La historia universal
Rápido
Cruzaba el vestíbulo de la estación de King’s Cross, esquivando a las multitudes y hablando contigo por teléfono, cuando casi tropiezo con la Muerte.
Lo siento, le dije.
¿Qué es lo que sientes?, dijiste en mi oído. La Muerte sonrió y se detuvo a un lado, como si esperase.
Ahora no puedo parar, estoy hablando por teléfono, le dije.
¿Con quién hablas?, preguntaste.
No me esperaba a la Muerte. Era un hombre de mediana edad, apuesto y un poco calvo que vestía un traje tan pálido que parecía contrito; resultaba vagamente reconocible, tenía el aire vagamente artístico de un ejecutivo de la BBC de los tiempos en que la televisión todavía prometía tanto decencia como ambición estética, de los tiempos en que sus dramas eran valientes y se podía confiar en que las noticias de la noche trataran de lo que en realidad ocurría en el mundo y no de índices de audiencia, dinero ni protocolos de la cadena. Pero aquellos tiempos habían terminado y ambos lo sabíamos, y en cualquier caso yo los idealizaba, me dijo su sonrisa, melancólica si bien civilizada.
El hombre sonrió y mi teléfono murió. Lo miré: la pequeña pantalla estaba negra. Hacía un momento me contabas tu día en el trabajo y me decías que me esperabas en casa. Yo te decía que estaba cruzando el vestíbulo, que seguramente cogería el tren rápido, que llegaría a eso de las ocho y que de camino compraría comida india para llevar. Estábamos hablando de bhajis de cebolla.
Zarandeé el móvil. La pantalla siguió negra. Me lo acerqué a la oreja, pero solo sonaba a teléfono apagado, al sonido del plástico y el vacío. Apreté el botón de encendido. Nada. Me abrí paso en diagonal entre la multitud hasta llegar a la pared y golpeé el teléfono contra ella, primero con suavidad y luego más fuerte. Fue inútil. Levanté la vista para evitar mirar a mi alrededor, para evitar mirar a la Muerte a la cara. En lo alto de la pared, por encima de los escaparates de las tiendas y de las personas que subían y bajaban de los trenes, vi la única hebra de una planta que asomaba entre el ladrillo victoriano. Estaba en flor.
Volví a mirar mi móvil. ¿Oiga?, dije al diminuto agujero de la base del teléfono, por si todavía podías oírme.
Eché a andar. El caballero que era la Muerte andaba a mi lado, pulcro y tímido. Lo ignoré durante todo el trayecto hasta los andenes nueve a once, donde te llamé desde una cabina pública.
Has colgado, me dijiste. ¿Quieres los bhajis o no?
Mi móvil ha muerto. Oye, ¿estás bien?, pregunté.
Perfectamente. ¿Qué le pasa a tu móvil?
¿Seguro que estás bien?
Sí, respondiste. Y luego: ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Algo va mal? ¿Te encuentras bien?
Ahora él estaba junto a la cafetería. Ya no me miraba; miraba a una mujer y un niño que hacían cola en los cafés, a dos policías vestidas de un luminoso amarillo que charlaban junto al torno de acceso a los andenes, a un hombre que pedía una moneda a los usuarios de los cajeros automáticos. Observé que paseaba la vista de una persona a otra y comprendí que, aunque no me mirase, seguía sabiendo exactamente dónde estaba yo.
Te hablé de él y tú te echaste a reír.
No es divertido, dije. No me lo invento. Hablo en serio. Está a diez metros de distancia. Mira al hombre que prepara los cafés. Observa cómo espolvorea algo por encima.
¿Canela?, preguntaste.
No lo sé, por Dios, respondí. Ahora vuelve a mirar al camarero, que está colocando la tapa sobre el vaso. Y también eso que hace con una servilleta para que el vaso no queme y la clienta pueda sostenerlo.
¿Quién?
La mujer, dije; la mujer que compra el café.
¿Y cómo sabes que ese hombre es la Muerte?, preguntaste. Por lo que cuentas, más que la Muerte parece un espía que quiere asegurarse de que los empleados de la cafetería siguen las instrucciones de la dirección.
No, no, también mira a otras personas, no solo a las de la cafetería. Observa a toda clase de gente, él…
Míralo bien, me dijiste. No es la Muerte. Solo es un hombre.
Lo miré bien. En efecto, la persona que había tomado por la Muerte era un hombre corriente; un hombre que se comportaba de un modo algo extraño, pero un hombre, a fin de cuentas.
Tienes razón. Solo es un hombre con un traje color crema.
