La gárgola
Capítulo IV
O jalá conociera la fecha exacta de mi nacimiento, pero sólo sé que fue en algún momento del año 1300. Nunca conocí a mis padres naturales, que me dejaron en una cesta frente a la puerta del monasterio de Engelthal a mediados de abril cuando tenía sólo unos días. Normalmente no hubieran acogido y criado a una niña abandonada —no era un orfanato, después de todo— pero el destino quiso que me encontraran la hermana Christina Ebner y el padre Friedrich Sunder después de haber pasado la tarde discutiendo qué constituía una señal de Dios.
La hermana Christina había entrado en el monasterio con doce años y había empezado a tener visiones dos años después. Cuando me encontró estaba principiando la veintena y ya gozaba de una sólida reputación como mística. El padre Sunder se acercaba a los cincuenta. Era un capellán de la zona que había entrado en la Iglesia mucho más tarde que la mayoría. Llevaba unos veinte años siendo el confesor de las monjas de Engelthal. Pero lo más importante de ambos era su forma de ser, pues si no hubieran tenido tan buen corazón, todo hubiera sido muy diferente.
Había dos notas en mi cesta, una escrita en latín y la otra en alemán, pero ambas con el mismo mensaje. Una niña predestinada, la décima de una buena familia, entregada como ofrenda a nuestro Salvador Jesucristo y al monasterio de Engelthal. Hágase con ella la voluntad de Dios. En aquellos tiempos era raro encontrar a un plebeyo que supiera escribir un idioma, y mucho menos dos, así que supongo que el mismo hecho de que me acompañaran aquellas notas avalaba la afirmación de que procedía de una buena familia.
Por lo que comprendí, la hermana Christina y el padre Sunder decidieron rápidamente que la aparición de una niña precisamente esa noche no era una coincidencia, y tampoco me perjudicó que la propia hermana Christina fuera también la décima hija de su familia. Cuando me llevaron juntos a la priora, ésta no vio cómo oponerse a los razonamientos combinados de ambos. ¿Podía ignorar acaso la priora la posibilidad de que mi aparición en la puerta hubiera sido ordenada desde arriba? Cuando se trata de mensajes del Señor, es mejor pecar por exceso de prudencia. Ése era el sentimiento general entre las hermanas del monasterio, aunque hubo una que se opuso enérgicamente a que se me quedaran. Fue la hermana Gertrud, la armarius, es decir, la maestra de amanuenses de Engelthal. Debes recordar su nombre y también el de su ayudanta, la hermana Agletrudis. Ambas serían determinantes en mi vida, habitualmente en un sentido negativo.
Se consideraba a Engelthal uno de los centros espirituales más importantes de Alemania. Quizá por eso te figures que me criaron de una forma muy estricta, pero lo cierto es que no fue así. Las monjas me trataron bien, probablemente porque las distraía de su rutina diaria. Me encantaba hacerlas sonreír porque tan pronto como se daban cuenta de que sonreían hacían lo imposible por recuperar la seriedad. Me sentía como si hubiera quebrantado una regla.
Siempre me sentí especialmente cercana a la hermana Christina y al padre Sunder, que se convirtieron para mí en una especie de tutores, un hecho que se reflejaba en el nombre que usaba para Sunder. Con todo derecho podría haber dispuesto que todos le llamaran «padre», pero su humildad era tal que pedía que le llamaran «hermano». Así que para todos los demás era el hermano Sunder, pero para mí siempre fue «padre». Supongo que me permitía llamarle padre porque yo veía un aspecto de su personalidad que nadie más apreciaba… bueno, excepto el hermano Heinrich, con el que compartía una pequeña casa entre los montes en el bosque. En cualquier caso, yo oía la risa del padre Sunder cuando casi todos los demás sólo veían su intensidad.
