La ladrona de libros
Sección 9
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203
Markus Zusak La ladrona de libros impulso con los brazos. Creyó que se le partirían por los codos e imaginó su corazón desprendiéndose, seco, de su cuerpo y cayendo patéticamente al suelo. En Stuttgart, de pequeño, podía hacer cincuenta flexiones de una sentada, y sin embargo ahora, con veinticuatro años y unos siete kilos menos de los que solía pesar, apenas consiguió completar diez. Al cabo de una semana, completaba tres tandas de dieciséis flexiones y veintidós abdominales. Cuando acababa, se apoyaba contra la pared del sótano con sus amigos, los botes de pintura, sintiendo el pulso en los dientes. Los músculos parecían de bizcocho. A veces se preguntaba si valía la pena sacrificarse de esa manera. Otras, sin embargo, cuando controlaba el latido del corazón y su cuerpo recuperaba la funcionalidad, apagaba la lámpara y se quedaba a oscuras en medio del sótano. Tenía veinticuatro años, pero seguía fantaseando.
—En el rincón azul —comentaba en voz baja—, tenemos al campeón mundial, la perfección aria: el Führer. —Respiraba y se volvía—. Y en el rincón rojo, tenemos al aspirante judío cara de rata Max Vandenburg.
Todo cobraba forma a su alrededor.
Una luz blanca iluminaba el cuadrilátero y el público se apiñaba en torno a ellos; se oía ese mágico murmullo de una multitud hablando al unísono. ¿Cómo podían tener tanto que decir al mismo tiempo? El cuadrilátero era perfecto. Lona intacta y cuerdas sólidas. Incluso los filamentos deshilachados de las gruesas sogas estaban impecables y relucían bajo el foco de luz blanca. La sala olía a tabaco y cerveza.
En el ángulo opuesto, Adolf Hitler esperaba en el rincón con su séquito.
Sus piernas asomaban por debajo de una bata roja y blanca, con una esvástica negra grabada a fuego en la espalda. Tenía el bigote soldado a la cara. Su entrenador, Goebbels, le susurraba unas palabras. Hitler saltaba apoyándose primero en un pie y luego en el otro, y sonreía. Su sonrisa se hizo más ostensible cuando el presentador enumeró sus muchas victorias, rabiosamente aplaudidas por la multitud rendida.
—¡Invicto! —proclamó el maestro de ceremonias—. ¡Vencedor de judíos y de cualquier otra amenaza que se cierna sobre el ideal alemán!
¡Herr Führer —
concluyó—, los aquí presentes te saludan!
El público: la apoteosis.
A continuación, cuando todo el mundo había vuelto a sentarse, llegó el turno del contendiente.
El maestro de ceremonias se volvió hacia Max, solo en el rincón del aspirante. Sin bata. Sin séquito. Un solitario y joven judío de aliento pestilente, pecho descubierto y manos y pies cansados. Por descontado, sus calzones eran grises. Él también saltaba apoyándose primero en un pie y luego en el otro, pero 204
Markus Zusak La ladrona de libros lo justo, para ahorrar energía. Había sudado mucho en el gimnasio para lograr el peso.
—¡El aspirante! —rugió el maestro de ceremonias— De... —e hizo una pausa efectista— sangre judía. —El público lo abucheó, como una horda de demonios humanos—. Con un peso de...
Los insultos de las gradas ahogaban sus palabras; no se oyó nada más.
Max vio que su contrincante se había quitado la bata y se acercaba al centro del cuadrilátero para escuchar las reglas y estrecharle la mano.
—Guten Tag, herr Hitler —lo saludó Max, con una pequeña inclinación de cabeza, pero el Führer se limitó a enseñarle sus dientes amarillentos y a esconderlos de nuevo tras los labios.
—Caballeros —empezó a decir un fornido árbitro vestido con pantalones negros, camisa azul y pajarita—, ante todo quiero una pelea limpia. —Se volvió
hacia el Führer—. A no ser, herr Hitler, que empiece a perder, claro está.
En ese caso, estaría más que dispuesto a hacer la vista gorda ante cualquier táctica inadmisible que pudiera emplear para machacar sobre la lona este montón de maloliente basura judía. —Asintió con la cabeza, muy cortés—.
¿Está claro?
