La historia universal

Ali Smith · Capítulo 8 de 12

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La historia universal

Créeme

 

Tengo una aventura, dije.

No es verdad, dijiste.

Era un domingo por la mañana. Fuera se oía el tañido de las campanas de la iglesia y a alguien que segaba el césped. Era septiembre; no quedarían muchos más días para segar el césped aquel año. Había preparado café mientras tú salías a comprar cruasanes y luego te habías quitado la ropa, la habías dejado en el suelo y habías vuelto a la cama conmigo, como siempre. Te abrazaste a mi cintura y apoyaste la cabeza en mi espalda.

Que sí, dije. ¿No me crees?

No tienes ninguna aventura.

No, tienes razón. No es una aventura, es mucho más que una aventura. La verdad es que estoy casada con un hombre a quien nunca has visto con quien tengo tres hijos de los que tú no sabías nada.

Ah, dijiste.

Y todos los días, cuando salgo de casa y crees que voy a trabajar, en realidad voy a ver a mi familia.

Vas a la casa de otra persona.

Bueno, también es mi casa.

¿Y te quedas ahí todo el día? ¿Desde las ocho y media de la mañana hasta las seis de la tarde?

Hay mucho que hacer allí, dije. Hay que quitar la mesa del desayuno y lavar y planchar y hacer las camas y limpiar…

¿No tienes ayuda doméstica?, preguntaste.

… Y preparar la comida para cuando vuelvan del colegio ahora que ya han empezado las clases, y asegurarme de que vuelven a clase a tiempo y luego quitar la mesa y recogerlos del colegio a las tres y media y comprobar que acaban los deberes, y eso los días que no hago la compra ni tengo que cuidar de la madre de Eric.

¿Quién es Eric?

Por suerte ahora puedo hacer gran parte de la compra por Internet, dije. Eso me ahorra muchísimo tiempo, ni te lo imaginas. De vez en cuando hasta puedo sentarme a la mesa del comedor de mi otra casa y leer una revista o unas páginas de un libro.

Me parece increíble que tengas una mesa de comedor que no conozco, dijiste. Me parece increíble que no me hayas presentado a tus hijos. Me encantaría conocerlos. ¿Cómo se llaman?

Ben tiene doce años, es muy bueno esquiando. El año pasado ganó el premio del colegio en la pista de esquí artificial. Nos sentimos muy orgullosos de él cuando en junio le dieron el certificado y el libro en la entrega de premios. Aplaudimos como locos. Nos costó encontrar un colegio que entendiese a Ben, pero Parkside parece que le encaja. Académicamente Ben es un poco… recalcitrante, pero ellos creen que se pondrá las pilas, va a clases de repaso y la verdad es que le encantan las matemáticas, como a su padre.

¿A su padre le encantan las matemáticas?, preguntaste.

Bueno, al parecer le encantaban cuando iba al colegio.

Pero tú odias las matemáticas.

Los opuestos se atraen, dije, y luego está Amanda, que tiene diez años y es algo mandona, siempre regaña a los chicos y le gusta actuar, cantar y bailar, es muy buena, va a clases de claqué y su profesora dice que rítmicamente está muy avanzada y sé que pronto dirigirá ella solita la revista de la escuela y seguro que acabará siendo una periodista importante, se le dan muy bien las palabras.

Eso son solo dos, dijiste. Hay uno más.

El tercero es mi chiquitín. Jonathan. Tiene siete años.

Es tu preferido. Lo sé por la forma en que hablas de él.

Bueno, es que es mi chiquitín.

Pero ¿cómo has conseguido ocultármelo durante tanto tiempo?, preguntaste.

Soy muy discreta.

No puedes ser discreta con un embarazo. ¿Cómo has podido ocultarme tres?

Comía muy poco. Iba con mucho cuidado. Hasta adelgacé durante los embarazos. Y… ¿sabes los viajes de trabajo para dar conferencias?

¿Te refieres a cuando te ausentabas largos fines de semana?

¿Recuerdas el viaje a Hawai, hace diez años?

¿El que duró quince días y del que volviste con jet lag?

Un embarazo difícil. Amanda. Venía de nalgas. Querían hacerme la cesárea, pero me negué.

No querías una cicatriz en tu precioso abdomen.

Así es. ¿Cómo te habría explicado lo de la cicatriz?

¿Y entonces esa camiseta que me trajiste que dice «I love Honolulu»?

Me costó un poco organizarlo, pero ya sabes que soy muy buena organizando cosas, dije.

