La ladrona de libros
Sección 10
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
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209
Markus Zusak La ladrona de libros estaba leyendo El hombre que silbaba en el suelo de la biblioteca del alcalde. La mujer del alcalde no mostró ninguna señal extraña (o, para ser francos, ninguna fuera de lo habitual) hasta que llegó la hora de irse.
En ese momento, cuando le ofreció El hombre que silbaba, insistió en que se lo quedara.
—Por favor —la instó, rozando la súplica. Le tendía el libro con firmeza y comedimiento—. Llévatelo, hazme el favor, llévatelo.
Liesel, conmovida por la excentricidad de aquella mujer, no se atrevió a decepcionarla una vez más. El libro de tapas grises y páginas amarillentas acabó en su mano y Liesel se volvió hacia el pasillo. Estaba a punto de preguntarle por la colada cuando la mujer del alcalde le dirigió una última mirada de pena envuelta en albornoz. Rebuscó en una cómoda y sacó un sobre. Su voz, grumosa por la falta de uso, tosió las palabras.
—Lo siento, es para tu madre.
A Liesel se le cortó la respiración.
De repente sintió que los zapatos le venían grandes. Algo se burló de su garganta y se puso a temblar. Al tender la mano y recibir la carta, reparó en el ruido que hacía el reloj de la biblioteca. Apesadumbrada, se dio cuenta de que los relojes no suenan a nada que se parezca siquiera a un tictac, sino al ruido que hace un martillo, arriba y abajo, golpeando una y otra vez contra el suelo. El sonido de una sepultura. Deseó que fuera la suya, porque Liesel Meminger quiso morirse en ese momento. No le había dolido tanto que los demás decidieran prescindir de sus servicios, porque siempre le quedaba el alcalde, la biblioteca y las horas que pasaba con la mujer. Además, era la última clienta, la última esperanza... Perdidas. Esta vez se sintió traicionada.
¿Cómo iba a enfrentarse a su madre?
Las monedillas que Rosa se sacaba con esa faena la habían sacado de apuros. Un puñado adicional de levadura. Un taco de manteca.
Ilsa Hermann tenía unas ganas locas de... sacársela de encima. Liesel lo comprendió por la forma en que se agarraba el albornoz, con más fuerza de lo habitual. La incomodidad de su malestar la obligaba a quedarse cerca de Liesel, pero estaba claro que deseaba zanjar el asunto cuanto antes.
—Dile a tu madre... —añadió, mientras ajustaba la voz convirtiendo una frase en dos— que lo sentimos.
La acompañó hasta la puerta.
En ese momento Liesel lo notó en los hombros: el dolor, el impacto del rechazo definitivo.
«¿Esto es todo? —se preguntó—. ¿Me das un puntapié y ya está?»
210
Markus Zusak La ladrona de libros Despacio, recogió la bolsa vacía y se dirigió hacia la puerta. Una vez fuera, se volvió hacia la mujer del alcalde
por segunda y última vez ese día. La miró a los ojos con despiadado orgullo marcado a fuego.
—Danke schön —dijo, e Ilsa Hermann le dedicó una sonrisa derrotada, innecesaria.
—Si alguna vez te apetece venir a leer, serás bienvenida —mintió la mujer (o al menos la niña, en su afligido y conmocionado estado, así lo creyó). En ese momento Liesel se sintió abrumada por la amplitud de la entrada. Había mucho espacio. ¿Por qué la gente necesitaba tanto espacio para salir por la puerta? Si Rudy hubiera estado allí, le habría dicho que era imbécil, que era para meter las cosas dentro.
—Adiós —se despidió la niña y, poco a poco, con gran dilación, la puerta se cerró.
Liesel no se fue.
Se quedó sentada en los escalones, contemplando la ciudad de Molching durante un buen rato. No hacía ni frío ni calor y la tranquila ciudad todavía se dibujaba con claridad. Molching estaba metida en un tarro de cristal.
Abrió la carta. En ella, el alcalde Heinz Hermann apuntaba con exactitud y diplomacia las razones por las que prescindía de los servicios de Rosa Hubermann. En resumen, venía a decir que sería un hipócrita si siguiera regalándose esos pequeños lujos mientras aconsejaba a los demás que se
«prepararan para tiempos más difíciles».
Al fin se levantó y se fue a casa, pero cuando vio el rótulo STEINERSCHNEIDERMEISTER en Münchenstrasse, las circunstancias volvieron a sacudirla. La tristeza la abandonó, ahuyentada por la rabia.
—Ese cabrón del alcalde —masculló—. Y esa mujer me saca de quicio.
El hecho de que se avecinaran tiempos difíciles era la mejor razón para seguir empleando a Rosa, pero no, la habían despedido. En cualquier caso, pensó, ya se podían hacer ellos solitos la colada y el planchado, como la gente normal y corriente, como los pobres.
En la mano, El hombre que silbaba se puso rígido.
—Así que me has dado el libro por pena —dijo la niña—, para sentirte mejor...
Le importó muy poco que no fuera la primera vez que le ofrecía ese libro. Dio media vuelta, como ya hizo una vez, y regresó al número ocho de la Grandestrasse. La tentación de echar a correr era muy grande, pero se abstuvo, así podría reservarse para las palabras.
