La esfinge

Robin Cook · Capítulo 6 de 12

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La esfinge

Dia 3

El Cairo 8.00 horas

Cuando Erica despertó a la mañana siguiente, pensó que nuevamente había dejado corriendo el agua de la lluvia, pero pronto recordó la inesperada llegada de Richard y se dio cuenta de que era él quien había abierto la canilla. Sacándose un mechón de pelo de la cara, Erica dejó caer la cabeza sobre la almohada en una posición que le permitiera mirar por el balcón. El ruido incesante del tránsito de la calle se mezclaba con el del agua de la lluvia y resultaba tan sedante como el de una lejana cascada. Cerró los ojos pacíficamente una vez más mientras recordaba sus resoluciones de la noche anterior.

Entonces, el agua de la lluvia se detuvo abruptamente. Erica no se movió. Al momento apareció Richard en la habitación, secándose vigorosamente el pelo rubio. Dándose vuelta en la cama cuidadosamente, mientras simulaba estar dormida, Erica abrió apenas los ojos y se sorprendió al ver a Richard completamente desnudo. Lo observó mientras él terminaba de secarse con la toalla para avanzar luego hacia la puerta abierta del balcón y comenzar a estudiar las grandes pirámides y la esfinge guardiana que se veían a la distancia.

Richard tenía un cuerpo realmente espléndido. Erica observó la agradable curva de su cintura; sintió la sugestión de poder que había en sus piernas bien formadas. Entonces la joven cerró los ojos, temerosa de que la familiaridad del cuerpo de Richard y la sexualidad que de él emanaba fuesen más fuertes que ella.

Después, la despertó una suave sacudida. Abriendo los ojos, se encontró mirando directamente el azul profundo de los de Richard.

Sonreía traviesamente y se había puesto vaqueros y una remera azul marino. Se notaba que había peinado con especial cuidado su pelo enrulado y rebelde.

–¡Vamos, bella durmiente! – dijo, besándola en la frente-. El desayuno llegará dentro de cinco minutos.

Mientras se duchaba, Erica se debatió reflexionando acerca de la mejor manera de ser firme con Richard sin parecer insensible. Tenía la esperanza de que Yvon no la llamara por teléfono, y al pensar en el francés recordó la estatua de Seti I. Una cosa era decidir en mitad de la

noche que realizaría una cruzada, pero otra muy distinta era saber realmente por dónde empezar. Sabía que si quería tener esperanzas de encontrar la escultura, era necesario que forjara algún plan de acción.

Restregándose con el jabón egipcio de desagradable perfume, tomó conciencia por primera vez del peligro constante que significaba haber sido testigo del asesinato de Abdul Hamdi. Mientras se preguntaba por qué no habría considerado antes este aspecto de su situación, se enjuagó y salió de la bañera.

–Por supuesto -dijo en voz alta-, que cualquier peligro que pueda correr, dependerá de que los asesinos estén enterados de que los vi. Y

ellos no se dieron cuenta de que yo estaba allí.

Erica se pasó un peine por el pelo húmedo para desenredarlo, y se miró en el espejo. El granito que tenía en el mentón casi había desaparecido, y el sol egipcio ya le había dado un atractivo color a su piel.

Mientras se maquillaba, trató de recordar su conversación con Abdul Hamdi. Éste le había dicho que la estatua descansaba en su negocio antes de proseguir el viaje, cuyo destino final, presumiblemente, sería algún punto fuera de Egipto. Erica esperaba que el asesinato de Abdul Hamdi significara que la estatua no había salido del país. Basaba esa suposición en el hecho de que, tanto Yvon como Jeffrey Rice y el griego del que le había hablado Yvon, se habrían enterado si la estatua hubiese aparecido en algún país neutral como Suiza. En definitiva, estaba casi segura de que la estatua se encontraba, no solamente en Egipto, sino en El Cairo mismo.

Erica inspeccionó su maquillaje. Estaba bien. Se había puesto un poco de rimel. Había algo emocionante en el hecho de que cuatro mil años antes, las mujeres egipcias se oscurecían las pestañas de idéntica manera.

Richard golpeó a la puerta.

–El desayuno está servido en el balcón -dijo, simulando un acento inglés. "Parece demasiado feliz", pensó Erica. "Me va a resultar muy difícil hablar con él."

Contestó, a través de la puerta cerrada, que estaría lista en pocos minutos, y entonces comenzó a vestirse. Extrañó sus pantalones de algodón. Sabía que en ese clima tórrido los vaqueros le darían mucho

más calor. Mientras luchaba por ponerse los jeans ajustados, pensó en el griego. No tenía idea de lo que el hombre querría de ella, pero a lo mejor él podría llegar a convertirse en una fuente de información.

Quizá pudiera negociar lo que él quisiera obtener de ella a cambio de datos confidenciales sobre el funcionamiento del mercado negro. Era una posibilidad remota, pero por lo menos constituía un punto de partida.

Metiéndose la blusa dentro del pantalón, Erica se preguntó si el griego, o cualquier otro para el caso, comprendería el significado de los jeroglíficos que ella había tratado de traducir la noche anterior. Casi más importante que la propia estatua perdida, era el misterio que se cernía sobre la personalidad de Seti I. Habían transcurrido tres mil años desde la época en que ese egipcio había vivido y respirado. Aparte de conducir una campaña militar muy exitosa en Medio Oriente y en Libia durante la primera década de su reinado, todo lo que Erica recordaba respecto a ese poderoso Faraón, era que había edificado un extenso complejo de templos en Abydos, además del templo de Karnak, y también la tumba más espectacular del Valle de los Reyes.

Comprendió que necesitaba una información mayor que la que poseía, y decidió volver al museo egipcio y usar en él sus cartas de presentación profesionales. Eso la mantendría ocupada mientras esperaba que el griego estableciera contacto con ella. La otra persona que podría suministrarle información era el hijo que Abdul Hamdi había mencionado, propietario de una tienda de antigüedades en Luxor. En el momento de abrir la puerta del baño, Erica se decidió…

Iba a remontar el Nilo hacia Luxor cuanto antes para encontrarse con el hijo de Abdul Hamdi. Estaba convencida de que ésa era la mejor idea que se le había ocurrido hasta el momento.

Richard se había encargado de ordenar un desayuno importante.

Igual que la mañana anterior, éste había sido servido en el balcón.

Había huevos, jamón y pan egipcio fresco, todo presentado en fuentes de plata con tapa. También tajadas de papaya rodeadas de cubitos de hielo. El café estaba listo para ser servido. Richard, como si fuera un mozo nervioso, se afanaba alrededor de la mesa corrigiendo la ubicación de la vajilla y las servilletas.

–¡Ah! ¡Su Alteza! – dijo, manteniendo el acento inglés-. La mesa está servida. – Retirando una silla invitó por señas a Erica a que se sentara-. Después de usted -dijo, levantando por turno cada una de las tapas de las fuentes.

Erica se sintió genuinamente emocionada. Richard no poseía la sofisticación de Yvon, pero su comportamiento era muy atractivo. Y

aunque intentara aparentar dureza en casi todas las circunstancias, Erica lo sabía vulnerable. Y sabía también que lo que pensaba decirle le iba a doler.

–No sé cuánto recuerdas de nuestra conversación de anoche -

comenzó diciendo.

–Todo -afirmó Richard tomando el tenedor-. En realidad, antes de que sigas hablando, me gustaría proponerte algo. Pienso que deberíamos ir enseguida a la Embajada de los Estados Unidos y contarles exactamente lo que te ha sucedido.

–Richard -dijo Erica sabiendo que se estaba desviando del tema-, la Embajada de los Estados Unidos no tiene posibilidades de hacer nada.

Sé realista. En realidad a mí no me ha pasado nada, simplemente han sucedido cosas a mi alrededor. No, yo no pienso ir a la Embajada.

–Está bien -contestó Richard-. Si eso es lo que sientes, está bien.

Ahora, en cuanto a las otras cosas que dijiste. Sobre nosotros. –

Richard hizo una pausa y jugueteó con su taza de café.– Admito que hay algo de verdad en lo que dices sobre mi actitud respecto a tu trabajo. Bueno, me gustaría pedirte que me hagas un favor. – Levantó la vista para que sus ojos se encontraran con los de Erica.– Pasemos juntos un día aquí, en Egipto, en tu ambiente, por así decirlo. Dame una oportunidad de descubrir de qué se trata.

–Pero, Richard… -comenzó a decir Erica. Quería hablarle sobre Yvon, y de los sentimientos que despertaba en ella.

–Por favor, Erica. Tienes que admitir que nunca hemos conversado sobre este tema. Dame un poco de tiempo. Te prometo que volveremos a hablar esta noche. Después de todo, no te olvides que vine hasta aquí.

Eso debería pesar en la balanza.

–Pesa -dijo Erica con cansancio. Esas escenas emocionales la agotaban-. Pero aun una decisión como la de tu viaje la debimos haber tomado entre los dos. Valoro el esfuerzo que has hecho, pero todavía

creo que no comprendes el motivo por el que vine a Egipto.

Aparentemente, nosotros dos vemos el futuro de nuestra relación en forma muy distinta.

–Eso es lo que quiero que conversemos -dijo Richard-. Pero no ahora. Esta noche. Todo lo que te pido es que pasemos un día agradable juntos para que yo pueda ver un poco de Egipto y encariñarme con la egiptología. Pienso que por lo menos merezco eso.

–Muy bien -dijo Erica a desgano-. Pero esta noche hablaremos.

–¡Uf! – exclamó Richard-. Ya que eso está decidido, planeemos nuestro día. Me gustaría mucho conocer esas criaturas -Richard señaló la esfinge y las pirámides de Gizeh con un trozo de tostada.

–Lo siento -dijo Erica-. El plan del día ya está decidido.

Por la mañana vamos al Museo Egipcio para ver qué datos tienen sobre Seti I, y esta tarde volveremos a la escena del primer crimen: Antica Abdul. Las pirámides tendrán que esperar.

