La ladrona de libros
1. La identidad de la sombra y
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
2. El hecho de que lo había visto todo.
La sombra llevaba las manos en los bolsillos del abrigo.
Tenía el pelo suave y sedoso.
De tener rostro, la expresión habría sido de agravio.
—Gottverdammt —exclamó Liesel, aunque sólo lo oyó ella—. Maldita sea.
99
Markus Zusak La ladrona de libros
—¿Listos para irnos?
Su padre había aprovechado esos momentos previos de incalculable peligro para despedirse de Wolfgang Edel y se disponía a acompañar a Liesel a casa.
—Lista —respondió.
Cuando empezaron a alejarse de la escena del crimen, el libro quemaba de lo lindo. El hombre que se encogía de hombros había prendido en su pecho. Al pasar junto a las desdibujadas sombras del ayuntamiento, la ladrona de libros hizo una mueca de dolor.
—¿Qué pasa? —preguntó Hans.
—Nada.
Sin embargo, era evidente que pasaba algo: Liesel echaba humo por el cuello, alrededor del cual se le había formado un collar de sudor. Un libro la consumía bajo la camisa.
100
Markus
u
s Zus
u a
s k La L la
l dr
d on
o a
n
a de
d li
l b
i r
b os
OceanofPDF.com
TERCERA PARTE
«Mein Kampf»
Presenta:
de vuelta a casa — un
u a
n mu
m j
u er de
d rr
r otada
d — un luchador — un
u
n ma
m la
l b
a aris
i t
s a — los
signos del verano — un
u a
n tend
n e
d ra aria
i — una mujer que roncaba — dos pillos —
y un
u a
n veng
n anz
n a co
c n
n un
u
n su
s r
u tid
i o
d de
d golo
l si
s n
i a
n s
101
Markus Zusak La ladrona de libros De vuelta a casa Mein Kampf.
El libro escrito por el propio Führer.
Fue el tercer libro importante que llegó a manos de Liesel Meminger, aunque no lo robó. El libro apareció en el número treinta y tres de Himmelstrasse, alrededor de una hora después de que Liesel se volviera a dormir tras la pertinente pesadilla.
Podría decirse que fue un milagro que consiguiera ese libro en concreto.
Su periplo comenzó de vuelta a casa la noche de la hoguera.
Estaba en medio de Himmelstrasse cuando Liesel se dio por vencida. Se inclinó y sacó el humeante libro, que empezó a dar tímidos saltitos de una mano a otra.
Cuando se enfrió, ambos se quedaron mirándolo a la espera de las palabras.
—¿Qué narices se supone que es esto? —preguntó Hans.
Se agachó y recogió El hombre que se encogía de hombros. Sobraban las explicaciones; era obvio que la niña se lo había robado al fuego. El libro estaba caliente y húmedo, lívido y rojo —incómodo— y Hans Hubermann lo abrió. Páginas treinta y ocho y treinta y nueve.
—¿Otro?
Liesel se rascó las costillas.
Sí.
Otro.
—Por lo visto no hace falta que cambie más cigarrillos, ¿no? —apuntó su padre—, al menos mientras vayas robándolos al mismo ritmo que puedo comprarlos.
Liesel, en cambio, no habló. Tal vez fue la primera vez que comprendió que el crimen hablaba mejor por sí solo. Irrefutable.
102
Markus Zusak La ladrona de libros Hans leyó el título, seguramente sopesando qué clase de amenaza representaba el libro para los corazones y las mentes del pueblo alemán. Se lo devolvió. Y ocurrió algo.
—Jesús, María y José.
Cada palabra se precipitaba dando forma a la siguiente. La delincuente no pudo soportarlo ni un segundo más.
—¿Qué pasa, papá? ¿Qué ocurre?
—Claro.
Igual que la mayoría de los humanos que han experimentado una revelación, Hans Hubermann se quedó embobado. Pronunciaría sus siguientes palabras a gritos o bien no conseguiría que salieran de su boca.
En realidad, acabaría repitiendo lo último que había dicho hacía apenas unos instantes.
—Claro. —Su voz fue como un puño estampado contra la mesa.
Estaba viendo algo, lo repasó con la mirada, de un extremo a otro, como si fuera una carrera, aunque estaba demasiado alto y lejos para que Liesel alcanzara a verlo.
—Va, papá, ¿qué pasa? —imploró. Temía que Hans tuviera la intención de hablar del libro con Rosa. Típico de los humanos, eso era lo único que le preocupaba—. ¿Vas a decírselo?
—¿Cómo dices?
—Ya me entiendes, si vas a decírselo a mamá.
Hans Hubermann seguía mirando, a lo alto y a lo lejos.
—¿El qué?
Liesel levantó el libro.
—Esto.
Lo blandió en el aire, como si empuñara una pistola. Hans parecía confundido.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Liesel odiaba esa clase de preguntas, las que le obligaban a admitir una incómoda realidad, las que le obligaban a dejar al descubierto su sórdida y delictiva naturaleza.
—Porque he vuelto a robar.
Su padre se agachó, pero enseguida se levantó y colocó una mano sobre la cabeza de Liesel. Le acarició el pelo con sus largos y ásperos dedos.
—Claro que no, Liesel. Estás a salvo —la tranquilizó.
—¿Y qué vas a hacer?
Esa era la cuestión.
¿Qué increíble truco estaba a punto de sacarse de la chistera Hans Hubermann en plena Münchenstrasse?
103
Markus Zusak La ladrona de libros Antes de mostrártelo, creo que deberíamos echar un vistazo a lo que estaba mirando cuando tomó la decisión.
LAS VISIONES ACELERADAS
DE HANS
Primero ve los libros de la niña: Manual del sepulturero, El perro Fausto, El faro y, ahora, El hombre que se encogía de hombros.
A continuación, una cocina y a un imprevisible Hans hijo volviéndose hacia los libros que hay en la mesa, donde suele leer la niña. Dice: «¿Qué basura lee esta niña?». El hijo repite la pregunta tres veces, y después sugiere una lectura más
apropiada.
—Escucha, Liesel. —Hans le pasó el brazo por el hombro y la animó a seguir caminando—. Este libro es nuestro secreto. Lo leeremos de noche o en el sótano, igual que los otros, pero tienes que prometerme una cosa.
—Lo que sea, papá.
La noche era plácida y serena. Todo les prestaba oídos.
—Si alguna vez te pido que me guardes un secreto, lo harás.
—Te lo prometo.
—Bien, ahora espabilemos. Si nos retrasamos más, mamá va a matarnos y no queremos que eso ocurra, ¿verdad? Entonces, se acabó lo de robar libros,
¿eh?
Liesel sonrió complacida.
Lo que no supo hasta mucho después es que, al cabo de pocos días, su padre cambiaría unos cuantos cigarrillos por otro libro, aunque no para ella.
Hans llamó a la puerta de las oficinas del Partido Nazi de Molching y aprovechó la ocasión para interesarse por su solicitud de afiliación. Después de debatir la cuestión, les entregó los cuatro cuartos que le quedaban y una docena de cigarrillos. A cambio, recibió un ejemplar usado de Mein Kampf.
