabras. De hecho las seguiría oyendo el resto de su vida. «Por lo menos yo no comparto a mi papá como tú.» A la mañana siguiente, se levanta y decide seguir a su padre. Los cachuelos como profesor y su trabajo de periodista en La Nación le han permitido a Fernán conseguir una casa más decente. Atrás quedaron los hotelitos y casuchas de los primeros años del exilio: el departamentito en Suipacha 400; el cuarto con baño común en Cerrito 330; el corralón de Paraguay 2200. Ahora viven en el departamento 20 del número 865 de la calle Esmeralda, en el interior de una antigua quinta color adobe, con un hall de ingreso de mayólicas frías y cañerías expuestas. Juvenal le dice a su madre, Esperanza, que tiene que estar antes en el colegio y desciende por las escaleras de mármol cuarteado. Cruza la reja del frontis de la quinta y divisa a su padre en la esquina. Avanza detrás de él a lo largo de una, tres, seis, siete, diez cuadras, tratando de no perderlo. Va por la avenida Córdoba, cruza Maipú, Florida, San Martín, Reconquista. Pronto se va por Corrientes, en la calle Sarmiento y avanza hasta Rivadavia. No sabe muy bien qué hace allí ni qué quiere encontrar. Le parece insensato y sin embargo urgente echarse a andar detrás de la silueta de ese hombre que ahora se le antoja más misterioso que nunca. ¿Será acaso verdad lo que insinuó ese chico? ¿Con quién más comparto a mi padre? Si él tuviera algún secreto, ¿acaso no me lo diría? Claro que sí, se responde Juvenal, mientras apura el paso a espaldas de esa mancha azul que se desplaza por la acera sin prisa. Juvenal lo ve detenerse delante del vidrio de un comercio, acaso contemplando un posible regalo para él o sus hermanos, y entonces se siente un tonto por desconfiar, por ceder al rumor de un niño vengativo. Pero por más que quiere convencerse de que aquella persecución es una estupidez, una fuerza superior lo hace persistir en el juego detectivesco. Al doblar la penúltima esquina, Juvenal renuncia. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué pensarán de mí en el colegio? ¿Habrán llamado ya a mi casa?, divaga, sin desviar la mirada de su objetivo pero reduciendo lentamente la velocidad. Dos cuadras más y me largo, se promete, ya con vergüenza, con ganas de correr hacia su padre solo para abrazarlo y pedirle perdón por poner en duda la exclusividad de su amor. Entonces deja que Fernán se adelante y comienza a sentirse fuera de peligro. Pero al dar vuelta a la siguiente esquina, en Tacuarí con Moreno, Juvenal ve lo que tanto temía, o lo que en el fondo deseaba descubrir. Jamás podría borrar esa escena de su memoria. Allá, al otro lado de la avenida Belgrano, sobre la vereda, su padre ingresa a una casa tomando a dos chicos de las manos. Un niño y una niña más grandes que él. El chico tiene unos catorce, ella quince o dieciséis. Juvenal, estático detrás de un quiosco de periódicos, ve a esos extraños besar y abrazar a su padre de la misma manera impetuosa y festiva con que él lo besa y abraza cada vez que llega durante las noches a la quinta de la calle Esmeralda, y siente claramente que algo estalla y se desmorona en su interior. El cuadro es revelador. Quizá demasiado. La puerta de la casa se cierra de golpe y recién entonces Juvenal repara en que esa casa es dos veces más grande que la suya, y acumula una rabia que no corresponde a su edad, y por más que intenta no puede contener las lágrimas, el bochorno, el dolor. «¿Pibe, te sentís bien?», le pregunta el hombre del quiosco. Pero el pibe está demasiado tocado como para responder y sale corriendo sin brújula, hacia ningún punto o hacia todos, y se culpa por no haber ido directamente al colegio esa mañana, y mientras corre, mientras siente cómo la cara se le desencaja y las lágrimas resbalan sin parar, se pregunta quiénes son esos muchachos. No sabe que se llaman Mincho y Rosario. No sabe que hay otros tres allá adentro, Fernando, Moruno y María Jesús. Todos hijos de su padre con Hermelinda Diez Canseco. No sabe que él es, en realidad, el primero de los siete hijos naturales de una relación hermosa pero impura. Sin embargo, algo entiende, algo asocia, y de repente, sin detenerse, piensa en Lima, en el cuarto donde nació, ubicado en un solar al lado de la fantasmal casa Matusita, en el cruce de la avenida del Sol con España, un dormitorio en el que su madre siempre estaba sola, y ahora, en las calles de Buenos Aires, esa antigua soledad cobra todo el sentido del mundo. Juvenal sigue corriendo sin saber adónde, claramente no al colegio, y entonces se pregunta desde cuándo su padre acude a esa casa grande, cuya imagen quisiera abolir de su cabeza pero no puede.