Erica hizo todo lo posible por apurar el desayuno y abandonar la habitación antes de que se produjera el inevitable llamado. Pero no lo consiguió. Richard estaba ocupado cargando película en su cámara fotográfica Nikon, cuando Erica levantó el receptor.

–Hola -dijo, en voz baja. Tal como temía, era Yvon. Sabía que no tenía por qué sentirse culpable, pero no pudo evitarlo. Había querido contarle a Richard lo del francés, pero él no la había dejado hablar.

Yvon estaba alegre, y derramó un torrente de palabras cálidas respecto a la noche anterior. Erica asentía en los momentos apropiados, pero se dio cuenta de que su tono era pomposo y poco natural.

–Erica, ¿estás bien? – preguntó Yvon finalmente.

–Sí, sí, estoy muy bien. – Erica trataba de encontrar una manera de terminar la conversación.

–¿Si te pasara algo malo, me lo dirías? – preguntó Yvon, alarmado.

–Por supuesto -dijo la muchacha rápidamente.. Se produjo una pausa. Yvon se dio cuenta de que pasaba algo.

–Anoche los dos estuvimos de acuerdo en que debimos haber pasado juntos el día de ayer. ¿Qué te parece si lo hacemos hoy? Déjame llevarte a algunos lugares turísticos.

–No, gracias -dijo Erica-. Tengo un huésped inesperado que llegó anoche de los Estados Unidos.

–No importa -dijo Yvon-. Tu huésped también será bienvenido.

–Sucede que mi huésped es… -Erica vaciló. La palabra "novio"

parecía tan inmadura.

–¿Un amante? – preguntó Yvon vacilando.

–Mi novio -dijo Erica. No se le ocurrió ninguna palabra más sofisticada.

Yvon cortó la comunicación golpeando el receptor.

–¡Mujeres! – exclamó enojado, apretando los labios.

Raoul levantó la vista del "Paris Match" de la semana anterior que estaba leyendo, y trató de no sonreír.

–Esa muchacha norteamericana te está dando bastante trabajo.

–¡Cállate la boca! – exclamó Yvon con una irritación poco habitual en él. Encendió un cigarrillo y echó el humo en dirección al cielo raso, en turbulentas espirales azules. Pensó que era perfectamente posible que el huésped de Erica hubiese llegado de una manera absolutamente inesperada. Y sin embargo, también existía la posibilidad de que ella lo supiera y lo hubiese callado para no desalentarlo.

Apagó el cigarrillo y salió al balcón. No estaba acostumbrado a hacerse problemas por las mujeres. Si le daban trabajo o lo molestaban, las dejaba. Era así de simple. El mundo estaba lleno de mujeres. Se quedó mirando fijamente una docena de chalupas que se dirigían hacia el sur impulsadas por el viento. La placidez del espectáculo lo hizo sentirse mejor.

–Raoul, quiero que vuelvan a seguir a Erica Barón -gritó.

–Muy bien -contestó Raoul-. Khalifa está a nuestra disposición en el hotel Scheherazade.

–Dile que no se extralimite -ordenó Yvon-. No quiero que haya un derramamiento de sangre innecesario.

–Khalifa insiste que el hombre a quien él mató estaba siguiendo a Erica Barón.

–Trabajaba en el Departamento de Antigüedades. Es imposible que estuviera siguiendo a Erica.

–Bueno, yo te aseguro que Khalifa es un guardaespaldas de primera clase. Me consta -afirmó Raoul.

–Es mejor que lo sea -dijo Yvon-. Stephanos espera encontrarse hoy con la muchacha. Adviérteselo a Khalifa. Puede haber problemas.

–El doctor Sarwat Fakhry la recibirá ahora -anunció una robusta secretaria de pechos turgentes. Tenía alrededor de veinte años y estaba plena de salud y de entusiasmo, lo que resultaba un alivio en la atmósfera opresiva del Museo Egipcio.

La oficina del director del museo era como una caverna sombría con postigos en las ventanas. Estaba cubierta de paneles de madera oscura, igual que un estudio Victoriano. Una de las paredes estaba adornada por una falsa chimenea, evidentemente fuera de lugar en El Cairo, y las otras se hallaban completamente tapadas por bibliotecas.

En el centro de la habitación había un gran escritorio con montones de libros, revistas y papeles. Detrás del escritorio estaba sentado el doctor Fakhry, quien miró a Erica y a Richard por encima de sus anteojos cuando éstos entraron en la habitación. Era un hombre pequeño y nervioso, de alrededor de sesenta años, con facciones puntiagudas y un pelo gris que parecía de alambre.

–Bienvenido, doctor Barón -dijo sin levantarse. Las cartas de presentación de Erica temblaban levemente en la mano del director-.

Siempre me hace feliz dar la bienvenida a un miembro del Museo de Bellas Artes de Boston. Nos sentimos en deuda con Reisner por su excelente trabajo. – El doctor Fakhry miraba directamente a Richard al hablar.

–No se trata de mí -explicó Richard, sonriendo.

–Yo soy la doctora Barón -aclaró Erica adelantándose-, y le agradezco su hospitalidad.

La expresión confusa del doctor Fakhry se convirtió en una incómoda mirada de comprensión.

–Discúlpeme -dijo simplemente-. Por su carta de presentación, veo que se dispone a realizar traducciones in situ de jeroglíficos pertenecientes a monumentos del Imperio Nuevo. Me alegra. Queda tanto por hacer. Si puedo serle de alguna ayuda, estoy a su disposición.

–Muchas gracias -dijo Erica-. En realidad, quiero pedirle un favor.

Tengo interés en obtener algunos antecedentes sobre Seti I. ¿Sería posible que yo revisara el material del museo?

–Por supuesto -dijo el doctor Fakhry. El tono de su voz había cambiado levemente. Había en él un dejo interrogante, como si el pedido de Erica lo hubiese sorprendido-. Desgraciadamente, como

usted sin duda no ignora, no sabemos mucho sobre Seti I. Además de la traducción de las inscripciones que existen en sus monumentos, poseemos algo de la correspondencia de Seti I durante la época de sus primeras campañas en Palestina. Pero prácticamente nada más. Estoy seguro de que aprenderá más con sus traducciones in situ que con el material que nosotros podemos facilitarle. Ese material es bastante viejo, y desde entonces hemos adelantado mucho.

–¿Y qué me puede decir con respecto a la momia del Faraón? –

preguntó Erica.

El doctor Fakhry le devolvió las cartas de presentación. Cuando extendió el brazo, su temblor aumentó.

–Sí, tenemos la momia de Seti I en el museo. Estaba en el escondite de Deir el-Bahri que fue ilícitamente encontrado y luego saqueado por la familia Rasul. Se encuentra en exhibición en el piso de arriba. –

Dirigió una mirada a Richard, quien volvió a sonreír.

–¿La momia fue examinada alguna vez? – preguntó Erica.

–Por supuesto -contestó el doctor Fakhry-. Se le hizo la autopsia.

–¿La autopsia? – preguntó Richard con incredulidad-. ¿Cómo se le hoce la autopsia a una momia?

Erica le apretó el brazo. Richard comprendió y no insistió. El doctor Fakhry continuó hablando como si no hubiese oído la pregunta.

–Hace poco el equipo norteamericano le tomó radiografías. Tendré mucho gusto en facilitarle en nuestra biblioteca todo el material existente. – El doctor Fakhry se puso de pie y abrió la puerta de la oficina. Caminaba un poco inclinado, y daba la impresión de ser jorobado con las manos colgando encogidas a los costados.

–Voy a hacerle otro pedido -dijo Erica-. ¿Tiene mucho material referente a la apertura de la tumba de Tutankamón?

Richard se adelantó a Erica e inspeccionó a la secretaria con una mirada de soslayo. La muchacha estaba inclinada sobre la máquina de escribir.

–¡Ah! En eso sí podemos ayudarla -afirmó el doctor Fakhry mientras salían al vestíbulo de mármol-. Como sabrá, hemos decidido emplear algunos de los fondos devengados por la gira alrededor del mundo de "Los Tesoros de Tutankamón" para edificar un museo dedicado a exhibir los objetos de ese Faraón. En la actualidad

poseemos un juego completo de las anotaciones de Cárter en lo que él llamó su "Diario", archivados en microfilmes, y también una importante colección de cartas escritas por Cárter, Carnarvon y otras personas asociadas con el descubrimiento de la tumba.

El doctor Fakhry dejó a Erica y a Richard en manos de un hombre joven y silencioso al que presentó como Talat. Éste escuchó atentamente las complicadas instrucciones del doctor, hizo una reverencia y luego desapareció a través de una puerta lateral.

–Talat les alcanzará el material que poseemos sobre Seti I -dijo el doctor Fakhry-. Gracias por venir, y si puedo hacer algo más por ustedes, por favor avísenme. – Estrechó la mano de Erica y un involuntario espasmo facial dio a su boca una expresión de desprecio.

Abandonó el cuarto con las manos levantadas mientras sus dedos se movían rítmicamente como si fueran garras.

–¡Dios, qué lugar! – exclamó Richard cuando el director se retiró-.

¡Qué tipo encantador!

–Sucede que el doctor Fakhry es el autor de trabajos muy importantes. Se especializa en historia de la antigua religión egipcia, en prácticas funerarias y métodos de embalsamamiento.

–¡Métodos de embalsamamiento! Debí haberlo adivinado. Conozco una iglesia importante de París que lo contrataría inmediatamente.

–Trata de tomarlo con seriedad, Richard -dijo Erica sin poder evitar una sonrisa.

Se sentaron frente a una de las largas y vapuleadas mesas de roble de la habitación. Todo estaba cubierto por una fina capa de polvo de El Cairo. Debajo de la silla de Erica había huellas de pequeñas pisadas.

Richard le informó que eran de rata.

Talat regresó con dos grandes sobres de papel rojo, cada uno de ellos atado por un piolín. Se los entregó a Richard, quien sonrió irónicamente y se los pasó a Erica. El primero de los sobres se titulaba

"Seti I, A". Erica lo abrió, desparramando su contenido sobre la mesa.

