La esfinge
Dia 7
Luxor 8.15 horas
El sonido de una voz grabada procedente de una pequeña mezquita edificada contra el Templo de Luxor, sacó a Erica de un sueño desagradable. Soñaba que corría, escapando de un ser aterrorizante e invisible por un lugar que progresivamente dificultaba sus movimientos. Despertó enredada en la colcha y se dio cuenta de que debió haber estado revolviéndose en la cama.
Se levantó y abrió las ventanas para que entrara en la habitación el fresco de la mañana. Expuesta al vigoroso aire matinal, su pesadilla desapareció. De pie en la enorme bañera, se dio un rápido baño. Por alguna razón desconocida, esa mañana no había agua caliente, y cuando salió del baño estaba tiritando.
Después del desayuno, Erica abandonó el hotel para ir en busca de la tienda de antigüedades Curio. Llevaba el bolsón de lona con la linterna, la cámara fotográfica Polaroid y sus guías turísticas. Se sentía muy cómodamente vestida con los pantalones de algodón que había comprado en El Cairo para reemplazar los que se le habían roto en el serapeum.
Caminó por Shari Lukanda, observando los negocios que ya había visitado. Curio Antique no estaba entre ellos. Uno de los propietarios, al que reconoció, le informó que Curio Antique estaba ubicado en el Shari el Mantazah, cerca del hotel Savoy. Erica encontró la calle y el negocio con mucha facilidad. Al lado de Curio Antique había una tienda toscamente clausurada con tablones. Aunque no pudo leer el nombre completo del local, vio la palabra "Hamdi", y supo lo que tenía ante la vista.
Aferrando con fuerza su bolsón, entró en Curio Antique. Tenían allí una buena colección de antigüedades, aunque mirando las piezas con mayor detenimiento, descubrió que eran casi todas imitaciones.
En el negocio ya había una pareja de franceses que regateaba con entusiasmo el precio de una pequeña figura de bronce.
La pieza más interesante que Erica pudo distinguir era una figura
ushabti que representaba una momia con un rostro delicadamente pintado. El zócalo había desaparecido, de modo que la estatua se
hallaba reclinada contra la pared en el rincón de un estante. En cuanto la pareja de franceses se fue sin comprar la pieza de bronce, el propietario del negocio se acercó a Erica. Era un árabe de aspecto distinguido con el pelo canoso y prolijo bigote.
–Yo soy Lahib Zayed. ¿En qué puedo servirla? – dijo pasando con rapidez del francés al inglés. Erica se preguntó en qué se había basado para adivinar su nacionalidad.
–Me gustaría ver esa figura negra de Osiris.
–¡Ah sí! Es una de los mejores piezas. Procedente de las tumbas de los nobles. – Levantó la figura con mucho cuidado, sosteniéndola con la punta de los dedos.
Mientras el hombre le daba la espalda, Erica se mojó la punta de un dedo con la lengua. Cuando recibió la estatua estaba lista para comprobar su autenticidad.
–Trátela con mucho cuidado. Es una pieza delicada -dijo Zayed.
Erica asintió, y la refregó con el dedo. La yema se mantuvo limpia.
El pigmento era firme. Observó más detalladamente la talla y la forma en que habían sido pintados los ojos. Esa era una zona crítica.
Finalmente se convenció de que la estatua era antigua.
–Imperio Nuevo -dijo Zayed, sosteniéndola lejos de Erica para que ésta pudiera apreciarla a la distancia-. Sólo recibo una pieza como ésta una o dos veces por año.
–¿Cuánto cuesta?
–Cincuenta libras. Normalmente pediría mucho más, ¡pero usted es tan hermosa!
Erica sonrió.
–Le daré cuarenta -dijo, sabiendo perfectamente bien que no la obtendría por ese precio. También sabía que esa compra estaba un poco fuera de su alcance, pero pensó que era importante demostrar su seriedad. Por otra parte, la talla le gustaba. Aun si más adelante comprobaba que se trataba de una imitación muy bien realizada, seguía siendo decorativa. El regateo concluyó en cuarenta y una libras.
–En realidad estoy en Egipto en representación de un grupo importante -dijo Erica-, y me interesa adquirir alguna pieza muy especial. ¿Tiene algo para ofrecerme?
–Puedo tener algunas cosas que le agradarán. Quizá sea mejor que se las muestre en algún lugar más apropiado. ¿Le gustaría tomar un poco de té de menta?
Mientras pasaba a la habitación posterior de Curio Antique, Erica se sintió invadida por una oleada de ansiedad. Fue necesario que se esforzara para no pensar en Abdul Hamdi en el momento de ser degollado. Afortunadamente Curio Antique era completamente diferente a la tienda de Hamdi, y la puerta posterior del negocio se abría a un patio bañado por la luz del sol. No le daba la sensación de encierro que había tenido en Antica Abdul.