Qué estiloso, comentaste. Qué primaveral. Oye, llámame cuando te falten veinte minutos para llegar y pediré la cena, y tú la pasas a recoger de camino y así no tendrás que esperar. ¿Tu bicicleta está en la estación?
No podré llamarte cuando me falten veinte minutos para llegar, dije.
¿Por qué no?
No me funciona el móvil.
Vaya, se me había olvidado. Vale, ¿qué te parece si les llamo cuando calcule que te faltan veinte minutos para llegar? ¿A qué hora sale tu tren?
El diminuto reloj digital que había en lo alto marcó las 19:10:53. Luego las 19:10:54. Luego las 19:10:55.
Dentro de unos cuatro minutos.
Bien, dijiste. Corre o te quedarás sin sitio. Hasta pronto.
Tu voz era tranquilizadora. 19:11:00, dijo el reloj. Colgué el teléfono y eché a correr.
Ocupé uno de los últimos asientos que quedaban en el vagón. Tenía enfrente a una chica que empezó a toser en cuanto no quedó ningún asiento libre al que pudiera cambiarme. La chica estaba pálida y la tos le resonó en lo más profundo del pecho mientras marcaba números en su móvil. Hola, dijo (tos). Estoy en el tren. No, he pillado un resfriado. Un resfriado (tos). Sí, de los malos. Espantoso, la verdad. ¿Hola? (tos). ¿Hola?
Miró su móvil cuando el tren entraba en un túnel. Lo mismo hicieron las otras personas que estaban a media conversación en el tren, un tren lleno de pasajeros que empezaron a gritar sus hola desesperados como si fueran personas ciegas o perdidas. Aquellos hola extraviados no llegaron a nadie. Se quedaron sin respuesta, suspendidos sobre nuestras cabezas, excluyendo a todos aquellos a quienes no iban dirigidos, y luego, en cuanto salimos del túnel, los teléfonos se reanimaron en un crescendo agudo de populares melodías televisivas y sinfonías simplificadas de Beethoven.
La mujer sentada a mi lado dormía con la espalda atenta y recta, mientras sostenía un libro cerrado sobre las rodillas. La chica de la tos había entornado los ojos. El hombre que tenía delante también dormía; se había dormido en cuanto el tren empezó a moverse y ahora estaba desplomado sobre la ventana, con la boca abierta en una O desdentada. Contemplé, por encima de su cabeza, el incipiente anochecer de las afueras de Londres, sus plantas, sus grafitis, sus pequeños cuadrados de luz fugaz, las ventanas a las vidas de tantos otros. Me pareció gracioso haberme imaginado que el hombre con quien casi había tropezado era la Muerte. Me reí. La chica de la tos abrió los ojos y me dirigió una mirada acusadora. Aparté la vista y sonreí para mis adentros, pensando en cuánto nos reiríamos luego tú y yo. Empecé a pensar en cosas divertidas que podría decir después, pasadas varias semanas, cuando lo hubiésemos convertido en una broma recurrente. Tenía una pinta de muerte, por ejemplo. Pensé que el hombre no se parecía en nada a la típica representación de la Muerte, sin rostro, con capucha negra y guadaña, aguardando a orillas de un estanque lleno de basura como en el anuncio de información pública que ponían en la tele de mi infancia. Luego empecé a preocuparme por si se trataba de un mal presagio. Me dije que no fuera imbécil. Tamborileé los dedos en la pierna. Los noté entumecidos, anestesiados, y mientras contemplaba el paisaje con la mirada perdida comprendí por primera vez, con un escalofrío que me recorrió el cráneo como si alguien hubiese roto un huevo con un cuchillo y me hubiera vertido el frío contenido sobre la cabeza y luego me hubiese resbalado por el cuello, comprendí que nunca, en ningún momento de mi vida, me había importado nada que no fuese yo, y que no tenía ni idea de cómo cambiar eso, o al menos modificarlo.
Luego reparé en que el tren rápido avanzaba muy despacio. Fue aminorando la marcha hasta detenerse en la oscuridad. La parada despertó a varias personas, y muchas se levantaron para ponerse el abrigo antes de comprender que no habían llegado a su destino. Volvieron a sentarse. A nuestra izquierda se había detenido un tren de alta velocidad que también iba lleno a rebosar. A la derecha había otro tren parado lleno de gente. Un pasajero del vagón le dijo a alguien por teléfono que íbamos muy despacio, que nos habíamos detenido y que probablemente estábamos pasando cerca de un accidente.