Eran fotocopias de artículos publicados sobre el Faraón. Varios de ellos habían sido escritos en francés, dos en alemán, pero la mayoría estaba en inglés.

–¡Psst! – Talat tocó el brazo de Richard.

Richard, sorprendido por el ruido, se dio vuelta.

–¿Quieren escarabajos de las antiguas momias? Muy baratos. –

Talat extendió una mano cerrada, con la palma hacia arriba. Miró por encima de su hombro, igual que un vendedor de artículos pornográficos durante los años cincuenta, y después abrió lentamente los dedos para revelar dos pequeños escarabajos que estaban levemente húmedos.

–¿Este tipo habla en serio? – preguntó Richard-. Quiere venderme unos escarabajos.

–Sin duda son falsos -contestó Erica, sin detener su lectura para mirarlos.

Richard tomó uno de los escarabajos.

–Una libra -dijo Talat. Se estaba poniendo nervioso.

–Erica mira esto. Es un escarabajito que tiene muy buen aspecto.

Este hombre tiene pelotas para animarse a venderlos aquí.

–Richard, esos escarabajos se pueden comprar en todas partes.

Quizá lo mejor sería que dieras una vuelta por el museo mientras yo termino con este trabajo. – Levantó la vista para ver qué impresión había producido en Richard su sugerencia, pero él no la estaba escuchando. Había tomado en sus manos el otro escarabajo que le ofrecía Talat.

–Richard -dijo Erica-, no te dejes engañar por el primer vendedor ambulante que se topa contigo. Déjame ver uno de esos escarabajos. –

Tomó uno y lo dio vuelta para leer los jeroglíficos tallados en la parte de abajo.– ¡Dios mío! – exclamó.

–¿Te parece que es auténtico? – inquirió Richard.

–No, no es auténtico, pero es una perfecta imitación. Demasiado perfecta. Tiene el sello de Tutankamón. Creo que sé quién hizo esto. El hijo de Abdul Hamdi. Es sorprendente.

Erica compró el escarabajo por veinticinco piastras y después despidió a Talat.

–Ya tengo uno de estos escarabajos falsos hechos por el hijo de Hamdi, con la talla del nombre de Seti I. – Mentalmente Erica recordó que no debía olvidarse de reclamar el escarabajo que tenía Yvon en su poder.– Me pregunto qué otros nombres de faraones utiliza.

Erica insistió en que volvieran a dedicarse a los artículos. Richard tomó varias fotocopias. Durante media hora, permanecieron en

silencio.

–Éste es el material más árido que he leído en mi vida -dijo Richard finalmente, arrojando el artículo sobre la mesa-. Y pensar que yo creía que la patología era aburrida… ¡Dios mío!

–Te parece aburrido porque está fuera de contexto -aseveró Erica con aire condescendiente-. Lo que tú estás leyendo son datos sueltos que deben ser reunidos en un todo, con referencia a una persona poderosísima que existió hace tres mil años.

–Bueno, si en estos artículos hubiera un poco más de acción, sería mucho más fácil leerlos. – Richard rió.

–Seti I reinó poco después del Faraón que intentó cambiar la religión egipcia convirtiéndola en monoteísta -continuó Erica ignorando el comentario de Richard-. Se llamaba Akhenatón. El país estaba sumido en el caos. Seti le puso coto. Fue un gobernante fuerte que consiguió restaurar la estabilidad dentro del país y en la mayor parte del imperio. Asumió el poder cuando tenía más o menos treinta años, y gobernó durante aproximadamente quince. Excepto por el hecho de estar enterados de sus batallas en Palestina y en Libia, se conocen muy pocos detalles con respecto a Seti, cosa infortunada, porque reinó durante una época muy interesante de la historia de Egipto. Te estoy hablando de un período de poco más de cincuenta años que va desde Akhenatón hasta el fin del reinado de Seti I. Debe de haber sido una época fascinante, llena de disturbios, levantamientos y emociones. ¡Es tan frustrante que no sepamos más! – Erica propinó unos golpecitos al montón de fotocopias.– Fue durante ese tiempo que gobernó Tutankamón. Y extrañamente, cuando fue descubierta la magnífica tumba de Tutankamón, el mundo científico sufrió una enorme desilusión. A pesar de todos los tesoros que se encontraron, no existía en ella un solo documento histórico. ¡No se encontró un solo papiro! ¡Ni uno!

Richard se encogió de hombros.

Erica se dio cuenta de que a pesar de esforzarse, Richard no conseguía compartir su entusiasmo. Volvió a concentrar su atención en el material que había sobre la mesa.

–Veamos qué hay en el otro sobre -dijo, y sacó el contenido del sobre marcado con la inscripción "Seti I, B".

Al verlo, Richard se interesó. Había docenas de fotografías de la momia de Seti I, incluyendo fotos de radiografías, un informe de la autopsia y varias fotocopias de artículos.

–¡Dios! – dijo Richard, simulando una expresión de horror. Levantó una fotografía de la cara de Seti I-. Esto es tan espantoso como el cadáver que me tocó en primer año de anatomía.

–Al principio horroriza un poco, pero cuanto más la miras, más serena parece.

–Vamos Erica, es asquerosa. ¿Serena? ¡Déjate de embromar! –

Richard tomó el informe de la autopsia y comenzó a leer.

Erica encontró una radiografía de cuerpo entero. Parecía un esqueleto con los brazos cruzados sobre el pecho. Pero Erica la estudió de todas maneras. Repentinamente se dio cuenta de que había algo extraño. Los brazos estaban cruzados, como los de todas las momias de los faraones, pero tenía las manos abiertas. Los dedos estaban extendidos. Todos los demás faraones habían sido enterrados aferrando con las manos el cayado y el mangual, las insignias de su cargo. Pero Seti I no. Erica trató de comprender por qué.

–Esto no es una autopsia -dijo Richard, interrumpiendo los pensamientos de la joven-. Quiero decir, aquí no hay órganos internos, es sólo la cáscara de un cuerpo. Cuando se hace un examen post

mortem, la parte externa se revisa superficialmente, a menos que exista una indicación específica. Lo que se llama autopsia es en realidad el examen microscópico de los órganos internos. Aquí, todo lo que hicieron fue examinar una pequeña porción de músculo y de piel. –

Tomó la radiografía que tenía Erica y la extendió delante de sí para examinarla.– Los pulmones no tienen manchas -dijo riendo. Erica no comprendió, de manera que Richard tuvo que explicarle que dado que los pulmones habían sido extirpados en la antigüedad, la radiografía mostraba un pecho sin manchas. Mientras explicaba fue dejando de parecerle gracioso, y su risa se fue perdiendo de a poco. Por encima del brazo extendido de Richard, Erica volvió a mirar la radiografía. Las manos abiertas de Seti I todavía le molestaban. Algo le decía que tenían un especial significado.

Había dos tarjetas impresas dentro de la gran vitrina. Para entretenerse, Khalifa se inclinó a leerlas. Una de las tarjetas era vieja y

decía: "Trono de oro de Tutankamón, circa 1355 a.C". La otra tarjeta era nueva y decía: "Temporariamente trasladado como parte de la Gira a Través del Mundo de los Tesoros de Tutankamón".

Desde donde Khalifa estaba parado, veía perfectamente a Erica y a Richard a través de la vitrina vacía. Normalmente nunca se acercaría tanto a una persona a quien le habían encomendado seguir, pero en este caso estaba intrigado. Jamás había tenido un trabajo parecido. El día anterior sintió que había salvado a Erica de una segura destrucción, tan sólo para ser duramente reprendido después por Yvon de Margeau.

De Margeau lo había acusado de haber muerto a un inservible empleado del gobierno. Pero Khalifa no se equivocaba. Ese empleado del gobierno estaba siguiendo a Erica, y había algo en esa fresca mujer norteamericana que lo intrigaba. Presentía que detrás de todo eso se movían grandes sumas de dinero. Si de Margeau hubiera estado tan furioso como parecía, lo hubiese despedido. Pero le había mantenido su trabajo de doscientos dólares diarios y lo había escondido en el hotel Scheherazade. Y ahora se había presentado un nuevo acontecimiento que complicaba el panorama un amiguito de la norteamericana llamado Richard. Khalifa sabía que el amiguito no agradaba a Yvon, aunque el francés le hubiese dicho que no creía que Richard significara una amenaza para Erica. Pero Yvon le había advertido que no bajara la guardia, y Khalifa se preguntó si correspondería que asumiera la responsabilidad de librarse de Richard.

Mientras Erica y Richard se acercaron a contemplar otro objeto del salón, Khalifa pasó a ubicarse detrás de la siguiente vitrina que también contenía una tarjeta con la inscripción: "Temporariamente trasladado…". Escondido detrás de su guía turística abierta, trató de escuchar la conversación de la pareja. Todo lo que llegó a comprender fue algo con respecto a la fortuna de uno de los grandes faraones. Pero para la mentalidad de Khalifa, eso también parecía una conversación sobre dinero, y se acercó aun más. Le gustaba la sensación de excitación y de peligro que le producía aproximarse a ellos, aun cuando el peligro fuese solamente imaginario. Esa gente nunca podría significar una amenaza real para él. Era capaz de matarlos a ambos en dos segundos. Tanto era así, que jugó con la idea.

–La mayor parte de las piezas realmente importantes se exhiben en Nueva York -dijo Erica-, pero fíjate en ese pendiente. – Apuntó con el dedo mientras Richard bostezaba.– Todo esto fue enterrado con el insignificante Tutankamón. Trata de imaginar lo que debe de haber sido enterrado con Seti I.

–No puedo -contestó Richard, apoyando el peso de su cuerpo sobre el otro pie.

Erica levantó la mirada, y se dio cuenta del aburrimiento del muchacho.

–Muy bien -dijo con aire consolador-. Te has portado bastante bien.

Regresemos al hotel para almorzar algo y averiguar si he recibido algún mensaje. Después iremos caminando a la feria.

Khalifa observó a Erica mientras ésta se alejaba, gozando de las curvas que los ajustados vaqueros destacaban. En ese momento, sus pensamientos violentos se mezclaron con otros, más íntimos y lujuriosos.

