La llorona
Capítulo 2
donde mis padres. Estaba descontrolada: ésa fue la sentencia.
2
Ser pobre es tantas cosas además de la falta de dinero. Me lo enseñó mi padre en la infancia y lo repitió ahora. Ni él ni mi madre creyeron que estaba loca, ni siquiera errada. No sería la primera vez que a una mujer sin recursos la dejan sin el cadáver de su bebé. Eso dijo mi papá. ¡Ay, si lo hubiese escuchado el marido mío! Pero él nació en la ciudad, no era campesino como yo, creía en otras cosas.
Durante mi embarazo le hablé mucho a la niña. Lo había leído en una revista en el consultorio. Para que no se asustara al nacer, que reconociera algo, aunque sólo fuera mi voz dentro de ese mundo nuevo.
Mi mamá hablaba con las aves y con los animales que estaban a su cargo, no con nosotros. Era cariñosa, pero en silencio. Sin dispendio. De pequeña, me gustaba mi mamá. Rechazaba la injusticia. Si había un pan, se repartía, nada de favoritismos. En eso se diferenciaba de otras mujeres de campo. Mi papá alegaba poco porque ella no le aguantaba. Una vez mataron una gallina y él quería un pedazo grande. El que se rompe la espalda soy yo, me lo merezco, dijo. Ella no respondió, sirvió una presa a cada hijo y luego le pasó la olla. Ni siquiera al plato. Nadie dijo nada, tampoco él. Mis hermanos la respetaban. Cruzaron la frontera durante la crisis y siguieron cruzando fronteras y no volvieron. Le envían dinero. Ella no se queja por no verlos, agradece que estén vivos.
Yo salí habladora, desde chiquita preguntaba todo. Siempre pedía explicaciones y era buena para la risa. Mis hermanos ponían mala cara.
Como a mis padres, les gustaba el silencio. Fui la única que terminó la escuela primaria porque no necesité ganar plata temprano. Y porque no
deseaba ser analfabeta como mi madre. Las letras me gustaban. A, e, i, o, u, bailaban las vocales por horas en mi garganta. Y más adelante fueron las palabras. Descubrí que usar las palabras era como coser a ciegas, por eso me enamoré de ellas y ellas de mí. Hilos con sonido. Pasaba tantos ratos a solas, me acostumbré al cuaderno, en la mesa de la cocina. Copiaba letras, palabras, más tarde frases enteras. Volvía a escribirlas una y otra vez, hasta que me quedaran bonitas. No me fue fácil, me esforcé mucho. Si todas las mujeres que vinieron antes de una en el tiempo no leyeron ni escribieron, resulta forastero. Los dedos se me encrespaban como si insistieran en ser los dedos de mi madre, de mi abuela, de mi bisabuela. Está en la sangre, dicen.
Vivíamos muy solos, una que otra casa a kilómetros. Mi padre veía a sus compañeros de trabajo en los potreros, nosotros no. A veces pasábamos semanas sin ver a nadie. ¿De dónde salí tan sociable yo? Quizá fue la escuela. Caminaba una hora de ida y otra de vuelta cada día. Cuando lo hacía acompañada, no me paraba la lengua. En las tardes me unía a mis hermanos en los juegos o en los trabajos para la casa. Me incluían a regañadientes, sin hablarme ni tomarme en cuenta. Como se hace con un perro sin amo que los sigue. A cambio, trataba de no hacerme notar. Pero siempre hablé de más y ellos me acallaron. Sin embargo, sabían cuidarme.
Me ayudaban a cruzar el arroyo o a escalar una cerca. Me defendían de lo que fuera, una fiera o un hombre. Recuerdo algunas noches en mi cama -
ellos dormían de a dos, en cambio, yo tenía toda una cama para mí- pensaba
¡qué buena cosa esta de haber nacido mujer! Juzgaba que mi vida era mejor que la de ellos. Pero no lo decía en voz alta.
Al crecer ya no me integraban en sus correrías. Se hicieron grandes también ellos y los ganó el trabajo de la hacienda. No alcancé a verme abandonada, me absorbía la escuela y las labores de la casa y el huerto. Fuera como fuera, debían suplirse las manos que salían al potrero. Un día se marcharon, escapando de la policía que recorría de noche los campos buscando insurgentes. Mi alivio fue mayor que mi pena: estaban a salvo. Aquellas horas, las primeras sin ellos, veía todo distorsionado. Las vacas, los pájaros, los perros, hasta las aguas me parecían de piedra, congeladas. Poco a poco entraron en movimiento. Mi padre les advirtió que no se metieran en líos.
Pero en ellos primaba el orgullo de mi madre. Los aprobaba en silencio.
Un verano apareció en las misiones un cura nuevo, bastante joven.
