La gárgola
Capítulo XXVI
O bsesivamente, Marianne Engel despidió noviembre con la finalización de la estatua 21, la séptima del mes.
Las estatuas 20 y 19 se terminaron en la primera semana de diciembre. La estatua 18 llegó en la segunda semana. Los períodos de preparación en la piedra estaban haciéndose más largos, pero siguió sin deshacer la cama desde la noche en que me habló de Brandeis. Nuestras vidas consistían ahora en sólo tres acciones. Ella esculpía y olvidaba y yo la miraba.
Vi cómo ignoraba a Bougatsa; se olvidó de ayudarme a bañarme. Rechazó hasta el último plato de comida que preparé; se olvidó de poner un regalo en mis zapatos de San Nicolás en el alféizar de la ventana. Vi cómo se fumaba cien cigarrillos al día; se olvidaba de cambiar el álbum que había en la cadena de música. Vi cómo se comía potes enteros de café instantáneo. Se olvidaba de limpiarse la sangre de los dedos. Vi cómo se consumía la carne de su cuerpo, cómo sus mejillas se hundían y sus ojos se volvían cada vez más oscuros. Olvidó cómo unir palabras en frases completas.
ERES INÚTIL. No lo soy.
Le supliqué que se tomase un descanso, pero insistió en que se le acababa el tiempo. Ahora no eran sólo las estatuas las que la apremiaban a trabajar más deprisa, sino también sus Tres Maestros.
Llamé a Gregor y a Sayuri porque no sabía qué hacer. Trataron de hacerla entrar en razón pero fue como si hablaran a una pared. Ni siquiera estoy seguro de que Marianne Engel se diera cuenta de que estaban allí. Cuando traté de conseguir que Jack me ayudara, cambió el tema a cómo le estaba afectando la situación a ella.
—No tengo más sitio en la galería y me sigue enviando todas esas estatuas. No es que se vendan como rosquillas en Navidad, ¿sabes?
Le colgué el teléfono con un golpe y me fui directo a mi neceser de morfina en busca de consuelo.
Tuve que contratar operarios para que sacaran las estatuas de su taller y las dejaran en el patio de atrás. Quise evitarlo, pues esperaba que la falta de espacio en el taller la obligara a detenerse, pero ella insistió. Cuando protesté empezó a gritarme en una lengua que no reconocí y me desmoroné. Era obvio que iba a suceder algo horrible.
—No puedes seguir trabajando así.
—Los monstruos son portentos divinos.
—Estás cubierta de sangre, deja al menos que te dé un baño.
—Es sangre de vida.
—¿Por qué no comes algo? —Traté de convencerla—. Te estás quedando en los huesos.
—Estoy convirtiéndome en pura nada. Es glorioso.
—Si enfermas no podrás ayudar a los grotescos.
—Si enfermo, me alegraré porque querrá decir que Dios se ha acordado de mí.
Se negó a subir para bañarse o dormir, así que cuando estaba tendida sobre la roca como preparación, yo bajaba un cubo con agua caliente y jabón. Si no iba a bañarse, yo le llevaría el baño al taller.
La esponja pasaba por sus costillas como un coche sobre badenes. El líquido salía gris tras resbalar por su cuerpo y caía al suelo del taller creando dibujos sobre el polvo. Bougatsa ladraba en un rincón. Cuando la giré para poder limpiarle la espalda, me pareció que la piel sobre la que llevaba tatuadas sus alas de ángel se le había despegado de la carne.
• • •
Jack no me estaba ayudando nada, a pesar de que no podía ignorar el ritmo frenético al que Marianne esculpía y enviaba estatuas a su ya rebosante galería. Cuanto más tiempo pasaba sin que Jack me ofreciese la ayuda que yo me negaba a pedirle, más crecía mi resentimiento hacia ella. Cuando ya no pude contener mi enfado, me presenté en su tienda y le exigí, sin decirle ni siquiera hola, que hiciera algo.
