La esclava
Capítulo 6
María lloró mucho y rió —con el corazón desgarrado— casi tanto en la curiosa residencia de don Miguel Ribera, o más bien de doña Ana. María descubrió a partir de las discusiones a las que a veces se abandonaban, que el ama de llaves le había prestado en varias ocasiones sumas considerables de dinero a su dueño. Cuando la esposa del pintor huyó de Sevilla después de que la peste se llevara a sus hijas, él salió en su busca. Durante dos años erró como un loco por Italia, enfermo de dolor y de celos, y regresó con las manos vacías, amargado, sin un real y sin haber practicado su arte.
En ese tiempo, el padre y la madre de Ana habían muerto ahogados, arrastrados por una crecida del Guadalquivir. Cuando Ana cumplió veinticinco años, sus padres, campesinos codiciosos, viendo que no conseguían casarla, decidieron que sería sirvienta en las casas de nobles sevillanos. Su extraordinaria fealdad desanimaba incluso a los pretendientes más ávidos. Para no tener que mantener una boca inútil, su padre la puso al servicio de don Miguel justo después de que este se hubiera desposado con la italiana. De inmediato, la campesina se enamoró locamente del pintor y alimentó durante quince años un odio feroz contra su esposa.
A pesar de que la herencia la había hecho rica, la criada decidió quedarse en la casa durante la larga ausencia de don Miguel. Cuando regresó de su periplo, el pintor se acomodó a ella sin dificultad, sobre todo porque ya no le reclamaba la paga, que, por otra parte, le hubiera sido
imposible abonar. La única diferencia era que ella ya no se consideraba una criada, sino más bien una especie de ama de llaves o, mejor aún, una «amiga de la familia», un estado provisional que le parecía más adecuado a sus ahorros, y que soñaba con transformar en el de respetable esposa de un notable de Sevilla.
¡Pero el pintor había dejado de ser notable! Había perdido a la clientela que tenía antes de la epidemia de peste, vivía acribillado de deudas, y se resignó a vivir a costa de su criada. Enamorada pero no estúpida, Ana exigió hipotecar la casa y todo su contenido en su beneficio a cambio de cubrir las deudas del pintor.
María no tardó en deducir que ella misma pertenecía a la
«amiga de la familia». Ana adelantó el dinero para comprarla, pues el pintor no dejaba de quejarse de que con tales y tales rasgos no podría realizar el grandioso cuadro que había concebido en Italia y que, según decía, le daría gloria y riqueza. Amenazó con regresar a Florencia si no le ayudaba a comprar una joven esclava que le sirviera para ejecutar los primeros esbozos. Había perdido algo de destreza y era necesario recurrir a largas sesiones de exposición, afirmaba, hasta que recuperara por completo su arte y pudiera emprender su obra maestra.
—He tenido el placer y la desgracia de ver las obras de Buonarroti y su divina Capilla y, desde entonces, no consigo dormir. ¿Qué pintor se atrevería a vivir después de eso? Tú no sabes quién es Buonarroti y no has tenido esa suerte. Me pregunto si Dios en persona podría superarlo —repetía, unas veces realmente abrumado y otras simulando sin vergüenza que se disponía a marcharse.
Al principio, doña Ana se negó rotundamente. En un momento de ingenuidad extrema se propuso como modelo, a lo que él reaccionó con una mueca cruel. Intentó convencerlo de que comprara la esclava más «oscura»
posible, negra como el carbón. Como no consideraba a los negros auténticos seres humanos, suponía que habría tenido el valor de cerrar los ojos ante la presencia de una hembra de las tierras de África y de los eventuales desbordamientos carnales que podrían producirse en su casa. Ama Ana no ignoraba que don Miguel pasaba la mayoría de las noches en los burdeles de Sevilla. De hecho, María la oyó varias veces al alba, cuando el pintor volvía, reprocharle que apestaba a «criaturas». (No decía
«ramera», sino «criatura».)
Así fue como llamó a María la noche siguiente a su primera sesión como modelo. Irrumpió en la habitación impulsada por el resentimiento y los celos.
