La esclava

Anouar Benmalek · Capítulo 4 de 34

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La esclava

Capítulo 2

María estaba junto a la cascada, soñando despierta bajo el sol tibio de esa maravillosa mañana. Se encogió de hombros; estaba cansada del ambiente de conspiración que reinaba en la casa desde que se había hecho mujer y habían empezado las incomprensibles explicaciones sobre el auténtico Profeta de la única religión y el falso Hijo de la Trinidad. Su tía la obligaba a repetir nuevas oraciones durante todo el día. A veces la sobrina bostezaba, aburrida, por la dificultad de la tarea.

—Si eres digna, tu padre intercederá pronto ante el alfaquí para que te muestre el Libro. Es un gran honor ver, y quizá incluso tocar, el Corán —le prometía la mujer, mortificada por la poca alegría que mostraba su sobrina ante esa fabulosa perspectiva—. Escucha, llevas el nombre de la esposa preferida del Profeta y casi has alcanzado la edad que ella tenía cuando él se dignó tomarla por compañera.

—¿Tan joven y esposa preferida? Así pues, ¿tenía varias?

—Nueve... Once... No recuerdo exactamente cuántas.

—¿Once? Pero eso son... ¡muchísimas! ¿Cómo podía...?

—Calla, ignorante. No blasfemes. Los actos del Enviado no se comentan. Sí, podrían ser once, sin contar a las concubinas. Tenía derecho, era el Mensajero de Dios.

Además, por lo general, no lo exigía. Para esas mujeres y para sus padres no había mayor honor. Aisha, la madre de los creyentes, era la esposa amada del mejor de los hombres. ¡Que los ángeles velen por él hasta el día de su

Resurrección! Tenía menos de siete años cuando la mirada del Profeta se detuvo en ella por primera vez. —La tía cortó de raíz un nuevo intento de interrogatorio por parte de su sobrina—. Pero no se habla de esas cosas con una desvergonzada como tú. Quizá algún día...

María no pudo evitar hacer un gesto de asco que, por fortuna, la hermana de su madre no vio. Con semejante rebaño de esposas, ese tipo debería hallarse en el umbral de la decrepitud. Si un depravado como ese intentara ponerle la mano encima, ella sabría cómo responderle: ¡con una lluvia de piedras rebozadas en boñiga de vaca! Poco le importaba que fuera ángel o vicario del cielo. Por lo menos, el otro, Jesús, no tuvo tiempo de fijarse en las chicas, lo crucificaron antes.

De repente, María sintió mucho miedo ante los horribles pensamientos que Satán (¿el de los cristianos o el de los musulmanes?) acababa de inspirarle.

—Perdóname, Señor, no volveré a hacerlo. Rezaré todo lo que quieras, tía —balbuceó agarrando la mano de su tía.

Aunque

algo

desconfiada

por

el

inexplicable

arrepentimiento de su sobrina, la vieja morisca la obsequió con una sonrisa.

Por suerte, Lucía conocía muchas historias y las narraba con fervor mezclando los dogmas de la religión secreta con variaciones más profanas cuyos orígenes se perdían en la larga cohorte de los siglos y los invasores.

«Entonces, venerado Adán, ¿qué has visto para mí?», lanzó María dirigiéndose a la fuente.

Según su tía, el Creador mostró a Adán toda su progenie hasta el fin de los tiempos. El padre de los seres humanos, aún cubierto de arcilla, examinó con detalle la existencia de cada uno de sus innumerables descendientes. Lloró por

muchos de ellos y sonrió y rió a carcajadas por un puñado de su prole.

«Estos días no estás muy hablador, ¿eh?, abuelo Adán.

¿No te fastidio con mis preguntas liantes, cuando tú prefieres cazar moscas en tu hermoso firmamento y no ocuparte de nuestros vulgares asuntos? En cualquier caso, padre de los hombres o no, tú no puedes hacer nada, ¿eh?

Si me lo permites, yo continuaré dándole vueltas a la cabeza, cerraré primero con llave la puerta de la sala de oraciones y abriré de par en par la de las burradas.»

Le vino a la cabeza la advertencia de su tía sobre Alonso.

Es cierto que la miraba de una forma curiosa desde hacía unas semanas. Tartamudeaba cuando hablaba con ella, y sin embargo habían sido compañeros de juego hasta hacía muy poco. El chiquillo no era feo, incluso podría decirse que era casi guapo a simple vista. Lo que daría ella por descubrir el nombre auténtico de ese mequetrefe. ¿Sentía algo por ella, como insinuaba su tía? ¿Y ella? ¿Sentía algo por él?

«En todo caso, Aisha o no Aisha, jamás consentiré ser la décima o undécima mujer de Alonso. Compartir...

¿Compartir qué? ¿La cama y la alfombra para las oraciones?

