La hermana de alguien
Uno
UNA casa de alquiler, una milla al norte de Alemany Boulevard, San Francisco, al oeste de Mission Street. Un hombre, vestido solo con un par de shorts azules, se afeita con una máquina Gillette (el modelo antiguo, compuesto de tres partes separadas). Se afeita cuidadosamente y siguiendo un itinerario transitado, con muy pocas variaciones, durante cerca de treinta y cinco años. Es decir, la hoja de afeitar comienza su corto recorrido paralelo a la base de la oreja izquierda y completa su viaje sobre el labio superior; lavada y seca, vuelve a ser colocada en el extremo izquierdo del estante. Resulta dudoso que el hombre tenga conciencia de la monotonía uniforme de sus actos, por supuesto, ya que son triviales y se encuentra preocupado por otra cosa. El estribillo de una canción popular ha acosado su memoria desde que se despertó, pero no puede recordar el título. Desde la cama a la ducha, y luego al lavabo, ha repasado cada acción realizada el día anterior, volviendo a entrar en los bares, recordando la música escuchada en la radio del coche, y continuará la búsqueda mucho más allá de la que usted o yo pudiéramos hacerlo, hasta que el nombre de la canción se abra paso en su cerebro y pueda descansar. Tales detalles son importantes para él; tics, gestos, insignificantes amaneramientos que todos aceptamos como algo natural, los advierte y los registra, pues ellos no solo lo han ayudado a ganarse la vida, sino también a mantenerse vivo.
La habitación, como quien la ocupa, aparentemente no ofrece atractivos. Las paredes son, o mejor dicho eran, siena quemada. El techo tiene el mismo color, aunque un poco más claro y desigual, mostrando el efecto del humo de los ceniceros. Hay tres ceniceros: uno en el brazo de una silla, otro junto al lavabo y el tercero sobre el escritorio, al lado de la ventana. Este (el tercer cenicero, verde claro y blanco) tiene un motivo de El jardín de Alá, y sin duda podría considerárselo un suvenir, si quisiéramos especular acerca de cuántas bocas famosas, y ya muertas, lo utilizaron. Sería un pasatiempo sin sentido, ya que nada hay en la habitación que justifique tal anacronismo. El escritorio, el teléfono, los muebles, incluso el descolorido anotador, son todos objetos contemporáneos, y han servido al hombre durante un cuarto de siglo, aunque esta frase lo sorprendería. Son falsas apariencias, una especie de hibernación creada por él mismo. No ha habido, exactamente, tal estancamiento. Han ocurrido ciertos acontecimientos en las últimas tres décadas (acontecimientos poco ortodoxos, si usted quiere, pero aun así acontecimientos), y también están las recompensas. Esto, al menos, no puede negarse.
Interrogado sobre su profesión, si se encuentra de buen humor, el hombre probablemente señalará un fichero ubicado en un rincón de la habitación, abrirá un cajón y mostrará una hilera de carpetas, dispuestas prolijamente por orden alfabético, y conteniendo cada una el resumen de algunas semanas en la vida de una persona. Los nombres —a menos que estuviese el suyo—, con toda seguridad no significarán nada para usted, ya que no son celebridades en ningún sentido, salvo para quien acostumbrara leer el periódico local y, ocasionalmente, para la Policía del Estado. Todo lo que podemos decir es que se trata de asuntos de adulterio, pérdida o muerte, y que la mayoría de esos incidentes se produjeron antes del año 1964. Si tiene importancia o no que los años posteriores estén vacíos (al menos de acuerdo con lo que demuestra el fichero), el hombre no lo dirá. Para él solo significa que así debían suceder las cosas y se limitará a cerrar otra vez el cajón y volver a su propia rutina personal de cada día. A las nueve y cuarto de la mañana debía afeitarse.
Olvidamos dos objetos que pueden tener importancia o interés. Son fotografías, y están enmarcadas y colocadas en la pared, a la derecha del escritorio. La primera es de una mujer. No es bella, en un sentido convencional; tampoco su pose pretende serlo. Sin conocerla, uno siente que le simpatiza y que confiaría en ella. El rostro abnegado de alguien a quien no damos importancia hasta que es demasiado tarde. Tiene una inscripción: A Walter, con el amor de siempre. Dorothy. Navidad, 1961.