—Desvergonzada. Te has lavado demasiado para ser una muchacha honesta y te has desnudado en el taller con mucha naturalidad. No lo niegues. Te he vigilado mientras te exponías. ¿Acaso eres una... criatura? Jamás permitiré que...
¡Esta es una casa respetable!
La muchacha quedó impávida. La mujer le alzó brutalmente el mentón.
—¿Has ganado dinero con...? ¡No me mientas!
Con la cara roja de desprecio, la mujer señalaba el bajo vientre de la muchacha. La referencia era tan grosera que María parpadeó, abrió la boca como un pez que se ahoga fuera del agua y, para terminar, rompió en sollozos. Entre una cascada de lágrimas incesantes consiguió pronunciar:
—Hace... hace solo una semana... mi padre... mi tía... yo tenía... Y ahora... ama Ana... me los han matado... mi padre... mi tía... degollado... Cuánto los quería... Yo nunca...
nunca... Perdón, perdón, ama Ana... Yo nunca he... mi padre...
Cuanto más intentaba reprimir los sollozos que le sacudían el cuerpo, más aumentaban de intensidad.
Ana, desarmada, se enfadó aún más:
—¡Basta! ¡Basta! ¡Una esclava no debe afligirse! ¡Para!
Esto no se hace...
El ama de llaves, incómoda, había esbozado un paso adelante y levantado el brazo como si quisiera golpearla, pero suavizó bruscamente el gesto, le acercó la mano a la frente, y si María no hubiera levantado la mirada en ese momento, quizá la hubiera llevado a su pelo en un movimiento involuntario de consuelo.
La joven percibió la chispa de piedad en la mirada del ama de llaves antes de que recuperara de nuevo su agria expresión.
—No quiero que llores más en esta casa o lo pagarás caro, ¿entendido? —ordenó con voz ronca—. Todas esas lágrimas y mocos son asquerosos. No te equivoques, niña, tendrás que acostumbrarte rápidamente a tu nuevo estado.
Si fuera menester, te azotaría en cuanto te dejaras llevar por semejantes desenfrenos. Ahora vístete y baja. Te necesito.
María, desconcertada por el comportamiento de la mujer, asintió y se tragó las lágrimas.
—¡Diantre! ¡Cuando lloras, sueltas tantas lágrimas que parece que orines por los ojos! —se burló Ana desde la puerta.
María, horrorizada, se pasó un dedo por la mejilla húmeda y luego bajo la nariz. Ese reflejo estúpido arrancó un principio de sonrisa en la amargada criada.
—¿Cómo puedes ser tan mema? —murmuró.
Su mirada se encontró con la de la joven y abandonó precipitadamente la habitación, apretando las mandíbulas, esforzándose por conservar la seriedad ante la esclava, pero a media escalera acabó por soltar un extraño sonido.
Esa risa desconcertó a María: demasiado joven, demasiado vivaracha, totalmente opuesta a la fealdad del personaje. Con el oído lleno de la alegría de esa risa, la joven no sabía qué pensar, la contrariaba esa disonancia: una persona tan poco agraciada ¿no debía tener una risa acorde?
«Sin duda esa cabra vieja tiene razón —se dijo emergiendo de la bruma de pesar que le envolvía la cabeza y el cuerpo—. Eres tan boba y lloras con tanta facilidad que debes de tener un lago de orín en lugar de cerebro.»
Y lentamente una mueca de enfado se adueñó de sus labios, se transformó en una risa loca y finalmente rompió en llanto.
Las primeras semanas al servicio de esa curiosa pareja pasaron con menos dificultad de la temida. Aunque el ama Ana recurría a menudo a la amenaza de corregirla, jamás le levantó la mano. María aprendió a prever enseguida los días buenos y los malos de la criada-señora.
