La pirámide de Osiris
Capítulo 21
21
Egipto
El viaje de vuelta a Egipto, que en un principio había parecido sencillo, no había tardado en convertirse en una experiencia mucho más penosa de lo esperado.
Al intentar sacar billetes para un vuelo desde Niza, Macy descubrió, con gran disgusto por su parte, que le habían anulado la tarjeta de crédito. Sus padres le habían cerrado el grifo.
En el transcurso de una tormentosa conversación telefónica con su casa, le dejaron claro que solo le activarían de nuevo el crédito si accedía a volverse inmediatamente a Miami. Nina le apuntó que, ahora que ya sabían que Abidos era la clave para encontrar la pirámide de Osiris, Macy ya había cumplido su labor y podía regresar a los Estados Unidos; pero aquello no sentó nada bien a la muchacha.
Eddie consiguió aliviar la tensión que había surgido entre las dos mujeres pergeñando un itinerario que podrían permitirse, a duras penas, con la economía apurada de Nina y él. Fueron de Niza a Atenas en un vuelo de bajo coste; de allí a Chipre, y de Chipre navegaron hasta Puerto Saíd, en Egipto, en un transbordador que iba a paso de tortuga. Después tuvieron que hacer por tierra un viaje lento y agotador, en tren, hasta la población de Sohag. Con los nervios a flor de piel, recorrieron los últimos kilómetros en un todoterreno alquilado, y llegaron por fin a su destino a los tres días de haber partido de Mónaco.
Si en El Cairo el calor era molesto, en Abidos, que estaba quinientos kilómetros más al sur, al borde del Sahara, era casi un suplicio. La temperatura pasaba con creces de los cuarenta grados centígrados, y la brisa que corría no servía de gran alivio, pues estaba cargada de arena gruesa y abrasiva. Aunque todavía era de mañana, Nina ya iba por su segunda botella de agua.
Eddie, como era habitual en él, apenas daba muestras de que le afectara el medio ambiente, y seguía con la chaqueta de cuero puesta. Su única concesión al sol abrasador era un sombrero de tela blanda con que se protegía la cabeza, que tiraba a calva.
—Podría ser peor, cielo —apuntó—. Al menos, es un calor seco.
—Ja, ja, qué divertido —replicó Nina con voz cortante.
Con lo pálida que tenía la piel, tenía que ir cubierta; y, a diferencia de su marido, sudaba a mares.
—Dios, cómo odio los desiertos —comentó—. ¿Por qué estarán siempre las mejores ruinas en estos parajes dejados de la mano de Dios?
No obstante, y a pesar de su pésimo humor, a Nina no dejaba de impresionarle lo que los estaba aguardando. Los restos de la antigua ciudad de Abidos se extendían por una amplia superficie, y sus templos majestuosos contrastaban vivamente con la aldea sórdida que estaba en las proximidades. Pero cuando se hallaron ante la estructura que habían venido a ver, ya habían dejado atrás por completo el mundo moderno, tanto en sentido figurado como literal, pues, aparte de los restos semienterrados del Osireión, no se veía nada más que la desolación estéril y los barrancos lejanos del desierto occidental.
Estaban casi solos; cuando llegaron, se acababa de marchar un autocar de turistas que visitaban el Alto Egipto haciendo paradas fugaces en cada lugar. Se encontraron con una pareja de policías que rondaba por allí (en teoría, no estaba permitido visitar las ruinas sin vigilancia), pero los convencieron, con una propina de por medio, para que se volvieran a pasar unas horas en el pueblo.
—De modo que ¿qué es lo que buscas? —preguntó Nina a Macy—. La experta eres tú.
—Bueno, yo no diría tanto —repuso Macy con falsa modestia.
—Pues eres lo más parecido que tenemos —dijo Nina para zanjar la cuestión—. Entonces, ¿qué tenemos aquí?
Macy se volvió hacia la estructura que tenían a sus espaldas, y que era mucho mayor y estaba mejor conservada.
—Ese es el templo de Seti, o de Sethos —dijo—, construido por su hijo, Ramsés II, hacia el 1300 antes de Cristo. Lo más interesante es su estructura arquitectónica, que es absolutamente única. Todos los demás templos egipcios están trazados en línea recta, ¿no? Se entra por la puerta, y las salas están una detrás de otra. Pero este tiene otro cuerpo —observó, señalando una sección del templo que estaba a su derecha.