—Que lo disfrute —dijo uno de los miembros del partido.
—Gracias —contestó Hans.
Ya en la calle, seguían llegando las voces del interior y una de ellas fue particularmente clara.
«Jamás lo admitirán, ni aunque compre cien ejemplares de Mein Kampf», oyó que aseguraba. Los demás refrendaron el comentario por unanimidad. Hans miró el libro que llevaba en la mano mientras pensaba en dinero para sellos, una existencia privada de cigarrillos y la hija de acogida que le había inspirado la brillante idea.
104
Markus Zusak La ladrona de libros
—Gracias —repitió, a lo que un viandante le preguntó qué había dicho.
—Nada, buen hombre, nada de nada —contestó Hans con su típica cordialidad—. Heil Hitler!
Y siguió caminando por Münchenstrasse, con las páginas del Führer bajo el brazo.
Debió de ser un momento de sentimientos encontrados, pues la idea de Hans Hubermann no sólo la había inspirado Liesel, sino también su hijo.
¿Acaso entonces ya temía no volver a verlo nunca más? Por otro lado, también disfrutaba extasiado de una idea que se le había ocurrido, aunque todavía era incapaz de imaginar las complicaciones, riesgos y despiadados disparates que podía acarrear. Por el momento, con la idea tenía suficiente.
Era indestructible. Hacerla realidad... Bueno, eso ya era otro cantar. Sin embargo, por ahora, dejemos que la disfrute.
Le daremos siete meses.
Luego iremos a buscarlo.
Vaya si iremos a buscarlo.
105
Markus Zusak La ladrona de libros La biblioteca del alcalde Sin duda, algo muy importante se avecinaba en el número treinta y tres de Himmelstrasse, algo de lo que Liesel todavía no era consciente.
Parafraseando una expresión humana más que trillada, la niña tenía otras cosas con que calentarse la cabeza:
Había robado un libro.
Alguien la había visto.
La ladrona de libros estuvo a la altura de las circunstancias.
La angustia o, mejor dicho, la paranoia, no la abandonaba ni a sol ni a sombra. Son las consecuencias de la actividad criminal, con especial
incidencia en los niños, que imaginan toda clase de «trincamientos».
Algunos ejemplos: alguien sale de improviso de un callejón, los profesores conocen de repente todos los pecados que has cometido, la policía aparece en la puerta de casa cada vez que alguien pasa una página o se oye un portazo.
Para Liesel, la paranoia en sí se convirtió en su castigo, como el pánico que la atenazaba cada vez que tenía que entregar la colada en casa del alcalde. No fue un error, estoy segura de que te lo imaginas, que en su momento Liesel pasara por alto la casa de Grandestrasse. Entregó la colada a la artrítica Helena Schmidt y recogió el encargo en la residencia de los Weingartner, amantes de los gatos, pero ignoró la casa que pertenecía al Bürgermeister Heinz Hermann y su mujer, Ilsa.
OTRA TRADUCCIÓN RÁPIDA
Bürgermeister = alcalde
La primera vez dijo que se le había olvidado, excusa patética donde las haya, porque la casa se asentaba sobre una colina, dominando la ciudad, así que era imposible que se le pasara por alto. En la siguiente ocasión, cuando regresó
de nuevo con las manos vacías, mintió y dijo que no había nadie en casa. 106
Markus Zusak La ladrona de libros
—¿Que no había nadie en casa? —repitió Rosa con escepticismo. Y el escepticismo le daba ganas de usar cuchara de madera—. Ve ahora mismo y, si no te traes la colada, no hace falta que vuelvas.
«¿De verdad?», fue la respuesta de Rudy cuando Liesel le contó lo que su madre le había dicho.
—¿Quieres que nos escapemos?
—Nos moriríamos de hambre.
—¡Pero si yo ya estoy muerto de hambre!
Rieron.
—No —decidió Liesel—, tengo que hacerlo.
Pasearon por la ciudad como solían hacerlo cuando Rudy la acompañaba. El chico siempre intentaba ser un perfecto caballero y se ofrecía a llevarle la bolsa, pero Liesel se negaba una y otra vez. La cabeza de Liesel era la única sobre la que pendía la amenaza de un Watschen, así que no podía confiar en otra persona para llevar la bolsa como era debido.
Cualquier otro podría zarandearla, estrujarla o golpearla contra algo, aunque
sólo fuera un poco, y no valía la pena jugársela. Además, era probable que Rudy esperara un beso por sus servicios si le dejaba cargar el saco por ella, y eso sí que no. De todos modos, ya estaba acostumbrada al peso y cambiaba la bolsa de un hombro al otro a cada rato para aliviar la carga.
Liesel iba a la izquierda, Rudy a la derecha. Rudy hablaba casi todo el tiempo, divagaba sobre el último partido de fútbol de Himmelstrasse, sobre el trabajo en la tienda de su padre y sobre cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Liesel intentó escucharlo, pero era imposible. Lo único que oía era el miedo que resonaba en sus oídos, que iba haciéndose más ensordecedor a cada paso que se acercaba a Grandestrasse.
—¿Qué haces? ¿No es esa?
Liesel asintió con la cabeza, dándole la razón. Había intentado pasar de largo la casa del alcalde para ganar algo de tiempo.
—Bueno, venga —la animó el chico. Molching empezaba a difuminarse en la noche. El frío salía del suelo—. Mueve el culo, Saumensch. Él se quedó junto a la verja.
Al final del camino había ocho escalones que conducían a la entrada principal de la casa, donde la esperaban unas enormes y monstruosas puertas. Liesel miró asustada la aldaba de latón.
—¿A qué esperas? —rezongó Rudy.
Liesel se volvió hacia la calle. ¿Habría alguna forma, la que fuera, de eludir aquello? ¿Habría alguna historia o, seamos francos, alguna mentira que se le hubiera pasado por alto?
107
Markus Zusak La ladrona de libros
—No tenemos todo el día —volvió a protestar la voz de Rudy, a lo lejos
—.
¿A qué narices esperas?
—¿Por qué no cierras la bocaza, Steiner? —espetó en voz baja, con ganas de gritarle.
—¿Qué?
—Que te calles, estúpido Saukerl...
Dicho lo cual, se volvió hacia la puerta, levantó la aldaba de latón y llamó
tres veces lentamente. Unos pies se arrastraron del otro lado.
Al principio no miró a la mujer, se concentró en la bolsa de la colada que llevaba en la mano y no apartó la vista del cordón que cerraba el saco
cuando se lo pasó. Le dio el dinero y luego, nada. La mujer del alcalde, que nunca hablaba, se quedó de pie, vestida con su albornoz y el cabello suave y sedoso recogido en la nuca. Una ráfaga espiraba de la casa, el aliento imaginario de un cadáver. Continuaron en silencio hasta que Liesel encontró el valor para mirarla a la cara, pero en su expresión no halló reproche, sino un extrañamiento absoluto. La mujer miró al chico un instante, asintió con la cabeza y volvió al interior cerrando la puerta.
