La esfinge

Robin Cook · Capítulo 11 de 12 · parte 1/3

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La esfinge

Dia 8

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

El Cairo 7.30 horas

El horario de visita a las pirámides de Gizeh comenzaba a las ocho de la mañana. Puesto que había llegado con treinta minutos de anticipación, Erica entró al Hotel Mena House para desayunar por segunda vez. Una camarera de pelo negro la condujo a una mesa en la terraza. Erica pidió café y melón. Había pocas personas desayunando y la pileta de natación estaba desierta. Justo frente a ella, por encima de una hilera de palmeras y de eucaliptos, se erguía la Gran Pirámide de Khufu. Su forma triangular se encumbraba contra el cielo de la mañana con elemental simplicidad.

Erica había oído hablar tanto sobre la Gran Pirámide desde que era niña, que estaba preparada para sufrir una desilusión cuando finalmente se enfrentara con el monumento. Pero no fue así. Ya se sentía conmovida y llena de temor reverente por su aspecto majestuoso y su simetría. Aunque eso contribuía, no era tanto el tamaño de la pirámide, como el hecho de que esa estructura representaba un intento del hombre de dejar una huella en el rostro implacable del tiempo.

Sacando la Baedeker del bolsón, encontró el capítulo dedicado a la Gran Pirámide y se puso a estudiar el dibujo esquemático de su parte interior. Trató de pensar en Nenephta y en la forma en que éste reaccionaría ante el mapa. Se dio cuenta de que probablemente ella supiese algunas cosas que Nenephta ignoraba. Cuidadosas investigaciones habían demostrado que la Gran Pirámide, igual que casi todas las demás pirámides, había sufrido importantes modificaciones durante su construcción. Incluso existía la hipótesis de que la Gran Pirámide había pasado por tres etapas diferentes. Durante la primera, cuando se planeaba realizar una estructura mucho menor, la cámara funeraria iba a ser subterránea y fue cavada dentro de la roca. Después, cuando la estructura fue agrandada, se planeó una nueva cámara funeraria. Erica buscó esa habitación en el diagrama.

Erróneamente se la había titulado la Cámara de la Reina. Erica sabía que no le sería posible visitar la cripta subterránea a menos que consiguiera un permiso especial del Departamento de Antigüedades.

Pero la Cámara de la Reina estaba abierta al público.

Miró la hora. Eran casi las ocho. La joven quería ser una de las primeras en entrar a la pirámide. Estaba segura de que los angostos pasillos se pondrían muy intransitables una vez que llegaran los ómnibus cargados de turistas.

Rechazando insistentes ofrecimientos de realizar el trayecto en burro o en camello, Erica caminó hasta la meseta sobre la que se erigía la pirámide. Cuanto más se acercaba a ella, más monumental le parecía. Y aunque estaba en condiciones de citar estadísticas con respecto a los millones de toneladas de piedra que fueron empleados e: su construcción, tales estadísticas nunca habían conseguido conmoverla. Pero en ese momento, a la sombra de la pirámide, caminaba como si estuviese en trance. Aun sin la fachada original de piedra caliza, el reflejo del sol sobre la superficie de la pirámide era dolorosamente intenso.

Erica se aproximó a la caverna que era una extensión de la que el califa Mamun había ordenado cavar en el año 820 antes de Cristo. No había nadie más en la entrada, de modo que la joven penetró con rapidez. El brillante deslumbramiento del día fue reemplazado por las sombras sólo quebradas por una tenue luz incandescente.

El túnel del califa se unía al pasaje ascendente justo después de pasar los tarugos de granito que lo habían sellado en la antigüedad y que aún se encontraban en su lugar. El techo de ese corredor ascendente estaba a poco más de un metro veinte de altura, y Erica tuvo que subirlo completamente agachada. A fin de facilitar la subida, se habían colocado listones de madera sobre el resbaloso pavimento. El túnel tenía alrededor de treinta metros de largo y cuando Erica finalmente llegó a la base de la gran galería, le resultó un alivio poder enderezarse.

La gran galerna ascendía con el mismo ángulo de inclinación que el túnel. Con su techo voladizo de más de seis metros de altura, era agradablemente espaciosa después de los angostos confines del corredor. A la derecha del lugar en que se hallaba Erica, una verja impedía la entrada al túnel descendente que comunicaba con la cámara funeraria subterránea. Delante de ella se hallaba la abertura que buscaba. Erica se agachó una vez más y entró en un largo corredor horizontal que conducía a la Cámara de la Reina.

Una vez allí, pudo enderezarse nuevamente. El lugar era sofocante y mal ventilado, y Erica recordó la incómoda sensación que había tenido en la tumba de Seti I. Cerró los ojos e intentó concentrarse. La habitación, igual que el resto de las paredes interiores de la pirámide, carecía de decoraciones. Sacó la linterna y paseó el haz de luz por el cuarto. El cielorraso abovedado en forma de zigzag estaba sostenido por colosales bloques de piedra.

Erica abrió la Baedeker para estudiar el plano de la pirámide.

Trató de imaginar, una vez más, lo que un arquitecto como Nenephta pensaría si estuviese en la Gran Pirámide, sin perder de vista el hecho de que aun entonces la pirámide tenía más de mil años de antigüedad.

Erica sabía por el plano que, parada en la Cámara de la Reina, estaba directamente encima de la cámara funeraria original y justo debajo de la Cámara del Rey. Durante la tercera y última modificación de la pirámide, la cámara funeraria fue ubicada en la parte más alta de la estructura. La nueva habitación se conocía como Cámara del Rey, y Erica decidió que había llegado la hora de visitarla.

