La esmeralda de los Médici
Capítulo I
DEL DIARIO personal del cardenal Domenico della Palla, canciller apostólico de la Iglesia de Roma, agosto de 1478:
Nuestro Padre Todopoderoso que está en el cielo sabe cuántos años han pasado desde que renuncié a la creencia de que mi cargo, el más poderoso del mundo, podría, haciendo uso de tal poder, traer paz al mundo cristiano o, incluso, a Italia. Y Él también sabe qué tan necesaria es la paz para nuestras ciudades-Estado, aunque fuere únicamente con el propósito de estar preparadas para enfrentar a los turcos; sin embargo, no veremos esa paz en toda mi vida.
¿Por qué, por ejemplo, Roma misma insiste en su disputa con la República de Florencia? Es, con toda certeza, algo completamente fútil. Nuestro santo papa Sixto, junto con su sobrino Girolamo Riario, conde de Imola y capitán general del ejército de Roma, puede pensar que Florencia es un peligro para nosotros. Yo no. Lorenzo de Médici gobierna Florencia y lo hace lo suficientemente bien. Fuimos nosotros quienes provocamos a Lorenzo, y ¿con qué propósito?
Con el de la dominación terrenal y para cumplir las ambiciones territoriales de Roma, me atrevería a decir. En cuanto canciller apostólico, no me siento obligado a considerar tales insignificancias. ¿Acaso no todos los hombres son uno en Cristo?, y ¿no es eso suficiente?
En cuanto al joven artista e ingeniero de Florencia, Leonardo da Vinci, la historia lo consignará mejor de lo que yo pudiere hacerlo, si acaso vive lo suficiente para ingresar en las páginas de la historia. Parece improbable que lo haga. Es una molestia y, posiblemente, un hereje. Ha venido a verme dos veces este verano. Lo registro aquí, como también registro el hecho de que lamenté verlo partir. Si sigue inmiscuyéndose en las enredadas guerras entre nuestras ciudades-Estado, entonces él y los artilleros florentinos que ha hecho sus amigos necesitarán una mayor protección que la mía.
Rigo Leone, capitán de artilleros de los Médici, maldijo acremente mientras el filo de la espada penetraba profundamente en el músculo de su hombro derecho; sin embargo, ya había obtenido la ventaja por la que se había esforzado y, dando un paso que hizo penetrar más el acero de su asaltante, ondeó el puño de piedra que sostenía su propia arma y echó al asesino por tierra. Mientras el hombre yacía allí, jadeando entre el lodo, Rigo no perdió
tiempo. Dio un salto por los aires y cayó de rodillas con todo su peso sobre la columna de su adversario, que se quebró con un crujido sordo. Los artilleros eran, por naturaleza y adiestramiento, peleadores callejeros.
Rigo se levantó con gran dificultad y se volvió. Tres de quienes los habían emboscado yacían muertos en el empapado camino, despatarrados en posturas que atestiguaban su violenta muerte. Quedaban dos; habían redoblado el ataque, haciendo retroceder a Leonardo da Vinci paso a paso hasta el tronco de un árbol al lado del camino. Ahí los mantenía a raya, fríamente, con un estilete que blandía con delicadeza como la lengua de una serpiente en la mano derecha, mientras que, con su estoque en la izquierda, atacaba y eludía.
Rigo cubrió el terreno entre ellos con un paso tambaleante y torpe y derribó al atacante más cercano a Leonardo con una cruenta estocada de revés. Al mismo tiempo, Leonardo se enfrentó al último y desesperado embate del otro hombre, desvió la hoja con su espada y levantó el estilete levemente, centrándolo. Incapaz de detener su propio impulso, el que habría sido el asesino del artista miró con breve terror los veinte centímetros de acero forjado que se deslizaban suavemente en su pecho. Cayó de rodillas, con la mirada fija en la sobresaliente empuñadura.
Leonardo contempló la escena con una mirada fugaz: cuatro enemigos muertos y uno agonizante; Rigo Leone, con una mano sujetándose el hombro, mientras la sangre se derramaba lentamente bajo la palma. Dejó caer el arma que le quedaba para arrodillarse ante su agónico enemigo; levantó el peso del moribundo con el arco de su brazo y lo depositó cuidadosamente en la tierra empapada.
—Tu petaca de vino, Rigo —dijo quedamente. El moribundo bebió, tosiendo y asintiendo en señal de gratitud; con el aliento borboteando por el esfuerzo, levantó una mano hacia el pecho para tocar el pomo del acero de Leonardo.
—Lo siento —repuso Leonardo—. Si la saco, tus pulmones se llenarán más rápidamente de sangre.
—Entonces, soy hombre muerto.
Leonardo asintió sobriamente.
—¿Por qué? —preguntó—. Somos unos viajeros inofensivos, y no somos lo suficientemente ricos para que nos roben. ¿Por qué nos emboscaron tú y tus compañeros?
El asesino tosió de nuevo, dolorosamente.
—Muerto, vales mil florines de oro para cada uno de nosotros, Da Vinci. Roma… el conde Girolamo Riario…
—¿Qué hay con él?
—Nos dio los primeros cien… y nos había prometido novecientos más a nuestro regreso —contestó el hombre. Una sonrisa amarga y pasajera se dibujó en sus labios—. Debería habernos dicho… que peleabas igual con cualquier mano… Debería… —el aire raspó su garganta, y una gota de sangre se escurrió por la comisura de la boca, humedeciendo su barbilla. Al instante murió, mirando empecinadamente la empuñadura del estoque al lado de su esternón.
—Perro —dijo Rigo indiferente. Viendo hacia donde Leonardo dirigía la mirada, añadió—: Él no, pobre idiota; me refiero al conde Girolamo Riario.
Leonardo se puso de pie y se hizo cargo de las cosas. Había cinco cuerpos que debía arrojar al lado del camino, y tenía que improvisar un cabestrillo para sostener el brazo de Rigo; debía limpiar las armas y recuperar a sus caballos, que pastaban tranquilamente en un claro a cierta distancia. Al fin montados, comenzaron a alejarse por el bosquecillo y atravesaron la franja de densa maleza donde sus atacantes se habían ocultado. La niebla dio paso a la lluvia, enfriando el aire de principios de verano. Leonardo detuvo su caballo después de veinte pasos y se volvió en su silla para contemplar la escena una vez más. Su mirada recorrió lentamente los cadáveres a un costado del camino y los rastros de sangre que endurecían el fango pisado; se introdujo en los grises pendones de niebla que ondeaban con la brisa y ascendió hasta las colinas que, a la distancia, se amortajaban con ella. En la libreta forrada con piel que, como siempre, pendía de su cintura merced a su pequeña cadena, dibujó rápidamente, con la mano derecha serpenteando sobre la hoja.