Cuando llegaron al hotel encontraron un mensaje para Erica con un número de teléfono al que debía llamar. También se había desocupado un cuarto que quedaba disponible para Richard. Él vaciló y dirigió a Erica una mirada implorante antes de dirigirse al mostrador de la recepción para hacer los arreglos pertinentes. Erica fue directamente a uno de los teléfonos públicos, pero no tuvo suerte con esa complicada máquina. Entonces le comunicó a Richard que realizaría el llamado desde su cuarto.

El mensaje que había recibido era muy simple: "Me gustaría verla lo antes posible. Stephanos Markoulis". Erica se estremeció ante la perspectiva de encontrarse con alguien involucrado en el mercado negro y posiblemente también en un asesinato. Pero ese hombre hjbía vendido la primera estatua de Seti I y podía ser una clave importante si ella quería encontrar la otra. Recordó que Yvon le había advertido que concertara la entrevista en un lugar público, y por primera vez se alegró realmente de que Richard estuviese con ella.

El operador telefónico del hotel era infinitamente más capaz que el artefacto mecánico del vestíbulo. La llamada fue obtenida con rapidez.

–Hola, hola. – Stephanos tenía la voz de una persona acostumbrada a dar órdenes.

–Habla Erica Barón.

–Ah, sí. Gracias por llamar. Tengo muchas ganas de conocerla.

Tenemos un amigo común: Yvon de Margeau. Un tipo encantador.

Entiendo que él le adelantó que yo la llamaría y que me agradaría que nos viéramos para conversar un rato. ¿Podemos encontrarnos esta tarde, digamos, alrededor de las dos y media?

–¿Adonde le parece que nos encontremos? – preguntó Erica, recordando la recomendación de Yvon. Por la línea se oía un ruido sordo.

–Depende de usted, querida -dijo Stephanos, hablando más fuerte para hacerse oír a pesar del ruido.

Erica se erizó ante la familiaridad con que el hombre la trataba.

–Yo no sé -dijo, mirando su reloj pulsera. Eran las once y media.

Probablemente a las dos y media Richard y ella estuvieran en la feria.

–¿Qué le parece si nos encontramos ahí mismo, en el Hilton? –

sugirió Stephanos.

–Esta tarde yo estaré en la feria Khan el Khalili -dijo Erica. Estuvo a punto de mencionar a Richard, pero decidió no hacerlo. Le pareció mejor reservarse algún elemento sorpresivo.

–Espere un momento -dijo Stephanos. Erica percibió una conversación sofocada. Stephanos había tapado el receptor con la mano-. Discúlpeme por haberla hecho esperar -dijo en una voz cuyo tono demostraba que no estaba arrepentido en absoluto-. ¿Conoce la mezquita Al Azhar que queda cerca del Khan el Khalili?

–Sí -contestó Erica. Recordaba que Yvon se la había mostrado al pasar.

–Nos encontraremos allí -dijo Stephanos-. No le costará encontrarla. A las dos y media. Estoy deseando conocerla, querida.

Yvon de Margeau me habló muy bien de usted.

Erica se despidió y cortó la comunicación. Se sentía realmente incómoda y hasta un poco asustada. Pero ya había decidido que se prestaría a esa entrevista por el bien de Yvon; estaba convencida de que él jamás permitiría que se encontrara con Stephanos si eso significaba un peligro. Y, sin embargo, no veía la hora de que todo eso hubiese pasado.

Luxor 11.40 horas

Vestido con una camisa suelta y pantalones sport, Ahmed Khazzan se sentía bastante descansado. Todavía estaba perplejo por la muerte violenta de Gamal Ibrahim pero la atribuía a los inescrutables designios de Alá, y su sensación de culpa disminuyó. Como dirigente, sabía que era necesario que enfrentara episodios como ése.

La noche anterior había realizado su visita obligatoria a la casa de sus padres. Amaba profundamente a su madre, pero no aprobaba su decisión de permanecer en la casa cuidando de su padre inválido. Su madre había sido una de las primeras mujeres que en Egipto obtuvo un diploma universitario, y él hubiese preferido que hiciera valer su educación. Se trataba de una mujer sumamente inteligente que hubiera podido ser una gran ayuda para Ahmed. Su padre había sido muy mal herido en la guerra de 1956, la misma que había segado la vida de su hermano mayor. Ahmed no conocía una sola familia egipcia que no hubiese sido castigada por la tragedia de las múltiples guerras, y cuando lo pensaba, temblaba de furia.

Después de la visita al hogar de sus padres, Ahmed durmió largamente en su propia casa de ladrillos de Luxor. Su ama de llaves le había preparado un desayuno maravilloso consistente en pan fresco y café. Y Zaki lo había llamado, informándole que había despachado para Saqqara a dos agentes especiales de civil. El Cairo parecía estar tranquilo. Y quizá lo más importante de todo era que él mismo había podido manejar exitosamente una potencial crisis familiar. Un primo suyo, al que había promovido al cargo de jefe de guardia de la Necrópolis de Luxor, había comenzado a impacientarse y exigía ser trasladado a El Cairo. Ahmed intentó razonar con él, y cuando esa actitud no dio resultado, prescindió de toda diplomacia y, enojándose, le ordenó que permaneciera donde estaba. El padre de su primo, tío político de Ahmed, intentó intervenir. Ahmed se vio obligado a recordarle que su permiso como concesionario del puesto de refrescos del Valle de los Reyes podía ser fácilmente revocado. Y luego de haber solucionado ese asunto, finalmente pudo sentarse a trabajar con algunos papeles. De tal modo que ese día el mundo parecía mejor y más organizado que el día anterior.

Guardando en su portafolios el último memorándum que había llevado a Luxor para estudiar, Ahmed tuvo la sensación del deber

cumplido. En El Cairo le hubiese tomado el doble del tiempo realizar el mismo trabajo. Estar en Luxor lo beneficiaba. Amaba a Luxor. La antigua Tebas. Para Ahmed había allí una magia en el aire que lo hacía sentirse feliz y en paz consigo mismo.

Se puso de pie en el gran living de su casa. Hecho de estuco de un blanco deslumbrante en su parte exterior, aunque rústica en su interior, estaba increíblemente limpia. El edificio había sido construido conectando una serie de estructuras de ladrillos ya existentes. El resultado era una casa angosta, de sólo seis metros de ancho, pero muy profunda y con un largo vestíbulo en el costado izquierdo. Sobre la derecha se encontraban los cuartos de huéspedes. La cocina estaba ubicada en la parte de atrás de la casa, y era muy primitiva, tanto que no tenía agua corriente. Detrás de la cocina había un pequeño patio con un establo al fondo en el que Ahmed guardaba su más preciada posesión: un padrillo árabe negro, de tres años de edad, llamado Sawda.

Ahmed había ordenado a su caballerizo que tuviera ensillado y listo a Sawda a las once y media. Se había propuesto que antes de almorzar interrogaría a Tewfik Hamdi, el hijo de Abdul Hamdi, en su tienda de antigüedades. Ahmed sentía que era importante que lo hiciera él mismo. Entonces, cuando se hubiera atemperado el calor del mediodía, pensaba cruzar el Nilo y cabalgar sin anuncio previo hasta el Valle de los Reyes para inspeccionar su nuevo sistema de seguridad. Tendría tiempo de regresar a El Cairo por la noche.

Cuando Ahmed apareció, Sawda pateaba el piso con impaciencia.

El joven padrillo parecía un estudio renacentista, con cada músculo de su cuerpo definido en un mármol negro perfecto. La cabeza del caballo parecía haber sido agudamente cincelada, con un belfo resplandeciente.

Y sus ojos rivalizaban con los de Ahmed en el intenso negro profundo.

Una vez en marcha, Ahmed sintió la fortaleza y la vida en el exuberante animal que montaba. Le resultaba difícil impedir que el caballo se lanzara a una carrera desenfrenada. Ahmed sabía que la personalidad imprevisible de Sawda era un fiel reflejo de sus propias pasiones volátiles. Debido a la similitud existente entre ambos, para controlar el padrillo era necesario que empleara duras palabras en árabe y toda la fuerza de las riendas, para que caballo y jinete se movieran como si

fueran uno solo, en la sombra salpicada de sol de las palmeras plantadas en la ribera del Nilo.

La tienda de antigüedades de Tewfik Hamdi era una de tantas instaladas en una serie de callejuelas serpenteantes y polvorientas detrás del antiguo Templo de Luxor. Todas ellas estaban ubicadas en las proximidades de los hoteles más importantes, y dependían por completo de los incautos turistas para continuar existiendo. La mayor parte de los objetos que vendían eran falsificaciones fabricadas en la ribera oeste. Ahmed no conocía la ubicación exacta de la tienda de Tewfik Hamdi, de manera que una vez que llegó a la zona, preguntó por ella.

Le dieron la calle y el número, y la encontró sin dificultad. Pero estaba cerrada con llave. No había sido cerrada simplemente por ser la hora del almuerzo. Estaba tapiada con maderas, tal como se cerraban esas tiendas a la noche.

Ahmed ató a Sawda a la sombra y comenzó a preguntar por Tewfik en las tiendas vecinas. Las respuestas fueron contundentes. Su negocio había estado cerrado todo el día, y, sí, era extraño, porque Tewfik Hamdi jamás lo había abandonado en años. Uno de. los propietarios agregó que la ausencia de Tewfik podía tener relación con la reciente muerte de su padre, acaecida en El Cairo.

Al volver hacia el lugar en donde había dejado atado a Sawda, Ahmed pasó directamente frente al negocio. Los tablones que habían sido clavados contra la puerta, le llamaron la atención. Mirándolos más de cerca, Ahmed descubrió una larga y reciente rajadura en uno de ellos. Aparentemente un trozo de tablón había sido quitado y luego vuelto a poner en su lugar. Ahmed insertó los dedos entre los tablones y tiró. Las maderas no se movieron en lo más mínimo. Cuando miró la parte superior de la primitiva persiana, se dio cuenta de que los tablones habían sido clavados al marco de la puerta desde el exterior, en lugar de haber sido asegurados desde adentro. Decidió que Tewfik Hamdi debió partir suponiendo que estaría ausente un largo tiempo.

