La llorona
Capítulo 3
alimentaba a los hombres de los camiones que transitaban por un camino secundario. Me gustó el trabajo y la gente. Comencé a aprender del mundo.
De alguna forma, sabía que gustaba a los hombres. Quizá era mi alegría.
Cambié la virginidad por goces invencibles y un sosiego caliente. Me llevaban de paseo, conocí tiendas, el cine, los salones de baile, otras ciudades cercanas. Me querían bien y yo caminaba en la luz. Hasta que me iluminé de veras.
3
Uno de los novios me consiguió el traslado. Desde el comedero del camino secundario a la carretera principal. Un restaurante bueno. Otro universo, otras gentes.
Llegó una noche a cenar. Traía un libro en la mano. Se sentó a una de mis mesas. Leyó durante toda la hora de la comida. Buen mozo como un actor de películas, se notaba desde lejos que era un señorito de la ciudad. Me miraba entre página y página. Me miraba, sí, pero mudo. Sólo ordenar y pedir la cuenta y mi vista fija en esos ojos preciosamente verdes. Esperaba cada noche y a veces llegaba. Al cabo de unas semanas le hablé yo. Le pedí un libro prestado. Le conté que nunca había leído uno entero. Me trajo unos relatos. Luego otro y otro más. Diluvios eternos, generales fracasados, casas tomadas, crímenes en la selva. Cualquier duda se la preguntaba. Cuando olvidaba detalles me decía que no tenía ninguna importancia. Que era la sensación lo que permanecía. La lectura era un cúmulo de sensaciones, entendí yo. La vida se me dividió en dos. Las horas diurnas: el restaurante, la prima de mi mamá, los recuerdos del campo. Y las horas de la noche, las de los cuentos. Otros hombres y mujeres, otros países, otras muertes. Sin moverme de la cama. Inofensiva, entregada, protegida, volaba hacia la aventura. Hacia el riesgo y la intemperie. Como un regalo, un suplemento.
Cuando se lo dije, me pasó una novela. Ese día caminó a casa conmigo.
Entre una novela y otra me habló del continente, de sus maravillas y sus miserias. Yo le hacía preguntas y pedía perdón por mi ignorancia. Él gozaba mi curiosidad. Le pregunté si era profesor, por esta paciencia que tenía. Me dijo que no.
Aprendía de Simón Bolívar y nada de su cuerpo.
Una tarde llegó con un regalo: un televisor. Para que viera la serie que empezaba ese día. Sobre la historia de la conquista, me dijo. Le pregunté si podría ver España. Sí, la España de hace siglos, sonrió. Pero también tu tierra, cuando era virgen. Y la vi enterita. Con él a mi lado, todos los jueves.
Aprovechaba los comerciales para hablarle. El restaurante aumentó la clientela y subió de nivel con la tele. Noticias, fútbol, dio para todos.
Era graduado en filosofía. Le pregunté para qué servía eso. Para nada, me respondió. Ahora se concentraba en su tesis doctoral, por eso tanta soledad en la casita al lado de la carretera. Venía de la capital. Vivió largamente postrado, una enfermedad en la infancia. De entonces tanta lectura. Conoció el mundo por la ventana. Necesitaba del silencio como otros del alcohol. A veces parecía un niño abandonado. Le gustaba mi risa. Nunca me tocaba.
¡Tanto anhelo mío, mamacita! Hasta que un día me anunció que debía ausentarse. A la capital. Me vas a hacer falta, dijo. Y al despedirse, asegurando que volvía, agregó: me haces muy feliz. Fueron treinta días y más en los que me repetí esa frase, esas sílabas, enlazadas entre ellas por tanta saliva. Me haces muy feliz. Cuatro palabras. Quince letras. La inmensidad.
Volvió sin aviso. Entró en el comedor una noche y unidos lo abandonamos, acoplados los cuerpos, bien empalmados. Marcándolos de amor. Dormimos en su casita de campo al lado de la carretera. La alegría, ululando como una sirena, arrasaba con nosotros. A partir de entonces, como a los volantines su cola, a cada amor le colgaba su noche. No supe de levantadas cuando el sudor aún no se enfría. Tendidos en la cama, nos contábamos historias.
Como a las amigas que aún no tenía. Lo llamaba mi príncipe.