—¡Maese artista! —gritó Rigo Leone con una voz de tono agudo debido a la irritación—. Estoy empapado, señor. También estoy sangrando, aunque
esto no sea de mayor cuidado; lo que sí es importante, lo confieso, es mi sed, y, gracias a tu peculiar altruismo, no queda nada de vino en mi petaca.
A una hora a caballo hay una aldea y, en ella, una taberna. ¿Podrías hacer tus dibujitos ahí, si fueras tan amable?
Leonardo sonrió y cerró su libreta.
—En la taberna, amigo Rigo, sólo puedo hacer dibujos de una taberna.
Necesito recordar esto, y algún día tú podrás hacerlo también —chasqueó la lengua para hacer avanzar a su caballo y Rigo lo siguió, haciendo una mueca de dolor al jalar las riendas.
—No necesito ningún dibujo para ayudar a mi memoria —señaló Rigo
—, dado que deberé cargar con la cicatriz de Riario. Es algo más que debo al capitán general de Roma. Por Dios, Leonardo, no pensaba que fuese tan persistente: cinco mil florines. Bueno, es un precio justo, sin duda, para el mejor artillero de Italia y un artista e ingeniero que puede pelear con cualquier mano… o con las dos al mismo tiempo. Me encantaría dominar ese truco tuyo, lo confieso. Si lo supiera, quizá no estaría herido ahora.
—Puede aprenderse —dijo Leonardo.
—¿En verdad? Entonces te enseñaron una valiosa lección.
—No me la enseñaron —replicó Leonardo—. Nací con esa habilidad, para mi buena fortuna; no obstante… podría enseñarse. Si tu deseo es sincero, entonces amárrate el brazo derecho a tu costado, o ponlo en un cabestrillo, como ahora, quizás, y usa únicamente el izquierdo. Tus músculos aprenderán entonces a hacer aquello que tu brazo derecho hace por hábito, dado que los músculos, creo, tienen su propio tipo de memoria.
Cabalgaron en silencio mientras Rigo reflexionaba en ello.
—Lo haré —respondió finalmente—. Aunque no entiendo todo eso de los músculos y su memoria, lo que a mi parecer pertenece a la mente. Pero no importa. La próxima vez que nos ataquen, podría ser que tengamos que luchar con dos espadas cada cual.
Leonardo alzó una ceja.
—¿Cuándo? —preguntó—. ¿ Cuando seamos atacados? ¿Estás tan seguro de ello, Rigo?
El artillero escupió.
—Roma y su capitán general han puesto cinco mil florines a tu cabeza
—respondió—, con o sin la mía como bonificación. Dado que Girolamo Riario sólo ha gastado hasta ahora quinientos florines, siendo un hombre prudente, todavía tiene suficiente en su bolsa como para pagar otro atentado. La pregunta sólo sigue siendo cuándo.
—Un análisis sensato.
—Y, si llegamos a eso, dónde —añadió Rigo—. ¿Pueden tus malhadados dibujos decirte eso?
—No —repuso Leonardo con serenidad—; pero, si un hombre supiera dónde va a caer, allí pondría primero su moqueta.
Llegaron en buen tiempo a la cima de una pequeña colina desde donde, en sus faldas y a lo largo de las curvas del camino, podían verse las apiñadas viviendas de la aldea de Grino. Ni la niebla ni la lluvia habían amainado, y el atardecer comenzaba a delinearse.
De un humor de los mil demonios para entonces, Rigo contempló las luces de la pequeña comunidad delante de ellos.
—Ojalá me hubiera quedado en Florencia —dijo—, donde podría estar seco y con vino en el estómago. ¡Tengo tanto que agradecerte, Leonardo!
—No te pedí que vinieras conmigo —señaló el artista—, aunque me complace tu compañía. ¿Todavía te duele la herida?
—Solamente con cada movimiento de mi caballo —respondió acremente el artillero, espoleando su montura colina abajo—. La herida puedo soportarla, gracias a ti. Es pensar en cabalgar hasta Roma y, por lo tanto, directamente a los brazos de Riario lo que me preocupa. De cualquier manera, ¿por qué cabalgamos hacia Roma? En Florencia, antes de que partiéramos, ¿no le habías dicho a Lorenzo de Médici que te encaminarías hacia Milán?
—Así lo hice.
—Entonces, esto es una locura. Escucha, artista, Milán es la ciudad más acogedora de todas. He vivido ahí y ahí aprendí mi oficio de artillero. Milán es placentera, divertida y segura.
—Es todo eso —repuso Leonardo gentilmente.
—Entonces, ¿por qué, en el nombre del cielo, estamos cabalgando hacia el sur, hacia Roma, en vez de ir hacia el norte, a Milán? —urgió Rigo—. Si
perdí una parte de mi brazo en las campiñas de Roma, ¿qué es lo que voy a perder en la ciudad?
—Más allá de eso, ¿cómo le explicarás todo a Lorenzo de Médici? —
preguntó Leonardo en el más amable de los tonos.
—Ciertamente, ¿cómo? —añadió Rigo apresuradamente—. No sé a qué te refieres con eso.
—Rigo, Rigo —echó a reír el artista—, hemos librado juntos la campaña de Castelmonte, tú y yo. Juntos derrotamos a Roma. Entonces, deberías saber mejor que yo que no es la idea de uno o dos combates lo que se te atora en la garganta. ¿No te ordenó Lorenzo que me siguieras?
Confiésalo, Rigo. La verdad es que tu temperamento no está hecho para espiar y que no disfrutas ser la correa de Lorenzo más de lo que yo disfruto, o pretendo disfrutar, ser su perro. ¿Y bien?
Rigo no respondió a eso, pero enfiló su caballo para seguir a Leonardo hasta el modesto patio frente a la solitaria taberna de Grino. Un muchacho salió para sostener sus caballos y darles una alegre bienvenida. Apeándose apresuradamente, Leonardo se acercó para sostener a Rigo mientras éste se deslizaba, jadeante, de su montura.
—Ven, amigo mío —dijo Leonardo—. Has perdido mucha sangre, y, si la matrona de la casa tiene una aguja adecuada y algo de hilo, cerraremos esa herida tuya para que no pierdas más.