Todas las demás monjas entraron en el monasterio después de haber pasado la infancia en otros lugares, pero yo pronuncié mi primera palabra ante el padre Sunder. «Gott», Dios, qué entrada más gloriosa al lenguaje. Después de eso, ¿cómo podía ponerse conmigo la misma máscara de piedad que mostraba a todos los demás? No encajaba bien en su cara cuando estaba jugando con una niña, y para cuando quiso ponérsela en mi presencia, era demasiado tarde. Pero a pesar de ser una niña, yo comprendía bien que él tenía que mantener una determinada imagen ante los demás y su secreto siempre estuvo a salvo conmigo.
El padre Sunder no se quitaba el cilicio y se mortificaba constantemente, llamándose a sí mismo pecador —principalmente por las «transgresiones de su juventud», fueran cuales fuesen— y suplicando el perdón. Creía que estaba «contaminado» por las cosas que había hecho antes de tomar los hábitos. Pocas veces se mortificaba delante de mí pero, cuando lo hacía, el hermano Heinrich aguardaba silenciosamente en una esquina de la casa con gesto de desaprobación.
Aunque no se perdonaba a sí mismo, el padre Sunder siempre perdonaba a los demás. Y tenía una voz, la más dulce que puedas imaginar. Cuando hablaba, no podías evitar sentir no sólo su amor, sino también el de Dios.
La hermana Christina… no sé ni por dónde empezar. Era una mujer asombrosa. Había nacido un Viernes Santo, la primera señal de que su vida estaba bendita. La gente decía que de todos los representantes de Dios en la Tierra, estaba entre los quince más santos. De niña siempre lo creí y sólo mucho más adelante llegué a preguntarme cómo se podía medir una cosa así. Las visiones de la hermana Christina y su talento literario hicieron célebre al monasterio. Siempre estaba escribiendo y crearía dos obras maestras —Revelaciones y El libro de las hermanas de Engelthal, una historia de las monjas importantes que nos habían precedido—. Su trabajo sirvió de inspiración para que otras en el monasterio se pusieran también a escribir. Por ejemplo, Gertrud, del scriptorium, escribió La vida de la hermana Gertrud de Engelthal con la ayuda del hermano Heinrich y del hermano Cunrat pero, a decir verdad, siempre me pareció que lo único que pretendió con su libro fue aumentar su fama.
Gertrud tenía la extraña costumbre de sorber aire constantemente. Era imposible no darse cuenta e igual de imposible que no te molestase. Se decía que su madre había dado a luz a ocho niños antes que a ella, todos partos dolorosos, pero que el de Gertrud había sido totalmente indoloro. Una se pregunta qué tiene que ver eso con nada, pero desde el principio igualó a Gertrud con el Dios niño, porque se decía que también Su parto había sido indoloro, un nacimiento tan inmaculado como Su concepción. La gente decía que Gertrud nunca mamó del pecho de su madre, que simplemente sorbía aire como si extrajera directamente de él la dulzura de Dios. Siempre sospeché que siguió sorbiendo aire durante toda su vida para que nadie olvidara aquella historia.
De todos los libros que surgieron de este período de inspiración, mi favorito es La misericordiosa vida de Friedrich Sunder. Bueno, era mi favorito, pero no me gustó nada lo que hicieron con él. Tras la muerte del padre Sunder lo censuraron y, entre otras muchas cosas, eliminaron toda referencia a mí. No me quejo por vanidad sino que me ofendió —me ofende— que pervirtieran su intención.
Sea como fuere, éstas eran las personas entre las que crecí. Cuando le pregunté a la hermana Christina cuándo me permitirían vivir en el mundo exterior, me dijo que nunca, pero que no se trataba de algo de lo que lamentarse, sino de un don que celebrar. Dios había sido generoso y había revelado su plan para mí desde el mismo día de mi nacimiento, llevándome directamente a Engelthal. A ninguna de las otras monjas, ni siquiera a la propia Christina, se les había permitido pasar su vida entera en la gloria del servicio a Dios. «Eres una niña con mucha suerte», me dijo, dando la conversación por zanjada.
