La hermana de alguien
Tres
¿QUIÉN es ese? —preguntó Brackett.
El sargento oficinista miró rápidamente a Loomis con expresión de desagrado, como si se tratara de otro cuerpo recogido en la carretera, llevado a la morgue, pesado y vaciado. Casi se podía esperar que respondiera la pregunta leyendo la etiqueta atada al dedo pulgar del pie del hombre.
—Un testigo —respondió.
—¿De la chica?
—Vio todo lo sucedido.
—¿Un conductor?
—Un peatón.
—¿Un peatón? —dijo Brackett, asombrado—. ¿En el puente de Golden Gate? ¿A qué hora tuvo lugar el accidente?
—¿Quién lo sabe? A las cuatro, cuatro y media, esta mañana.
—¿Y este hombre pasaba caminando?
—Hizo una declaración. Jesús, debería leer su declaración.
—¿Me permiten hacerlo?
—No.
Si Loomis alcanzó a oír la conversación, no lo demostró. Permaneció sentado, mirando el piso, como si posara para una fotografía, una silueta contra el mar. Su actitud permitió a Brackett observar su apariencia física, y lo que pudo ver le resultó deprimente. Claro que había ciertos detalles personales: un anillo de oro en la mano izquierda, gemelos lisos, ovalados, zapatos que se lustraban todos los días, un traje liviano algo usado y una camisa de algodón. Pero todos estos detalles eran meros agregados a un cierto tipo, no a un cierto individuo. Como Brackett bien lo sabía, si uno comienza por un individuo, uno puede terminar con un tipo determinado. Por el contrario, comenzando por un tipo se termina en la nada. Rico o no, la figura sentada cerca de la puerta no revelaba ninguna cosa. Excepto una: la total negación de su personalidad no era un simple capricho para adaptarse a una clase o a un status. Era un acto deliberado para pasar inadvertido dentro de lo que lo rodeaba, y eso despertó la curiosidad de Brackett. Se trataba de una persona acostumbrada a viajar en avión, a tomar cócteles y comprar el «Times» en el Hilton. Poseía tarjetas de créditos, uñas bien cuidadas, y era consciente de su apariencia, de cada uno de sus actos. Pero estaba asustado.
—¿Cómo se llama? —preguntó Brackett tranquilamente.
—Loomis —respondió Henderson, mirando la declaración.
—¿Tiene prontuario?
—¿Cómo saberlo?
—Bien, ¿está arrestado?
—Cristo, no. Se trata simplemente de un testigo, ya se lo dije. Declaró por su voluntad.
—Entonces, ¿por qué lo retienen? —preguntó Brackett.
—¡Retenerlo! —Henderson gritó hacia la puerta—. ¿Quién lo demora? Desde el amanecer estamos tratando de deshacernos de él, pero no quiere irse.
—¿Por qué no?
—Porque quiere salir de aquí en un coche oficial, solo por eso.
—Así que usted ya le advirtió que esta no es la parada de taxis.
—Ya le advertí que esta no era…
Brackett sonrió y se acercó a Loomis.
—¿Mr. Loomis? Hay un auto afuera, lo llevaré a su casa.
No reaccionó.
—Está junto a la salida —prosiguió Brackett sin darle mayor importancia a sus palabras—, siento que no sea un patrullero, pero no les permiten transportar pasajeros, excepto que estén bajo arresto. Usted no está detenido, Mr. Loomis.
Tampoco hubo ahora reacción alguna. Brackett sabía que lo había oído y que no serviría de nada insistir. Había perdido, eso era todo. Si Loomis tenía problemas (lo que era indudable), prefería guardarlos para sí. Había que dejarlo solo. Brackett abrió la puerta.
—Era tan joven.
Brackett se detuvo y miró a Loomis. Había vuelto la cabeza y alcanzó a verle los ojos, hundidos y caídos.
—Tan joven…
La voz sonaba segura. Un leve acento, probablemente de Kentucky. La deducción no era difícil, lo reconoció: también Dorothy era de Kentucky.
—¿Quién era muy joven? —preguntó Brackett con calma, acercándose al banco.
—Un precioso vestido… todo hecho jirones. Un precioso vestido. Le faltaba un zapato. No pude encontrarlo. Busqué en el asiento posterior. Me lo propuse. En el asiento de atrás yo… Pero no piense nada indebido. No sucedió nada indebido. Ya lo verá. Grotesco. ¿Así se dice? Herpes Bizarro. ¿Recuerda el chiste?
Brackett no le respondió. Miró a Henderson y lo vio ocupado, escribiendo a máquina un informe. De improviso habló Loomis:
—¿Alguna vez vio a alguien asesinado?
La pregunta estaba directamente dirigida a Brackett y este dudó antes de responder:
—Una o dos veces.
—¿Qué vio?
—El término de una vida. Solo eso.
—¡No! ¡Oh, no! —la voz de Loomis se elevó con énfasis—. No el término de una vida. La muerte. «Oh, por favor, no dobles en Union Square, Baby. Odio esas palmeras». Muerta, esa chiquilla.
Brackett vio cómo el sargento giraba la cabeza para mirar a Loomis primero y luego a Brackett.