—Primero —repuso firmemente Rigo—, una botella de vino.
—¡Ah, pero, claro! ¡Primero lo primero!
Con el ojo de una larga aguja entre los dedos, Leonardo da Vinci giró lentamente la punta sobre la flama de una vela hasta que se puso al rojo vivo. La aguja silbó brevemente cuando Leonardo la introdujo en una de las dos pequeñas copas de vino que había sobre la mesa, mientras Rigo Leone contemplaba los preparativos con recelo.
—¿Agujas al rojo? —dijo—. No me gusta cómo se ve esto. ¿Y por qué en tu vino?
—No puedo decírtelo, amigo —contestó Leonardo—. Un cirujano me lo enseñó: una copa para la aguja, otra para el hilo —Leonardo pescó uno de los hilos con la punta de la aguja y la ensartó hábilmente—. Pero no
pudo decirme el porqué, aunque le pregunté, del mismo modo que tú. Era un turco; un hombre agradable y estudiado.
—¿Un turco? Esto me gusta cada vez menos —anunció Rigo. Sus ojos se clavaron en la aguja, inclinó la botella de vino y tomó varios tragos largos—. Hazlo, entonces —dijo—. Aunque preferiría combatir a ver tu cirugía.
—No tienes necesidad de ver —Leonardo se colocó detrás de su paciente y presionó los labios de la herida, gentil, pero firmemente, deslizando la aguja y el hilo profundamente debajo del corte y forzándolos a salir a través del otro lado de la piel. Rigo, la cabeza vuelta hacia el otro lado, fingía no sentir el procedimiento; levantó la petaca de cuero para beber de ella otra vez e hipó.
—Dios bendiga el vino —espetó—. Seis u ocho petacas más de éste y quizá pueda sobrevivir a nuestra estancia en Roma.
Leonardo hizo un nudo.
—Deberíamos estar en Roma muy en breve —dijo—. En realidad, nuestra visita debe ser corta y secreta —hizo una pausa, empujando una vez más la aguja a través de la piel y de la carne—. Nos dirigimos a Malta —
añadió.
Rigo bajó la petaca con recelo.
—¿Malta? —preguntó—. Malta es el fin del mundo. ¿Qué hay de la señorita Bianca Visconti?
—¿Qué con ella?
—Ella está en Florencia, que está muy lejos de Malta —repuso Rigo—.
Eso es lo que hay.
—¿Y bien? —preguntó Leonardo.
—Cuando un hombre está enamorado… —contestó Rigo.
Los dedos de Leonardo dudaron.
—¿Yo? —dijo—. ¿Enamorado?
—¡Vaya, hombre, cuelga de tu cara como el letrero de esta taberna! —
repuso Rigo con aire de triunfo. Bebió una vez más y eructó estruendosamente—. Además —aseguró—, hay peores cosas en Malta que su lejanía de la señorita Bianca. Está llena de hombres quemados por el calor del sol que se devoran entre sí. ¿Sabías eso? Lo sé por un marinero de
Livorno. Los llaman con un nombre largo como trabalenguas que no puedo recordar en este momento.
—Antropófagos —dijo Leonardo.
—Eso mismo, o algo parecido. Entonces…
—Y viven en África, no en Malta —prosiguió Leonardo—, si es que habitan en algún lugar —hizo el último nudo y revisó cuidadosamente su obra—. Sanará limpiamente —anunció—. Tengo un pañuelo en la alforja de mi montura para cubrirla, y otro para que sirva de cabestrillo. Hazme el favor de abstenerte de mover el brazo abruptamente, amigo, o las puntadas se reventarán.
De las profundidades de su alforja, Leonardo extrajo dos retazos de tela y, después de un largo momento, una carta cuidadosamente doblada que puso sobre la mesa. Sentado en un taburete frente al artillero, colocó ajustadamente uno de los pañuelos alrededor de la herida y dobló la otra en diagonal, con una mirada pensativa en el rostro. Después levantó la carta y la golpeó lentamente con la punta de los dedos.
—Escucha —dijo al fin—. Es cierto que no dejé por gusto a la señorita Bianca. Cuando dices que la amo, tienes todo el derecho. Aun así, cuando esta carta me llegó desde Florencia hace algunas semanas… Tú y yo hemos compartido mucho, Rigo, y parece ser que compartiremos todavía más.
Déjame, entonces, avivar tu curiosidad, al menos —desdobló la carta y comenzó a leerla lentamente en voz alta:
A Leonardo da Vinci, de su amigo, Felippo Mendoza, también de Vinci. Saludos: desde mi navío, el Píramo, anclado en Malta, te escribo. Ven rápidamente, porque estoy en peligro y necesito de tu ayuda. Venecia quiere mi secreto y, quizá, mi vida. Sólo recuerda el día en que hablamos en el huerto de Beppo, en Anchiano, cuando teníamos doce años; y apresúrate a ver a tu amigo Felippo, a quien llaman el Afortunado.
Rigo se inclinó hacia Leonardo.
—¿Eso es todo? —preguntó. Con el dedo índice izquierdo señaló el calce de la hoja del pergamino—. ¿Qué son estas palabras?
La frase que señalaba estaba escrita en negritas, y se encontraba separada del cuerpo de la carta. Decía: “PEREUNT ET IMPUTANTUR”.
—No es más que una frase en latín vulgar —contestó Leonardo despreocupadamente.
—Ya lo creo. ¿Qué significa?
—Todo a su debido tiempo, Rigo. Sólo te prometí picar tu curiosidad, no satisfacerla.
—Por lo que supongo —repuso Rigo perspicazmente— que ni tú mismo entiendes su significado.
—Quizá no del todo —asintió Leonardo con una leve sonrisa—. De cualquier modo, averiguaré lo que significa en Malta. Y tú también, si decides quedarte conmigo.
La voz del papa Sixto IV se estremeció con piadosa indignación.
—¡Esos perros florentinos! ¡Han colgado del cuello a nuestro arzobispo como a un vulgar ladrón!
—Es cierto, Su Santidad —convino Girolamo Riario—. Roma no habla de otra cosa; sin embargo, fue una pérdida menor, ¿cierto? Francesco Salviati era una criatura insignificante, al fin y al cabo, e indigno de su favor. Cálmese, se lo suplico. Su Santidad no carece de su propio poder.
—Así es —dijo Sixto IV, recobrando cierta apariencia de aplomo—.