Se oyó una voz por megafonía. Se había producido un accidente en una estación de la línea, a unos treinta o cuarenta kilómetros de distancia. Todos los pasajeros empezaron a llamar a otras personas para contárselo. Yo saqué el móvil para llamarte, luego me acordé y volví a guardarlo. ¿Lo grabarás?, dijo una voz a mi espalda. Empieza a las nueve. Hola, dijo la chica de la tos a su móvil. Como se ha muerto alguien llegaremos tarde.
Se repite a los pasajeros, dijo la voz del techo, una voz cansada y hastiada. Por ahora no tenemos más información. De momento toda la información disponible es que se ha producido un accidente mortal en la línea y no se dispone de más información y estamos a la espera de recibir más información, y cuando la recibamos se transmitirá a los pasajeros en cuanto se reciba.
El hombre que tenía enfrente abrió los ojos, se sentó con expresión sorprendida, miró por la ventana adormilado y parpadeando, cerró los ojos y volvió a dormirse. La mujer sentada a mi lado se había despertado. Se recompuso el abrigo y abrió su libro. Se titulaba Romper el círculo de la depresión y lo había escrito un hombre con un doctorado. Observé la cara de la mujer. No parecía deprimida en absoluto. Parecía totalmente feliz. Ya lo tenía: Me había preocupado fugazmente por alguien que no conocía, que nunca había conocido y que probablemente no volvería a ver después de este viaje. Miré a la chica, que había cerrado los ojos con el móvil en la mano y que en la otra sujetaba un pañuelo. Intenté compadecerme de que estuviese resfriada. Los resfriados eran horribles, sobre todo si había que ir a trabajar. Probablemente aquel resfriado le impedía dormir hasta bien entrada la noche. Era espantoso tener un resfriado como aquel. Miré al hombre despatarrado a su lado, grande y torpe como una foca fuera del agua. Pensé que no tenía el menor derecho a imaginármelo como una foca ni ninguna otra clase de símil o metáfora. Pensé en cosas más amables. Estaría muy cansado, si se quedaba dormido en el tren. Quizá trabajaba muchísimo. Tal vez, cuando llega a casa algo le quita el sueño y solo puede dormir en el tren, pensé. Quizá su esposa y él tengan un bebé. Miré su traje. No mostraba indicios de la existencia de un bebé. Quizá su mujer, o su compañera, o lo que fuese, estaba deprimida y no podía salir de un círculo vicioso. Quizá él o ella tuviesen un resfriado que no los dejaba dormir a ninguno de los dos. Quizá viviese solo; quizá fuera la soledad lo que le quitaba el sueño de noche, y únicamente podía dormir a la ida o la vuelta del trabajo, rodeado de desconocidos.
Empecé a sentirme culpable de no haberle dedicado ni un pensamiento a la persona que había muerto en la estación a cuarenta kilómetros de distancia. ¿Era un hombre o una mujer? ¿Cómo había muerto? ¿Habría tenido un infarto? ¿Se habría arrojado a las vías, delante de un tren, una tarde de un día laborable en el cotidiano trayecto de vuelta a casa, o durante un trayecto a saber dónde que había sido incapaz de recorrer una vez más? Yo había oído, o tal vez había leído en alguna parte, que la primavera, la estación en que vuelve la luz, era para muchos la peor época del año. ¿O habría sido un accidente? ¿Habría corrido esa persona para coger el tren y llegar puntual a casa? ¿Habría resbalado en el borde del andén en el peor momento posible y después se habría caído a las vías? ¿Habría alguien esperándolo o esperándola en casa ahora mismo, con comida en la mesa y el televisor encendido?
Pensé en ti. Me imaginabas en un lugar donde no estaba. Me imaginabas más cerca de casa de lo que estaba en realidad. De un momento a otro llamarías al restaurante indio; a lo mejor ya habías llamado. A lo mejor llamabas justo ahora. Pensar que pedirías alegremente comida con el convencimiento de que yo iría a recogerla a tiempo, en cuestión de minutos; pensar que la cena estaba enfriándose en sus envases de papel de aluminio dentro de una bolsa de comida para llevar, encima de cualquier mostrador de la cocina del restaurante; pensar que te habías sentado en la sala, creyendo que llegaría a casa de un momento a otro, me hizo sentir peor que todo lo que podía imaginar sobre personas desconocidas, incluso sobre personas que había imaginado muertas.
Saqué el móvil, pero seguía estropeado. Me volví hacia la mujer que leía el libro sobre la depresión.
Disculpe, le dije.
Alzó la vista.
¿Podría dejarme su teléfono?, le pregunté.
No, respondió.
Oh, dije.
¿Quiere saber por qué?, preguntó.
