La historia universal

Ali Smith · Capítulo 10 de 12

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La historia universal

Una frase inacabada

 

Se acercaba el cambio de siglo y también el cambio de estación. Acababa de salir del banco y me sentía desorientada, así que crucé el parque para visitar la galería de arte contemporáneo donde todavía se exhibía una exposición que todos los periódicos consideraban culturalmente importante.

Aquel día la ciudad sufría los coletazos de una tormenta que se desataba (o quizá ya se había desatado) a miles de kilómetros, en el Atlántico; a lo lejos, en el parque, un tractor esparcía fertilizante por el césped para prevenir los daños del invierno. Yo andaba bajo los árboles. Las hojas endurecidas y zarandeadas por el viento me arañaban la cabeza y me rozaban la cara. Delante de mí, un hombre recogía las hojas caídas. Parecía ridículo, demasiado grande para la máquina que conducía y que chirriaba con el tono excesivamente agudo de una aspiradora doméstica mientras absorbía hojas por la boquilla y otras muchas caían delante de mí, en el mismo sendero que aquel hombre acababa de limpiar. Las hojas volaban a nuestro alrededor como pájaros, o como nieve pintada. Cuando llegué a la galería, tuve que sacudirme unas hojas diminutas de los hombros.

Delante de la puerta, un hombre hablaba con otros más jóvenes. El viento le despeinaba el cabello y él se lo sostenía con una mano mientras gesticulaba con la otra. La deferencia de los jóvenes, así como el ángulo de su espalda y la curva de la nuca, implicaba que el hombre era una autoridad en algo. Por supuesto, tiene su propia narrativa inherente, decía, pero su narrativa es…

Su narrativa es. Pero no supe qué era. No pude oír el resto, porque si aflojaba el paso o me paraba a escuchar los tres hombres lo habrían notado y eso les habría incomodado. Un loco, o una persona con leves indicios de ser peligrosamente impredecible (la ciudad estaba llena de ellas) se habría detenido a escuchar la conversación de una forma inapropiada. Achicharrada ahora en el caluroso vestíbulo de la galería, me quité el jersey por la cabeza, irritada por el hecho de que fuera tan fácil que me tomasen por loca o por una de esas personas impredecibles. Sin embargo, lo que más me irritaba, pensé con la boca llena de lana, era que nunca, jamás, sabría qué seguía al «es» de aquel hombre. O de qué hablaba exactamente, qué implicaba con aquellas palabras, qué sabía él que los demás desconocíamos.

Había más hojas en la capucha del jersey. Algo se cayó. Cuando golpeó el suelo, rebotó bastante arriba e hizo un ruido sorprendentemente intenso para algo tan pequeño. Lo recogí. Era una semilla de sicomoro; su única ala estaba surcada de venas como una especie de piel, lo que le daba un aspecto surrealista: una pequeña nuez volante, una hélice con una cabecita acoplada, un pescado casi todo aleta. Como un empleado de la galería me observaba con cierto interés desde detrás del mostrador de las postales, devolví la semilla al suéter junto con las hojas, me lo doblé sobre el brazo y escuché educadamente mientras me explicaba que la entrada era gratuita, los folletos de la exposición también y que los catálogos ilustrados costaban dieciséis libras con cincuenta.

Por norma, los empleados de las galerías de arte suelen mostrarse desdeñosos con las personas que entran a ver las obras; pero este empleado era nuevo, todavía entusiasta, nada hastiado. Dejé que me lo explicara todo: el precio de las postales pequeñas, el precio de las postales grandes y el de las que tenían efecto tridimensional, así como el hecho de que los pósteres se habían agotado, pero los repondrían cualquier día de estos. Abrí un catálogo de muestra por una página ilustrada con una fotografía de dos tazas de café sobre una mesa; lo hojeé, lo cerré y lo devolví al montón de los otros catálogos envueltos en celofán. El empleado me tendió un papel con la fotografía de un coche. Era el formulario de un concurso organizado en tándem con la exposición, leí. Si anotaba mi nombre y mi dirección, permitía que una compañía de automóviles incluyera mi nombre en una lista de propaganda por correo y si explicaba en un máximo de diez palabras por qué pensaba que el arte contemporáneo era importante, podía ganar un coche. Puede rellenarlo después, me dijo el empleado, y dejarlo aquí al salir. O puede rellenarlo ahora, si lo prefiere. Le presto mi bolígrafo.