Cuando se agachaba para entrar en el bajo pasadizo que la conduciría a la gran galería, Erica notó que se acercaba alguien. Pasar junto a otra persona en un corredor tan angosto era difícil, de modo que esperó. Cuando se dio cuenta de que la salida le estaba momentáneamente bloqueada, sintió una oleada de claustrofobia.

Repentinamente se dio cuenta de los millares de toneladas de piedra que había encima de su cabeza. Cerró los ojos y respiró hondo. El aire estaba pesado.

–¡Dios, no es más que una habitación vacía! – se quejó una rubia turista norteamericana. Se había puesto una remera con una inscripción que decía: "Los agujeros negros no están a la vista".

Erica asintió y se internó en el túnel. Cuando llegó a la gran galería, ésta ya estaba atestada de gente. Ascendió a la parte superior detrás de un obeso alemán, y trepó los escalones de madera para llegar al nivel del pasillo que llevaba a la Cámara del Rey. Entonces tuvo que agacharse para pasar bajo una pared. A ambos lados de la abertura se veían los encastres que habían sostenido las inmensas puertas levadizas que sellaban el lugar.

Erica se encontró en una habitación de granito rosado de aproximadamente cuatro metros cincuenta por nueve. Nueve lozas horizontales formaban el cielorraso. En un rincón había un sarcófago muy dañado. Alrededor de veinte personas recorrían el lugar, y la atmósfera resultaba opresiva.

Una vez más Erica trató de imaginar en qué forma podría esa estructura sugerir una manera de frustrar a los ladrones de tumbas.

Examinó la zona de la puerta levadiza. Quizá Nenephta se refería a eso: clausurar la tumba mediante una masa de granito. Pero las puertas levadizas habían sido usadas en muchas de las pirámides. No había nada diferente en éstas de la Gran Pirámide. Por otra parte, la pirámide de Stepno tenía puertas levadizas y Nenephta decía que la

forma había sido usada en ambas.

Aun cuando la Cámara del Rey era una habitación amplia, decididamente no era lo suficientemente grande para contener todas las posesiones funerarias de un faraón de la importancia de Khufu.

Razonando, Erica llegó a la conclusión de que las otras cámaras probablemente habían sido utilizadas para almacenar los tesoros del Faraón, particularmente la Cámara de la Reina ubicada debajo del lugar en que ella se encontraba en ese momento, y quizás hasta la Gran Galería, aunque muchos egiptólogos sostenían que ésta fue construida como depósito de las lozas que sellarían el pasillo ascendente.

Erica no conseguía explicarse los comentarios de Nenephta. Y su visita a la Gran Pirámide no la ayudaba a desentrañarlos. Cada vez había más gente apretujándose en la Cámara del Rey. Erica decidió que necesitaba aire fresco. Guardó la guía, pero antes de abandonar la cámara quiso ver el sarcófago. Empujando suavemente a los turistas para abrirse paso, se asomó a la caja de granito. Sabía que ese sarcófago había desatado muchas controversias con respecto a su origen, edad y finalidades. Era demasiado pequeño para que dentro de él cupiera el cajón real, y varios egiptólogos hasta dudaban de que se tratara de un sarcófago.

–Señorita Barón… -Una voz chillona pronunció suavemente el nombre de la joven.

Al oír su nombre, Erica se dio vuelta, atónita. Estudió a la gente que estaba cerca de ella. Nadie parecía mirarla. Entonces bajó la mirada.

Un chico, como de diez años y de aspecto angelical, que tenía puesta una túnica manchada, le sonreía.

–¿Señorita Barón?

–Sí -dijo Erica vacilando.

–Debe ir a la tienda de Curio para ver la estatua. Debe ir hoy. Debe ir sola.

La criatura se dio vuelta y desapareció entre la multitud.

–¡Espera! – gritó Erica. Se abrió camino entre la gente y recorrió con la mirada la inclinada galería principal. El chico ya casi había llegado abajo. Erica comenzó a descender, pero los listones de madera que facilitaban la subida, hacían más difícil el descenso. El chico parecía no tener problemas y desapareció rápidamente en la entrada del túnel.

Erica comenzó a bajar más lentamente. Sabía que jamás alcanzaría al muchachito. Pensó en el mensaje que había recibido y la invadió una oleada de excitación. ¡La tienda de Curio! Su artimaña había tenido éxito. ¡Había hallado la estatua!

Luxor 12.00 horas

Con un violento tirón, Evangelos obligó a Lahib Zayed a ponerse de pie. Sus manos, que parecían de hierro, aferraban la parte delantera de la túnica del árabe.

–¿Adonde está? – preguntó con un gruñido ante la cara aterrada del dueño de la tienda.

Stephanos Markoulis, vestido informalmente con una camisa de cuello abierto, dejó en su lugar la pequeña figura de bronce que había estado examinando y se dio vuelta para mirar a los dos hombres.

–Lahib, después de haberme avisado que Erica Barón vino a su negocio preguntando por la estatua de Seti, no comprendo por qué vacila en decirme dónde se encuentra ella ahora.

Lahib estaba aterrorizado, sin saber quién lo asustaba más, si.

Muhammad o Stephanos. Pero al sentir que los dedos de Evangelos se apretaban sobre su túnica, decidió que Stephanos era más de temer.

–Está bien, se lo diré.

–Suéltalo, Evangelos.

El griego lo soltó abruptamente, por lo que Lahib trastabilló antes de conseguir recobrar el equilibrio.

–¿Y bien? – preguntó Stephanos.