—¿Y qué quieres que haga yo? —me espetó—. Tú le importas mucho más de lo que yo le he importado nunca y ni siquiera tú has podido pararla. Trata de que coma algo y beba agua y espera a que se derrumbe.
—¿Esto es todo? —dije—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir después de las suculentas comisiones que te llevas?
—Dios, qué capullo eres. —Jack me dio golpecitos con el bolígrafo que tenía en la mano—. ¿Está tomando sus medicinas?
Le expliqué que había intentado mezclárselas con el café en polvo pero lo había descubierto. Había subido hasta el campanario y me había tirado el tarro, que pasó por encima de mi cabeza y se estrelló contra la pared.
—¿Sabes lo difícil que es limpiar café en polvo de una estantería de libros?
Jack asintió.
—La única vez en que intenté mezclarle la medicina con algo no me habló durante tres meses. Pensó que yo formaba parte de la conspiración contra ella.
Me calmó un poco saber que Jack había intentado el mismo truco que yo. Acabamos la conversación con un tono moderadamente civilizado y me prometió que se pasaría por la fortaleza esa misma noche.
Jack trajo comida que Marianne Engel podría comprobar que no estaba trufada de medicinas —pan, fruta, queso, etc.— y trató de hablar con ella. No funcionó. Se enfadó porque la interrumpiéramos y rompió el pan en migajas que dejó caer entre los pedazos de roca que cubrían el suelo, luego subió la cadena de música hasta que el volumen hizo que nos marcháramos de allí. Mientras subíamos las escaleras pudimos oír cómo hablaba sola en latín muy excitada.
Aunque no habíamos conseguido nada, el intento nos había dejado agotados. Nos sentamos en silencio en el salón durante un cuarto de hora, casi sin levantar la vista del suelo. Al final comprendí que no era que Jack no se preocupase por Marianne, sino simplemente que ella —que ya había pasado por todo esto antes— sabía que no había nada que ninguno de los dos pudiéramos hacer. Aun así, antes de marcharse, dijo:
—Volveré mañana.
Por la mañana me encontré a Marianne Engel tendida sobre la recién completada estatua número 17. La abracé y no tuvo fuerzas para soltarse a pesar de sus esfuerzos.
—No, tengo que prepararme para la siguiente.
Lo decía en serio, pero estaba demasiado débil para resistirse, así que la subí arriba.
Una vez más le limpié la sangre, sudor y polvo de su cuerpo. La cabeza le colgaba en el borde de la bañera de porcelana como si fuera una marioneta cuyo titiritero se hubiera tomado un descanso. Siguió diciéndome, mientras la lavaba y mientras la arropaba en la cama, que tenía que volver al taller. Pero a los pocos segundos se sumió en un profundo sueño.
• • •
Marianne Engel seguía dormida cuando Jack llegó por la noche. Al estar a solas con la señorita Meredith de nuevo, abrí una botella de bourbon.
Me habló de los clientes que compraban las gárgolas. Los nombres de la lista eran impresionantes: destacados hombres de negocios, jefes de Estado, célebres mecenas, además de un completo quién es quién del mundo del espectáculo. Reconocí un buen número de cantantes de éxito y de actores de Hollywood de primera fila, además de un escritor universalmente reconocido como el rey de las novelas de terror. Un director, conocido por sus películas poéticas sobre perdedores, había comprado al menos media docena de estatuas. (Con su fregona de pelo negro y su cara enjuta podría haber pasado fácilmente por el hermanastro anémico de Marianne Engel). Aunque no me sorprendió ver que también varias iglesias compraban sus gárgolas, sí me pilló por sorpresa las muchas universidades que había entre sus principales clientes.
Jack se comió la mayor parte de la comida china que pedimos, empujándola a fuerza de tragos de bourbon. Se limpió la salsa de la boca con la manga y me preguntó si de verdad no tenía pene. Cuando le confirmé que no, se disculpó por haberse burlado por ello antes. Acepté sus disculpas con tanta elegancia como pude y se puso un poco tierna; estaba descubriendo que el alcohol —como sucede a menudo hasta con el más viril de los bebedores— la ponía sentimental. Cuando le pregunté si tenía algo planeado para Navidad, me contestó contándome la historia de su vida.