—A mí no me importan dos cuerpos en vez de uno —dijo Eddie.
Nina lo hizo callar.
—¿A qué se debe esa forma? —preguntó a Macy.
La muchacha volvió a mirar hacia la parte principal del Osireión.
—Se supone que el templo de Seti y el Osireión se construyeron al mismo tiempo. Al menos, es lo que dicen la mayoría de los libros. Y también lo decía mi catedrático. Pero la verdad es que yo no lo veía lógico, y resultó que algunos arqueólogos pensaban lo mismo que yo. O sea, ¿por qué vas a doblar el templo por la mitad para esquivar otro edificio, si los dos se están construyendo a la vez? Tampoco es que les faltara sitio para poner el segundo un poco más allá —concluyó, señalando el desierto vacío que se extendía más allá de las ruinas.
—¿De manera que hay otra teoría? —preguntó Nina.
Macy asintió con la cabeza.
—Algunos creen que el Osireión ya estaba aquí mucho antes del 1300 antes de Cristo. Estaba enterrado en la arena, pero Ramsés lo descubrió cuando se estaba construyendo el templo de Seti. Las obras de este templo ya estaban demasiado avanzadas para abandonarlas; pero Ramsés tampoco quería derribar el Osireión…, de manera que lo que hizo fue cambiar los planes, para que el templo nuevo estuviera en ángulo.
—¿Y por qué le interesaba tanto conservarlo? —preguntó Eddie.
Nina sabía la respuesta.
—Porque era una copia de la tumba del propio Osiris —dijo—. Habían olvidado siglos atrás la ubicación de la tumba primitiva; pero comprendieron que habían encontrado lo que más se aproximaba.
—Y, si estaban en lo cierto, el ojo de Osiris estará en algún lugar de su interior —añadió Macy.
—Que apunta hacia su pirámide. Así que lo único que tenemos que hacer… es encontrarlo.
Llegaron al Osireión a través de las arenas pedregosas. El lugar era prácticamente un foso, una serie de muros escalonados que descendían hasta la estructura excavada. En comparación con la elegancia ornamental del templo de Seti, las ruinas que habían quedado al descubierto eran de un estilo casi brutalista, a base de bloques de granito pálido sin adornos. El suelo del salón principal, de unos treinta metros de largo, estaba sumergido bajo una capa de agua estancada y verdosa.
Eddie torció el gesto con desagrado.
—Cuando vine al dichoso Sahara, no esperaba tener que mojarme los pies. Si lo llego a saber, me traigo las botas de agua.
—No está tan profunda —dijo Nina, terminando de bajar los escalones que conducían al edificio propiamente dicho—. O eso espero…
Metió con cuidado una bota en el agua turbia, cubierta de una capa de algas, y descubrió que tenía un par de dedos de profundidad.
—Ag —dijo—. Menos mal que no hemos venido durante la estación de lluvias.
Cuando Macy y Eddie llegaron a su lado, Nina se volvió a observar un pasadizo oscuro que arrancaba de una abertura del extremo noroccidental.
—¿Adónde conduce eso?
—Es un túnel que iba hasta la entrada norte —respondió Macy, tras consultar un plano que figuraba en su guía.
Eddie se asomó al interior forzando la vista.
—Ahora no va a ninguna parte… El otro extremo está cegado. Espero que eso del ojo no esté allí dentro.
Se dirigió hasta el otro extremo del salón, chapoteando.
—Se me ha ocurrido una cosa —dijo—. Si se supone que ese ojo mira hacia la pirámide, y la pirámide está hacia el oeste, en alguna parte, entonces estará en uno de los muros orientales, ¿no?
—El caballero del sombrero cutre tiene razón —dijo Macy, cruzando una sonrisa con Eddie.
Nina se quitó la mochila, sacó una linterna y caminó por el agua hasta una abertura del muro. Ascendía hasta ella una rampa que salía del agua; la pequeña cámara que estaba tras la abertura estaba seca. Nina entró, y pestañeó hasta que los ojos se le acostumbraron a la oscuridad. Las paredes de la cámara, como las de la sala exterior, estaban desnudas, sin adornos.