Ahmed dio unos pasos atrás, acariciándose el bigote. Entonces se encogió de hombros y caminó hasta donde había dejado a Sawda.

Pensó que probablemente era cierto que Tewfik Hamdi hubiese ido a El Cairo. Se preguntó si podría averiguar dónde vivía.

Camino a su caballo, Ahmed se encontró con un viejo amigo de su familia, y se detuvo a conversar; sin embargo, sus pensamientos no se detuvieron en las frases agradables que pronunciaba. Había algo particularmente perturbador en el hecho de que Tewfik hubiera clavado la puerta de su tienda. En cuanto pudo, Ahmed se excusó, rodeó la parte comercial de la calle y se internó en el laberinto de pasajes abiertos que conducían a la parte posterior de los negocios. El ardiente sol de mediodía se reflejaba en las paredes de estuco, perlándole la frente de transpiración. Sintió que un hilo de sudor le corría por la espalda.

En la parte posterior de las tiendas de antigüedades, Ahmed se encontró en una especie de conejera de refugios precarios. A su paso iba dispersando pollos y unos niños desnudos detuvieron sus juegos para mirarlo fijamente. Después de algunas dificultades y de equivocar el camino varias veces, Ahmed llegó a la puerta posterior de la tienda de antigüedades de Tewfik Hamdi. A través de las maderas de la puerta, pudo ver un pequeño patio de ladrillos.

Mientras varios niños pequeños lo observaban, Ahmed apoyó el hombro contra la puerta de madera y la forzó lo suficiente para poder entrar. El patio tenía alrededor de cuatro metros y medio de largo y otra puerta de madera en el extremo opuesto. A la izquierda había un portal abierto. Mientras Ahmed colocaba la puerta de madera en su posición original, vio una rata marrón oscuro que, saliendo del portal, cruzó el patio para meterse en un caño de desagüe. El aire estaba pesado, caliente y quieto.

El portal conducía a una pequeña habitación en la que aparentemente vivía Tewfik. Ahmed cruzó el umbral. Sobre una simple mesa de madera comenzaba a pudrirse un mango y había un trozo de queso de cabra cubierto por moscas. Todo el resto de los objetos de la habitación estaban abiertos y desperdigados por el piso. En un rincón, un armario tenía la puerta arrancada. El lugar estaba lleno de papeles diseminados por todas partes. Las paredes de ladrillo habían sido agujereadas. Ahmed observó el lugar con creciente ansiedad, tratando de comprender lo que había sucedido.

Rápidamente fue hasta la puerta que conducía a la tienda. Estaba sin llave y se abrió con un crujido. Adentro estaba oscuro. Sólo

penetraban débiles rayos de luz por las hendijas de las tablas de la puerta del frente, y Ahmed se detuvo mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Oyó el ruido de pequeñas pisadas. Más ratas.

El desorden de la tienda era mucho mayor que el del dormitorio.

Los enormes armarios que cubrían las paredes habían sido arrancados, astillados y luego tirados al centro de la habitación en donde formaban una enorme pila. Su contenido aparecía destrozado y diseminado por el cuarto. Era como si la tienda hubiese estado en el epicentro de un ciclón. Ahmed tuvo que levantar trozos de muebles rotos para poder entrar. Se abrió camino hasta el centro del local; entonces quedó como congelado. Había hallado a Tewfik Hamdi. Torturado. Muerto. Lo habían colocado sobre el mostrador de madera que estaba manchado de sangre seca. Cada una de sus manos había sido clavada al mostrador con un solo clavo, obligándolo a permanecer con los brazos en cruz. Le habían arrancado casi todas las uñas. Le habían tajeado las muñecas.

Lo habían obligado a observarse desangrar hasta morir. Su cara sin sangre estaba pálida como la de un espectro, y tenía metido un trapo inmundo en la boca para silenciar sus gritos, convirtiendo sus mejillas en una grotesca protuberancia.

Ahmed espantó las moscas; notó que las ratas ya habían convertido el cadáver en un festín. La bestialidad de la escena lo sublevó, y el hecho de que hubiese ocurrido en su amada Luxor lo llenó de ira.

Además lo embargó el pánico de que la enfermedad y los pecados de la ciudad de El Cairo se extendieran como una plaga. Ahmed supo que era necesario que él contuviera la peste.

Se inclinó para mirar los ojos sin vida de Tewfik Hamdi. Eran el espejo del horror que había sentido mientras le arrancaban la vida.

Pero, ¿por qué? Ahmed se irguió. El hedor de la muerte era abrumador. Cuidadosamente eligió su camino a través del piso regado de escombros dirigiéndose hacia el pequeño patio. La luz del sol le bañó el rostro con su calor y Ahmed permaneció allí un momento, respirando profundamente. Se dio cuenta de que no le sería posible regresar a El Cairo hasta que supiera más. Pensó en Yvon de Margeau.

Siempre que ese hombre andaba por ahí, había problemas.

Ahmed se escurrió a través de la puerta que conducía a las callejuelas, y la cerró tras de sí. Decidió dirigirse directamente a la jefatura de policía ubicada cerca de la estación ferroviaria de Luxor, después llamaría a El Cairo. Mientras montaba a Sawda, se preguntó qué habría hecho Tewfik Hamdi o qué sabría para haber merecido un destino tan horrible.

El Cairo 14.05 horas

–¡Qué tienda maravillosa! – exclamó Richard cuando entraron en el local-. Buena selección de mercadería. Aquí puedo hacer todas mis compras de Navidad.

Erica no podía creer que la habitación estuviese tan vacía. Salvo algunos trozos de cacharros rotos, no quedaba nada de Antica Abdul.

Era como si jamás hubiese existido. Hasta la vidriera del frente había desaparecido. Ya no había cortina de cuentas en la puerta de entrada; no existían alfombras ni cortinados, no quedaba ni un trozo de tela ni una madera de los armarios.

–No puedo creerlo -dijo Erica, caminando hasta el lugar donde había estado el mostrador de vidrio. Inclinándose recogió un trozo de cacharro-. Aquí colgaba un pesado cortinado que dividía la habitación.

– Caminó hasta el fondo del local y se dio vuelta para mirar a Richard.– Yo estaba aquí cuando fue cometido el asesinato. ¡Dios! ¡Fue tan espantoso! El asesino estaba parado exactamente donde estás tú, Richard.

Richard se miró los pies y dio un paso atrás, alejándose del lugar.

–Parece que los ladrones robaron todo -dijo-. Considerando la pobreza de este lugar, supongo que aquí todo tiene valor.

–Sin duda tienes razón -contestó Erica, sacando una linterna de su bolsón de lona-, pero el lugar no parece haber sido simplemente robado. Mira esos agujeros en la pared. No estaban allí antes. –

Encendió la linterna y miró dentro de los agujeros.

–¡Una linterna! – exclamó Richard-. Te has venido realmente pertrechada.

–Quienquiera que venga a Egipto sin una linterna, comete un error.

Richard caminó hasta uno de los nichos recién abiertos en la pared y raspó algo de barro seco, haciéndolo caer al piso.

–Supongo que éste es un ejemplo del vandalismo de El Cairo.

–Yo creo que este lugar ha sido muy cuidadosamente registrado -

comentó Erica moviendo la cabeza.

Richard miró a su alrededor, notando que el piso había sido levantado en algunos lugares.

–A lo mejor tienes razón, pero ¿y qué? Quiero decir, ¿qué pueden haber estado buscando?

Erica se mordisqueó la parte interior de la mejilla, un gesto típico en ella cuando se concentraba. La pregunta de Richard era lógica. A lo mejor los habitantes de El Cairo tenían la costumbre de esconder dinero u objetos valiosos dentro de las paredes o debajo del piso. Pero la violación de ese local le recordó el registro que hicieron en su propia habitación del hotel. Siguiendo un impulso, montó el flash de su cámara Polaroid y tomó una fotografía del interior de la tienda.

Richard se dio cuenta de la inquietud de Erica.

–¿Te molesta haber vuelto aquí?

–No -contestó Erica. No quería estimular la sobreprotección de Richard. Pero en realidad se sentía totalmente inquieta con lo que quedaba de Antica Abdul. Patentizaba la realidad del asesinato de Abdul Hamdi-. Tenemos diez minutos para llegar a la mezquita Al Azhar. Quiero ser puntual en mi cita con el señor Stephanos Markoulis.

– Y salió apurada de la tienda, contenta de abandonarla.

Cuando aparecieron en la callejuela atestada de gente, Khalifa se alejó de la pared contra la que había estado apoyado. Sostenía la chaqueta nuevamente sobre la mano derecha, escondiendo la pistola Stechkin semiautomática, lista para disparar. Raoul le había dicho que Erica se encontraría con Stephanos a alguna hora de la tarde, y no quería perderla de vista en medio de la confusión de la feria. El griego era famoso por su despiadada violencia, y a Khalifa le pagaban bien para que no corriera riesgos.

Erica y Richard salieron del Khan el Khalili por el extremo oeste de la plaza El Azhar, atestada y llena de sol. El calor polvoriento les hizo apreciar la relativa frescura de la feria. Cruzaron la plaza rumbo a la antigua mezquita, admirando los tres minaretes que se erguían como agujas contra el cielo celeste. Pero el camino se hizo difícil en medio del remolino de gente; fue necesario que se aferraran el uno al otro para no separarse. La zona frente a la mezquita, le recordó a Erica el

Haymarket de Boston, con sus miles de vendedores ambulantes de fruta y verdura empujando a mano sus carritos y regateando con sus clientes el precio de la mercadería. Erica sintió un decidido alivio cuando llegaron a la mezquita y entraron por la puerta principal conocida como el Portón de los Barberos. El ambiente cambió inmediatamente. Los ruidos de la activa plaza no penetraban en el edificio de piedra. Era fresco y sombrío, igual que un mausoleo.