¿Y desde cuándo vives esta doble vida?

Oh, desde que nos conocimos.

¿Qué? ¿Todo el tiempo? ¿Todos estos años?

Conocí a mi marido, Eric, exactamente el mismo día que te conocí a ti.

¿Se llama Eric?

Sí, se llama Eric. ¿Qué pasa? ¿Por qué te ríes? Espero que no te rías de su nombre.

Eric es un nombre estúpido hasta para un personaje inventado, dijiste.

Eric no es un personaje inventado. Es mi marido. Y si lo conocieras personalmente, como yo, no te parecería que tiene un nombre estúpido.

¿Y es Eric tan bueno como yo haciendo esto?, preguntaste mientras me besabas el vientre y deslizabas la mano entre mis muslos para tirar de mí.

No podría compararos, dije cuando salimos de nuevo a la superficie, jadeando, después de que me hicieras el amor. Eric es mi marido. Tú eres mi amante. Cubrís diferentes funciones y necesidades.

Me decepcionas, dijiste. Eres tan antirradical…

Antirradical no es ninguna palabra.

Me refiero a que… Tienes la oportunidad de inventarte otra vida, y ¿qué haces?

¿Qué quieres decir con inventar? Yo no invento nada.

Podrías haber sido lo que quisieras, cualquier persona del mundo, dijiste. Podrías haber sido una, una… superheroína. Podrías haber trabajado para los servicios secretos o para el Gobierno.

¿Qué? ¿Mentir yo?

Podrías haber sido una ladrona de guante blanco, o alguien que escapaba y se unía a un circo y domaba elefantes para que guardaran el equilibrio sobre pelotas de playa, o qué sé yo, una amiga y confidente de los ricos y famosos que ayudaba a Kim Basinger con sus problemas y que había sacado de la cárcel y metido en rehabilitación a ese hombre que sale por la tele…

¿Qué hombre?, pregunté.

No recuerdo su nombre, fue a la cárcel y sale en el programa de esa mujer delgada.

¿Qué mujer delgada?, pregunté.

La de ese programa de la tele que odio. Da lo mismo. A lo que iba, podrías haber sido un miembro importante de las fuerzas de paz de la ONU. Podrías haber sido la doctora que descubre la cura de la enfermedad de las vacas locas antes de que acabe con todos nosotros. Pero no. Un marido. Tres hijos. Una suegra, por Dios.

Ya te he dicho que Elaine es una pesada.

¿Quién es Elaine?

Mi suegra, y ni te imaginas las mentiras que le cuenta a Er sobre mí.

¿Que le cuenta a quién?, preguntaste.

A Er. Abreviatura de Eric.

Soltaste una maldición y golpeaste las sábanas con ambas manos.

Como sigamos así, enloqueceré.

Yo también, si ella sigue contándole esa mentira de que soy una alcohólica que se pasa el día bebiendo en casa a escondidas, dije. Estoy segura de que lo llama de noche, cuando yo no estoy, y lo pone en mi contra. Estoy segura de que le ha dicho que tengo una aventura. Estoy segura de que le insiste para que coja a los niños y me deje. Aunque Er no va a creerla, claro.

No, porque él confía en ti, ¿verdad?

No es que quiera dármelas de nada, pero él y yo nos conocemos muy bien. Pero la última vez que miré la botella de whisky, juro que lo que vi no era polvo, juro que había una fina línea de tiza rodeando la botella por fuera, para marcar el nivel. ¿Y sabes cuando al descolgar el teléfono oyes un pequeño clic…?

¿Ese pequeño clic que indica que hay alguien escuchando tu conversación?, dijiste. ¿Te refieres a ese pequeño clic?

Pues sí. Ya te puedes imaginar la clase de mujer que es. Nunca le he caído bien. Ni un solo día, desde que me casé con él.

No me puedo creer que esté en la cama contigo, dijiste. Lo que dices es tan típico que no puede ser verdad.

Es verdad. Todo. Ya sabes que nunca miento.

¿Y dónde creen Eric y Ben y Amanda y Jonathan y Elaine que estás ahora?, preguntaste. ¿Dónde creen que estás todas las noches, y todos los fines de semana, y en Navidad y en Pascua y en días festivos?

Soy una mujer ocupada. Una mujer moderna. Saben que tengo una vida propia.

Solo me preguntaba…

¿Qué?

Tu Eric. ¿Qué aspecto tiene?

¿Por qué?

No seas desconfiada. Por ejemplo, ¿lleva bigotito?

No, dije. No mi Er.

