La gárgola
Capítulo XX
U n momento muy desafortunado para detener la narración de nuestro pasado. Cuando le supliqué a Marianne Engel que me contara si nos casábamos, me dijo:
—Tendrás que esperar para saberlo.
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Volvía a menudo al hospital para continuar con la cirugía de reconstrucción. Pero llegados a este punto se trataba de cuestiones cosméticas: intentos de que mejorara mi apariencia, no mi funcionalidad. Le pregunté a Nan cuánto tiempo tendría que continuar con los autoinjertos y me contestó que no lo sabía. Le pregunté si al final mi aspecto mejoraría mucho y me contestó que eso variaba bastante según cada paciente.
Siempre sentí que, aunque Marianne Engel me cuidaba muy bien, consideraba mis ausencias de la fortaleza bienvenidos descansos en los que podía trabajar sin interrupciones. No era extraño que tomase un taxi tras unos días en el hospital y me la encontrase durmiendo exhausta en la cama, todavía cubierta de polvo. Iba entonces al sótano y hallaba un nuevo monstruo mirándome con desconfianza. Luego comprobaba los boles de agua y comida que había dejado a Bougatsa antes de marcharme y estaban siempre vacíos. Sospecha que el perro se lo comía y bebía todo en cuanto yo salía por la puerta, pero no podía hacer nada al respecto. Después de todo, mis viajes al hospital resultaban muy beneficiosos, porque el hecho de que esculpiera durante mi ausencia quería decir que podíamos pasar más tiempo juntos cuando regresaba a la casa.
Pero aun así había momentos en que esculpía mientras yo estaba en casa. Yo había mejorado mucho y podía cuidar de mí mismo, y de ella, mucho mejor. Aunque seguía apartándose del trabajo lo bastante como para bañarme, pude notar que le molestaba: cuanto más avanzada estaba la estatua, con más fuerza restregaba mi cuerpo. Cuando terminaba, se retiraba al sótano y yo le llevaba comida.
—Esculpirías mejor, y más rápido, si comieras algo de vez en cuando, ¿sabes?
—No se trata sólo de sacar a la gárgola. Se trata también de perfeccionar mi espíritu.
—¿Qué quiere decir eso?
—El mundo mima al cuerpo con comida y comodidades materiales —dijo—. Apaciguan a la carne pero son enemigas del espíritu. La abstinencia es una brida que le da al espíritu una oportunidad en su eterno enfrentamiento contra el cuerpo.
Era otra discusión ajena a la lógica, así que era otra discusión que estaba destinado a perder. De modo que vacié los ceniceros, rellené las botellas de agua y dejé un plato con fruta cortada que supe que hallaría intacto la próxima vez que bajara.
Los éxtasis de Marianne Engel siempre se agotaban al cabo de unos pocos días. Se disculpaba por el tiempo que había pasado alejada de mí pero yo sabía que lo cierto es que no podía quejarme, pues habitualmente sólo hacía una —máximo dos— de aquellas sesiones cada mes. Esas sesiones pagaban todas mis facturas y el resto del tiempo me lo dedicaba exclusivamente a mí: cualquiera cuya esposa trabaje de nueve a cinco me dirá que cierre la boca y deje de quejarme.
Cada una de esas sesiones, además, era la oportunidad perfecta para llamar a viejos conocidos y organizar la entrega de la morfina extra que estaba comprando con mi tarjeta de crédito.
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Los demás clientes del supermercado trataban de no mirarnos, sin éxito. Marianne Engel llegó a saludar con la mano a una abuela boquiabierta que se marchó corriendo como si la hubieran sorprendido haciendo algo inmoral pero que aun así no pudo resistirse a mirar atrás dos veces mientras se alejaba.
Intelectualmente comprendía la fascinación que la gente sentía por mí, pero emocionalmente la odiaba. Había perdido para siempre mi anonimato, porque ahora destacaba en el sentido más literal del término. El hecho de que mi cuerpo estuviera escondido bajo plexiglás y ropas de compresión sólo me hacía, de alguna forma, más llamativo. Como en cualquier buena película de terror, lo que te imaginas es más terrible que lo que ves.
Oí a una madre que le decía a su hijo que dejase de mirarme fijamente. El niño, de cinco o seis años, se escondió tras la pierna de su madre pero sus ojos no se apartaron de mí.
—Lo siento. Es… humm, muy curioso y, ah, demasiado extravertido.