Los días malos, los más frecuentes, correspondían al día siguiente de las salidas nocturnas del pintor, cuando este llegaba a casa al alba. Ana tenía entonces un humor de perros y a veces lo manifestaba con violentos ataques de cólera contra María al menor pretexto: una habitación que le parecía mal barrida, una sopa insípida, una mirada extrañada que a ella le parecía de una insolencia insoportable... Entonces abrumaba a la muchacha con invectivas sobre la pereza de su pueblo de infieles y sobre la perversidad de su religión escondida. Esos días, el ama Ana, con una cara a medio camino entre el hurón y el mico, parecía aún más fea, si eso era posible; y esos días el odio carcomía el corazón de María.
Los días «buenos» empezaban a mitad de la noche con el chirrido furtivo de una puerta abierta —la de la habitación de Ana—, el crujido de la escalera bajo el peso de la mujer,
un segundo chirrido —el de la puerta de la habitación de don Miguel—, y unos susurros, a veces como estallidos de una pelea ahogada, por lo general seguidos de ruidos confusos por retozos aderezados con grititos semejantes a los de un ratón.
Escondida tras la puerta entreabierta, María no resistía la tentación de espiar a su dueña avanzando torpemente en la oscuridad, los brazos cargados con sendas botellas de vino y un plato de comida. Impaciente por la emoción, la mujer solía chocar con la misma esquina de un mueble y maldecía entre dientes. A continuación, llamaba a la puerta de don Miguel, primero con suavidad. Si tardaba en abrir, porque simulaba estar dormido, ella insistía y terminaba amenazándole, mezclando súplicas y chantajes sobre sus deudas. La adolescente comprendió pronto que el pintor accedía reticente a las «solicitudes» agobiantes del ama y que solo después de haberse emborrachado copiosamente se resignaba a su deber casi conyugal. María intentaba volver a dormir, incómoda por la sordidez que imaginaba en el apareamiento carnal de esos dos seres.
Durante parte del día siguiente, Ana mostraba una alegría contenida, su cara reflejaba una especie de beatitud incomprensible a los ojos de María, pues había tenido que pagar su placer con humillación, súplicas y tintorro. Su cara parecía clamar contra toda lógica: «Hoy ha sido distinto, don Miguel ha sentido algo por mí a pesar de que se empeñe en ocultarlo. ¡Cualquier día me pedirá que me case con él!».
Cuando estaba de buen humor, el ama de llaves parecía morirse de ganas de confiarse a su joven esclava, pero no sabiendo cómo hacerlo, la obsequiaba con una amabilidad inesperada, la liberaba de alguna tarea y le ofrecía alguna moneda para que se comprase fruta o dulces. María corría entonces hacia la plaza de la catedral, encantada con su suerte y una pizca disgustada por el olor a esperma que
emanaba el cuerpo de ama Ana, que le recordaba demasiado la porquería con la que la cubría Bartolomé: «Ve a lavarte, sucia babosa, y aprovecha para purgarte las ideas, necia. Si hubieras tenido la suerte de conocer a mi tía, te habría abierto los ojos: ¡ese depravado de don Miguel jamás te tomará por esposa!».
La alegría de ama Ana disminuía a medida que avanzaba la mañana y se esfumaba cuando el pintor se despertaba, hacia el mediodía. Con muy mal humor y los ojos rojos por la cogorza nocturna, decía que se iba a tomar el aire. Por la tarde el ama se abandonaba a una melancolía cada vez más amarga. Cuando la oscuridad volvía no había duda de que don Miguel se había quedado en alguno de los burdeles que frecuentaba. Rígida por la amargura, la mujer se sumergía en una larga oración ante el crucifijo. Con un gesto de la cabeza obligaba a María a imitarla:
—Aunque no creas en Nuestro Señor Jesucristo, de eso estoy segura, reza. La fe te vendrá con la costumbre. De todas formas, seguro que tienes algo de lo que arrepentirte.
Todos nos arrepentimos de algo.