¿O habría once camas y once alfombras? Yo jamás aceptaría algo así, ¡semejante tropel de nalgas bajo mi techo! Alonso, o quien sea, me querrá solo a mí o me meteré a monja... ¿Te bastaré, Alonso?»

Con las mejillas sonrojadas, la adolescente emitió un gemido de placer y apuro, que enseguida lamentó.

«¡Qué boba eres, hija! —se dijo soltando un suspiro indulgente—. Una vaca tiene más entendederas que tú. Si solo...»

Fue en ese instante, mientras pensaba en esas cosas un poco tontas, cuando lo vio esa mañana. El hombre de la capa y el sombrero de ala ancha. Sonreía tanto, parecía tan

contento de haberla descubierto al final del bosquecillo, que María no tuvo miedo. ¿Cómo se podía temer a un ser al que la alegría transfiguraba hasta ese punto? Pero la saliva se le secó al instante cuando vio la espada y la decena de arcabuceros que acompañaban al hombre de la sonrisa radiante.

Tras hacer la señal de la cruz, la golpeó ligeramente con la punta de la espada y le indicó que guardara silencio. Ella obedeció mientras su miedo se transformaba en una rata enloquecida que se lanzaba contra las paredes de su cráneo. Y cuanto más brillaban los ojos del hombre con una alegría infantil, mayor era el pánico del roedor encerrado en el cerebro de María.

No había soltado el cubo de madera, ya prácticamente lleno de agua. Ninguno de los desconocidos llevaba uniforme. El riachuelo helado que formaba una cascada a los pies de la roca le salpicaba y ella ni siquiera podía pensar en alejarse o en soltar el cubo que le tensaba los músculos.

Eran ellos. Al final, los habían encontrado.

«¡Dios mío, sálvanos!», fue su única reacción, pero en vez de murmurarla, murió en sus labios.

El recién llegado le puso la mano en el hombro, la empujó y la conminó a que avanzara.

—Vamos, enséñanos dónde vives, pequeña —susurró en castellano poniéndole un dedo sobre los labios.

Por supuesto, debería haber gritado para alertar a su padre y a los hombres del pueblo. Pero no le obedecía ningún órgano de su cuerpo. El segundo empujón en el hombro fue un poco más rudo. Empezó a caminar; el cubo le golpeaba la pierna a cada paso. El grupo la seguía.

Su casucha se hallaba al final del sendero abierto a base de las idas y venidas hasta la fuente. Se cruzaron con dos

perros guardianes que, tranquilos por la presencia familiar de la niña, no ladraron. «María, grita ahora, María... Después será demasiado tarde... Te lo ruego... Os van a matar a todos...» La voz, en la cabeza de la muchacha, suplicó en vano a lo largo de todo el camino. El escaso dominio que podía ejercer sobre su cuerpo apenas bastaba para limitar el temblor de las piernas y los brazos y para controlar sus entrañas. Hubiera deseado girarse y suplicar como una tonta a los que la seguían: «Dejadme libre. No os he hecho nada... Tengo tantas ganas de orinar, de hacer de vientre...».

Fue también ese día, el cabello acariciado por la brisa, los ojos cegados por la luz radiante que reflejaba la nieve de las cumbres, cuando María aprendió que el universo y su increíble belleza, la existencia de una misericordia suprema, no se inmutaban ante el espectáculo de un padre desangrándose, a unos pasos de su hija, con las manos agonizantes sobre un atroz tajo en el cuello. Durante un largo minuto, la muchacha esperó atónita que Dios o algo semejante, la cumbre de las montañas, el sol, un águila en el cielo, se interpusiera y manifestara su presencia. El anciano ebanista terminó al fin con un ridículo estertor de cordero, la cara en el polvo, sin que nadie se acercara a él para romper su última soledad, ni siquiera su hija, clavada al suelo por el terror.

Los asaltantes parecían una banda de granujas un poco locos y celebraban con carcajadas la inesperada facilidad de su victoria. El padre de María fue una de las pocas víctimas, pues los recién llegados, por razones que ella entendería demasiado rápido, querían matar a la mínima gente posible.

Su anciana tía, que los llenó de insultos, se llevó un garrotazo como quien no quiere la cosa y quedó abandonada en el dintel de la casa.

De inmediato reunieron a los cuarenta habitantes de la pequeña aldea: un puñado de hombres, mujeres y muchos

niños. La demostración de violencia había sido tan perfecta que la columna de prisioneros se formó sola. Únicamente un anciano se negó a unirse a ellos, pero no recibió ningún golpe, probablemente porque era tan viejo que no tenía valor.