—¡No debe disculparse por eso! ¡No se puede ser demasiado extravertido! — Marianne Engel se agachó para mirar al pequeño cara a cara—. Eres muy guapo. ¿Cómo te llamas?
—Billy.
—¿Es el diminutivo de William?
—Sí.
—Es un nombre muy bonito. —Marianne Engel me señaló con la cabeza—. William, ¿te da miedo mi amigo?
—Un poco —susurró Billy.
—En realidad no es tan malo cuando lo conoces.
Me pregunté a quién estaba haciendo sentir más incómodo Marianne Engel, si a Billy, a su madre o a mí, y dije que deberíamos ir tirando. Me había olvidado del efecto que mi graznido causaba en la gente que lo oía por primera vez y cuando acabó de esconderse más, Billy me preguntó con una mezcla de curiosidad y asombro:
—¿Qué te ha pasado?
La madre le regañó, explicándole que aquélla no era una pregunta muy educada. Yo le quité importancia con un gesto de la mano, pero Marianne Engel le preguntó si no sentía un poco de curiosidad ella misma. La madre de Billy se atragantó con unas cuantas palabras hasta que consiguió pronunciar tres:
—Bueno, un poco…
—Pues por supuesto que siente curiosidad. ¡Mírele! William ha preguntado lo que todo el mundo piensa. —Marianne Engel acarició el cabello del niño para que supiera que no le estaba criticando.
—Todavía está en el parvulario —dijo la madre.
—Me quemé en un fuego.
Yo sólo quería acabar con la conversación para que pudiéramos irnos, pero Billy tenía otra pregunta.
—¿Te dolió mucho?
—Sí. —Contuve la tentación de advertir al niño que no jugara con cerillas—. Pasé mucho tiempo en el hospital.
—Uau —dijo Billy—, debes de estar muy contento de no estar ya allí.
La madre tiró de la mano del niño tan fuerte que no pudo ignorarla.
—Tenemos que irnos.
Ella no volvió la vista atrás, pero Billy se giró y dijo adiós con la mano mientras su madre lo arrastraba por el pasillo.
Cuando salimos del supermercado Marianne Engel dejó toda la calderilla del cambio en la mano de uno de los mendigos que merodeaba por la puerta. Mientras tanto no dejaba de hablar sobre las estatuas de su taller porque, al parecer, sus Tres Maestros le habían informado recientemente de que tenía que terminarlas.
Yo aguanté bastante bien hasta que llegamos al coche, pero mientras entraba me golpeé un buen trozo de carne quemada con la puerta. Mi cuerpo reaccionó inmediatamente a mi error enviando una intensa descarga de dolor que pasó de un racimo de nervios al siguiente, y la serpiente empezó a lamer la base de mi cráneo como si yo fuera un ratón que estuviera a punto de tragarse. ¡JÓDETE! ¡JÓDETE! ¡JÓDETE! Me empezaron a temblar las manos por el ansia inmediata de morfina y le supliqué a Marianne Engel que me pusiera una inyección tan pronto como pudiera. Tomó los instrumentos de mi neceser (nunca salía de casa sin él) y me pinchó con la jeringuilla.
La morfina es como un fanático religioso en una misión divina; busca partes del cuerpo que convertir, ofreciendo sueños paradisíacos que fluyen lentamente por tus venas. La serpiente se empapó del fluido y sus movimientos se ralentizaron hasta que se quedó quieta, pero sabía que volvería. La serpiente siempre volvía.
¿Cuándo había sido la última vez que mi sangre había estado libre de substancias contaminantes? A los veintipocos años, supuse.
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Marianne Engel deambuló por nuestra casa durante días con un café en una mano y un cigarrillo en la otra torturándose por no ser capaz de purificar debidamente su instrumento físico para recibir nuevas instrucciones. Al final aceptó que realmente había llegado la hora de terminar las estatuas incompletas que se habían ido acumulando en su taller.
—No lo puedo aplazar más, supongo. Eso dicen los Maestros.
Trabajó en aquellas estatuas de forma distinta a como lo hacía con las que empezaba de cero. No la poseyó ninguna energía daimónica y subía a ayudarme con mis ejercicios o salía a sacar a pasear a Bougatsa. Cuando me bañaba por la mañana no me sentía como un intruso que la apartaba de su trabajo. La diferencia del proceso, me explicó, no era cosa suya sino de los grotescos. Al haber parado a medias una vez, comprendían que tenían más tiempo del que habían creído al principio.