Se esperaba que cuando creciera yo también tomara la pluma. Las expectativas se desbordaron cuando aprendí a hablar siendo muy pequeña y adopté el latín como lengua materna. Obviamente, yo no me acuerdo, pero me dijeron que apenas me molesté en pronunciar algunas palabras sueltas antes de lanzarme directamente a hablar con frases completas. Debes comprender que en aquellos tiempos se consideraba a los niños básicamente adultos imperfectos. Nadie se planteaba desarrollar la personalidad de un niño porque se consideraba que el carácter quedaba fijado en el nacimiento. La niñez era un período de revelación, no de desarrollo, así que cuando salieron a la luz mis habilidades lingüísticas se dio por hecho que siempre las había tenido, otorgadas por Dios, esperando para manifestarse.
Me encantaban los visitantes que llegaban a Engelthal. Los vecinos de los alrededores acudían a tratarse en nuestra enfermería y lo correcto era atenderles, no sólo por caridad, sino por necesidad política. El monasterio se expandía rápidamente con donativos de tierras de la nobleza y con ellas heredábamos también los siervos que las habitaban. Había también otro tipo de visitantes, sacerdotes viajeros que querían comprobar qué había en Engelthal que provocaba tales visiones a sus monjas o que, desde un punto de vista más práctico, buscaban techo para pasar la noche. A mí me interesaba lo mismo un granjero enfermo que un noble, pues todos me contaban historias sobre el mundo exterior.
La hermana Christina me permitía estar presente cuando venían visitantes. Yo me sentaba en silencio en una esquina de la habitación y me concentraba intensamente en la conversación, perfeccionando el arte de pasar desapercibida. Gertrud no lo aprobaba, por supuesto, y me lanzaba alguna mirada desde su larga y delgada nariz. La edad le estaba castigando la vista, por lo que cada vez le costaba más enfocar el objeto de su desprecio.
A Gertrud no le gustaban los visitantes porque le hacían perder el tiempo, ya que entre sus obligaciones como armarius del monasterio se encontraba la de oficiar como traductora cuando fuera necesario. No lo hacía muy bien, pues su francés e italiano eran, en el mejor de los casos, flojos, pero su cargo comportaba esa responsabilidad. La mayoría de nuestros visitantes hablaban latín o alemán, pero me gustaban los que se expresaban en lenguas exóticas. Fue durante estas conversaciones cuando agucé mi sentido del oído. El desafío no consistía sólo en entender las palabras extranjeras, sino en comprender también las ideas y conceptos de los extranjeros. Por ejemplo, sabía que el papa Clemente había trasladado la sede del papado a Aviñón, pero ¿por qué? ¿Y dónde estaba Aviñón? ¿Cómo era ese sitio? Una noche, escuché la primera discusión de mi vida. Un huésped extranjero osó cuestionar la santidad del difunto papa Bonifacio y Gertrud saltó inmediatamente en defensa de Su Santidad. Para una niña pequeña, fue algo sobrecogedor.
Recuerdo claramente la noche en que se reveló mi talento. Estaba entre nosotros un visitante extranjero y Gertrud, como era habitual, traducía a trancas y barrancas. Nunca entendí por qué le resultaba tan complicado, pues yo lo entendía todo con facilidad. Fuera cual fuese la lengua que se hablara, yo simplemente la entendía. Esa noche el visitante era italiano, un anciano pobre y sucio. Era obvio que no iba a seguir mucho tiempo en este mundo y trataba desesperadamente de hacer comprender su situación. Gertrud levantó los brazos disgustada y proclamó que su acento era demasiado vulgar para poder descifrarlo.
Quizá fue porque el anciano parecía muy frágil o quizá por cómo chirriaban sus pulmones cuando respiraba. Quizá fue porque dio las gracias a las monjas tras cada cucharada de gachas que se llevó a la boca, sin pronunciar una sola mala palabra a pesar de que nadie le entendía. O quizá fue porque sentí que si nadie hablaba con él aquella misma noche, era posible que se fuera de este mundo sin hablar con nadie más. Fuera como fuese, rompí mi código de silencio y me levanté de mi rincón. En su dialecto del italiano le pregunté: «¿Cuál es su nombre?».
