La esmeralda de los Médici
Capítulo IV
SU PLAN —digno de elogio en todos los sentidos, aunque poco sincero— le había costado a Bianca Visconti semanas de reflexión: a fin de partir de Florencia y alcanzar a Leonardo en Malta, necesitaba razones poderosas para convencer a su protector, Lorenzo de Médici; si encontraba alguna que lo persuadiera, quizás él la reprendería y le llamaría la atención, pero —así lo creía Bianca— se serenaría, como siempre, con un par de lisonjeros embelesos. Así, había acudido a él plena de confianza.
Con todo, lamentablemente, las cosas no iban como las había planeado.
Estaba sentada, abatida por un miedo desconocido, mientras Lorenzo la fustigaba con palabras hirientes.
—¿Engendraste un bastardo bajo mi techo, señora? ¡Cuán complacido estará tu tío, el regente de Milán, cuando lo sepa! —golpeó fuertemente el escritorio con la palma de la mano, haciéndola sobresaltarse—. ¡Inocente criatura! Milán pende de un hilo. ¿Quieres cortarlo?
—Lo lamento, señor —respondió Bianca con voz temblorosa—, no había pensado…
—Eso es obvio. Ese niño que engendras, ¿cuándo nacerá?
Bianca consideró el asunto rápidamente, inquieta. En ese momento, el camino de regreso a la verdad parecía más sinuoso que el que tenía frente a ella.
—En… en febrero, señor.
—Entonces tenemos tiempo suficiente; y, ¿el padre del bastardo, señora? 0 ¿debiese suponer que ya conozco tu respuesta?
—Leonardo da Vinci —respondió débilmente.
—Claro —dijo Lorenzo—. En el nombre de Dios que esto es atrevimiento. ¿Acaso imagina ese ingeniero que, porque le ha rendido a la
ciudad de Florencia y a mí mismo el servicio de ganar la batalla de Castelmonte, debo aceptar que seduzca a mi protegida? Bien, señora, tu dote será un anillo de bodas y no más, y mi presente a Leonardo puede ser su vida. ¡Que se considere afortunado! Haré que regrese a Florencia, en noviembre; una ceremonia privada y, para ambos, el destierro.
—¿El destierro? —Bianca estaba consternada.
—¿Suponías que podrían permanecer en Florencia? —Lorenzo la miró sombríamente—. Los embajadores de Milán están aquí y no puedo permitirme que los vean. Tú abandonarás la ciudad en este momento y regresarás sólo para casarte; y, dado que no puedo confiar en que reprimas tus apetitos, te pondré donde puedan vigilarte —su mirada se desvió a un mapa en la pared—. ¡Pisa! —prosiguió—. Los Médici auspician un convento en ese lugar; una institución inflexible, señora, donde el estricto voto de silencio quizá le dé tiempo para pensar en la forma abyecta como ha correspondido a la hospitalidad de Florencia.
Una ira irracional la puso de pie, con los ojos centelleantes.
—¿Acaso cometí un asesinato, señor? ¿He roto alguna promesa que le hice? ¿He traicionado deliberadamente a Florencia? ¡Estoy embarazada, señor, eso es todo! En Florencia hay bastardos suyos, según dicen algunos.
—¡Basta ya! —Lorenzo se puso de pie y caminó lentamente hacia la ventana, con la espalda rígida por la ira y la determinación—. Puedes retirarte, señora; aléjate de Florencia y de mi vista. Empaca lo que necesites. Parte esta misma mañana; con una escolta.
Como lo había ordenado Lorenzo, Bianca abandonó la ciudad un poco antes del mediodía. Era un magnífico día de verano, con un sol brillante. Bianca Visconti hablaba poco, no obstante, con la mente dando vueltas al desmoronamiento del plan que antes había creído admirable y que ahora veía en ruinas ante ella.
Debe notarse que no es que a su escolta y guía le importara el silencio de Bianca. Él, ataviado con una radiante capa color de rosa que hacía resaltar el jubón de seda verde, había llenado las primeras tres horas de su jornada con una interminable disertación sobre la moda y las telas, los puños y los cuellos de las camisas, las botas y los cinturones; porque
Cipriano di Ser Giacomo Giachetti di Lucca, artillero de Florencia y teniente de Rigo Leone, tenía más que una inclinación por la moda: por sobre todas las cosas, adoraba hablar de ella.
—Piense, mi señora, que las calzas de humilde lana, en gris o café —
dijo—, pueden sernos de utilidad, lo admito; pero los franceses nos regalaron las calzas multicolores, una en una pierna y otra en otra: una idea agradable, lo admito. A partir de eso, he creado un diseño con pequeñas rosas rojas bordadas en una pierna sobre un fondo bermejo; la otra pierna, imagínelo, por favor, adornada con pequeñas perlas en un patrón muy parecido al marfil y ¡sobre un fondo naranja claro!