211
Markus Zusak La ladrona de libros Le desilusionó un poco que el alcalde no estuviera. No había ningún coche aparcado junto al bordillo, lo que tal vez fuera una suerte. Si hubiera estado allí, a saber qué podría haberle hecho al pobre vehículo en ese combate de ricos contra pobres.
Subió los escalones de dos en dos, se acercó a la puerta y la golpeó con tanta fuerza que incluso se hizo daño, aunque disfrutó con las punzadas de dolor.
Como es lógico, la mujer del alcalde se quedó estupefacta al volver a verla. Llevaba el suave y sedoso cabello un poco húmedo y las arrugas se ensancharon al percatarse de la marcada cólera sobre el normalmente pálido rostro de Liesel. Abrió la boca, pero no salió nada, lo que le vino muy a mano, ya que era Liesel quien tenía la palabra.
—¿Cree que puede comprarme con este libro? —La voz, aunque temblorosa, saltó al cuello de la mujer. La fulgurante rabia era pastosa y desconcertante, pero consiguió dominarla; sin embargo, la ira siguió acumulándose hasta tal punto que tuvo que secarse las lágrimas de los ojos—.
¿Cree que dándome este Saukerl de libro se arreglará todo cuando vaya a decirle a mí madre que acabamos de perder a nuestro último cliente mientras usted se queda aquí sentada en su mansión?
Los brazos de la mujer del alcalde.
Colgaban.
Su rostro resbaló.
Sin embargo, Liesel no se achicó. Disparó las palabras a los ojos.
—Su marido y usted, aquí sentaditos los dos.
Lo dijo con rencor; un rencor y una mala intención de los que no se creía capaz.
Palabras hirientes.
Sí, palabras crueles.
Las invocó desde algún lugar que acababa de descubrir y las arrojó a Ilsa Hermann.
—Ya es hora de que se ponga a hacer su propia y apestosa colada —le aclaró—. Ya es hora de que se enfrente al hecho de que su hijo está muerto.
¡Se murió! ¡Lo estrangularon y lo hicieron picadillo hace más de veinte años! ¿O
murió de frío? ¡Da igual, está muerto! Está muerto y es patético que se quede ahí sentada, temblando dentro de casa para sufrir por ello. ¿Cree que
es la única que sufre?
De inmediato.
Su hermano apareció a su lado.
212
Markus Zusak La ladrona de libros Le susurró que lo dejara, pero él también estaba muerto y no valía la pena escucharlo.
Murió en un tren.
Lo enterraron en la nieve.
Liesel lo miró, pero no podía detenerse. Todavía no.
—No quiero este libro —continuó. Empujó al niño escalera abajo y lo hizo caer. Hablaba más bajo, pero con el mismo acaloramiento. Arrojó El hombre que silbaba a las pantuflas de la mujer y oyó el ruido sordo del libro al estrellarse contra el cemento—. No quiero su asqueroso libro...
Ahora sí se controló. Se calló.
Su garganta era un desierto: ni una palabra en kilómetros a la redonda.
Su hermano, sujetándose una rodilla, desapareció.
Al cabo de una incómoda pausa, la mujer del alcalde se agachó y recogió el libro. Estaba abatida y derrotada, pero esta vez no era por intentar sonreír. Liesel lo adivinó en su expresión. La sangre le goteaba por la nariz y le lamía los labios. Los ojos se le amorataban. Por toda la piel se abrían cortes y aparecían heridas. Todo a causa de las palabras. De las palabras de Liesel. Con el libro en la mano, Ilsa Hermann se enderezó, aunque encogida, e intentó retomar las disculpas, pero las palabras no salieron de su boca.
«Abofetéame —pensó Liesel—, vamos, abofetéame.»
Ilsa Hermann no la abofeteó, se limitó a retirarse al interior, hacia el feo aire de su bonita casa y Liesel, una vez más, se quedó sola, aferrándose a los escalones. Tenía miedo de volverse porque sabía que cuando lo hiciera la cubierta de cristal que protegía Molching estaría hecha añicos, y eso la alegraría.
A modo de última orden del día, Liesel leyó la carta una vez más. Al acercarse a la verja, hizo una bola con ella, apretándola todo lo que pudo, y la arrojó contra la puerta, como si fuera una piedra. No sé qué esperaba la ladrona de libros, pero la bola de papel rebotó en la portentosa plancha de madera y bajó los escalones burlándose de ella. Acabó a sus pies.
—¡Típico! —musitó, dándole una patada y lanzándola a la hierba—. Es inútil.
Esta vez, de camino a casa, imaginó el futuro del papel después de la próxima lluvia, con la cubierta de cristal de Molching reparada y del revés.
Veía incluso cómo se disolvían las palabras, letra tras letra, hasta que no quedaba nada. Sólo papel. Sólo tierra.
En casa, quiso la suerte que Rosa estuviera en la cocina cuando Liesel entró
por la puerta.
213
Markus Zusak La ladrona de libros
—¿Y? —preguntó—, ¿dónde está la colada?
