La esmeralda de los Médici
Capítulo XIII
LEONARDO llegó a Roma a finales de febrero, bajo un cielo encapotado que amenazaba nieve. Se encaminó directamente hacia el Palacio de Letrán, donde el canciller apostólico, el cardenal Domenico della Palla, estaba menos que contento de recibirlo.
—Roma todavía es peligrosa —dijo—, y no estás automáticamente protegido contra los daños entre estos muros, hijo mío, como parece ser que imaginas.
—La aparente severidad de Su Eminencia —dijo inocentemente Leonardo— me llena tanto de vergüenza como de intranquilidad; sin embargo, bajo ella…
—Leonardo…
—¿Sí, Su Eminencia?
—Nada, nada. ¿Has venido aquí, supongo, para regresar el libro que robaste en junio pasado?
—Aquí está, sin daño.
El cardenal Della Palla hizo sonar una campanilla.
—Por tu apariencia, se ve que has viajado desde lejos —dijo—. Puedo ofrecerte un pastelillo y un poco de vino de Bérgamo, del que nos proveyó nuestro capitán general, el conde Girolamo Riario. Él está en Venecia, por cierto, o ¿quizá ya lo sabías?
—He estado en el sur, Su Eminencia, pero le agradezco la información.
Después de comer y beber juntos, el canciller apostólico sacudió las migajas de su túnica y su semblante se relajó un poco.
—¿Y la señorita Bianca Visconti? —inquirió.
—Está bien. Voy en camino a Florencia para pedir su mano en matrimonio.
—No la obtendrás —dijo Della Palla con prontitud y seguridad—; pero no puedo sino aprobar tus intenciones. Ahora bien, en cuanto a Venecia…
—Mi señor —dijo Leonardo—, ¿por qué tan insistente preocupación por los asuntos de Venecia? Soy un pobre estudioso y artista, y, aunque es cierto que Venecia me ha ofrecido recientemente un mecenazgo…
—¿Sabes lo que eres? —dijo súbitamente el cardenal—: un tábano. A veces, en mis largas vigilias nocturnas, creo que, en su sabiduría, Dios Todopoderoso ha acudido a ti para poner a prueba mi paciencia. Eres insolente sin medida. Eres un pecador irredento. Eres un librepensador y un rebelde que se acerca peligrosamente al borde de la herejía. Eres irritantemente frívolo. La autoridad no es sino un hazmerreír para ti. Eres listo, motivo de escándalo; tienes cierto encanto que no alcanzo a entender y, al menos en un estricto sentido militar, eres el enemigo de Roma.
—Pero no de usted —dijo Leonardo.
—Eso puede ser —replicó el canciller, quizá con demasiada precipitación—. Eso no contesta la pregunta de por qué estoy dispuesto a soportarte.
—Siempre he supuesto, mi señor, que es por un afecto natural.
Por alguna razón, el cardenal Della Palla parecía en dificultad de expresarse. Finalmente, preguntó:
—¿Es eso lo que sientes por mí? ¿Afecto?
—Mi señor —dijo llanamente Leonardo—, aunque nos conocemos uno al otro desde hace apenas un año, aun así, pienso en usted como en un padre.
El cardenal fingió estar muy ocupado en sacudir su túnica una vez más.
—Y supongo que tu función en esta vida de dolor es la del hijo pródigo
—repuso—. Sea como fuere… estaba hablando de Venecia. Tú has llegado del sur, dijiste. Entonces, debes haber visto los ejércitos del rey Ferrante de Nápoles.
—Pasé a través de sus filas, mi señor.
—Roma es aliada de Nápoles —dijo el canciller—, y Girolamo Riario está buscando una alianza con Venecia. Si tiene éxito, Florencia la tendrá difícil. ¿No lo crees?
Leonardo lo consideró unos momentos.
—Florencia es una ortiga —dijo—. No importa cuántas manos se extiendan para agarrarla, todas se espinarán al hacerlo.
Della Palla se levantó y caminó hasta la ventana.
—No apruebo la guerra —dijo.
—Eso lo sé, mi señor.
—Se puede impedir.
—¿Cómo?
—Por medio de Lorenzo de Médici. Leonardo, si la oportunidad se presenta, me gustaría que hicieras algo por mí. Aconseja a Lorenzo que venga en persona a Roma, que jure obediencia a nuestro Santo Padre y que ruegue perdón para él y para Florencia. Si lo hace, creo que todavía puede haber salvación para todos ellos.
En un oscuro cuarto de agrio olor en Venecia, Girolamo Riario miró la silueta que yacía en la cama, envuelta en vendas de la cabeza a la cintura.
—Afortunadamente, Uberto —dijo—, todavía podemos tenerlo. ¿Le satisface eso?
A ciegas, el hombre acostado en la cama volvió la cabeza. Su voz quebrada era casi inaudible.
—¿Cómo? —preguntó.
