La llorona
Capítulo 2
Como por arte de magia, aparecieron unos fondos, una donación para armar biblioteca y cineteca en el hospital. (Hasta hoy sospecho que el dinero venía de la madre de Olivia.) Elvira convenció a la jefa de mi sección sobre mi talento. Como nunca di una razón de queja, ésta aceptó. Total, era difícil que una de sus presas/locas se luciera en algo y ésta era una oportunidad.
Volví a los libros. Y con ellos, de a poquito, a la curiosidad. ¡Cuántas cosas se ocultaban entre dos delgadas tapas de cartón! Había algunos en una sala agonizante. Trajeron más. Y una máquina para ver películas. Todo el material se concentraba en un pabellón anexo al mío. La reja pasó a ser un elemento del pasado. La cruzaba a diario. Salía a los jardines, a otros pabellones, a las oficinas de la administración. Poco a poco gané libertad.
Llegaron películas. Algunas modernas, otras antiguas y muy divertidas.
Cada día le tocaba a un pabellón la sesión de cine. Llegaba yo puntualmente con el enfermero que trasladaba las cosas, destinado a acompañarme a todos lados. El cine empezó a tener más y más público. Y más custodia. El desorden que se armaba a veces era brutal. En las escenas de terror o de sexo, los internos o internas lloraban. O gritaban. O hacían gestos obscenos.
En los pabellones de hombres debió prohibirse la masturbación durante las películas. Un día dejé la cinta andando y salí a hacer un trámite. De vuelta en la sala, al menos diez de los hombres se masturbaban frente a la pantalla.
El semen lo salpicaba todo. Me espanté. Les dije a los enfermeros que pararan la película. Claro, fue un horror para mí, para nadie más. Con el paso de los días, hubo que ganarse el derecho al cine. Fue un premio que ayudó a los enfermeros a controlar más de una situación difícil. «Si no paras te quedas sin cine»: una frase más efectiva que un tranquilizante. Los internos habían visto algunas de las películas. En sus pasadas vidas. La nostalgia, entonces, arrasaba.
Los libros eran más difíciles de promover. El nivel de educación jugaba en contra de ellos. También los problemas de concentración. Empecé a pedir libros con imágenes. Revistas con fotografías. Aquéllas sí tuvieron éxito. A poco andar armé un club de lectores. Uno de lo más humilde, no se imaginen un club como en la ciudad. Lo componían pacientes bien comportados que se juntaban a leer en voz alta dos veces por semana. Creo que era una buena terapia. Logré que se les sirviera un té con galletas en medio de la sesión. Quién sabe si iban por los libros o por el té (siempre, siempre querían comer, a toda hora, lo que fuera). No importaba. Algunos pacientes, sobre todo hombres, eran profesionales que alguna vez leyeron mucho. Con esto recobraban algo de sus pasados. Y un poco de dignidad, junto con romper el aburrimiento. Es que, como producto de la falta de futuro, todos se aburrían. (No lo había pensado antes: los que se aburren son casi siempre los que no tienen la capacidad de parir algún proyecto, por pequeño que sea, los que no creen en el día de mañana.) Las medidas que usaba el hospital eran defensivas y burocráticas. Dentro del personal, nadie guardaba motivación por salvar a un enfermo. Por hacer la diferencia. Por eso me decían a todo que sí. Había fondos. Mientras se siguieran las instrucciones, mientras se medicara, mientras se mantuviera el orden. Por lo tanto, lo que yo hiciera daba lo mismo.
Variaron mis días. Dejé de mirar por horas el vacío. Incluso me cambié de ropa. No podía andar por todo el hospital en camisón. Ahora tenía un motivo para ducharme. Para vestirme. De los harapos -cuyo olor me daba náuseas- a un delantal café claro. A veces incluso a mi propia ropa.
Trabajaba casi iodo el día en mis programas. Ya jugaba otro rol. No constituía peligro para nadie. Las carceleras ni me acompañaban. Olvidaron que yo era una presa. Cómo no, si andaba por el hospital libre como un pájaro.
Estaba peinando a la Bizca. Le gustaba tanto que le trenzara el pelo.
Castaño, ralo, muy dañado, algunas canas prematuras. Cantaba arias de ópera cuando sentía mis manos en su cabeza. En algún pasado remoto había sido una mujer educada. Estaba allí por intento de asesinato, a sus suegros.
Ya habíamos comido -carne dura con papas, siempre papas- y veíamos la
tele en nuestra sala. De repente, interrumpieron la telenovela. Un flash noticioso. Todas las que miraban se indignaron, la telenovela era sagrada.