–Ignoro dónde está en este momento, pero sé dónde se aloja. Tiene una habitación en el hotel Winter Palace. Pero, señor Markoulis, ya habrá quien se encargue de esa mujer. Hemos hecho los arreglos necesarios.

–Tengo ganas de encargarme de ella yo mismo -contestó Stephanos-.

Para estar seguro. Pero no se preocupe, volveremos para despedirnos de usted. Y gracias por toda su ayuda.

Stephanos hizo una seña a Evangelos, y los dos hombres salieron del negocio. Lahib no se movió hasta estar seguro de que habían desaparecido. Entonces corrió a la puerta y los observó hasta que se perdieron de vista.

–Se van a producir grandes problemas en Luxor -dijo Lahib dirigiéndose a su hijo, una vez que los griegos estuvieron lejos-.

Quiero que esta tarde lleves a tu madre y a tu hermana a Aswan.

En cuanto aparezca la mujer norteamericana y pueda darle el mensaje, yo, me reuniré con ustedes. Quiero que tú te vayas ya mismo.

Stephanos Markoulis indicó a Evangelos que lo esperara en la entrada del vestíbulo del hotel Winter Palace mientras él se acercaba a la recepción. El empleado era un apuesto nubio de piel color ébano.

–¿Se aloja aquí una señora llamada Erica Barón? – preguntó Stephanos.

El empleado consultó el registro del hotel, recorriendo la lista de nombres con el dedo.

–Sí, señor.

–Bien. Me gustaría dejarle un mensaje. ¿Tiene lapicera y papel?

–Por supuesto, señor. – Amablemente le dio una hoja de papel con membrete del hotel, un sobre y una lapicera.

Stephanos simuló escribir un mensaje. Pero sólo hizo un garabato sobre el papel, metiéndolo luego dentro del sobre que cerró cuidadosamente. Se lo alcanzó al empleado quien, dándose vuelta, lo colocó en el casillero 218. Stephanos le agradeció y fue al encuentro de Evangelos. Juntos, subieron la escalera.

Cuando llamaron a la puerta del 218 no hubo respuesta, de modo que Stephanos ordenó a Evangelos que comenzara a trabajar con la cerradura mientras él montaba guardia. Los herrajes Victorianos eran

fáciles de abrir, y los hombres estuvieron dentro del cuarto casi con tanta rapidez como si hubieran estado en posesión de la llave correspondiente. Stephanos cerró la puerta tras de sí y estudió la habitación.

–Revisémosla -dijo-. Después esperaremos aquí hasta que ella regrese.

–¿Quieres que la mate en cuanto entre? – preguntó Evangelos.

Stephanos sonrió.

–No, conversaremos con ella un ratito. Sólo que te advierto que seré yo quien converse primero.

Evangelos largó una carcajada y abrió de un tirón el cajón superior de la cómoda. Allí, ordenadas en prolijas pilas, estaban las bombachas de nylon de Erica.

El Cairo 14.30 horas

–¿Estás segura? – preguntó Yvon incrédulo. Raoul levantó los ojos de la revista que estaba leyendo.

–Casi segura -dijo Erica, disfrutando ante la sorpresa de Yvon.

Después de recibir el mensaje en la Gran Pirámide, la joven había decidido ver al francés. Sabía que le agradaría enterarse de lo de la estatua, y estaba completamente segura de que estaría dispuesto a llevarla a Luxor.

–¡Parece increíble! – comentó Yvon, cuyos ojos azules brillaban-.

¿Cómo sabes que piensan mostrarte la estatua de Seti?

–Porque eso es lo que pedí que me mostraran.

–Eres insólita -dijo Yvon-. Yo he estado moviendo cielo y tierra para encontrar esa estatua, ¡y tú la localizas así! – Hizo un gesto con la mano, y chasqueó los dedos.

–Bueno, todavía no he visto la estatua -dijo Erica-. Primero debo llegar a la tienda de Curio esta misma tarde, y sola.

–Podemos partir antes de una hora. – Yvon tomó el teléfono. Le sorprendía que la estatua estuviese nuevamente en Luxor; en realidad, eso le provocaba sospechas.

Erica se puso de pie y se desperezó.

–Pasé la noche en el tren, y me encantaría darme una ducha, si no te importa.

Yvon le señaló con un gesto el cuarto contiguo. Mientras él hablaba por teléfono con el piloto, Erica tomó su bolsón de lona y se dirigió al baño.

Yvon completó los trámites necesarios para el viaje y luego constató que estuviese corriendo el agua de la lluvia antes de dirigirse a Raoul.

–Posiblemente ésta sea la oportunidad que hemos estado esperando.

Pero debemos ser extremadamente cuidadosos. Éste es el momento en que será necesario confiar en Khalifa. Comunícate con él y avísale que llegaremos a Luxor alrededor de las seis y media de la tarde. Dile que Erica se encontrará esta noche con la gente que buscamos. Dile también que sin duda habrá problemas y que es mejor que esté preparado. Y adviértele que si matan a esa muchacha se terminó su carrera.

El pequeño jet giró levemente a la derecha, y se enderezó graciosamente después de cruzar el valle del Nilo formando una amplia curva como a seis kilómetros al norte de Luxor. Descendió a trescientos metros y enderezó rumbo al norte. En el momento correcto, Yvon cortó la toma de aire, levantó la nariz del avión, y aterrizó suavemente sobre un colchón de aire. La marcha atrás de los motores sacudió el avión, y a los pocos metros éste comenzó a carretear por la pista. Yvon abandonó los controles para conversar con Erica, mientras el piloto se ocupaba de la maniobra final hasta la estación Terminal.