—¿Qué malditas palmeras? —gritó Henderson. Brackett no le hizo caso y se sentó en el banco, inclinándose hacia Loomis.
—¿Conocía a la chica, Mr. Loomis?
—¿Conocerla?
—Sí. ¿La conocía?
—Como le dije al sargento, no la conocía.
Brackett volvió a mirar a Loomis, vio el temor en sus ojos y permaneció callado.
—La vi —continuó Loomis, refugiándose una vez más en su propio yo—. Yo estaba… parado y apenas la vi y le miré el rostro. La vi morir. Vi cómo nos la quitaban. Su muerte… Fue como… No se ría… Fue como si la joven hubiera hecho la rabona al mundo. ¿Entiende lo que digo? Como Huckleberry Finn. Simplemente se apagó su luz, ya no tiene más luz. Haciéndonos la rabona a todos nosotros. ¿Comprende, verdad?
—Por supuesto —dijo Brackett—. Por eso usted no saltó, ¿no es cierto? ¿Porque vio a la chica?
Brackett escuchó un leve gemido y Loomis miró hacia otro lado, guardando silencio.
Mr. Loomis, permítame llevarlo a su casa.
No se movió. Brackett abrió su billetera y sacó una tarjeta que colocó entre las manos de Loomis.
—Aquí tiene mi tarjeta. Me llamo Walter Brackett…
Loomis ya había leído la tarjeta y lo miraba con una expresión que impulsó a Brackett a preguntarle:
—¿Me conoce?
Loomis parecía decidido a hablar, pero cambió de parecer y negó con la cabeza. Brackett lo observó atentamente y comprendió que nada quedaba por decir ni hacer allí. Se limitó a agregar:
—Mr. Loomis, me voy. Si no tiene inconveniente y no le desagrada un Buick ’62, hay uno del otro lado de la puerta. Estará allí dos minutos, lo veré afuera. Adiós.
Una serie de acontecimientos nunca sigue un esquema determinado. Nada está predestinado, no interesa cuál filosofía o religión se adopte. Los acontecimientos se presentan y nos limitamos a aceptarlos o rechazarlos a medida que ocurren. La astrología, un dios o un psiquiatra pueden guiarnos en un sentido amplio, pero solo un hombre débil confía en tal pueril dirección. Esta puede no ser su filosofía de vida, pero era la de Brackett y por eso no esperaba nada cuando se sentó tras el volante de su coche. Solo esperaría dos minutos, y si Loomis no aparecía en el ínterin, tendría que ir a esconder su agonía en algún otro lugar. Sería una lástima, ya que Brackett, por naturaleza, era un hombre curioso. Pero no insistiría. El hecho es que, después de decidirlo así, Brackett permaneció en el Buick nueve minutos en vez de dos; claro que la filosofía no paga el alquiler… Esperó con el convencimiento de que cualquier persona asustada es un posible cliente, especialmente cuando su apariencia indica que su posición económica se lo permite. Loomis, pese a las tácticas de Brackett, aparentemente pensaba de otra manera, porque no apareció.
Brackett bajó la vista (el trapecista caído otra vez en la red) y había puesto en marcha el motor, cuando se abrió de improviso la puerta delantera y una voz dijo:
—¡Walter! Walter Brackett. Demonio, ¡ha pasado tanto tiempo!
Brackett giró la mirada, azorado, hacia el rostro tostado por el sol de un hombre de unos cuarenta y cinco años, que gesticulaba mientras permanecía con una mano en la puerta del coche y la otra en el techo. Vestía traje tostado, con dos botones y corbata de seda. La hebilla del cinturón era de Tiffany — rectangular, de bronce, hechas para anunciar cualquier cosa, de Wells Fargo a Barnum y Bailey. Esta tenía el bajorrelieves de un depósito con la palabra Central & Union Pacific Railroad Co.
—No creo que me hayas olvidado, Walter, después de tantas chuletas compartidas en lo de Tadich.
Brackett sonrió asintiendo. Se llamaba Herb Johanssen. Tenía tres hijos y una esposa. Solía ser patrullero diez años atrás, o más tal vez, y todos lo querían, incluso Brackett.
—Por supuesto, pero no te reconocí sin tu bastón de policía. ¿Por dónde has andado?
—Buena pregunta —replicó Johanssen, acomodándose en el borde del asiento—. Me han cambiado de lugar con tanta frecuencia que me siento como un mazo de naipes.
—¿Qué eres ahora? ¿Sargento detective?
—Teniente detective —enfatizó Johanssen—. Homicidios.
Brackett estaba impresionado y así se lo dijo.
Johanssen sonrió. No era, pese a su ascendencia escandinava, ni alto ni rubio. En realidad, estaba gordo, casi calvo y, en apariencia, tan intimidatorio como una reverencia. Los ascensos, como la belleza, se adhieren a lo más profundo del ser humano.
—Así que finalmente estás de regreso —dijo Brackett—, después de… ¿once años?
Johanssen asintió y después miró a Brackett.
—¿Qué haces tú aquí, Walter en un día tan horrible como el de hoy?
—Una identificación. Una chica fue muerta en el puente.