Se había quedado embarazada siendo adolescente y dado a luz a un niño, Ted, que ahora estaba en la treintena. Jack se había casado con el padre de Ted, que resultó ser un hombre violento que se pasaba el día borracho, y permaneció con él porque no parecía tener otra opción. Consiguió acabar el instituto, pero la universidad fue otra cuestión. Cuando se quedó embarazada por segunda vez, su marido la culpó de arruinarle la vida:
—¡Te quedas preñada otra vez aunque no tenemos dinero, zorra!
Ted, que tenía entonces seis años, presenció cómo su padre pegaba a su madre embarazada al menos una vez a la semana.
Una noche del séptimo mes, su marido le dio una paliza particularmente fuerte. Cuando el alcohol le hizo perder el conocimiento, Jack metió un poco de ropa en unas maletas y vistió al pequeño Ted. Llevó al niño a la puerta de la casa y luego regresó al dormitorio con una sartén, con la que machacó a golpes la cabeza de su marido. Dijo que lo hizo para asegurarse de que no les siguiera cuando despertase, pero sospecho que lo hizo porque le apetecía. Durante días leyó el periódico local para ver si lo había matado. Cuando vio que no aparecía ninguna necrológica, se sintió muy aliviada pero también un poco decepcionada.
—Tras dejar a mi marido a veces me preocupaba que me estuviera esperando en el hospital de mi madre. Mi madre tenía esquizofrenia —dijo Jack—, pero el bastardo no apareció por allí y nunca volví a verle. Supongo que le faltaba voluntad hasta para acosarme.
Fue una revelación que la madre de Jack hubiera sufrido esquizofrenia. ¿Habría alguna conexión, entonces, con Marianne Engel? En efecto, la había.
—Yo quería mucho a mi madre y tenía que ir a visitarla, especialmente porque nadie más iba. Mi padre había muerto hacía tiempo. Supongo que no pudo aguantar ver cómo la mujer que amaba se volvía loca.
Comenté que su vida no parecía haber sido fácil.
—Y que lo digas. Todos los hombres en mi vida han sido unos mierdas, hasta el punto de que mientras Ted crecía —me confió Jack— deseaba en secreto que saliera gay.
—¿Y?
—No hubo suerte —gruñó, sirviéndose otro vaso de bourbon.
—Bueno, no pierdas la esperanza —dije, tratando de ayudar.
—Sí, ya. —Tomó otro trago—. De todas formas, aunque las cosas no fueron fáciles, salimos adelante. Di a luz a Tammie, la niña de la que estaba embarazada cuando dejé a mi marido. Conseguí trabajo de camarera. Ascendí a cocinera, luego a subdirectora. Era un tugurio de mierda, pero ¿qué le iba a hacer? Un abogado me localizó después de que muriera mi padre y resulta que me había dejado un poco de dinero. Así que supongo que el bastardo hizo algo bien al final. —Levantó su copa al cielo—. Sabía que no podía criar a dos niños con lo que ganaba en el restaurante, así que utilicé algo de ese dinero para apuntarme a un curso nocturno de contabilidad. Saqué buenas notas y pude conseguir un trabajo malo en una buena empresa.
—De eso a propietaria de una galería de arte —apunté— y a ser la agente de Marianne todavía hay un trecho.
—No tanto como crees. Yo seguía visitando a mi madre en el hospital y un día vi que había una nueva paciente, una chica joven. Atractiva, ya sabes, sentada sola en una mesa. Dibujando. Era distinta a los demás. Quizá fuera por su cabello y sus ojos.
—Marianne —dije.
—Bingo. Pero entonces no se llamaba así. La policía la había encontrado en la calle y no habían podido identificarla.
Marianne Engel no era su nombre real. Mi sorpresa hizo que asomara a la cara de Jack una mirada de superioridad. Le complacía saber cosas de nuestra amiga común que yo ignoraba.