—Hoy no hay colada —contestó Liesel.
Rosa se acercó y se sentó a la mesa de la cocina. Lo sabía. De repente, parecía mucho mayor. Liesel imaginó qué aspecto tendría si se deshiciera el moño y se dejara caer el pelo sobre los hombros. Una toalla gris de cabello elástico.
—¿Qué hacías en esa casa, pequeña Saumensch?
La frase estaba entumecida. Rosa no consiguió reunir el veneno habitual.
—Todo ha sido culpa mía —aseguró Liesel—. Insulté a la mujer del alcalde y le dije que dejara de llorar a su hijo muerto. Le dije que era patética y entonces te despidieron. Ten. —Se acercó a las cucharas de madera, cogió un puñado y las dejó ante ella—. Escoge.
Rosa eligió una y la levantó, pero sin blandirla.
—No te creo.
Liesel se debatió entre la angustia y la perplejidad absoluta. ¡La primera vez que necesitaba un Watschen desesperadamente y no se lo iban a dar!
—Es culpa mía.
—No es culpa tuya —replicó la madre. Incluso se levantó y acarició el grasiento y sucio cabello de Liesel—. Sé que no dirías esas cosas.
—¡Las he dicho!
—Muy bien, lo que tú digas.
Liesel salió de la cocina y oyó que las cucharas de madera regresaban a su sitio, al tarro metálico. Cuando llegó a su habitación, todas ellas, tarro incluido, acabaron por los suelos.
Un poco después, bajó al sótano. Max estaba de pie en la oscuridad, probablemente boxeando con el Führer.
—¿Max? —La luz se atenuó, como una moneda mortecina, roja, flotando en un rincón—. ¿Me enseñas a hacer flexiones?
Max le enseñó. A veces le levantaba el torso para ayudarla, pero a pesar de su enclenque apariencia Liesel era fuerte y podía sostener el peso de su cuerpo sin demasiada dificultad. No las contó, pero esa noche, en medio del resplandor del sótano, la ladrona de libros hizo suficientes flexiones para tener agujetas durante varios días. Ni siquiera se detuvo cuando Max le advirtió que había hecho demasiadas.
Ya en la cama, mientras leía con su padre, Hans adivinó que algo iba mal. Hacía cerca de un mes que no se sentaba con ella, por lo que se sintió confortada, aunque no del todo. Hans Hubermann siempre sabía qué decir en el 214
Markus Zusak La ladrona de libros momento oportuno y cuándo dejarla sola. Tal vez Liesel fuera lo único en lo que él era un experto.
—¿Se trata de la colada? —preguntó.
Liesel negó con la cabeza.
Hans llevaba varios días sin afeitarse y se rascaba la rasposa barba cada dos o tres minutos. Sus ojos plateados no chispeaban, reposaban, templados, como siempre que se trataba de Liesel.
Hans se durmió cuando el ritmo de lectura fue decayendo, momento que Liesel aprovechó para confesar en voz alta lo que llevaba todo el día queriendo decir.
—Papá, creo que voy a ir al infierno —susurró.
Tenía las piernas calientes. Las rodillas, frías.
Recordó las noches que mojaba la cama y su padre lavaba las sábanas, y le enseñaba las letras del abecedario. Ahora, la respiración de Hans levantaba la manta y Liesel le besó la rasposa mejilla.
—Tienes que afeitarte —dijo.
—No vas a ir al infierno —contestó el padre.
Se lo quedó mirando unos instantes. Luego se recostó, se apoyó en él y, juntos, se durmieron. En Munich, evidentemente, pero también en algún lugar de la séptima cara del dado alemán.
215
Markus Zusak La ladrona de libros Las juventudes de Rudy Al final, Liesel tuvo que confesárselo.
Él sabía cómo tratarla.
UN RETRATO DE RUDY STEINER:
JULIO DE 1941
Hilillos de barro cruzan su cara. La corbata es como un péndulo inmóvil desde hace tiempo en la caja del reloj. Tiene el encendido pelo color limón alborotado y esboza una sonrisa triste y absurda.
Se quedó a unos metros del escalón y habló con gran convicción, con gran alegría:
—Alles ist Scheisse —sentenció.
Todo es una mierda.
Durante la primera mitad de 1941, mientras Liesel se dedicaba a ocultar a Max Vandenburg, robar periódicos y regañar a esposas de alcalde, Rudy sobrellevaba como podía la nueva vida en las Juventudes Hitlerianas. Desde principios de febrero volvía de las reuniones de un humor bastante peor del que había ido. Tommy Müller lo acompañaba en muchos de esos recorridos de regreso a casa, en el mismo estado. El problema tenía tres vertientes.
LOS TRES COMPONENTES
DEL PROBLEMA
1. Los oídos de Tommy Müller.
2. Franz Deutscher: el iracundo cabecilla de las Juventudes Hitlerianas.
3. La incapacidad de Rudy para mantenerse al margen.
216
Markus Zusak La ladrona de libros
Ojalá seis años atrás Tommy Müller no hubiera desaparecido durante siete horas uno de los días más fríos de la historia de Munich. Sus otitis y sus tics nerviosos seguían afectando al pautado avance de las Juventudes Hitlerianas y eso, te lo puedo asegurar, no era nada bueno.