Zayed llamó a su hijo, un joven flaco de pelo negro, idéntico a su padre, y le dijo que ordenara el té de menta para su huésped.
Instalándose en su silla, Zayed hizo a Erica las preguntas de rigor: si le gustaba Luxor, si había estado en Karnak, ¿qué pensaba del Valle de los Reyes? Le explicó que admiraba mucho a los norteamericanos.
Le dijo que le parecían gente muy amistosa.
Erica se dijo para sus adentros, "… ¡y tan crédulos!".
Oportunamente llegó el té, y entonces Zayed exhibió algunas piezas interesantes incluyendo varios pequeños figurines de bronce, una estropeada pero identificable cabeza de Amenhotep III, y una serie de tallas de madera. La talla más hermosa era la de una mujer joven con jeroglíficos en la parte delantera de la falda y una cara tranquila que desafiaba el tiempo. El precio de esa pieza era de cuatrocientas libras.
Después de examinar cuidadosamente el objeto, Erica tuvo la certeza de que era auténtica.
–Me interesa esa talla de madera, y posiblemente también la cabeza de piedra -dijo con un tono comercial.
Zayed se restregó las manos, muy excitado.
–Voy a comunicarme con la gente a quien represento -dijo Erica-.
Pero sé que hay algo que a ellos les interesa que adquiera inmediatamente si lo llego a encontrar.
–¿De qué se trata? – preguntó Zayed.
–Hace un año, un hombre de Houston compró una estatua de tamaño natural de Seti I. Mis clientes se han enterado que ha sido hallada una estatua similar.
–Yo no tengo nada parecido a eso -dijo Zayed con voz tranquila.
–Bueno, si llega a enterarse de algo me alojo en el hotel Winter Palace. – Erica escribió su nombre en un pequeño trozo de papel, y se lo entregó.
–¿Y qué hará con respecto a estas piezas?
–Como le dije, me pondré en contacto con mis clientes. Me gusta mucho la talla de madera, pero debo consultar con ellos. – Erica tomó la pieza que había comprado, ya envuelta en una hoja de papel de diario árabe, y regresó a la parte delantera del negocio. Estaba segura de haber representado muy bien su papel. Mientras salía advirtió que el hijo de Zayed regateaba con un hombre. Era el árabe que había estado siguiéndola. Erica ni se detuvo, ni miró en esa dirección, pero un escalofrío le recorrió la espalda.
En cuanto su hijo terminó de hablar con el cliente, Lahib Zayed cerró la puerta del negocio y le echó llave.
–Ven al patio trasero -ordenó-. Ésa es la mujer sobre la que nos advirtió Stephanos Markoulis el otro día cuando estuvo por aquí -dijo una vez que estuvieron fuera del alcance de oídos indiscretos. Hasta había cerrado la vieja puerta de madera que conducía al patio-. Quiero que vayas a la oficina central de correos, que llames a Markoulis, y que le digas que la mujer norteamericana vino al negocio y específicamente preguntó por la estatua de Seti. Yo iré a lo de Muhammad y le diré que advierta a los demás.
–¿Qué harán con la mujer? – preguntó Fathi.
–Me parece que eso es bastante obvio. Me recuerda lo que le sucedió a ese joven de Yale hace como dos años.
–¿Le harán lo mismo?
–Sin duda -contestó el padre.
Erica estaba atónita ante el caos reinante en el edificio administrativo de Luxor. Algunos habían esperado tanto tiempo que estaban dormidos sobre el piso. En el rincón de un vestíbulo divisó a una familia completa que acampaba allí como si hubieran permanecido en ese lugar durante días enteros. Detrás de los mostradores, los empleados ignoraban a la multitud y conversaban entre ellos con toda tranquilidad. Cada uno de los escritorios estaba repleto de expedientes que permanecían a la espera de alguna firma imposible. Era espantoso.
Cuando Erica finalmente pudo encontrar a alguien que hablara inglés, se enteró de que Luxor no era siquiera cabeza de partido. El Muhafazah de la zona estaba en Aswan, y todos los datos del censo habían sido archivados allí. Erica explicó a la mujer que la atendía, que deseaba seguir el rastro de un hombre que hacía cincuenta años vivía en la ribera oeste. La mujer miró a Erica como si se tratara de una loca, y le dijo que eso era completamente imposible, aunque podía pedir informes en la policía. Siempre existía la posibilidad de que la persona que ella buscaba hubiese tenido problemas con las autoridades.
Fue más fácil tratar con la policía que con los empleados civiles. Por lo menos ellos eran atentos y amistosos. En realidad, la mayor parte de los oficiales uniformados que se hallaban en la habitación principal ya estaban mirándola cuando Erica llegó al mostrador. Como todos los letreros indicadores estaban escritos en árabe, la joven se ubicó frente al mostrador en el único lugar desocupado. Un hombre joven y buen mozo de uniforme blanco se levantó de un escritorio para acercarse a atenderla. Desgraciadamente, no hablaba inglés. Pero encontró a un policía turístico que sí lo hacía.