—Sin lugar a dudas, un triunfo, maestro Cipriano —dijo Bianca, rompiendo al fin su silencio—, y muy costoso también.
Cipriano se echó a reír encantado.
—¡Lo mismo dijo Bonini, mi calcetero, señora! Un amigo excelente. No perjudicarán ni un ápice mi bolsillo. Las está fabricando en este momento como un tributo a mi inteligencia y a su propio oficio, si, a cambio, le proporciono más ideas mías.
—Y usted estuvo de acuerdo, claro —dijo Bianca.
—Por supuesto.
Bianca examinó a su escolta con cuidado. La culpa y la ira, ya sosegadas para entonces, habían dado paso a nuevos cálculos. No puedo quedarme encerrada en el convento de los Médici, pensaba.
—¿Sabe por qué Lorenzo me manda a Pisa, maestro Cipriano? —
preguntó afablemente.
—¡Ay, señora mía! Los Médici no confían todavía en mí —se sonrió—.
Es una tontería de su parte, pero así es.
—Y ¿quisiera saberlo?
—Sólo si usted quisiera decírmelo, mi señora.
—Ése es el punto, maestro Cipriano, debo decírselo a alguien, y usted parece ser un hombre… discreto.
—Eso espero, mi señora.
—Siendo así… —hizo una pausa antes de dar el paso—, he dicho a Lorenzo que estoy encinta.
—Me alegro por usted.
—Era una mentira.
—¿Lo era?
—No estoy en absoluto embarazada.
—Ya veo. ¿Decidió mentirle al Magnífico? Un camino arriesgado el que eligió, mi señora. ¿Podría un hombre de mi discreción saber el porqué?
—Pensaba que me dejaría ir con Leonardo.
—¿Le dijo que Leonardo da Vinci era el padre? Eso no debió de haberle gustado.
—No le gustó.
Cipriano di Lucca la miró fijamente y una sonrisa se dibujó en sus afilados rasgos.
—Vaya, tiene el temple de un artillero, mi señora, se lo aseguro —dijo
—. Mis órdenes, sin embargo, son precisas. Son las de llevarla a salvo a…
—Sé cuáles son sus órdenes; cúmplalas, y yo estaré sobre los muros de ese convento en un día; iré sola a Malta y ahí me encontraré con Leonardo.
Cipriano tiró de las riendas para detener su caballo. —¿Malta? —
preguntó—. ¿Es ahí donde se ha metido? —Así es— contestó Bianca, —y Rigo está con él.
Cipriano acarició su rota nariz. Era un defecto en su aspecto, por lo demás, bien parecido. Se la habían dañado en un altercado con sus compañeros artilleros sobre la cuestión de si la inclinación por la ropa y la higiene debía considerarse afeminamiento. Sonriendo aún más ampliamente, dijo:
—Entonces, mi señora, no tiene necesidad de viajar hasta allá sola.
Lorenzo de Médici difícilmente podrá perdonarme si permito que se embarque en una travesía tan peligrosa. Además, según me han dicho, en Malta tienen los encajes más finos y las telas de algodón de Gaza más nuevas. Incluso he escuchado que hay cierto terciopelo de Aleppo, más fino que el satén, que se encuentra ahí y únicamente ahí. Por encima de todo, si hay una reunión de artilleros en Malta, entonces olfateo una aventura.
—Sólo son dos —observó Bianca.
—Dos artilleros es ya una reunión.
—Tengo muy poco dinero, Cipriano.
—No se preocupe, mi señora. Tengo una bolsa repleta de llorínes de Lorenzo; el dinero en efectivo que Leonardo ganó para nosotros en Castelmonte, de hecho, lo que me parece bastante irónico. Bien, mi señora, démonos prisa. Necesitamos encontrar un barco en Pisa y quizás otro en Livorno para poder comprar un pasaje a Malta.
—Florencia —repuso Rigo, con el entrecejo fruncido—. Yo digo que debemos regresar a Florencia. Tú viniste aquí a ayudar a Felippo, que está muerto; añade a eso la esmeralda, que es lo suficientemente valiosa como para hacerte un hombre rico cuando la vendas en Florencia, pero que tiene muy poco valor en este lugar. Hemos sobrevivido a tres ataques de Riario y sus compinches. Nuestra dotación de buena suerte quizá se haya agotado. Y
Bianca Visconti te espera, Leonardo, mi amigo. Entonces, abandonemos Malta, ¿de acuerdo?
