La esmeralda de los Médici

Martin Woodhouse · Capítulo 6 de 21

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La esmeralda de los Médici

Capítulo VI

DIEZ DÍAS después, en una terraza con vista hacia la villa de Zejtun, Rigo Leone levantó la mirada de su desayuno y se quedó suspendido como si sufriese un espasmo, con su cuchillo a medio camino hacia su boca abierta.

En la puerta de enfrente se erguía la figura sonriente y elegantemente vestida de Cipriano di Lucca.

—¿Cipriano? ¡En el nombre de Dios, eres tú! —Rigo se puso de pie, pateó la banca en la que había estado sentado y dio un par de zancadas para encontrarse con el teniente de artilleros que avanzaba hacia él. Se abrazaron y Rigo dejó caer con fuerza su puño sobre el hombro de Cipriano, a punto de inmovilizarlo—. ¿Qué te trae a Malta? —le preguntó—. ¿La guerra?

¿Órdenes de Lorenzo? ¿O has dejado su servicio? No te quedes ahí sobándote el brazo, hombre. ¡Quiero noticias!

Cipriano retrocedió desdeñosamente, alisando su arrugada túnica.

—Capitán, le ruego que se contenga —le dijo—. Casi desgarra las costuras con su efusiva bienvenida… ¡Aguarde! —y levantó una mano contra el puño amenazante de Rigo—. Todo está bien —se apresuró a decir Cipriano—. No estamos en guerra, aunque los rumores son tan fuertes como siempre, ni estoy bajo las órdenes de Lorenzo; al menos, no lo creo.

—Entonces, ¿qué…?

—Si detiene su lengua y mira hacia la habitación de al lado, capitán, tendrá su explicación —dijo su teniente.

Rigo lo hizo a un lado para pasar.

—Una joven bastante persuasiva —prosiguió Cipriano. Rigo se detuvo ante la puerta que daba a la habitación.

—¿Y tú lo dices? —inquirió—. ¡Por la sangre de Cristo, es la señorita Bianca Visconti! ¿Tú la trajiste aquí?

—Digamos, antes bien, que ella me trajo a mí. Deseaba estar cerca de Leonardo, o eso dijo.

—Entonces ha alcanzado su deseo —apuntó Rigo, observando por la puerta entreabierta—, pues está en este momento tan cerca de él como lo puede hacer una doncella.

A unos pasos de allí, Bianca se estremecía en los brazos de Leonardo.

—Bájame —susurró—. Apenas puedo respirar… además, nos están viendo.

Al oír eso, Leonardo la besó profundamente de nueva cuenta, y luego permitió que sus pies tocaran el suelo.

—Mi señora —anunció Rigo desde la puerta con un tono apenado e innecesariamente fuerte—, tenemos viandas y vino. ¿No comerá?

—Claro que lo haré; estoy hambrienta —contestó Bianca—. ¿Cómo se encuentra, capitán Leone?

—Bastante bien; y mejor después de verla. ¿Qué dices tú, Leonardo?

Tomándola de la mano, Leonardo llevó a Bianca hasta la terraza.

—A fe mía que Cipriano, aquí, me ha traído el mejor de todos los obsequios posibles —le contestó— y, por lo tanto, será mejor que también lo alimentemos bien.

—Yo no —contestó Cipriano, con una peculiar mirada en el rostro—, quiero decir… quizá no esta mañana, en todo caso.

—Estuvo mareado todo el trayecto desde Pisa —explicó Bianca—, aunque el cocinero se ofreció a curarlo con un buen trozo de tocino muy gordo.

—Y si me lo permite, mi señora —dijo Cipriano con dignidad—, no deseo tener que escuchar nada sobre el tocino. No soy un marinero. Para mejor expresarlo: aquí y ahora, juro no volver a poner un pie en la cubierta de ningún barco mientras viva.

—Bien dicho —comentó Rigo—. Una resolución de artillero, sin duda alguna. Así que tendremos que beber con pesar en tu sepelio, Cipriano.

—¿Cuál sepelio? —preguntó su subalterno suspicazmente.

—Quiere decir —intervino Leonardo— que Malta es una isla, y, a menos que quieras terminar tus días aquí…

—¡Por Dios, lo había olvidado! —dijo Cipriano—. Bueno, ¿por qué no?