—La enfermera me dijo que cuando la habían encontrado no llevaba ningún documento encima y sus huellas dactilares tampoco revelaron nada. No quería, o no podía, decirles nada de su pasado. Quizá sus padres habían muerto o quizá la habían abandonado, ¿quién sabe? Un día le pidió a los doctores que empezaran a llamarla Marianne Engel. Tras unas pocas visitas, decidí acercarme a saludarla. Entonces era muy tímida. Cuando le pedí que me enseñara sus dibujos, no quiso. Pero seguí pidiéndoselo y después de unas cuantas visitas más conseguí que me los dejara ver. Me quedé de piedra. Me esperaba garabatos incoherentes y cosas así, pero lo que dibujaba eran bestias fantásticas, monstruos, y todos eran horribles pero de algún modo también frágiles. Había algo en sus miradas que les daba vida.
Jack hizo una pausa. Le miré a través de los agujeros de mi máscara de plexiglás y por un instante temí que fuera a decir que también había algo de eso en mis ojos. Pero se limitó a atizarse otro trago de bourbon y siguió hablando.
—Me dijo que en realidad no era dibujante. Me dijo que era escultora y que aquellas criaturas aguardaban a que las liberara de la piedra.
—Así que —dije yo— ya desde adolescente…
—Sí, ya desde adolescente —confirmó Jack—. Supongo que me fascinó aquella idea pero yo no sabía una mierda de arte. La mayor parte del tiempo pienso que incluso ahora no tengo ni puta idea. Pero sí sé que hay algo único en su visión. Me gustó, y resulta que también le gusta a mucha otra gente. Pero en aquellos tiempos me limité a asentir porque ¿qué diablos iba a hacer yo? Pasaron los meses y seguí visitando a mi madre y Marianne siguió enseñándome sus dibujos y, no sé… simplemente le cogí cariño. Supongo que me daba lástima. Era muy joven y quizá yo entendía lo que sentía al estar atrapada en un lugar que no era bueno para ella. El asilo era el lugar adecuado para mi madre, sin duda, pero no lo era para Marianne.
—¿Y qué pasó?
—Los médicos jugaron con diversos cócteles de fármacos hasta que al final encontraron una combinación que la estabilizó. Marianne puede vivir de forma independiente, ya lo sabes, mientras se tome sus medicinas. Pero siempre pensó que aquellas medicinas eran veneno para sus corazones. —Jack hizo otra pausa—. Sí, esa fantasía tampoco es nueva. Una vez incluso la llevé a que le hicieran unas radiografías para que viera que sólo tiene un corazón y aun así no me creyó.
—Pero ¿cómo…
—Ahora te lo explico, si haces el favor de callarte. —Jack me apuntó con los palillos, entre los cuales tenía atrapado un pedazo de pollo kung pao—. Cuando los doctores la arreglaron, la pusieron en un albergue y acabó consiguiendo trabajo en una cafetería. De lavaplatos, ¿te imaginas? Cuando me enteré fui a visitarla y me la encontré con los brazos metidos hasta los codos en agua sucia. Yo sólo podía pensar en aquellos dibujos asombrosos. Mientras tanto, se había hecho el primer tatuaje, una de esas frases en latín que tiene en el brazo. Cuando le pregunté por qué lo había hecho, me dijo que puesto que no podía permitirse comprar piedra, al menos podía usar su propio cuerpo como lienzo. Todos esos tatuajes que se ha hecho, se los hizo porque no podía esculpir por algún motivo. Fuera como fuese, me dije, a la mierda. Si tantas ganas tiene de ser escultora, voy a ayudarla. Así que le pagué un curso de escultura por las noches, aunque todo lo que yo tenía era un poco del dinero que me había dejado mi padre, y todo eso mientras mantenía a mis dos hijos en casa. Fue una solemne estupidez, ¿no crees?
Fue estúpido pero también (aunque ciertamente no lo dije en voz alta) maravilloso. Jack cogió otro de los cigarrillos de Marianne Engel —porque Jack no fumaba, como me ha dicho más de una vez— y continuó con su historia. Cada vez que llegaba a una parte muy dramática, movía el cigarrillo en el aire como si tratara de pinchar unos globos invisibles.