Aquel tipo estaba empezando a agobiarme. Sonreía muchísimo. Actuaba como si me conociese. Me guardé el papel en el bolsillo, le di las gracias y cogí un folleto de la exposición.

Si me hubiese parado a escuchar a los tres hombres que hablaban fuera, pensé mientras empujaba las puertas giratorias de la galería, quizá no se habrían sentido incómodos en absoluto, quizá les habría complacido en secreto, porque siempre es bonito, de un modo u otro, saber que alguien te escucha. Quizá habrían sonreído tímidamente y me habrían indicado con señas que me uniese a su grupo, haciéndome sitio. Tal vez el hombre que peroraba hasta se habría avenido a explicar. A lo que me refiero es. O: Me refiero al modo en que. ¿Quién sabe? Di una vuelta por la galería y miré los cuadros, las esculturas y las instalaciones.

Los autores eran unos gemelos que ahora tendrían unos cuarenta años; habían nacido como siameses y los habían separado al poco de nacer. Los gemelos y su obra estaban de moda; un tablón en la pared anunciaba que gracias a aquella exposición los habían preseleccionado para un prestigioso premio de arte. Últimamente los periódicos estaban llenos de listas de seleccionados y preseleccionados: la mejor música del año, la mejor novela, la mejor recopilación de poesía, el mejor arte. Los periódicos habían publicado fotografías de los gemelos poco después de que los separasen y de ellos en la actualidad, además de fotografías de sus esculturas y pinturas e imágenes de sus vídeos. Sus probabilidades de salir premiados eran escasas, como de tres a una. Deambulé por las salas de la tórrida galería; aunque había varias personas que, como yo, deambulaban y se detenían ante las obras, todos actuábamos de forma respetuosa, como se hace en las iglesias y en las librerías. Pero yo sudaba. El sudor me corría por la espalda, me resbalaba por la columna. Me llevé la mano a la nuca, justo por debajo de la línea del cabello, y la saqué mojada. Me detuve en el centro de la galería y observé el sudor de mis dedos.

Se debía al cambio de temperatura entre el interior y el exterior, o a las más pronunciadas modificaciones de temperatura que se dan con el cambio de estación. O, tal vez, pensé mientras reía para mis adentros y me enjugaba la mano en la camisa, la razón de que sudase era porque nunca sabría cómo había acabado su frase el hombre de la puerta. Me sentía algo mareada. Me sentía débil. Empecé a preguntarme si no habría cogido un espantoso virus de la gripe o algo peor, algo sin nombre que ahora mismo se multiplicaba en mi interior. Eché un vistazo al hombre que miraba las obras en la dirección incorrecta, la contraria a la sugerida por las flechas de la entrada. Él, por ejemplo, tenía buen aspecto. No sudaba, ni siquiera parecía acalorado. Nadie en la sala parecía acalorado.

Me detuve junto a la escultura de una mesita con tazas medio llenas de un material color óxido y un periódico doblado al lado. Las tazas tenían lo que parecía plexiglás en la parte de arriba y las páginas del periódico estaban grapadas con unas finas grapas de metal. Continué. Me pesaban las piernas. Seguí andando al paso habitual de las galerías; no quería llamar la atención. El único sonido era el que llegaba ocasionalmente de las instalaciones de vídeo: un chirrido intermitente, como el rechinar de los dientes en la boca de una persona dormida, grabada muy de cerca, o un ruido industrial. Las pantallas de vídeo ocupaban tres paredes de una sala en penumbra. Me detuve un rato a mirar, pero no conseguí saber qué estaba mirando. En las tres paredes había algo rojo y oscuro; su superficie se movía y tenía un brillo apagado. Quizá fuese el enorme interior de una boca, una lengua plana sobre el hueso palatino. Tomé conciencia de mi boca cavernosa y del modo en que mi mandíbula elevaba el hueso que se convertía en mis dientes inferiores. Salí de la penumbra. Decidí concentrarme en las pinturas.