Comprendí, demasiado tarde, que aquella mujer era la clase de persona que refunfuña sobre normas y reglas cuando ve a alguien comiendo golosinas en la biblioteca.
No llevo móvil por una cuestión de principios.
Ah, dije yo.
La relación entre los teléfonos móviles y los tumores cerebrales sigue sin descartarse.
Cierto, dije.
De modo que aunque llevase móvil, no sé si se lo dejaría. No solo me lastimaría a mí misma, sino también a usted, a todas las personas de este tren y a muchos cientos de personas que no conozco, pero que viven cerca de una antena de transmisión.
Sí, le dije. Gracias.
Volvió a su libro. Le resplandecía el rostro de satisfacción. Eché un vistazo a la chica de enfrente. Tenía un ojo entornado que cerró rápidamente para disimular que había estado escuchando. Pero yo la había visto, y ella lo sabía, así que volvió a abrirlo.
Te dejaría el mío, pero no queda saldo para hacer ninguna llamada, ni siquiera aunque lo necesite yo. Lo siento, me dijo.
No pasa nada, gracias por el ofrecimiento. Todo un detalle por tu parte.
Asintió y cerró el ojo. Miré a las cuatro personas que estaban sentadas al otro lado de la mesa. Todas apartaron la vista. La levantaron al techo, la bajaron al suelo o la volvieron hacia la oscuridad, a las personas que dormían, leían o hablaban por el móvil en los trenes detenidos en las vías paralelas a la nuestra, y entonces nuestro tren, que no se había movido en tres cuartos de hora, reanudó repentinamente la marcha y las personas paralelas en las ventanas de los trenes vecinos se desplazaron hacia atrás mientras nosotros nos movíamos hacia delante.
Los pasajeros vitorearon y empezaron a llamar por el móvil. Bien, dijo la mujer del libro. La chica de enfrente me miró, miró a la mujer que leía el libro y pulsó algo en su teléfono, se lo acercó a la cabeza y dijo en voz baja: ¿Hola?
El tren aceleró. Dimos tumbos y bandazos sobre unas vías que sabíamos precarias. El tren volvió a aminorar la marcha. Los pasajeros gimieron.
No puede ser, dijo la chica al móvil, y tosió.
Cada vez lo mismo, pasa lo mismo cada puta vez que cojo el tren, dijo un hombre a mi espalda, probablemente por teléfono aunque también era posible que hablase solo en voz alta, como un loco. Nadie asume la responsabilidad. Nadie se hace responsable, dijo. Nadie hace nada al respecto. Nadie se hace cargo. ¿A quién podemos culpar? A nadie.
Observé la tela cutre y gastada del asiento. ¿Y si no había nadie cuando llegase a casa?, pensé. ¿Y si entraba en casa y tú no estabas? Abría nuestra puerta hipotecada, entraba, me quitaba el abrigo, me sentaba con la bolsa de comida para llevar y tú no estabas. No retiraba las grasientas tapas de los envases cuidando de no derramar el contenido por el suelo mientras tú no traías los platos y los cubiertos: te habías evaporado en el aire como en los cuentos; te habías esfumado, como desaparece la gente en la falsa magia, como algo que en teoría les ocurre a otros, a otras vidas ajenas a la nuestra. Tú habías desaparecido y el tejado de nuestra casa estaba arrancado y las vigas colgaban por encima de unos muebles volcados. El suelo se había abierto y se había tragado la casa entera. Yo volvía a casa y la casa no estaba allí; solo había un cráter en la tierra entre los otros edificios, como en esas viejas fotografías de guerra. Así que un desconocido había muerto. No me importaba, ¿por qué iba a importarme? En lugar de eso, para sentir algo me puse a prueba, me asusté imaginando qué pasaría si todo lo que era mío dejaba de serlo, y de ahí llegó la certeza, tan franca e irrebatible como el cristal de aquella ventanilla, de que nada había sido mío jamás.
Miré mi reflejo en el cristal y a través de mí, detrás de mí, vi la oscuridad de la tierra. Era el fin, había ido lo más lejos que podía llegar. Cuando el tren renqueó hasta detenerse en una pequeña estación y la voz del techo anunció que permaneceríamos allí una hora y media como mínimo —probablemente más, dependía de la información— y las puertas se abrieron, y una oleada de pasajeros furiosos de un extremo a otro del tren confluyó, exigiendo dinero, taxis, explicaciones, en el único jefe de la pequeña estación paralizado de miedo ante su despacho, yo también me levanté y salí. Me abrí paso entre los pasajeros agolpados en el andén y seguí los carteles que indicaban la salida. No supe en qué estación ni en qué pueblo estaba hasta que llegué al espacio vacío reservado para taxis y lo leí en un cartel.