Parece ser un lugar lo suficientemente placentero, y las bodegas del muelle están ampliamente provistas de encajes y sedas. ¿Qué hay de las mujeres, Rigo? ¿Dirías que están dispuestas? Con su perdón, mi señora —le dijo a Bianca—. Siento que pierdo el equilibrio; debe ser el balanceo de este piso, supongo.

Ocultó el rostro, llevándose un pañuelo sobre los labios, mientras sus tres compañeros se sentaban a comer.

Leonardo se volvió hacia Bianca.

—¿Y bien, mi señora? —le preguntó.

Su amada le dirigió una mirada picara.

—Lorenzo está furioso contigo —le dijo, un tanto evasiva.

—Eso no me sorprende —dijo Leonardo.

—También está furioso conmigo.

—Tampoco eso me provoca mayor asombro exactamente, porque tú sueles irritarlo con más frecuencia incluso que yo. ¿Te ha desterrado por casualidad?

—En cierto modo.

La diversión de Leonardo se tornó en inquietud.

—¿No estás bromeando? —preguntó—. ¿Lorenzo te envió aquí, a Malta?

—No. Me envió a Pisa —respondió Bianca, partiendo un pedazo de pan.

—¿Por qué?

—Porque le dije que estaba embarazada —dijo Bianca tranquilamente

—, y que tú eras el padre.

—¡¿Qué?!

—Comenzaba a creer que nada te sorprendía —dijo Bianca—.

Seguramente no piensas que es imposible, o, ¿sí? Y, por cierto, la respuesta apropiada es tomarme en tus brazos… no quedarte ahí boquiabierto como un zopenco; recuérdalo para la próxima vez. Por ahora, no estoy embarazada, no vas a ser padre y, según Cipriano, tengo el temple de un artillero.

—¿Cipriano dijo eso?

—Eso dice —dijo Bianca riendo. Se inclinó a través de la mesa y lo besó—. Fue el mejor modo que encontré para estar contigo —dijo—.

Excepto que Lorenzo pensó que debía estar encerrada en un convento por mis pecados, bajo el voto de silencio. Así que le pedí a Cipriano que me ayudara a escapar.

En ese momento, Cipriano se quitó el pañuelo de los labios y lo llevó pulcramente al frente de su camisa.

—Es cierto —declaró—, aunque me engañó vilmente; oficialmente, soy la escolta de la señora Bianca, quien, debo decir, está en lo correcto.

—¿Respecto a qué? —preguntó Leonardo, recobrando un poco su usual aplomo y tomando una vez más la mano de Bianca.

—En que, hace unos momentos, tenías ciertamente un parecido notable a una carpa dorada —dijo Cipriano—. Ahora que ya sabes qué es lo que nos trajo aquí, ¿podríamos preguntar nosotros qué es exactamente lo que hacen en un sitio como éste, a cinco leguas de ninguna parte y en Malta, en lugar de estar en Milán?

Leonardo hizo el recuento de la mayor parte de las cosas que les habían pasado a Rigo y a sí mismo hasta ese momento, un relato que se llevó algo de tiempo.

—Y por eso, mi señora —concluyó—, aunque tu presencia aquí hace que mi corazón se regocije más allá de lo que puedo expresar, debo rogarte que permanezcas dentro de estos cuatro muros. No pudimos quedamos en nuestra posada de Rabat porque nuestros oponentes nos tenían en desventaja. Aquí afuera, en esta villa, no ocurre lo mismo; pero, dado que no hemos encontrado lo que buscamos, tampoco podemos estar seguros de lo que pudiere ocurrimos durante nuestra búsqueda. ¿Comprendes?

—Por supuesto —contestó Bianca—. Y, en todo caso, en este momento, si me perdonan, lo único que quiero hacer es dormir.

—Y yo —secundó Cipriano fervientemente—. No he dormido en semanas; o eso me parece.

Convocado por el grito de Rigo, Lemmo apareció inmediatamente desde la cocina y se le ordenó encontrar camas y frazadas. Poco tiempo después, Bianca y Cipriano se retiraron, mientras Leonardo y Rigo se alistaban para su diaria incursión en la campiña al oeste de Zejtun.

Media hora después, bajo de un sol abrasador, estaban parados en un barranco poco profundo, lleno de piedras, a poco más de kilómetro y medio de la casa.