–Esto me recuerda al momento en que los cirujanos nos preparamos para una operación -comentó Richard con una sonrisa, mientras se colocaba fundas de papel sobre los zapatos. Caminaron a través del vestíbulo de entrada, espiando por los portales abiertos que conducían a unas habitaciones oscuras. Las paredes estaban construidas con enormes bloques de piedra que daban al lugar más bien el aspecto de una mazmorra que el de una casa de Dios.

–Creo que debí haber aclarado en qué lugar de esta mezquita nos íbamos a encontrar -dijo Erica.

Después de pasar bajo una serie de arcadas, ella y Richard se asombraron al encontrarse nuevamente a plena luz del sol. Estaban parados en el borde de un enorme patio rectangular rodeado de columnas y arcadas con arcos persas terminados en punta. Era un lugar extraño, porque ese patio se encontraba en pleno corazón de El Cairo, y sin embargo estaba desierto y casi totalmente silencioso. Erica y Richard permanecieron en la sombra y estudiaron en silencio ese exótico escenario de arcos en forma de quilla, con parapetos festoneados y terminados en almenas llenas de arabescos.

Erica estaba inquieta. La ponía nerviosa el encuentro con Stephanos Markoulis, y el extraño lugar que le era tan ajeno aumentaba sus temores. Richard la tomó de la mano y la condujo a través del patio rectangular hacia una arcada un poco más alta que las demás, que terminaba en una cúpula. Mientras cruzaban el patio, Erica trató de espiar dentro de la sombra violeta de los pórticos que los rodeaban. Había unas cuantas figuras con hábito blanco reclinadas sobre el piso de piedra.

Evangelos Papparis se movió muy lentamente alrededor de la columna de mármol, sin perder de vista a Erica y a Richard. Su sexto sentido le advertía que habría problemas. Estaba ubicado en el ángulo

norte del patio, protegido por la sombra de la arcada. En ese momento, Erica y Richard se alejaban de él en diagonal. Evangelos no estaba seguro de que Erica fuese la mujer que esperaba, principalmente porque estaba acompañada, pero la descripción parecía coincidir. De modo que cuando la pareja llegó al arco de entrada del mihrab, Evangelos retrocedió hasta el centro de la arcada y realizó un lento movimiento circular con el brazo, levantando luego dos dedos.

Stephanos Markoulis, de pie en el gran cuarto de oraciones como a sesenta metros de distancia, le hizo una señal con la mano. De acuerdo con los planes previos, Stephanos ahora sabía que Erica estaba con otra persona. Entonces, rodeó la columna que estaba delante de él, se apoyó contra ella y esperó. A su izquierda había un grupo de estudiantes islámicos, agrupados alrededor de su maestro que les leía el Corán en un semicanto.

Evangelos Papparis estaba a punto de echarse a caminar por la entrada principal cuando divisó a Khalifa. Volvió a sumergirse en las sombras, luchando por recordar la cara de aquel hombre. Cuando volvió a mirar, la figura había desaparecido, y Richard y Erica habían entrado en el área de las oraciones. En ese momento, Evangelos recordó. El hombre con la chaqueta sospechosamente envuelta alrededor del brazo era Khalifa Khalil, el asesino.

Evangelos volvió al centro de la arcada, pero no pudo ver a Stephanos. Estaba confuso. Dándose vuelta, decidió averiguar si Khalil continuaba en el edificio.

Erica había leído todo lo referente a la mezquita Al Azhar en su guía Baedeker, y sabía que se hallaban frente al mihrab o nicho de oraciones. Estaba construido en una forma intrincada, con pequeñas piezas de mármol y alabastro que formaban complicados dibujos geométricos.

–Esta alcoba mira a La Meca -susurró Erica.

–Es un lugar pavoroso -contestó Richard con calma. En la penumbra, tanto a derecha como a izquierda, hasta donde alcanzaba a ver, estaban rodeados por una selva de columnas de mármol. Su mirada se dirigió al piso que rodeaba el nicho de oración, y notó que estaba cubierto por alfombras orientales superpuestas.

–¿Y qué es ese olor? – preguntó.

–Incienso -contestó Erica-. ¡Escucha!

Había un sonido constante de voces ahogadas, y desde donde estaban podían divisar numerosos grupos de estudiantes sentados a los pies de sus maestros.

–La mezquita ya ha dejado de ser una universidad -susurró Erica-, pero todavía se utiliza para la enseñanza del Corán.

–Me encanta la forma en que estudia ése -se burló Richard, señalando una figura dormida sobre una alfombra oriental.

Erica se dio vuelta para mirar hacia atrás, observando el patio lleno de luz a través de la serie de arcos. Quería irse. La atmósfera de la mezquita era siniestra y sepulcral, y decidió que se trataba de un lugar poco apropiado para encontrarse con Stephanos.

–Vamos, Richard. – Le tomó la mano, pero Richard, interesado en conocer más a fondo la habitación llena de pilares, la retuvo.

–Veamos esa tumba del Sultán Rahmán, sobre la que leíste anoche -

dijo, deteniendo la marcha de Erica hacia el sol.

Erica se dio vuelta y lo miró.

–Preferiría… -No terminó la frase. Por encima del hombro de Richard vio a un hombre que se les acercaba caminando entre las columnas. Supo que se trataba de Stephanos Markoulis.

Al notar la expresión de la muchacha, Richard siguió la dirección de su mirada y se dio vuelta hacia la figura que venía hacia ellos. Podía sentir la tensión en la mano de Erica. Ya que deseaba encontrarse con ese hombre, se preguntó por qué se agitaba tanto.

–Erica Barón -dijo Stephanos con una amplia sonrisa-. La reconocería en medio de una multitud. Es mucho más hermosa de lo que Yvon me dijo. – Stephanos no intentó esconder su apreciación personal.

–¿Señor Markoulis? – preguntó Erica, aunque no tenía dudas de que se trataba del hombre. Sus modos relamidos y su grasosa apariencia coincidían con la imagen que se había forjado de él. Lo que no esperaba era la gran cruz que colgaba de su cuello. Dentro de la mezquita, el resplandor de esa cruz parecía una provocación.

–Stephanos Christos Markoulis -dijo el griego orgullosamente.

–Éste es Richard Harvey -presentó Erica, tironeando a Richard para que se acercara.

Stephanos echó una mirada a Richard, y luego lo ignoró.

–Me gustaría hablar con usted a solas, Erica. – Y extendió la mano.

Ignorando el gesto de Stephanos, Erica se aferró más firmemente aún a la mano de Richard.

–Preferiría que Richard estuviese presente.

–Como desee.

–Éste es un lugar más bien melodramático para una entrevista -dijo Erica.

Stephanos rió, y el eco repitió entre las columnas el sonido de su risa.

–Por cierto, pero recuerde que fue idea suya que no nos encontráramos en el Hilton.

–Creo que es mejor que seamos breves -dijo Richard. No tenía idea de lo que estaba sucediendo, pero no le gustaba ver inquieta a Erica.

La sonrisa de Stephanos desapareció. No estaba acostumbrado a que nadie se le opusiera.

–¿De qué quería hablarme? – preguntó Erica.

–De Abdul Hamdi -dijo Stephanos como la cosa más natural del mundo-. ¿Lo recuerda?

Erica quería dar la menor cantidad de información posible.

–Sí -dijo.

–Bueno, dígame todo lo que sepa con respecto a él. ¿Le dijo algo fuera de lo común? ¿Le dio alguna carta o algún papel?

–¿Por qué? – preguntó Erica desafiante-. ¿Por qué tendría yo que contarle lo que sé?

–A lo mejor podríamos ayudarnos mutuamente -contestó Stephanos-. ¿Está interesada en antigüedades?

–Sí -contestó Erica.

–Bueno, en ese caso yo puedo ayudarla. ¿Qué es lo que le interesa?

–Una estatua de tamaño natural de Seti I -contestó Erica inclinándose para observar el efecto que sus palabras producían en Stephanos.

Si el griego se sorprendió, no lo demostró.

–Está refiriéndose a un negocio muy serio -dijo finalmente-. ¿Tiene alguna idea de la cantidad de dinero que está en juego?

–Sí -dijo Erica. En realidad no tenía la menor idea. Era hasta difícil adivinarlo.

–¿Le dijo algo Hamdi con respecto a una estatua así? – preguntó Stephanos. Su voz tenía un tono nuevo de gran seriedad.

–Sí, lo hizo -contestó Erica. El hecho de saber tan poco la hacía sentir particularmente vulnerable.

–¿Le informó Hamdi quién le había suministrado la estatua o adonde la enviaba? – La cara de Stephanos estaba mortalmente seria y Erica se estremeció a pesar del calor reinante. Trató de decidir qué era lo que el hombre deseaba averiguar. Sin duda quería saber hacia dónde iba la estatua antes del asesinato. ¡Seguramente estaba en camino a Atenas! Sin levantar la vista, Erica habló suavemente.

–No me dijo quién le vendió la estatua… -Deliberadamente no contestó la segunda parte de la pregunta. Sabía que estaba jugando con fuego, pero si jugaba bien su parte Stephanos creería que ella era depositarla de algún secreto. En ese caso, quizá consiguiera sonsacarle alguna información.

Pero la conversación fue cortada abruptamente. De repente apareció un enorme personaje detrás de Stephanos. Erica vio una inmensa cabeza calva con una herida abierta que comenzaba en la coronilla y seguía por la cara y el puente de la nariz para terminar en la mejilla derecha del hombre. La herida parecía haber sido hecha con una navaja, y a pesar de ser sumamente profunda, casi no sangraba. El hombre extendió la mano hacia Stephanos y Erica lanzó una exclamación, clavando las uñas en la mano de Richard.

Ante la advertencia de Erica, Stephanos reaccionó con sorprendente agilidad. Giró sobre sí mismo, tirándose al piso, con la pierna derecha doblada en posición de realizar una toma de karate.

Pero en cuanto reconoció a Evangelos se contuvo.

–¿Qué sucedió? – preguntó alarmado mientras se ponía de pie.