Era una ciudad jardín. Eso tenía algo que ver con árboles, ¿verdad? Una ciudad con muchos árboles y vegetación, y también se refería a algo histórico, pero no recordaba qué. Quizá los estatutos de la ciudad establecían que debía plantarse un determinado número de árboles, quizá debía tener un número concreto de hectáreas de vegetación; no tenía ni idea, y si antes lo había sabido, ahora ya no me acordaba.
Miré calle arriba, luego calle abajo, pero no supe cuál era la dirección adecuada. De modo que regresé a la estación, que seguía llena de voces airadas. Esquivé a la multitud y recorrí toda la longitud del tren del que acababa de apearme, saludando al pasar a las personas que habían bajado a fumar. Estamos juntos en esto, nos decíamos, encogiendo los hombros, con pequeñas sacudidas de cabeza, ¿qué se le va a hacer? Llegué a la cabecera del tren. El maquinista leía el periódico con los pies en alto, apoyados contra la ventana. Seguí hasta que se acabó el andén. A aquella distancia, el ruido de la estación quedaba sorprendentemente silenciado. Me senté en el extremo y luego bajé a la vía.
Era abril, lo notaba. Sentía un frío liviano en el dorso de las manos y por toda la ropa; mi abrigo seguía en el asiento del tren. Ahora vendría la parte más luminosa del año, todos los meses de luz. Embutí las manos en los bolsillos y eché a andar, intentando pisar las traviesas. Esquivé el papel higiénico y las aguas residuales. Los pies me dolían porque andaban sobre las piedras irregulares que llenaban los espacios entre los raíles; las piernas me dolían pese a la breve distancia recorrida. Las vías se curvaban bajo la escasa luz que llegaba del pueblo, y cuanto más me alejaba de la estación más pura se volvía la oscuridad que se abría ante mí. Ahora podía oír la oscuridad, los vehículos que atravesaban carreteras distantes, el crujido ocasional de los arbustos y de la basura en los márgenes de las vías. Podía olerlo todo; tenía aire frío en la nariz y en el fondo de la boca, un aire que sabía a diésel o a gasolina, y también a madera joven, hierba y tierra.
Respondí en cuanto sonó.
¿Diga?, dije.
Un autómata me preguntó si aceptaba una llamada a cobro revertido de… y entonces, después de un silencio, oí tu voz grabada allí donde estuvieras, pronunciando tu nombre.
Sí, dije en voz alta y firme, para evitar malentendidos, en el espacio reservado para mi respuesta.
Hola, dijiste tú.
Estabas bien. No pasaba nada. Llamabas desde la cabina de un supermercado abierto veinticuatro horas. El tren se había detenido una y otra vez debido a algún tipo de accidente. Volvías andando a casa. Calculabas que estarías a unos cincuenta kilómetros de distancia. Habías caminado durante horas por las vías hasta que tres empleados del ferrocarril con chalecos fluorescentes te habían perseguido, te habían abroncado y habían amenazado con demandarte. Entonces habías seguido andando por el arcén de hierba de una carretera secundaria hasta vislumbrar las luces del supermercado al otro lado de un campo. Tenías barro hasta los tobillos, en los zapatos e incluso dentro de los zapatos. Olías a granja.
Con una mano me llevé el teléfono a la oreja mientras con la otra me frotaba los ojos. Seguía pensando en tu voz al pronunciar tu nombre, breve, inocente, con su acento característico, fijado en el aire de la grabación telefónica.
Es increíble el movimiento que sigue habiendo a estas horas de la noche, me decías. Hay unas seis personas, puede que más, haciendo la compra. Compran cosas como esparadrapo o zumo de naranja. Una mujer acaba de pasar por caja; ha salido en plena noche para comprar unos calcetines de niño. ¿Por qué le compras calcetines a un niño en plena noche?
No lo sé, respondí.
Y la verdad es que no lo sabía. En aquel momento lo único que sabía era el breve sonido de tu nombre. El hecho de oír tu nombre de pila dentro de toda aquella maquinaria hacía que algo me doliese por dentro.
Ojalá se lo hubiese preguntado, me decías. Ahora la mujer ya se ha ido. Nunca podré preguntárselo. Hay un hombre con el carro lleno de galletas, todas de la misma marca, una galleta francesa. Me ha dicho que recorre en coche los pueblos de los alrededores para comprar esta marca concreta de galletas porque solo las encuentra en esta cadena de supermercados. Es increíble lo que llega a hacer la gente.
