La hermana de alguien

Derek Marlowe · Capítulo 10 de 15

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La hermana de alguien

Nueve

 

 

UN DÍA, pensó Brackett hastiado, debería hacer un recuento de todos los gimnasios de San Francisco, una especie de ejercicio terapéutico. Calculaba que llevaba recorridos nueve. En todos habían oído hablar de Billy Kent, pero no lo habían visto. Brackett también visitó uno o dos bares, pero eso lo hizo más para ambientarse él en la noche y sentirse más conforme. Una hora más tarde, se le terminó el combustible y debió caminar dos cuadras por Market Street antes de volver a poner en marcha el Buick. También descubrió que estaba quedándose sin dinero (el día no le había sido propicio) y esperaba encontrar un informante sin tener que darle un adelanto. Billy Kent, cuando Brackett finalmente lo encontró en un sótano de Tippett Street, afortunadamente poseía un corazón de oro.

Tan pronto como Brackett entró al gimnasio (un tramo de escalera corto, solo unos pocos escalones, dos pares de puertas vaivén verdes y posters que seguían promocionando la pelea entre Listón y Alí), advirtió que había estado allí anteriormente. Había sido muchos años antes, veinte tal vez, cuando pelearon Marciano y Sugar Ray y los últimos gritos agonizantes de Louis, cuando las banderillas de la edad, finalmente, terminaron con su carrera.

Lo único que había cambiado era la clientela. El mismo olor, la misma transpiración, la misma hilera de palcos pintada de rojo a la derecha, donde los que envejecían se sentaban esperanzados, sus cerebros luchando como sparrings de Graziano y Billy Conn, separados unos de otros, sentados en sillas de madera y mirando hacia adelante como si otro boxeador negro siguiera resoplando y esforzándose en el ring delante de ellos. Ahora se sentaban con sobretodo y sombrero, sin moverse durante horas, porque era lo único que sabían hacer y no tenían a dónde ir. En otros tiempos Brackett les tenía simpatía (y en cierto sentido todavía hoy) y conocía sus nombres, y conversaba con ellos de las «grandes peleas» que nunca habían existido. Algunos recordaban haber presenciado la Cuenta Larga y otros cada punch, cada treta, cada gesto de cada round.

Detrás de la hilera de palcos, sobre la pared, había fotografías enmarcadas, algunas autografiadas, pero muy pocas de luchadores. Se trataba de actores y comediantes de segunda categoría, cantantes y dueños de restaurantes italianos. Tampoco eso había cambiado, excepto que la tinta estaba descolorida y los nombres olvidados.

La oficina estaba en un rincón. Se trataba de dos mamparas de cartón prensado que impedían la entrada del fatigado optimismo del sótano y disimulaban un escritorio, un teléfono y anotaciones de hombres y mujeres, y a un hombre viejo, con una corbata de moño de lunares pequeños, a quien todos conocían, desde que naciera en Brooklyn, como «Dixie».

Cuando Brackett entró al apartado, el viejo se volvió y lo miró; tenía un cigarro apagado en la comisura de los labios y elevó las manos al cielo. No había cambiado. Seguía calvo, medio ciego y si a Brackett no le fallaba la memoria, usaba el mismo chaleco.

—No me lo diga —dijo Dixie inmediatamente, abriendo los ojos tras los bifocales—. Un rostro que nunca olvidaré.

Una pausa, levantó el dedo índice, y exclamó:

—¡Harry Kemble!

Brackett sonrió.

—Te confundiste, Dixie. Walter Brackett.

—Walter Brackett. ¿Cómo pude olvidarme? Walter Brackett. ¿Sigues con el negocio de hoteles?

—Ese era el padre de Harry, yo nunca…

—¿Lo abandonaste? Bien, Walter, siempre he dicho… Si no se puede ser dueño del Fairmont o del St. Francis, olvídalo. Conrad Hilton. Ese sí que era un tipo inteligente. Compró el Plaza Hotel, Nueva York. ¿Sabes la cantidad de gente que se desespera cuando creyendo estar en el Plaza Hotel de Nueva York, advierte que en realidad está en el Nueva York Hilton? Y ya es cosa vieja. Te quedas pensativo, ¿verdad?

—Creo que ahora el dueño es Sonesta, Dixie…

—¿Qué?

—Nada —dijo Brackett.