—Las horas pasan y las tenemos contadas —dijo quedamente Leonardo.
—¿Las horas hacen qué?
— Pereunt et imputantur: pasan y están contadas para nosotros —
Leonardo arrojó la medialuna de marfil sobre la cama, al lado del artillero
—. ¿Lo ves, Rigo? Las mismas palabras escritas por Felippo en la carta que me envió, y aquí están, talladas en esa joya.
—Y ¿qué con eso? Ese era el mensaje que Felippo tenía para ti, sin dudarlo —contestó Rigo con firmeza—. Quería que tú tuvieras la esmeralda, aunque temía decirlo directamente. Tómala y vámonos.
—Y ¿qué hay con esto? —Leonardo sostenía la tablilla rectangular que había tomado del Píramo mientras se hundía. Rigo la tomó.
—Veo que hay más palabras. ¿Qué es lo que dicen? Leonardo observó la tablilla en la mano de Rigo.
—Del lado que puedes ver, dice lo siguiente —contestó—: “HAGO MI CARRERA; GANO O ME QUEDO A LA ZAGA”.
Rigo volvió el objeto.
—¿Y en el otro? —preguntó.
—… “así conocerás tu lugar cuando todos estén ciegos” —tradujo Lorenzo.
—Más engaños —replicó Rigo—. ¿Qué significa? Nada.
—O todo, Rigo. Felippo no me hizo venir a Malta para darme una chuchería que pudo haber ocultado en cualquiera de mil lugares seguros.
No; estas dos piezas de marfil, juntas, son una clave para solucionar otro acertijo, un acertijo tan importante que Felippo murió por él. ¿No sientes curiosidad? Nos quedaremos aquí, Rigo.
—Y yo comenzaré a practicar de nuevo la esgrima con la mano izquierda —espetó Rigo ásperamente. Se habría quejado aún más, pero los interrumpió la llegada de Lemmo, sin aliento por haber subido las escaleras de la posada.
—En el mercado sólo tienen almendras, señores —anunció—.
¿Servirán?
—Por supuesto —contestó Rigo aceptando el pañuelo anudado que llevaba el muchacho—. Eres el mejor de los ayudantes y de los mayordomos, muchacho.
—Estoy aquí para obedecerlos, mis señores —dijo Lemmo con suavidad. Hizo una inclinación y se dispuso a salir, pero Leonardo lo detuvo.
—Aguarda un momento, Lemmo —dijo el artista—. Hay preguntas que necesito hacerte. Quizá tú puedas ayudarme.
—¿Preguntas, señor?
—A propósito de tu padre adoptivo y mi amigo, el capitán Felippo el Afortunado —Leonardo le indicó una silla—. Siéntate, muchacho, quiero que me digas algo sobre la manera como Felippo navegaba su embarcación.
—¿Navegar? Sé poco de eso, señor.
—Aun así, navegaste con el Afortunado.
—Muchas veces, pero como un simple grumete.
—No importa. Sólo necesito saber qué es lo que veías y lo que recuerdas; por ejemplo: ¿a qué hora del día cambiaba tu padre el curso del Píramo?
—¡Ah! Eso lo sé bastante bien —respondió Lemmo—, todos los días al mediodía y, en algunas ocasiones, por la noche.
—¿Al mediodía? ¡Por Dios!, y ¿cómo lo lograba?
Lemmo miró fijamente el piso, con el ceño fruncido.
—Déjeme pensar. Poco antes del mediodía, se dirigía a su camarote y cerraba la puerta. Después, salía con su cuadrante y le “disparaba” al sol, como él decía.
—¿Disparar al sol? —preguntó Rigo—. ¿Qué es un cuadrante, entonces?
—Es una cosa —explicó Lemmo, gesticulando— con dos brazos, uno de los cuales se apunta al sol y el otro, al mar. Eso fue lo que me enseñó, aunque nunca pude entender el porqué.
—Mide la altitud del sol sobre el horizonte —dijo Leonardo—. Lo estás haciendo muy bien, Lemmo. Y ¿después?
—Poco más, buen maestro Leonardo. Regresaba a su camarote, cerraba una vez más la puerta y, después de un breve tiempo, escuchábamos correrse los cerrojos otra vez, salía y le indicaba a Tommaso algún pequeño cambio en el derrotero, en tal o cual dirección.
—¿ Pequeño cambio? —inquirió Leonardo—. ¿Siempre?
—¡Pues, sí! Algunas veces, ninguno en lo absoluto.
—Y ¿siempre al mediodía?