Eddie y Macy entraron tras ella.
—¿Has visto algo?
—Todavía no —dijo Nina, que barría cuidadosamente las paredes con la luz de la linterna en busca de cualquier indicio de tallas o señales. Mientras tanto, Macy sacó también otra linterna y se puso a explorar la cámara de manera mucho menos metódica, moviendo al azar el haz de luz de su linterna.
—¿Quieres estarte quieta? —le pidió Nina—. Agitando la luz sin más no encontrarás nada. Tenemos que hacer una búsqueda por partes…
—¡Ajá! ¡Lo encontré! —la interrumpió Macy. Había fijado la luz de su linterna en un punto concreto, en la parte alta de la pared del fondo.
—¿Lo ve? Un ojo de Osiris. ¡Soy la monda!
—Así me gusta más a mí la arqueología —dijo Eddie, al ver un símbolo tallado en la piedra—. Sin tanto rollo ni dar tantas vueltas a las cosas.
A Nina se le agotó por fin la paciencia.
—¡Haced el favor de tomaros esto en serio los dos, maldita sea! —gritó.
Las paredes de la cámara devolvieron los ecos de su voz.
—No sería un rollo si mi trabajo te interesase en lo más mínimo —dijo a Eddie, para dirigirse acto seguido a Macy—. Y tú, si es verdad que quieres ser arqueóloga, empieza a comportarte como tal. ¡O a comportarte como una persona adulta, por lo menos!
Eddie puso cara de sarcasmo.
—Ay, la voz de estricta institutriz —dijo—. Me encanta.
Macy, por su parte, se quedó compungida por la riña que se había llevado.
—Pero… pero si lo he encontrado… —dijo, señalando el símbolo.
—¡Por pura casualidad! —dijo Nina, cortante—. Y, por no ser metódica, hiciste exactamente lo mismo que hizo Logan en la esfinge: precipitarte hacia la pieza más evidente, pasando completamente por alto cualquier otra cosa que pudiera tener importancia.
—Pero si no hay nada más —dijo Eddie, indicando las paredes desnudas que los rodeaban.
—Esa no es la cuestión —repuso Nina; y volvió a dirigirse a Macy—. Estás llevando esto como si fuera una excursión de estudio del instituto de secundaria… ¡y te estás comportando como si fueras una de las animadoras, soltando risitas al fondo del autobús con los chicos deportistas!
Macy entrecerró con enfado los ojos oscuros.
—Y supongo que usted se sentaba siempre en primera fila, con los profesores… —dijo.
—Pues sí, mira por dónde —dijo Nina, sorprendida por aquella respuesta desafiante—, pero no estamos hablando de mí; estamos hablando del trabajo. Si queremos encontrar la pirámide, tenemos que trabajar con profesionalidad.
—Y usted se piensa que yo no lo hago, ¿no es así, doctora Wilde? Pues perdone que le diga que usted no estaría aquí siquiera si no hubiera sido por mí. Fui yo quien me enteré de la existencia de la otra entrada de acceso al Salón de los Registros. Fui yo quien conseguí que pudiésemos entrar en el complejo de la esfinge…
—¡A base de lucir las tetas!
Macy pareció ofendida.
—Usted se cree que no soy más que una niña mona, ¿verdad? ¡No me toma en serio porque estoy buena y no saco sobresaliente en todo!
—¡Eres tú la que no te tomas esto en serio!
Eddie se adelantó para interponerse entre las dos.
—¿Esto? —preguntó Macy.
—¡Todo esto! —exclamó Nina, agitando las manos para indicar el conjunto de la antigua estructura que los rodeaba—. ¡Todo! ¡Todo tiene importancia, pero a veces parece que yo soy la única persona del mundo a la que le importa!
Macy adoptó un tono mordaz.
—Ah, ya veo… ¡Todo el mundo de la arqueología gira alrededor de usted! El doctor Berkeley tenía razón cuando dijo que usted tenía que ser siempre el centro de atención.
Sacó las páginas de revista plegada y las agitó ante los ojos de Nina.
—Cuando leí esto por primera vez, pensé que usted era muy lista y muy interesante, ¿sabe? Que era una persona francamente especial. Pero la verdad es que es como todo el mundo.