–¿En qué puedo servirla? – preguntó el policía con una amplia sonrisa.
–Estoy tratando de averiguar si uno de los capataces de Howard Cárter, llamado Sarwat Raman todavía vive. Se domiciliaba en la ribera oeste.
–¿Qué? – exclamó el policía con absoluta incredulidad. Se rió-. Me han hecho preguntas muy extrañas en la vida, pero ésta es sin duda una de las más interesantes. ¿Usted se refiere al Howard Carter que descubrió la tumba de Tutankamón?
–Así es -contestó Erica.
–¡Pero eso fue hace más de cincuenta años!
–Ya lo sé -dijo Erica-. Quiero saber si ese hombre todavía vive.
–Señora -dijo el policía-, nadie sabe cuánta gente vive en la ribera oeste, y mucho menos cómo encontrar a un familia determinada. Pero le diré qué haría yo si estuviese en su lugar. Vaya a la ribera oeste y visite la pequeña mezquita del pueblo de Qurna. El imán es un hombre anciano y habla inglés. Quizás él pueda ayudarla, pero lo dudo. El
gobierno ha intentado reubicar el pueblo de Qurna y conseguir que esa gente deje de vivir sobre las antiguas tumbas. Pero ha sido una lucha, y se ha creado bastante antagonismo. Los habitantes de Qurna no son amigables. De manera que tenga cuidado.
Lahib Zayed miró a ambos lados para asegurarse de que nadie lo veía, antes de internarse en el blanco callejón. Luego se escurrió dentro con rapidez y comenzó a golpear una gruesa puerta de madera. Le constaba que Muhammad Abdulal estaba en su casa. Era mediodía y Muhammad siempre dormía la siesta. Lahib golpeó nuevamente. Tenía miedo de que algún desconocido lo viese antes de haber conseguido entrar en la casa.
Se abrió una pequeña mirilla y fue observado por un ojo adormilado y enrojecido. Entonces corrieron la tranca y la puerta se abrió Lahib cruzó el umbral y la puerta fue cerrada de un portazo tras él.
Muhammad Abdulal tenía puesta una túnica arrugada. Era un hombre alto, de facciones pesadas y gordas. Las ventanas de su nariz eran anchas y grandes.
–Le dije que jamás viniera a esta casa. Es mejor para usted que haya tenido una buena razón para correr este riesgo.
Antes de hablar, Lahib saludó a Muhammad con toda formalidad.
–No hubiera venido si no pensara que es importante. Erica Barón, la mujer norteamericana, entró esta mañana a Curio Antique diciendo que representaba a un grupo de compradores. Es una mujer muy inteligente. Conoce las antigüedades y hasta compró una pequeña talla.
Y después preguntó concretamente por la estatua de Seti I.
–¿Estaba sola? – preguntó Muhammad, ya más alerta que enojado.
–Creo que sí -dijo Lahib.
–¿Y preguntó específicamente por la estatua de Seti?
–Así es.
–Bueno, en vista de eso, no tenemos elección posible. Yo me encargo de hacer todos los arreglos. Usted infórmele que puede ver la estatua mañana por la noche, con la condición de que esté sola y que no la siga nadie. Dígale que vaya a la mezquita de Qurna al caer la noche.
Debimos habernos librado de ella antes, tal como yo quería.
Lahib esperó para estar seguro de que Muhammad hubiera terminado de hablar, antes de continuar.
–También he enviado a Fathi para que se comunique con Stephanos Markoulis y le dé la noticia.
La mano de Muhammad saltó como una víbora, golpeando la cabeza de Lahib.
– ¡Karrah! ¿Por qué asumió la responsabilidad de informar a Stephanos?
Lahib se protegió, esperando recibir otro golpe.
–Él me pidió que le informara si la mujer aparecía. Está tan preocupado como nosotros.
–¡Usted no recibe órdenes de Stephanos! – gritó Muhammad-.
Usted recibe órdenes mías. Eso debe quedar bien claro. Y ahora salga de aquí y lleve ese mensaje. Debemos encargarnos de esa norteamericana.
Necrópolis de Luxor Pueblo de Qurna 14.15 horas
El policía tenía razón. Qurna no era un lugar amistoso. Mientras Erica trepaba trabajosamente la colina que separaba el pueblo del camino asfaltado, no tuvo la sensación de bienvenida que había sido evidente en otros pueblos. Vio poca gente, y aquellos a quienes cruzaba la miraban de un modo penetrante para volver a hundirse inmediatamente en las sombras. Hasta los perros eran gruñones y sarnosos.