Los Médici atacaron y se apoderaron de nuestra fortaleza en Castelmonte; asesinaron a nuestro arzobispo; protegen a nuestros enemigos; detienen a nuestras escoltas; humillan a nuestros emisarios; frustran nuestros propósitos en cada oportunidad. Bueno, ya veremos. Declararemos la excomunión de Lorenzo de Médici, y si Florencia no lo trae a nuestras manos para juzgarlo, entonces extenderé el interdicto a la ciudad entera.
El Supremo Pontífice de Roma y su capitán general estaban sentados juntos, en una de las nuevas y pequeñas salas de lectura del Palacio Papal, la “Biblioteca Secreta”, que flanqueaba la gran galería de la propia biblioteca. Por un acuerdo tácito se encontraban a menudo en ese lugar, porque las altas ventanas y los gruesos muros de piedra permitían una discreción poco vista en Roma. Los paneles hechos del más fino roble inglés enmarcaban cada lado de la sala; los gabinetes con sus filamentos de oro preservaban los antiguos documentos para los que había sido erigida, y, en los espacios libres arriba de ellos, Melozzo había pintado unos frescos imponentes en claroscuro. Era un cuarto que, expresando tanto riqueza como un delicado poder, brindaba al papa Sixto un placer considerable.
—Muy bien —dijo el conde Girolamo Riario—. Un par de ampulosas palabras de condenación y su bula papal puede servir para nuestros designios. Lo apruebo.
Sixto levantó el rostro lentamente; su cara, de la que pendía una papada, estaba enrojecida.
—No buscamos tu aprobación —dijo, mirando fijamente al conde con abierta repugnancia—. De cuando en cuando soporto tu insolencia, Girolamo, porque te necesito; sin embargo, te aconsejo que seas menos evidente.
—Me disculpo, Su Santidad, naturalmente —repuso Riario, con un tono todavía un tanto cuanto insolente—; y, en este momento, ¿dónde tiene necesidad de mis servicios?
—En Venecia. Nuestras negociaciones para una alianza con Ferrante de Nápoles están casi terminadas. Eres el capitán general de los ejércitos de Roma. Es tu deber, por lo tanto, poner a Venecia de espalda a los Médici mientras Ferrante agrupa sus fuerzas para atacar desde el sur. Estos son asuntos diplomáticos, sobrino. Confío en que te sientas capaz de manejarlos.
—¿Sobrino? Creo —dijo Girolamo— que prefiero ser conocido como su hijo, aunque no es sino una costumbre y, por lo tanto —sonrió amargamente—, una nimiedad.
Sixto se revolvió impacientemente en su silla de ébano. “Acepté y afilé un arma para Roma —pensó—, y mi dominio sobre ella falla. ¿Ahora qué?”
Involuntariamente, levantó la mirada. Las pinturas de Melozzo habían sido un error: el parecido familiar entre el papa y sus cuatro “sobrinos” era demasiado notorio como para confirmarlo destruyendo los retablos. Se recompuso firmemente.
—Me interrumpiste, sobrino. Estaba a punto de añadir que, como fallaste en destacarte en Castelmonte —y al decir esto el semblante de Girolamo se oscureció airadamente—, podrías acercarte a Venecia con la arrogancia que te domina un poco menos evidente. Uno no se atrevería a esperar humildad, pero quizá puedas ejercer una templanza decente. ¿Está claro?
Girolamo Riario miró al Sumo Pontífice a los ojos.
—Como Su Santidad ordene —dijo—. Pues, mientras Su Santidad viva, yo no existo sino para servir a usted, y a Roma. Y, en relación con el desafortunado asunto de Castelmonte, quizá pueda interesarle a Su Santidad saber que hay una pequeña ganancia en su favor: he cortado una mala hierba para usted.
—Habla con claridad —dijo Sixto.
—El pintor que se hizo ingeniero de los Médici —dijo Girolamo—, Leonardo da Vinci. Él, cuando menos, no interferirá más con los propósitos de Roma ni con los de usted. Me superó en Castelmonte, pero no volverá a hacerlo. Está muerto.
—Habría sido mejor —repuso Sixto— haberlo persuadido de entrar a nuestro servicio.
—No —respondió llanamente el conde. Su mirada era evasiva y siniestra.
El pontífice se levantó abruptamente, dando por terminada la audiencia.
—Ve con Dios, hijo mío —dijo—. Senos de utilidad en Venecia. Y
aprende obediencia.
—¿Quién me enseñará, me pregunto? —Girolamo Riario inclinó rápidamente su estrecha cabeza contra el anillo papal, dio media vuelta y abandonó la sala.
A poco más de un kilómetro y medio de distancia más o menos, Rigo ahogó al padre de todos los bostezos. Discretamente, se rascó la herida en proceso de curación: las puntadas, al fin, estaban saliendo, y —como Leonardo había certeramente profetizado— le escocían como el mismo diablo.
Ociosamente, su mente divagaba mientras estaba de pie bajo el dintel de la puerta y seguía el sonido de la voz interrogante del cardenal y el suave tono de Leonardo en respuesta.
El cardenal Domenico della Palla es un hombre muy impresionante, pensó Rigo. Tenía buen semblante, aunque algo severo y ascético. No era ningún hombre regordete de iglesia. El cardenal lucía delgado y fuerte.
Quince años más joven habría sido un buen artillero. Ese pensamiento sobresaltó a Rigo y se enderezó, casi con un sentimiento de culpa. El discurso, pudo notar, había tomado un rumbo más práctico.
—Esta oficina tiene leyes, hijo mío —decía el cardenal—, ya que, sin leyes, no puede haber disciplina, y, sin ella, las almas están perdidas. ¿Me entiendes?
“A eso se le podría llamar sabiduría, en cierto modo —pensó Rigo—; yo no podría capitanear a mis artilleros sin disciplina”.
Leonardo, no obstante, negaba con la cabeza.
—Mis leyes, Su Eminencia, son solamente aquellas que me son presentadas por los hechos —dijo—, porque, sin hechos, no puede haber verdad y, sin la verdad, las almas son proclives a extraviarse sin duda alguna.
—Sin duda alguna —repuso Della Palla con cierta aspereza—.
Procedamos, entonces, a considerar el deber. La Cancillería Apostólica reconoce sus deberes, si tú no, y, en cuanto canciller, mi deber aquí y ahora debiera ser llamar a mi guardia suiza. Su presencia aquí, maese Leonardo, quizá me comprometa; tenga por seguro que esto lo pone en peligro.