Se acercó a la entrada a paso vivo y arrojó las páginas al exterior.
—Todo tiene que depender de usted —concluyó, ya más desilusionada que enfadada.
—Eso no es verdad —insistió Nina, que ya estaba a la defensiva—. No me importa llevarme o no la fama.
—Pero le gustaba…
Nina se lo pensó un momento.
—Claro que me gustaba —dijo por fin—. Pero si hago lo que hago, no es por eso. Lo hago porque… ¡porque tengo que hacerlo!
Dijo esto último casi con la voz de quien hace una confesión.
—¿Tienes que hacerlo? —preguntó Eddie, con cierta expresión de sorpresa.
—Sí. Es… es quien soy. Mis padres dedicaron sus vidas a la labor de desvelar al mundo la verdad acerca del pasado… no para que unos pocos pudieran beneficiarse de estos conocimientos, sino para todos. Y a eso me dedico yo también.
Calló un momento, casi sin atreverse a confesar sus sentimientos.
—Y… si no puedo hacer eso, ¿qué otra cosa puedo hacer? ¿Qué me queda?
—Me tienes a mí —dijo Eddie.
—Ya lo sé. Pero…
Fue incapaz de mirar a la cara a Eddie por unos instantes. Por último, le dirigió una mirada triste y avergonzada.
—¿Y si eso no es suficiente? —concluyó.
Se produjo un silencio incómodo que llenó la cámara. Macy bajaba la vista y se miraba los pies, desazonada, y Nina volvía a sentirse incapaz de mirar a Eddie a la cara.
—Bueno… sabes… —dijo Eddie por fin, consiguiendo esbozar una tenue sonrisa—, la verdad es que nunca te había considerado la típica ama de casa poco aficionada a salir.
—Lo siento —dijo Nina en voz baja.
Él la rodeó con los brazos.
—No hace falta.
—¿No estás enfadado conmigo?
—¡Lo único que me enfada es que no hayas sacado a relucir todo esto hace siglos! —afirmó Eddie, sonriendo más abiertamente—. ¿Conque era eso lo que te ha estado preocupando todo este tiempo? ¿Qué te pensabas, que no eras capaz de dedicarte a otra cosa que no fuera la arqueología?
Nina asintió con la cabeza.
—Eso viene a ser —dijo.
—¡Pues eso es una jodida tontería! —exclamó Eddie, riendo—. Eres la persona más lista que conozco, y puedes hacer todo lo que quieras. Hasta bailar —añadió, dirigiéndole una mirada significativa—. Lo único que tienes que hacer es proponértelo.
—Supongo…
—Así que ¿qué es lo que quieres hacer ahora mismo?
Nina no respondió en un primer momento. Por fin, uno de los ángulos de la boca le ascendió muy levemente.
—Se me ocurre una cosa que querría hacer —dijo—, pero no podemos hacerla delante de Macy.
Eddie sonrió alegremente.
—Que se apunte si quiere… ¡Me las puedo arreglar en un trío!
—¡Eddie! —exclamó Nina, dándole un leve puñetazo en el brazo. Macy abrió mucho los ojos.
Eddie se rio por lo bajo.
—Joder, qué fácil es picarte. Aunque somos marido y mujer, todavía no sabes cuándo estoy de coña.
Nina carraspeó.
—Bueno, pues solo por eso, vamos a hacer la otra cosa que me apetece mucho ahora mismo. Que es encontrar la pirámide de Osiris.
Miró en primer lugar el símbolo tallado en la pared, y volvió después la vista hacia Macy, que estaba en la entrada.
—Pero, para ello, tenemos que volver a ser un equipo. Lamento haber saltado de esa manera contra ti, Macy. No debería haberlo hecho… Ha sido una falta de profesionalidad. Y, además, tienes razón: si no hubiera sido por ti, no podríamos haber hecho esto. Nada de esto.
Macy, aunque todavía parecía algo enfurruñada, aceptó las disculpas.
—Y puede que yo me haya puesto algo borde —dijo a su vez—. Así que… perdone, doctora Wilde.
—Gracias —dijo esta—. Y llámame Nina —añadió al cabo de un momento—. Ya es hora de que nos tuteemos.
La muchacha alegró un poco la cara.