Erica había comenzado a sentirse incómoda en el taxi cuando el chofer se negó a ir a Qurna en lugar del Valle de los Reyes u otro punto más distante. El hombre la había depositado en la base de la colina de tierra y arena, diciendo que con su coche le era imposible subir hasta el pueblo mismo.
Hacía un calor espantoso, bastante más de cuarenta grados, y no había sombra de ninguna especie. El sol egipcio abrasaba las rocas y se reflejaba en la tierra color arena. Ni una brizna de pasto, ni un yuyo, sobrevivían al ataque furibundo del calor. Y sin embargo la gente de Qurna se negaba a partir. Querían vivir en la misma forma en que lo habían hecho sus abuelos, sus bisabuelos y sus antepasados a través de los siglos. Erica pensó que si Dante hubiese conocido Qurna lo hubiera incluido entre los círculos del infierno.
Las casas eran de adobe, y algunas conservaban su color natural, mientras que otras habían sido blanqueadas. Mientras Erica trepaba la colina pudo ver ocasionalmente algunas aberturas practicadas en salientes de roca entre las casas. Eran las entradas de las antiguas tumbas. Algunas casas tenían patios y en ellos se levantaban unas curiosas estructuras: unas plataformas de alrededor de un metro ochenta de largo, y un metro veinte de alto, sostenidas por angostas columnas. Estaban hechas de un adobe parecido al de los ladrillos.
Erica no tenía la menor idea de la utilidad que podían prestar.
La mezquita era un edificio caleado, de una sola planta, con un grueso minarete. Erica lo había visto la primera vez que pasó junto a Qurna. Igual que el resto del pueblo estaba hecha de adobe, y la joven se preguntó si una buena lluvia no barrería el lugar como si fuese un castillo de arena. Entró en la mezquita a través de una puerta de madera baja, y se encontró en un pequeño patio frente a un angosto pórtico sostenido por tres columnas. A la derecha vio una sencilla puerta de madera.
Sin saber si correspondía que entrara, Erica permaneció en el umbral de la mezquita hasta que sus ojos se acostumbraron a la relativa oscuridad. Las paredes interiores habían sido blanqueadas y luego se había pintado sobre ellas una serie de complicados dibujos geométricos. El piso estaba profusamente cubierto de alfombras orientales. Arrodillado frente a una alcoba orientada hacia La Meca, se hallaba un viejo barbudo de negras y abundantes vestiduras. Mientras cantaba, mantenía las manos abiertas junto a sus mejillas.
Aunque el viejo no se dio vuelta, debió presentir a Erica, porque muy pronto se inclinó, besó la página del libro abierto frente a él, y se puso de pie para dirigirse a la muchacha.
Erica no tenía la menor idea sobre la forma correcta de dirigirse a un hombre sagrado del Islam, de manera que decidió improvisar.
Cuando habló, inclinó levemente la cabeza.
–Quiero hacerle algunas preguntas acerca de un hombre, un hombre viejo.
El imán estudió a Erica con sus oscuros ojos hundidos y luego le hizo señas de que lo siguiera. Cruzaron el patio y entraron por la puerta de madera que Erica había visto. Conducía a una habitación
pequeña y austera con un jergón en un extremo y una mesa chica en el otro. El anciano indicó a Erica que tomara asiento y él también lo hizo.
–¿Por qué desea localizar a alguien en Qurna? – preguntó el imán-.
Aquí sospechamos de todos los extranjeros.
–Soy egiptóloga y quiero averiguar si uno de los capataces de Howard Cárter vive aún. Se llamaba Sarwat Raman. Vivía en Qurna.
–Sí, lo sé -contestó el imán.
Erica sintió un atisbo de esperanza, hasta que el imán continuó hablando.
–Murió hace alrededor de veinte años. Era uno de los fieles. Las alfombras de esta mezquita son fruto de su generosidad.
–Ya veo -dijo Erica, obviamente desilusionada. Se puso de pie-.
Bueno, de todos modos era una posibilidad. Gracias por su ayuda.
–Fue un buen hombre -afirmó el imán.
Erica asintió y salió al sol enceguecedor, preguntándose cómo conseguiría un taxi que la llevara de vuelta al embarcadero. Cuando estaba a punto de salir del patio, el imán la llamó.
Erica se dio vuelta. El anciano estaba parado junto a la puerta de su habitación.
–La viuda de Raman todavía vive. ¿Le gustaría hablar con ella?
–¿Cree que ella estaría dispuesta a hablar conmigo? – preguntó Erica.
–Estoy seguro que sí -respondió el imán-. Trabajó como ama de llaves de Cárter, y habla mejor inglés que yo.
Mientras Erica seguía al imán hasta la parte más alta de la colina, se preguntó cómo era posible soportar vestiduras tan pesadas con el calor reinante. Aun con su ropa liviana ella tenía la espalda empapada de transpiración. El imán la condujo hasta una casa blanqueada ubicada un poco más arriba que las demás, en la parte sudoeste del pueblo. Inmediatamente detrás de la casa se alzaban dramáticamente los riscos. A la derecha de la casa Erica alcanzó a ver el comienzo de un sendero que adivinó conduciría al Valle de los Reyes.