Liesel se quedó plantada frente al erguido panel de madera un buen rato.
—¡Eh, Saumensch! —Nada—. ¡Liesel!
Liesel se volvió.
Con cautela.
Empezó a retroceder, dándole vueltas a la cabeza.
Tal vez la mujer no la había visto robar el libro. Estaba oscureciendo cuando ocurrió. Quizá fue una de esas ocasiones en que uno cree que una persona lo está mirando cuando, en realidad, está tan tranquila entretenida en otra cosa o ensimismada sin más. Fuera como fuese, Liesel decidió dejarlo correr. Se había librado y con eso tenía más que suficiente.
Se volvió y bajó los escalones como siempre, saltando los últimos tres.
—¡Vamos, Saukerl!
Incluso se permitió reír. La paranoia a los once años es poderosa. El alivio a los once años es pura euforia.
UN PEQUEÑO DETALLE
PARA APLACAR LA EUFORIA
No se había librado de nada.
La mujer del alcalde la había visto.
Simplemente estaba esperando el momento adecuado.
Pasaron varias semanas.
Partido en Himmelstrasse.
108
Markus Zusak La ladrona de libros Lectura de El hombre que se encogía de hombros entre las dos o las tres de la madrugada, después de la pesadilla, o por la tarde, en el sótano. Nueva visita sin percances a la casa del alcalde.
Todo era maravilloso.
Hasta que...
La oportunidad se presentó cuando Liesel volvió sin Rudy. Era día de recogida.
La mujer del alcalde abrió la puerta, pero no llevaba la bolsa, como habría sido lo normal. De hecho, se hizo a un lado y le hizo un gesto con su mano pálida para que entrara.
—Sólo he venido a por la colada.
A Liesel se le heló la sangre, empezó a resquebrajarse y estuvo a punto de desmoronarse en los escalones.
—Warte, espera —dijo la mujer, dirigiéndole sus primeras palabras y extendiendo sus fríos dedos.
En cuanto comprobó que la niña se había calmado, dio media vuelta y desapareció presurosa en el interior de la casa.
—Gracias a Dios —suspiró Liesel—, va a buscarla.
Pensaba en la colada.
Sin embargo, la mujer no traía ninguna bolsa.
Cuando volvió a aparecer y se detuvo con una firmeza increíble, llevaba una torre de libros que apoyaba en la barriga. Empezaba en el ombligo y le llegaba hasta los pechos. La mujer parecía muy vulnerable bajo aquel peso.
Tenía las pestañas largas y livianas, y apenas un atisbo de expresión. Una insinuación.
Ven y verás, le decían los indicios.
Va a torturarme, concluyó Liesel. Me llevará dentro, encenderá el fuego y me lanzará a la chimenea, libros incluidos. O me encerrará en el sótano y me dejará morir de hambre.
Sin embargo, por alguna razón —seguramente por la atracción que ejercían los libros sobre ella— acabó entrando en la casa. El crujido de los zapatos sobre las tablas del suelo la sobrecogió, y por eso, cuando pisó sin querer un apretado nudo y la madera se quejó, estuvo a punto de detenerse.
La mujer del alcalde no se dejó intimidar, se limitó a echar un vistazo a su espalda y siguió andando hacia una puerta de color castaño. Con su expresión formuló la pregunta: ¿Estás preparada?
Liesel alargó el cuello, como si quisiera ver por encima de la puerta que tenía enfrente. Sin duda, su gesto invitó a la mujer a abrirla.
109
Markus Zusak La ladrona de libros
—Jesús, María...
Lo dijo en voz alta, las palabras se derramaron por la habitación llena de libros y frío. ¡Libros por todas partes! No había pared que no estuviera forrada de abarrotadas e impecables estanterías. Apenas se veía la pintura.
Las letras impresas en los lomos de los libros negros, rojos, grises, de cualquier color, eran de todos los tamaños y estilos imaginables. Era una de las cosas más bellas que Liesel Meminger había visto nunca.
Sonrió, maravillada.
¡Cómo podía existir una habitación así!
De hecho, cuando intentó borrar la sonrisa de su cara con la manga, enseguida se dio cuenta de que era inútil. Notó los ojos de la mujer sobre su cuerpo. Cuando se volvió hacia ella, se habían detenido a descansar en su rostro.
Reinaba un silencio más profundo del que creía posible, un silencio que se extendía como una goma elástica que ansiaba romperse. La niña la rompió.
—¿Puedo?
La palabra esperó, rodeada de un espacio inmenso de madera. Los libros estaban a kilómetros de distancia.
La mujer asintió.
—Claro que puedes.
Poco a poco, la estancia empezó a encogerse hasta que la ladrona de libros pudo tocar las estanterías, a unos pocos pasos de ella. Pasó la palma de la mano por la primera, atenta al rumor de las yemas de los dedos deslizándose sobre la columna vertebral de los libros. Sonaba como un instrumento o como las notas de unos pies a la carrera. Utilizó ambas manos. Recorrieron una estantería tras otra. Y rió. La voz resonó en su garganta, y cuando al fin se detuvo en medio de la habitación, pasó varios minutos dirigiendo la mirada de las estanterías a sus dedos y de estos a las estanterías.
¿Cuántos libros había tocado?
¿Cuántos había sentido?
Se acercó y repitió, esta vez mucho más despacio, con la palma de la mano extendida para notar el pequeño obstáculo que suponía cada libro. Era mágico, era hermoso, era como si todo estuviera iluminado por deslumbrantes rayos de luz reflejados por una lámpara de araña. Se vio tentada a sacar algún libro de su lugar, pero no se atrevió a molestarlos.
Eran demasiado perfectos. Descubrió a la mujer a su izquierda, todavía con la pequeña torre apoyada contra el torso, junto a un enorme escritorio.
Esperaba, con un aire de complacida astucia. Parecía que una sonrisa le había paralizado los labios.
—¿Quiere que...?
110
Markus Zusak La ladrona de libros Liesel no acabó la frase, pero hizo lo que iba a preguntar. Se acercó, cogió
con delicadeza los libros de los brazos de la mujer y los fue colocando en los huecos de la estantería, junto a la ventana entornada por donde se colaba el frío del exterior.
Por un momento pensó en cerrarla, pero al final decidió no hacerlo. No era su casa y tampoco se trataba de forzar la situación, así que se volvió hacia la mujer que estaba a su espalda, con una sonrisa que ahora parecía una magulladura y los brazos colgando delicadamente a los lados. Parecían los brazos de una niña.
Y ahora, ¿qué?
La incomodidad se abrió paso en la habitación y Liesel lanzó una última y rápida mirada a las paredes tapizadas de libros. Las palabras juguetearon en sus labios, pero salieron en tropel.
—Debería irme.
No lo consiguió hasta el tercer intento.