La pena se adueñó de María. Lloró durante todo el camino. Era lo único que su cuerpo podía hacer. No pensaba en nada, solo sabía que debía levantarse rápidamente después de cada caída, pues los raptores no habían dudado en apuñalar a una mujer que se había torcido el tobillo y se quejaba de no poder seguir el ritmo del descenso. El jefe no dejaba de gritar frenéticamente en castellano: «¡Más deprisa, más deprisa!», parecía que él mismo temiera que lo persiguieran. A veces añadía en mal árabe de Granada insultos con un marcado acento del norte: «¡Vais a lamerle el culo a vuestro Profeta, chusma, a ver si os recuerda el sabor a menta de vuestro paraíso!».

María lloraba, pero en silencio; las lágrimas corrían por su interior, aterrorizada ante la idea de llamar demasiado la atención de alguno de los cazadores de esclavos. Se orinó encima sin darse cuenta. La torpeza la vencía poco a poco.

Una idea revoloteó como un sucio moscardón en el océano fangoso que chapoteaba entre sus sienes: ¡era culpable de la muerte de su padre!

Cuando su padre la vio salir del sendero con el cubo, comprendió de inmediato quiénes eran los hombres que la seguían. Tuvo un momento de duda, frunció el ceño con reproche, desconcertado probablemente por el silencio de su hija: en el pueblo todos sabían hasta qué punto era vital lanzar la alarma ante la menor aparición de extraños. Dio un paso atrás, agarró un pico, lo blandió y, descorazonado ante el número y las armas de los cazadores de esclavos, lo dejó caer a sus pies. El padre lanzó una breve mirada a su hija, siempre con esa expresión de reproche en los ojos, antes de recibir la cuchillada en la garganta. Con un «¡Agh!», cayó de

rodillas y, horriblemente ocupado como estaba luchando en vano contra la muerte, ya no la miró más.

Era la responsable de la muerte de su padre, de la persona a quien más amaba en el mundo. Este pensamiento fue para la joven prisionera lo peor de su desgracia. Tanto como la conclusión a la que había llegado su cerebro: si su madre hubiera conseguido lanzarse al barranco con su bebé, quizá su padre aún viviría...

Fue al caer la noche cuando se dio cuenta de que no había pensado ni una sola vez en la otra víctima de la familia: su pobre tía, abandonada tras el mazazo mortal en la cabeza. Sin duda, las rapaces de las Alpujarras habrían empezado ya su trabajo.

La vida de un esclavo no tiene nada de extraordinario; se dio cuenta de que era como la de un perro. Esa misma noche encerraron a María y a sus compañeros de desgracia en un granero. Les llevaron un cubo lleno de una masa repugnante que a mitad de la noche engulleron porque el hambre les atenazaba. Cuando llegó el momento de la oración se produjo un instante de desconcierto: en la aldea vivían solos, sin oídos ni miradas ajenas que pudieran espiarlos, denunciarlos. Aquí, al primer paso en falso, podían acusarles de apostasía y transformarse en alimento de las hogueras de la Inquisición. Sin intercambiar una sola palabra sobre el asunto, rezaron al Señor de quienes acababan de capturarles. Era menos peligroso y, quizá, igual de eficaz, a juzgar por el ardor de las súplicas mezcladas con llanto y suspiros que nacían en la oscuridad del granero.

Incluso el alfaquí, un hombre religioso que, según decía con admiración su tía Lucía, se sabía de memoria el venerable Corán, se unió al rezo del padrenuestro. Con el corazón en un puño, María adivinó que la ostentación de fervor religioso del alfaquí se debía a que, al igual que los

demás, temía ser denunciado por los más débiles que aún alimentaban la ilusión de la liberación o, como mínimo, de un trato menos brutal por parte de sus carceleros. Por otra parte, nada excluía que la traición no hubiera sido el origen de su captura, se dijo María descubriendo que los esclavos, como los perros, no tenían derecho a la confianza mutua.

La muchacha no rezó por ella, sino para pedir perdón a su padre. Ni un solo momento pensó en que también debería pedir por el descanso del alma de su tía. El dolor por haber perdido a su padre desbordaba hasta tal punto su corazón, que le resultaba imposible ceder un poco de espacio a la desgracia que había golpeado con igual inclemencia a la hermana de su madre, a la que sin embargo había llamado siempre mamaíta querida. María rezó en silencio, largo rato, en algarabía, en castellano, recitando varias veces y con fervor la sura de la Resurrección y el avemaría, mezclando a veces, cuando la memoria le fallaba, fragmentos del Credo y la invocación de la shahada, el testimonio del Dios único de los musulmanes.

Cuando terminó de rezar, no sintió el alivio ansiado.

Permaneció en la oscuridad, jadeando, moviendo la cabeza hacia delante y hacia atrás, intentando comprender por qué el Señor había permitido que existiera ese día. Su vértigo ante la Divina Iniquidad se transformaba poco a poco en desesperación y rabia. Todos sus parientes estaban muertos, no le quedaba nadie en la tierra. ¿Por culpa de quién? ¿De quién? Y sin embargo, se había portado como una buena creyente, como todos se lo ordenaban, tanto en la nueva como en la antigua fe. ¿Qué acto había cometido que justificara por Su parte un castigo tan cruel?