—El profesor me dijo que Marianne era la alumna con más talento que jamás había tenido, que el cincel parecía hecho para ella. Cuando se me acabó el dinero para pagarle las clases, me dijo que Marianne siguiera yendo de todas formas. Que algún día podría jactarse de haber sido su profesor. Así que tomé otra decisión estúpida y le comenté a Marianne que yo podría ser su agente. Aceptó, a pesar de que le dije que no tenía ni idea de vender arte. Pero sí sabía lo bastante para conseguirle unas herramientas medianamente decentes, que encontré en la subasta de una herencia, por pura suerte, y luego un poco de piedra. El primer bloque fue de una piedra horrible y barata que prácticamente se desmoronaba cuando la tocaba el cincel, es verdad, pero aun así ella saca la gárgola y le queda muy bien. Así que ahora tengo esa estatua y tengo que venderla porque si no, no nos podemos permitirnos otro bloque de piedra, así que alquilo un camión viejo que estaba para el arrastre para llevar la estatua a todas las galerías de arte que conozco. Al final encuentro a alguien dispuesto a exhibirla pero sólo si se les paga una comisión de escándalo, pero en ese punto no tenemos ninguna otra opción así que acepto. Cuando al fin se vende, puedes creerte qué mierda, hasta pierdo dinero con la operación. El proceso lleva meses y Marianne Engel no para de hacerse tatuajes, se vuelve loca sin piedra que tallar. Pero al final vendemos otra y otra, y de repente nos encontramos con dinero entre manos y todo empieza a funcionar.
Me fascinó oír una historia sobre Marianne Engel que no incluyera monasterios medievales. Hizo que me diera cuenta de hasta qué punto me habían absorbido sus cuentos de hadas.
—Cuando se puso de verdad, hacía una estatua detrás de otra. Ésa fue la primera vez que vi que podía ponerse como ahora, ¿sabes? La primera vez trabajó hasta perder el conocimiento. —Jack levantó la vista hacia la habitación de Marianne Engel —. Entonces era más joven y más fuerte, y pensé que era sólo un fogonazo juvenil. La pasión de crear por primera vez. No me imaginé que iba a seguir igual. ¿Cuánto ha pasado?, veintipico años.
—Le debe ir bien —dije—, quiero decir, tiene la casa y…
—Sí, tiene dinero, claro. En lo suyo, Marianne es la mejor del mundo. A los cinco años montamos la galería. A los diez años le compramos la casa. En efectivo, ni siquiera necesitamos una hipoteca.
—¿Cómo te convertiste en su curadora?
—Bueno, simplemente pasó —respondió Jack—. No, joder, la verdad es que llevó una montaña de papeleo y un montón de visitas al juzgado. Pero recuerda que no tiene familia, a menos que yo sepa. No me ha dicho nunca nada de su vida antes de que la conociéramos y, honestamente, no sé si ni siquiera lo sabe.
—Jacqueline —dije—, no me has contestado a la pregunta que te hice al principio.
—No me llames así, cabrón, y ni siquiera me acuerdo de lo que me habías preguntado.
—Si haces algo en Navidad.
—No. Mi madre murió hace diez años y mis hijos ya no me hablan. —Recogió su abrigo y dijo que tenía que marcharse. En la puerta, añadió—: No te creas que ahora somos amigotes. Si fuera por mí, seguirías sin tarjeta de crédito.
—Entendido —confirmé—. Espero que esto no suene mal, pero de hecho estoy contento de que Marianne se haya derrumbado. Al menos así tendrá que descansar un poco.
Jack emitió un bufido.
—Todavía no ha acabado.
• • •
Marianne Engel se despertó y demostró que Jack estaba en lo cierto. Engulló un gran desayuno y volvió al sótano, donde se pasó los siguientes cuatro días. Sus movimientos eran indolentes, como si alguien la hubiera filmado trabajando y estuviera pasando la película a cámara lenta. Simplemente no tenía fuerzas para trabajar más rápido.
