La esclava
Capítulo 13
Por supuesto, ni doña Ana ni nadie acudió en su ayuda aquella noche. A la mañana siguiente, con maneras aún más agrias que de costumbre, el ama de llaves apremió a la esclava para que se dispusiera a abandonar la casa por la tarde. Con el rostro en tensión y los ojos enrojecidos, no podía esconder que ella también había llorado mucho.
—Después de lo de anoche, no puedes seguir sirviendo en esta casa —gruñó, indicándole los pocos vestidos que podría llevarse—. Y no te muevas de esta habitación hasta que te dé permiso. Se dirigía hacia la puerta pero se detuvo.
—Como mínimo, hija, ¡podrías haberte defendido! Te dejaste hacer, ¿verdad? Él te había avisado de que no... ¿Cómo te atreviste a desobedecerlo? —le reprochó, amarga efigie de la mala fe.
María había pasado de la fase del llanto a la del grito y, por último, a la de la pena. La cabeza le pesaba como una piedra, pero por fortuna vacía, como si un demonio provisto de una lengua de hierro le hubiera excavado el cráneo antes de escupir su cerebro en el suelo. Todo lo que le quedaba de entendimiento se mecía entre las oleadas de dolor que le subían de la pelvis y las ganas de vomitar que, desde la violación, se gestaban en sus intestinos.
Cuando tuvo el hatillo preparado, se sentó en el suelo y se dispuso a esperar en el mismo estado de postración protectora. Al final de la tarde, un hombre golpeó la puerta e indicó que lo enviaban a por una esclava en venta.
Empujada por el ama de llaves, que le había puesto en las manos pan y lardo, María se hallaba ya ante la puerta cuando de repente, por primera vez en aquel día, pareció volver a la realidad e imploró:
—Doña Ana, solo una palabra y ya no os molestaré más en toda mi vida: ¿Lorenzo ha preguntado por mí?
—Pero ¿qué te piensas? ¿Que aún es asunto tuyo? Amas a ese bobalicón, ¿verdad?
La súplica de María parecía un vagido.
—Si vos supierais... Doña Ana, por el amor de Dios, decidme dónde le llevan. Quizá habría alguna posibilidad de que... Vos sois una mujer, deberíais comprender...
El ama de llaves estuvo tentada de encolerizarse de nuevo.
—Pero, ¿cómo te permites...? ¡No eres más que una esclava!
De repente, se aclaró la garganta. El rostro desfigurado, los hombros abatidos, ella permaneció callada un instante, engullida por su propia emoción.
—No puedo hacer nada —prosiguió con esfuerzo, abandonando su amargor habitual—. Es demasiado tarde, María. El maestro lo ha conducido al alba a casa del italiano.
Mañana partirán. No volverás a verle. Dios sabe cuánto he rezado para que esto no pasara. Incluso me había acostumbrado a ti. Sé bien que no es culpa tuya. Es... ¡Es él, ese maldito!
Sus labios se cubrieron de filamentos de saliva pastosa.
—Y... le amo. Yo amo a ese depravado... No se lo merece, por supuesto, pero yo... no soy más que una vieja sirvienta consciente de su fealdad. A veces creo que el Creador me modeló un día que estaba muy enfadado. ¿Qué puedo hacer, María, si tu suerte ha tomado ese camino?
Puso una mano sobre el cabello de la muchacha, que se tenso. Ruborizada, el ama de llaves se dio cuenta y la retiró precipitadamente. Con un nudo en la garganta, murmuró:
¡Que Dios te ayude en tu desgracia, pequeña morisca!
Volvió a encontrarse en el mismo establo que a su llegada a Sevilla. Esta vez había más esclavas negras y una carga de mujeres raptadas unos días antes en las costas berberiscas.
Lo que no había cambiado era la infinita estupefacción de las nuevas cautivas ante la desgracia que se abatía sobre ellas. Su desesperación se manifestaba primero mediante accesos de violencia y, luego, con una resignación casi completa.