Dixie lo observó como si leyera algo en letra muy pequeña, después le dijo:

—¿En qué andas, Walter? Siéntate, hazlo en el escritorio.

—Estoy buscando a un muchacho llamado Billy Kent.

—¿Billy Kent?

Dixie no lo miró, pero Brackett supo que Dixie ya recordaba cuál era la profesión de Brackett.

—Es un buen chico.

—No digo lo contrario, Dixie; solo deseo saber dónde puedo hallarlo.

—Un buen chico. Un buen peleador. Con unos kilos más será un peso pesado.

—¿Está aquí, Dixie?

El cigarro giró lentamente entre el índice y el pulgar:

—En los vestuarios, cambiándose.

Brackett se alejó del escritorio y Dixie dijo con ansiedad:

—¿Walter? No me quites a un peleador, ¿quieres?

Brackett sonrió, movió la cabeza y atravesó el gimnasio entrando en el vestuario. La denominación era exagerada, pues consistía solo en una ducha con los azulejos rotos, un banco y una ventana trancada. Cuando Brackett entró, Billy Kent le daba la espalda y estaba agachado cerrando un bolso de lona.

—Hola, Billy —dijo Brackett cerrando la puerta.

El muchacho se volvió rápidamente y miró a Brackett (un chispazo de cautela en los ojos, los hombros listos para defenderse); cuando reconoció a Brackett chasqueó los dedos y dijo:

—¿El choque del auto? En el corralón.

—Correcto.

—¿Es usted boxeador?

—No.

—Podría serlo, por la forma en que se para.

Billy parecía distendido, pero Brackett sentía que estaba tenso al observar cómo el muchacho colocaba el bolso sobre el banco, hablando, haciendo tiempo y dejando las manos libres.

—Solo deseaba hablar contigo.

—¿Por el Toyota?

—No, Billy. Se trata de la chica. De esta.

Brackett le mostró la instantánea. La ampliación permanecía enrollada en el asiento delantero de su coche. Brackett observó la expresión del joven mientras acercaba la fotografía a la luz y fruncía el ceño.

—¿La conoces? —preguntó Brackett.

Billy devolvió la fotografía.

—Nunca la he visto.

—¿Nunca?

—Nunca. ¿Quién es? ¿Miss América?

—Tú puedes decírmelo. Tú estabas con ella cuando sacaron la fotografía.

Unos instantes de tensión, en los que el muchacho retiró su cabello del rostro.

—¿Quién dice eso?

—Yo.

Brackett observó cómo se ponía de pie, estiraba el cuerpo, se paraba en puntas de pie y se medía con él.

—Sabe. Creo que puedo dejarlo en el suelo —dijo el joven.

—Probablemente. Pero estabas allí cuando tomaron la fotografía. Mírala otra vez. Es tu rostro el que se ve en el espejo, ¿verdad?

—¿Seguro que usted no es policía?

—Absolutamente seguro. Simplemente deseo que me ayudes, es todo.

—¿Legal?

—¿Qué otra cosa?

—Eso es nuevo. ¿Es amigo de Dixie?

—Hace veinte años. Pregúntale.

Una duda, un nuevo fruncimiento del entrecejo. Después:

—Correcto. ¿Qué busca?

—¿Quién es la chica?

Billy volvió a tomar la fotografía, hizo una mueca y golpeó la cartulina con el reverso de la mano.

—Un buen par de pechos, ¿verdad?

—¿Cómo se llama?

—¿Ella? Jean.

—¿Jean?

—Ajá…

—¿Estás seguro?

—Me preguntó su nombre y es Jean. ¿Cómo va a llamarse? ¿Rocky?

—¿Jean qué?

—Jean Harlow.

—¿Jean Harlow? Vamos, Billy. Dime su nombre.

—Ya se lo dije: Jean Harlow. Ese es su nombre.

Lo repitió dos veces y decía la verdad.

—Jean Harlow era una actriz de cine —dijo Brackett.

Lo mismo que esta chica. No trabaja en films, pero es una actriz. ¿Sabe a lo que me refiero?

—¿Jean Harlow?

—Escuche, ella me dijo que se llamaba Jean Harlow. Tal vez haya dos con el mismo nombre.

Brackett miró sin ver. Jean Harlow. Le divertía pensar en la expresión del rostro de Henderson.

—Billy, a mí me dijo que se llamaba Mary Malewski. A otra persona le dijo que su nombre era Sally Fitzgerald. Ahora me dices que Jean Harlow.