–Ahora, repasemos esto una vez más -dijo dando vuelta uno de los asientos para quedar frente a Erica. La voz del hombre tenía un tono serio que la hizo sentirse incómodamente ansiosa. En El Cairo, la idea de ser llevada hasta la estatua de Seti le había resultado excitante, pero allí, en Luxor, sentía espasmos de miedo.

–En cuanto lleguemos -continuó Yvon-, quiero que tomes un taxi por tu cuenta y vayas directamente a Curio Antíque. Raoul y yo te esperaremos en el Hotel New Winter Palace, suite 200. Sin embargo estoy seguro de que la estatua no estará en la tienda.

Erica levantó la mirada rápidamente.

–¿Por qué crees que no estará allí?

–Sería demasiado peligroso. No, la estatua debe estar en alguna otra parte. Te conducirán hasta donde esté. Ésa es la forma en que proceden habitualmente. Pero no te preocupes, no correrás peligro.

–Pero la estatua estuvo en Antica Abdul -protestó Erica.

–Eso fue una casualidad -contestó Yvon-. En ese momento la estatua estaba en tránsito. Esta vez estoy absolutamente seguro de que te llevarán a otra parte para que la veas. Trata de recordar exactamente adonde te llevan, para poder regresar. Entonces, cuando te la hayan mostrado, quiero que regatees. Si no lo haces, sospecharán. Pero recuerda, estoy dispuesto a pagar lo que pidan, siempre que garanticen la entrega fuera de Egipto.

–¿Por ejemplo a través del Banco de Crédito de Zurich? – preguntó Erica.

–¿Cómo te enteraste de eso?'-quiso saber Yvon.

–En la misma forma en que me enteré de que tenía que ir a Curio Antique -contestó Erica.

–¿Y cómo lo supiste? – insistió Yvon.

–No te lo voy a decir -dijo Erica-. Por lo menos, no todavía.

–Erica, esto no es juego.

–Ya sé que no es un juego -contestó la joven con toda sinceridad.

Yvon la preocupaba cada vez más-. Y justamente por eso no te lo quiero decir todavía.

–Muy bien -dijo por fin-, pero quiero que regreses a mi hotel. en cuanto puedas. No debemos permitir que esa estatua vuelva a desaparecer. Diles que el dinero estará disponible dentro de veinticuatro horas.

Erica asintió, y miró por la ventanilla. Aunque eran más de las seis de la tarde, el pavimento de la pista de aterrizaje todavía hervía de calor. El avión llegó a la Terminal y los motores se detuvieron. Erica respiró hondo y se soltó el cinturón de seguridad.

Instalado en un puesto de observación cercano a la zona comercial del aeropuerto, Khalifa observó que se abría la puerta del pequeño. jet.

En cuanto vio a Erica se dio vuelta y caminó rápidamente a un auto estacionado, revisando su pistola automática antes de instalarse en el asiento del conductor. Seguro que esa noche tendría que ganarse su jornal de doscientos dólares. Puso el motor en marcha y se dirigió a Luxor.

En la habitación de Erica del Winter Palace, Evangelos extrajo su Beretta de la funda que tenía debajo del brazo izquierdo y acarició la

culata de marfil.

–Guarda eso -ordenó Stephanos desde la cama-. Me pone nervioso que estés jugando con la pistola. Por amor de Dios, tranquilízate. La muchacha ya aparecerá. Tiene todas sus cosas aquí.

En camino a la ciudad, Erica pensó detenerse un momento en el hotel. No tenía sentido andar cargada con la cámara fotográfica y la ropa que había llevado a El Cairo. Pero preocupada ante el pensamiento de que Lahib Zayed pudiese cerrar la tienda antes de que ella llegara, decidió ir directamente allí tal como Yvon había sugerido.

Indicó al conductor que detuviera el taxi en uno de los extremos de la atestada plaza Shari el Muntazah. Curio Antique quedaba a media cuadra de distancia.

Erica estaba nerviosa. Sin saberlo, Yvon había magnificado sus recelos. Le era imposible no recordar que había visto matar a un hombre por esa estatua: ¿qué estaba haciendo ella metida en todo eso?

Cuando se acercó a la tienda, vio que estaba llena de turistas, y pasó de largo. Varios negocios más adelante, se detuvo y giró, observando la entrada de Curio Antique. Muy pronto vio salir un grupo de alemanes, haciendo bromas en voz alta mientras se unían al flujo de compradores y de paseantes de último momento. Era ahora o nunca.

Erica dejó escapar el aliento a través de sus labios apretados y se dirigió al negocio.

Después de todas sus preocupaciones, se sorprendió al encontrarse con un Lahib Zayed entusiasta, en lugar del hombre furtivo o subrepticio que ella esperaba. Al verla abandonó su lugar detrás del mostrador, como si ella fuese una amiga a la que no veía hacía mucho tiempo.

–¡Me alegro tanto de volver a verla, señorita Barón! ¡No puedo explicarle lo feliz que me hace!

Al principio, Erica actuó con cautela, pero la sinceridad de Lahib era tan evidente que hasta permitió que el árabe la abrazara suavemente.

–¿Le gustaría tomar un poco de té?

–Gracias, no. Vine tan pronto como pude, después que recibí su mensaje.

–Ah, sí -dijo Lahib. Aplaudió lleno de excitación-. ¡La estatua!

Usted es sin duda una mujer de suerte, porque le será mostrada una pieza maravillosa. Una estatua de Seti I tan alta como usted misma. –

Lahib cerró un ojo, calculando la estatura de la joven.