–Khalifa -musitó Evangelos con voz ronca-. Khalifa está en la mezquita.

Stephanos empujó al debilitado Evangelos contra una columna para que el hombre se apoyara, y rápidamente miró a su alrededor. De una funda que tenía debajo del brazo izquierdo, extrajo una pequeña

pistola automática Beretta de mortífero aspecto y con un golpe seco le quitó el seguro.

Ante la vista del arma, Richard y Erica se acercaron el uno al otro con total incredulidad. Antes de que pudieran hablar, reverberó a través de la sala de oración un terrorífico alarido. Debido al eco, resultaba difícil determinar de dónde procedía. A medida que el grito se fue perdiendo, los murmullos coránicos cesaron. Se produjo un horrible silencio, parecido a la calma que precede a un holocausto.

Nadie se movió. Desde el lugar en que Erica y Richard estaban acurrucados alcanzaban a distinguir a varios grupos de estudiantes con sus maestros. También en ellos se reflejaba la confusión y un miedo creciente. ¿Qué estaba sucediendo?

Repentinamente se oyeron tiros, y el mortal sonido de balas rebotando sobre los mármoles del recinto. Tanto Erica y Richard como Stephanos y Evangelos se tiraron al piso, sin saber siquiera en qué dirección estaba el peligro.

–¡Khalifa! – volvió a exclamar Evangelos con voz ronca.

Enseguida resonaron otros gritos en el cuarto de oración, seguidos por una especie de vibración. De repente, Erica se dio cuenta que era el ruido producido por pies que corrían. Los grupos de estudiantes se habían puesto de pie y miraban hacia el norte. Repentinamente se dieron vuelta y comenzaron a correr. En un instante la muchacha se vio acosada por una multitud de gente presa del terror que escapaba a través de la selva de columnas. Hubo más tiros. La multitud se convirtió en una estampida.

Erica y Richard se pusieron de pie de un salto, ignorando a los dos griegos, y comenzaron a huir hacia el sur, corriendo de la mano alrededor de las columnas, intentando mantenerse delante de la horda aterrorizada que los seguía. Corrieron ciegamente hasta que llegaron al extremo del recinto. Los pasaron unos cuantos estudiantes, con los ojos dilatados de miedo, como si el edificio estuviese en llamas. Cuando éstos se zambulleron a través de una puerta baja y comenzaron a correr por un pasadizo de piedra, Erica y Richard los siguieron. El pasadizo terminaba en un mausoleo; más allá divisaron una salida al exterior, cuya pesada puerta de madera estaba abierta de par en par. Siempre corriendo, llegaron a la calle polvorienta en la que ya se apiñaba una

multitud excitada. Erica y Richard no se unieron a ella, sino que dejando de correr, continuaron caminando con paso rápido para alejarse de la zona.

–Este lugar es cosa de locos -dijo Richard, con un tono más de enojo que de alivio-. ¿Qué mierda estaba pasando allí adentro? – No esperaba una respuesta a su pregunta, y Erica no le contestó. Durante tres días consecutivos se había visto obligada a presenciar actos de violencia, y en cada ocasión, el ataque parecía estar más íntimamente ligado a ella. Ya no se podía hablar de coincidencias.

Richard la tomó de la mano, conduciéndola a través de las calles atestadas de gente… El muchacho quería poner la mayor distancia posible entre ellos y la mezquita Al Azhar.

–Richard… -dijo Erica finalmente, agarrándose el costado-.

Richard, caminemos más despacio, por favor.

Se detuvieron frente a la tienda de un sastre. La boca de Richard denotaba su enojo.

–¿Tenías idea de que este Stephanos estaría armado?

–Estaba un poco preocupada por tener que encontrarme con él, pero yo…

–Contesta lo que te pregunté, Erica. ¿Pensaste que el hombre estaría armado?

–Ni siquiera se me pasó por la cabeza. – No le gustaba el tono que Richard empleaba para hablarle.

–Obviamente debiste haberlo considerado. De todos modos, ¿quién es este Stephanos Markoulis?

–Es un comerciante de antigüedades de Atenas. Aparentemente está complicado en el mercado negro.

–¿Y cómo se combinó este encuentro, si es que puede llamarse encuentro a lo que hemos vivido?

–Un amigo mío me pidió que viera a Stephanos.

–¿Y quién es ese maravilloso amigo tuyo que te pone en manos de un gángster?

–Se llama Yvon de Margeau. Es francés.

–¿Y qué clase de amigo tuyo es?

Erica miró la cara de Richard que en ese momento estaba congestionada por la ira. Aún temblorosa por la experiencia vivida, no

supo cómo manejar el enojo de Richard.

–Lamento lo que. ocurrió -dijo, llena de sentimientos.encontrados por estar pidiendo disculpas.

–Bueno -dijo Richard furioso-. Ésta sería mi oportunidad de repetir lo que tú dijiste anoche cuando traté de disculparme por haberte asustado. Se supone que decir "perdón" soluciona todo, pero no es así.

Pudiste haber logrado que nos mataran a los dos. Creo que tu aventura ya ha llegado bastante lejos. Vamos a ir inmediatamente a la embajada norteamericana, y tú te vuelves a Boston conmigo, aunque tenga que arrastrarte por el pelo para obligarte a subir al avión.

–Richard… -dijo Erica, moviendo la cabeza.

Un taxi vacío se abría camino lentamente por la calle llena de gente.

Richard vio el automóvil por encima del hombro de Erica y lo llamó, mientras la multitud les abría paso a regañadientes. Subieron sin hablar y Richard ordenó al conductor que los llevara al hotel Hilton.

Erica sentía una mezcla de enojo y desesperanza. Si Richard hubiera decidido darle al conductor la dirección de la embajada de los Estados Unidos, se habría bajado del auto.

Después de viajar en silencio durante diez minutos, Richard finalmente habló. Parecía haberse tranquilizado un poco.

–Tú no estás preparada para afrontar este tipo de cosas. Tienes que reconocerlo.

–Con mis conocimientos sobre egiptología -replicó rápidamente Erica-, creo que estoy estupendamente preparada. – Atascado en medio del tránsito, el taxi pasó lentamente junto a una de las inmensas puertas medievales de El Cairo y Erica la estudió, primero a través de la ventanilla y luego a través del vidrio posterior del auto.

–La egiptología es el estudio de una civilización muerta -dijo Richard levantando una mano como para golpearse la rodilla-. No tiene nada que ver con lo que está sucediendo aquí.

Erica miró a Richard.

–Civilización muerta… no tiene nada que ver. – Las palabras de Richard confirmaban el concepto que él tenía respecto del trabajo de Erica. Pensaba que era despreciable y lo enfurecía.

–Tú has tenido un entrenamiento académico -continuó diciendo Richard-, y creo que lo menos que puedes hacer es aceptar la realidad.

Este asunto de capa y espada resulta infantil y peligroso. Es correr un riesgo ridículo por una estatua, cualquier estatua, por más valiosa que sea.

–No se trata de una estatua cualquiera -dijo Erica enojada-. Por otra parte el asunto es mucho más complicado de lo que tú estás dispuesto a comprender.

–No me parece que sea tan complicado. Desentierran una estatua que vale un montón de dinero. Cuando están en juego sumas así, se explica cualquier tipo de comportamiento. Pero es un problema que deben afrontar las autoridades, no los turistas.

Erica apretó los dientes, furiosa por haber sido clasificada como

"turista". Mientras el taxi comenzaba a moverse con mayor rapidez, intentó comprender por qué había permitido Yvon que ella se encontrara con Stephanos. Nada parecía tener sentido, y trató de decidir cuál sería su próximo paso. No tenía la menor intención de darse por vencida, dijera Richard lo que dijese. El eje del asunto parecía ser Abdul Hamdi. Entonces recordó al hijo de Hamdi y su anterior decisión de visitar su tienda de antigüedades de Luxor.

Richard se inclinó y dio unos golpecitos al hombro del conductor.

–¿Habla inglés?

–Un poquito -respondió el hombre, asintiendo con la cabeza.

–¿Sabe dónde queda la embajada de los Estados Unidos?

–Sí -dijo el conductor. Miró a Richard por el espejo retrovisor.

–No vamos a la embajada norteamericana -dijo Erica en voz muy alta y pronunciando cuidadosamente cada palabra para que el chofer la comprendiera.

–Me temo que sí -dijo Richard. Se dio vuelta para hablarle al conductor.

–Puedes insistir todo lo que quieras -dijo Erica con voz tranquila-, pero yo no voy a la embajada. Chofer, detenga el coche. – Se colocó en la punta del asiento, colgándose al hombro el bolsón de lona.

–No se detenga -ordenó Richard, tratando de empujar a Erica hacia atrás.

–¡Detenga el taxi! – gritó Erica.

El conductor así lo hizo, acercando el coche a la vereda. Antes de que el automóvil se hubiese detenido por completo, Erica ya había

abierto la portezuela y saltaba a la vereda.

Richard se precipitó tras ella sin pagar el viaje. El iracundo chofer los siguió lentamente, costeando la vereda, mientras Richard alcanzaba a Erica y la tomaba del brazo.

–¡Ya es tiempo de que dejes de comportarte como una adolescente!

– gritó el muchacho como si estuviese amenazando a una criatura traviesa-. ¡Vamos ya mismo a la embajada! Has perdido el juicio. Vas a acabar mal.

–Richard -dijo Erica, dándole unos golpecitos en el mentón con el dedo índice-, tú ve a la embajada si quieres. Yo voy a Luxor. Créeme, aunque quisieran, en la embajada no pueden hacer absolutamente nada respecto a este asunto. Yo estoy decidida a ir al Alto Egipto a realizar el trabajo que vine a hacer.

–Erica, si persistes en tu actitud, yo me voy. Regreso a Boston. Lo digo en serio. He hecho este largo viaje para estar aquí contigo y parece no importarte en absoluto. Simplemente no puedo creerlo.

Erica no contestó. Lo único que quería era que Richard se fuese.

–Y si me marcho, no sé lo que sucederá con nosotros.