Al principio, el declive de la situación fue gradual, pero a medida que pasaban los meses, Tommy fue cosechando sistemáticamente la ira de los cabecillas de las Juventudes Hitlerianas, sobre todo a la hora de desfilar.
¿Recuerdas el cumpleaños de Hitler del año pasado? Durante un tiempo, las otitis fueron a peor y llegó un momento en que Tommy empezó a tener verdaderos problemas auditivos. No oía las órdenes que gritaban al grupo cuando marchaban en formación. Tanto daba que estuvieran a cubierto o en el exterior, en la nieve, en el barro o que cayeran chuzos de punta. El objetivo era que todo el mundo se detuviera al mismo tiempo.
—¡Un taconazo! —les decían—. Eso es lo único que el Führer quiere oír. Todos a la vez. ¡Todos juntos como si fuerais uno!
Ahí es donde Tommy entraba en acción.
Creo que se trataba del oído izquierdo. Era el que le daba más problemas de los dos. Cuando el grito seco de «¡Alto!» llovía sobre los oídos de los demás, Tommy, ajeno a todo, continuaba la marcha como si tal cosa. Podía convertir el avance de una fila en un batiburrillo en un abrir y cerrar de ojos. Un sábado a principios de julio, poco después de las tres y media, y tras una letanía de fallidos intentos de desfile auspiciados por Tommy, Franz Deutscher (el apellido perfecto para el perfecto adolescente nazi) perdió la paciencia.
—Müller, du Affe! —Su grueso cabello rubio le masajeó la cabeza y sus palabras manotearon la cara de Tommy—. Pedazo de burro, ¿qué pasa contigo?
Tommy se encogió de miedo, pero una de sus mejillas todavía consiguió acalambrarse en una alegre y frenética contracción. No sólo parecía que esbozara una sonrisita triunfante, sino que además aceptaba el rapapolvo con regocijo. Y Franz Deutscher no iba a tolerar ni lo uno ni lo otro. Lo fulminó con sus ojos claros.
—¿Y bien? ¿Qué tienes que decir en tu defensa? —preguntó.
El tic de Tommy no hizo más que acentuarse, tanto en velocidad como en intensidad.
—¿Te estás burlando de mí?
—Heil. —Se contorsionó Tommy, en un intento desesperado de ganarse su aprobación, aunque olvidó añadir la parte del «Hitler».
En ese momento Rudy dio un paso al frente. Se puso delante de Franz Deutscher y lo miró a los ojos.
217
Markus Zusak La ladrona de libros
—Tiene un problema, señor...
—¡Eso ya lo veo!
—En los oídos —terminó Rudy—. No puede...
—Está bien, se acabó. —Deutscher se frotó las manos—. Vosotros dos, seis vueltas al campo. —Obedecieron, pero no lo bastante rápido—.
Schnell! —los perseguía la voz.
Cuando acabaron las seis vueltas, les mandaron hacer varios ejercicios más, como correr, tumbarse en el suelo, levantarse y volver a tumbarse, y al
cabo de quince minutos muy largos les ordenaron que se echaran al suelo para lo que sería el último ejercicio.
Rudy bajó la vista.
Un siniestro charco de barro le sonrió desde el suelo.
¿Qué estás mirando?, parecía decir.
—¡Abajo! —ordenó Franz.
Por descontado, Rudy lo saltó y se tiró al suelo, boca abajo.
—¡Arriba! —Franz sonrió—. Un paso atrás. —Obedecieron—. ¡Abajo!
El mensaje era claro y Rudy lo aceptó. Se zambulló en el barro, aguantó la respiración y, en ese momento, con la oreja pegada a la tierra empapada, los ejercicios acabaron.
—Vielen Dank, meine Herren —concluyó Franz Deutscher, con cortesía
—. Muchas gracias, caballeros.
Rudy se puso de rodillas, se escarbó las orejas y miró a Tommy. Tommy cerró los ojos y lo asaltó un espasmo.
Ese día, de vuelta en Himmelstrasse, Liesel, que todavía llevaba puesto el uniforme de la BDM, estaba jugando a la rayuela con unas niñas más pequeñas cuando vio con el rabillo del ojo a las dos tristes figuras acercándose. Una la llamó.
Se reunieron en el umbral de la caja de zapatos de cemento que hacía las veces de casa de los Steiner, y Rudy le contó todo lo que les había ocurrido. Al cabo de diez minutos, Liesel se sentó.
Al cabo de once, Tommy, sentado junto a ella, dijo:
—Es culpa mía.
Sin embargo, Rudy rechazó la imputación con un gesto a medio camino entre una sentencia y una sonrisa, partiendo con el dedo una tira de barro por la mitad.
—Es culp... —volvió a intentarlo Tommy, pero Rudy lo interrumpió y lo señaló.
—Tommy, por favor. —En el rostro de Rudy se reflejaba una extraña satisfacción. Liesel nunca había visto a alguien tan decaído y al mismo tiempo 218
Markus Zusak La ladrona de libros tan animado—. Anda, siéntate y...
ten espasmos... o lo que quieras. —Y
continuó con su historia.