—Roma tiene dedos en todas partes —dijo Riario—, incluso en Malta; dedos más sutiles, quizá, que los de Venecia; pero Venecia ha fracasado, y ha pagado por ello. Mis informantes me dicen que el contenido del depósito de Birgu valía un poco más de setecientos mil florines. Usted también metió la pata, maestro Uberto; y, también, pagó un precio muy alto. No obstante, anímese: tendrá su venganza… aquí, en Venecia.
El hombre quemado que yacía en la cama no respondió.
—Por lo tanto, tenga paciencia —dijo Girolamo Riario—, tanta más cuanto que escucho que sus cirujanos han llegado. Sin duda sus atenciones serán dolorosas, pero estoy seguro de que sobrevivirá. Le deseo un buen día.
—Imposible —dijo Lorenzo de Médici—. La señorita Bianca tiene apenas dieciséis años, y, en cualquier caso… Bueno, dejemos tu situación a un
lado. La respuesta es no.
—Señor —dijo Leonardo—, ¿cuándo se habría casado con el príncipe de Saboya? ¿Este año o el siguiente? Ella le había sido prometida, independientemente de su edad.
Lorenzo de Médici pinchaba ociosamente la mesa de su biblioteca con la punta de un fino estilete.
—Dado que mataste al príncipe de Saboya —dijo—, esa cuestión no se plantea… afortunadamente para todos nosotros, me atrevería a decir, porque era un hombre completamente desagradable; pero no existe la más mínima posibilidad de que te otorgue mi venia para lo que me pides. Estoy completamente seguro de que eso ya lo sabías y de que no eres de aquellos que pierden su tiempo en argumentaciones infructuosas. Si no te conociera mejor, incluso sospecharía que estás tratando de tener un gesto de galantería para evitar que dé la orden de arrojarte a un calabozo, que es lo que te mereces, tanto como la señorita Bianca pertenece a un convento. Sea lo que fuere, ese asunto está terminado. ¿Entiendes?
—¿Para siempre?
—No he dicho eso. Sigue sirviendo a Florencia y ¿quién puede saber qué recompensas te traerá el futuro? No te prohibiría que lo mencionaras de nuevo en uno o dos años; es decir, suponiendo, claro está, que no se trata de un amorío pasajero y deplorable entre un hombre persuasivo y una hermosa niña.
—No lo es —dijo Leonardo—, y, en cuanto a eso, ella es menos niña de lo que piensa.
—No me hagas enojar —dijo el gobernante de Florencia, que clavó el estilete más profundamente en la mesa y lo dejó en posición vertical. Desde afuera de la ventana de la gran biblioteca del Palacio de los Médici, los sonidos de las calles de Florencia llegaron quedamente a sus oídos durante el silencio que siguió. Finalmente, Lorenzo empujó la silla hacia atrás e hizo un gesto con la mano—. Siéntate —dijo—. Has hablado de lo tuyo y hay otras cosas que deseo discutir contigo. Mi capitán de artillería, por ejemplo. ¿Perdió su mano?
—Él está bien —respondió Leonardo, tomando asiento—, y su ánimo está tan bien como su salud. Sí, Venecia le amputó la mano derecha y yo la
reemplacé con otra. Estará a su servicio como siempre lo ha hecho.
—Venecia —dijo Lorenzo como si hablara consigo mismo—. Venecia, Nápoles, Roma.
—Es cierto —repuso Leonardo—. Ferrante de Nápoles está reuniendo un ejército de treinta mil efectivos en el valle del Volturno, cerca de Capua, y Girolamo Riario está en Venecia.
—Lo sé. ¿Crees que no tengo ojos ni oídos? También hay un banco Médici en Venecia. Lo que no me has explicado es por qué Venecia y ustedes se enfrentaron en Malta.
—Es una larga historia —dijo Leonardo—, y quizá sea difícil de entender.
—Cuéntamela —ordenó Lorenzo de Médici.
Había pasado la tarde y un frío atardecer comenzaba a concentrarse en los jardines del palacio. Florencia estaba entre el invierno y la primavera, y los senderos y los campos de flores todavía estaban desnudos, aunque los muros que los rodeaban resistían el azote del viento.
—Un reloj —dijo Lorenzo—. Muy bien. ¿Venecia está dispuesta a matarte por él?
—Justamente —respondió el artista—. No piense en él como un simple reloj, señor. El trabajo de Zeser Ibn Hasim puede tocarse y verse, es verdad; pero el trabajo de mente es un asunto distinto.
—Una mejor manera de pilotar un barco. ¿Sería justo expresarlo así?
—Creo que no he logrado impresionarlo —dijo Leonardo. Detuvo su caminata y se sentó en una banca. Después de un instante de duda, Lorenzo se unió a él.
—Magnífico —prosiguió Leonardo—, ¿me permitiría hacer un cuadro para usted? Un cuadro producto de la imaginación. En esa pintura todos los hombres han nacido privados de la vista. Vinieron al mundo ciegos, ciegos viven y ciegos morirán. Esos hombres aprenden a caminar de habitación a habitación mediante el tacto; mediante la práctica, eluden la silla situada al azar; en un salón que no les es familiar, se desplazan tanteando el terreno mediante unos golpecillos menudos. No conocen nada más. ¿Puede comprender ese cuadro, Magnífico?