Se escuchó una carcajada:

—Le creo, todo se lo creo.

—¿Por qué lo crees?

El muchacho dudó, después se encogió de hombros:

—Ah, mierda. Inventaba toda clase de nombres. ¿Sabe? Como si estuviera loca. Pero ¿qué diablos?

—¿La conocías bien?

Un encogimiento de hombros. Otra vez parpadeó.

—Sí. En cierto modo. Quería ser mi esposa pero… usted sabe. Soy un púgil, ¿entiende?

—Eso cuesta dinero —dijo Brackett—. Preparación, promoción…

—Me las arreglo.

—¿Ella te daba dinero?

—¿Jean? No…

Una mueca.

—Bueno, sí. Un poco. ¿Sabe? Billetes chicos.

—¿Dónde lo obtenía?

Billy lo miró atentamente:

—No irá a arruinarla, ¿verdad?

—No, Billy. Está muerta. Ella era la chica que conducía el Toyota.

Silencio. Billy no se movió, pero miró a Brackett durante un buen rato; después se sentó lentamente en el banco sin mirarlo de frente. En el gimnasio se podía escuchar el ruido de los pies que raspaban la lona, un grito de advertencia y alguien que quería abrir la puerta del vestuario; pero Brackett se apoyó en ella hasta que el otro lanzó un juramento y se alejó. Brackett encendió un cigarrillo y ofreció otro al muchacho, quien no le prestó atención.

—Lo siento, Billy, pero es la verdad.

—La maldita chiquilla. ¡La maldita y estúpida chiquilla!

No lloró como Plomer. En realidad no hizo nada, excepto jurar y mirar al espacio. Brackett se sentó a su lado en el banco, casi una repetición siniestra de la escena acaecida con Loomis. La diferencia estribaba en que este muchacho se preocupaba más, aunque no lo demostraba.

—Billy… ¿quién sacó la foto?

No le respondió. Brackett colocó la instantánea sobre su regazo.

—Billy… ella está muerta y quiero averiguar sobre su vida. ¿Quién sacó la foto?

Lentamente, el muchacho volvió la cabeza, observó a Brackett y después dijo:

—¿No me engaña?

—No.

—Quiero decir si no trata de tenderme una trampa; no deseo problemas con la policía.

—Te doy mi palabra.

—Eso no basta… ah, mierda, ¿cómo se llama?

—Walter Brackett.

—¿Tiene esposa?

—La tuve, pero murió.

—Así son las cosas, ¿verdad?

—Cuéntame de la chica, Billy.

—¡Jesucristo!

Aspiró profundamente y habló:

—Bien… Ella solía enredarse con tipos viejos. Me contó que algunos de ellos eran enfermos, usted sabe… Y… bueno… Ellos nunca adivinaron que la chica era menor de edad, ¿entiende? Tal vez algunos lo supieran, pero… bueno…

—¿Conociste a alguno de ellos? —preguntó Brackett.

—No. A ella no le agradaba hablar de esas cosas, y yo nunca le pregunté. Es decir, me contó que existían, pero no me dijo quiénes eran. Mierda, quise detenerla, pero estaba lanzada, ¿entiende?

—¿Qué?

—Cualquier cosa. Cocaína, heroína… Decía que eso la mantenía en forma.

El muchacho se encogió de hombros desesperanzado.

—Entonces, ¿quién tomó la fotografía, Billy?

—Era… Bueno, él no quería hacer el amor con la chica, ¿sabe? Simplemente deseaba mirar. Bueno, tal vez no pudiera. No lo sé… Ah, maldita mierda. ¿No le importaría que saliéramos de aquí?

—Seguro. Tengo el coche afuera. Te llevaré adonde quieras.

Brackett abrió la puerta y esperó a que Billy recogiera su bolso. El muchacho parecía frágil y muy joven.

—Señor… no me acusará…

—No. Debo identificar a la chica. Está muerta.

—Tal vez sea lo mejor, ¿no le parece? Quiero decir, ¿qué clase de vida llevaba últimamente?, creo que ella ya ni sabía quién era.

—Vamos, Billy.

Cruzaron el gimnasio. Brackett advirtió que Dixie los observaba, pero no dijo nada. Cuando llegaron a la calle, Billy se apoyó contra la pared, inspirando profundamente el aire nocturno.