—Justamente —intervino Rigo—. Roma es peligrosa, así se lo he advertido; pero es obcecado, Eminencia.
El canoso cardenal sonrió fugazmente.
—No tiene necesidad de decírmelo —dijo—. ¿Acaso no lo sé bien por propia experiencia? —Se volvió hacia Leonardo—. Habla entonces, hijo mío. Mis guardias pueden esperar un poco más.
De un bolsillo de su túnica Leonardo sacó una pequeña libreta, que colocó sobre el escritorio.
—Aquí se encuentra el cumplimiento de mi compromiso con Roma y con usted, Su Eminencia —repuso.
—¿Qué compromiso es ése? —preguntó Rigo desde la puerta.
—Una promesa que hice antes del sitio de Castelmonte —respondió Leonardo—. Su Eminencia la recuerda, sin duda.
El cardenal Della Palla asintió y Leonardo señaló la libreta.
—Aquí está todo lo que he descubierto sobre cañones y artillería —
prosiguió—. Mis diseños para cada uno de los cañones de los Médici; notas de nueve recetas para hacer pólvora; un sistema para el bruñido de las balas de los cañones; los dibujos de mis inventos para determinar y ver el rango de tiro, así como los cálculos para cada experimento que he llevado a cabo.
Leonardo se volvió para encarar a Rigo Leone, boquiabierto y conmocionado por la indignación.
—Calma, mi buen Rigo —le dijo Leonardo—. No estamos aquí para convertirnos en artilleros de Roma, aunque pueda parecerlo.
—Lorenzo de Médici estará encantado de escucharlo —contestó Rigo bruscamente.
—Lorenzo tiene su parte del convenio —repuso Leonardo—. Le prometí la ciudadela de Castelmonte. Se la quitamos a Roma, tú y yo, y se la dimos a él. No habría podido concebir los medios para hacerlo sin la ayuda de la propia Cancillería Apostólica de Roma y de sus archivos, y, por lo tanto, debo pagar mis deudas, como deben hacerlo todos los hombres.
Para ello hemos venido aquí.
—¿Y también para negociar? —preguntó el cardenal.
—Y, quizá, para negociar.
—Muy bien —dijo el cardenal Della Palla—, tu palabra empeñada se ha redimido. Por mi parte ya no están en peligro.
—¡Vaya! En lo que concierne a eso —replicó Leonardo—, nunca supuse que lo estuviésemos. ¿En verdad pretendía llamar a sus guardias, Eminencia? Ni por un segundo. Todavía tenemos una negociación por delante.
Para entonces, Rigo Leone ya había recobrado la compostura.
—Discúlpelo, Eminencia —dijo con impaciencia—. Si él no le agradece, entonces permítame hacerlo por los dos.
—Al parecer cargamos el mismo peso, capitán Leone —repuso Della Palla secamente—, el cual consiste en preservar a maese Leonardo de las consecuencias de su propia imprudencia. Todavía puede resultar una tarea inútil —el cardenal tomó la libreta—. ¿Cuánto es el resto de su precio? —
preguntó al artista.
—Me gustaría —respondió Leonardo— estudiar las Efemérides del arzobispo Regiomontano.
—¿Los movimientos de los cuerpos celestiales? —las cejas del cardenal Della Palla subían y bajaban sin cesar—. Un gran salto, ciertamente: ¿de los cañones a las estrellas?
—Quizás —asintió Leonardo—; y, no obstante, el salto no es tan grande como podría suponer.
Alrededor de tres cuartos de hora después, Rigo estaba de pie frente a una mesa plegable, apoyada contra el exterior del muro que rodeaba el Palacio de Letrán.
Escribo en clave, Magnífico —dictaba el capitán—, para confundir a ojos enemigos. Fuimos al norte hacia M… pero primero a R… donde estamos ahora… y, más tarde, hacia el sur, a M…
El F le envió una carta a L desde M, que es por lo que vamos allá. El cerdo romano de Girolamo ha atentado otra vez contra nuestras vidas, Magnífico. Alabado sea Dios, que estamos a salvo… aunque las islas todavía son más seguras, creo, por lo que doy igualmente gracias. A su servicio, como siempre, suyo… R. L.
El artillero dejó escapar un suspiro de alivio.
—Hecho —dijo—, ¿lo escribiste todo?
—Sí, señor —de su primera copia, el joven escribano le leyó el mensaje una vez más a Rigo, palabra por palabra y letra por incomprensible letra.
Rigo estaba sumamente complacido.
—Espléndido trabajo, compañero —dijo—. Ahora hazme una copia en limpio y dime cuánto te debo. Debe de sorprenderte saber que es la primera vez que hago un negocio por escrito. ¿Qué piensas de ello?
—En verdad me asombra, señor.
—Parece ser bastante simple, lo admito.
—Usted tiene no poco talento para ello, señor —repuso el escribano con muy imperceptible ironía. Mientras se embolsaba su paga, estudió atentamente la ancha espalda del artillero que se retiraba hasta que la perdió de vista.
Gracias a un mensajero privado del banco de los Médici en Roma, la carta de Rigo llegó sin contratiempos a su destino siete días después. Fue entregada —como había ordenado Rigo— ni más ni menos que a Lorenzo de Médici en persona, en su aislado jardín.
A los veintinueve años, el gobernante de la orgullosa y libre República de Florencia ya era ampliamente amado. De apariencia eternamente joven e inmutable, había guiado el destino de la República como guiaba su cadena
de poderosos bancos: modestamente, con sentido común y mediante el ejercicio de una mentalidad absolutamente realista. Nunca, decía su pueblo, lo habían visto perder su serena compostura ni lo habían oído levantar la voz con jactancia o ira. El dolor que Lorenzo sentía por la reciente muerte de su hermano menor Giuliano, asesinado por Roma y por la familia Pazzi, lo expresaba en privado. Su furia en el campo de batalla de Castelmonte, si bien terrible, había sido mortal en su moderación. Su justicia había sido sumaria, y él había emergido de la tragedia y el triunfo con una cicatriz en el cuello y el temperamento tan lúcido como antes. Los florentinos lo amaban por su hábito de caminar por sus calles estrechas, deteniéndose aquí y allá para charlar tranquilamente con ellos. ¿Qué otro gobernante, se preguntaban, había bajado a jugar con sus hijos en la primera nevada, como lo había hecho Lorenzo?