Esperó en el pasillo unos minutos, pero la mujer no asomó la cabeza, así que Liesel volvió a acercarse a la entrada de la biblioteca y la vio sentada al escritorio, con la mirada perdida en uno de los libros. Decidió no molestarla. Recogió la colada en el pasillo.
Esta vez esquivó el apretado nudo de las tablas del suelo y atravesó el pasillo pegada a la pared de la izquierda. El sonido metálico del latón resonó en sus oídos al cerrar la puerta de la calle y, con la colada en una mano, acarició la madera.
—En marcha —dijo.
Al principio, se dirigió a casa un poco aturdida.
La experiencia surrealista con esa habitación llena de libros y la mujer ensimismada y derrotada la acompañó durante el camino. Veía la escena reflejada en los edificios, como si fuera una obra de teatro. Tal vez estaba experimentando algo parecido a la revelación que vivió su padre con el Mein Kampf. Allí donde mirara, Liesel veía a la mujer del alcalde con los libros apilados en los brazos. Al volver las esquinas, oía el rumor de sus propias manos, revolviendo en las estanterías. Veía la ventana abierta, la lámpara de araña de luz mágica, y a sí misma abandonando la casa sin dar las gracias siquiera.
Al cabo de poco, le acometió el desasosiego y el desprecio por sí misma. Se reprendió severamente.
111
Markus Zusak La ladrona de libros
—No has dicho nada. —Negó con la cabeza con vigor y siguió caminando apresurada—. Ni «Adiós», ni «Gracias», ni «Es lo más bonito que he visto en mi vida». ¡Nada!
De acuerdo, era ladrona de libros, pero eso no significaba que fuera una maleducada, que no pudiera ser amable.
Continuó andando, luchando contra la indecisión.
Le puso fin en Münchenstrasse.
En cuanto distinguió el rótulo que rezaba:
STEINERSCHNEIDERMEISTER, dio media vuelta y echó a correr.
Esta vez completamente decidida.
Aporreó la puerta y el eco de latón resonó a través de la madera.
Scheisse!
No fue la mujer del alcalde, sino el propio alcalde el que apareció delante de ella. Con las prisas, Liesel no había reparado en el coche aparcado delante de la casa.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el hombre bigotudo y trajeado.
Liesel no pudo responder. Todavía. Estaba inclinada hacia delante, sin aliento. Por fortuna, la mujer llegó cuando había conseguido recuperarse.
Ilsa Hermann se quedó detrás de su marido, a un lado.
—Se me olvidó —jadeó Liesel. Levantó la bolsa y se dirigió a la mujer del alcalde. A pesar de la respiración forzada, consiguió colar las palabras por el resquicio que había entre el alcalde y el marco. Entre resuellos, las palabras salieron a trompicones—. Se me olvidó... Es decir, sólo... quería...
darle... las gracias.
La mujer del alcalde enrojeció. Se adelantó hasta quedar a la altura de su marido, asintió ligeramente con la cabeza, esperó un poco más y cerró la puerta. Liesel todavía tardó un rato en dar media vuelta.
Sonrió a los escalones.
112
Markus Zusak La ladrona de libros El luchador entra en escena Cambiemos de escenario.
Hasta el momento todo ha sido muy fácil, ¿no crees, amigo mío? ¿Qué te parece si nos olvidamos un rato de Molching?
Nos vendrá bien.
Además, es importante para la historia.
Viajaremos un poquito, hasta un almacén secreto, y ya veremos qué encontramos.
VISITA GUIADA AL SUFRIMIENTO
A su izquierda,
tal vez a su derecha,
incluso puede que al frente,
hay una pequeña habitación a oscuras.
Allí espera sentado un judío.
Apesta.
Está famélico.
Está asustado.
Por favor, intenta no apartar la vista.
A cientos de kilómetros al noroeste, en Stuttgart, lejos de ladronas de libros, mujeres de alcaldes y Himmelstrasse, un hombre esperaba a oscuras.
Habían decidido que era el mejor sitio. Es más difícil encontrar a un judío en la oscuridad.
Estaba sentado en su maleta. ¿Cuántos días habían transcurrido?
Lo único que había comido en lo que él consideraba semanas había sido el sabor repugnante de su famélico aliento, es decir, nada. En ocasiones oía voces que pasaban al lado, y a veces deseaba que llamaran a la puerta, que la abrieran, que lo sacaran a rastras de allí, hacia la insoportable luz. Sin embargo, 113
Markus Zusak La ladrona de libros por el momento sólo podía seguir sentado en su sofá maleta, con las manos debajo de la barbilla y los codos quemándole los muslos.
Tenía que combatir el sueño, un sueño voraz, y la desesperación del duermevela, y el castigo del suelo.
No le hagas caso al cosquilleo de los pies.
No gastes las suelas.
Y no te muevas demasiado.
Déjalo todo como está, cueste lo que cueste. Puede que pronto llegue la hora de partir. La luz es como una pistola. Un explosivo para los ojos.
Podría ser la hora de partir. Podría ser la hora, así que despierta. ¡Despierta de una vez, maldita sea! Despierta.
La puerta se abrió y se cerró, una silueta se acuclilló delante de él. La mano se estrelló contra los fríos embates de sus ropas y las mugrientas corrientes soterradas. Detrás de la mano llegó una voz.
—Max —susurró—, Max, despierta.
Sus ojos no reaccionaron conmocionados. No se abrieron y cerraron de repente, ni parpadearon, ni pestañearon. Eso ocurre cuando despiertas de una pesadilla, no cuando despiertas en una pesadilla. No, sus ojos se abrieron a la fuerza, de la oscuridad a la penumbra. El cuerpo fue el primero en reaccionar, se enderezó y estiró un brazo para estrechar el aire.
—Disculpa que haya tardado tanto —intentó tranquilizarlo la voz—.
Creo que me han estado vigilando. Además, el hombre de las falsificaciones se ha retrasado, pero... Ahora ya lo tienes. No es de muy buena calidad, pero espero que te sirva, si tienes que usarlo. —Se agachó y apoyó la mano sobre la maleta. En la otra llevaba algo pesado y delgado—. Vamos, se acabó. —Max obedeció, se levantó mientras se rascaba. Sentía la tirantez de los huesos—. El documento de identidad está aquí dentro. —Era un libro—.
Deberías meter el mapa y las instrucciones también. Y hay una llave...
pegada en la parte de dentro de la cubierta. —Abrió la maleta, intentado hacer el menor ruido posible, y metió el libro, como si se tratase de una bomba—. Volveré en unos días.
Dejó una bolsita con pan, manteca y tres zanahorias diminutas. Al lado había una botella de agua. No se disculpó.
—No puedo hacer más.
Puerta abierta, puerta cerrada.
Otra vez solo.
Lo primero que percibió fue el ruido.
114
Markus Zusak La ladrona de libros Todo hacía un ruido desesperante cuando estaba a solas en la oscuridad. Cada vez que se movía, oía el sonido de una arruga. Se sentía como un hombre con un traje de papel.
La comida.
