La distancia que nos separa

Renato Cisneros · Capítulo 3 de 15

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La distancia que nos separa

Prólogo

[POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE]

 

Decía Julio Cortázar que el prólogo de un libro es algo que se escribe después, se pone antes, y no se lee ni antes ni después. Pero yo creo en las excepciones más que en las reglas y por eso me he sentado esta tarde a escribir unas líneas sobre un joven novelista peruano llamado Renato Cisneros, a quien le ha bastado esta novela para entusiasmar a los lectores y hacerlos disfrutar con una historia íntima y muy personal que nos conmueve desde un principio. Y es que Cisneros pone un orden novelesco en el desorden inherente a toda vida humana, mientras va en busca del tiempo perdido y del padre añorado.

Su padre, Luis Federico Cisneros Vizquerra, apodado el Gaucho por sus años bonaerenses —y nacido, en efecto, en Buenos Aires en 1926—, fue un general muy importante en la historia del Perú y en la vida de todos los peruanos hace unas décadas. Pero a este hombre no solamente lo veremos aquí como un niño, un joven enamorado en Argentina y un padre de familia, sino también apreciaremos su larga trayectoria vital como militar y ministro en los gobiernos de Francisco Morales Bermúdez y Fernando Belaunde Terry.

Renato Cisneros recorre muy detalladamente los caminos de la vida de su padre en esta novela que no pretende ser histórica, aunque sí que lo es, como es también un documental que a la larga hace de estas páginas algo tan biográfico como autobiográfico. El escritor intenta, creo que inútilmente, quedarse al borde mismo del camino, por no decir fuera de él, cuando narra a este padre que entre sus más íntimos familiares será tan temido como admirado, cosa que también sucede en su vida civil y de soldado, pues se trata de un hombre público y poderoso que los lectores llegarán a amar o a detestar.

De esta manera, o sea, como sin quererlo, la novela avanza por un camino bien documentado pero no desprovisto de emoción y revelación, pues el autor demuestra una emotividad cargada de vida, de observación, de contemplación y hasta de nostalgia por un tiempo pasado. Y convendría, como pocas veces antes, creo yo, volver a aquello que es el tiempo perdido, pero que al final de cuentas se convierte en tiempo recuperado. Y digo esto pensando en Marcel Proust, cómo no, pero también en esta novela, donde la imaginación y la vida del escritor corren entrelazadas hasta convertirse en un hilo bicolor cuya longitud va en diversas direcciones.

Solo me queda remitir al público a una lectura que sin duda alguna lo conmoverá. El lector tiene entre manos una novela notable por la inteligencia de su factura, la ciencia de su lenguaje y la mezcla sutil de nostalgia, ternura y realismo. Escrita, además, por un joven matador que entra al ruedo con una espada fina y un corazón grande como el Perú.

 

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