Estaba ahora sentado sobre una banca de piedra al lado de un estanque en el que unos peces dorados nadaban lánguidamente. A su lado estaba su pupila y favorita, la señorita Bianca María Visconti, la joven cabeza inclinada cerca de la suya, mientras, juntos, se esforzaban por dar sentido a los intentos de Rigo Leone por mandar un mensaje codificado.
—“Norte a M” —leyó Lorenzo— debe significar Milán, a donde nuestro Leonardo tenía que haber viajado y a donde, impertinentemente, no lo hizo.
Su pupila asintió con la cabeza.
—Y, dado que su mensajero llegó de Roma, se desprende que esa “R”
—señaló ella— significa que también están en Roma. Y, desde Roma, van a cabalgar hacia… ¿a dónde ha escrito? “Hacia el sur, a M.” ¿Otra “M”?
—Entonces no es Módena ni Mantua —repuso Lorenzo—, porque están al norte de Roma. ¿Malfi, quizá? ¡Diablos! Hay media Italia y más al sur de Roma. Estoy empezando a pensar que el capitán Leone fue demasiado sutil.
—Aun así —señaló Bianca—, escribió: “Las islas son más seguras”.
Lorenzo lo pensó por un momento.
—Malta —dijo—, pero ¿por qué? Y, además, ¿quién demonios es “el F”?
—No lo sé, señor, y no me importa. No más de lo que debería importarle a usted. ¿Qué importa, si hasta ahora están a salvo?
—Me importa porque Florencia está bajo mi resguardo —contestó Lorenzo de Médici, golpeando la carta contra la rodilla de su pupila—.
Piensa: tu Leonardo y mi capitán de artilleros salvaron a Florencia para mí en Castelmonte. Florencia podría necesitarlos a ambos, y pronto, para salvarla nuevamente. Mientras mis alianzas se rompen, ten por seguro que Sixto está haciendo nuevas en contra de nosotros. Debido a que me atreví a defenderme cuando los Pazzi buscaron quitarme la vida hace menos de seis semanas, he sido excomulgado. Así me lo han dicho mis agentes. Y les creo. No es sino un disparo en una larga guerra. Debo confiar en los hombres que son puestos a prueba. Mi ingeniero, Leonardo da Vinci, es uno; Rigo Leone es otro. En Milán, habrían estado a la mano; pero ¿en Malta? Malta está muy lejos, Bianca. ¿Los encontraré ahí cuando Florencia los necesite?
—Sí, señor, lo hará.
Lorenzo examinó su esplendente rostro por un largo tiempo y sonrió con tristeza.
—Desearía tener tu confianza —dijo—. ¿Encontrarlos? Creo que ya perdí a Leonardo, cuando menos; por ti, niña, como te perdí a ti por él.
—¿Qué disparate es ése del gobernante más sabio de Florencia? —
respondió Bianca—. No ha perdido a ninguno de nosotros dos. Los amo a ambos, y mucho.
—Aunque no del mismo modo, me atrevería a decir —contestó secamente Lorenzo. Bianca se sonrojó, pero, al ver que Lorenzo todavía le sonreía, lo besó firmemente en la mejilla antes de ir a arrodillarse al lado del estanque.
Girolamo Riario, conde y protector de Bosco y de Imola y capitán general de Roma, estaba sentado detrás de su escritorio de pino barnizado y escuchaba atentamente al joven —un pariente lejano— que retorcía nerviosamente su muelle gorra entre los dedos mientras narraba su historia.
Delante del conde, yacía un simple pedazo de papel al que miraba una y otra vez con un semblante impávido.
El joven tenía por oficio el de escribano.
Riario lo escuchó hablar primero.
—Has hecho bien, primo —dijo finalmente—, salvo porque has tardado demasiado en ponerme en conocimiento de este asunto. ¿Por qué?
—Noble señor —comenzó el joven, vacilante—, le pido perdón. Yo…
esto es… pasé muchas horas pensando, antes de… para ser claro… señor, hay una referencia muy ofensiva a usted; si se refiere, como creo, a usted, contenida en lo que le he mostrado, y…
Dado que necesitaba la información, Riario se propuso ser encantador.
—¿Temías mi ira? —preguntó—. Vamos, vamos. Calma, primo. Un hombre de mi posición tiene enemigos y algunas veces son ofensivos. ¿Qué con eso? Sin duda alguna, tu evaluación ha sido correcta. ¿Ese hombre era de Florencia? ¿Estás seguro sobre eso?
—Señor, podría jurarlo. Florentino por el acento y soldado por su porte.
La carta está claramente dirigida a Lorenzo de Médici.
—Así es. Descríbelo de nuevo.
—Menos de la altura media, mi señor, y ancho como un oso. Cuarenta años de edad, puedo aventurar. De pelo oscuro y con manchas de pólvora en las muñecas y en el cuello.
—Bien —dijo el conde—, y ¿estaba solo?
—Mientras me dictaba la carta, señor, sí. Antes de eso, lo había visto charlando con un acompañante, más joven y alto, de talle esbelto, bien parecido, de piel blanca, con cabello entre castaño y rubio; bien vestido, aunque servicial y de talante alegre.
—Muy bien, realmente. ¿Nada más?
—Tenía una libreta en la cintura, unida a una cadena, señor.
—¡Excelente! Muy bien observado, primo. ¿Los reconocerías a ambos de nuevo?
—Sin lugar a duda.
El conde de Imola examinó a su joven informante con la amplia sonrisa benévola de un lobo saciado.
—Tus ojos me han servido bien —dijo— y, por ende, te han ganado diez ducados. Podrían darte a ganar cuarenta más, si sigues mis instrucciones.
—¡Breve y secreto! —dijo Rigo al día siguiente—. Me lo dijiste en Grino, no te atrevas a negarlo, y ¿cuál es el resultado? Durante más de una semana, hemos ido de aquí para allá por toda Roma para que todo el mundo nos vea.
¡Bah!
—Corremos poco peligro —dijo Leonardo.
—Siempre estamos en peligro, así que ahórrate la bravuconería, ¿y por el cuidado de un libro lleno de cifras? Es increíble.
—¡Vaya, entonces! —exclamó Leonardo—. La ingeniería es una actividad peligrosa, como fuiste el primero en señalármelo en Castelmonte el año pasado.
—Pero yo no soy ingeniero —arguyó Rigo.