La blanca fachada de la casa estaba cubierta de dibujos desteñidos e infantiles que representaban coches de ferrocarril, barcos y camellos.
–Raman dejó constancia de su viaje a La Meca -explicó el imán, llamando a la puerta.
En el patio junto a la casa había una de esas extrañas plataformas que a Erica le habían intrigado. Preguntó al imán para qué servían.
–Durante los meses del verano la gente a veces duerme a la intemperie. En esos casos usan esas plataformas para evitar el peligro de los escorpiones y las cobras.
Erica sintió que se le erizaba la piel de la espalda.
Una mujer muy anciana abrió la puerta. Al reconocer al imán, sonrió. Hablaron en árabe. Cuando la conversación concluyó, la mujer volvió hacia Erica su grueso rostro de pesadas facciones.
–Bienvenida -dijo con fuerte acento inglés, mientras abría la puerta de par en par para que la joven entrara. El imán se excusó y partió.
Al igual que la pequeña mezquita, la casa era sorprendentemente fresca. A pesar de lo tosco de su aspecto exterior, por dentro era encantadora. Tenía piso de madera, cubierto por una alfombra oriental de brillantes colores. Los muebles eran sencillos pero bien hechos, y las paredes estaban revocadas y pintadas. Numerosas fotografías enmarcadas adornaban tres paredes, mientras que de la cuarta colgaba una pala de largo mango, cuya hoja tenía inscripciones.
La anciana se presentó como Aida Raman. Le comunicó orgullosamente que el siguiente mes de abril cumpliría ochenta años.
Con verdadera hospitalidad árabe le ofreció una bebida fresca hecha de frutas, explicando que había sido preparada con agua hervida, de manera que Erica no debía preocuparse por su salud al bebería.
A Erica le gustó la mujer. Tenía cara redonda y el pelo ralo peinado hacia atrás, y un vestido alegre y suelto de algodón estampado con dibujos de plumas de brillantes colores. En la muñeca izquierda usaba una pulsera de plástico color naranja. Sonreía con frecuencia, y al hacerlo revelaba sus dos únicos dientes, ambos ubicados en el maxilar inferior.
Erica le explicó que era egiptóloga, y Aida evidentemente se alegró de tener oportunidad de hablar de Howard Carter. Le contó que ella había adorado a Carter, aun cuando éste era algo extraño y muy solitario. Recordó cuánto quería Howard Carter a su canario, y la pena que había tenido cuando fue devorado por una cobra.
Erica bebió su refresco, completamente fascinada por las narraciones de la anciana. Y resultaba evidente que Aida disfrutaba
tanto como ella de ese encuentro.
–¿Recuerda el día en que fue abierta la tumba de Tutankamón? –
quiso saber Erica.
–¡Oh, sí! – exclamó Aida-. Ése fue el día más maravilloso. Mi marido se convirtió en un hombre feliz. Muy poco después, Cárter aceptó ayudar a Sarwat para que obtuviera la concesión del puesto de refrescos del Valle. Mi marido adivinó que llegarían millones de turistas para ver la tumba que Howard Cárter había descubierto. Y
tuvo razón. Después de eso continuó ayudando con la tumba, pero dedicó sus mayores esfuerzos a edificar la casa de descanso. En realidad, la construyó prácticamente él solo, aunque fue necesario que trabajara en ella de noche…
Erica dejó que Aida divagara un rato, luego formuló la pregunta siguiente.
–¿Usted recuerda todo lo que sucedió el día que la tumba fue abierta?
–¡Por supuesto! – dijo Aida, un poco sorprendida por la interrupción.
–¿Habló su marido alguna vez de un papiro?
Ante la pregunta, los ojos de la anciana se nublaron instantáneamente. Movió la boca, sin que de ella surgiera sonido alguno. Erica sintió una oleada de excitación. Contuvo el aliento, observando la extraña actitud de la vieja.
–¿Usted trabaja para el gobierno? – preguntó la anciana finalmente.
–No -contestó Erica.
–¿Y por qué me hace esa pregunta? Todo el mundo sabe lo que se encontró. Existen libros al respecto.
Depositando el vaso sobre la mesa, Erica le explicó la curiosa discrepancia que existía entre la carta que Carnarvon había escrito a Sir Wallis Budge y el hecho de que en las notas de Carter no existiera la mención de ningún papiro. Ella no tenía ninguna relación con el gobierno, agregó para tranquilizar a la anciana. Su interés era puramente académico.
–No -dijo Aida después de una pausa incómoda-. No había ningún papiro. Mi marido hubiera sido incapaz de robar un papiro de la
tumba.
–Aida -dijo suavemente Erica-, yo nunca dije que su marido se hubiera apropiado de un papiro.