En la pantalla, muy excitado, un periodista anunciaba un acto de terrorismo: habían secuestrado a una hija del ministro del Interior. (¿Una hija del ministro? Mi hija. Luego me pregunté cuántas hijas tendría. Supuse que si fueran varias, no habría robado la mía.) Indecisa, solté el mechón de pelo de la Bizca. Luego lo pensé bien y abandoné la sala, haciéndome la distraída.
Como ya nadie me vigilaba, partí a la salita del teléfono. También había allí un aparato para llamar al exterior. Me comuniqué con Olivia.
Efectivamente se trataba de mi hija. Un grupo de guerrilleros. Un comando revolucionario. Proponían canjear a la niña por unos presos políticos. En la acción había muerto un guardaespaldas. La mujer rubia lloraba y lloraba por la televisión: devuélvanme a mi hija. Castigo de Dios. ¡Quién la mandó a robar! Olivia me consoló. Que la niña pasaba a ser una moneda de cambio, que la cuidarían como a una porcelana fina. Que no me angustiara.
Mi niña secuestrada. A mi lado habría estado a salvo. El mismo poder que me la negaba la ponía ahora en riesgo. Ella no nació para esto. Pertenecía a una familia humilde: allí debería haber permanecido.
Mi niña secuestrada. Como ráfaga de metralla, todo el día esa frase bombardeando mi cabeza. Acudí al único diccionario de la biblioteca del psiquiátrico. Busqué el verbo «secuestrar». De las cuatro acepciones que daba y que yo anoté con aplicación, la primera me gustó más que las otras.
Decía: «Depositar judicial o gubernativamente una alhaja en poder de un tercero hasta que se decida a quién pertenece.» Los guerrilleros jugaban a ser los terceros. En su poder, la alhaja, mi niña, hasta decidir a quién pertenecía. Me empezaron a gustar los guerrilleros.
Para distraerme, redoblé la actividad. Ustedes se preguntarán, con justa razón, cómo se redobla la actividad en una cárcel u hospital. Pues bien: encontré en la biblioteca, escondidos entre unos libros de botánica, cuatro cuadernos en blanco. Viejos, húmedos, sus tapas eran verde musgo. Las páginas tenían líneas, incluso blancos en la parte superior e inferior, con márgenes y todo. Listos para ser llenados. Me pregunté para qué habrían
servido alguna vez, qué uso se les daría, cuántos años llevarían esperando en ese estante y me los apropié. Decidí instalarme en la biblioteca todas las horas libres que tuviera, no volvería a mi habitación más que para dormir.
Nadie se daría cuenta, si ya no me consideraban ni loca ni presa. El día del descubrimiento, con mucha concentración, observé los cuadernos. Eran sólo cuatro. Y más bien delgados. No me quedó más remedio que dividir mi vida en cuatro partes. Total, tampoco necesitaba tantas páginas. Tomé el primero y le puse mi nombre. En el segundo, el nombre de Olivia. En el tercero, el de Elvira. Los pilares de la solidaridad, así lo pensé. Dejé el último en blanco.
Como no les estoy relatando un cuento de suspenso sino mi propia historia, iré directa a los hechos.
Elvira no apareció durante unos diez días. No llegaba a las sesiones de cine en su pabellón. Tampoco se paseaba por el mío ni por el patio/jardín. Me inquieté preguntándome si no estaría en problemas. Por fin llegó una noche a mi sección y sin disculparse siquiera ante la celadora, tomó mi brazo y me llevó consigo. El pabellón de Elvira era el de los locos/presos, equivalente al mío, pero en masculino. Desnudo el pasillo, lo recorrimos a esas horas muertas. Sentí gemidos tras una puerta. Sabía perfectamente qué puerta era aquélla: daba a la sala de contención. Un lugar de reclusión y castigo. Allí iban a parar los locos de remate. O los muy peligrosos. Oí un llanto y, aunque breve, sonaba como un llanto de verdad. Uno con motivo, no la repetición cansada y monótona del llanto de los pacientes. Suenan distintos unos de otros. Pobre hombre, debía de estar amarrado con camisa de fuerza.
Ya en la oficina de Elvira preparamos el café que tanto me gustaba, ese café grueso y fortificante. Noté una expresión exhausta en su rostro, ella que con nada se cansaba.
Me contó lo siguiente.