Sí, encaja. Tampoco el mío, dijiste. ¿Es calvo y con algo de sobrepeso?

Para nada. Mi Er está estupendo.

Ya me lo suponía.

¿A qué te refieres? ¿Y qué quieres decir con eso de que «el tuyo» tampoco lleva bigote?

Tengo que confesarte algo, dijiste.

¿Qué?

Tengo una aventura.

No es verdad, dije.

Con un hombre que se llama Eric. Y no me cabe duda, por tu descripción, de que se trata del mismo Eric.

¿Mi Eric?

Bueno, también es mi Eric, dijiste.

Imposible.

Conozco a Ric desde la infancia. Fuimos juntos al colegio. Recuerdo que le encantaban las matemáticas. Crecimos juntos y luego nuestras vidas tomaron rumbos distintos. Ahora es un padre de familia.

De ningún modo te vas a apropiar de mi otra vida, dije.

Nos vemos de día, cuando su mujer se cree que está trabajando, dijiste. Su madre, Elaine, estará muy mayor; era amiga de mi madre, solían fumar, charlar y reír juntas en los portales de las casas de protección oficial donde…

Ah. Vale. Resulta que mi Er no se crio en un barrio de protección oficial…

Ric siempre miente al respecto. Le avergüenzan nuestros orígenes. Todo en él es muy frágil, vive una mentira.

¿A qué te refieres?

Bueno, su mujer, por ejemplo.

¿Qué pasa con ella?, pregunté.

Me preocupa, dijiste. Que su marido tenga una aventura. Sola todo el día en casa, bebiendo, o atrapada con esos niños horribles. El mayor es prácticamente un delincuente juvenil…

¿Que es qué?

Todo ese asunto con la policía y el correccional, dijiste. Y su hermana no es mejor, con solo diez años la pillaron robando vodka en una tienda, y cuando los agentes la trajeron a casa dijeron que nunca habían oído a una niña tan malhablada. Salió del coche patrulla vestida con su tutú de ballet soltando barbaridades, insultando a los policías con unas obscenidades que yo no había oído jamás, de tan obscenas que eran. Y el hijo pequeño. El «chiquitín», lo llaman.

¿Qué pasa con él?

Es el menor y el preferido de la madre. Es clavadito a ella, no se parece en nada al padre. Porque, para confesarte la verdad de mi relación con Ric…

¿Qué?

Bueno, si tuviese que admitir la verdad… dijiste.

¿Sí?

Tendría que decir que la única razón de que siga relacionándome con él es su esposa.

¿Su esposa?

Es tan guapa… dijiste. Tan encantadora. Confieso que me he enamorado irremediablemente de ella. Solo sigo cerca de Ric para poder estar cerca de ella. Es una mujer con grandes aptitudes. No me cabe duda de que es una mujer capaz de hacer muchísimas cosas.

Si le dan la oportunidad.

Exacto, dijiste.

 

Hicimos el amor. Nos pasamos el resto de la mañana y parte de la tarde haciendo el amor. Empezamos cuando me separaste los muslos con una presión tan sutil que me sorprendió a media frase, respiré y tú te deslizaste entre ellos y seguiste con la lengua la fina línea de vello de mi vientre que bajaba entre mis ingles y luego subiste y me besaste con descaro y habilidad porque me conoces muy bien, y luego yo me puse encima de ti porque te conozco como un libro abierto, y porque la gracia de un libro que nos gusta, si es bueno, es que varía como la música; crees que lo conoces, lo has leído tantas veces que claro que lo conoces, claro que el placer de leerlo reside en cuánto lo conoces, pero entonces oyes, en segundo plano, algo que nunca habías oído antes, y al volver una página ves una combinación de palabras que nunca habías visto, creías que conocías el libro pero te deslumbra una vez más como el libro diferente que es, y no solo eso, sino por la persona distinta en que te has convertido, la persona distinta que eres ahora al leerlo de nuevo, y tú, mi amor, eres un libro excelente para mí, y luego tú y yo a un tiempo, lo que requiere cierto talento con el ritmo, pero afortunadamente tenemos mucho talento a la hora de leernos.

Hicimos el amor toda la mañana y parte de la tarde. Pasaron las horas. Fuera, las hojas de los árboles se contrajeron levemente; tenían el verde profundo de inicios de otoño. Era un domingo de septiembre. Solo habría cuatro. Las nubes estaban altas y las golondrinas se quedarían un mes más antes de partir hacia el sur, antes de volver de nuevo el verano siguiente.

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