–Sí lo dijo. Dijo que mi marido…
–No. Simplemente pregunté si alguna vez él dijo algo sobre un papiro. No lo estoy acusando.
–Mi marido era un hombre bueno. Tenía una buena reputación.
–Por supuesto. Carter era un individuo exigente. Su marido necesariamente debió ser el mejor. Nadie está poniendo en duda la reputación de su marido.
Se produjo otro largo silencio. Finalmente Aida se dio vuelta para mirar a Erica.
–Mi marido ha muerto hace más de veinte años. Me dijo que nunca mencionara el papiro. Y no lo he hecho, ni siquiera después de su muerte. Pero tampoco nadie me lo ha mencionado a mí. Por eso me impresionó tanto lo que usted dijo. En cierto modo es un alivio hablar con alguien. ¿No se lo dirá a las autoridades?
–No, no lo haré -prometió Erica-. Eso depende de usted. ¿De manera que había un papiro y su marido lo tomó de la tumba?
–Sí -dijo Aida-. Hace muchísimos años.
En ese momento Erica se imaginó lo sucedido. Raman había sacado el papiro y sin duda luego lo habría vendido. Iba a ser difícil encontrarlo.
–¿Cómo consiguió su marido sacar el papiro de la tumba?
–Me dijo que lo había tomado ese primer día, en cuanto lo vio en la tumba. ¡Todo el mundo estaba tan excitado por los tesoros! Pensó que contenía una maldición, y temió que si alguien se enteraba, detendrían la. excavación. Lord Carnarvon estaba muy interesado en las ciencias ocultas.
Erica trató de imaginar los acontecimientos de ese día agitado. En su apuro por constatar la integridad de la pared que conducía a la cámara funeraria, Carter no debió ver el papiro y los demás estarían demasiado deslumbrados por el esplendor de los objetos que los rodeaban, para darse cuenta de su existencia.
–¿Y el papiro contenía una maldición?
–No. Mi marido dijo que no. Jamás se lo mostró a ninguno de los egiptólogos. En vez, fue copiando pequeñas secciones y pidió a los expertos que se las tradujeran. Finalmente las juntó todas. Pero afirmó que no era una maldición.
–¿Y le dijo de qué se trataba? – preguntó Erica.
–No. Lo único que dijo fue que había sido escrito en la época de los faraones por un hombre inteligente que quiso dejar constancia de que Tutankamón había ayudado a Seti I.
El corazón de Erica latió apresuradamente. El papiro asociaba a Tutankamón con Seti I, igual que la inscripción de la estatua.
–¿Tiene idea de lo que sucedió con el papiro? ¿Su marido lo vendió?
–No. No lo vendió -dijo Aida-. Lo tengo yo.
Erica se puso pálida de emoción. Y mientras permanecía como paralizada, Aida se fue hasta la pala que colgaba de la pared.
–Howard Cárter le regaló esta pala a mi marido -dijo Aida. Tironeó el mango de madera hasta separarlo de la hoja grabada. En la punta del mango había un hueco-. Este papiro no ha sido tocado durante cincuenta años -continuó diciendo Aida mientras luchaba por extraer el documento que comenzaba a desmenuzarse. Lo extendió sobre la mesa, usando ambos extremos de la pala como pisapapeles.
Erica se puso de pie lentamente, y dejó que sus ojos se regodearan en el texto del jeroglífico. Se trataba de un documento oficial con los sellos del Estado. Distinguió inmediatamente los sellos de Seti I y de Tutankamón.
–¿Me permite fotografiarlo? – preguntó Erica que casi ni se animaba a respirar.
–Con tal de que con eso no se eche una sombra sobre el nombre de mi marido -contestó Aida.
–Se lo puedo prometer -aseguró Erica, atareada con su cámara fotográfica-. No haré nada sin su permiso. – Tomó varias fotografías y se aseguró de que fueran suficientemente nítidas como para permitirle trabajar.– Gracias -dijo cuando terminó-. Y ahora pongamos el papiro nuevamente en su lugar, pero por favor, trátelo con cuidado. Puede ser valiosísimo y hasta podría hacer famoso el nombre de Raman.
–Más que eso me preocupa la reputación de mi marido -dijo Aida-.
Por otra parte, el nombre de Raman muere conmigo. Tuvimos dos
hijos, pero ambos murieron en las guerras.
–¿Su marido no tenía ningún otro objeto procedente de la tumba de Tutankamón? – preguntó Erica.
–¡Oh no! – exclamó Aida.
–Muy bien. Traduciré el papiro y después le contaré lo que dice para que decida lo que quiere hacer con él. No les diré nada a las autoridades. Eso lo tendrá que decidir usted misma. Pero, por ahora, no se lo muestre a nadie. – Erica ya se había puesto posesiva con su descubrimiento.