Juvenal no dijo nada de lo que vio sino hasta mucho más tarde, ya mayor. Se lo guardó y solo él supo cuánto lo modificó aquel descubrimiento que mantuvo en secreto.
Cuando su hermano Gustavo, a los sesenta años, descubrió la correspondencia guardada de su padre, y por ende la secuela de verdades que esas cartas traían consigo —la existencia del cura Cartagena, la bastardía de Luis Benjamín, el adulterio de Fernán—, le propuso escribir un libro juntos. Tenía sentido: Juvenal era el mayor, el único que había estudiado Letras, además ya se había convertido en un intelectual querido y respetado en el Perú. Si había alguien en la familia llamado a iluminar esos siglos de penumbra era él. Sin embargo, desde un primer momento Juvenal recibió las investigaciones y hallazgos de su hermano menor con profundo desinterés. No quería saber nada del pasado. Gustavo no se dio por vencido y le insistió para trabajar ese proyecto a cuatro manos, hasta que un día Juvenal se negó con una frase seca que solo entendería después: «Para mí, nuestro padre no era más que un hombre que entraba a la casa a la medianoche y se iba a las seis de la mañana».
* * *
Desde la primera vez que mi tío Gustavo me contó la historia de la persecución en Buenos Aires, quedé impactado. No dejaba de pensar en mi tío Juvenal, en sus reticencias para referirse a ciertos pormenores de su infancia. La idea del hijo avanzando de incógnito por la gran ciudad y asomándose a la vida encubierta del padre me produjo una sensación de asombro y vacío. Por las cartas que Gustavo me confió luego pude reconstruir esos años en que Fernán, mi abuelo, por miedo, por no hablar claro, persistió en ese extenuante método de sobrevivencia conyugal: dormía con mi abuela Esperanza, salía muy temprano de la quinta de la calle Esmeralda, pasaba el día con su esposa, Hermelinda, y sus hijos mayores aprovechando que los menores estaban en el colegio, iba a trabajar a las oficinas de La Nación y regresaba con su amante y los niños de ambos bien entrada la noche. A esos mismos hijos pequeños, esos hijos ocultos, mi abuelo los educó hablándoles del Perú hasta la saciedad. Les recordaba siempre que ellos, aun habiendo nacido en la Argentina, eran peruanos, y ponía énfasis en que la misión de la familia era volver a Lima algún día. Ellos entendían que a su padre lo habían sacado del país a la fuerza, que eran extranjeros, y crecieron esperando que cayera el dictador Leguía para vengar el destierro y conocer su país. Mientras tanto, debían hablar como peruanos. Esperanza les trituraba las orejas cada vez que los oía diciendo «che» o «vos», y les advertía a los varones que no se enamorasen para que no sufrieran el día que tuvieran que marcharse. Mi padre, el Gaucho, desatendería ese último consejo.
De Esmeralda se mudaron al 3104 de Avellaneda y dos años después pasaron a un piso alto en Boyacá 611, una casa con dos ventanales enormes.
Mi abuelo había empleado a Fernando, el mayor de sus hijos «oficiales», como secretario personal después de que el Gobierno peruano le confiara un cargo diplomático en la Argentina. Todas las noches, Fernando acompañaba a su padre hasta la intersección de Boyacá con Méndez de Andes. Solía dejarlo en esa esquina y seguir su camino. Una noche de 1936 cambió de opinión.