Levantó la mirada de su cuchara embargado de alegría. «Paolo», contestó, y me preguntó cómo hablaba su italiano. No sé ni como ni por qué, le dije, simplemente lo hablo. Le expliqué que escuchaba hablar a los extranjeros que venían de visita y que, después de que se hubieran ido, antes de irme a dormir conversaba mentalmente en sus lenguas conmigo misma. Me dijo que era algo fantástico. Cuando le pregunté de dónde era, me dijo que había pasado la mayor parte de su vida en Florencia, pero que había nacido en el sur profundo, en un área célebre por hablar un vernáculo muy ordinario. Su acento, me explicó, era una mezcla horrorosa de los dos sitios. Al decir esto rió y su risa hizo que la hermana Christina se recuperase del asombro. Empezó a hacerme preguntas, que supongo que estaban destinadas tanto a probar mis habilidades como traductora como a descubrir información. Así fue como di voz a la historia del anciano.
Paolo había pasado toda su vida casado con una mujer a la que había amado con todo su corazón. Ella había muerto recientemente y él supo que la seguiría pronto. Por eso estaba viajando, porque nunca había visto otros países que no fueran el suyo y no quería morir sin saber nada del mundo. No temía a la muerte, pues había sido un buen cristiano y esperaba su recompensa final. Preguntó si podría pasar una sola noche en el monasterio antes de seguir su viaje. La hermana Christina accedió, pues la priora le había dado potestad para tomar esa decisión en su nombre, y Paolo le agradeció su bondad. Por primera vez en mi vida me sentí importante.
Paolo sacó un libro de su bolsa y lo alargó hacia mí. Era obvio que quería que me lo quedase.
—Dentro de poco no lo necesitaré —dijo.
La hermana Christina dio un paso adelante y lo rechazó en mi nombre.
—Dile que tiene tan poco que no podemos quitarle lo poco que tiene. Pero dale las gracias.
Lo traduje y Paolo asintió. Dio las gracias a las monjas una vez más antes de marcharse a la celda que le habían asignado.
La hermana Christina me dijo que a la mañana siguiente, después de maitines, me reuniera con ella y con la priora en la sala capitular. Le pregunté si tendría problemas por haber hablado, pero la hermana Christina me aseguró que no.
Cuando llegué allí a la mañana siguiente, la priora estaba sentada en su escritorio, con la hermana Christina tras ella. Gertrud estaba al otro lado de la habitación con aire de que aquello no iba con ella. La priora era una buena mujer, pero aun así me asustaba. Simplemente era demasiado vieja y tenía la mandíbula arrugada como un perro de caza.
—Según me dice la hermana Christina tuvimos una revelación anoche —gruñó —. Niña Marianne, no hay forma concebible de que conocieras el idioma italiano. ¿Qué método utilizaste para entenderlo y hablarlo?
La hermana Christina asintió para animarme, así que me armé de coraje y empecé a hablar.
—Cuando escucho una lengua, simplemente la entiendo —dije—. No comprendo cómo no lo puede hacer todo el mundo.
—¿Puedes hacerlo también con otras lenguas? Es realmente extraordinario.
—Si se me permite hablar —interrumpió Gertrud. La anciana asintió—. Su juicio es admirable, priora, como siempre. Aun así, creo que sería prudente preguntarnos de dónde puede proceder esta inusual habilidad. Le apremio a que estemos en guardia, pues no sabemos nada del nacimiento de esta niña. ¿Cómo podemos estar seguras de que esta habilidad es un don del Señor y no de… alguna otra Entidad?
Yo no estaba en posición de contradecir a Gertrud pero, afortunadamente, la hermana Christina sí.
—¿De dónde sugeriría usted que procede, hermana Gertrud?
—Es mejor no pronunciar tales nombres, pero usted sabe bien que hay fuerzas de las que los que siguen el recto camino deben guardarse. No estoy diciendo que éste sea el caso, sólo digo que haríamos bien en considerar todas las posibilidades.
La priora respondió a la acusación.
—Hasta que no haya motivo para creer otra cosa, asumiremos que ésta es en verdad una revelación de Dios y no un truco del Enemigo.