—¿Sabe una cosa? —dijo—, iba a encontrarme con ella esta noche. Sábado a la noche. La gran juerga.

—Billy —dijo Brackett sosteniendo la fotografía que seguía en sus manos —. ¿Quién tomó la fotografía?

—Un polizonte.

La respuesta fue tan enfática como sorprendente.

—¿Un polizonte?

—Ajá…

—No puedo creerlo. Nunca iba a decir que era policía, aun cuando realmente lo fuera.

—No necesitaba hacerlo, señor. Puedo reconocer a un polizonte a un millón de kilómetros de distancia. No me equivoco.

—Conmigo te equivocaste.

—La excepción que confirma la regla. ¿No es así cómo se dice?

—¿Estás seguro de que la persona que sacó esta fotografía era un policía?

—Seguro. Todo lo denunciaba. No su físico, pero podía olerlo. Como en el ring; después del primer round, cuando suena el gong, uno sabe todo lo que le interesa de su contrincante si uno es astuto. Todo. Desde el número que calza hasta cuántos niños tiene. Y también uno sabe si va a ganar o a perder. Y en caso de ganar, se sabe cuándo va a ganar. Allí no da tregua cuando se lanza sobre su presa porque tiene una ventaja sobre todos nosotros. Lucha el primer round antes de ponerse el protector. Yo todavía no lo he logrado, pero estoy aprendiendo. Respecto a los polizontes, aprendí desde que era un chico. Sé quién está del lado de la ley y quién no. Lo sé. Es una realidad.

—Entonces de acuerdo. Insistes en que era un policía.

—¿Insistir? Lo juro.

—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Brackett.

—No podría describirlo… Estaba oscuro y solo lo vi un momento. Tendría cuarenta y cinco años, me imagino. No, tal vez fuera mayor. No lo sé. Vestía traje.

—¿Dijo algo?

—No. No mucho. Me dijo que desapareciera.

—¿Sabes su nombre?

Billy rio.

—Oh, seguro. Tenía un nombre, pero bien pudo ser Mary Poppins. Dijo que se llamaba Hal Jordán.

—¿Al Jordán?

—Al o Hal. Lo mismo da.

—¿Hal Jordán? —dijo Brackett—. No parece un nombre que uno inventa en el instante.

—Entonces tal vez se trate de otro actor de cine como Jean Harlow.

—Tal vez.

Había comenzado a llover (esa lluvia de la bahía que cae con intensidad) cuando comenzaron a caminar hacia el sud por Tippett Street. El muchacho parecía inquieto, alarmado, observaba cuanto lo rodeaba; pero la calle estaba vacía, incluso a esa hora de la noche.

—Billy —dijo Brackett esforzándose por caminar al ritmo del muchacho —, ese Hal Jordán.

¿Volviste a verlo?

—No. Solamente esa vez. Ni siquiera sabía que era él hasta que la chica me lo dijo.

—¿Has oído hablar de él?

—Oh, seguro. Cualquier drogadicto con el que hable lo conocerá. Es un Moisés. ¿Entiende lo que le digo?

—¿Es quién les provee la droga?

—Correcto. Pero nadie lo vio jamás.

—Tú lo viste; y también la chica.

Billy se detuvo, miró rápidamente alrededor y dijo:

—Mierda, hombre. ¿Cree que no lo sé?

—¿Y te atemoriza?

—No. Sí… Bueno, parece una locura, pero me siento en cierto modo seguro, trabajando en el corralón. Con tantos policías dando vueltas por ahí…

Miró a lo lejos casi tímidamente.

—Sí. Tengo miedo.

Una pausa.

—Billy —dijo Brackett—, ¿era blanco o negro?

—¿Jordán? Blanco.

—¿Estás seguro?

—Seguro que estoy seguro.

Brackett asintió.

—Entremos al coche —dijo—, está lloviendo.

—No, gracias. Me quedo aquí. Vivo a solo dos cuadras.

El muchacho comenzó a retroceder.

—Billy… antes de que te vayas. ¿Cuándo fue la última vez que viste a… Jean?

—Anoche.

—¿La viste anoche? ¿Dónde?

—En Jimi’s, en Nort Beach.

—Espera un minuto.

—Mire… no me agradan las calles. Me ponen nervioso. Otro día.

—Dame un minuto más.