—Han aprendido que, haga lo que haga con ellos, seguirán siendo piedra. Saben que no necesitan gritarme para conseguir lo que quieren.
En unas pocas semanas terminó unas cuantas de las piezas que tenía pendientes. La cabeza de pájaro que había reposado sobre unos hombros humanos, pero cuyo resto seguía siendo pura piedra, recibió un torso de hombre y patas de cabra. El monstruo marino salvaje que se abría paso con sus garras en un océano de granito recibió el resto de su cuerpo, además de la espuma de la cresta de las olas. Vinieron unos camiones a recoger las estatuas y llevarlas a la galería de Jack para ponerlas a la venta, pues los cigarrillos y las ropas de compresión cuestan dinero.
Me sorprendí un poco cuando, pocas semanas después, Marianne Engel me pidió que la acompañara al taller, la única zona de la casa que era inequívocamente su territorio privado. Pasó unos momentos haciendo pequeñas tareas, sin decir nada ni mirarme, esforzándose por parecer natural. Era muy distinto a las veces que la había visto sumida en su éxtasis de trabajo. Cogió la escoba y barrió unos pocos pedazos de roca hasta un rincón antes de soltar sin previo aviso:
—Espero que no te enfades.
Se acercó a un bloque de piedra que había cubierto con una sábana blanca. Yo no le había concedido la menor importancia ya que, después de todas sus otras excentricidades, esconder una obra hasta que estuviera acabada parecía algo perfectamente cuerdo. Por el contorno que tomaba la sábana se podía discernir una silueta vagamente humana, lo que me hizo pensar en un niño disfrazado de fantasma en Halloween. Cuando tiró de ella, dijo:
—He estado haciéndote a ti.
Era una estatua a medio terminar de mí. No, no a medio terminar, sino, más concretamente, sólo un esbozo del contorno de mi cuerpo. No había tallado todavía los detalles pero era posible reconocer mi forma: los hombros adecuadamente encorvados, la ese de la columna; la cabeza parecía correcta, teniendo en cuenta que su dimensión estaba mal cuando se la comparaba con el resto del cuerpo. Era como mirarme al espejo por la mañana antes de abrir del todo los ojos. Tartamudeé que no estaba enfadado porque hubiera estado «haciéndome», sino perplejo. ¿Por qué?
—Me lo ha ordenado Dios —dijo, muy seria, antes de echarse a reír para que supiera que bromeaba.
Yo también me reí, pero de forma mucho menos convincente.
—Quiero que poses para mí, pero piénsalo antes de comprometerte —dijo, señalando las gárgolas a medio terminar que la rodeaban—. No quiero que tengas el mismo destino que éstas.
Asentí, no para decir que sí, sino para indicar que pensaría en ello, y volvimos hacia las escaleras. Me concentré en subir correctamente pero cuando volví la cabeza para mirar la figura de piedra en la esquina no pude evitar pensar que tenía que mejorar mi postura corporal.
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Jack entró a trompicones por la puerta principal, esforzándose por sostener el peso de una planta muy frondosa que dejó caer en un rincón de la sala.
—La última vez que estuve aquí vi que no teníais plantas. ¿Es que no hay nada vivo en esta casa? —Jack me miró y añadió—: Dios mío, no te has vuelto ni un pelo más guapo, ¿verdad? —Volvió su atención rápidamente hacia Marianne Engel, que había contemplado divertida la irrupción de Jack—. Tengo un par de compradores privados para tus esculturas. No les entusiasma nada de lo que han visto en la tienda, así que quieren saber si estás trabajando en algo nuevo. Les dije que siempre estás trabajando en algo nuevo.
—¿Buenos hogares? —preguntó Marianne Engel.
—Sí, son buenos hogares —suspiró Jack—. Todos los hogares que encuentro son buenos y cuidarán bien de tus monstruitos. A pesar de que son sólo pedazos de piedra. Sabes que sólo son piedra, ¿verdad? Ah, y Princeton necesita trabajos de reparación.
Marianne Engel meneó la cabeza.
—Ahora mismo no me interesa viajar.
—Ya, estás demasiado ocupada cuidando de Churrasquito —dijo Jack—. Por los clavos de Cristo, Marianne, pagan muy bien y vas a decirles que no. La unión de arte y caridad es una receta segura para el desastre.