Dos semanas atrás había recibido la llamada de una amiga y colega que trabajaba en un centro de reclusión pequeño y muy exclusivo, dependiente de la policía y no del Ministerio de Salud, como el nuestro. Durante estos años, su amiga no había debido recurrir más que a los primeros auxilios y se
encontraba frente a una situación que la sobrepasaba. En sus manos dejaron a un hombre -un preso- que, por sus lamentables condiciones físicas, debía ir a un hospital y no a una cárcel. Acudió a Elvira ya que era bien sabido que al psiquiátrico llegaban a veces presos muy enfermos que ya recuperados volvían al centro de detención o a la cárcel. Pero Elvira le explicó que en tales circunstancias no se trataba de favores personales, que ella sólo se haría cargo si su propia institución se lo exigía. De inmediato la llamó el director de nuestro hospital, ese viejo alcohólico al que todos detestaban, y la envió allí en comisión de servicio.
Estaba demacrada. Haciendo doble turno. Cuidando a un preso que -por razones de Estado- no podía ser trasladado a un centro asistencial. Una imposición desde arriba. No, no es un delincuente común, me dijo. Es un revolucionario, o un terrorista, como sea. La policía lo tiene escondido allí.
Nadie lo sabe. Por seguridad, por si deciden rescatarlo. Y porque está hecho tiras. Es un secreto, tampoco tú debes saberlo. Una guardia policial se instala todo el día frente a su puerta. Sólo se van de noche, por algunas horas. Entonces queda enteramente a mi cargo. Es mucha la responsabilidad. Me faltan horas de sueño.
¿Está malherido?
Tiene una herida de bala. Y además lo torturaron. Es un solo nudo de dolor.
Participó en el secuestro de mi hija, ¿verdad?
Sí.
Por eso no me lo habías contado.
Sí.
Cuéntamelo todo, entonces.
Lo tendrán escondido hasta que se recupere de las heridas. Para poder llevarlo a juicio sin señales de violencia. Hay mucho revuelo, se ha armado
una campaña a su favor. La prensa insiste en saber qué ocurrió. No saben si vive. Oficialmente, está desaparecido. Tenemos instrucción de medicarlo, ya sabes, que pierda un poco la memoria. Luego lo harán aparecer, con el cerebro blando. Lo que les interesa es que formalmente sea un juicio público, legal, y que los organismos internacionales no tengan nada que reclamar.
Miré a Elvira con tal intensidad que temí desaparecer en el café de sus ojos.
Sin embargo, tras la línea oval de su cara, percibí algo. Una cierta luz.
¿Por qué me llamaste, Elvira?
Porque voy a renunciar. Prefiero morirme de hambre a ser cómplice. Si desobedezco instrucciones, rompo mi juramento. Ingreso en las listas negras. No vale la pena. Prefiero irme.
¿Irte? ¿Cuándo?
Cuando lo vea mejor, al prisionero.
No le estás dando esa medicina, ¿verdad?
No. Estoy cuidándolo para que vaya a juicio, pronto y lúcido. Para que lo saquen de allí. Llevo diez noches a su lado. Limpio sus heridas. Hablo con él.
No quieres silenciarlo, ¿verdad?
No. Pero eso también es un secreto. Cuando entra el doctor o la policía, él finge. Delira, murmura incoherencias. Al llegar, pobrecito, parecía enloquecido. Gritaba mucho. Cualquier contacto lo asustaba. Tuvo que confiar en mí, no le quedaba otra.
¿Qué tipo de persona es?
Un intelectual. Con educación universitaria, bien formado.
¡Qué extraño! ¿Cómo llegó entonces a guerrillero?
Elvira rió.
Yo diría que es más bien típico. Ya sabes, a más grados en filosofía, más balas. Acuérdate del Che y sus amigos.
Y éste secuestró a mi hija… ¡Dios mío!
Ella está sana y salva. La cuida una pareja de su movimiento. Como ves, ya lo averigüé.
Miraba fijo a Elvira, sin encontrar las palabras que diesen cuenta de mi enorme turbación. Quise ser muda para siempre. (Los mudos lloran como si hablaran, sólo en el llanto se igualan con los normales. No lloré.) Volví a la tierra, volví a la realidad.
Así es que te vas, dije después de un rato, apenada.
No quisiera abandonarte. Pero tampoco puedo abandonarme a mí misma.
Has hecho tanto por mí, Elvira. Además, ya pasó lo peor de mi estadía aquí.
Me queda poco tiempo.
Así lo pensé. Ahora, ándate a la cama. Que no te pillen en este pabellón.
¿Pillarme? No hay cuidado, si ya nadie me controla.
Tres días después, apareció Elvira en la sesión de cine en el pabellón de los locos/locos. Ven esta noche, me dijo al oído.
Fui.
Tengo dos cosas que decirte.
Escucho.
Tu hija es diabética, ¿lo sabías?
No.