Las horas de exposición continuaban siendo pesadas y, sobre todo, muy incómodas. Pero podían pasar varios días sin que don Miguel ordenara a María que posara. Debido a la presión de doña Ana, tuvo que resignarse a que llevara los vestidos de sus hijas. El ama de llaves juró a gritos que no malgastaría ni un maravedí oxidado en una esclava cuando en la casa había un baúl repleto de vestidos para una chica de su edad. En realidad, doña Ana maquinó que vestir a la esclava con la ropa de las gemelas protegería a la recién llegada de la concupiscencia del pintor: el recuerdo de las difuntas, reavivado por la presencia de la modelo, conferiría a los ardores del padre un carácter incestuoso y disuasivo.
Al día siguiente de la primera sesión como modelo, María oyó que doña Ana amenazaba a don Miguel con expulsarle de la casa si se permitía «ciertas cosas» con la esclava.
Borracha de celos, había jurado que preferiría renunciar a él antes que descubrir que había usado el dinero que ella le había adelantado para mantener a una meretriz a domicilio.
—No toques jamás a esa criatura, ni siquiera con la yema de los dedos, ni siquiera con el pretexto de la pintura, o juro por la Santa Madre de Dios que no volverás a poner los pies en esta casa.
María estuvo a punto de dejar caer el cubo con la colada que llevaba en los brazos cuando el ama irrumpió en la cocina y la agarró con violencia por el hombro.
—Escucha bien, desvergonzada: cuando él te pida que te desnudes en el taller, quiero que te pongas la mano ahí. —
Puso la mano sobre el propio pubis y, con los ojos casi cerrados por la furia, sacudió a la muchacha—. Como si fueras una cristiana honesta, ¿lo has entendido? ¡Y no te menees delante de él! ¿Has oído hablar de la Mancebía, el barrio de las putas de Sevilla? Pues bien, como te falte el pudor, morisca, ese mismo día serás vendida como diversión para los soldados. ¿Que nuestro gran maestro quiere pintar su gran cuadro? ¡Pues que lo pinte, pero sin deshonrar esta casa! Además, si sucediera algo, os denunciaría sin dudarlo al Santo Oficio. No creo que pareciera bien que un cristiano de esta ciudad pinte a frescas como tú que exhiben sus vergüenzas sin pudor.
María supo enseguida cómo distinguir a los dos don Miguel. El primero, concupiscente, ocioso, juerguista y mantenido, la miraba desnudarse con los ojos medio cerrados y una torva sonrisa sucia. Evitaba tocarla porque la desconfiada doña Ana jamás andaba lejos, pero la mirada perversa del sevillano revelaba que hacía bien en no alejarse. El segundo, el pintor dedicado a su trabajo,
sustituía al vejete libertino en cuanto se hacía con un carboncillo o un pincel.
Si los días de exposición eran agotadores para María, también lo eran para el segundo don Miguel. Empezaban al alba y podían acabar por la noche, muy tarde, a la luz de un farol con espejos reflectores. Tras una sesión, María no regresaba al taller en dos o tres días, tiempo que don Miguel dedicaba a estudiar con una especie de frenesí su nueva colección de croquis y esbozos sobre papel, pergamino o madera.
Su desconfianza le obligaba a cerrar con llave las puertas de la casa y del taller antes de iniciar una sesión. Hacía mostrarse a María desnuda o vestida, tocada o descubierta, buscando como a tientas algo que no llegaba a definirse. Le pedía que adoptara un aire meditativo, cambiaba de opinión una hora después y le exigía, en tono preocupado, una postura lasciva o de oración.
—¿Eso es... la sonrisa...? No, no es eso... Pero ¿por qué nunca doy con ello? Dios mío, ayúdame. Su virginidad tiene que verse, lo sabes, ¿o acaso no quieres? Tu mano no ampara la mía, te niegas... ¿Estás celoso? ¿Eres enemigo de mi pintura? Entonces, ¿por qué has favorecido a los demás, a esos bastardos italianos, vanidosos y sodomitas?
María vivía con auténtica desesperación esos soliloquios blasfemos. En esos momentos, muerta de curiosidad, hubiera dado algo para que él le contara la naturaleza de su fracaso. A pesar de la prohibición formal del maestro, había conseguido echar alguna ojeada a los numerosos dibujos. A fuerza de insistir, don Miguel había conseguido una perfecta maestría de la geografía de su cuerpo y su cara. Para cerciorarse, María se miraba largamente en el único espejo de la casa. Mortificada, se resignaba a admitir que algunos esbozos rápidos incluso podían ser, de una forma que ella no se explicaba, más «parecidos» que su propio reflejo.