Los guardianes debían de estar acostumbrados a ese fenómeno porque cada recién llegada, al menor incidente, tenía como premio una implacable sesión de bastonazos administrada con indiferencia y que duraba lo que hiciera falta para calmar a las más enérgicas. Pero el remedio podía ser peor que la enfermedad, pues algunas presas caían en tal abatimiento que se negaban a alimentarse y ni siquiera se levantaban para hacer sus necesidades: defecaban y orinaban sobre sí mismas; emponzoñando el aire del lugar con su propia degradación parecían vengarse del poder de sus propietarios. Los guardianes reaccionaban con rapidez para evitar que se propagara esta epidemia de tristeza, que podía provocar la bajada del precio de las esclavas y la caída de la reputación del establecimiento. Las malas eran separadas de las demás, se las desnudaba y se las lavaba en grandes barreños de agua. Después, las azotaban con el ahínco con el que se azota la colada hasta que se avenían a cambiar de actitud. Pocas de ellas se empecinaban, y las que lo hacían... simplemente morían.
Durante el tiempo que estuvo allí, María vivió en una especie de bruma perpetua. Habló poquísimo con sus compañeras de infortunio. Le costaba aceptar que las aspas
del molino de las pesadillas se hubieran vuelto a poner en marcha con tanta facilidad. También la martirizaba el dolor de su vagina, tumefacta por el puñetazo del pintor. A veces, también otra cosa —su amor por Lorenzo— pugnaba en ella, pero se negaba a escucharlo; se sabía incapaz de resistir una pizca de sufrimiento más.
Cada mañana, un grupo de desgraciadas partía a los distintos mercados de esclavas de la ciudad, aunque los clientes también se acercaban al establo para verlas. María, que no salía nunca, tardó unos días en comprender lo que los guardianes murmuraban cada vez que un posible comprador la señalaba: «Esa bonita ya está vendida».
Su comprador se presentó dos semanas más tarde.
Elegantemente vestido, con barba y bigote, parecía un notable. Se plantó ante ella, mostrando todos sus dientes al sonreír.
—Válgame Dios, aún eres más bonita que en mi recuerdo. ¡Cuánto he pensado en ti, señorita!
La esclava alzó una mirada sorprendida hacia el desconocido. ¿Por qué le hablaba como si la conociera?
—¿No me reconoces, María? ¿Te lo impide la barba? ¿O
quizá es el bigote? ¿Quizá mi aspecto de Grande de España te intimida un poco?
Soltó una carcajada que le mordió el corazón.
«Bartolomé, el asesino de mi padre y de mi tía.»
El alma se le partió en pedazos. ¿Cómo era posible que Dios fuera tan grotesco con sus bromas?
—Sí, soy yo. No te equivocas, palomita. He hecho buenos negocios y he podido volver a comprarte. Recuerda mi promesa.
Su brazo barrió con orgullo el espacio a su alrededor.
—Y desde ahora... todo esto me pertenece. Y he adquirido dos depósitos más de esclavos en Castilla. Demos
gracias al cielo por su generosidad.
El hombre bajó la voz, cómplice y feliz como un niño.
—Me pregunto qué le habrás hecho al pintor para que tuviera tanta prisa por librarse de ti. Mi mandatario te ha conseguido por un cuarto del valor inicial.
El cazador de esclavos cruzó su mirada, súbitamente teñida de gravedad, con la de la chica.
—¿Supiste que intenté recomprarte varias veces? ¿No?
¿Y que el viejo chocho se negaba a cederte? Parecía tener una auténtica inclinación por ti, brujita. Provocas ese mismo efecto en demasiada gente, ¿no crees?
María lo observaba con mirada bovina, incapaz de concretar el más mínimo pensamiento en su cabeza.
Bartolomé la tomó por el mentón y se lo acarició. Con aires de no darle importancia, murmuró:
—Tendrás que aprender a mostrar una cara más amable, si deseas recompensar en su justa medida... ¿cómo decirlo?... mi insistencia.
Con gesto amenazador, le pinzó con fuerza el mentón.