—Nuestro Lemmo es un muchacho comprometido —apuntó Rigo—; creo que estuvo a punto de llorar cuando le dijimos que no podía acompañarnos esta mañana.

—Así es —contestó Leonardo—; un muchacho atento y complaciente, en verdad… aunque un tanto proclive a las lágrimas. ¿Habrías preferido que viniese con nosotros?

—No, aunque bien podría servirnos un par más de ojos. Leonardo, hemos recorrido estos malhadados campos y crestas durante días sin fin.

¿Tienes la más mínima idea de lo que estás haciendo?

Leonardo miró a su alrededor.

—Hoy —sugirió—, creo que podríamos intentarlo nuevamente en aquellas cuevas que están allá.

Una de las laderas que delimitaban el valle estaba formada por un pequeño escarpado en cuya superficie podían ver, desde donde estaban, una docena o más de cavernas. En visitas anteriores a ese mismo lugar, ya habían revisado las pequeñas cuevas detrás de cada una de esas sombrías cavidades y no habían descubierto nada, aparte de tierra y murciélagos.

Rigo mencionó ese hecho.

—Lo sé —dijo Leonardo—, pero, con todo… mira, Rigo, el camino de allá —señaló a los pies de una ladera rocosa desde la cual un estrecho sendero, desgastado por los cascos de las cabras que pacían entre la seca y espinosa vegetación, serpenteaba por el valle.

—¿Qué con él?

—Sigue su curso hasta la pendiente del acantilado. ¿Ves cómo da una vuelta de pronto hacia nosotros y, después, reanuda su curso? Noté eso anteayer. Pasa muy cerca de la boca de todas esas cuevas, excepto de una, como si los animales que hicieron el camino estuviesen eludiendo algo. De lo que infiero… bueno, no sé exactamente qué infiero. Espérame aquí.

Rigo se sentó inmediatamente y descolgó la bota de vino de su hombro.

Dejándolo ocupado, Leonardo caminó hacia la ladera más baja del valle;

allí escaló la escarpadura y caminó de regreso por la cima de la colina.

Llegado al punto justo encima del recodo del sendero de las cabras y reconociendo el saludo casual de Rigo a sus pies, se alejó de la orilla y comenzó una meticulosa búsqueda entre las llanas rocas de la cima. Muy pronto se detuvo, viendo que sus pies habían encontrado lo que estaba buscando: un pequeño agujero en la piedra caliza, perforado verticalmente por algún torrente de siglos pasados, seco ya desde hacía mucho tiempo.

Se arrodilló y recorrió con un dedo las orillas del agujero. Después, satisfecho, bajó por el sinuoso camino hasta el valle y hasta donde Rigo.

—Como pensaba —le dijo—. Vamos.

—¿Qué encontraste allá arriba? —preguntó el artillero.

—Hollín.

—¿De una fogata?

—De ninguna manera. De una chimenea. Una de esas cuevas está habitada.

—Leonardo, ya buscamos en todas ellas.

—Entonces, no buscamos lo suficientemente lejos. Sígueme.

Con un suspiro, Rigo se puso de pie y desempolvó su pantalón.

Leonardo ya ascendía hacia la abertura del acantilado donde el sendero de las cabras tenía un recodo; para cuando el artillero lo alcanzó, el artista ya había escalado algunos metros hasta la saliente que había inmediatamente debajo. Extendió su mano para ayudar a Rigo y, en cuestión de segundos, se encontraron en la fría oscuridad de la caverna. Mientras sus ojos se reponían del destello del sol, lograron abrirse paso hasta la parte trasera del estrecho canal de roca, donde encontraron su camino obstaculizado por un peñasco que parecía haber caído del techo. No parecía haber manera de seguir adelante. Leonardo se volvió y, caminando, midió la distancia desde donde estaban hasta la entrada de la cueva, para regresar inmediatamente con Rigo, quien se apoyaba en el muro con los brazos cruzados.

—¿Y bien?

—El camino sigue a más profundidad —dijo Leonardo—.

Posiblemente; sin embargo, nosotros no podemos. —Alguien puede—

replicó Leonardo, —al menos, de acuerdo con las mediciones que hice en el exterior.