—Lo eres. La artillería es ingeniería; por lo tanto, debes soportar los ensayos de la ciencia con paciencia y fortaleza —le aconsejó Leonardo y, con mayor seriedad, añadió—: Debo estudiar las Efemérides, Rigo, antes de que vayamos a Malta, y las cifras y las conclusiones que contienen no pueden ser comprendidas en un día; pero ya casi terminamos, te lo prometo.
Comenzaron a subir los escalones que llevaban a las puertas de entrada de la Cancillería Apostólica. Absortos en su discusión, no miraron en torno a ellos, porque habrían podido ver a un joven escribano, con su mesa plegable y su silla sujetas extrañamente bajo cada uno de los brazos, que los miraba fijamente mientras pasaban entre los altos portales.
—¿Y qué diantres son esas Efemérides, en todo caso? —preguntó Rigo.
—Son planos de estrellas y planetas, para navegantes. —Que son asimismo ingenieros, no me queda duda—. Muy cierto —convino Leonardo.
El escribano los observó hasta que estuvo convencido de cuál de las edificaciones era a la que se disponían a entrar, y luego corrió a toda prisa a través de la plaza hasta el cuartel general de la Guardia Suiza.
—Vengo con órdenes del capitán general —anunció al hombre armado más cercano—. Llévenme con su comandante, y dense prisa. Hay asesinos sueltos en la Cancillería misma.
Los corredores y las cámaras de la Cancillería Apostólica, al mismo tiempo repositorio del saber en Roma y sede del poder del cardenal Domenico della
Palla, eran —la verdad sea dicha— el refugio más impropio para unos asesinos. El salón generosamente abovedado que ocupaba la mayor parte de la planta baja albergaba fila tras fila de estanterías y gabinetes en los que estaban contenidos los archivos de la Santa Madre Iglesia, con toda su sabiduría registrada, o al menos aquella que pudiera considerarse aceptable para el estudio de la comunidad de clérigos. A ese salón, en consecuencia, llegaban estudiantes, sacerdotes y miembros aprobados del estado seglar, como a una biblioteca. Era un lugar para las disertaciones en murmullos, el suave roce del polvo del pergamino y del cuero y el ocasional crujir del pasar de una página.
Rigo Leone sentía por todo eso el entusiasmo de un zorro acorralado por las paredes del desfiladero que lo confinan al cautiverio.
Por uno de los lados del gran salón y a unos quince pasos sobre el nivel del piso, había una larga galería, a la que se llegaba por una serie de estrechas escaleras en espiral colocadas a intervalos a lo largo de una columnata de carga. Subir por cualquiera de esas escaleras conducía a los estantes de la galería, y, yendo detrás de su barandilla tallada, se podía ir más allá de las puertas de varias salas de lectura reservadas para visitantes privilegiados.
En una de esas salas de lectura estaba sentado Leonardo da Vinci, con las Efemérides de Regiomontano abiertas frente a él y con varios y pesados volúmenes más a cada lado. Escribía plácidamente y ensimismado.
Rigo, a un par de pasos de él, como había hecho cada día desde la semana anterior, estaba de pie en la puerta entreabierta que daba a la galería y abarcaba con ojo vigilante de un lado al otro del vestíbulo a sus pies. Para el artillero, siendo su interés por la astronomía inexistente, el hecho de que su compañero hubiese desarrollado una pasión por las estrellas era, simplemente, irritante. Estamos en una botella, pensó por centésima vez; dejemos que le pongan un corcho cerrando la puerta principal allá, a nuestra izquierda, y estamos acabados.
Y, precisamente cuando vigilaba eso y pensaba en ello, sucedió: de pronto, sus músculos se endurecieron, se volvió y espetó una advertencia queda y urgente.
—¡Psss! ¡Leonardo! Tenemos visitas. Siete de ellos… no, ocho. ¡Son guardias suizos, maese artista! ¿No te lo dije?
Cruzó la sala de lectura y tiró del picaporte de la puerta opuesta, que estaba detrás de Leonardo y llevaba a un pasillo interior del piso superior de la Cancillería. La abrió levemente y por la mínima rendija alcanzó a ver una alta figura en uniforme de oficial tocando para que lo dejaran entrar a la oficina del cardenal Della Palla, y a observar que la cabecera de la escalera principal estaba custodiada ya por tres guardias suizos más.
Por su parte, el comandante suizo no alcanzó a ver a Rigo. Tras hacer seña de que se hiciera a un lado al anciano clérigo que lo condujo hasta la presencia del canciller apostólico, avanzó con la espada en la mano.
—Con su perdón, Su Eminencia —dijo bruscamente—, pero un asunto importante apremia y debo hablar con usted en este instante.
Señalando una línea de un texto con el dedo, el cardenal inclinó la cabeza serenamente.
—Habla entonces, hijo mío.
—Su Eminencia, se ha visto a dos hombres entrar a la parte baja de la Cancillería. Hombres peligrosos y agentes proscritos de Florencia. Con su venia, mis hombres esperan mis órdenes para registrar este edificio.
El cardenal Della Palla miró la espada desenvainada.
—¿Y si los encuentran? —preguntó.
—Señor —respondió el capitán evasivo—, son asesinos y enemigos de Roma.
—No obstante —sugirió el cardenal—, confío en que ustedes no derramarán su sangre aquí, porque enfrentarán mi desaprobación extrema.
Bien, como veo que vistes la insignia del capitán general de Roma y tus hombres ya están aquí, consideremos que mi consentimiento ha sido solicitado y otorgado, buen capitán.
La ironía no escapó al comandante.
—Mi agradecimiento, Eminencia. No hago sino seguir órdenes.
—Entonces procedan —repuso el cardenal Della Palla.
Rigo Leone, que había regresado a su puesto original con vistas al salón, observó el movimiento que se llevaba a cabo en la planta baja y comunicó
la alarma con un áspero murmullo; una alarma que, según parecía, tenía grandes dificultades para comunicar a Leonardo da Vinci.
—Aguardan órdenes —dijo, y se volvió para ver que el artista todavía seguía con su profundo estudio, escribiendo afanosamente en una de sus libretas—. Picas —añadió—, y ya está aquí su capitán. Están formando una fila al otro lado del vestíbulo, con las alabardas preparadas para atacar. ¡Ah!
Ya comprendo su propósito: están haciendo una barricada a lo ancho del vestíbulo y todos deben pasar por él, uno a uno —se volvió nuevamente—.