Todas eran enormes y cuadradas. Llegaban del rodapié hasta el techo y cada par ocupaba una pared completa de la galería, que se había diseñado a finales del pasado siglo precisamente para dar cabida a pinturas de este tamaño. Las pinturas formaban parejas. La primera imagen era algo reconocible y doméstico, como una tetera o un perro. La segunda era un lienzo casi vacío, nítido, con alguna mancha en el centro, como si el pintor lo hubiese tocado sin querer con una mano no del todo limpia. Las parejas de imágenes se titulaban: Tetera, 1 y 2, o: Perro, 1 y 2.

Lo entendí. Tampoco costaba mucho captarlo. Aquello iba sobre la alienación y la distancia, ¿verdad? Solo tuve que dar una vuelta completa a la galería, que es bastante pequeña, para entenderlo, pero di un par de vueltas más para demostrarme que era capaz pese a estar empapada en sudor. A la tercera vuelta me detuve y me senté jadeando en un taburete del rincón, de esos donde suelen sentarse los empleados de las galerías de arte.

Las dos pinturas que tenía delante se titulaban Carretera, 1 y 2. La de la izquierda era una carretera desierta, flanqueada por arcenes de hierba, que se extendía hasta la media distancia. La de la derecha era otro lienzo casi completamente vacío detrás del cristal, con solo una mancha de barro en el centro que parecía suciedad o una huella involuntaria. La primera página del folleto gratuito me dijo que a los gemelos les gustaba pintar dos obras idénticas y luego, despacio, laboriosamente, retirar toda la pintura de uno de los lienzos, dejando tan solo un pequeño rastro en el centro de la imagen desaparecida, y en cuanto lo leí recordé que ya sabía que eso era lo que hacían los gemelos, que había leído que seguían aquel proceso en un periódico dominical, o algo así.

Me sentí avejentada, engañada por mi propia memoria. Me senté de nuevo en el taburete, me apoyé en la pared de atrás y cerré los ojos. Y entonces me acordé: la última vez que había visitado una galería de arte, varios meses atrás, también me había encontrado tan mal que tuve que sentarme. Había sido en una galería más grande y lujosa del centro de la ciudad. En lo alto del edificio, después de subir varios tramos de escalera y cruzar un pasillo revestido de un mármol tan espejado que me veía reflejada de la cabeza a los pies, había llegado a tres salas llenas de las imágenes pequeñas, coloristas e implacables que una pintora había utilizado para documentar las diferentes historias de su vida y de las vidas de su familia en el Berlín de los años treinta y cuarenta antes de su muerte inevitable, embarazada, estadística. Aquel día, recordé ahora, solo había podido contemplar tres de los cientos de pinturas antes de sentir que el suelo empezaba a moverse y a resquebrajarse bajo mis pies, como si toda la galería que teníamos debajo —bajo todas esas personas que vagaban por las salas escuchando la historia de las pinturas en los reproductores alquilados que llevaban colgados de la cintura, donde los cedés rechinaban en pequeños círculos, inimaginables para cualquiera de la época en que se pintaron los cuadros— fuese un barco en un mar picado y nosotros nos meciéramos en su cofa.

Me había balanceado sobre los talones y los dedos de los pies para mantener el equilibrio, con expresión indiferente, hasta que alguien, una señora, se levantó de la butaca acolchada que había en el centro de la sala y me dejó sitio a mí. Entonces me había sentado en esa misma sala y había contado los listones de madera del suelo, había examinado el polvo barnizado y las partículas atrapadas en sus resquicios. Las pinturas siguieron allí, como un color estridente que planeaba sobre mi línea de visión, hasta que sonó el timbre que anunciaba que cerraban, un hombre uniformado vino a decirnos que nos marcháramos y yo me pude ir.