Sí, dije. Increíble.
Una pareja de empleados está bailando en el pasillo del café y el té; han puesto la radio por los altavoces. Y hay cajas por todas partes, las están desempaquetando para mañana —es decir, hoy— y colocan los productos en los estantes. Mientras todo el mundo duerme, en otra parte hay personas que abren cajas enormes y ordenan su contenido, o cortan las cuerdas de los fajos de periódicos nuevos para los vendedores de prensa de los supermercados y otros comercios, y ni siquiera nos lo planteamos cuando compramos un periódico o lo que sea.
Ajá, dije.
Es muy interesante estar en un supermercado sin tener dinero para gastar, dijiste.
Sí, ya lo creo, dije yo.
Me contaste que te habías dejado la cartera y el abrigo en el tren, y también los libros que habías comprado, el trabajo que te traías a casa, las gafas y el móvil.
El móvil da lo mismo porque no funcionaba, pero intentaré recuperar las gafas.
Deberías cancelar las tarjetas de crédito, dije.
¿Tú crees? Arriba, en mi chequera, hay un teléfono de veinticuatro horas. Pero, oye, ¿te he despertado? No sabía qué hora era hasta que he visto el reloj al llegar aquí.
No pasa nada, no te preocupes. Bueno, ya sabes, estaba dormitando en el sofá.
Ah, y he oído un pájaro, dijiste. Yo iba andando y el pájaro cantaba, como hacen por la mañana, pero estaba muy oscuro y no había otros cantando. Me pregunto qué pájaro sería. ¿Qué pájaro hace eso, ponerse a cantar así en plena noche?
La cuestión es que deberías cancelar las tarjetas de crédito y tienes que hacerlo tú, dije. No creo que permitan que lo haga otra persona. Si les llamo, es muy probable que no me dejen.
La verdad es que me da igual. No me importa lo más mínimo. Quien las encuentre, que se las quede. Pueden quedarse con todo el dinero de mi cartera. Adelante. Además, tampoco es que haya mucho dinero en ninguna de las cuentas. Bueno, excepto en una. La verdad es que en esa cuenta hay bastante dinero. Quizá deberías llamar para cancelar esa. La tarjeta oro. ¿Te importa? Pero la otra me da lo mismo. Ay, Dios. Y mi tarjeta de crédito. Creo que también llevaba la tarjeta de crédito.
Anoté las palabras «tarjeta de crédito» y dije que si no me permitían cancelarla les exigiría que la registraran como perdida para que no te cargasen ninguna cantidad después de mi llamada. Miré la hora. Eran las tres y diez de la madrugada.
Será mejor que cuelgue y les llame ahora mismo, dije.
No, espera. Espera un momento.
Pero ¿y ese hombre que compraba las galletas? ¿Y si las ha comprado con tu tarjeta de crédito?, pregunté.
No me importa. No cuelgues. Escucha, ¿lo oyes?
¿El qué?
Chist. Escucha.
En segundo plano se oía un golpeteo regular y apagado, como un latido industrial. Probablemente eran los latidos de mi propio corazón. Sin duda, algo palpitaba en mi interior con tal fuerza que me costaba mantenerme en el vestíbulo, con el teléfono en la mano.
¿Lo oyes?, dijiste.
Un poco.
Habías empezado a cantar, siguiendo el ritmo. The moment I wake up, cantaste. Before I put on my make-up, make-up.
Oí que alguien también cantaba en un segundo plano.
La que canta es Kerry, dijiste.
¿Quién?
Kerry. Trabaja en la caja. Con solo diecinueve años, ya tiene tres hijos, todos menores de cinco años, y lo terrible es que ella y su marido trabajan día y noche para mantenerlos.
El reloj de la cocina marcaba las tres y cuarto. Tú cantabas al teléfono. I run for the bus, dear. While running I think of us, dear. Comprendí que era posible que ni siquiera estuvieras al teléfono, que yo estuviese alucinando. Ahora me hablabas de Dave, el marido de Kerry, aprendiz de pintor y decorador, y por lo visto había poco trabajo para los pintores y decoradores debido a la moda del bricolaje.
Te interrumpí. ¿Qué ha pasado con la Muerte?, pregunté.
Han parado el tren.
¿Por ese hombre?
¿Era un hombre? ¿Ha salido en las noticias? ¿Qué ha pasado?
Bueno, tú lo viste. Con un traje claro, en la estación.
Ah, dijiste. Ah, eso. Lo había olvidado. De veras. Imagínate ver a alguien y creer algo así. Que parecía la Muerte.