—¿Podemos seguir hasta la puerta de tu casa? —le dijo Fernando sin tener muy claro cuál sería su siguiente movimiento.
—Claro —contestó Fernán con naturalidad. No presagiaba lo que vendría.
Avanzaron en silencio unos metros más hasta colocarse delante de la puerta principal, en el 611 de Boyacá. Fernán se acercó a su hijo de veintinueve años para darle un beso de despedida. Fernando se replegó.
—¿Ahora puedo subir, papá? —preguntó.
Su voz partió la noche.
—¿Para qué? —indagó Fernán, la quijada tensa, los ojos incrédulos.
—¿Acaso crees que no me he dado cuenta?
—¿Para qué quieres subir? —insistió Fernán porfiado, tratando de postergar la verdad, la mirada ahora clavada en el manojo de llaves que sus manos movían con torpeza.
—¡Quiero conocer a mis hermanos! —alzó la voz Fernando y apretó el botón del timbre.
Esperanza observaba la escena desde uno de los ventanales y cuando abrió la puerta un minuto después los encontró abrazados, en medio de un llanto convulso que no parecía tener cuándo parar. Mi tío Gustavo recuerda el momento que siguió como si se tratara de una película. Fernando, el hermano mayor, al que los niños Cisneros Vizquerra nunca han visto, sube las escaleras. Desde la sala se escucha el ruido seco de los pasos sobre los peldaños de madera. Suenan como disparos. Esperanza, nerviosa, secándose las manos con un trapo, lo recibe al final de la escalera y estira los brazos en señal de bienvenida. Detrás de ella, escondidos tras sus faldas como duendes tímidos, Carlota, Luis Federico y Gustavo abren los ojos como claraboyas. Más allá, acomodado en el brazo de un sillón, Juvenal observa, disimulando su interés con unos libros de historietas. En otra habitación, Reynaldo duerme en una cuna. Todos miran al advenedizo con una mezcla de espanto y curiosidad. Los niños no saben quién es ese señor, pero sienten que lo conocen o que deberían conocerlo. Los ojos de Fernando relucen húmedos bajo la luz baja, casi anaranjada del único foco que domina la estancia. Algo dice Fernán, algo dice Esperanza. Todo es rápido y rígido. De pronto el visitante mueve los labios dirigiéndose a sus hermanos. Sus palabras, aunque torpes e inexactas, tienen la contundencia de un temblor.
* * *
Un año después de ese encuentro —luego de que Hermelinda Diez Canseco falleciera y varios de sus hijos se instalaran en Perú—, Fernán y Esperanza se sintieron en libertad para casarse en Buenos Aires. Mi tía Carlota y mi tío Gustavo hicieron de monaguillos en la iglesia donde se celebró la ceremonia. Hay solo una foto de ese día de 1937, una foto donde mi abuela Esperanza sonríe con la benevolencia de quien recibe una recompensa que debió llegar antes. A los lados, como testigos, dos parejas de amigos, los Arriola y los Pancorvo. El padre López, un cura franciscano que vivía en la Argentina, completa el grupo. No se sabe la fecha con exactitud, pero era verano, el atroz verano de 1937, cuando Buenos Aires sufrió una plaga de langostas que llegaban desde las pampas después de asolar los cultivos agrícolas y se precipitaban sobre la ciudad oscureciendo el cielo y causando pánico entre los transeúntes. El enjambre de esos insectos voraces y aguerridos permaneció durante días en las calles del centro de la capital. El día de la boda, Fernán tuvo que sacar varias veces su bastón para espantar a las langostas que lo cegaban.