Estábamos acostumbrados a los curas pero éste era diferente. A mí me gustaba andar cerca de él pero me dijeron que eso era pecado y dejé de hacerlo. A diferencia de los anteriores, él no hablaba de la culpa ni del infierno. Le gustaba más contarnos cómo era el mundo que no conocíamos.
Hablaba de los derechos de los campesinos. Mi padre escuchaba, ceñudo.
Una noche, mi madre -que nunca tomaba la palabra- le contó al cura que a su abuelo lo habían colgado de un árbol delante de todos, ella lo vio con sus propios ojos, por armar discordia con el patrón. Fue todo lo que dijo.
Supuse que el orgullo es cosa de la sangre y en mis hermanos, pura herencia.
Mi padre, en cambio, parecía un árbol grueso. Amaba su vida, simple como era. Le gustaba su trabajo, su familia, su casa. No se quejaba. De niña me sentaba en sus rodillas y cuando volvía del trabajo tocaba la armónica mientras se ponía el sol, deteniendo la luz con sus notas musicales.
Convencido de que el cielo esperaría su tonada antes de mancharse. Sabía historias terribles, de hombres espeluznantes, de crímenes tremendos.
¡Cómo nos gustaba oírlo y morirnos de miedo! No hacía mayores diferencias conmigo. Desde la cuna me enseñó a tener fuerza. Dejé de llorar siendo muy pequeña, nadie estaba para llantos en mi hogar. Ni cerquita del río ni en las noches de tormenta.
Cerca de nuestra casa vivía un árbol al que le llamaban El de las Verdades.
Era tan alto como el firmamento y sus ramas se enlazaban entre ellas como serpentinas gruesas. Las hojas, esmeraldas grandotas, sumaban miles y miles y miles. Contaba la leyenda que si alguien mentía bajo su tronco surgía un poderoso viento y, enojadas, las hojas se alborotaban. Una vez robé el pan de la mañana a mi hermano, lo hice por hambre y por venganza, porque no me permitió asistir al parto de la oveja grande. Enfadado, me delató. Sostuve que el mentiroso era mi hermano. Entre mi padre y él me tomaron en brazos y me sentaron bajo el tronco de aquel árbol. ¿Robaste el pan a tu hermano? Contesté: no he robado nada. Y empezaron a moverse las ramas, hoja por hoja traicionándome. Ante tal respuesta de la naturaleza,
estallé en llanto y confesé. Durante tres días hube de entregar mi pan. Fue la última vez que lloré de niña.
Ahora, de vuelta a casa, me encaminé al árbol. Como si pudiera tocarla a la niña de entonces, la antigua robona. La olía a ella y a su inocencia. Quise averiguar cuántas capas de piel habrían de mudarse antes de morir. Tamaño esfuerzo la adultez.
Una tarde observé a mi madre en el fogón mientras revolvía las brasas. Me vino la idea de que no nos conocíamos. Ella vio morir a tres de sus hijos antes del año. Paría en la casa, como las yeguas en el establo o las cabras en el monte. En aquellos tiempos, si los niños enfermaban, con suerte eran atendidos una vez al año por un doctor. Si eran sanos, nunca. La muerte de los hijos es de las madres, me dijo. Cuando murieron los míos, tu padre gastó parte de la cosecha en el funeral que yo deseaba. Les tejí sus ropas y elegí el ataúd, compré las flores y pedí al cura. Porque tu papá entendió que a esa edad los angelitos son de una y sólo una sabe perderlos.
También me dijo: Los ricos hacen lo que quieren. Fue su única alusión al futuro. A cualquier posible futuro de mi niña.
Durante una jornada de sol cegador, acompañé a mi madre a la barraca donde guardaba el grano. La miré llevar a cabo su gesto eterno, el de subir los pliegues de su delantal para convertirlo en canasto. El delantal amarrado a la cintura, pequeñas flores amontonadas, desteñidas desde siempre las lilas y las rosas, era el mismo de mi infancia. Seguí mirando, me conmovió su vestido -abotonado desde el cuello a los pies- de un color incierto, un poco café, un poco gris, como un ratón. Conservaba su trenza negra, quizá más delgada que antaño, con algunas mechas grises en las sienes. Pensé que, sacudido el afecto, las madres y las hijas nunca se conocen demasiado.
Me llegó a dar vergüenza todo lo que ella desconocía de mí. Me pregunté si habría tenido otro hombre que no fuera mi padre. ¡Yo tuve tantos!
Cuando mis hermanos escaparon de la justicia, me mandaron a la ciudad con unos familiares. Para que empezara a trabajar. (Para que estuviera segura, creo yo, aunque no lo dijeron.) Era un pequeño comedero que