—Prosigue.
—En este mundo llega un hombre, uno muy sabio, —que ha inventado ojos, y a esos hombres de nuestro mundo imaginario, les ofrece la vista, aunque ellos únicamente pueden comprender el obsequio de la vista una vez que lo han aceptado. ¿Qué diría usted entonces? ¿Que se les ha otorgado una mejor manera de desplazarse de habitación en habitación y nada más?
¿No preferiría decir que sus vidas han cambiado por completo, a partir de ese día, de una manera más allá de cualquier comprensión… la comprensión que ellos puedan tener? Y, si él les pidiera pagar un precio por el favor de la vista, ¿cuál debiera ser ese precio? ¿Podría pagarlo cualquier hombre? No. Eso es lo que obtuve de Zeser Ibn Hasim, ni más ni menos.
Lorenzo de Médici apoyó la mejilla en un puño.
—Gracias —dijo—, ahora, déjame pensar un poco.
Se sentaron en silencio mientras la noche caía sobre ellos, hasta que un sirviente se aproximó a la arcada en el extremo más lejano del jardín y comenzó a encender las antorchas.
—Malta es peligrosa —dijo Lorenzo—, pero así es el sur de Italia para nosotros. ¿Es por eso por lo que no has traído contigo ese reloj, Leonardo?
—Sí, señor.
—¿Y la señora Bianca? Supongo que mi capitán de artillería y su teniente, son su seguridad.
—Eso creo. Venecia se ha retirado para lamer sus heridas, por el momento —respondió Leonardo—, aunque el Turco del que le hablé sigue en Rabat.
—Y ¿dónde está ella?
—¿La señora Bianca?
Lorenzo lo miró con exasperación y Leonardo hizo acopio de toda la despreocupación que pudo.
—Señor —dijo—, se está ocultando, en un burdel, de hecho.
—¿Cómo? —dijo Lorenzo amenazadoramente—. No estoy seguro de haberte escuchado. ¿ Dónde está?
—En un prostíbulo de Rabat. Es realmente muy cómodo —prosiguió Leonardo—, y un centro de inteligencia de primera clase, lo que nos garantiza su seguridad. Ella…
Se detuvo. A la tenue luz de las antorchas, le pareció que Lorenzo de Médici podía estar teniendo un ataque de apoplejía, hasta que, al ñn, notó que el gobernante de Florencia estaba riendo.
—Vaya —respondió éste—, un prostíbulo o un convento: supongo que todo es lo mismo. ¿Quién en Florencia sabe eso?
—Nadie, excepto nosotros dos —respondió Lorenzo.
—Entonces cuida que nadie lo sepa —ordenó Lorenzo— o te doy mi palabra de que te colgaré de los talones hasta que se te reviente el cerebro.
Mañana regresas a Malta. Llevarás como escolta un regimiento de infantería y traerás inmediatamente de vuelta a la señorita Bianca con tu reloj. Esas son mis órdenes.
—Sin infantería, señor —replicó Leonardo.
—Entonces, ¿qué?
—Deme doce artilleros y dos de los cañones que construí para usted el año pasado.
—¿Para una labor de escolta? Ni pensarlo.
—Señor —dijo Leonardo—, si no regresamos a salvo, ¿a quién hará responsable?
—A ti.
—Eso fue lo que pensé. Entonces, deme la escolta que yo elija. ¿Para qué necesito un regimiento de piqueros? Soy un artillero… o algo así.
—¡Por Dios! ¡¿Es eso lo que eres?! —exclamó Lorenzo—. Claro, ahora que lo pienso, me atrevo a decir que sí. Muy bien. Elige tú mismo a tus hombres y haz lo que consideres conveniente.
En la ciudad de Rabat, la Cuaresma avanzó solemnemente hacia la Pascua y cierto fraile llegó a la Casa de las Diez Perlas… aunque, es necesario añadir de inmediato, no en busca de sus placeres.
Madame Olimpia, tan devota como podría esperarse cuando estaba frente a un siervo de nuestra Madre Iglesia, aceptó al instante que, si algunas de sus pecadoras se contaban entre los fieles, seguramente se les permitiría aceptar sus consejos y sus sacramentos.
Cipriano di Lucca, un hombre con una conciencia compasiva, se desprendió de cinco florines a cambio de una indulgencia. Rigo lo llamó
tonto, y algo peor.
Bianca Visconti, convencida por la suave persuasión del fraile, fue con él a confesar sus pecados a la iglesia de Santa Catarina, vestida con un manto prestado y usando una mantilla para ocultar su rostro.
Su penitencia fue severa, una que pudo haber tenido la agudeza de prever, pero que no tuvo. Achmet, el Turco, y tres hombres la sacaron por una capilla lateral mientras estaba orando y, al anochecer, se encontraba en la bodega de un barco mercante genovés fletado que navegaba hacia el norte, hacia la punta de Italia.
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