Al salir de la casa de Aida Raman, comenzó a debatirse respecto a la mejor forma de regresar al hotel. El solo pensamiento de caminar seis kilómetros hasta el embarcadero del ferry la deprimía, y decidió arriesgarse a tomar el sendero que corría detrás de la casa de Aida Raman y caminar hasta el Valle de los Reyes. Allí, sin duda conseguiría un taxi.
Aunque trepar el risco fuese cansador el panorama era espectacular. Qurna había quedado directamente debajo de ella. Justo detrás del pueblo, anidada en la montaña, se encontraban las ruinas majestuosas del Templo de la Reina Hatshepsut. Erica continuó trepando hasta llegar a la cima y desde allí miró hacia abajo. Delante de sus ojos se extendía el verde valle, con el Nilo serpenteando en el centro. Protegiéndose los ojos del sol, dirigió la mirada hacia el oeste.
Delante de ella estaba el Valle de los Reyes. Desde el sitio privilegiado en que estaba, la joven alcanzaba a ver, más allá del valle, los picos color rojo óxido de las montañas tebanas en el lugar en que éstas se confundían con el grandioso Sahara. Erica tuvo una sensación de abrumadora soledad.
Descender al valle fue relativamente fácil, aunque en la parte más inclinada del sendero tuvo que cuidarse de las piedras sueltas. El caminito convergía con otro más ancho procedente de la ahora ruinosa Villa de la Verdad, en la que Erica sabía habían vivido los antiguos obreros de la Necrópolis. Cuando finalmente llegó al valle tenía mucho calor y estaba tremendamente sedienta. A pesar de sus deseos de regresar al hotel y comenzar a trabajar cuanto antes en la traducción del papiro, caminó hacia el atestado quiosco de refrescos. Y mientras
subía los escalones que conducían al edificio, no pudo dejar de pensar en Sarwat Raman.
Realmente era una historia sorprendente. El árabe había robado un papiro porque temía que contuviese una antigua maldición. ¡Y le preocupaba la posibilidad de que esa maldición detuviera los trabajos de excavación!
Compró una Pepsi-Cola y encontró una silla vacía en la terraza.
Observó la estructura de la casa de descanso. Había sido construida con piedras del lugar. Erica se maravilló de que Raman mismo la hubiese edificado. Deseó haber conocido a ese hombre. Sobre todo había una pregunta que le hubiese gustado hacerle. ¿Por qué no buscó la forma de devolver el papiro, una vez que se enteró de que no contenía una maldición? Obviamente el hombre no había deseado venderlo. La única explicación que a Erica se le ocurrió, fue que hubiese tenido miedo de afrontar las consecuencias de su acción. Bebió un largo trago de Pepsi y sacó una de las fotografías del papiro. A primera vista se dio cuenta de que debía leerse en la forma habitual: de la parte inferior derecha hacia arriba. En el principio del texto tropezó con un nombre propio, y casi no pudo creer lo que veían sus ojos.
Lentamente, pronunció el nombre para sí misma: Nenephta… ¡Mi Dios!
Al ver un grupo de turistas que subía a un ómnibus, Erica pensó que a lo mejor conseguía que la llevaran hasta el embarcadero. Volvió a guardar las fotografías en el bolsón de lona, y rápidamente buscó el baño de damas. Un mozo le informó que los cuartos de descanso estaban justo debajo del quiosco de refrescos, pero después de encontrar la entrada, el olor ácido de la orina la desanimó. Decidió que podía esperar hasta llegar al hotel. Corrió hacia el ómnibus y llegó justo en el momento en que subían los últimos pasajeros.
Luxor 18.15 horas
Asomada al balcón, Erica estiró los brazos sobre la cabeza y suspiró aliviada. Había terminado de traducir el papiro. No había resultado difícil, aunque no estaba segura de comprender el significado de lo que decía.
Observó el Nilo y un enorme barco de pasajeros que pasaba.
Después de haber estado inmersa en la antigüedad del papiro, el
moderno trasatlántico parecía fuera de lugar. Resultaba tan incongruente como el aterrizaje de un plato volador sobre el Ayuntamiento de Boston.