Debajo, más grande, hay una instantánea tomada, como puede advertir un observador atento, en esa misma habitación. Dos hombres, ambos con traje cruzado, sonríen a la cámara con una mirada de orgullo casi infantil mientras sostienen el cartel de una oficina: BRACKETT AND KEMBLE.
El hombre que está afeitándose es Brackett.
Para ser más exactos, se trata de Walter (jamás Wally) Brackett, y de acuerdo con mis conocimientos, no tiene parentesco alguno con Charles Brackett, el famoso escritor. En realidad, no tiene parientes, salvo esos primos americanos que insisten en reaparecer tres o cuatro veces cada generación, habitualmente en San Pablo, Minnesota. Brackett es inglés, de Surrey, pero abandonó su país definitivamente después de la Segunda Guerra Mundial, simplemente porque estaba aburrido. Inicialmente había proyectado viajar al África (el mapa del continente era rosado en ese tiempo. Como los terratenientes). Pero cambió de parecer a mitad de camino, sin motivo aparente, y tomó el primer barco que partía de Lisboa. Cuando llegó finalmente a destino, Brackett se encontró en San Francisco; no halló nada que le disgustara en la ciudad y desde entonces vivía allí.
Actualmente tiene cincuenta y tres años y los representa. No se debe a que haya malgastado la juventud o la madurez, sino a que tiene el temperamento y las facciones que proporcionan los años cuando se los acepta sin mirar atrás. Y el resultado, consecuentemente, no es halagador. El cabello comienza a ralear a los costados de la frente y su cintura ha engrosado; pero Brackett no es vanidoso como algunos de sus contemporáneos, que luchan por mantenerse «en línea». Si debe elegir entre el ascensor o las escaleras, tomará el ascensor, aunque solo suba dos pisos, pues ha decidido hace mucho tiempo que cualquier forma deliberada de hacer ejercicio (isométricos, squash, fatigantes, esa clase de cosas) no solo ocupan tiempo sino que son absurdos. En una época en que los héroes parecen esperar que el referee cuente hasta diez, Brackett, con sus noventa kilos, su buena vida y sus huesos blandos, no podría pasar inadvertido, tanto en un bar céntrico como en una cancha de croquet del barrio. Alguien dijo una vez, muy poco caritativamente, que su rostro parecía un soufflé cuando se abre la puerta del horno demasiado pronto.
Son las nueve y veinticinco y hoy es el día en que visita a Kemble. Pero no tiene prisa. Lentamente se aleja del lavabo y va hacia un armario de madera oscura.
Saca una camisa blanca de un cajón y le quita el sobre de plástico. No elige la camisa, ya que es la única limpia que tiene; pero es una camisa buena, y solamente su estilo delata su antigüedad. Hace juego con el traje cruzado. Una corbata azul claro y un par de zapatos gruesos tipo Oxford completan el atuendo de Brackett. La canción sigue intrigándolo y permanece de pie, los brazos cruzados, mirando abstraído su imagen reflejada en el espejo. Una frente ancha sobre una nariz demasiado derecha —se la había roto dos veces, pero se la arreglaron cuidadosamente en 1951 y 1956. Ojos grises, y una boca que alguna vez había recordado a una mujer a la de John Garfield. «¿John qué?» «Garfield, mi amor. Recuerda, “Cuerpo y alma”».
Si Brackett fuera honesto consigo mismo admitiría que cada vez le agradaba menos visitar a Kemble. No se debía a que sintiera menos afecto por su socio; había advertido que los encuentros semanales lo alteraban en extremo, sin alcanzar a comprender el motivo.