Brackett se refugió en la oscuridad de la entrada de un negocio. Olía a orina y bebida. Billy dudó, después se escondió en un rincón.

—¿Va a tratar de encontrar a Hal Jordán? —preguntó.

—No pensaba hacerlo, pero creo que no voy a poder apartarlo de mi mente.

—Olvídelo.

—Billy —dijo Brackett haciendo caso omiso de la advertencia. ¿A qué hora estuvo la chica en Jimi’s, anoche?

—¿Jean? No sé.

—Bueno, ¿era tarde o temprano?

—Tarde. Sí. Tarde.

—¿Muy tarde?

—Cerca de las cuatro.

—¿Hablaste con ella?

—No. Jean entró corriendo. Parecía enloquecida, usted me entiende.

—¿Y salió enseguida?

—Correcto.

—¿Sola?

—No. Con ese tipo. Es una especie de enlace. Un corredor, ¿sabe?

—¿De Jordán?

—Correcto.

—¿Y Jean salió con él?

—Jean fue al baño, después salió. Casi diez minutos después.

—Ese hombre… ¿lo habías visto anteriormente?

—^Seguro. Montones de veces.

—No sabrás su nombre, ¿verdad?

—Usted hace muchas preguntas.

—Eso me han dicho. ¿El nombre del hombre?

—Joe. Big City Joe.

—¿Big City Joe? ¿Así se llama?

—Correcto. Big City Joe.

—Bueno, ¿no tendrá otro nombre? ¿Kent, por ejemplo?

—Seguro. Todos lo tienen.

—No sería Loomis, ¿verdad? —preguntó Brackett.

Billy lo miró con atención.

—Sí. Loomis. Diga, ¿cómo lo supo?

—Simplemente uniendo las piezas sueltas, eso es todo —dijo Brackett—. ¿Estás seguro de que anoche se trataba de Loomis? Tiene alrededor de cuarenta años, viste traje y corbata, un corte de cabello normal, gemelos de oro…

—Sí. Loomis. Vive por Sausalito.

—Billy… ¿puedes indicarme a alguien de Jimi’s que también los haya visto juntos?

—No hablarán con usted. Eso es seguro.

—Dame un nombre. Uno solo.

Una mirada.

—Bueno, hay un jamaicano llamado Murray. Uno negro y grande. Siempre está allí. Pero no me mezcle en esto.

—No lo haré. Gracias.

Billy salió de la oscuridad y miró a un lado y a otro de la calle.

—Si escuchas algo interesante —dijo Brackett—, Dixie sabe dónde encontrarme.

Billy lo miró, hizo una mueca y salió corriendo. Brackett permaneció donde estaba hasta que dejó de oír los pasos del muchacho. Quiso reconstruir los acontecimientos del día, y especialmente la última hora. Si daba crédito a lo dicho por Billy Kent (y no veía razón para no hacerlo), él estaba ahora involucrado en la muerte de Loomis, aunque Simmons, Johanssen y todo el cuartel de policía no pensara así. No había sido su intención (por lo menos no en forma consciente), pero, honestamente, no lo lamentaba. Porque, desde el primer momento supo que no era Mary Malewski, una chica desconocida, el motivo de su interés. Se había interesado en Joseph Loomis. Big City Joe. Era más su estilo. Tenía más coincidencias con Brackett & Kemble. El lunes, pensó, haría imprimir tarjetas. Sencillas. Solamente dos palabras: Walter Kemble. Nada más.

El Buick estaba iluminado por una de las luces de la calle (un rectángulo de asfalto seco en uno de los lados), y mientras se acercaba se sintió bien despierto y fresco, ansioso de aprovechar la noche. Brackett entró al coche, se sentó detrás del volante y cuando quiso encender el contacto, su mano tocó algo frío que se movió, rodó lentamente y cayó al piso.

Miró y vio la ampliación de la foto de la chica que lo miraba al desenrollarse la fotografía y dejarla a la vista. Brackett la miró, y se le endureció el estómago al advertir que no solo le interesaba Loomis, sino que también estaba ansioso por saber quién era ese tal llamado Hal Jordán.