—Oh, sí, escuché algo.
Silencio. Ambos hombres miraban a través del parabrisas, los ojos en el estacionamiento. Parecía que no tenían nada más que decirse.
—Bien… —dijo Brackett—. Tal vez podamos compartir otras chuletas uno de estos días.
—Seguro. Pero esta vez pagaré yo. Dime… ¿cómo andan tus cosas?
Brackett hizo un ademán afirmativo.
—¿Sigues viviendo encima de lo del Gordito? —preguntó Johanssen.
—El alquiler es bajo.
—¿Qué hay de Kemble? Escuché decir que…
—Está bien —lo interrumpió Brackett rápidamente.
—Me alegro de saberlo. Sabes, nunca creí que alguien sobreviviera a semejante paliza, pero tampoco pude imaginar a Harry imposibilitado.
—Claro, Harry siempre ha sido fuerte.
—¿Dónde está ahora?
—Retirado. De oficio.
—Es una pena. Era muy bueno. Te lo aseguro, Walter, si Harry hubiera sido un policía, yo nunca hubiera llegado a comisario.
—¿Y es eso lo que realmente deseabas? —le preguntó Brackett.
Johanssen sonrió y apoyó su mano en el brazo de Brackett.
—Me alegro de haberte encontrado…
Brackett no le respondió. Volvió a mirar hacia la morgue; pero la puerta continuaba cerrada. Había perdido.
—Todavía conservas el mismo coche —dijo Johanssen, pasando una mano por el tablero de instrumentos, como si fuera el perro de un vecino—. Recuerdo la primera vez que lo usaste. Diablos, me sentí celoso.
—Será mejor que me vaya —dijo Brackett y esperó que Johanssen saliera del coche sin mirarlo. Sí. Conservaba el mismo coche.
—No te olvides de las chuletas —dijo Johanssen cerrando la puerta.
Brackett sonrió apenas y salió lentamente del estacionamiento. Cuando alcanzó la calle, se detuvo y miró hacia atrás por el espejo retrovisor. Johanssen seguía observándolo. Lo vio hacer adiós con la mano, lo vio arreglar cuidadosamente la cartera de uno de los bolsillos de su traje de doscientos dólares; lo vio enmarcado en la pared de ladrillo rojo del edificio que albergaba a su éxito.
Brackett se sintió viejo.
Condujo a lo largo de los rascacielos de vidrios polarizados de Montgomery (uno de ellos exhibía la audacia de estar construido como un bonete), pasó por los bancos y oficinas, hasta que la calle se hizo más angosta. Las fachadas cambiaron del blanco al sepia, al negro, y otra vez al blanco, y Brackett entró en la familiaridad parroquial de su viejo barrio. Hizo las habituales llamadas, concurrió a los mismos bares y pidió la devolución de sus tarjetas en los habituales comercios, pues no contaba con los medios necesarios para hacer imprimir nuevas.
Se detuvo en la esquina de Van Burén y Blake (una cuadra que jamás debió sobrevivir al terremoto). Siempre lo hacía, parte por costumbre y parte por masoquismo. Miró la casa donde había vivido su esposa antes de convertirse en Mrs. Brackett. Su madre aún vivía en las mismas habitaciones, y durante un tiempo, después de la muerte de Dorothy, Brackett solía visitarla. Subía las escaleras y la acompañaba durante una hora más o menos, tomando café, después de bajar el volumen del televisor, sin silenciarlo del todo: como un murmullo acompañaba desde un rincón su diálogo. En las primeras visitas ambos evitaban hablar de Dorothy, soslayando el tema; pero pasado un mes, cuando las fotografías fueron enmarcadas y colocadas en la repisa de la chimenea, no hablaron de otra cosa; la madre volvía a relatar recuerdos de la adolescencia mientras Brackett rememoraba el casamiento, incluso el dolor de los últimos años, cuando el pimpollo de azahar se había marchitado.
Fue entonces cuando, inevitablemente, cesaron sus visitas. Sucedió cuando Dorothy Mannering comenzó a competir con Dorothy Brackett, hija versus esposa. Brackett salió repentinamente un día, después de permanecer solo unos pocos minutos con su suegra, y aunque nunca se dijo, la madre sabía que jamás regresaría. En cierto modo se sintió agradecida. Incluso, cuando Brackett fue una vez a visitarla, después de una ausencia de dos meses, no le abrió la puerta, aunque él oyó el televisor. Golpeó con fuerza cuatro o cinco veces, sin importarle las miradas del hijo de un vecino que estaba en el corredor; como no le respondiera, dio vuelta y salió a la calle. Fue la última vez que estuvo en el edificio.
Brackett hizo volver el Buick a la calle principal. En días normales y siendo un hombre rutinario, habría conducido hacia Monterrey o Carmelo, o tal vez hacia Big Sur para gozar del aire fresco. Si es que todavía existía. En vez de hacerlo, cambió el itinerario sabatino (reapareció la imagen de un mechón de cabellos. Siempre sucede lo mismo). Regresó a su departamento y comprobó, pasados unos minutos, que la ficha de Mary Malewski no estaba en su lugar.