—Dios malogre y maldiga tus mediciones —espetó Rigo. Habría seguido con su perorata, pero, en lugar de ello, se detuvo sorprendido mientras el peñasco que les impedía seguir comenzaba a moverse.

Retrocedió, tomando el brazo de Leonardo, pero éste se mantuvo en su lugar mientras la masa de piedra giraba lentamente ante ellos, revelando una estrecha hendidura detrás de ella. Leonardo avanzó por ésta de inmediato.

Después de quince pasos, el túnel se ensanchó hasta convertirse en una cámara de piedra caliza de tamaño considerable, cuyas paredes estaban iluminadas por velas colocadas sobre ménsulas de hierro. Ahí estaba sentado un viejo ermitaño, quien parecía tan… Rigo concluyó al instante que estaba completamente loco.

Descalzo y vestido con los harapos más rudimentarios, el anciano se chupaba solemnemente un pulgar, mirando a sus visitantes tan inocentemente como un recién nacido. El cabello y la barba estaban sin recortar y tenían un color intensamente grisáceo; únicamente sus cejas eran negras, amén de tupidas, y se rizaban a cada lado de su frente. Sus ojos parecían no fijarse en ellos durante más de un instante y se escabullían a uno lado y otro, parpadeando.

Rigo dio un tirón apremiante a la manga de Leonardo.

—Déjalo en paz —susurró—. Dicen que los locos como éste son como un barril de pólvora: inofensivos hasta que alguna chispa los hace explotar.

—No lo creo —dijo Leonardo, inclinándose gentilmente en dirección al ermitaño—. Si lo juzgo correctamente, no está más loco que tú o que yo —

caminó al centro de la cámara—. Piensa en su chimenea: su conducto, cuya parte superior ya he encontrado en la colina sobre nuestras cabezas, está perfectamente diseñado; después, piensa en las valiosas alfombras turcas sobre las que estamos parados, y, más allá, en aquellas hileras de libros, en ese tintero, en la mesa y la silla que darían mucho crédito a cualquier carpintero. Aquí vive, por decisión racional propia, un hombre que lee y escribe; que es capaz de construir para su morada una puerta secreta, con un mecanismo admirablemente diseñado para evitar que algunos campesinos indiscretos lo molesten; y que, antes de permitirnos entrar —al decir eso,

Leonardo avanzó hacia el anciano—, tuvo el cuidado de ocultar sus finos vestidos debajo de estos convincentes andrajos.

Delicadamente, Leonardo extendió una mano e hizo a un lado la manta hecha de retazos para descubrir una camisa de lino bordada. Después, retrocediendo un paso, hizo una nueva reverencia.

—Mi nombre, señor, es Leonardo da Vinci —dijo—, y él es mi amigo y compañero Rigo Leone. No pretendemos hacerle daño, como creo que ya sabe. Nos sentiríamos honrados de charlar un momento con usted, si nos lo permite.

En ese momento, su anfitrión se puso de pie, tirando pensativamente de su labio inferior, con un destello de aguda inteligencia en los ojos. Se mantuvo de pie unos momentos y, después, se desembarazó de la sucia túnica que llevaba sobre los hombros, arrojándola despreocupadamente a un lado.

—Como pueden observar, señores —dijo—, me hallo en completa posesión de mis facultades, y estoy loco únicamente en la medida en que todos los hombres lo están. Les doy la bienvenida. Mi nombre es Zeser Ibn Hasim.

—Entonces nos sentimos los más honrados —dijo Leonardo—, porque, señor, ya lo había conocido en Roma.

—¿De verdad? Pero, claro —dijo el anciano—, qué tonto soy; tenía la extraña idea de que nunca había ido a Roma; pero quizás estoy más loco de lo que me gusta pensar.

—Si usted no fue, señor, su mente sí lo hizo —contestó Leonardo—.

Fue ella a la que encontré ahí, su De rotatio orbis mundi, para ser exacto.

Una obra más excelsa que el prefacio a las Efemérides de Regiomontano, o eso me pareció en ese momento.

Ibn Hasim asintió, distraídamente antes bien que complacido.

—Tomen asiento —dijo, indicando dos pequeños taburetes. Leonardo y Rigo accedieron—. Es muy amable al decir eso, maestro Leonardo —

prosiguió Ibn Hasim—; pero ¿ha venido tan lejos con el propósito de elogiarme? No lo creo. Usted es amigo del capitán Felippo Mendoza, conocido en estas regiones como el Afortunado, ¿no es así?