Max dividió el pan en tres pedazos y guardó dos. Se concentró en el que tenía en la mano, masticando y engullendo, forzándolo a pasar por el árido desfiladero de su garganta. Al tragar notó la manteca fría y dura, que de vez en cuando se resistía. Unos buenos tragos de agua la despegaron y enviaron hacia abajo.
Luego, las zanahorias.
Una vez más, apartó dos y devoró la tercera. El ruido era ensordecedor.
Incluso el Führer habría podido oír el escándalo que hacía al masticar la masa anaranjada. Los dientes se le partían cada vez que daba un mordisco, y estaba convencido de que al beber se los estaba tragando. «La próxima vez —se dijo—, bebe antes.»
Al cabo de un rato, cuando los ecos lo abandonaron y reunió el valor para comprobar que todos los dientes seguían en su sitio, le alivió encontrarlos intactos. Intentó esbozar una sonrisa, pero esta se resistió. Sólo consiguió
imaginar una sumisa tentativa y una boca llena de dientes rotos. Estuvo tocándoselos durante horas.
Abrió la maleta y sacó el libro.
No podía leer el título a oscuras, y le pareció que encender una cerilla en esos momentos era arriesgarse demasiado.
—Por favor —musitó, aunque apenas llegó a un intento de susurro—, por favor.
Hablaba con un hombre del que sólo conocía unos pocos detalles de relevancia, entre ellos su nombre: Hans Hubermann. Volvió a dirigirse al distante desconocido. Le suplicó.
—Por favor.
115
Markus Zusak La ladrona de libros Los elementos del verano Ahí lo tienes.
Ahora ya eres consciente de lo que se avecinaba a finales de 1940 en Himmelstrasse.
Yo lo sé.
Tú lo sabes.
Sin embargo, no podríamos colocar a Liesel Meminger en la misma categoría.
El verano de ese año fue tranquilo para la ladrona de libros, un verano formado por cuatro elementos básicos, sobre los que a veces se preguntaba cuál tuvo mayor peso.
Y LOS CANDIDATOS SON. .
1. Avanzar diariamente en la lectura de El hombre que se
encogía de hombros.
2. Leer tumbada en el suelo de la biblioteca del alcalde.
3. Jugar al fútbol en Himmelstrasse.
4. Aprovechar una nueva oportunidad de hurto.
Liesel creía que El hombre que se encogía de hombros era excelente.
Noche tras noche, en cuanto se serenaba después de la pesadilla, se alegraba de estar despierta para poder leer.
—¿Unas cuantas páginas? —preguntaba su padre, y Liesel asentía con la cabeza.
A veces acababan el capítulo la tarde del día siguiente, en el sótano. El problema que las autoridades tenían con el libro era obvio. El protagonista era un judío al que se presentaba de manera positiva. Imperdonable.
Hablaba de un hombre rico cansado de ver pasar la vida ante sus ojos, que para él era como encogerse de hombros ante los problemas y los placeres de la vida.
116
Markus Zusak La ladrona de libros Apuntaba el verano en Molching, y mientras Liesel y su padre se abrían camino a través del libro, el hombre se iba de viaje de negocios a Amsterdam y la nieve se estremecía en el exterior. A la niña le encantaba esa parte, nieve con tiritera.
—Así es exactamente como cae, tiritando —le aseguró a Hans Hubermann. Estaban sentados uno al lado del otro en la cama, Hans medio dormido y la niña medio despierta.
A veces, cuando le vencía el sueño, se lo quedaba mirando. Sabía mucho más de él, y a la vez mucho menos, de lo que cualquiera de los dos creía. A menudo lo oía hablar con su madre sobre la dificultad de encontrar trabajo, o comentar desanimado si no debería ir a ver a su hijo; hasta que se enteró de que el joven había abandonado el lugar en el que se hospedaba y que seguramente ya estaba de camino al campo de batalla.
—Schlaf gut, papá —le decía la niña en esas ocasiones—, que duermas bien. Bajaba con sigilo de la cama y apagaba la luz.
El siguiente elemento del verano, como ya he mencionado, era la biblioteca del alcalde.
Para ilustrar esa circunstancia particular, podríamos echar mano de un fresco día de finales de junio. Decir que Rudy estaba indignado es quedarse corto.
¿Quién se creía que era Liesel Meminger, para decirle que ese día llevaría la colada y la plancha ella sola? ¿Acaso le avergonzaba pasear con él?
—Deja de lloriquear, Saukerl —protestó Liesel—. Es que no hace falta que me acompañes; si no, te vas a perder el partido.
Rudy la miró por encima del hombro.
—Vale, si es por eso... —Esbozó una Schmunzel—. Que te aproveche la colada.
Salió corriendo y en menos que canta un gallo ya se había unido a un equipo. Cuando Liesel llegó al final de Himmelstrasse, se volvió justo a tiempo para verlo delante de la portería improvisada que tenía más cerca.
La estaba saludando.
Saukerl, musitó Liesel riendo y, cuando levantó la mano, supo sin lugar a dudas que él a su vez la estaba llamando Saumensch. A los once años, creo que es lo más parecido al amor que podían experimentar.
Liesel echó a correr hacia Grandestrasse y la casa del alcalde.
Estaba sudando y su hálito empañado se extendía ante ella.
Pero leía.
117
Markus Zusak La ladrona de libros Era la cuarta vez que la mujer del alcalde dejaba entrar a la niña, y ahora estaba sentada al escritorio con la mirada perdida en los libros. En su segunda visita le había dado permiso para que eligiera uno y lo leyera, lo que condujo a otro y a otro más, hasta que se decidió por media docena que, o bien llevaba bajo el brazo, o bien apilaba sobre el montón cada vez más alto en la mano que le quedaba libre.
Ese día, mientras Liesel se deleitaba en la parte más fresca de la habitación, su estómago protestó, pero la mujer muda y derrotada no reaccionó. Volvía a llevar puesto el albornoz y, aunque a veces observaba a la niña, nunca se detenía en ella demasiado tiempo. Por lo general, prestaba mayor atención a lo que tenía cerca, a algo ausente. La ventana estaba abierta de par en par, una boca cuadrada y fresca por la que de vez en cuando se colaba una ráfaga de aire.
Liesel estaba sentada en el suelo y tenía los libros esparcidos a su alrededor. Al cabo de cuarenta minutos, se fue. Todos los libros volvieron a su sitio.
—Adiós, frau Hermann. —Las palabras de despedida siempre cogían por sorpresa a la mujer—. Gracias.
La mujer le pagó, con movimientos estudiados, y Liesel se fue. Todos sus movimientos estaban calculados, y la ladrona de libros corrió de vuelta a casa.
A medida que el verano avanzaba, la habitación abarrotada de libros se hacía más cálida, por eso los días que le tocaba entrega o recogida, estar tumbada en el suelo no le parecía tan incómodo. Liesel se sentaba junto a una pila de libros y leía unos cuantos párrafos de cada uno, intentando memorizar las palabras que no conocía para preguntárselas luego a su padre al llegar a casa. Tiempo después, ya de adolescente, cuando Liesel quiso escribir acerca de esos libros, no consiguió recordar los títulos. Ni uno. Tal vez habría estado mejor preparada si los hubiera robado.