Alguien que seguía bien vivo, y que era no solo un asesino sino también, de acuerdo con las palabras de Billy Kent, un policía. Por todo lo dicho, bien podía perdonársele que tuviera los nervios tensos, al valorar el peligro que significaban para él las implicancias del caso. También resultaba disculpable que la tensión nerviosa le afectara la imaginación y creyera que lo seguían mientras regresaba por Tippett Street hacia su oficina. El Ford Sedan negro que iba detrás de Brackett era tan inocente como un bebé en el limbo, un producto latente de la paranoia propia de un aficionado, la que Brackett había superado dos décadas antes. El conductor se dirigía, simplemente, al centro, lo mismo que Brackett, se encaminaba al jolgorio de los bares, los clubs y el ruido.

Después de todo, era sábado a la noche.

Cuando Brackett llegó a la oficina eran las nueve de la noche; no se veía el Ford y Liebermann estaba a punto de cerrar la fiambrería hasta el día siguiente. El húngaro había leído todo lo relacionado con los crímenes callejeros, había visto en la televisión cuanto sucediera a los apostadores y no deseaba correr riesgos innecesarios.

—¿Algún mensaje, Mr. Liebermann? —preguntó Brackett, yendo hacia la escalera.

—Lo dejé debajo del cenicero, Mr. Brackett.

Habían transcurrido veinticinco años y seguían tratándose ambos con la misma ceremonia, como si representaran un acto en una comedia.

—¿Quiere decir que alguien me llamó? —preguntó Brackett.

—Sí, Mr. Brackett.

—¿Quién?

—Una mujer, Mr. Brackett. Lo anoté y dejé el papel debajo del cenicero.

Brackett le agradeció y entró a su habitación. Estaba sin llave, como siempre, por si acaso llegaba, como alguien dijo una vez, «un cliente paciente». Brackett, cerró la puerta, encendió la luz y miró el trozo de papel manteca. Esta vez se podía leer claramente lo anotado y Liebermann estaba en lo cierto. En realidad habían sido dos llamados de la misma persona. Leyó el mensaje conmovedor dos veces y después lo arrugó y lo arrojó al cesto para papeles. Mrs. Markstein y su perro perdido deberían aprender a vivir separados durante un tiempo.

Después de ducharse, Brackett se puso la misma ropa, guardó el poco dinero que le quedaba en la billetera, llenó un vaso pequeño con whisky, se sentó detrás del escritorio y revisó las notas sobre Loomis. Las releyó dos veces, especialmente la conversación mantenida en la morgue; después subrayó las palabras «asiento trasero». Lo que anteriormente le pareciera pura tontería, comenzaba a tener algún sentido. Seguían siendo, por supuesto, tonterías, los balbuceos de un hombre atemorizado sentado en el aparente santuario de un recinto policial. Pero podían conjeturarse algunas cosas.

Ante todo, Brackett había dado por sentado que Loomis se encontraba en el puente simplemente debido a que intentaba cruzar. Había pensado que su deducción era correcta; pero estaba equivocado, porque Loomis le había dicho claramente, cara a cara, que él también viajaba en el Toyota. No solo eso, también le había aclarado que viajaba en el asiento trasero, no en el delantero. La parte posterior del coche no había sido dañada. Entonces, ¿por qué estaba tan asustado? ¿Qué había visto? Tal vez la declaración escrita, tomada por la policía, aclarara ese punto; pero Brackett tenía grandes dudas al respecto. Por otra parte, Hal Jordán, su empleador, era un policía y estaba en una posición que le permitía leerla. Hacerlo decretaría la muerte de Loomis antes de que este pudiera estampar su firma sobre la línea punteada. Sin embargo, Loomis alcanzó a decírselo a Brackett. Al menos en parte. Lo demás pensaba contárselo más tarde. Excepto, claro, que alguien lo impidió, al atraparlo primero.

Brackett escribió todo lo que antecede en una hoja limpia y añadió algunas preguntas, una o dos respuestas posibles, y después escribió Hal Jordán. En realidad escribió Hal Jordán tres veces. Así:

Hal Jordán

Hal Jordán

Hal Jordán

Instintivamente escribió otro nombre a continuación, que tachó apresuradamente, porque semejante garabato encerraba un enorme peligro.

Después de tomar otro whisky para dar trabajo a su hígado, Brackett revisó la guía telefónica. Había uno y dos Jordán; los controló (incluyendo un florista, un chofer de taxi y un rabino), y dejó a un lado el libro. Jordán era un seudónimo. Tenía que serlo, naturalmente. Finalmente, con su cerebro trabajando aceleradamente, fue hasta el Buick y regresó con la fotografía enrollada, que pinchó en la pared opuesta a la puerta.