—Vale…, Nina —dijo; y volvió a adentrarse en la cámara.
—Entonces… ¿qué tenemos? —preguntó Eddie.
Lo que había descubierto Macy no parecía nada especial a primera vista. Era un símbolo de menos de cinco centímetros de altura, tallado en la pared de piedra, casi a la altura del techo. Se trataba de la representación estilizada de un ojo, la misma forma que figuraba en el logotipo del Templo Osiriano.
Eddie consultó una brújula.
—Vale, así que mira hacia… el rumbo doscientos diez grados —dijo.
Sacó un mapa y lo extendió sobre el suelo de piedra.
—Estamos buscando un desfiladero en esa dirección, ¿no es así?
—Sí; el desfiladero de plata —le confirmó Nina.
Eddie, sirviéndose de la brújula, dispuso el mapa con la misma orientación del mundo real.
—En esa dirección hay bastantes desfiladeros en el desierto —dijo—. ¿Qué decía el zodiaco, exactamente?
—Solo que el segundo ojo de Osiris mira al camino del desfiladero de plata. Cabe pensar que mira al comienzo del desfiladero, pues el resto de los jeroglíficos decían dónde hay que ir cuando se llega al final del mismo.
—Vale; de modo que estamos buscando la entrada de un desfiladero — dijo Eddie.
Estudió con más atención las líneas de nivel del mapa, que se apiñaban en las zonas donde los cursos de agua habían abierto desfiladeros al descender desde los terrenos de más altura relativa del desierto.
—Aquí —dijo por fin, dando un golpecito con el dedo en un punto del mapa—. Este desfiladero conduce hasta una llanura amplia y despejada, y su entrada está justo en línea con el ojo. Empieza aquí —dijo, con otro golpecito —; así que, haciendo once kilómetros al oeste, llegamos… aquí.
Nina se acercó para ver mejor. En el punto que señalaba Eddie no había nada. Literalmente, nada: hasta las líneas de nivel estaban tan distantes entre sí que la zona debía de ser prácticamente llana.
—Si ese es el desfiladero bueno —observó Nina.
—Está a unos veinticinco kilómetros de aquí, y el terreno no es muy malo. Podemos ir en el coche, si vamos con cuidado.
Nina contempló en el mapa la gran extensión vacía. No parecía probable que hubiera allí una pirámide desconocida, pero ella ya había descubierto otros yacimientos increíbles en entornos tan desolados como aquel.
—Empezaremos por revisar ese desfiladero —dijo—; y si parece que es el bueno, lo seguiremos y veremos si es verdad que conduce hasta la pirámide de Osiris.
—¡Tiene que ser verdad! —dijo Macy, emocionada, mientras se ponía de pie—. Todo concuerda. ¡Tiene que estar allí!
—Es mejor que encontremos primero esa cosa condenada y lo celebremos después —la previno Eddie.
—¡La encontraremos! ¡Estoy segura! ¡Ay, Dios mío! ¡Vamos a ser famosos! Vale, tú ya eres famosa, pero ¡yo también lo seré!
Salió al exterior apresuradamente, y se detuvo por el camino a recoger las páginas dispersas de la revista, volviendo la vista hacia Nina con un poco de apuro.
—¡Si el desfiladero está a solo veinticinco kilómetros, llegaremos enseguida! —dijo.
—Esta chica no ha ido nunca en coche por el desierto, ¿verdad? — comentó Eddie, mientras Macy atravesaba el salón principal, chapoteando. Observó que Nina contemplaba a la joven con una expresión intermedia entre la nostalgia y la envidia.
—¿Qué hay?
—Yo también tenía ese entusiasmo en tiempos —dijo Nina—. Lo echo de menos, en cierto modo.
—Todavía tienes ese entusiasmo —repuso Eddie mientras plegaba el mapa—. Dios, cuando te da por una cosa, no te puedo hacer callar de ninguna manera.
—No… Lo que quiero decir… —dijo Nina, y soltó otro suspiro—. Solo tengo doce años más que ella, pero es como si tuviese muchos más. ¿Dónde demonios ha ido a parar ese tiempo?
—No te me irás a deprimir otra vez, ¿verdad? —dijo Eddie, en son de riña cariñosa—. Ya he tenido que aguantar bastante de eso últimamente.