–Richard -aclaró Erica con mucha calma-, yo voy al Alto Egipto.

Con el sol de la tarde acercándose al ocaso, el Nilo parecía una delgada cinta de plata. Repentinos reflejos brillaban en la superficie allí donde las ráfagas de viento agitaban el agua. Erica tuvo que protegerse los ojos para poder distinguir la forma intemporal de las pirámides. La esfinge parecía hecha de oro puro. La joven estaba parada en el balcón de su cuarto en el Hilton. Ya casi había llegado la hora de partir. La administración del hotel se mostró encantada ante su decisión de desocupar la habitación1 porque, como siempre, tenían exceso de demanda. Erica había preparado su equipaje, y su única valija estaba lista. La agencia de viajes del hotel le había reservado un pasaje en el coche cama del tren de las 19.30 que iba al sur.

La perspectiva del viaje consiguió atemperar el miedo que había sentido durante los últimos días y alivió las sensaciones encontradas que le provocaba la pelea con Richard. El Templo de Karnak, el Valle de los Reyes, Abu Simbel, Dendera; ésos habían sido los motivos de su viaje a Egipto. Iría al sur y vería al hijo de Abdul, pero se concentraría

principalmente en la visita de los fabulosos monumentos. Le alegraba que Richard hubiese decidido partir. Ella estaba decidida a no pensar en la relación de pareja hasta que regresara a los Estados Unidos. En ese momento ya se vería.

Revisando el cuarto de baño por si se había olvidado de algo, Erica encontró su crema de enjuague detrás de la cortina de la bañera. La guardó en la valija y se fijó en la hora. Estaba a punto de salir para la estación, cuando sonó el teléfono. Era Yvon.

–¿Viste a Stephanos? – preguntó alegremente.

–Sí, lo vi -dijo Erica, dejando que se produjera una incómoda pausa después de pronunciar esas palabras. Ella no lo había llamado porque la enfurecía que la hubiese expuesto a un peligro tan grande.

–Bueno, ¿y qué dijo? – preguntó Yvon.

–Muy poco. Más importante fue lo que hizo. Tenía un revólver.

Acabábamos de encontrarnos en la mezquita Al Azhar, cuando surgió un hombre enorme /calvo que parecía haber sido azotado. Le dijo a Stephanos que alguien llamado Khalifa estaba en la mezquita.

Entonces se desató el infierno. ¿Yvon, cómo fuiste capaz de pedirme que me encontrara con un hombre así?

–¡Dios mío! – exclamó Yvon-. Erica, quiero que te quedes en tu habitación hasta que yo te vuelva a llamar.

–Lo siento, Yvon, pero estaba a punto de salir. En realidad me voy de El Cairo.

–¡Te vas! Yo creí que oficialmente seguías detenida -dijo Yvon sorprendido.

–No se me permite salir del país -contestó Erica-. Llamé a la oficina de Ahmed Khazzan y les informé que viajaba a Luxor. No pusieron ningún inconveniente.

–Erica, quédate allí hasta que te vuelva a llamar. ¿Tu… novio va contigo?

–El regresa a los Estados Unidos. El encuentro con Stephanos lo afectó tanto como a mí. Gracias por llamarme, Yvon. No te pierdas. –

Muy deliberadamente, Erica cortó la comunicación. Estaba segura de que, en algún sentido, Yvon la había usado como señuelo. Y aunque creía en la cruzada del francés contra el mercado negro de

antigüedades, no le gustaba ser usada. El teléfono volvió a llamar, pero Erica lo ignoró.

Le tomó casi una hora llegar en taxi desde Hilton hasta la estación central de ferrocarril. Aunque Erica se había duchado cuidadosamente para el viaje, a los quince minutos de salir del hotel tenía la blusa empapada de transpiración, y la espalda se le pegaba al hirviente asiento vinílico del coche.

La estación ferroviaria estaba ubicada en una activa plaza situada detrás de una vieja estatua de Ramsés II, cuya apariencia intemporal contrastaba agudamente con la enloquecida conmoción de esa hora del día. Dentro de la estación había una multitud, compuesta por todo tipo de gente, desde hombres de negocios vestidos a la moda occidental, hasta campesinos cargados de canastos vacíos. Aunque Erica tuvo conciencia de que algunos la miraban fijamente, nadie intentó abordarla, y logró moverse con facilidad a través del gentío. Había una cola muy corta de gente frente a la ventanilla de los coches dormitorio, y no tuvo ningún problema en conseguir su boleto. Pensaba bajarse en un pequeño pueblo llamado Balianeh, para hacer allí un poco de turismo.

En un quiosco compró un "Herald Tribune" con fecha de dos días antes, una revista italiana de modas, y varios libros de consumo popular sobre el descubrimiento de la tumba de Tutankamón. Hasta llegó a comprar otro ejemplar del libro de Carter, aun cuando ya lo había leído muchas veces.

El tiempo pasó con rapidez y oyó que anunciaban su tren. Un mozo de cordel nubio, de maravillosa sonrisa, tomó su valija y la ubicó a los pies de su litera. El nubio le explicó que no era previsible que el vagón se llenara, de modo que no habría inconveniente en que ella utilizara los dos asientos para colocar sus pertenencias. Erica puso su bolsón en el piso y se reclinó en el asiento con el "Herald Tribune".

–Hola -dijo una voz agradable, sobresaltándola levemente. – ¡Yvon!

– dijo Erica, verdaderamente sorprendida.

–Hola, Erica. Por suerte te encontré. ¿Puedo sentarme?

Erica sacó su material de lectura del asiento.

–Pensé que seguramente viajarías al sur por tren. Para hacerlo en avión es necesario reservar el pasaje con anticipación.

Erica esbozó una semisonrisa. Aunque todavía estaba algo enojada, no pudo menos que sentirse adulada por el hecho de que Yvon la hubiese seguido, obviamente con bastante esfuerzo. Estaba despeinado, como si hubiese corrido.

–Erica, quiero disculparme por lo que sucedió cuando te encontraste con Stephanos.

–En realidad no pasó nada. Lo que me molestó fue pensar en lo que pudo suceder. Tú debiste presentir algo, puesto que me aconsejaste que me encontrara con él en un lugar público.

–Por supuesto que te lo aconsejé, pero lo único que me preocupaba era la reputación de Stephanos respecto a las mujeres. No quería que corrieses el riesgo de alguna insinuación desagradable.

El tren se sacudió levemente, e Yvon se puso de pie, mirando hacia un lado y otro del pasillo. Convencido de que todavía no arrancaba, volvió a sentarse.

–Todavía te debo una cena -dijo-. Ése fue el trato que hicimos. Por favor, quédate en El Cairo. Me he enterado de algunas cosas con respecto a los asesinos de Abdul Hamdi.

–¿Qué cosas? – preguntó Erica.

–Que no se trata de gente de El Cairo. Tengo algunas fotografías que me gustaría que vieras. A lo mejor puedes reconocer a alguno de ellos.

–¿Las trajiste?

–No, están en el hotel. No tuve tiempo de traerlas.

–Yvon, yo me voy a Luxor. Estoy completamente decidida.

–Erica, puedes ir a Luxor cuando se te dé la gana. Yo tengo un avión. Puedo llevarte mañana mismo.

Erica se miró las manos. A pesar de su enojo, a pesar de sus recelos, sentía que su resolución se debilitaba. Y al mismo tiempo, estaba cansada de que la protegieran, de que la cuidaran.

–Gracias por el ofrecimiento, pero creo que iré por tren. Te llamaré desde Luxor.

Sonó un silbato. Eran las 19.30.

–Erica… -dijo Yvon, pero el tren comenzó a moverse-. Está bien.

Llámame desde Luxor. A lo mejor te veré allí. – Corrió por el pasillo y saltó del tren que ya comenzaba a tomar velocidad.

–¡Mierda! – exclamó Yvon, mientras observaba al tren perdiéndose de vista. Pasó a la bulliciosa sala de espera. Cerca de la entrada se encontró con Khalifa-. ¿Por qué no está usted en el tren? – le preguntó en tono tajante.

–Me dijeron que siguiera a esa chica en El Cairo -contestó Khalifa con una sonrisa taimada-. No se me dijo nada respecto a tomar un tren hacia el sur.

–¡Dios! – exclamó Yvon, caminando hacia la puerta lateral-.

¡Sígame!

Raoul esperaba en el coche. En cuanto vio a Yvon, puso en marcha el motor. Yvon mantuvo abierta la puerta de atrás para que Khalifa ascendiera al auto y subió detrás de él.

–¿Qué sucedió en la mezquita? – preguntó Yvon cuando el auto arrancó.

–Hubo problemas -contestó Khalifa-. La chica se encontró con Stephanos, pero el griego tenía un compinche de guardia. A fin de protegerla, no tuve más remedio que interrumpir la reunión. No había otra elección. Era un lugar peligroso, casi tan peligroso como el serapeum. Pero para no chocar su sensibilidad no maté a nadie. Grité unas cuantas veces y tiré un par de tiros y conseguí vaciar completamente la mezquita. – Khalifa rió despectivamente.

–Gracias por tener en cuenta mi sensibilidad. Pero dígame,

¿Stephanos hizo algún movimiento contra Erica Barón, o la amenazó?

–No lo sé -dijo Khalifa.

–Pero eso es lo que se suponía que usted iba a averiguar-protestó Yvon.

–Se suponía que protegería a la muchacha, y además descubriría lo que pudiese -dijo Khalifa-. Dadas las circunstancias, concentré toda mi atención en protegerla.

Yvon dio vuelta la cabeza y observó a un ciclista que los pasaba balanceando una gran bandeja de pan sobre la cabeza, y que, en medio del tránsito, iba más rápido que el auto. Yvon se sintió frustrado. Las cosas no andaban bien, y ahora Erica Barón, su última esperanza de recuperar la estatua de Seti, se había ido de El Cairo. Miró a Khalifa.

–Espero que esté dispuesto a viajar, porque usted va a Luxor esta noche por avión.

–Lo que usted diga -respondió Khalifa-. Este trabajo se está poniendo interesante.

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