—Lo fui.

—¡Ah! Ya me temía que algo le hubiese pasado. No ha venido a verme desde… bueno, no importa. Hablaba de usted a menudo, ¿sabe? Y ahora está muerto, supongo.

—Asesinado.

—Era inevitable —dijo delicadamente Ibn Hasim—. Y ¿busca vengarlo?

—Nada más inútil —contestó Leonardo.

—Me alegra saberlo.

—Busco asegurarme de que su secreto no muera con él. Eso es todo.

—¿Tenía un secreto el capitán Mendoza? —preguntó el anciano sonriendo maliciosamente—. Señores, soy poco hospitalario. Naturalmente, yo no bebo vino, pero tengo agua, si gustan.

—Se lo agradezco —dijo Leonardo—, pero tenemos nuestras propias provisiones y, en estos lugares, el agua es más preciosa que el vino. No me andaré con rodeos. Señor, fuimos guiados hasta aquí por el azar y por la razón, en una proporción o en otra. Usted es un astrónomo, quizás el más grande de los astrónomos, aunque el mundo lo cree muerto; y Felippo era un navegante, el más grande de todos, según lo reconocen todos los otros.

Debí haber sospechado mucho antes que esa grandeza provenía del trato con un hombre como usted; usted le dio ese conocimiento, le transmitió sus cálculos sobre los eclipses y las conjunciones planetarias. ¿No es cierto?

—Puede ser —casi inconscientemente, la mano de Ibn Hasim estaba poniendo en orden su cabello y su barba, y la imagen del anciano chiflado se disolvía como si nunca hubiese existido.

—Con todo, todavía me parece esto extraño —prosiguió Leonardo—.

Pues todavía hay algo más envuelto en el asunto que eso. Todos los otros capitanes navegan de norte a sur para encontrar su latitud y, luego, viran sus navíos por noventa grados para seguirla. Felippo no hacía tal cosa.

—¿No?

—No. Si no fuese increíble, me atrevería a decir que Felippo podía conocer su posición (su posición exacta en medio del océano liso, fijémonos bien), todos y cada uno de los días, como si lo hiciese mediante hechicerías.

—¡Cuán maravilloso! —dijo Ibn Hasim con sarcasmo. De súbito, comenzó a reír de manera estentórea y levantó las manos, extendiéndolas de par en par—. Ha descubierto mi secreto realmente, hijo mío. Puedo verlo.

¡El séptimo círculo dentro del noveno!; ¡el Alfa y la Omega!; ¡la Santa Cábala!

Leonardo quiso hablar en ese momento, pero el anciano se lo impidió con el solo peso de sus palabras.

—¡Escúchenme, extraños! —prosiguió—. Felippo Mendoza, a quien llamaban el Afortunado, vino a mí, es cierto. No puedo ocultárselo. De mí recibió los signos místicos, ¡los símbolos que Neptuno revela únicamente al verdadero y viviente Sacerdote del Mar! ¡Los vientos estaban a sus órdenes porque yo se los di! ¡Las olas estaban sujetas a su gobierno! Sólo para él el océano era seguro y, para él y nadie más, sus caminos se revelaban.

—Sí, por supuesto —observó serenamente Leonardo cuando el anciano terminó esa oración—. Y, además de esos signos y maravillas (y otros misterios sin sentido), Felippo usaba ciertos artefactos científicos y hacía ciertos cálculos.

Ibn Hasim observó misteriosamente al artista durante un largo tiempo.

—No me hable de artefactos ni de cálculos —ordenó finalmente—.

Buen día para usted y para su amigo —y les dio la espalda.

—Entonces, le pedimos permiso para retiramos, señor —dijo Leonardo

—. Cuando haya reflexionado en todo lo dicho aquí, recuerde esto: crecí con Felippo Mendoza; era mi amigo y, cuando éramos niños, juntos nos tumbábamos en un prado bajo el huerto del viejo Beppo y compartíamos nuestros sueños; mirábamos las nubes pasar sobre nuestras cabezas y Felippo me decía que quería navegar, como ellas, alrededor del mundo; quería ver todos los países, todos los océanos; eso decía, y yo le prometí que lo ayudaría, si es que alguna vez podía. Ahora ya no puede navegar por el mundo, Ibn Hasim, pero otros pueden y, si necesitan la sonrisa de Neptuno, también necesitarán otras cosas. Felippo me escribió a Florencia porque me necesitaba aquí; ésa fue la única razón por la que vine a Malta.