Empezó a caminar arriba y abajo.
Se peleó con la corbata.
Las palabras que le lanzaba a Liesel caían sobre el escalón de cemento.
—Ese Deutscher nos la ha hecho buena, ¿eh, Tommy? —resumió, con optimismo.
Tommy asintió, tuvo un espasmo y abrió la boca, no necesariamente en ese orden.
—Fue por mi culpa.
—Tommy, ¿qué te he dicho?
—¿Cuándo?
—¡Ahora mismo! Que estuvieras calladito.
—Claro, Rudy.
Cuando poco después Tommy se fue a casa, cabizbajo, Rudy la tanteó con lo que parecía una nueva y magistral táctica.
La compasión.
Todavía en el escalón del umbral, estudió detenidamente el barro que se le había secado formando una costra en el uniforme, y miró a Liesel a la cara, desesperanzado.
—¿Qué me dices, Saumensch?
—¿De qué?
—Ya lo sabes...
Liesel respondió como solía hacerlo.
—Saukerl—contestó, riendo y salvando la corta distancia que la separaba de su casa.
Una desconcertante mezcla de barro y compasión era una cosa, pero besar a Rudy Steiner era otra completamente distinta.
La llamó desde el escalón, esbozando una triste sonrisa, y toqueteándose el pelo con una mano.
—Algún día caerás —la avisó—, ¡ya lo verás, Liesel!
Al cabo de un par de años, en el sótano, Liesel a veces se moría de ganas por acercarse hasta la puerta de al lado y verlo, aunque estuviera escribiendo en plena madrugada. También comprendió que, probablemente, esos días caldeados en las Juventudes Hitlerianas alimentaron la sed delictiva de Rudy y, por consiguiente, la suya propia.
219
Markus Zusak La ladrona de libros Después de todo, a pesar de las habituales épocas de lluvia, se avecinaba el verano, como correspondía. Las manzanas Klar debían de estar madurando. Les quedaban muchos hurtos que cometer.
220
Markus Zusak La ladrona de libros Los perdedores
Cuando se trataba de robar, Liesel y Rudy tenían claro que se estaba más seguro en un grupo grande. Andy Schmeikl los invitó a una reunión junto al río donde, entre otros puntos del día, se debatiría un plan para robar fruta.
—¿Así que ahora eres el jefe? —preguntó Rudy, pero Andy negó con la cabeza, claramente decepcionado.
Era evidente que habría deseado tener lo que se necesitaba para serlo.
—No. —Su fría voz tenía un inusual tono cordial, inexpresivo—. Hay otro.
EL NUEVO ARTHUR BERG
Tenía el pelo arremolinado y la mirada nublada, y era uno de esos delincuentes cuya única razón para robar era el placer que le procuraba. Se llamaba Viktor Chemmel.
A diferencia de la mayoría de la gente que se dedicaba a las diversas artes del hurto, Viktor Chemmel lo tenía todo. Vivía en la mejor zona de Molching, en una casa de campo que fumigaron cuando expulsaron a los judíos. Tenía dinero. Tenía tabaco. No obstante, quería más.
—No es ningún crimen querer un poco más —aseguraba, tumbado en la hierba con una pandilla de chicos sentados a su alrededor—. Querer más es nuestro deber primordial como alemanes. ¿Qué dice nuestro Führer? —
Contestó a su pregunta retórica—: ¡Tenemos que tomar lo que por derecho nos pertenece!
A primera vista, Viktor Chemmel no era más que el típico adolescente ducho en el arte de tirarse faroles. Por desgracia, cuando le daba por demostrarlo también poseía cierto carisma, una especie de «sígueme».
Cuando Liesel y Rudy se acercaban al grupo del río, ella oyó que preguntaba:
—¿Dónde están esos dos malandrines de los que habéis estado fanfarroneando? Ya son las cuatro y diez.
221
Markus Zusak La ladrona de libros
—Según mi reloj todavía no —contestó Rudy.
Viktor Chemmel se apoyó en un codo.
—No llevas reloj.
—¿Estaría aquí si tuviera dinero para tener un reloj?
El nuevo jefe se acabó de incorporar del todo y sonrió, una radiante sonrisa de dientes rectos. A continuación, dirigió su despreocupada atención hacia la chica.
—¿Quién es la golfa?
Liesel, más que acostumbrada a los insultos, se limitó a observar la nebulosa textura de sus ojos.
—El año pasado robé trescientas manzanas y al menos varias docenas de patatas —se presentó—. El alambre de espino no es un secreto para mí y puedo seguir el ritmo de cualquiera de los que hay aquí.
—¿De verdad?
—Sí. —Liesel no se amilanó ni se echó atrás—. Lo único que pido es una pequeña parte de lo que nos llevemos. Una docena de manzanas de vez en cuando, las sobras para mi amigo y para mí.
—Bueno, supongo que eso puede arreglarse. —Viktor encendió un cigarrillo, se lo llevó a la boca y dirigió sus esfuerzos a arrojarle el humo a la cara.
Liesel no tosió.