—No tengas demasiados nudos en la lengua, María, y dime que lo harás con alegría. No te olvides de quién soy.
Tengo la debilidad de haberme prendado de ti, pero detesto dilapidar el dinero.
—Sí, lo haré con alegría, maestro —consiguió decir la muchacha con voz estrangulada.
—Entonces, prepárate —respondió sonriente de nuevo, pero sin abandonar su rudeza—. Tenemos un largo camino que recorrer. Vamos a Madrid. Y despréndete de esos harapos que el viejo roñoso te ha dado. Son indignos de mi compañía.
El viaje no se iniciaría hasta el final de la semana. Al día siguiente, Bartolomé encargó a una matrona del depósito de
esclavas que vistiera a su nueva adquisición y que la condujera a una posada, al otro lado del Guadalquivir. La matrona pasó toda la mañana con María esperando la llegada del señor. Mientras la acicalaba y la vestía, la mujer la entretuvo primero con alusiones y luego con sentencias sobre los futuros deberes de una joven esclava. Insistió con sonrisas picaronas sobre la suerte que tenía de ser tan hermosa. Solo tenía que aprender a hacer buen uso de su belleza ante su nuevo señor. A este le encantaban las jovencitas, pero se cansaba tan pronto como se encandilaba de ellas. Tenía que cuidar de que esto no sucediera, porque de ser así la vendería sin dudarlo a alguno de los numerosos lupanares de la ciudad.
Al ver la mirada ausente de María, la vieja comadre la amonestó.
—No te hagas la altiva conmigo, querida. Es cierto que el señor te ha comprado magníficos atavíos, pero yo también fui más bonita que una rosa y mira en lo que me he convertido. Tan solo tienes un poco de culo, unas piernas y un agujero en medio como armas. Transfórmalas en un puerto de felicidad para don Bartolomé, bonita, y quizá así evitarás tener que servir muy pronto a los soldados.
Bartolomé llegó al caer la noche. Tras expulsar con sequedad a la matrona, se quitó la capa y la espada lanzándolas a la cama y ordenó que trajeran comida y vino a la habitación. Cenaron en silencio. Estaba de mal humor porque, según contó entre dos tragos de vino, una venta en Sevilla no terminaba de cuajar y el viaje podía retrasarse. Se enorgulleció de haber adquirido a precio de oro una residencia que daba al palacio del Escorial cerca de Madrid y de la que estaba deseando tomar posesión.
Enfundada en un vestido algo grande para ella, María mascaba lo más lentamente posible el trozo de jamón,
como si el movimiento de sus mandíbulas tuviera poder para retrasar el momento fatídico.
—Ven, María. Estoy cansado —dijo de repente, levantándose.
Mientras se quitaba el jubón de mangas acuchilladas, la examinó con deseo, repentinamente revigorizado, casi enternecido.
—Eres maravillosa. No debería dejarme abatir por un simple retraso. La Providencia a veces nos gratifica con su benevolencia cuando se aceptan sin rechistar sus designios.
Tú eres testimonio de ello, pequeña, te dije que... te apreciaba mucho. He sido paciente y he sido recompensado.
Examinemos juntos la calidad de esta recompensa...
¿María?
Su sonrisa se congeló, pero no desapareció.
—Levántate, María.
Como si le hubieran clavado una aguja, la muchacha se alzó de la silla, con el bocado de jamón aún en la boca, incapaz de tragárselo o de escupirlo.
—Pequeña, vas a ahogarte si sigues hinchándote de esa manera, y ¡entonces ya no me servirás para nada! —El hombre en camisa de cuello redondo con puntillas rió—. Usa tu apetito conmigo, anda.
Bartolomé atrajo a la adolescente hacia él y empezó a besarle el nacimiento del hombro, la nuca, mientras una mano le rozaba el pecho y la otra el vientre. María sentía la protuberancia del deseo del hombre, que exhalaba un olor agrio de sudor, vino y cuero. Bartolomé deslizó una mano bajo el vestido, la colocó sobre su vagina dolorida y empezó a acariciarla. Mordiéndose los labios de dolor, la adolescente no pudo evitar tensarse.