Reflexione en eso, señor, hasta cuando volvamos a encontramos.

El anciano se quedó de pie, impávido, fingiendo no escuchar. Después de un momento o dos, Leonardo dio media vuelta y se fue, con Rigo

siguiéndolo. Cuando ya llegaban a la entrada de la caverna y protegían sus ojos del resplandor del valle, escucharon detrás de ellos el ruido sordo del peñasco sellando el pasaje que llevaba al retiro de Zeser Ibn Hasim.

Bianca estaba de pie bajo la piedra angular de la arcada de la ventana, desnuda, y veía cómo la luna menguante se deslizaba entre las nubes.

Refrescada por los zarcillos de la brisa nocturna que acariciaba su piel, paladeó su propia plenitud.

—Has cambiado, Leonardo —dijo, sin volverse—, o tal vez supones que somos nosotros quienes hemos cambiado, ¿no crees? En Florencia no sabía nada del amor, salvo lo que había escuchado de él en las bobas canciones tristes que los juglares cantaban sobre los amantes despechados; pero, aquí, ahora, me siento la mitad de un solo espíritu y me pregunto por qué esas canciones no me hablaron también de esto. ¿Soy muy tonta?

Leonardo estaba acostado de espaldas, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza.

—No —respondió—, ¿por qué habrías de serlo?

—No creo que me estés escuchando, Leonardo, lo sé por tu voz.

—Si no lo hago, no es por mi culpa. Debo hacerte un retrato, Bianca, mientras estás ahí, de pie, mitad niña, mitad mujer, completamente enigmática.

Bianca se volvió hacia él, sonriendo con una sonrisa que no era para él, sino para sí misma.

—Y ¿quién te encomendará tal trabajo? —preguntó—. ¿Dirías: “Mire, mi señor Lorenzo, un retrato de su protegida, Bianca Maria Visconti, a la luz de la luna”? —echó a reír ante la idea—. Además, ¿a cuál pintarías, mi amante-artista? ¿A la niña o a la mujer? Deberías darte prisa mientras todavía puedas escoger. Pronto, la niña ya no lo será.

—Me daré prisa, entonces; porque en ello mismo radica el misterio, Bianca. Veo tu rostro y veo a la mujer. Es tu cuerpo el que se asemeja al de una niña. Antes, era lo contrario; el rostro de una niña y la forma de una mujer. ¿Por qué es así? No puedo decirlo; no obstante, debo capturar a las dos reunidas.

—¿Y no lo has hecho ya? —caminó a través del cuarto y se sentó junto a él en la cama. Tenía el aroma de la ternura y el amor, y, posado entre sus senos, el frío resplandor de la ventana proyectaba un reflejo a modo de respuesta que emanaba de su piel, todavía húmeda por el sudor—. Después de todo —prosiguió—, dado que he visto la escultura de Verrocchio de tu cuerpo, supongo que es apenas justo permitirte que pintes el mío —deslizó un dedo sobre la blanca línea de una cicatriz en el brazo de Leonardo—. Y

éste, sin duda, es un desliz del cincel del escultor.

—El registro de un recuerdo. Sólo eso.

Bianca se inclinó y lo besó rauda.

—Pero aquí tengo al hombre, no a la escultura —dijo—, y hay mejores y más placenteras maneras de forjar recuerdos, ¿o no?

Leonardo la atrajo hacia él, y, cuando la pasión los abrasó una vez más, se introdujo en ellos lenta y tiernamente. Cada momento parecía deslizarse de modo lánguido como si reposaran en la comente de un río ancho y tranquilo. Durante toda la mezcla de ritmos del amor, se miraban a los ojos sin encontrar palabra; sin necesitar ninguna.

A primera hora de la mañana el sonido de pasos en las escaleras despertó a Bianca, quien sacudió delicadamente a Leonardo.

—Es Rigo otra vez —susurró—. Viene de estar en casa con su mujer, Décima, en Zejtun.

—Bianca, amor mío —dijo Leonardo—, ¿por qué me despiertas para decirme lo que ya sé? Vuelve a dormir.