Era el mismo grupo del año anterior con la única excepción del jefe.
Liesel se preguntó por qué ninguno de los otros chicos había asumido el mando, pero mirándolos uno a uno se dio cuenta de que ninguno tenía lo que había que tener. No tenían escrúpulos a la hora de robar, pero necesitaban las órdenes. Les gustaba recibir órdenes y a Viktor Chemmel le gustaba darlas. Era un bonito microcosmos.
Por un momento Liesel deseó que volviera Arthur Berg. ¿O él también se habría sometido a la autoridad de Chemmel? No importaba. Liesel sólo sabía que Arthur Berg no tenía ni un pelo de tirano, mientras que el nuevo cabecilla lucía toda una cabellera. Sabía que si se hubiera quedado atrapada en un árbol el año pasado, Arthur habría vuelto por ella, a pesar de afirmar lo contrario. Este año, por el contrario, enseguida se percató de que Viktor Chemmel ni siquiera se molestaría en mirar atrás.
Chemmel se levantó sin apartar la vista del chico larguirucho y la chica de aspecto famélico.
—¿Así que queréis robar conmigo?
¿Qué tenían que perder? Asintieron con la cabeza.
Se acercó y cogió a Rudy por el pelo.
222
Markus Zusak La ladrona de libros
—Quiero oírlo.
—Pues claro —contestó Rudy, antes de que le diera un empujón, tirándole del flequillo.
—¿Y tú?
—Por supuesto.
Liesel fue lo bastante rápida para evitar el mismo trato. Viktor sonrió.
Aplastó el cigarrillo, tomó aire y se rascó el pecho.
—Caballeros, golfa, parece que es hora de ir de compras.
El grupo emprendió la marcha y Rudy y Liesel, como siempre lo habían hecho en el pasado, cerraban la comparsa.
—¿Te gusta? —susurró Rudy.
—¿Y a ti?
Rudy se lo pensó un momento.
—Creo que es un cabrón de mucho cuidado.
—Yo también.
El grupo se estaba alejando.
—Vamos, nos estamos quedando atrás —dijo Rudy.
A unos kilómetros de allí, llegaron a la primera granja. Lo que les esperaba fue toda una sorpresa. Los árboles que habían imaginado cargados de fruta parecían débiles y enfermos, sólo tenían unas cuantas manzanas que colgaban apáticas de las ramas. En la granja siguiente pasaba lo mismo.
Tal vez había sido una mala temporada, o ellos no habían calculado bien el momento adecuado.
Al final de esa tarde, durante el reparto del botín, Liesel y Rudy recibieron una pequeña manzana para los dos. Justo es decir que la recaudación había sido paupérrima, pero Viktor Chemmel también había aplicado la ley del embudo.
—¿Qué es esto? —preguntó Rudy, con la manzana en la mano.
Viktor ni siquiera se volvió.
—¿A ti qué te parece? —le lanzó las palabras por encima del hombro.
—¿Una asquerosa manzana?
—Ten. —También les lanzó una medio empezada, que cayó con el lado mordido de cara al suelo—. También puedes quedarte esa.
Rudy estaba indignado.
—A la mierda. No hemos caminado quince kilómetros por una miserable manzana y media, ¿verdad, Liesel?
Liesel no contestó.
No tuvo tiempo, Viktor Chemmel estaba encima de Rudy antes de que ella pudiera decir ni una palabra. Le sujetaba los brazos con las rodillas y tenía las manos alrededor del cuello de Rudy. No fue otro sino Andy Schmeikl quien recogió las manzanas a petición de Viktor.
223
Markus Zusak La ladrona de libros
—Le estás haciendo daño —avisó Liesel.
—¿De verdad?
Viktor volvía a sonreír. Liesel odiaba esa sonrisa.
—No me está haciendo daño.
Las palabras de Rudy se aturullaron. Tenía la cara roja por la presión y empezó a sangrar por la nariz.
Al cabo de un buen rato, durante el que siguió apretándole el cuello, Viktor lo soltó y se levantó. Se apartó con ademán despreocupado.
—Arriba, chico —dijo, y Rudy, sabiendo lo que le convenía, obedeció.
Viktor volvió a acercarse con toda tranquilidad y se le plantó delante. Lo golpeó con suavidad en el brazo. Le susurró:
—A no ser que quieras que ese hilillo de sangre se convierta en una fuente, te sugiero que te largues, muchachito. —Miró a Liesel—. Y llévate a la golfilla también.
Nadie se movió.
—¿A qué estáis esperando?
Liesel cogió a Rudy por la mano y se fueron, pero no antes de que este se volviera por última vez y escupiera sangre a los pies de Viktor Chemmel, lo que dio lugar a un último comentario.
PEQUEÑA AMENAZA DE
VIKTOR CHEMMEL A RUDY STEINER
«Algún día me las pagarás, amigo.»