—Sí, vale; gracias por tu comprensión.
—No, en serio: si aquí hay alguien que se tendría que deprimir, ese sería yo. De aquí a un par de años cumpliré los cuarenta. ¡Cuarenta! Eso ya es ser viejo, crecidito y todas esas cosas.
—A mí no me parece que vayas a crecer ya más…
—¡Bah! —exclamó Eddie, y los dos salieron de la cámara, siguiendo los pasos de Macy.
El Land Rover Defender destartalado iba abriéndose camino por el desierto abrasado por el sol. El viejo cuatro por cuatro no tenía aire acondicionado, y en la cabina hacía un calor mareante, a pesar de que llevaban las ventanillas abiertas y el ventilador al máximo. Eddie conducía el vehículo, que tenía el volante a la derecha, y se defendía del calor tomando tragos frecuentes de su botella de agua. Nina, por su parte, procuraba moverse lo menos posible.
Macy iba entre los dos, en el asiento central; no parecía que le afectara la temperatura, y casi daba botes de impaciencia.
—¿Falta mucho? —preguntó, mirando el GPS que estaba sobre el salpicadero.
—Un kilómetro y pico —dijo Eddie—. Y como lo vuelvas a preguntar, terminas el viaje a pie, maldita sea.
Ante ellos, entre la viva luz de la lejanía, iba surgiendo una forma. Era un barranco que se extendía de un lado a otro del horizonte, tallado por las inundaciones del Nilo durante millones de años. Pero cuando estuvieron más cerca, Nina detectó en su superficie rocosa un tajo oscuro, una sombra bajo el sol implacable.
—¿Ves eso, Eddie? Podría ser nuestro desfiladero.
—Podría ser —asintió él, y se dirigió hacia aquel lugar.
Se detuvieron en la entrada del desfiladero. Nina bajó del vehículo y se puso una gorra de béisbol. Se alegró de librarse del calor agotador del Land Rover, aunque fuera a costa de quedar expuesta a toda la furia de los rayos del sol. Vio en las paredes del desfiladero algo que le llamó la atención.
—Mirad esto —dijo.
La superficie rocosa era de arenisca gris amarillenta, que brillaba con fuerza a la luz del sol; pero había zonas en que la luz reflejada era todavía más viva y reluciente.
—¿Eso es plata? —preguntó Eddie, al ver unos hilos finos que surcaban la piedra.
Macy se bajó las gafas de sol para ver mejor.
—Supongo que así se explica el nombre —dijo—. ¿Crees que hay más?
—Debe de haber más —opinó Nina—. Por eso les valdría la pena venir hasta aquí. En Egipto apenas hay ningún yacimiento de plata, y por eso se le daba tanto valor antiguamente. El que encontrara una veta de plata se haría muy rico.
Eddie alzó la vista por las paredes del desfiladero, que ascendían en ángulo empinado. El fondo era arenoso y lo bastante ancho para que pasara el Land Rover, sin más obstáculos que algunas piedras caídas aquí y allá.
—¿Crees que puede quedar algo? —preguntó—. A lo mejor podríamos arañar una poca, como para hacernos una tacita de plata o algo así.
—Ya veremos —dijo Nina, sonriendo ante aquella ocurrencia.
Regresaron al todoterreno. Eddie empezó a subir cuidadosamente con el Defender por el desfiladero, y quedaron a la sombra. Al cabo de poco trecho, la ascensión se hizo más empinada y las revueltas eran más cerradas.
Nina vio algo a un lado y pidió a Eddie que parara.
—Creo que esa es nuestra mina de plata —dijo.
Se habían excavado en la cara del acantilado varias oquedades de forma aproximadamente rectangular.
—Pero creo que tendrás que aguantarte sin la tacita de plata. Ya se han llevado lo mejor.
—Vaya, mala pata. Pero sí que debemos de estar en el sitio bueno.
—Ya os lo dije —dijo Macy—. Solo tenemos que seguir la dirección de Mercurio desde el zodiaco, y lo encontraremos.
—No sé —dijo Eddie con escepticismo—. Me puedo creer que haya un templo enterrado en la arena, incluso algo que sea del tamaño de la esfinge…, pero ¿una pirámide? La verdad es que es difícil pasarlas por alto.