Otra vez me convertí en la muda. Es que me dolía el corazón. Ahora esto, una diabetes. Vamos acumulando pesares. Guardé un silencio más o menos largo. Luego Elvira lo interrumpió.
¿Alguien en la familia?
Sí, mi suegro. ¿Cuán grave es?
Con las dosis de insulina adecuada y una vida también adecuada, se controla. Los tratamientos hoy son estupendos. Y el ministro tiene acceso a los mejores.
Su vida será complicada, ¿verdad?
Sí, un poco.
¿Cómo te enteraste?
Mi guerrillero.
¿Cómo se enteró él?
La mujer rubia. Contactó con el movimiento, subterráneamente, justo antes de que él cayera. Para que le administraran la insulina. La prensa lo ignora.
Silencio. Silencio. Silencio. Nada que decir. Nada que preguntar.
Hay una segunda cosa.
¿Sí?
Él te conoce. Ha preguntado por ti y quiere verte.
En algún lugar de mi trastienda, yo lo imaginaba. Quizá en la retaguardia del corazón. Mi príncipe. Elvira, al romper el mandamiento del silencio, empezó a romperlos todos. Su única tarea antes de renunciar y partir era llevarme donde él. ¿Cómo?, le pregunté. De noche, al partir la guardia.
Tenemos cuatro horas, hasta el alba. Te disfrazaré de enfermera, entrarás conmigo. Pero luego debes volver aquí, es la única forma de protegerlo y de protegernos. Si desaparecemos las dos, nos descubrirán.
Que sea aquí el resto de la vida. Eso pensé cuando me vi en su presencia.
La penumbra distorsionaba la pequeña celda de castigo y su figura, tendida en una angosta camilla metálica, parecía la de uno que agoniza. Estaba desnudo bajo la sábana que lo cubría. Retiré la sábana y recorrí con la mirada cada centímetro de su carne para constatar que vivía. Entonces él abrió los ojos. Busqué su pupila, busqué su color. Eran menos verdes que en mi recuerdo. ¡No vaya a ser que la ausencia de alegría destiña sus ojos!
Eres tú.
Sí, eres tú y soy yo.
Al fin, dijo bajito.
Movió su mano buscando la mía. Sentí la falta de aliento en mi espíritu y el desánimo frente a mi propia mediocridad. Supongo que era su ostensible dolor el que me lo inspiraba. Fui en busca de la única silla que había en la celda y me instalé a su lado. Me tomó suavemente del pelo para que apoyara mi cabeza en su pecho. Entre vendas, cicatrices y pequeñas quemaduras donde lo había tocado la picana, rociadas con antiséptico. Temí hacerle daño, tonta yo, si todo el daño posible estaba hecho.
Siempre vuelvo a la casa al lado de la carretera, me dijo con la voz muy baja.
Yo también, le respondí.
Al menos tú te casaste.
Sí, porque sabía que no volverías. ¿Sabes cuánto esperé?
Quise tanto hacerlo… pero no podía… no en la clandestinidad…
La voz se le debilitó y empezó a toser.
No hables, le dije.
Algo malo sucedía con su cuerpo, una convulsión. Se sacudió con violentos espasmos. Fui en busca de Elvira, instalada en una pequeña sala vecina a la celda. Supo de inmediato qué administrarle. Mientras vertía unas gotas en los labios secos de mi príncipe, me advirtió que aprovechara el efecto del medicamento para convenir cualquier acción futura, ya que le daría una lucidez momentánea.
Unos minutos después, ya recuperado, me habló y sus palabras eran moduladas con toda nitidez.
Debes avisarles a los compañeros que estoy vivo. ¿Tienes acceso a un teléfono?
Le respondí que sí. Me hizo anotar un número. Debía marcarlo y destruirlo de inmediato. Sólo avisar cuál era su paradero. Con ello dábamos comienzo a la cadena de prensa, comité de derechos humanos, denuncia, escándalo. Y
estaba el asunto de la insulina de la niña. El aviso de la mujer rubia tenía un doble filo. Protegía a su supuesta hija, pero, a la vez, la policía controlaba secretamente a cada comprador de insulina de la que ella usaba en la ciudad. Un señuelo. Ya había sucedido antes de que él cayera. Sin consecuencias, el que fue apresado no conocía el lugar del secuestro. Sólo los establecimientos médicos se salvaban de la revisión.
Yo la llevaré.
Tú estás presa.
Escaparé.
Podría habérselo pedido a Elvira, lo sabes, ¿verdad?
Sí, lo sé.
Se parece mucho a ti… tu hija.
Volvió sobre su cuerpo el infinito cansancio que se apoderaba de él. Cerró los ojos.