—Este hijo de perra es un mago —murmuró santiguándose, antes de corregirse el gesto por la invocación de la unicidad del otro Dios, el de su tía y su padre.
Pero lo que la hacía sentirse realmente incómoda y le provocaba un temor supersticioso eran esas insólitas expresiones con las que adornaba su cara en los esbozos, sobre todo en los más recientes, donde aparecía desnuda, con el sexo dibujado con una precisión de lo más chocante, en posturas de devoción inesperadas, de rodillas, con la cabeza alzada, ¡como si clamara al cielo!
No, la muchacha no reconocía como suya ni esa (¡no había otras palabras!) «lubricidad» grave en la mirada, ni esa arruga de éxtasis en las comisuras de los labios, ni mucho menos esa expresión de oración exaltada que a veces sucedía a una tristeza resignada que le helaba el corazón. Se diría que el pintor la había obligado a sentir, a su pesar, el deleite de la obra carnal, y luego a arrepentirse de inmediato como de una fechoría peor aún que todo lo que le había pasado hasta ese día. ¿Cómo podía ella haber expresado semejante turbación, ella que solo conocía de ese acto la bestialidad de Bartolomé o el deseo depravado
—que le hacía vomitar de asco la cena— del pintor cuando no dibujaba?
«¿Soy realmente así? ¿Ve en mi rostro tan innobles movimientos del alma, o lo corrompe plasmando en él su experiencia de los placeres vividos con mujeres de mala vida? ¿Mostraré un día la misma expresión que esa...
esa...?» («Que tú, jovencita, que tú, ya lo ves, a menos que no tengas ojos en las cuencas», le coreaba la voz de su tía desde el fondo de su cabeza).
Uno de los esbozos la incomodaba más que los demás: la joven (ella) aparecía representada ligeramente de perfil, con las manos unidas en cáliz, dirigiéndose a Dios mientras
contempla a un invisible auditorio. La parte de arriba del cuerpo aparecía cubierta con un vestido oscuro, pero una mano enorme suspendida en el aire levantaba la parte baja del vestido hasta la cintura, dejando a la vista el trasero de la mujer y el surco entre las dos nalgas. Esta parte del cuerpo estaba dibujada con gran minuciosidad y permitía adivinar, si uno se inclinaba lo suficiente sobre el papel, la mata de vello, ausente sin embargo en la modelo, que el dibujante había añadido en la entrepierna. Una cruz y un altar dibujados con urgencia quedaban en segundo plano. El violento contraste entre la cara purificada por el fervor devoto y la redondez perfecta del trasero, ostentosamente ofrecido a la concupiscencia del hombre invisible que levantaba el vestido, le resultaba insoportable: parecía al mismo tiempo una imagen piadosa y el principio de una violación.
—¡No, don Cerdo, don Excremento, don Rata apestosa!
—proclamó en algarabía—. Vete al infierno, al nuestro o al vuestro. ¡Vete a los dos, por una vez se pondrán de acuerdo para grabar tu propia esfinge con dos horcas de fuego plantadas en tu fétido culo!
Sentía náuseas, era incapaz de librarse de la sensación de deshonra que le inspiraba la contemplación de esos dibujos y de la sorpresa de que unos simples trazos sobre una hoja le suscitaran semejante desazón.
—Un mago, sí, ¡pero de la indecencia!
Intentó tapar el dibujo con las manos. Tenía la garganta seca de pánico y la mirada fija en la de la chica del dibujo, tan recogida y, sin embargo, tan obscena.
«¡Yo no soy como ella! Tuve una madre, tuve un padre, y los quería. Y ellos también; fuera cual fuese el nombre que me dieron, me amaban —protestó para sí—. No soy esa ramera, no soy esa chica de mala vida, ¡eso está claro!»
OceanofPDF.com