Reías. Será mejor que llame a tu banco, dije.
No, no cuelgues aún, dijiste, y tu voz sonó diminuta y ligera en mi oído. Pronto se hará de día. Pronto saldrá el sol.
Lo sé. Dentro de cuatro horas y media tengo que ir a trabajar.
Ah. Claro. Vale. Entonces, rápido, cuéntame antes de colgar: ¿qué tal la noche? ¿Qué has hecho?
Qué he hecho esta noche. Verás, primero me he visto de repente flotando en el aire, agitando brazos y piernas, como un pez atrapado en un anzuelo.
¿Qué?, dijiste.
Como si alguien me hubiese pescado desde lo alto del cielo con una caña gigante. O como si me hubiesen anudado el extremo de una cuerda a la cintura y el otro extremo estuviese atado a un avión. Y después he visto que nuestra casa se derrumbaba sin más y me he quedado un buen rato sobre los cascotes. Luego he desaparecido por completo. Me he esfumado. Y luego has llamado por teléfono.
¿Yo qué? ¿Y tú qué?, dijiste.
Respiré hondo y conté hasta diez. Mientras contaba pensé en mi noche.
Uno. Anochece. Me he echado en el sofá a ver la tele mientras tú vuelves en tren de Londres. Veo un programa sobre una mujer que una noche envía a su madre a Dorset para que busque al marido de la mujer, es decir, a su yerno; entretanto unas personas de la BBC arreglan en secreto el jardín trasero de la madre. El jardín es enorme, y mientras excavan el prado alargado y colocan las losas que van a reemplazarlo, los presentadores del programa se muestran preocupados ante la cámara por lo difícil que les resultará completar el episodio semanal con tan poco margen, sobre todo por el mal tiempo que hace. Llueve sin parar. Hay muchos planos de los presentadores y de la hija de la propietaria del jardín refugiados debajo de un árbol viejo y grande. Deciden que el árbol está enfermo. Cuando la lluvia cesa momentáneamente, talan el árbol con sierras mecánicas y arrancan las raíces del suelo con una excavadora hidráulica. Al final, los presentadores del programa se esconden emocionados detrás de una pagoda nueva mientras la mujer entra con su madre y le muestra el nuevo jardín, que parece un cementerio moderno. La madre mira a su alrededor, perpleja. Cuando los presentadores del programa salen de un salto y la sorprenden, la madre rompe a llorar. Es increíble que seáis vosotros, dice. Es increíble que sean ellos. Sigue un montaje de planos del antes, el durante y el después. Descorchan botellas de champán. Los miembros del programa dan afectuosos achuchones a la hija, al marido y a la madre. La madre sigue moviendo la cabeza, enjugándose las lágrimas y mirando con incredulidad al equipo de la tele.
Termina el programa. Voy a la cocina a comprobar la hora, por si la que marca el reloj del vídeo no es correcta.
Dos. Llamo al restaurante. Me dicen que les debo veintidós libras con cincuenta.
Tres. Voy andando al restaurante y pago la comida. Me la llevo a casa y la guardo, sin sacarla de la bolsa, en el horno apagado.
Cuatro. Te llamo al móvil. Salta el contestador automático. Una grabación me dice que puedo dejar un mensaje. Te dejo un mensaje, consciente de que mi voz suena aguda y extraña. Al final la voz grabada me dice que puedo volver a grabar el mensaje si pulso tres. Pulso tres y borro el mensaje. Vuelvo a encender la tele y vuelvo a tumbarme en el sofá. Los bomberos están en situación de riesgo precisamente porque hay pocos bomberos. Un anuncio de Special K. Billar. Una mujer le dice a un hombre: Lo siento, Luke, lo siento de veras. Un futbolista recurre su sanción por usar esteroides. La respuesta es Gormenghast. Un viejo episodio de EastEnders en que todos parecen más jóvenes y la ropa parece anticuada. De las cien personas a quienes se pidió que nombraran un animal que aparece en los cuentos infantiles, nadie respondió «elefante»; la familia de un hombre pierde una vida cuando él responde «elefante». Dibujos animados. Un partido de fútbol entre alguien y Brasil. Una fotografía de un puente centenario y una voz en off que dice: En aquella época no había coches en la aldea de mi abuela. Un grupo de pop juvenil. Un anuncio de Kalms. Un viejo episodio de Star Trek. Un equipo de béisbol quiere cambiarle el nombre a su estadio. El tiempo de esta noche (despejado). Se venden fuentes para el horno con forma de corazón. Un viejo episodio de Coronation Street en que todos parecen más jóvenes y la ropa parece anticuada. Jerry Springer le dice a un anciano con una sola pierna: ¿así que la conoció en una tienda? Un anuncio de una cadena de televisión digital. A: Morecambe y Wise; B: Mulder y Scully; C: Bonnie y Clyde. Un cerebro resplandeciente y una voz en off que dice: Creo que no hay un yo interior consciente. No somos más que una máquina construida mediante genes. Una idea puede afectar a nuestra mente como si fuera un germen, un parásito. Somos las creaciones de nuestros genes y de nuestros memes. Vuelvo a empezar por el primer canal y es como ver una marea de basura que se acerca flotando, una masa procedente de todo el mundo formada por sustancias que nunca se descompondrán.