—Eres tan animosa como un tronco de árbol seco —
gruñó al instante—. No me estarás faltando al respeto,
¿verdad, María?
—No, señor, es que... es que... tengo... tengo...
Ella intentó buscar una respuesta pero le faltaba el aire.
Bartolomé se detuvo, pálido.
—Ah... ¿Tienes el menstruo? —dijo él, alejándose con asco—. ¿No habrías podido esperar a mañana, boba?
Jadeante, su despecho se transformó en cólera. Dio una patada a una silla que acabó estrellada contra la pared.
Luego sonrió mostrando todos los dientes.
—Bueno, no es culpa tuya... Por suerte, te queda la boca...
Le lanzó un guiño jovial. Su mano fue a buscar bajo la camisa su pene, que exhibió con una mueca llena de un deseo implorante.
—Noble marquesa, este fiel hidalgo a duras penas podrá perseverar en este estado un poco demasiado... rígido.
¿Podría ayudarle a recuperar su serenidad tu dulce lengua?
Con la mano que le quedaba libre arrastró a la esclava hacia la cama. Alejó la espada a los pies para tener espacio y tumbó a la adolescente de espaldas. Con sus calzas medio bajadas, se sentó a horcajadas sobre ella. Cerró los ojos y colocó con rudeza su sexo contra los labios de su cautiva.
—Abre la boca y realiza tu delicioso oficio, mi niña.
Con el pecho aplastado por el peso de ese bruto, María intentó apartar un poco aquel sexo que le chocaba contra los dientes.
—No puedo, señor... Me ahogo... Me ahogo con su peso en el pecho.
—No es nada, ya te acostumbrarás... Vamos, abre la boca o te azoto... ¡Qué daño me haces, puta!
El hombre había abierto los ojos y dejó caer sobre la cama la mano que le rodeaba el miembro. Los dedos de
María tocaron la empuñadura de la espada. El violador había vuelto a colocar su sexo en la boca de la adolescente y trataba con exasperación de forzar los labios de esta con ayuda del pulgar y el índice.
—Bien, ¿quieres jugar? ¿Te ofreces al viejo huraño y no gozas conmigo? ¿Te trato como a una dama y no manifiestas ningún reconocimiento?
Apenas comprendió la imagen de la hoja que apareció a su izquierda. Intrigado, tuvo tiempo de girar la cabeza, pero interpretó demasiado tarde el inconcebible gesto de su víctima. Sus dedos aún reposaban en las mandíbulas de la muchacha cuando la hoja le seccionó la garganta justo por la mitad.
La sangre le corría por el cuerpo. María apartó los brazos y luego los pies de un cuerpo que aún se movía. No estaba muerto. De rodillas, con el pene balanceándose con los restos de la erección, Bartolomé se sujetaba el cuello, cogiendo con una mano la hoja y con la otra intentando contener el incesante borboteo de la sangre.
—Sálvame... uggg... por el... uggg... amor de Dios...
Las palabras se mezclaban con un espantoso gluglú, pero le pareció entender algo parecido a «Piedad, te amo, María...».
—Pero... yo... uggg... no te he hecho... ugg... nada —logró articular inteligiblemente, a pesar de la sangre que le manaba ya de la boca—. No, ¡eso no! No...
María blandía la faca que él había dejado en la mesa y que había usado para cortar el jamón. La mirada del herido la siguió con horror, pero sin perder un solo instante su expresión de incomprensión.
—No me mates... Te quiero... Podríamos...
Le clavó con todas sus fuerzas el cuchillo, una vez, dos, hasta tres veces en la espalda.
—Así que me quieres... y que no me has hecho nada. ¿Y
quién mató a mi padre y a mi tía? ¿Y quién me deshonró? —
Le dejó el puñal hundido en la espalda—. ¡Maldito seas! Si tú no me has hecho nada, entonces ¡yo tampoco te he apuñalado!