Mis hermanos se bañaban desnudos en los ríos y arroyos mientras buscábamos leña, arreábamos las cabras o recogíamos grano. Desde pequeña los comprobé distintos a mí. Sin una sola imagen del cuerpo de mi madre, me parecían bonitos mis hermanos. Una vez quise tocarle su cosa a uno de ellos, pero él me empujó acusándome de degenerada. Mi hermano mayor, en cambio, dijo que era correcto, que aprendiera desde chica, nada de mujeres asustadas de los hombres. Me prestó el suyo. Al tacto era más blando que lo imaginado por la vista. Me gustó. Pero de repente se puso grande y duro en mis manos y lo solté asustada. Todos se largaron a reír.
Así es cuando el hombre está en celo, me dijo, para que lo sepas.
De a poco descubrí que sus invitaciones tenían un cierto patrón. No eran impulsivas ni casuales. Nunca un lunes, nunca un viernes. Una noche encontré platos sucios en el lavadero. También un cenicero repleto de colillas y él no fumaba. Le pregunté si tenía otra mujer. No es lo que tú crees, confía en mí. Como no deseaba tiznar la alegría, no hice más preguntas. Pero la segunda vez que se repitió esta escena, a la vuelta de una noche de lunes, aunque no dije nada, él se percató. Culpa de una mirada mía más intensa o de algún ademán ansioso, no lo sé bien, pero me dijo: Me falta el aliento vital, mujer, y sólo tú me lo procuras. No lo olvides. Aquí no hay nadie más que tú. Entonces los sonidos del amanecer volvieron a ser únicos. Y me dijo, despacito: deja que sólo el canto del gallo rompa esta cualidad difusa; si ni los pájaros desean la estridencia, menos debieras desearla tú.
Nuestros amores fueron como los misterios del rosario: gloriosos, gozosos y, cómo no, dolorosos.
Un día hablamos de la rabia. Tú la desconoces, me dijo. ¿Y por qué habría de conocerla? Por ser pobre, me contestó, por ser mujer, por todas las injusticias… Ésas serán tus amigas universitarias, me mofé, no yo.
Algo me decía que teníamos los días contados. Pero no abrí la boca; que los contara él. Mientras tanto, amaba cada momento de la existencia con enorme sinceridad. La vida más tarde me deparó muchos cielos, pero aquél fue el único paraíso. Hasta que, a mi pesar, sus puertas se cerraron. Ya
saben, si algo distingue al paraíso es que en algún momento deja de serlo, todos somos expulsados de allí, tarde o temprano.
Partió. No más casa en el campo, no más tibieza en la noche. Una misión, me dijo. Le ofrecí mi compañía. No debo tener ataduras, respondió, ¡somos tan vulnerables a nuestros deseos! Pasaré de ser un hombre reflexivo a un hombre de acción.
Tal acción me excluía.
Me quedé sin él. Se preguntarán si me rompí en dos. Si me traspasó el puñal del dolor. No. Su ausencia fue enorme, enorme, sin embargo, algo extraño reemplazó al tormento. Estaba llena, como la luna. Locamente atada a la existencia. Nada me arrebataría aquello. Era una mujer amada. Sabía que tarde o temprano la vida me mostraría su avaricia, pero confiaba en las reservas que el amor me había dejado.
Cambié de trabajo. Tenía los pies cansados. Y necesitaba un aire nuevo.
Tranquilita y sentada. Me fui a una tienda donde todo era lindo. Agujas, hilos, botones de perla, encajes, borlas de colores, tiras bordadas, palillos.
Nada tan pulcro, sólo un pequeño comercio de barrio. Era fragante. Es que no se tejía con maíz frito ni con ajo ni con cebolla. Su dueña, una viejecita buena persona, se había quebrado la cadera. Inmóvil en la caja, yo vendía.
Tres años estuve a su lado y la convertí en una abuela postiza. Sólo partí de allí para casarme.
Sin enfado respiraba cada mañana. Trabajaba y también reía. Pero los hombres, oh, los hombres: bandadas de pájaros iguales. Toda pasión agotada. Me puse casera. A veces me quedaba en casa de mi vieja. Ella había cosido para familias ricas durante treinta años. Tenía historias de nunca acabar. Atisbé otras existencias, otras mujeres. Escucharla era mejor que las novelas de la tele. Así comencé a saber de los ricos y sus costumbres. Me los imaginé. Había algo en ellos que me parecía insultante.
Claro, algunos eran sólo ostentosos y ésos dolían menos. Recién entonces caí en cuenta de que el mundo era duro. Era muy duro.