Cinco. Apago el televisor. Voy a la cocina y te llamo al móvil. La voz me dice que deje un mensaje. Dejo un mensaje con voz tranquila en el que digo que espero que estés bien y te pido que me llames.
Seis. Subo a la planta de arriba y miro por la ventana. Bajo y vuelvo a llamarte al móvil. La voz me dice que deje un mensaje. Te dejo un mensaje con voz menos tranquila que la última vez y en cuanto cuelgo me arrepiento de no haberlo borrado. Saco mi móvil y te envío un mensaje de texto. DÓNDE ESTÁS? Pulso enviar. El mensaje no te llega. Vuelvo a pulsar enviar. Tampoco te llega. Llamo a mi proveedor de servicios y un autómata me dice que me quedan seis peniques en la tarjeta.
Siete. Abro la puerta y salgo a la calle a echar un vistazo. Avanzo un poco para poder ver la esquina. Avanzo hasta la esquina para poder ver la otra calle. Vuelvo a casa. La luz sale a raudales por la puerta abierta. Voy directamente al teléfono de la cocina y te llamo. Mientras escucho la voz que dice que deje un mensaje, me acuerdo: me has dicho que se te ha estropeado el móvil.
Ocho. Te has perdido. Te has perdido en alguna parte. No sabes dónde estás.
Me planto delante de la nevera y rezo, que es algo que llevo años sin hacer. Hace tanto tiempo que ni siquiera sé por dónde empezar. Rezo de forma educada y desesperada.
Estás en paradero desconocido, no puedo ni oírte ni llegar hasta ti, y estás sufriendo.
Hago un pacto. Prometo volver al catolicismo si regresas de una pieza.
Estás en un lugar que no quieres que conozca, con alguien que no quieres que conozca.
Nueve. Me siento en el sofá. Me miro las uñas. Luego me fijo en la uña del pulgar, primero una y luego la otra. Me pregunto qué pasaría si no tuviese uña en el pulgar, o en el índice, o en el meñique. Sé que es terriblemente doloroso y que se usaba como método de tortura. Nuestras uñas, como probablemente sé por algún programa de la tele, son una reliquia del hombre de Neanderthal y de las garras de los animales; protegen los nervios de nuestros dedos y están formadas por una proteína, la queratina. Crecen muy rápido, crecen bastante en cuestión de una semana. E incluso nos siguen creciendo después de muertos, igual que el pelo. Siguen creciendo igualmente. Todo el mundo lo sabe.
Pienso en que hace unos años, para morderte menos las uñas, decidiste morder solo una uña al día: la del pulgar los lunes, la del índice los martes, la del siguiente el miércoles. Me obligo a recordar si todavía sigues ese método, o si últimamente te muerdes cualquier uña, o si ya no te muerdes ninguna. No me acuerdo. No sé cómo tienes las uñas, si están muy cortas o algo más largas.
Diez.
Volviste a pronunciar mi nombre desde el teléfono del supermercado.
¿Hola?, dijiste. ¿Cariño? ¿Sigues ahí?
Sí, respondí.
¿Qué has hecho esta noche?
Lo de siempre. Oye, ¿quieres que vaya a buscarte en coche? Será cuestión de media hora.
No, dijiste. Prefiero andar, de verdad. Además pronto se hará de día.
Era cierto; ya estábamos en abril. Después de colgar, yo llamaría al banco, cerraría todas las puertas, me cepillaría los dientes y me acostaría. Pondría el despertador para dentro de cuatro horas, me echaría boca arriba en mi lado de la cama e intentaría dormir el tiempo que me quedaba, con tu almohada sobre los ojos para protegerlos de la luz.
Llamaré al banco por ti, dije.
No cuelgues aún, dijiste.
Miré la hora.
¿Cinco minutos más?, preguntaste.
De acuerdo.
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