Me pareció que Gertrud quiso añadir algo, pero se contuvo.
—Sí, priora, por supuesto.
La anciana continuó:
—Propongo que consideremos esto no sólo una revelación sino también una vocación. ¿Hablan todos diferentes lenguas? ¿Traducen todos? No. Cuando se descubre un don como éste, es nuestro deber procurar que sirva a la gloria de Dios. ¿No está de acuerdo, hermana Gertrud?
—Estoy de acuerdo en que todas debemos hacer cuanto podamos para servir al Señor. —Gertrud empujó las palabras de su boca como un avaro saca monedas de su bolsa.
—Me alegra oír eso —continuó la priora— pues he decidido que lleves a la niña al scriptorium. Está claro que su don pertenece al reino del lenguaje y por tanto su formación debe empezar de inmediato.
El corazón se me hundió en el estómago. Si hubiera pensado que me asignarían a la tutela de Gertrud, nunca me habría levantado de mi rincón. Lo que la priora consideraba mi «recompensa» en realidad era el más cruel castigo posible, y estoy segura de que Gertrud estaba todavía más disgustada que yo. Al menos por fin estábamos de acuerdo en algo: era una idea horrible.
—Marianne es todavía una niña —protestó Gertrud— y ciertamente no está lista para asumir tales responsabilidades. Aunque haya demostrado que posee ciertas habilidades rudimentarias, para trabajar en el scriptorium hacen falta otras cosas. Paciencia, por ejemplo, y una atención al detalle que es imposible en una niña.
—Pero aprenderá —respondió la priora— de tu ejemplo.
—Le suplico que discutamos más el asunto. Comprendo su razonamiento, pero…
La priora la cortó en seco.
—Me alegro que lo comprenda. ¿No querrá que me oponga a la voluntad del Señor, verdad, hermana Gertrud?
—Por supuesto que no, priora.
Gertrud tenía las manos tras la espalda y pude oír cómo rascaba con las uñas el tejido de su hábito. La hermana Christina se me acercó, me puso la mano en el hombro y pidió permiso a la priora para estar a solas conmigo unos momentos. La priora accedió y salió de la sala. Gertrud también se marchó, sorbiendo aire enfadada y esforzándose por no dar un portazo. No lo consiguió.
—Sé que no te parece buena idea, pero creo que la hermana Gertrud es una mujer buena y santa y puedes aprender mucho de ella. A pesar de que no lo comprendas ahora, tus dones son tan excepcionales como inesperados. El Señor obviamente tiene grandes planes para ti y sería perverso por mi parte quedarme cruzada de brazos. Debemos confiar en esta revelación y recordar que el Señor no deja nunca nada al azar.
Puedes imaginarte cómo se tomaría una niña esa explicación, aunque fuera una niña criada en un monasterio. ¿Cómo podía el plan de Dios querer que Gertrud fuese mi maestra? Aullé hasta que se me pusieron las mejillas rojas y mi rostro quedó anegado en lágrimas. La hermana Christina me dejó desfogarme e incluso encajó mis infantiles puñetazos. Esquivó, sin embargo, mis patadas, así que supongo que su sacrificio tenía un límite. Cuando finalmente me agoté y me desplomé en un rebujo en el suelo, se sentó a mi lado.
Le dije que la odiaba, pero ambas sabíamos que no era cierto. Me acarició el cabello y me susurró que todo iría bien si confiaba en Dios. Y luego sacó algo de entre los pliegues de su hábito, un libro, que tenía oculto allí.
—Esta mañana, cuando fui a despertar a Paolo, me encontré con que había fallecido mientras dormía. Creo que se marchó sin dolor, pues la expresión de su rostro era serena. Pero anoche quedó claro que quería que te quedaras esto, así que cumplo su última voluntad al entregártelo ahora.
A continuación, me acompañó al scriptorium para que empezara a cumplirse la voluntad de Dios. En mis manos llevaba el primer libro que podía llamar mío, un libro de oraciones en italiano. Un misal.