—Al mediodía, por el sol —contestó Lemmo—, aunque, por la noche, a menudo hacía lo mismo con la Estrella del Norte. O quizá no era lo mismo.
No estoy seguro.
—Pero, al mediodía —insistió Leonardo—, ¿nunca ordenó un gran cambio en el derrotero del barco, como podría ser del norte al levante?
¿Nunca tan drásticamente?
—Nunca.
Rigo interrumpió.
—Entonces, así es como orientaba su navío más certeramente, como me habías dicho —dijo— ¿Crees que ése es su secreto?
—Parte de él, sin duda alguna —contestó Leonardo—, aunque comienzo a ver algo más, y de mayor importancia, bajo todo ello. Si estoy en lo cierto, entonces ¡Felippo era realmente dueño de un secreto más allá de cualquier precio!
—¿Concluyes todo eso de tan poco? —preguntó Rigo.
—Si estoy en lo cierto, Felippo conocía un método que cambiará para siempre la manera como los hombres ven el mundo y viajan por su faz —
repuso Leonardo—. Nada menos.
—¿Cómo es posible? —inquirió Rigo.
El artista se puso de pie y comenzó a caminar alrededor de la habitación, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
—Presta atención —dijo finalmente—. Primero, como te dije, la mayoría de los capitanes navegan a lo largo de la costa, de un hito de referencia a otro, ayudados por las cartas de navegación y su memoria. Es un proceso lento, como pueden imaginar, por lo que, en ocasiones, un capitán intrépido debe alejarse de la costa que conoce y fijar el rumbo por mar abierto, más allá de la vista de tierra firme. Para ello, necesita una rosa de los vientos y portulanos.
—Recuerdo que eso dijiste —apuntó Rigo—; y, en ese caso, el viento y las corrientes pueden desviar el barco de su curso, arruinando el derrotero del capitán.
—Exactamente, amigo mío. Aunque, si un capitán, ya sea por un error o por un accidente imprevisto, se aleja de la costa, cuenta con un medio por el que puede regresar a salvo al puerto, si bien es uno problemático; porque, si su barco navega hacia el norte, hacia la Estrella Polar, entonces el ángulo entre la estrella y el horizonte cambia a medida que lo hace. Cuando ese ángulo es de, por ejemplo, cuarenta y cuatro grados, se dice que el barco está en la latitud cuadragésimo cuarta. Y como todos los mapas muestran qué puertos se encuentran exactamente en esa misma latitud (o en cualquier otra), de ello se desprende que nuestro capitán solamente necesita virar al este o al oeste cuando alcance la latitud que ha elegido y, navegando a lo largo de ella, debe llegar indefectiblemente, tarde o temprano, al puerto elegido; lo cual puede hacer simplemente manteniendo la Estrella Polar en un ángulo constante sobre el horizonte.
—Pero —objetó Rigo— eso puede funcionar bien por la noche, cuando podemos ver las estrellas. Y ¿durante el día?
—Excelente pregunta —replicó Leonardo—, porque la altitud de la Estrella del Norte se mantiene constante, mientras que la del sol al mediodía cambia con las estaciones; sin embargo, un marinero con cierta habilidad para las matemáticas y apoyado por almanaques y tablas de números, como el Almanach perpetuum del astrónomo judío Abraham Zacuto, puede
calcular su latitud a partir de la altitud del sol, corrigiendo ésta mediante una cifra que encuentra en sus tablas y que es diferente para cada día del año.
—¿Y bien? preguntó Rigo. —¿Dónde está el misterio? No veo a dónde nos lleva todo eso.
—Entonces no me has prestado suficiente atención, porque he descrito a un capitán que hace un repentino y drástico cambio en el derrotero del barco, como puede ser el de dirigirse al norte para dirigirse al este, ¿no? —
dijo Leonardo—. Aun así, Lemmo, aquí presente, nos ha asegurado que Felippo no hacía virajes tan marcados; en lugar de ello, tan sólo corregía ligeramente
su
curso
cada
mediodía
y
cada
medianoche.
Consecuentemente, cuando ordenaba un cambio de su derrotero, no podía ser solamente para navegar de regreso a cierta latitud. ¿Me entiendes? Era algo distinto, y mucho más preciso.
—Y ¿qué era eso, entonces?
—Eso —dijo Leonardo— es lo que Venecia busca realmente. Pues te aseguro, Rigo, que los marineros no conocen una manera (ninguna en absoluto) en que un capitán pueda corregir su derrotero por alguna cantidad una vez que la tierra está fuera de su vista; pero Felippo sí podía, y eso lo hizo el marinero más veloz del Mediterráneo. El sabía, Rigo, y por eso lo asesinaron.
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