Erica no podía creer que el hombre fuese tan anticuado. Ante esa actitud, sus temores parecían melodramáticos e infantiles.

–¿Está aquí la estatua? – preguntó Erica.

–¡Oh, no, mi querida! Se la vamos a mostrar sin que se entere el Departamento de Antigüedades. – Guiñó un ojo.– De manera que debemos ser razonablemente cuidadosos. Y dado que es una pieza tan grande y tan maravillosa, no nos animamos a tenerla aquí, en Luxor.

Está en la ribera oeste, pero podemos entregarla en el lugar que sus clientes deseen.

–¿Y dónde la veré? ¿y cómo? – preguntó Erica.

–Muy simple. Primero es necesario que comprenda que debe ir sola.

Por obvias razones, no podemos mostrar esta pieza a mucha gente. De manera que si usted está acompañada, o aun si alguien la sigue, perderá la oportunidad de verla. ¿Está claro?

–Sí -contestó Erica.

–Muy bien. Todo lo que tiene que hacer es cruzar el Nilo y tomar un taxi hasta un pequeño pueblo llamado Qurna.

–Conozco ese pueblo -dijo Erica.

–Eso facilita las cosas -Lahib rió-. En el pueblo hay una pequeña mezquita.

–La conozco -afirmó Erica.

–¡Ah, maravilloso! Entonces no tendrá ningún problema. Vaya a la mezquita hoy al anochecer. Uno de los comerciantes, socio mío, se encontrará allí con usted y le mostrará la estatua. Es así de sencillo.

–Muy bien -dijo Erica.

–Una cosa más -dijo Lahib-. Cuando llegue a la ribera oeste, es mejor que tome un taxi que esté dispuesto a esperarla al pie de la colina del pueblo. Ofrézcale una libra extra al conductor. De otra manera, más tarde tendrá problemas para llegar al embarcadero.

–Le agradezco mucho -dijo Erica. La preocupación de Lahib por su bienestar le agradaba.

Lahib observó a Erica, mientras ésta se alejaba por Shari el Muntazah rumbo al hotel Winter Palace. La joven se dio vuelta una vez para saludarlo con la mano. Entonces el árabe cerró rápidamente la puerta de la tienda y la aseguró con una tranca de madera. En un escondite ubicado debajo de una de las tablas del piso ubicó sus mejores antigüedades y cacharros. Después echó llave a la puerta trasera y se dirigió a la estación. Estaba seguro de que alcanzaría el tren de las siete para Aswan.

Mientras Erica caminaba por la costanera, rumbo al hotel, se sintió mucho mejor que antes de su visita a Curio Antique. Sus suposiciones de que se vería envuelta en un asunto de capa y espada eran totalmente infundadas. Lahib Zayed se había mostrado franco, amistoso y considerado con ella. Lo único que la desilusionaba era la imposibilidad de ver la estatua hasta la noche. Erica miró el cielo, calculando cuánto tiempo faltaba para la caída del sol. Le quedaba por lo menos una hora, tiempo más que suficiente para regresar al hotel y ponerse unos vaqueros para el viaje a Qurna.

Cuando se acercaba al majestuoso Templo de Luxor, ahora rodeado por la parte moderna de la ciudad, Erica se detuvo repentinamente. No había pensado en la posibilidad de que la estuvieran siguiendo. Si era así, todo el plan fracasaría. Se dio vuelta repentinamente y recorrió la calle con la mirada en busca del hombre que no se le despegaba. Lo había olvidado completamente. Caminaba mucha gente por los alrededores, pero ninguno de ellos era el hombre de la nariz ganchuda y el traje negro. Erica volvió a mirar su reloj pulsera. Era necesario que averiguara si la estaban siguiendo. Regresó sobre sus pasos dirigiéndose al templo, y rápidamente compró una entrada y se internó por el pasillo ubicado entre las torres del pilón del frente. Entró al patio de Ramsés II, majestuosamente rodeado por una doble hilera de columnas de papiros, dobló inmediatamente a la derecha y penetró en una pequeña capilla dedicada al dios Amón. Desde allí podía ver tanto la entrada como el patio. Había alrededor de veinte personas dando vueltas por allí y sacando fotografías de la estatua de Ramsés II. Erica decidió esperar quince minutos. Si en ese lapso el hombre no aparecía, se olvidaría de su perseguidor.

Se asomó a la capilla para mirar los bajorrelieves. Habían sido realizados durante la época de Ramsés II y no tenían la calidad de los trabajos que había visto en Abydos. Reconoció las imágenes de Amón, Mut y Khonsu. Cuando Erica volvió a fijar su atención en el patio, se sobresaltó. Khalifa había rodeado el pilón de entrada y se hallaba a sólo un metro y medio de distancia del lugar en que ella estaba parada.

Él se sorprendió tanto como ella. Su mano voló al bolsillo del saco para aferrar la pistola, pero se contuvo a tiempo y la retiró mientras su cara se distorsionaba en un amago de sonrisa.

Y entonces se alejó.

Erica parpadeó. Cuando consiguió recobrarse del sobresalto salió corriendo de la capilla y lo buscó por el corredor, detrás de la doble hilera de columnas. Khalifa había desaparecido.

Colocándose la correa del bolsón sobre el hombro, Erica salió del templo con paso rápido. Sabía que estaba en problemas, que su seguidor era capaz de arruinarlo todo. Llegó a la costanera del Nilo y miró a ambos lados. Era necesario que el hombre le perdiera la pista y al mirar su reloj, se dio cuenta de que le quedaba muy poco tiempo.