Dirás lo que quieras de Viktor Chemmel, pero le sobraban paciencia y buena memoria. Necesitó unos cinco meses para cumplir su palabra. 224
Markus Zusak La ladrona de libros Bocetos
Si el verano de 1941 levantaba muros alrededor de personas como Rudy y Liesel, penetraba en la vida de Max Vandenburg mediante escritos y dibujos. En los momentos de mayor soledad en el sótano, las palabras empezaban a apilarse a su alrededor. Las visiones comenzaron a manar y a caer, incluso a derramarse, de sus manos.
Tenía lo que llamaba un pequeño surtido de herramientas:
Un libro pintado.
Un puñado de lápices.
Una cabeza llena de ideas.
Como si fueran piezas de un puzzle, empezó a encajarlas.
Al principio, Max se puso a escribir su propia historia.
La intención era anotar todo lo que le había ocurrido —y conducido al sótano de Himmelstrasse—, pero al final no lo hizo. El exilio de Max generó en él algo muy distinto: varios pensamientos inconexos, con los que decidió
quedarse porque parecían «verdaderos». Eran más reales que las cartas que escribía a su familia y a su amigo Walter Kugler a sabiendas de que jamás podría enviarlas. Las hojas profanadas del Mein Kampf se estaban convirtiendo en una serie de bocetos, una página tras otra, que para él resumían los acontecimientos que habían transformado su vida anterior en otra. Algunos le llevaban minutos. Otros, horas. Decidió que le regalaría el libro a Liesel cuando estuviera acabado, cuando ella fuera lo bastante mayor y, eso esperaba, toda esa locura hubiera terminado.
Desde el momento en que probó los lápices sobre la primera hoja pintada, no se separó del libro. A menudo lo tenía junto a él, o en las manos mientras dormía.
Una tarde, después de las flexiones y los abdominales, se durmió arrimado a la pared del sótano. Cuando Liesel bajó, encontró el libro a su lado, apoyado sobre una pierna, y la curiosidad pudo con ella. Se agachó y lo recogió, suponiendo que él se movería. No lo hizo. Max estaba sentado, con la cabeza y 225
Markus Zusak La ladrona de libros los hombros descansando contra la pared. Liesel apenas oía el ruido de su respiración, avanzando y retirándose, cuando abrió el libro y hojeó unas cuantas páginas al azar.
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228
Markus Zusak La ladrona de libros Asustada por lo que había visto, Liesel dejó el libro donde estaba, como lo había encontrado, apoyado sobre la pierna de Max.
La sobresaltó una voz.
—Danke schön.
Liesel siguió el rastro de la voz hasta su dueño y, cuando lo miró, en los labios del judío había una débil señal de satisfacción.
—Por Dios, Max —jadeó Liesel—, me has asustado.
Max volvió a dormirse, pero la sensación no abandonó a la muchacha mientras subía las escaleras.
Max, me has asustado.
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Markus Zusak La ladrona de libros El hombre que silbaba y los zapatos Todo siguió el patrón acostumbrado hasta el final del verano y bien entrado el otoño. Rudy intentaba sobrevivir como podía en las Juventudes
Hitlerianas, Max hacía flexiones y abdominales y Liesel buscaba periódicos y escribía palabras en la pared del sótano.
No está de más mencionar que todo patrón tiene siempre alguna brecha y que un día este acaba dando un vuelco o pasa página. En nuestro caso, el factor determinante fue Rudy. O, al menos, Rudy y un campo de deporte recién abonado.
A finales de octubre todo parecía normal. Un chico sucio caminaba por Himmelstrasse. Su familia esperaba que llegara de un momento a otro y que les mintiera diciendo que a todos los chicos de las Juventudes Hitlerianas les habían obligado a hacer instrucción adicional en el campo. Sus padres incluso esperaban algunas risas. Sin embargo, esta vez no las habría.
Ese día, Rudy se había quedado sin risas y sin mentiras.
Ese miércoles, cuando Liesel lo vio más de cerca, se fijó en que Rudy Steiner iba descamisado. Y en que estaba furioso.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó, al verlo pasar por su lado como alma en pena.
Él se volvió y le tendió la camisa.
—Huélela —dijo.
—¿Qué?
—¿Estás sorda? Que la huelas.
A regañadientes, Liesel se inclinó y le llegó una repugnante ráfaga de la prenda parda.
—¡Jesús, María y José! ¿Es...?
El chico asintió con la cabeza.
—También tengo en la barbilla. ¡En la barbilla! ¡Menos mal que no me la he tragado!
—Jesús, María y José.
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Markus Zusak La ladrona de libros
—Acaban de abonar el campo de las Juventudes Hitlerianas. —Volvió a echarle un vistazo indignado y enojado a la camisa—. Creo que es estiércol de vaca.
—El tipo ese como se llame, Deutscher, ¿sabía que estaba abonado?
—Dice que no. Pero sonreía.
—Jesús, María y...
—¡Quieres dejar de decir eso!
Lo que Rudy necesitaba en esos momentos era una victoria. Había salido malparado en sus tratos con Viktor Chemmel, había afrontado un problema detrás de otro en las Juventudes Hitlerianas. Todo lo que quería era una pequeña victoria de nada, y estaba decidido a conseguirla.
Siguió caminando hasta su casa, pero cuando llegó a los escalones de cemento, cambió de opinión y volvió junto a la chica, despacio, pero decidido.