Es raro, recuerdo haberle dicho, después de tantos años, nos corre el mismo aliento por las venas.
Y la misma niña disputada. Las casualidades son de los libros, no de la realidad, y la elección del objeto del secuestro no era casual. Él siguió mi caso por la prensa. Él eligió a mi hija. Ahora elegía devolvérmela.
Todo quedó en silencio, como si una bruma nos envolviera. Supuse que dormía aunque su sueño no parecía sereno ni reparador. Lo acaricié, no dejé un momento de acariciarlo, las yemas de mis dedos sobre cada recoveco de ese cuerpo amado. Transcurrió el tiempo, una hora quizá, cuando yo necesitaba con desesperación que el tiempo se detuviera.
Hasta el alba, dijo de repente, despacito, con los ojos aún cerrados, haciendo presión en mi mano que no soltaba.
Sí, ¡que no llegue, que no llegue nunca!
Como Romeo y Julieta, dijo con una leve sonrisa.
Volvió al silencio y al descanso inquieto.
¿Crees que voy a morir?
No, no, yo creo en la misericordia.
Con infinito cuidado busqué sus labios y lo besé. Que tu alma me santifique, que tu cuerpo me salve, que tu sangre me embriague. Rezaba, yo, que creía haber olvidado todas las oraciones.
Apenas hablamos. (En casa de Olivia vi la fotografía de una escultura: una madre con su hijo desfalleciente en brazos. Es italiana, me dijo, muy famosa. Retrata la piedad.) Así fueron esas horas. Mi hombre, herido y en cautiverio, era también mi hijo.
Avanzó la hora y el mundo pareció oscilar entre la oscuridad y la claridad.
Me aferré a su cuerpo como al último eslabón de una cadena que me arrancaba para siempre de algún lugar, no sabía con certeza de cuál. Su cabeza resplandecía bajo la extraña luz previa del amanecer.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
Y llegó el alba.
De regreso en el psiquiátrico caminé por los pasillos con lentitud. El gris enfermizo de sus muros me asolaba. También la pesadez del silencio. Y caí en cuenta: quien ha perdido un hijo ya no vale nada. Ha muerto doblemente.
El abrazo del príncipe no me arrancó de la soledad.
Al día siguiente fue Olivia a verme, consiguió entrar como abogada pues no era día de visitas. Contenta de mi recuperación, del color en mis mejillas, sólo las ojeras no le gustaron. (Cómo no, si me había pasado la noche en vela.) Hacendosa como siempre, ella traía un nuevo plan para mí. Sólo necesitaba mi consentimiento. Una beca en el extranjero. Una diplomatura en Servicio Social. Una corta antesala para trabajar en una fundación importante dedicada a la investigación del tráfico de órganos.
O eso o los tribunales, dijo Olivia. Cualquier intermedio es inútil: o vamos a la justicia o dejas el país.
(O tratas de recuperar a tu hija o la dejas vivir en paz.) La escuché con desapego. Sus palabras me sonaban a otro mundo. Uno allá lejos, a una distancia inconmensurable. Donde ocurrían hechos irreales.
Pero no lo dejé entrever. Sí. La beca me parece lo mejor, le dije, ya sabes que de la justicia no espero nada. Discutimos un poco. Construir la vida es más difícil que morir, me dijo; luego agregó: lo dijo un poeta ruso, no yo.
Nos abrazamos. Ya ríes de nuevo, me dijo, estamos salvadas. La miré irse, caminar hacia la salida de la asquerosa sala de visitas. Por primera vez le había mentido. A ella, a quien yo tanto quería.
Hablé esa noche con Elvira, su última noche. Partiendo ella, yo haría aquella llamada. Los organismos de derechos humanos intervendrían.
También la prensa. No podrían liquidar al príncipe. Sin mí lo van a dopar, le medicarán toda esa porquería. No, contesté, si actuamos con rapidez y coordinación, no alcanzarán a hacerlo. También le pedí la insulina.
Piensas escaparte, ¿verdad?
No le respondí, para aliviarla de toda responsabilidad. Pero la malicia que ella vio en mis ojos fue suficiente.
No seré yo quien te delate, me dijo.
Otra vez me faltaron las palabras. La muda. Ése era mi nuevo yo.
No hagas esa llamada hasta que yo me haya ido, me pidió Elvira. Viajaré mañana mismo hacia el sur, fingiré una enfermedad de mi madre y partiré a mi pueblo. Sólo al llegar daré aviso, para evitar presiones. Ya sabes, el director me quiere allí, en el centro de reclusión.
Olvídate del director. Cuando esto salga al aire, será de los primeros en caer.