La única vez que Khalifa no la había seguido fue cuando visitó el pueblo de Qurna y cruzó el risco del desierto para llegar al Valle de los Reyes. Erica pensó que sería una buena idea utilizar la misma ruta, pero al revés. Iría al Valle de los Reyes inmediatamente, y desde allí utilizaría el sendero para llegar a Qurna, pidiéndole al taxi que la esperara en la base de la colina del pueblo. Entonces pensó que ese plan era ridículo. Probablemente el único motivo por el que Khalifa no la había seguido hasta el Valle de los Reyes era que sabía adonde iba y no tenía ganas de someterse al calor y al esfuerzo del viaje.

Y no porque hubiese sido engañado. Si ella realmente quería que Khalifa no la siguiera, tendría que perderlo en medio de una multitud.

Mirando nuevamente la hora, se le ocurrió una idea. Eran casi las siete de la tarde. Había un tren expreso a El Cairo a las siete y media, el mismo que había tomado el día anterior. En esa oportunidad, tanto la estación como el andén estaban atestados de gente. No se le ocurría nada mejor. Pero si hacía eso el único problema era que no tendría tiempo de ver a Yvon. Quizá pudiera llamarlo desde la estación. Erica llamó un taxi.

Tal como esperaba, la estación estaba llena de viajeros y le costó llegar hasta las ventanillas de venta de pasajes. Pasó junto a una enorme pila de jaulas de mimbre llenas de pollos. Atado a una columna había un pequeño rebaño de cabras y ovejas, y los balidos plañideros de los animales se mezclaban con la cacofonía de voces que resonaban en el polvoriento vestíbulo. Erica compró un boleto de ida en primera clase hasta Nag Hamdi. Ya eran las siete y diecisiete.

Resultaba aún más difícil caminar por el andén de lo que había sido llegar hasta la ventanilla. Erica no miró hacia atrás. Empujó y se apretujó para conseguir pasar junto a llorosos familiares que se preparaban para la despedida, hasta que llegó la comparativa tranquilidad de la zona de los coches de primera clase. Subió al coche número dos, después de mostrar brevemente al guarda su boleto. Eran las siete y veintitrés.

Una vez dentro del tren, la joven se dirigió directamente al baño.

Estaba cerrado con llave. También lo estaba el baño de enfrente. Sin vacilar, entró en el coche número tres y caminó con apuro por el pasillo central. Allí había un baño libre, y Erica entró. Cerrando la puerta con llave y tratando de respirar lo menos posible el olor hediondo del lugar, Erica desabrochó sus pantalones de algodón y se los quitó. Entonces se puso los vaqueros, golpeándose el codo contra el lavatorio al subírselos.

Eran las siete y veintinueve. Sonó un silbato.

Casi presa del pánico, se quitó la blusa y se puso una azul y luego se encasquetó el sombrero caqui que había comprado para protegerse del sol, y escondió dentro de él su maravilloso cabello." Mirándose al espejo, deseó fervientemente haber modificado bastante su apariencia.

Entonces salió del baño y literalmente corrió por el pasillo para llegar al coche siguiente. Era de segunda clase y en él había mucha más gente.

La mayor parte de los pasajeros todavía no se había sentado, sino que estaban ocupados ubicando su equipaje.

Erica continuó pasando de un coche al otro. Cuando llegó a tercera clase se encontró con que los pollos y el ganado habían sido embarcados en el espacio entre un coche y otro, por lo que le resultó imposible continuar avanzando. Asomándose, estudió la multitud del andén. Eran las siete y treinta y dos. El tren se sacudió y comenzó a moverse en el momento en que ella descendía al andén.

Repentinamente el murmullo de voces se hizo más intenso y varias personas gritaron mientras se despedían con grandes gestos. Erica se abrió paso hacia el vestíbulo de la estación, y por primera vez buscó a Khalifa.

La multitud comenzó a dispersarse. Erica permitió que la presión de la multitud la arrastrara hasta la calle. Una vez fuera de la estación, se dirigió apresuradamente a un pequeño café ubicándose en una mesa desde la que podía ver la estación. Ordenó un café, sin dejar de vigilar la entrada de la estación.

No tuvo que esperar mucho. Empujando groseramente a la gente que estaba a su alrededor, Khalifa salió furioso a la calle. Aun desde donde estaba sentada, Erica pudo percibir el enojo del hombre cuando trepó a un taxi que se dirigió hacia el Nilo por Shari el Mahatta Erica bebió el café de un trago. El sol ya se había puesto y estaba cayendo la noche. Se le había hecho tarde. Levantó su bolsón y salió apurada del café.

–¡Dios Todopoderoso! – aulló Yvon-. ¿Para qué le estoy pagando doscientos dólares por día? ¿Puede explicarme eso?

Khalifa frunció el ceño y se examinó las uñas de la mano izquierda.

Sabía que realmente no tenía necesidad de aguantar esos gritos, pero su trabajo lo fascinaba. Erica Barón lo había engañado, y él no estaba acostumbrado a perder. Si lo estuviese, habría muerto largo tiempo antes.

–¿Y ahora? ¿Qué vamos a hacer?

Raoul, que había propuesto a Khalifa para la tarea, se sentía más culpable que Khalifa mismo.

–Debería conseguir que alguien espere el tren en El Cairo -sugirió Khalifa-. La muchacha compró un boleto hasta Nag Hamdi, pero yo no creo que en en realidad haya salido de Luxor. Pienso que fue todo un treta para que yo le perdiera el rastro.

–Muy bien, Raoul, encárgate de que alguien espere el tren -dijo Yvon con decisión.

Raoul se dirigió al teléfono, contento de tener algo que hacer.