Una blasfemia, embriagadora como una venganza largo tiempo rumiada, le subió desde las entrañas, se abrió camino en su garganta y chocó contra sus dientes. Se mordió los labios hasta sangrar para detenerla. Pero la injuria sacrílega seguía allí, rondándole la cabeza,

extendiendo su tentación embriagadora por la lengua, moviéndole las mandíbulas por el espanto. La muchacha se hubiera arrancado las orejas antes que descifrar el grito de odio que le ensordecía el alma. Solo una palabra, estúpida, ridícula,

consiguió

colarse

fuera

de

su

boca:

«¡Desagradecido!».

La hija del ebanista vomitó una y dos veces; pensaba que moriría de un momento a otro a causa del sacrilegio que su alma había osado concebir. Luego, ebria de remordimientos y espanto, se entregó de nuevo a su doble imploración hasta que el sueño la venció.

Permanecieron cuatro días encerrados en el granero, obligados a hacer sus necesidades unos junto a otros, olvidando toda dignidad, iguales en la abyección. El solemne alfaquí, antes tan exquisito, ya ni se molestaba en retirarse a un rincón oscuro para defecar. Hay que decir que no quedaba ya un palmo de paja limpia. En dos o tres ocasiones, María se sorprendió sonriendo ante el rostro torturado del venerable barbudo cuando se acuclillaba: sufría un estreñimiento atroz, y cada expulsión del intestino provocaba en él el efecto de una victoria ante encarnizados demonios. «Así sería para ti el infierno —pensaba ella con una maldad incomprensible hacia su viejo profesor—: ¡una eterna obstrucción de los intestinos!» Al quinto día, una docena de nuevos cautivos moriscos se incorporó al infecto granero de exhalaciones innobles.

Por la noche, el cazador de la mirada alegre le ordenó que saliera de la granja y la condujo a la maleza.

—Debería haber venido antes, pero he estado capturando a bastantes compadres de tu raza. Eres tan hermosa como recordaba, pequeña. —Silbó de admiración.

Le subió la falda y la muchacha tembló de miedo y frío.

Tras desnudarla por completo, la examinó un instante. Se arrodilló, le introdujo bruscamente el índice en la vagina, lo

retiró, lo olió, lo volvió a introducir, pareció calibrar la profundidad del orificio y concluyó con un murmuro ronco y satisfecho:

—Eres doncella. No tienes ni un pelo. Aún no has conocido a ningún hombre, ¿verdad? ¿Me lo confirmas, bonita doncella?

Ella asintió; una desgarradora bocanada de humillación le abrasaba el rostro.

—Sí, tío...

—No soy tu tío, niña, te darás cuenta de eso enseguida.

Hueles como una cabra, pero aun así voy a darte placer —

dijo con la misma suavidad en la entonación, aterradora por el contraste con los gestos de deshonra.

La obligó a doblarse sin miramientos y luego la tumbó boca abajo en el suelo. Sin quitarse la espada, se tumbó sobre ella, cubriéndole el cuerpo. Era tan pesado que a María le costaba respirar.

Ni siquiera pensó en resistirse porque presentía que no dudaría en matarla con la misma facilidad con que aplastaría un molesto insecto. En cada exhalación, las piedras del camino se le clavaban en el pecho. El hombre no la penetró, se contentó con restregar su miembro humedecido en saliva entre las dos nalgas. Se ahogaba bajo el peso del adulto, los dientes le rechinaban por el polvo; horrorizada y ofuscada, hubiera querido gritar: «Eso no se hace, tienes casi la misma edad que mi padre. ..». Pero de sus labios no salió ningún sonido.

—Vamos, niña, levanta —suspiró una vez hubo acabado

—. Ha estado bien, pero no he hecho más que... probarte. Ya ves, te reservo para alguien que tenga más dinero que yo.

¡Pero deberías limpiarte un poco! He tenido que aguantar la respiración mientras...

Y el hombre armado soltó una carcajada horriblemente alegre.

Cuando la hija del ebanista regresó al granero, con los ojos en lágrimas y el líquido viscoso deslizándose por sus piernas, los cautivos se apartaron de ella con repulsión. Una mujer, apretando a sus hijos en su regazo, dijo con todo el desprecio que no se atrevía a mostrar a los que tenían sus vidas en sus manos:

—¡Respeta al menos a tu padre mártir! ¡A tu edad y comercias ya con tu culo!

Desde el fondo de la oscuridad le llegó el chorro de veneno de Alonso, reconocible entre todos:

—No eres más que una furcia, María.

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