Los años que siguen al casamiento son quizá los más memorables del destierro. Ya sin nada que esconder, Fernán se dedica íntegramente a sus hijos. Los educa, los acompaña a la escuela, los lleva a caminar por las calles o los campos. Y los hijos retienen para siempre la imagen del padre que entraba a los almacenes, subía a los tranvías, redactaba documentos para La Conferencia del Chaco, se afeitaba delante del espejo con sus calzoncillos largos y envolvía en brazos al menor de todos, Adrián, recién nacido. Fernán les recita a poetas franceses y españoles, les enseña a peinarse con raya al costado y compone versos instructivos que luego cuelga en cuadritos en la puerta del baño; rimas que años después mi padre y sus hermanos repetirán siempre, de memoria, en todos los almuerzos, como una manera de gratitud hacia esa época llena de descubrimientos y agitaciones.
Si la Cisneros bonita,
y los muchachos Cisneros,
a diario y de mañanita
no se lavan bien los cueros,
ni ella será señorita,
ni ellos serán caballeros.
Por esos días Fernán compró una radio de onda corta para escuchar la señal de Radio Nacional del Perú y seguir las incidencias del Gobierno del general Benavides. El aparato se convirtió para la familia en una especie de mascota. Todos lo cuidaban, se turnaban para manipular sus varios botones y perillas, se aseguraban de que no sufriera golpes ni desperfectos. Los niños Cisneros Vizquerra pasaron horas enteras alrededor de la radio, como si fuese un oráculo o una fogata. Las noticias los transportaban a países fáciles de identificar en el globo terráqueo que daba vueltas sobre un eje metálico desde una esquina del escritorio del padre. En el aparato escucharon también las informaciones de la Guerra Civil española y las siguieron atentos, aunque sesgados por las opiniones políticas de Fernán, quien desconfiaba de los comunistas y admiraba a Francisco Franco y al coronel José Moscardó, quien prefirió sacrificar a su hijo antes que rendir el Alcázar de Toledo, una historia que mi padre me relatará cincuenta años más tarde con lágrimas en los ojos sobre la mesa del comedor de nuestra casa de Monterrico; y que a mí me parecerá tan conmovedora que sentiré repentino aprecio por el coronel Moscardó y lástima por su hijo, Luis, que al otro lado del teléfono le dice al padre que no se preocupe por él, que sabe que va a ser fusilado pero que el Alcázar no se rinde, y entonces el coronel le pide encomendar su alma a Dios, dar vivas a España, y le promete que será un héroe nacional mientras se despide diciéndole adiós, hijo mío, toma un beso.
* * *
Mi abuelo Fernán regresa al Perú el 12 de agosto de 1951, durante el Gobierno del general Odría, treinta años después de haber sido embarcado a la fuerza a Panamá. Regresa con setenta años encima, treinta de los cuales los ha pasado en el exilio. Vuelve siendo diplomático, pero sigue sintiéndose periodista y poeta. Vive con sus hijos Cisneros Vizquerra en una quinta en Pardo. Desde allí, camina todos los días hasta el centro de Lima, donde recorre el Jirón de la Unión y pasa frente a la calle Baquíjano, donde funciona La Prensa, y atraviesa las calles donde se erige una tienda comercial en lugar del viejo Palais Concert, y cruza la esquina de Mercaderes y Plateros, frente a la casa Welsch, donde mi abuela Esperanza había trabajado de joven.
Fernán se muda con todos cerca de la quebrada de Armendáriz, frente al mar, a la casa de la calle La Paz, donde varias décadas después yo viviría con mis padres y hermanos. Allí Fernán retoma la escritura de conferencias y ensayos que quedarán inéditos. Al inicio de 1953, al volver de uno de sus paseos, siente cansancio, mareos. Son los síntomas de un enfisema pulmonar que lo obligará a guardar reposo y a depender de un balón de oxígeno del color y tamaño de una bala de barco de guerra. Su hijo, el Gaucho, lo ve llegar esa tarde y ve en la cara de Fernán algo que no le gusta, un gesto de miedo o aturdimiento. El mismo gesto que veré yo en su cara mucho después, en 1995, luego del primer ataque.