Quizá fuese el arte lo que me hacía sudar. Quizá las esculturas y las pinturas eran inherentemente malas para mí. Contuve la risa. Era curioso. Aquella misma mañana había estado en el banco donde tenía la hipoteca. A saber por qué, la mujer de detrás de la ventanilla siempre me cuenta historias de enfermedades y muertes. Siempre se hace pruebas no concluyentes, generalmente de enfermedades espantosas. Tal vez, me dije, podría hacerme pruebas de intolerancia al arte, como esas pruebas con parches que se hacen para la alergia. «Tenemos los resultados —diría el médico—. Muestra usted intolerancia a los ácaros, al pelo de gato y de caballo, al marisco, a los metales de la familia del níquel y a varias formas de expresión cultural». Yo soltaría un suspiro de alivio. Descubriría, no demasiado tarde, que mi vida podría haber sido sencilla y sin síntomas, podría haber consistido en respiraciones profundas, saludables y exentas de fluidos de haber sabido que no debía acercarme al arte. Después del diagnóstico visitaría los teatros, las galerías, los cines y las librerías amodorrada, sumida en la bruma de los antihistamínicos, con los sentidos tan embotados que no me importaría lo más mínimo cuál era o podía ser la narrativa inherente.

Al parecer, en el banco siempre acaba atendiéndome esa misma mujer. Canadiense, morena y delgada, tiene una piel frágil que no expone al sol; su cara, detrás de la mampara de doble cristal salpicada de saliva, siempre está pálida. Aquella mañana, antes de sentirme repentinamente tan desorientada que decidiera tomarme el día libre y visitar una galería de arte contemporáneo, la empleada me había contado una historia triste mientras conformaba mis cheques. Una colega del banco, de solo treinta y tres años recién cumplidos la semana pasada. Un año y medio antes le sale en el brazo un bulto del tamaño de una pequeña mandarina. De una clementina. La operan. Le dan el alta. Hace seis semanas empieza a tener unos espantosos dolores de cabeza. De vuelta al hospital. Estaba infestada. Murió ayer. Solo treinta y tres años. Imagínese. Divorciada. Con una hija de cuatro años que le dijo a Mary, otra colega del banco, «mamá está en el hospital y puede que no vuelva».

Yo había asentido desde el otro lado de la ventanilla, había dicho algo, había firmado la hoja de ingreso y la había introducido por el hueco que tienen las ventanillas de los bancos para tal fin. Una vez más noté que se me encogía el corazón; una vez más decidí, pese a mi expresión comprensiva, cambiar de sucursal. La mujer apoyaba algo en su lado de la ventanilla, me mostraba una fotografía borrosa —un fax o una fotocopia— de unas personas sonriendo en una fiesta o un pub. Esa es la mujer que ha muerto, la de la derecha, me decía; ¿la reconocía? Las caras estaban oscuras, ennegrecidas, y la fotografía tenía varios pliegues y arrugas blancos; había pasado por demasiadas manos. «Así que haga algo frívolo —me había gritado la mujer desde el otro lado del cristal, cuando yo salía del banco—. Asegúrese de hacer algo frívolo hoy».

Algo frívolo: había ido a una galería de arte. Sudaba. Estaba sentada en el taburete de una galería de arte con los ojos cerrados.

Los abrí y vi a una niñita de unos tres o cuatro años que me sonreía. Cuando le devolví la sonrisa, dejó de sonreír y se escondió detrás de las piernas de su madre, que estaba hablando en educados susurros con otra mujer en el centro de la sala. La niña empezó a girar alrededor de las piernas de su madre, agarrándose con ambos brazos. Se soltó. Se dejó caer al suelo. Saltó de un cuadrado de piedra a otro. Ignoró Carretera 2 y se detuvo delante de Carretera 1. Al lanzarse hacia la carretera como si fuese a correr por ella, se golpeó contra el cuadro de frente, con todo el cuerpo. El cuadro se estremeció en la pared. La niña soltó una exclamación de sorpresa. Retrocedió y se tocó la nariz.