Lo que sí recordaba era que en el interior de la cubierta de uno de los libros ilustrados había un nombre escrito con torpeza.
EL NOMBRE DE UN NIÑO
Johann Hermann
Liesel intentó morderse la lengua, pero al final no pudo resistir. Se volvió
hacia la mujer del albornoz y la miró desde el suelo.
—Johann Hermann —leyó—. ¿Quién es? —preguntó.
La mujer no la miró directamente, bajó la vista hacia las rodillas de la niña.
—Perdóneme. No debería preguntar esas cosas... —se disculpó Liesel, dejando el final de la frase colgada en el aire.
118
Markus Zusak La ladrona de libros La mujer no mudó la expresión de su rostro y, aun así, encontró el modo de responder.
—Ahora ya no es nadie —explicó—. Era mi...
LOS ARCHIVOS DE LA MEMORIA
Ah, sí, claro que lo recuerdo.
El cielo estaba oscuro y era profundo, como las arenas movedizas.
había un joven envuelto en alambre de espino, como si fuera una gigantesca corona de espinas. Lo desenredé y me lo llevé. En lo alto, nos hundimos juntos hasta las rodillas. Era un día como otro cualquiera de 1918.
—Aparte de todo lo demás, murió de frío —dijo. Se frotó las manos un momento y volvió a repetirlo—: Murió de frío, estoy segura.
La mujer del alcalde sólo era una integrante más de una brigada mundial. Las has visto antes, estoy segura. En vuestros relatos, en vuestros
poemas, en las pantallas que tanto os gusta mirar. Están en todas partes, así que ¿por qué
no aquí? ¿Por qué no en una preciosa colina de una pequeña ciudad alemana?
Es tan buen lugar para sufrir como cualquier otro.
Sin embargo, Ilsa Hermann había decidido hacer del sufrimiento su razón de vivir, porque cuando este se negó a abandonarla, ella sucumbió a él. Lo abrazó.
Podría haberse pegado un tiro, podría haberse arañado o haberse infligido cualquier otra forma de mutilación, pero escogió la que creyó que sería la opción más benigna: soportar las inclemencias del tiempo. Por lo que Liesel sabía, frau Hermann deseaba que los días de verano fueran fríos y húmedos. La mayor parte del año vivía en el lugar apropiado.
Ese día a Liesel le costó mucho decir lo que dijo al marcharse.
Traducido, podríamos comentar que tuvo que forcejear con dos palabras gigantes, cargarlas al hombro y arrojarlas con torpeza a los pies de Ilsa Hermann. Pesaban tanto que al final la tambaleante niña no pudo sostenerlas más y cayeron de lado. Quedaron postradas en el suelo en toda su extensión, extravagantes y desgarbadas.
DOS PALABRAS GIGANTESCAS
«LO SIENTO»
119
Markus Zusak La ladrona de libros De nuevo, la mujer desvió la vista para no mirarla directamente. Su rostro era una página en blanco.
—¿El qué? —preguntó, pero ya era tarde.
La niña había salido de la habitación y se dirigía a la puerta de la calle.
Liesel la oyó y se detuvo, pero decidió no volver atrás, prefirió salir de la casa y bajar los escalones sin hacer ruido. Abarcó Molching con la mirada antes de adentrarse en la ciudad y se compadeció de la mujer del alcalde durante un buen rato.
A veces Liesel se preguntaba si no debería dejar de ir a visitar a la mujer, pero Ilsa Hermann era demasiado interesante y no podía hacer nada contra la atracción que ejercían los libros sobre ella. Antes, las palabras la habían hecho sentirse como una inútil, pero ahora, cuando se sentaba en el suelo junto a la mujer del alcalde, experimentaba una innata sensación de poder. Ocurría cada vez que descifraba una nueva palabra o construía una frase.
Era una niña.
En la Alemania nazi.
Qué apropiado que descubriera el poder de las palabras.
Y qué amargo (¡y liberador!) sería muchos meses después utilizar el poder de este reciente descubrimiento cuando la mujer del alcalde la defraudó. Con qué rapidez olvidaría la compasión, que se convertiría en algo completamente... Sin embargo, en esos momentos, en el verano de 1940, no podía adivinar lo que se avecinaba, y en muchos sentidos. Lo único que tenía delante de ella era a una mujer triste en una habitación abarrotada de libros a la que le gustaba visitar. Eso era todo. La segunda parte de ese verano.
La tercera, gracias a Dios, fue un poco más alegre: jugar al fútbol en Himmelstrasse.
Permíteme que te describa una escena.
Pies que se arrastran por el asfalto.
El fervor del aliento juvenil.
Gritos: «¡Aquí! ¡Pásala! Scheisse!».
El brusco rebote de la pelota contra el asfalto.
Todo esto podíamos encontrar en Himmelstrasse ya avanzado el verano, junto con varias disculpas.
Las disculpas procedían de Liesel Meminger.
Iban dirigidas a Tommy Müller.
A principios de julio, por fin consiguió convencerlo de que no iba a matarlo. Desde la paliza que le había propinado en noviembre pasado, Tommy 120
Markus Zusak La ladrona de libros todavía temía tenerla cerca, por lo que en los partidos de fútbol de Himmelstrasse se mantenía a una distancia más que prudencial.
—Uno nunca sabe cuándo puede atacar —le confió a Rudy, mezclando tics y palabras.
En defensa de Liesel he de admitir que ella jamás cejó en su empeño de tranquilizarlo. Le reconcomía haber hecho las paces con Ludwig Schmeikl y no con el inocente Tommy Müller, que seguía encogiéndose ligeramente cada vez que la veía.
«¿Cómo iba a saber yo que ese día me sonreías a mí?», no hacía más que preguntarle ella.
Incluso lo sustituyó en la portería cuando le tocaba a él, hasta que el resto del equipo le suplicó a Tommy que volviera.
—¡Vuelve a la portería y no te muevas de ahí! —le ordenó al final un niño llamado Harald Mollenhauer—. Eres un inútil.
Esto sucedió después de que Tommy lo tirara al suelo estando Mollenhauer a punto de marcar. De no ser porque pertenecían al mismo equipo, habría supuesto un penalti a su favor.
Liesel salió de la portería y, sin saber cómo, siempre acababa marcando a Rudy. Se hacían duras entradas y se ponían la zancadilla sin dejar de insultarse. Rudy comentaba: «Y la pobre Saumensch Arschgrobbler se queda con las ganas de regatear. No tiene ni la más mínima posibilidad».
Por lo visto, le gustaba decirle que se pasaba el día rascándose el trasero.
Era uno de los placeres de la infancia. Otro de los placeres era robar, por descontado. Cuarta parte, verano de 1940.