Regresó a la mesa de vidrio sobre la que había estado trabajando, tomó la traducción y la leyó nuevamente:
Yo, Nenephta, jefe de arquitectos del Dios Viviente (que viva eternamente), Faraón, Rey de nuestras dos tierras, el gran Seti I, reverentemente me disculpo por haber perturbado el eterno descanso del rey niño Tutankamón que yace entre estas humildes paredes y con estas escasas provisiones por toda la eternidad. El inenarrable sacrilegio cometido por el picapedrero Emeni, quien intentó saquear la tumba del faraón Tutankamón y a quien hemos empalado debidamente y cuyos despojos hemos diseminado en el desierto del oeste para que queden a merced de los chacales, ha servido para un noble fin. El picapedrero Emeni ha abierto mis ojos haciéndome comprender la modalidad de los codiciosos y los injustos. Por lo que yo, Jefe de Arquitectos, conozco ahora la forma de asegurar la eterna seguridad del Dios Viviente (que viva eternamente), Faraón, Rey de nuestras dos tierras, el gran Seti I. Imhotep, arquitecto del Dios Viviente Zoser y constructor de la Pirámide Step, y Neferhotep, arquitecto del Dios Viviente Khufu y constructor de la Gran Pirámide, utilizaron esa forma en sus monumentos, pero sin comprensión plena. Por lo tanto, el eterno descanso del Dios Viviente Zoser y del Dios Viviente Khufu fue interrumpido y destruido durante el primer período oscuro. Pero yo, Nenephta, Arquitecto Jefe, comprendo plenamente la forma y también la codicia del ladrón de tumbas. Y así se hará, y la tumba del niño rey, faraón Tutankamón, es sellada nuevamente en este día.
Año 10 del Hijo de Re, Faraón Seti I, segundo mes de Germinación, día 12.
Erica colocó la hoja sobre la mesa. La palabra que le había provocado más problemas fue "forma". Los signos jeroglíficos sugerían
"método" o "sistema" y aún "treta"; sin embargo la palabra "forma"
era la que sintácticamente tenía más sentido. Pero su significado se le escapaba.
El hecho de haber sido capaz de traducir el papiro hizo que Erica se sintiera muy satisfecha. También hizo que palpara la vida del antiguo
Egipto como algo completamente vivo, y la joven sonrió ante la arrogancia de Nenephta. A pesar de la aparente comprensión del arquitecto con respecto a la codicia de los ladrones de tumbas y a la
"forma", la magnífica tumba de Seti había sido violada menos de cien años después de haber sido sellada, mientras que la humilde tumba de Tutankamón permaneció sin ser molestada durante tres mil años más.
Tomando nuevamente la traducción, Erica volvió a leer la parte referente a Zoser y Khufu. Repentinamente se arrepintió de no haber visitado la Gran Pirámide. En su momento se había sentido muy bien al no precipitarse a las pirámides de Gizeh igual que todo el resto de los turistas. Pero ahora deseó haberlo hecho. ¿Cómo pudo Neferhotep haber usado la forma en la construcción de la Gran Pirámide, pero sin plena comprensión? Erica miró fijamente las montañas distantes.
Además de todos los significados misteriosos que se atribuían a la forma y al tamaño de la Gran Pirámide, ella acababa de descubrir otro, más antiguo aún. Ya en el tiempo de Nenephta, la Gran Pirámide era una estructura antigua. En realidad, pensó Erica, era probable que Nenephta no supiese mucho más sobre la Gran Pirámide de lo que sabía ella misma. Decidió visitarla. A lo mejor, simplemente por el hecho de estar parada a la sombra de ese monumento, o caminando por sus entrañas, le sería posible comprender lo que Nenephta quiso decir con la palabra "forma"
Miró la hora. Podía alcanzar con toda facilidad el tren nocturno de las 19.30 a El Cairo. Presa de afiebrada excitación, empacó su bolsón de lona con la Polaroid, la guía Baedeker, la linterna, un par de vaqueros y algo de ropa interior. Luego se dio un baño rápido.
Antes de abandonar el hotel llamó a Ahmed para decirle que regresaba a El Cairo por un día a dos porque la había asaltado el deseo irresistible de ver la Gran Pirámide de Khufu.
Ahmed comenzó a sospechar inmediatamente.
–Hay tanto que ver aquí en Luxor. ¿No puede esperar la Gran pirámide?
–No. Repentinamente siento una necesidad terrible de verla.
–¿Y también vas a ver a Yvon de Margeau?
–A lo mejor -contestó evasivamente Erica. Se preguntó si sería posible que Ahmed estuviese celoso-. ¿Quieres que le diga algo de tu
parte? – Sabía que lo estaba azuzando.
–No, por supuesto que no. Ni siquiera me menciones. Llámame en cuanto regreses. – Ahmed cortó la comunicación antes de que ella pudiese despedirse.
En el preciso momento en que Erica subía al tren con destino a El Cairo, Lahib Zayed entraba en el Hotel Winter Palace. Era portador de un mensaje confidencial para Erica, en el que se decía que le mostrarían la estatua de Seti I la noche siguiente, siempre que siguiera ciertas instrucciones. Pero Erica no estaba en su cuarto, y Zayed decidió volver más tarde, temeroso de la reacción de Muhammad si no conseguía entregar ese mensaje.
Cuando el tren partió de la estación, Khalifa se dirigió al correo central para telegrafiar a Yvon de Margeau, comunicándole que Erica Barón estaba en camino a El Cairo. Agregó que la joven actuaba en forma muy extraña y que él esperaría instrucciones en el Hotel Savoy.
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