SI LE DIERAS UN POCO DE MORFINA ¿Qué? SE DORMIRÍA.
El 20 de diciembre Sayuri vino para la última sesión de rehabilitación antes de las fiestas. Nos esforzamos por ignorar el lento toc-toc-toc de las letárgicas herramientas de Marianne.
—Gregor me dice que te va a presentar a sus padres —dije—. Es un gran paso.
—Es la primera vez que lo hace —dijo Sayuri—, que lleva a una chica a conocerlos.
—¿Cómo te sientes tú?
—Yo estoy bien, pero sufro un poco por él. Creo que siente que nunca lo hace lo bastante bien para sus padres.
—¿Cree que vas a decepcionarles? —pregunté incrédulo.
—Está más preocupado porque piensen que él no es lo bastante bueno para mí. — Sayuri subió la resistencia de mi bicicleta estática y me animó: ¡lucha, lucha, lucha! —. Es ridículo.
—Así que, ¿crees que va a…? —Le di unos golpecitos en su dedo anular, en el que no llevaba ningún anillo.
—No —respondió Sayuri rápidamente. Retiró la mano, pero vi en su cara que la idea no le molestaría en absoluto—. Sólo quiere que vea su ciudad.
Hubo un cambio en el sonido que subía del sótano. El lento metrónomo de martillo se había silenciado. Habiendo vivido ya un tiempo con Marianne Engel, conocía su forma de trabajar lo bastante bien como para saber que era imposible que hubiera acabado la estatua en la que estaba trabajando.
—Debería bajar a ver qué pasa.
LA MORFINA ES BUENA. No para ella.
Cuando bajé por las escaleras del sótano no la vi. La llamé, pero no hubo respuesta. Medio cigarrillo quemaba todavía en el cenicero. Entonces la vi tras una gárgola casi terminada, con los brazos abiertos en un ángulo muy extraño. Todavía tenía los dedos aferrados al martillo, pero el cincel había rebotado a unos pasos de distancia.
Cuando llegué a la piedra vi que estaba inconsciente y que tenía un gran corte en la frente. Supuse que se había golpeado contra la estatua al desmayarse sobre ella.
• • •
El hospital retuvo a Marianne Engel durante tres días. Le cosieron la herida de la cabeza y le pusieron una vía en el brazo con una solución contra la deshidratación. Por suerte, estaba demasiado agotada como para enfadarse porque la hubiera entregado a los médicos que consideraba sus enemigos. Sólo me aparté de su cama para ir a casa a dormir un poco. Dejé que Bougatsa durmiera conmigo, aunque Nan hubiera montado en cólera porque el pelo de perro puede irritar muchísimo la piel de un quemado. NI SIQUIERA PUEDES CUIDAR DE TI MISMO. Por las mañanas, regresaba inmediatamente al hospital. ¿CÓMO VAS A CUIDAR DE ELLA?
Marianne Engel fue dada de alta la víspera de Navidad. Para ser honestos, a los doctores les hubiera gustado tenerla más tiempo, pero le dieron el alta para que pudiera pasar la Navidad en casa. Cuando llegó a la fortaleza, se le antojó comer mazapán y nada más que mazapán, pero la convencí de que tomara también algunas mandarinas. Bajé la televisión y el vídeo del campanario a su habitación y vimos Qué bello es vivir, porque eso es lo que hace la gente normal en Nochebuena. Cuando acabó insistió en que me quedase en su cama, porque quería despertarse en Navidad conmigo a su lado.
Me tendí en su cama con mis gruesas ropas de compresión apretadas contra su delgada desnudez. Sabía que debería disfrutar aquella proximidad, pero no fue así. Me pregunté por qué su cuerpo me afectaba tanto. Me había pasado la mayor parte de mi vida adulta en compañía de mujeres desnudas —era mi trabajo durante el día y mi pasatiempo por la noche— pero con Marianne Engel siempre había sido distinto. Era distinto.