Hay que reconocer que a Rudy y a Liesel los unían muchas cosas, pero el hurto acabó de consolidar su amistad. Lo propició la situación y lo impulsó una fuerza ineludible: el hambre de Rudy. El chico sufría de una necesidad constante de llevarse algo a la boca.
Además del racionamiento al que todos estaban sometidos, en los últimos tiempos el negocio de su padre no funcionaba bien (la amenaza de la competencia judía había desaparecido, pero también los clientes judíos).
Los Steiner se las ingeniaban como podían para ir tirando. Como mucha otra gente que vivía en la zona de Himmelstrasse, dependían de los trueques. Liesel le daba un poco de comida, pero tampoco sobraba en su casa. Rosa solía hacer sopa de guisantes. La preparaba el domingo por la noche, y si ya apenas llegaba para una ración, mucho menos para repetir.
Cocinaba la cantidad justa para que durara hasta el sábado siguiente, y el domingo volvía a preparar una nueva tanda. Sopa de guisantes, pan, a veces patatas o trocitos de carne... Te lo comías, no pedías más y no protestabas.
121
Markus Zusak La ladrona de libros Al principio se entretenían con lo que fuera para olvidar la comida. Rudy no pensaba en ella si jugaban al fútbol en la calle, o si cogían las bicicletas de sus hermanos y pedaleaban hasta la tienda de Alex Steiner, o si visitaban al padre de Liesel si ese día en concreto trabajaba. Hans Hubermann se sentaba con ellos y les contaba chistes cuando empezaba a oscurecer.
Con la llegada de unos pocos días calurosos, aprender a nadar en el Amper se convirtió en una nueva distracción. El agua todavía estaba fría, pero de todos modos se metían.
—Vamos, sólo hasta aquí, que todavía haces pie —la animó Rudy.
Liesel no vio el enorme hoyo en el que estaba a punto de desaparecer y se hundió hasta el fondo. Casi se ahoga por la tromba de agua que tragó, pero salvó la vida gracias a que empezó a manotear como un perrito.
—Serás Saukerl.. . —lo acusó, desplomándose en la orilla. Rudy fue lo bastante sensato para mantenerse a una distancia prudencial. Había visto lo que le había hecho a Ludwig Schmeikl.
—Ahora ya sabes nadar, ¿no?
No parecía muy agradecida por la lección mientras se alejaba dando grandes zancadas. Llevaba el pelo pegado a un lado de la cara y se le caían los mocos.
—¿Eso quiere decir que no me vas a dar un beso por enseñarte? —le gritó.
—Saukerl!
¡Tendrá cara!
Era inevitable.
Al final, la penosa sopa de guisantes y el hambre de Rudy los empujaron a robar, y los animaron a unirse a un grupo de chicos mayores que robaban a los agricultores. Ladrones de fruta. Después de jugar un partido de fútbol, tanto Liesel como Rudy aprendieron las ventajas de tener siempre los ojos bien abiertos. Sentados en el escalón de la puerta de Rudy, vieron que Fritz Hammer
—uno de los mayores— se estaba comiendo una manzana. Era de la variedad Klar —de las que maduran en julio y agosto— y tenía una pinta estupenda. Otras tres o cuatro abultaban sin reparos en los bolsillos de la chaqueta. Se acercaron disimuladamente a él.
—¿De dónde las has sacado? —preguntó Rudy.
Al principio, el chico se limitó a sonreír de oreja a oreja.
—Shhh... —Dejó de masticar, sacó otra manzana del bolsillo y se la lanzó—. Se mira, pero no se come —les advirtió.
La siguiente vez que vieron al chico con la misma chaqueta, un día demasiado caluroso para llevarla, lo siguieron y llegaron río arriba, cerca del sitio donde Liesel solía leer con su padre cuando estaba aprendiendo.
122
Markus Zusak La ladrona de libros Lo esperaba un grupo de cinco chicos, algunos larguiruchos, otros bajitos y delgados.
En esos tiempos, por Molching corrían varias pandillas del estilo, y algunas incluso contaban con miembros que apenas superaban los seis años.
El cabecilla de esta en cuestión era un simpático delincuente de quince años llamado Arthur Berg. El muchacho echó un vistazo alrededor y descubrió a los dos niños de once años a su espalda.
—Und? —preguntó—. ¿Y?
—Me muero de hambre —se explicó Rudy.
—Y es rápido —aseguró Liesel.
Berg la miró.
—No recuerdo haber pedido tu opinión. —Tenía la típica complexión adolescente y el cuello largo. Los granos se distribuían por su cara en grupos homogéneos—. Pero me gustas. —Era simpático, aunque algo chulo, como suelen serlo los adolescentes—. ¿No fue esta la que le zurró a tu hermano, Anderl?
Por lo visto había corrido la voz. Una buena paliza supera las barreras de la edad.
Otro chico —uno de los bajitos y delgados—, de greñas rubias y piel escarchada, estiró el cuello.
—Creo que sí.
—Lo es —confirmó Rudy.
Andy Schmeikl se acercó y le dio un repaso con la mirada, de la cabeza a los pies, pensativo, antes de esbozar una amplia sonrisa.
—Buen trabajo, niña. —Incluso le dio una palmada en la espalda, donde se encontró con el borde afilado de un omoplato—. Me las habría cargado si lo hubiera hecho yo.
Arthur se volvió hacia Rudy.
—Y tú eres aquel de lo de Jesse Owens, ¿no?
Rudy asintió.
—Está claro que eres idiota —concluyó Arthur—, pero eres un idiota de los nuestros. Vamos.
Ya tenían una pandilla.
Al llegar a la granja les pasaron un saco. Arthur Berg llevaba su propia bolsa de arpillera. El cabecilla se pasó una mano por la suave mata de pelo.
—¿Alguno de los dos ha robado antes?
—Pues claro —aseguró Rudy—, no hacemos otra cosa.
No sonó demasiado convincente. Liesel fue más específica.
123
Markus Zusak La ladrona de libros
—Yo he robado dos libros.
Arthur se echó a reír; tres cortos resoplidos. Sus granos cambiaron de posición.
—Los libros no se comen, mona.
Desde allí estudiaron los manzanos, que se extendían en largas y sinuosas hileras. Arthur Berg dio las instrucciones.
—Uno: que no os pillen en la valla —empezó—. Si os pillan, os dejaremos atrás. ¿Entendido? —Todo el mundo asintió con la cabeza o dijo que sí—. Dos: uno en el árbol y el otro abajo, alguien tiene que meterlas en el saco. —Se frotó
las manos. Estaba disfrutando—. Tres: si veis que viene alguien, gritáis como si os fuera la vida en ello... y todo Dios sale pitando. Richtig?
DOS ASPIRANTES A LADRONES
DE MANZANAS, EN SUSURROS
—Liesel, ¿estás segura? ¿De verdad quieres hacerlo?
—Mira esa valla, Rudy, es muy alta.
—No, no, mira, primero pasas el saco por encima. ¿Ves?
Como ellos.
—Vale.
—¡Pues vamos!
—¡No puedo! —Dudas—. Rudy. .