—¿Sabes qué me animaría? —preguntó, cauteloso, en un susurro.
«Tierra, trágame», pensó Liesel.
—Si crees que voy a... En este estado...
Rudy pareció defraudado.
—No, no es eso. —Suspiró y se acercó un poco más—. Es otra cosa. —
Se lo pensó un momento y levantó la cabeza, apenas unos centímetros—.
Mírame: estoy sucio, apesto a caca de vaca o a mierda de perro o a lo que quieras y, como siempre, tengo un hambre que me muero. —Hizo una pausa—. Necesito ganar en algo, Liesel, de verdad.
Liesel lo comprendía.
Si no hubiera sido por el olor, se habría acercado más a él.
Robar.
Tenían que robar algo.
No.
Tenían que robar algo de nuevo. No importaba el qué, sólo tenía que ser pronto.
—Esta vez sólo tú y yo —propuso Rudy—, nada de Chemmels ni Schmeikls. Sólo tú y yo.
Era superior a ella.
Empezó a sentir un hormigueo en las manos, el pulso se le disparó y sus labios sonrieron, todo a la vez.
—Tiene buena pinta.
—Entonces está decidido. —Y, aunque intentó no hacerlo, Rudy no pudo evitar la sonrisa abonada que se esbozaba en su rostro—. ¿Mañana?
Liesel asintió con la cabeza.
—Mañana.
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El plan era perfecto, salvo por un detalle: no tenían ni idea de por dónde empezar.
La fruta quedaba descartada. Rudy desechó cebollas y patatas y decidieron no volverlo a intentar con Otto Sturm y su bicicleta cargada de productos de granja. Una vez era inmoral. Dos, una completa canallada.
—¿Y qué narices hacemos? —preguntó Rudy.
—¿Y yo qué sé? La idea es tuya, ¿no?
—Eso no quiere decir que no puedas colaborar un poquito. Yo no puedo pensar en todo.
—Si casi no piensas en nada...
Siguieron discutiendo mientras se paseaban por la ciudad. Ya en las afueras, empezaron a divisar las primeras granjas y árboles, que se alzaban como estatuas escuálidas. Las ramas estaban grises. Cuando levantaron la vista, sólo vieron ramas alicaídas y un cielo despejado.
Rudy escupió.
Volvieron a atravesar Molching, barajando propuestas.
—¿Qué te parece frau Diller?
—¿Qué me parece de qué?
—Si decimos «Heil Hitler!» y luego robamos algo, igual no nos pasará nada. Después de deambular por Münchenstrasse durante un par de horas, empezó a oscurecer y estuvieron a punto de darse por vencidos.
—Es inútil —se rindió Rudy—, y encima tengo más hambre que nunca.
Por amor de Dios, me estoy muriendo de hambre. —Avanzó unos pasos antes de pararse y mirar atrás—. ¿Qué te pasa? —preguntó, porque Liesel se había detenido en seco y algo le iluminaba la cara.
¿Cómo no se le había ocurrido antes?
—¿Qué pasa? —Rudy empezaba a impacientarse—. Saumensch, ¿qué narices pasa?
En ese momento, Liesel se estaba enfrentado a una decisión. ¿Podría llevar a cabo lo que estaba pensando? ¿De verdad quería vengarse así de alguien?
¿Tanto despreciaba a esa persona?
Dio media vuelta y empezó a caminar. Cuando Rudy la alcanzó, aminoró el paso con la vana esperanza de aclararse un poco. Después de todo, se sentía culpable desde hacía tiempo. Estaba fresca. La semilla ya se había abierto y se había convertido en una flor de pétalos negros. Sopesó si de verdad podría llevarlo a cabo. Se detuvo ante la encrucijada.
—Conozco un sitio.
Cruzaron el río y remontaron la colina.
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Markus Zusak La ladrona de libros Se empaparon de la magnificencia de las mansiones de Grandestrasse. Las puertas relucían como si las acabaran de esmaltar y las tejas descansaban sobre las casas como peluquines, peinados hasta que todos los pelos quedaban en su sitio. Las paredes y las ventanas estaban muy cuidadas y las chimeneas casi expulsaban el humo en forma de anillo.
Rudy se plantó.
—¿La casa del alcalde?
Liesel asintió, muy seria. Se hizo un silencio.
—Despidieron a mí madre.
Cuando doblaron la esquina, Rudy preguntó cómo, en nombre de Dios, iban a entrar; pero Liesel lo sabía.
—Conozco el terreno —contestó—. Conozco...
Sin embargo, cuando la ventana de la biblioteca entró en su campo de visión, en el extremo de la casa, se topó con toda una sorpresa: estaba cerrada.
—¿Y bien? —preguntó Rudy.
Liesel dio media vuelta, despacio, y echó a andar a toda prisa.
—Hoy no —dijo.
Rudy se echó a reír.
—Lo sabía. —La alcanzó—. Lo sabía, sucia Saumensch, no podrías entrar ahí
ni aunque tuvieras la llave.
—¿Qué más da? —Aceleró el paso y dejó de lado el comentario de Rudy—. Sólo tenemos que esperar el momento adecuado.