Ella, insistente, lo golpeó suavemente con el codo.

—Es que va casi todas las noches, ¿no es cierto? —preguntó.

Leonardo suspiró y abrió los ojos.

—Apuesto a que sí —contestó—. Después de todo, es un adulto que es capaz de responder por sí mismo. ¿Cuál es el problema?

—Como hombre, siempre piensas primero en los hombres. Es Décima quien me preocupa. ¿No está en peligro, sola en Zejtun? Ya la prendieron una vez. ¿No lo harán nuevamente?

—¿Qué propones?

—Traerla aquí, Leonardo. Puede vivir aquí con nosotros. Sería más seguro si lo hiciera.

—Sí, lo sería —Leonardo se incorporó sobre un codo y le lanzó una mirada provocadora—. Entonces, pregúntale a ella, Bianca, con todo y lo impropio que pueda ser —añadió.

—¿Impropio?

—Después de todo, es una prostituta.

—Y ¿qué con eso? —preguntó Bianca—. Han dicho peores cosas a los Visconti en el pasado y hoy en día… y ¿cómo crees que me llamará mi confesor?

—Duérmete —dijo Leonardo—. Por la mañana, podrás traerla aquí.

Orso Contarini descendió lentamente por los escalones del cuartel general veneciano en Rabat, con liberto Neri a su lado. En la puerta aguardaba un pequeño carruaje, dispuesto para llevar al enviado a su barco en los muelles de Birgu. Cuando el guardia se hizo a un lado para dejarlos pasar, Contarini le dirigió a su acompañante una suave amenaza.

—Bien, Uberto. Lo queremos vivo, sano y salvo, y en Venecia. Confío en que eso se entienda.

—Se entiende, primer secretario.

—Bien. Entonces, por ahora, no hagas nada.

—Señor —protestó Uberto—, no es un asunto difícil. Si retrasa su partida hasta el amanecer, puedo llevar a mis hombres y capturarlo para usted esta misma noche. ¿Por qué perder tiempo?

El enviado se detuvo ante la carroza, poniéndose un guante sobre su estrecha mano.

—Porque, mi querido Uberto, tu niño bonito y tu turco todavía tienen que inspirarme confianza. En cuanto a tus hombres, los he visto: tres españoles andrajosos y un par de insignificantes rufianes mal teses. Creo que Venecia puede tener algo mejor que eso. Dime una vez más, ¿quiénes son sus compañeros?

—¿De Da Vinci? Tiene consigo dos artilleros florentinos —contestó Neri—. Uno es un frívolo caballero, preocupado sólo por el corte de su jubón, y el otro es un estúpido patán cabeza dura. Si sus amigos son lo que le preocupa, señor…

Contarini lo miró fríamente.

—¿Y la chica? —preguntó.

—De acuerdo con Lemmo, señor, es una Visconti, originaria de Milán.

Es huérfana; su guardián, Ludovico Sforza, la puso bajo la protección de Lorenzo de Médici en Florencia.

—Justamente —repuso Contarini—. Provocar a Florencia o a Milán quizá no te incumba, Uberto, pero a mí sí.

—Con todo respeto, primer secretario, no veo la dificultad —dijo Neri

—. Mis informantes dicen, primero, que nadie en Florencia sabe que ella está en Malta y, segundo, que en cualquier caso ha desobedecido a Lorenzo de Médici al venir aquí al encuentro de Leonardo da Vinci. Son, sobra decirlo, amantes. Si alguna… desgracia le aconteciera, entonces me parece que usted sólo necesitaría ofrecer a Florencia una disculpa por un pequeño y desafortunado incidente, del que la culpa difícilmente podría llegar hasta la puerta de Venecia. ¿No está de acuerdo?

—Quizás; y, no obstante, Uberto, con la mayor consideración por tus habilidades al manejar estos asuntos, me concederás aguardar hasta que pueda proporcionarte seis de mis hombres. Ellos serán los únicos responsables ante Venecia, lo cual debería mitigar un tanto tu ansiedad, y serán los mejores que el Comité pueda encontrar. Mientras tanto, tendrás tiempo de urdir tus planes con todo cuidado, y asegúrate de que Leonardo da Vinci no abandone la isla antes de que ellos lleguen.

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