—¡Mueve el culo, Saumensch!
La empujó hacia la valla, colocó el saco vacío sobre los alambres espinosos, saltaron y corrieron detrás de los demás. Rudy se subió al árbol que tenía más cerca y empezó a arrojar las manzanas al suelo. Liesel esperaba abajo y las iba metiendo en el saco. Una vez lleno, se toparon con un nuevo problema.
—¿Cómo vamos a volver a saltar la valla?
Obtuvieron la respuesta cuando vieron a Arthur Berg trepar lo más cerca posible de uno de los postes.
—El alambre aguanta más cerca de ese lado —concluyó Rudy.
El chico lanzó el saco, dejó que Liesel saltara primero y, acto seguido, aterrizó junto a ella, entre la fruta que se había desparramado. Junto a ellos, Arthur Berg, con sus piernas larguiruchas, los observaba divertido.
—No está mal —dijo la voz desde las alturas—, no está nada mal. Una vez en el río, ocultos entre los árboles, Berg consiguió el saco y les dio una docena de manzanas a cada uno.
—Buen trabajo —fue su último comentario al respecto.
124
Markus Zusak La ladrona de libros
Esa tarde, antes de volver a casa, Liesel y Rudy devoraron seis manzanas cada uno en menos de media hora. Al principio se plantearon compartir la fruta en sus respectivos hogares, pero se arriesgaban mucho si lo hacían. A ninguno de los dos les entusiasmaba la idea de tener que explicar de dónde había salido la fruta. Liesel llegó a pensar que tal vez bastara con contárselo a su padre, pero no quería que él creyera que vivía con una delincuente compulsiva, así que calló y comió.
Devoró las manzanas a la orilla del río donde había aprendido a nadar.
Poco habituados a esa clase de lujos, sabían que seguramente caerían enfermos. No obstante, comieron.
—Saumensch! —la reprendió su madre esa noche—. ¿Por qué vomitas tanto?
—Igual es por la sopa de guisantes —sugirió Liesel.
—Igual sí —la secundó el padre. Estaba mirando por la ventana otra vez
—. Tiene que ser eso, yo también me encuentro un poco mal.
—¿Y a ti quién te ha preguntado, Saukerl? —Rápida, se volvió hacia la Saumensch vomitona—. ¿Y bien? ¿Qué tienes, eh? ¿Qué es lo que tienes, cochina?
¿Y qué hizo Liesel?
No dijo nada.
Las manzanas, pensó feliz. Las manzanas, y volvió a vomitar una vez más, de propina.
125
Markus Zusak La ladrona de libros La tendera aria
Estaban ante la tienda de frau Diller, apoyados en la pared de yeso.
Liesel Meminger tenía un caramelo en la boca.
El sol le daba en los ojos.
A pesar de todos estos impedimentos, todavía era capaz de hablar y discutir.
OTRA CONVERSACIÓN ENTRE
RUDY Y LIESEL
—Date prisa, Saumensch, ya van diez.
—Mentira, sólo ocho, todavía me faltan dos.
—Bueno, pues entonces espabila. Te dije que tendríamos que haber traído un cuchillo para partirlo por la mitad. . Eh, eso son dos.
—Vale, toma, pero no te lo tragues.
—¿Te crees que soy tonto?
(Breve pausa.)
—Esto es genial, ¿verdad?
—Ya lo creo, Saumensch.
A finales de agosto y del verano encontraron un penique en el suelo.
Pura emoción.
Estaba medio corroído, enterrado en la tierra, en la ruta de la colada y la plancha. Una moneda solitaria, herrumbrosa.
—¡Mira eso!
Rudy se abalanzó sobre ella. La emoción casi les escocía mientras corrían hacia la tienda de frau Diller, sin siquiera detenerse a considerar que un solo penique no pudiera ser suficiente. Irrumpieron en el establecimiento y se detuvieron ante la tendera aria, que los miró con desdén.
—Estoy esperando —dijo.
126
Markus Zusak La ladrona de libros Llevaba el pelo peinado hacia atrás y el vestido negro la asfixiaba. La imagen enmarcada del Führer montaba guardia en la pared.
—Heil Hitler! —se animó Rudy.
—Heil Hitler! —respondió ella, enderezándose todavía más detrás del mostrador—. ¿Y tú? —preguntó a Liesel, fulminándola con la mirada.
Liesel le ofreció un Heil Hitler! sin perder tiempo.
Rudy se apresuró a rescatar la moneda de las profundidades del bolsillo y a depositarla con firmeza sobre el mostrador.
—Un surtido de golosinas, por favor —pidió, mirándola fijamente a los ojos miopes.
Frau Diller sonrió. Sus dientes se daban codazos tratando de hacerse sitio en la boca. La inesperada amabilidad motivó a su vez las sonrisas de Rudy y Liesel. Por un instante.
Frau Diller se inclinó, rebuscó algo y volvió a aparecer.
—Toma —dijo, arrojando una única barrita de caramelo sobre el mostrador—. Sírvete tú.
Lo desenvolvieron fuera y trataron de partirlo por la mitad con los dientes, pero el azúcar parecía cristal. Demasiado duro, incluso para los colmillos de depredador que Rudy tenía por dientes. Al final tuvieron que compartirla a lametones hasta acabársela. Diez lametones para Rudy. Diez para Liesel. Primero uno y luego el otro.
—Esto es vida —aseguró Rudy con una sonrisa de dientes de caramelo, y Liesel no le llevó la contraria.
Cuando se lo acabaron, ambos tenían la boca de color rojo bermellón, y de camino a casa mantuvieron los ojos bien abiertos por si encontraban otra moneda.
Está claro que no encontraron nada. Nadie es tan afortunado dos veces en un año, y mucho menos en una misma tarde.
Sin embargo, se pasearon felices por Himmelstrasse con las lenguas y los dientes rojos, sin dejar de mirar al suelo.
Había sido un gran día y la Alemania nazi era un lugar maravilloso. 127
Markus Zusak La ladrona de libros El luchador, continuación Avancemos ahora hasta una fría lucha nocturna. La ladrona de libros nos alcanzará más adelante.
Era 3 de noviembre y el suelo del tren se agarraba a sus pies. Delante tenía el ejemplar del Mein Kampf que estaba leyendo. Su salvación. El sudor manaba de sus manos. Sus huellas dactilares se aferraban al libro.
PRODUCCIONES
LA LADRONA DE LIBROS PRESENTA
OFICIALMENTE
Mein Kampf
(Mi lucha),
de
Adolf Hitler
A espaldas de Max Vandenburg, la ciudad de Stuttgart se abría de brazos a modo de burla.
Allí no era bienvenido. Intentó no mirar atrás mientras el pan duro se descomponía en su estómago. Se volvió una pocas veces para ver cómo las luces se difuminaban y acababan desapareciendo.
«Levanta ese ánimo —se dijo—. No puedes parecer asustado. Lee el libro. Sonríe. Es un gran libro, el mejor libro que hayas leído jamás. Ignora