–Escuche, Khalifa -dijo Yvon-, el hecho de perder a Erica pone en peligro toda esta operación. Ella recibió instrucciones en el negocio

Curio Antique. Vaya para allá y averigüe adonde la mandaron. No me importa cómo lo averigua, ¡pero hágalo!

Sin decir una palabra, Khalifa se apartó de la cómoda sobre la que había estado apoyado y salió del hotel, plenamente convencido, de que el dueño del negocio no tendría forma de ocultarle el dato que necesitaba, a menos que estuviese dispuesto a morir.

Bajo los altos riscos de arena y piedra, el pueblo de Qurna ya se hallaba cubierto por las sombras cuando Erica trepó la alta colina desde la ruta. El taxi que había alquilado por toda la noche la esperaba abajo con las puertas abiertas.

Caminó trabajosamente junto a las sombrías casas de adobe. En los patios se veían fuegos encendidos con estiércol seco, que iluminaban las grotescas plataformas en las que los habitantes del pueblo dormían durante el verano. Erica recordó las razones por las que éstas eran construidas: escorpiones y cobras, y se estremeció a pesar del calor de la noche.

La oscura mezquita con su minarete caleado parecía de plata. Se hallaba frente a ella, como a treinta metros. Erica se detuvo para recobrar el aliento. Mirando el valle a sus espaldas distinguió las luces de Luxor. particularmente las del alto edificio del hotel New Winter Palace. Una hilera de luces de colores, parecidas a las decoraciones de Navidad, marcaba el emplazamiento de la mezquita Abdul Haggag.

Iba a continuar su camino cuando en la oscuridad se produjo un súbito movimiento cerca de sus pies. Lanzando un grito de temor, saltó hacia adelante y casi cayó de bruces sobre la arena. Estaba a punto de lanzarse a correr, cuando un ladrido, seguido por un furioso gruñido, cortaron el silencio de la noche. Repentinamente se vio rodeada de una pequeña jauría de perros que le gruñían. La muchacha se inclinó y tomó una piedra. Debió ser un gesto familiar para los perros, porque se dispersaron antes de que pudiese arrojar la piedra.

Casi una docena de personas se cruzaron con Erica mientras atravesaba el pueblo. Todos estaban vestidos con ropa y mantones negros, y pasaban a su lado silenciosos y sin rostro en medio de la oscuridad. Erica se dio cuenta de que si no hubiese atravesado el pueblo a la luz del día, le sería imposible encontrar su camino de noche.

El repentino y ronco rebuzno de un burro rompió el silencio, cesando

tan abruptamente como había comenzado. Desde donde ella se hallaba en ese momento pudo distinguir en lo alto, contra la colina, el perfil de la casa de Aida Raman. De sus ventanas escapaba el leve resplandor de una lámpara de aceite. Ascendiendo detrás de la casa se llegaba a ver, grabado en la montaña, el sendero que conducía al Valle de los Reyes.

Ya estaba a sólo quince metros de la mezquita. No había ninguna luz. Los pasos de Erica se hicieron más lentos. Sabía que llegaba tarde a la cita. Ya había oscurecido; era noche cerrada. A lo mejor habían decidido que faltaría a la cita. Quizá debería volver al hotel o visitar a Aida Raman y contarle lo que decía el papiro. Erica se detuvo y observó la mezquita. Parecía desierta. Entonces, recordando la actitud tranquila de Lahid Zayed, se encogió le hombros y siguió caminando hasta la puerta del templo.

Esta se abrió lentamente, permitiéndole ver el patio. La fachada de la mezquita parecía atraer y reflejar la luz de las estrellas, y el patio se hallaba más iluminado que la calle. No vio a nadie.

Silenciosamente, Erica entró, cerrando la puerta tras de sí. No se produjo sonido ni movimiento alguno dentro de la mezquita. Todo lo que la joven oía eran algunos ladridos ocasionales de los perros del pueblo. Finalmente se obligó a avanzar y pasó debajo de uno de los arcos. Trató de abrir la puerta del templo. Estaba cerrada con llave.

Caminando por el pequeño atrio llegó a la puerta de la habitación del imán y llamó. No obtuvo respuesta. El lugar estaba desierto.

Erica regresó al patio. Pensó una vez más que debieron decidir que ella no acudiría a la cita, y miró la puerta que conducía a la calle. Pero en lugar de salir inmediatamente, volvió al atrio y se sentó con la espalda contra la pared de la mezquita. Frente a ella, el oscuro arco enmarcaba el patio. Y más allá de las paredes Erica alcanzaba a ver el cielo del este que comenzaba a iluminarse anticipando la salida de la luna.

La joven revolvió su bolsón de lona hasta que encontró un cigarrillo. Lo encendió para preservar su coraje, y con la ayuda de un fósforo miró la hora. Eran las ocho y quince.

En cuanto comenzó a salir la luna, paradójicamente las sombras del patio se acentuaron. Cuanto más tiempo permanecía allí sentada, más la engañaba su propia imaginación. Cada sonido procedente del pueblo

la hacía saltar. Después de quince minutos de espera, pensó que ya había esperado bastante. Se puso de pie y sacudió la parte posterior de sus pantalones. Entonces volvió a cruzar el patrio y abrió la puerta de madera que conducía a la calle.

–Señorita Barón -dijo una figura envuelta en un negro albornoz. El hombre estaba parado en la calle de tierra, justo al lado de la puerta que conducía al patio de la mezquita. Con la luna directamente sobre el hombro del embozado, Erica no pudo verle la cara. El hombre se inclinó en una reverencia antes de continuar hablando-. Le pido disculpas por la demora. Por favor, sígame. – Sonrió, revelando unos dientes enormes.