Marianne Engel le dio un fuerte abrazo y dijo algunas palabras en mi defensa, pero básicamente el estallido de Jack la divirtió mucho. Eso hizo que ésta se enfadara todavía más.
—¿Recuerdas cuando trajiste a casa a Bougatsa? —dijo Jack—. ¡También él era un vagabundo!
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En nuestra supuesta vida anterior yo le había regalado a Marianne Engel un ángel de piedra que yo había esculpido —el ángel que tenía en su biblioteca— mientras que en esta vida ella me había regalado un grotesco que ella había esculpido. Había en ello simetría, igual que en la forma en que habíamos trocado nuestros oficios: entonces era ella la que trabajaba con libros y yo el que trabajaba con piedra.
Esta observación es puramente académica, supongo, pero mi reacción a la idea de que esculpiera una estatua de mí fue completamente visceral. Es muy halagador que un artista quiera retratarte, por supuesto, pero también me hacía sentir raro la idea de que mi aspecto fuera a quedar grabado en la roca de forma permanente. Por primera vez comprendí el temor que sienten los salvajes a que la cámara les robe el alma al capturar su imagen.
—¿Cómo sería? —le pregunté—. ¿Qué tendría que hacer yo?
—Tú no tendrías que hacer nada —respondió—. Sólo sentarte ahí.
El comentario me hizo pensar en nuestra conversación después de que me obligara a disculparme ante Sayuri, cuando me dijo que no tendría que «hacer nada» para probar mi amor por ella. Entonces no entendí qué me quería decir, pero si era esto a lo que se refería, ¿cómo podía negarme?
—Vale, lo haré.
—Será bonito trabajar con un modelo vivo, para variar —dijo—. Por fin podré dar forma a la piedra, en lugar de sacar la forma de la piedra.
Empezó a quitarse la ropa y le pregunté qué estaba haciendo. Siempre esculpía desnuda, me dijo, y no iba a cambiar ahora: ¿me molestaba? Le dije que no, pero en realidad no estaba seguro. Había algo en su cuerpo desnudo que me alteraba, a mí, al exactor porno y prodigioso seductor de mujeres, de una forma que no alcanzaba a entender. Había algo tan salvaje y cautivador en su desnudez…
Pero no iba a decirle lo que tenía que hacer en su propia casa. Tan pronto como se hubo quitado la ropa, me retiró la ropa de compresión y pasó los dedos por los pliegues de mi carne quemada, como si sus yemas estuvieran memorizando mi topografía.
—Me encanta que tus cicatrices sean tan rojas. ¿Sabías que pintaban las gárgolas de colores brillantes para que sus rasgos destacaran más?
Se acercó a una de sus criaturas y pasó los dedos sobre ella, igual que me había tocado a mí instantes antes. El movimiento de sus manos me hizo imaginar cómo un río discurre perfecto sobre una roca durante mil años. Señaló las profundas líneas esculpidas bajo los ojos de una de sus bestias.
—Mira cómo los rasgos están más esculpidos para subrayar las sombras y dar sensación de profundidad. Son detalles que los parroquianos que contemplan la gárgola desde abajo ni siquiera pueden ver.
—Entonces ¿por qué incluirlos?
—Porque también trabajamos para los ojos del Señor.
Que me esculpieran me hizo sentir más desnudo que cualquier película pornográfica y pude soportar la primera sesión únicamente porque fue corta. Sólo podía quitarme las ropas de compresión quince minutos cada vez, un límite que Marianne Engel siempre respetaba con rigor. No importaba que el trabajo avanzase poco a poco; yo confiaba en que tendríamos años para acabarme.
Al final de cada sesión me mostraba sus progresos y charlábamos sobre cualquier cosa que nos venía a la cabeza. En una ocasión mencionó de forma casual, mientras apagaba un cigarrillo:
—No te olvides que pronto iremos a una fiesta de Halloween.
Era la primera vez que lo oía, le dije.
—No, no lo es. El año pasado en el pabellón de quemados te prometí que iríamos, ¿te acuerdas?
—De eso hace mucho.
—Un año no es mucho, pero te propongo un trato. ¿Vendrás si te cuento otra historia?
—¿Una historia sobre qué? —pregunté.
—Creo que ésta te gustará mucho —dijo—. Es sobre Sigurðr, mi amigo vikingo —añadió, con una sonrisa de complicidad.