En marzo de 1954, el día 17, Fernán acude al llamado de Pedro Beltrán, director de La Prensa, quien lo convoca a una cita en su casa, frente a la iglesia de San Marcelo. Apurado, mi abuelo deja a medias un artículo del que solo quedará legible el título —«Ahora sí, la crisis»— y le pide a su hijo Mincho que lo acompañe. Beltrán los recibe, les sirve una copa de coñac y en medio de la charla invita formalmente a Fernán a que vuelva a escribir una columna en el periódico. Fernán se alegra. No sabe que dentro de algunos pocos minutos esa felicidad lo matará.
Ahí está, barajando ideas sobre los posibles nombres que pudiera tener su nuevo espacio —La Lima que se va, Peruanos notables, Limeñas famosas, Paisajes—, discutiendo con don Pedro la frecuencia y extensión de la columna, cuando sufre un ahogo seguido de un punzón. Es su corazón que ha empezado a reventarse. Beltrán lo recuesta en el suelo y al notar el brazo izquierdo rígido corre a buscar a un médico vecino, quien llegará solo para confirmar lo violento del infarto. Al lado, Mincho ve la pierna de su padre sacudiéndose en un espasmo y solo atina a santiguarse.
Tengo a mi lado un álbum con las portadas del día siguiente, el jueves 18 de marzo de 1954. «Falleció ayer Fernán Cisneros. Su vida fue ejemplo de civismo», La Prensa. «Ha muerto Fernán Cisneros», El Comercio. «Ha muerto el poeta de las nobles causas», Última Hora. «Dejó de existir ayer Fernán Cisneros», La Nación. «Hondo sentimiento de pesar por fallecimiento de Cisneros», La Crónica. Los titulares continúan en otros recortes: «El periodismo nacional está de duelo». «Cuando volvía a escribir se fue Cisneros.» «Súbitamente dejó de existir exdirector de La Prensa.» «Una vida consagrada al Perú.» Hay cables de diarios uruguayos, mexicanos y argentinos que informan de su muerte, y otra serie de noticias del velatorio realizado en el despacho de la dirección de La Prensa y del entierro en el cementerio Presbítero Maestro.
También cuento con fotos de las ceremonias que, por el centenario de su nacimiento, se hicieron en noviembre de 1982 en la Academia Diplomática y en el parque de Miraflores que lleva su nombre. Parque Fernán Cisneros. En algunas aparezco yo, siete años, al lado de mi padre, hermanos, primos. No es difícil recordar ese día de sol en el parque y el develamiento de aquella placa recordatoria clavada en un busto que definía a Fernán como «Poeta, periodista y diplomático», y más abajo ese verso que repetiríamos tantas veces en cientos de desayunos y almuerzos: «Nacer, vivir, morir, no es lo peor. Lo trágico es pasar sin sonreír. Todo se hace belleza en el amor. Nacer, vivir, morir». Un verso melódico y triste que encubre posibles epitafios más ciertos: lo peor no es morir, sino ignorar; lo trágico no es dejar de sonreír, sino callarse.
Es precisamente por las cosas que Fernán dejó de hacer o decir, mucho más que por las que hizo y dijo, que me reconozco nieto suyo e hijo de ese otro hombre callado que fue el Gaucho, quien admiró y quiso a su padre como yo lo quise a él, con ese mismo amor atravesado de misterio y lejanía, que es la única manera como se puede querer a un hombre de más de cincuenta años que te da la vida sin vigor o sin ganas de ser tu cómplice, y luego se presenta como el rector de tu mundo, el arquitecto de todo lo que tocas, lo que dices, lo que ves, aunque no de todo lo que sientes; y es precisamente porque puedo sentir algo que él no estuvo en capacidad de enseñarme que soporto las miles de preguntas que nacen por fuera de los flancos del mundo que él diseñó para mí, preguntas que provienen de esa región de negruras que jamás supo cómo explorar, quizá porque había recibido lo mismo de su propio padre: disciplina y distancia; protocolo y ausencia; conciencia del deber, de la fuerza de voluntad, de la conducta; visión responsable del porvenir, y debajo de todo eso un amor fallido o torpe, hecho de cartas y dedicatorias, de versos y canciones, de palabras ampulosas y retóricas, pero vacío de abrazos, de proximidad, de un calor que pudiera dejar rastros visibles un siglo más tarde.