No hubo más conversación. El hombre que, según Erica adivinó, era nubio, la condujo hacia la parte superior de la colina, arriba del pueblo. Siguieron una de las tantas sendas existentes, y el camino se hizo fácil ya que la luz de la luna se reflejaba en la roca y en la arena.

Pasaron junto a unas cuantas aberturas rectangulares, las entradas de las tumbas.

A esa altura de la ascensión, el nubio respiraba trabajosamente, y fue con evidente alivio que se detuvo en una hondonada cortada en la ladera de la montaña. En la base de la hondonada había una entrada cerrada por una pesada reja. Sobre la reja colgaba el número 37.

–Le pido disculpas, pero debe esperar aquí durante unos minutos -

dijo el nubio. Y antes de que Erica pudiese responder, el hombre volvió a emprender la marcha hacia Qurna.

Erica observó la figura que se alejaba, y luego miró la reja de hierro. Se dio vuelta y comenzó a decir algo, pero el nubio ya estaba tan lejos que hubiera debido gritar para que la oyera.

Erica bajó la rampa y aferró el portón de hierro y lo sacudió. El número 37 rebotó sobre la reja sonando como una matraca, pero el portón no se movió. Estaba cerrado con llave. Lo único que Erica alcanzó a distinguir fueron algunas antiguas decoraciones egipcias sobre las paredes.

Volvió a subir la rampa, y la ansiedad que la había invadido antes de entrar en Curio Antique volvió a hacer presa de ella. Se quedó parada en el borde de la entrada de la tumba, observando al nubio que

en ese momento llegaba al pueblo. Algunos perros ladraron a la distancia. Detrás de ella se cernía la ominosa presencia de la montaña.

Repentinamente oyó un sonido metálico. El miedo le aflojó las piernas. Después fue el ruido terrorífico del hierro raspando el hierro.

Quiso echar a correr pero le resultó imposible moverse, mientras su imaginación conjuraba horrendas imágenes procedentes de la tumba.

A sus espaldas, la puerta de hierro de la tumba se cerró y Erica oyó pasos. Lentamente se obligó a darse vuelta.

–Buenas noches, señorita Barón -dijo la figura que subía por la rampa. Estaba cubierto por un negro albornoz, igual que el nubio, pero llevaba la cabeza cubierta por la capucha. Debajo de la capucha tenía puesto un turbante blanco-. Me llamo Muhammad Abdulah. – El hombre se inclinó, y Erica recuperó algo de su compostura.– Le pido disculpas por estas demoras, pero desgraciadamente son necesarias.

Las estatuas que está a punto de ver son sumamente valiosas, y tememos que usted pueda haber sido seguida por las autoridades.

Erica se dio cuenta una vez más de lo importante que había sido liberarse de su seguidor.

–Por favor, acompáñeme -dijo Muhammad, pasando junto a ella y comenzando a trepar la cuesta.

Erica echó una última mirada de soslayo al pueblo. A lo lejos se distinguía apenas el taxi que la esperaba sobre el camino asfaltado. Fue necesario que se apresurara para mantener el paso de Muhammad.

Cuando llegaron a la base del acantilado que caía a pique, el árabe dobló a la izquierda. En un intento por mirar la cima, Erica casi cayó de espaldas. Caminaron quince metros más y rodearon una roca enorme. Una vez más tuvo que apurarse para mantenerse a la par de Muhammad. En el lado opuesto de la roca había una rampa similar a la de la tumba 37. Había también otra pesada puerta de hierro, pero esta vez sin número. Erica se detuvo detrás de Muhammad mientras éste buscaba a tientas una llave en su llavero. La joven había perdido toda valentía, pero a esa altura de las cosas, la asustaba igualmente demostrar que estaba atemorizada.

No se le había ocurrido que la estatua pudiese estar escondida en un lugar tan aislado. La puerta de hierro se abrió con un chirrido que demostraba a las claras que se la usaba muy poco.

–Por favor -dijo Muhammad simplemente, haciendo señas a Erica de que entrara.

Era una tumba sin decoraciones. Erica se dio vuelta y observó que Muhammad cerraba la puerta cuidadosamente detrás de sí. En el momento en que ésta quedó cerrada, resonó un "clic" en el silencio.

La luz de la luna se filtraba anémicamente a través de los barrotes de hierro.

Muhammad encendió un fósforo y, pasando a Erica para precederla, avanzó por un angosto corredor. La joven no tuvo elección posible, y debió mantenerse cerca del hombre. Se movían dentro de un pequeño radio de luz, y ella tuvo la clara sensación de que se hallaba indefensa y que los acontecimientos estaban completamente fuera de su control.

Llegaron a una antecámara. Erica pudo percibir apenas algunos dibujos lineales sobre las paredes. Muhammad se inclinó, y con el fósforo encendió una lámpara de aceite. A la luz vacilante de la llama, la sombra del hombre bailó entre las antiguas deidades pintadas sobre las paredes.

Un agudo reflejo dorado atrajo la mirada de Erica. Allí estaba: ¡la estatua de Seti! El oro bruñido irradiaba una luz mucho más poderosa que la de la lámpara. Por un momento la reverencia pudo más que el terror, y Erica se acercó a la escultura. Sus ojos de alabastro y feldespato verde eran hipnóticos y la joven tuvo que hacer un esfuerzo para mirar los jeroglíficos de la base. Allí estaban los sellos de Seti I y Tutankamón. "Eterna vida sea concedida a Seti I, quien gobernó después de Tutankamón".

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