Una vez (muchos años atrás) las visitas eran excitantes; ambos hombres hacían planes para el futuro, cuando Kemble dejara la casa de reposo (Autumn Glades) y volvieran a ser BRACKETT Y KEMBLE otra vez, como si nada hubiera cambiado. Pero ese momento aún no había llegado y Brackett creía que jamás llegaría. Sus conversaciones eran una prueba evidente, pues habían variado de un inmenso optimismo a meras banalidades, decayendo imperceptiblemente —como las hojas secas de un árbol, que inesperadamente dejan cada rama al descubierto— y pudo ver a Kemble tal como estaba: un hombre prematuramente retirado, sentado en un patio, leyendo revistas de historietas y esperando la muerte. Tal era el resumen de lo que sucedía y Brackett odiaba ese estado de cosas. Odiaba mirar esas criaturas patéticas que recorrían las praderas de Hoovered en sillas de ruedas, con mantas sobre las rodillas, o sábanas sobre las cabezas. Claro que hoy iría. Llegaría puntual y representaría su papel (le agradaba hacerlo: la sonrisa, las bromas. Las mentiras) y también se despediría a la hora de siempre. «Porque tú sabes, Harry, lo que demora el tránsito en esta ciudad».
Brackett sacó las llaves del cajón del escritorio y, durante unos instantes, observó su arma, un Police Special, que yacía en un nido de ganchitos para papeles. Incluso la levantó, sorprendido de lo fría que estaba, y de pronto volvió a dejarla en el cajón, como si fuera una criatura obscena a la que sacara equivocadamente a la luz. Salió apresuradamente de la habitación, bajando a la fiambrería, sin mirar atrás. A la fiambrería se la conocía como «lo del Gordito», El nombre no reflejaba, como es de suponer, el tamaño de su dueño (un pequeño húngaro llamado Liebermann, que había nacido exactamente en el lado oeste del Danubio, en Ellis Island, New York), sino que recordaba la visita que hizo a la fiambrería el legendario actor Roscoe «Gordito» Arbuckle, la noche de la famosa soirée en la habitación 1227 del Hotel San Francisco. Como para mantener vigente el mito, una fotografía del actor colgaba entre los fiambres, pero la quitó un representante de la Coca-Cola y la reemplazó por un Almanaque del año 1941. Francamente, nadie cree una palabra de toda la leyenda, pero da cierto encanto a la mugre del negocio, cuyos clientes pueden contarse con los dientes de un tenedor. Brackett, más por necesidad que por elección, era uno de ellos.
Como todos los sábados a la mañana, el paquete ya estaba esperándolo sobre el mostrador. Lo recogió y agradeció al húngaro antes de dirigirse a la puerta.
—No olvide saludar a Mr. Kemble en mi nombre —gritó Liebermann a sus espaldas.
—Siempre lo hago, Mr. Liebermann.
Pueden esperarme problemas; pero mientras brille la luna, haya música, amor y ron. No, no era así.
Brackett dejó atrás cajas y cestos, a la coqueta jovencita que colgaba de la pared, y salió a la calle, dirigiéndose a su coche. No era su calle preferida en San Francisco, pero tampoco era Nob Hill. Era simplemente la calle donde vivía; conocía a la gente, los bares y los ruidos nocturnos. Allí lo conocían, lo que ya era algo. Incluso Brackett debía admitirlo (cuando se apagaban las luces y las pastillas para dormir no le hacían efecto). Una vez su esposa le había dicho que era un hombre orgulloso y Brackett lo aceptó, agregando que estaba orgulloso de ser orgulloso. Era una broma sin importancia, pero sentía lo que decía. Sin ese orgullo (una mezcla de tenacidad y la doctrina de Micawber) en esos años de soledad, cuando Dorothy y Kemble ya no estaban con él, jamás hubiera sobrevivido. De alguna manera se hubiera venido abajo; no por caer en las redes del alcohol o las drogas, sino simplemente por una ausencia absoluta de realización personal.
Mientras se alejaba eligió un programa musical en la radio del coche; se trataba de Cole Porter. No miró por el espejo retrovisor hasta que llegó a Mission Street. De haberlo hecho, hubiera descubierto el coche policial. Lo habría visto detenerse ante la fiambrería y habría observado que sus puertas se abrían. Pero la mente de Brackett estaba en otro lado. Acababa de recordar un bar entre Valley y la Veintinueve, que conociera bien. No había bailarines, ni empellones, ni trompadas. Solo paz y luz tenue y un único trago antes de encontrarse con Kemble. Nada más.
Apostaría cualquier cosa a que lo demolieron.