¡Por Dios santo, hombre! —dijo—. ¿Quieres moverte? ¡Son los guardias de Riario, no tengo duda!
Leonardo se levantó lentamente, como alguien renuente a renunciar a lo que está haciendo, con la vista puesta todavía en las columnas de cifras frente a él. Completó una línea de escritura mientras estaba a medio levantarse.
—¿Cuáles son sus posiciones? —inquirió.
—Dos hombres en la salida principal —contestó Rigo—, y cuatro que hacen una barrera con sus armas, a seis pasos dentro del vestíbulo. ¡Por amor de Dios! —añadió—, pero más allá está mi pequeño escribano, conversando con su capitán, lo que hace de mí el más grande de los necios.
Un murmullo de preguntas y protestas comenzaba a levantarse desde debajo.
—Por lo que veo, tenemos una sola oportunidad —señaló Rigo—, una pequeña, en el mejor de los casos. Podemos bajar desde esta galería por la escalera más lejana y esquivar su barricada de picas… pero, ¿después?
—Buena conclusión —dijo Leonardo. Cerró de un golpe su libreta y se la sujetó a la cintura. Sacó un tomo grande y pesado de un estante y se lo dio al artillero, quien al principio lo tomó con el modo de quien le sigue la corriente a un lunático. El artista seleccionó uno de igual tamaño para él y metió las Efemérides (un volumen más pequeño, aunque grueso) dentro de su jubón.
—Adelante, entonces —dijo—. Lenta, pero no furtivamente, amigo.
Somos inocentes hombres de letras, hasta que el destino decida lo contrario.
Rigo dudó, pero Leonardo abrió suavemente la puerta de la galería.
Volviéndose hacia el lado izquierdo, comenzó a caminar a lo largo de ella,
ignorando el zumbido in crescendo de la indignación clerical bajo de ellos.
Mientras pasaban directamente por arriba de la fila de alabarderos, se detuvo para arrancar un pedazo de hoja del enorme libro que sostenía para garabatear algo en él, apoyándose en el muro de la galería.
Ningún ojo se había alzado todavía para observar el pasillo sobre sus cabezas. Leonardo alcanzó la cabecera de la escalera de espiral más cercana a las puertas del vestíbulo, con Rigo pisándole los talones. Sepultó la cabeza en absoluta concentración en el libro que llevaba levantado y comenzó a descender como ajeno a lo que sucedía a su alrededor.
Ya había llegado al piso del vestíbulo antes de que uno de los dos guardias de la puerta lo llamara —y al artillero detrás de él— para que se detuviera.
—¡ Ahora, Rigo!
De inmediato, Leonardo se puso en movimiento, corriendo a toda velocidad hacia ellos. Los alabarderos restantes, de espaldas a la puerta mientras sostenían la barricada en contra de la presión de los hombres de letras que venían desde el otro lado, comenzaron a vacilar confusamente, pero toda intervención que pudieron haber hecho llegó demasiado tarde. El escribano, al otro lado del salón, dio un balido al reconocerlos. Los dos hombres en la puerta bajaron la punta de sus picas para hacer frente a la arremetida de Leonardo, introduciéndolas profundamente en la dura cubierta de piel del libro que los arremetía. Mientras luchaban vana y furiosamente por liberar sus armas de ese inaudito escudo, Rigo atacó violentamente al más cercano, lanzándolo a cinco pasos de distancia, hasta hacerlo aterrizar sin aliento y jadeando como un pez arponado sobre las baldosas del pórtico. El artillero levantó su libro y aplastó con él el yelmo del otro, cuyas piernas se estrujaron.
Leonardo se detuvo sólo para arrancar la lanza del soldado caído de su improvisada armadura y ensartar en su punta la última nota, escrita apresuradamente, y corrió a través de la puerta detrás de Rigo. Salieron al aire libre del patio de la Cancillería y, de allí, a la seguridad de la abarrotada piazza allende la puerta de entrada un momento después, con la única incomodidad de la risa que amenazaba con romperles las costillas.
Unos veinte minutos después, Girolamo Riario temblaba de rabia frente al escritorio del cardenal Della Palla.
—Conspiración, Su Eminencia —dijo, rechinando los dientes—.
¡Estaban aquí, con su permiso y bajo su protección!
El cardenal no contestó. En realidad, parecía que no lo había escuchado.
El único sonido en la pausa que siguió —el afanoso rasguñar de la pluma de Della Palla sobre el papel— provocó aún más a Riario.
—Que desde hace mucho tiempo ha sido partidario de ese espía Médici es bien sabido por mí —dijo, lívido de furia—, pero que conspire para traerlo a la propia Roma, que conspire para ponerlo sobre aviso y, finalmente, que conspire para permitirle escapar está más allá del favoritismo. ¡Es traición!
Con mesurada calma, el canciller apostólico completó las líneas finales de su composición y firmó cuidadosamente el pergamino. Lo limpió ligeramente, lo cepilló para quitar los gránulos y lo enrolló en un perfecto cilindro antes de atarlo con un listón púrpura.
—Confío en que es un asunto importante, Eminencia —dijo Riario con un sarcasmo furioso.
—Lo suficiente —respondió Della Palla—. Conde, me parece que se ha alejado de su buen juicio. ¿Olvida quién soy? Tengo el cargo legal más alto de la Iglesia, y palabras tales como “traición” y “conspiración” son disparos en un campo de batalla que yo domino y usted no. ¡Tenga cuidado, conde!
He notado su apetito por derramar sangre en la Santa Iglesia de Dios y hoy, aquí, en la cancillería misma de Roma. Yo no tomo esas cosas a la ligera, y
—mientras hablaba, alzó el pergamino en la mano—, como corresponde, he escrito al Santo Padre, para aconsejarle que reprima esas tendencias suyas.
Se levantó de su silla y parecía que se abalanzaba sobre Girolamo.
—Agradezca que no hago más. Y, ahora, ¿si me permite…?
—Y ¿qué era —inquirió Rigo— ese pedazo de papel que dejaste como recuerdo en la punta de la pica?
Seguros ahora en su habitación de la taberna, embalaban sus sillas de montar preparándose para su partida —al fin— de Roma.
—¡Ah, eso! —contestó Leonardo, lanzando un libro por los aires y atrapándolo con destreza—. Me vi obligado, como podrás ver, a tomar
prestada esta copia de las Efemérides, y la cortesía me exigía que dejase una nota para avisar de ello a Su Eminencia, el canciller apostólico.
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