Un arrebato de alegría arqueó su cuerpo y, al mismo tiempo, le abrió el corazón: ¡había vengado a sus seres queridos! Observó con gratitud la mano que había asido el arma. Pero fue su nariz, que se preparaba para un posible sollozo, quien le dio la alerta: su cuerpo se había endurecido repentinamente de la cabeza a los pies, su alma se hallaba demasiado eufórica... María se preguntó si acababa de excitarse, de la misma forma que le sucedió a Bartolomé cuando se preparaba para violarla.
El asco le provocó un escalofrío. Hubiera querido limpiarse los oídos de esa asquerosa declaración de amor del cazador de esclavas. En la boca del asesino de su familia, esas palabras falsas parecían excrementos.
Pero ¿y si decía la verdad?
La adolescente permaneció contemplando al hombre medio desnudo que agonizaba cubierto por el líquido negruzco. ¿Habría cambiado algo que fuera sincero?
Embustero o sincero, Bartolomé se disponía a morir de forma bastante penosa. La muerte daba la impresión de querer ingerir su presa poco a poco, mordisco a mordisco.
Una idea —un deseo violento, ridículo— en medio del gran desierto de sus emociones: «¡Qué odioso es morir!
Nunca dejaré a nadie que me mate».
Los últimos estertores de Bartolomé, mientras vaciaba la vejiga y su orina se mezclaba con la sangre, fueron para implorar la presencia de un cura. Más adelante, María no podría recordar cuánto tiempo permaneció así, ni lo que pensó entonces. Ante el espanto del crimen que acababa de
cometer y su propia reacción, todo su cerebro se había encogido como los cuernos de un caracol.
Agotada, se tumbó en la cama y, cadáver junto a cadáver, durmió sin ningún tipo de sueño hasta bien entrada la noche. Entonces se levantó, se limpió la cara y las manchas de sangre del cabello con el agua de la vasija y se cambió el vestido.
Si la pillaban, sería descuartizada o quemada viva.
Respiró hondo. La fonda estaba llena de viajeros. ¿Era posible que nadie hubiera oído nada? Se mantenía erguida, apoyada contra la mesa, pero sentía en su interior que los músculos se le disolvían. Cuando estuvo segura de la docilidad de su cuerpo, se dirigió de nuevo hacia su víctima.
«Mi nuevo amante...» Se dispuso a registrarle. El corazón casi se le detuvo cuando creyó que el muerto se movía. Por fin, halló lo que buscaba sobre la piel del cadáver.
Cubrió al muerto con su ropa empapada en sangre y preparó un hatillo con todo lo que podía llevarse. Se puso la capa y descendió la escalera. Cruzó la gran sala de la fonda, donde alguien roncaba ante la chimenea. Las vivas brasas le permitieron discernir una segunda silueta tumbada. Con el corazón a punto de estallarle en el pecho, abrió la puerta y salió a la calle, completamente a oscuras.
Hacía frío, pero era soportable. Los caballos resoplaban perezosos en el establo vecino. Ajeno a lo acaecido aquella noche, el cielo desplegaba su sempiterna ornamentación de pedrería.
La boca pareció llenársele de barro. Ella, que había sido la hija preferida de un artesano de Granada, había matado a un ser humano y, aparte del miedo y la náusea, no sentía nada más. Se giró y escupió su rencor sobre el umbral de la puerta de la fonda. Rencor por todo: por la pérdida de sus familiares y de su inocencia, por la crueldad de los hombres y de ese Dios beato que permitía o suscitaba lo abominable.
Su vocecilla interior le recordó que tenía cosas mejores que hacer que andar escupiendo contra una puerta si no deseaba verse en manos de los servidores de ese Dios de memoria vindicativa que tan imprudentemente se permitía insultar.
Entonces, más muerta que viva, María decidió huir siguiendo la dirección del río. Ni por un solo instante dejó de pensar en el loco al que, para su desgracia, amaba. Tenía el alma carcomida de tristeza.
OceanofPDF.com