El Führer habló por primera vez.
—Como el agua.
El árbitro sólo le hizo una advertencia a Max.
—En cuanto a ti, amigo judío, yo que tú me andaría con mucho cuidado, con mucho, mucho cuidado.
Y los enviaron a sus respectivos rincones.
Se hizo un breve silencio.
La campana.
El primero en salir fue el Führer, patizambo y huesudo, se lanzó sobre Max y lo alcanzó con fuerza en la cara. El público vibró, con el eco de la
campana todavía en sus oídos, y sus satisfechas sonrisas saltaron las cuerdas. Hitler despedía aliento a tabaco mientras sus manos buscaban insidiosas el rostro de Max y lo alcanzaban varias veces, en los labios, en la nariz, en la barbilla... y Max no se había aventurado siquiera más allá de su rincón. Para amortiguar los golpes, levantó las manos, pero entonces el Führer apuntó a las costillas, los riñones, los pulmones... Ah, los ojos, los ojos del Führer. Eran de un marrón delicioso, como los ojos de los judíos, y tenía una mirada tan implacable que incluso Max quedó paralizado unos instantes al atisbarlos entre la copiosa lluvia de borrosos puñetazos.
Hubo un único asalto, y duró horas, y todo se mantuvo igual la mayor parte del combate.
El Führer machacó el saco de arena judío.
Había sangre judía por todas partes.
205
Markus Zusak La ladrona de libros Como nubes rojas de lluvia sobre el cielo de lona blanca, a sus pies. Al final, las rodillas de Max empezaron a ceder, sus pómulos protestaban en silencio y la expresión complacida del Führer iba minándolo cada vez más, hasta que, derrotado, vencido y deshecho, el judío se desplomó. Primero, un rugido.
Luego, el silencio.
El árbitro contó. Tenía un diente de oro y un montón de pelillos le salían por la nariz.
Lentamente, Max Vandenburg, el judío, se puso en pie y consiguió enderezarse. Le tembló la voz. Una invitación. «Vamos, Führer», dijo y, esta vez, cuando Adolf Hitler atacó a su rival judío, Max dio un paso a un lado y lo lanzó hacia un rincón. Lo golpeó siete veces y en todo momento dirigió sus puñetazos hacia un único objetivo.
El bigote.
Erró el séptimo. La barbilla del Führer recibió el impacto. De repente, Hitler chocó contra las cuerdas, se dobló sobre sí mismo, como una hoja de papel, y cayó de rodillas. Esta vez nadie contó. El árbitro dio un respingo en el rincón. El público tomó asiento y se concentró en la cerveza. De rodillas, el Führer comprobó si sangraba y se alisó el pelo, de derecha a izquierda.
Cuando volvió
a ponerse en pie, para gran conmoción de las más de mil personas allí congregadas, avanzó poco a poco e hizo algo muy extraño: dio la espalda al judío y se sacó los guantes.
El público se quedó perplejo.
—Se ha rendido —susurró alguien.
No obstante, al cabo de un momento, Adolf Hitler se había subido a las cuerdas y se dirigía a las gradas.
—Conciudadanos alemanes —empezó—, esta noche os habéis dado cuenta,
¿verdad? —Con el pecho descubierto, con mirada victoriosa, señaló a Max—. Os habéis dado cuenta de que nos enfrentamos a algo mucho más siniestro y poderoso de lo que habíamos imaginado. ¿Lo habéis visto?
—Sí, Führer —contestaron.
—¿Os dais cuenta de que este enemigo ha encontrado la manera, la despreciable manera, de atravesar nuestra coraza y que, evidentemente, yo solo no puedo hacerle frente y combatirlo? —Las palabras eran visibles; se desprendían de su boca como si fueran piedras preciosas—. ¡Miradlo!
Observadlo bien. —Lo miraron. Al sanguinolento Max Vandenburg—.
Mientras hablamos, él está maquinando cómo infiltrarse en vuestros barrios.
Se ha trasladado a la casa de al lado. Os infecta con su familia y está a punto de apoderarse de vosotros. Él... —Hitler le echó un rápido vistazo, con desprecio—
. Se convertirá en vuestro dueño y llegará el momento en que no será él quien 206
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VISIONES EN EL SÓTANO
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El combate: 24 de junio
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