Brackett se paró frente a la ampliación, como había hecho el fotógrafo, como si algún poder extra-sensorial pudiera revelarle una identidad. Todo cuanto vio fue el cuerpo desnudo de una chiquilla y el rostro de Billy Kent que le sonreía, nada más.

Sonó el teléfono. Era Herb Johanssen.

—¿Walter? Herb.

Brackett se sentó en el borde del escritorio, de frente a la fotografía.

—Hola, Herb —dijo.

—¿Cómo van las cosas?

—Más o menos. ¿Y tú?

—Oh, ya sabes… Mira, Walter, te llamaba para disculparme por lo sucedido hoy. Él no haberte ayudado a obtener el pase y…

—Está bien, Herb. Está todo olvidado…

—Quiero decir… tienes todo el derecho de pensar que soy una porquería…

—Herb, deja de lamentarte por lo sucedido —dijo Brackett, disgustado—, olvídalo.

—Bueno… —la voz bajó de tono—. Solo deseaba decirte eso; y saber cómo te había ido… en el corralón…

—Oh, bien, Herb. Bien.

—Eso es bueno. ¿Bien, eh?

—Sí, Herb. Bien.

—Bueno…

—¿Tú?

—Oh, estamos enloquecidos, Walter. Simmons ha hablado con todos los locos de la ciudad.

—No…

—¿Ninguna pista?

—Muy malo —dijo Brackett sin convencimiento, casi sonriendo para sí —. Bueno, Herb, ha sido una conversación muy agradable…

—Si puedo ayudarte en algo…

Brackett miró la fotografía, dudó y después dijo:

—Sí, una cosa, Herb. ¿Conoces a alguien llamado Hal Jordán? Podría ser un policía.

Siguió una pausa tan prolongada que Brackett creyó que se había cortado la comunicación.

—¿Herb? ¿Estás ahí?

—Sí. ¿Dijiste Jordán?

—Sí.

—No sé quién es. Pero no conozco a todos los vagabundos o drogadictos de San Francisco.

—No es un drogadicto. De todos modos era una simple posibilidad. Adiós, Herb.

Brackett permaneció con el tubo en la mano hasta que escuchó el click; entonces lo dejó en su lugar. Tenía la vista fija en el rostro de Dorothy; pasados unos instantes bajó la vista y buscó su chaqueta. Al ponérsela, se sintió nervioso nuevamente. Ni atemorizado ni aprensivo, más bien como un muchacho antes de su primera cita. La comparación era absurda,-pero así se sentía. Tal vez por eso mismo. Brackett decidió llamar Horowitz. Por si acaso.

—¿Sidney? Habla Walter…

—Oh, Walter —dijo Horowitz. Estaba agitado. Brackett también escuchaba ruidos y a alguien que gritaba pidiendo café—. No puedo hablarte ahora. Ha sucedido algo respecto de la chica.

—¿Sabes quién es?

—Cuanto sé es que en Homicidios están atemorizados. Espera un momento. ¿Qué? Debo ir allí ahora, Walter… debo irme.

—Sidney… espera un momento. Encontrémonos más tarde. ¿Puedes?

—No puedo… Mira, si puedo iré. ¿Dónde?

—En Jimi’s. ¿Lo conoces?

—Sí. Hasta luego, Walter.

Brackett dejó el teléfono, siguió mirándolo por unos instantes, apagó la luz y bajó de prisa las escaleras.

Liebermann estaba detrás del mostrador haciendo la caja del día cuando Brackett entró en la fiambrería.

—Si alguien me necesita, Mr. Lieberman —dijo—, estaré en esta dirección.

Brackett escribió Jimi’s Club en un trozo de papel y dijo:

—Puede cerrar la puerta con llave, Mr. Liebermann. Entraré por la puerta del costado cuando regrese. Puede que venga muy tarde.

—Sí, Mr. Brackett. Buenas noches, Mr. Brackett.

Afuera, en la calle, seguía lloviendo, pero el cielo comenzaba a limpiarse. Brackett pensó que podía haber sacado el arma del cajón del escritorio, pero le pareció algo melodramático, y además, había vencido su permiso de portación de armas. Decidió que lo mejor era seguir adelante. Entró en el Buick y se alejó.

En Market Street, el Ford negro volvió a aparecer en el espejo retrovisor. Y allí siguió.