Ay, dijo.

Dios mío, dijo la madre. Dios mío, Sophie. Por Dios.

Se volvió hacia mí. Lo siento, lo siento muchísimo. Ella solo. Lo siento.

No, le dije yo. Yo no soy la. O sea que. Yo soy…

Me levanté. La madre frotaba con un pañuelo de papel dos claras huellas que su hija había dejado en el cristal. Se reía, avergonzada, perjurando por lo bajo. Sophie, murmuraba.

No, le dije. Por favor, no toque las pinturas.

Ah. Claro. Lo siento, dijo la mujer.

Retrocedió y se quedó con el pañuelo en la mano, sin saber qué hacer. Se lo guardó en el bolso. Se volvió, bonita y sonrojada, y cruzó miradas con su amiga, que sostenía a la niña por los hombros y sonreía con la vista baja, mirando la coronilla de la pequeña, para no echarse a reír. La niña cantaba algo impenetrable y volvía a bailar.

No pasa nada, dije. Es solo que… no podemos permitir que nadie toque las pinturas.

Lo siento muchísimo, volvió a decir la mujer. Vamos, Sophie, tenemos que irnos.

Las dos mujeres consiguieron ponerle un anorak a la niña.

No, pueden quedarse en la galería, no hay ningún problema. Simplemente no dejen que vuelva a pasar.

La mujer se relajó. Me lo agradecía. Pero entonces vi que se acercaba un verdadero empleado, de modo que dirigí a la mujer lo que imaginaba que era una sonrisa de despedida adusta y oficial antes de dar media vuelta para irme. Para que no se percataran, detuve al empleado al pasar y le pregunté en voz baja a qué hora cerraba la galería. La mujer que estaba detrás con la niña pensaría que me daba indicaciones sobre el trabajo, o que quizá yo se las daba a él.

El empleado me miró con los ojos y la altivez de alguien que lo sabe todo. Pero me dio lo mismo. Él no sabía nada. Esta noche la galería cierra a las seis, me dijo.

Gracias, dije yo. ¿Y cuándo termina la exposición?

Esta exposición se acaba el día trece.

Crucé la sala que parecía una boca por dentro y salí por el otro lado. Me pasé el suéter por encima de la cabeza. No me importaba. Me sentía mejor. Iría a dar un paseo. Me lanzaría al día. Estaba inspirada, estaba tranquila; plácida y lozana como el buen césped residencial, pasearía por el Támesis columpiando los brazos, mientras el agua borbotaba por debajo y los policías de la comisaría cercana discutían ante unas tazas de té dulce.

Cuando salía de la galería, oí que alguien me llamaba. Quizá me habían descubierto. Alguien corría para alcanzarme; percibí sus jadeos que se acercaban por detrás. Era el empleado que al entrar me había explicado todo lo que era gratis y todo lo que no. Quizá quería que le devolviese el formulario con la frase de diez palabras: el arte contemporáneo es importante para mí porque. Me puse a pensar, a ver si se me ocurría algo rápidamente.

Corría de un modo extraño, con la mano cerrada por delante del cuerpo. Espere, gritó sin dejar de correr. Espere. Se le ha caído algo. Se le ha caído esto.

Parecía desesperado y satisfecho, henchido de importancia, como esos mensajeros medievales portadores de buenas noticias del campo de batalla que aparecen en las obras de teatro o en las películas. Me palpé el bolsillo por si había perdido la cartera, pero ahí estaba. Me pregunté qué más podría haberse caído. Le miré la mano con atención.

Estaba llena de hojas rotas y semillas de alas extravagantes.

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