Hay muchas explicaciones posibles para mi incomodidad. Quizá su cuerpo tenía un efecto mayor en mí que el de las otras mujeres por el cariño que le tenía. Quizá era porque por primera vez en mi vida, como resultado de mi penectomía, no podía olvidar el cuerpo de una mujer conquistándolo. Quizá era simplemente una cuestión de feromonas. Todas estas teorías eran plausibles, algunas quizá acertadas hasta cierto punto, pero aquella Nochebuena, tendido junto a ella sin poder dormir, llegué a una conclusión. La principal razón, creo, por la que su cuerpo me causaba tal efecto era la siguiente: que su cuerpo me afectaba como si no fuera sólo humano, sino como algo que se acercaba al recuerdo y al fantasma.
La primera vez que vi su cuerpo por completo fue en el pabellón de quemados, cuando se desnudó para mostrarme sus tatuajes. Me excitó y me dio vergüenza, y cuando pasé los dedos por las plumas tatuadas de sus alas angelicales su cuerpo se estremeció y mi corazón también. En aquel momento no entendí por qué me sentí así, pero en los muchos meses que habían transcurrido comprendí que fue porque mis dedos no se sintieron como si tocaran su cuerpo por primera vez, sino como si regresaran a un lugar que les era familiar. No estuve seguro hasta que Marianne Engel me bañó por primera vez en la fortaleza. Se acercó a mi cuerpo como si tuviera derecho a tocarlo. El movimiento de su brazo fue idéntico al del mío cuando toqué su espalda alada por primera vez. Era como si la piel del otro fuera nuestra, como si la mano que se acercaba perteneciera al amo que llevaba mucho tiempo fuera pero que ahora había regresado. ¿Cómo podía no desarmarme sentir mi carne sobre su piel como un recuerdo cuando era la primera vez que la tocaba?
Ahora, junto a ella en la cama en esta Nochebuena, su cuerpo seguía produciéndome ese mismo efecto. Estaba a su lado y sentía que así debía ser, como si mi cuerpo hubiera estado junto al suyo miles de veces. Así que sentí que no estaba junto a una persona, sino junto al recuerdo de una persona, pero al mismo tiempo ese recuerdo estaba transformándose en algo todavía menos material. Su cuerpo demacrado era profundamente humano, pero me pareció que se trataba de una entidad que se convertía en un fantasma, como si en su delgadez se estuviera deslizando hacia algo que ya no era sólido. Pasé los dedos por los bultos de sus costillas y recorrí la colina enjuta de su pelvis hasta su estómago. Sentía que su cuerpo, cuya carne y recuerdo siempre me habían confundido y excitado, seguía perteneciéndome pero estaba desapareciendo. No era sólo que estuviera perdiendo substancia conforme trabajaba, era como si estuviera trabajando para perder substancia; como si no fueran sólo las gárgolas sino también la propia artista la que progresaba hacia un estado en que sería a la vez menos y más que el material con que había empezado.
Así es como su cuerpo —carne, recuerdo y fantasma— me desarmaba.
Me desperté, después de un sueño corto y reparador, antes que ella. Le traje huevos en una bandeja y reuní valor para entregarle su regalo. De nuevo eran escritos, pues al parecer no había aprendido la lección tras los poemas del año pasado. Había puesto por escrito las historias que me había contado sobre sus cuatro amigos fantasmales —«El buen herrero», «La mujer del acantilado», «La monja vidriera» y «El regalo de Sigurðr»— y las había encuadernado en un solo volumen. En la cubierta el título decía Historias de amantes, contadas por Marianne Engel.
—Es un regalo perfecto. No sólo para mí, sino también para Sigurðr. Para un vikingo, el peor infierno es que lo olviden.
Tomó su mano entre las mías y me pidió perdón. La escultura se había apoderado de ella las últimas semanas y había hecho que se olvidase de darme un regalo.
—Pero —sugirió— ¿qué tal si te explico por qué la hermana Constantia dijo que yo había profanado el scriptorium?