Puso en marcha el Land Rover otra vez. El terreno se volvió más inclinado todavía; las paredes del desfiladero se iban estrechando. El Defender dobló otro recodo, y entraron en un canal estrecho a través del cual no se veía más que el cielo abierto. Habían llegado al final del desfiladero.
Cuando salieron del acantilado, Eddie detuvo el vehículo, consultó su brújula y el GPS y señaló un rumbo.
—El zodiaco decía que había que ir hacia allí. Macy, en mi mochila hay unos prismáticos, ¿me los alcanzas?
Macy se los entregó.
—¿Ves la pirámide? —le preguntó.
—Veo, veo… una cosita que empieza por… A.
—¿Airámide?
—Arena —apuntó Nina, con más realismo.
Eddie asintió con la cabeza.
—Iba a decir arenales a manta, pero te has acercado. ¿A qué distancia se supone que está?
—A un atur. Once kilómetros y veinticinco metros —dijo Nina.
Eddie miró a uno y otro lado, sin encontrar nada.
—No se ve nada puntiagudo, desde luego.
Introdujo en el GPS unas nuevas coordenadas.
—Si está allí, esto nos conducirá al sitio exacto.
Volvieron a ponerse en marcha, y la amplia llanura vacía se abrió alrededor de ellos. Nina vigilaba el GPS, en cuya pantalla aparecía el contador de la distancia que faltaba. Cinco kilómetros, cuatro, tres… y seguía sin aparecer nada visible al frente, ni apreciarse ningún monumento perdido que surgiera de entre las dunas. Miró a Macy. A la joven se le iba apagando la ilusión del rostro a ojos vistas, casi a cada metro que avanzaban.
Un kilómetro y medio. Seguía sin verse nada. Eddie echó otra mirada a Nina, advirtiéndole con su expresión de que se preparara para llevarse una desilusión. Un kilómetro. Menos. El paisaje que tenían por delante no se distinguía en nada del que habían dejado atrás.
El GPS pitó.
—Aquí es —dijo Eddie, deteniendo el Land Rover—. Ya estamos.
Macy se apeó de un salto y miró a su alrededor, pero solo vio el desierto, vacío e interminable.
—Yo… no lo entiendo —dijo, mientras corría al otro lado del todoterreno, como si esperara ver un panorama diferente desde allí—. Hemos seguido todas las pistas; hemos encontrado el desfiladero de plata… ¿Por qué no está aquí?
Nina le puso una mano en el hombro para consolarla, mientras Eddie se subía al techo del Land Rover para otear desde allí la llanura que los rodeaba.
—Eh, no te preocupes —dijo Nina—. Todavía pueden quedar partes por debajo de la arena.
—¿Solo partes?
—La arqueología suele ser así. Es raro, rarísimo, encontrar un yacimiento nuevo que esté intacto.
—Pero cuando los encuentras tú, sí que están intactos —dijo Macy.
Nina advirtió, con sorpresa y consternación, que la muchacha estaba al borde de las lágrimas.
—Eh, eh, ¿qué pasa? —le dijo—. ¡Si ni siquiera hemos empezado a explorar la zona! Todavía podemos encontrar algo.
—No; no encontraremos nada —balbució Macy—. Aquí no hay nada. Os he hecho perder el tiempo… a vosotros, y a todo el mundo. Casi os han matado a los dos por mi culpa, ¡y todo para nada! ¡Ay, Dios mío, lo siento!
—Qué… ¿qué es lo que sientes? —le preguntó Nina, sin saber qué otra cosa decir—. ¿Por qué estás tan afectada, Macy?
—Porque… ¡porque el doctor Berkeley tenía razón en lo que decía de mí! Igual que mi catedrático, y que mis profesores en el instituto… y que tú.
—¿En qué tenía razón?
Macy no fue capaz de mirarla a los ojos. Le rodaban las lágrimas por las mejillas.
—En que… que yo… que yo no valgo para nada —consiguió decir.
—¡Sí que vales! —dijo Nina, impresionada por aquella pérdida de confianza tan absoluta y repentina de la joven—. ¿Por qué dices eso?
—Porque es verdad. Nunca en la vida he tenido que trabajar para ganarme nada. Siempre he tenido todo lo que quería, porque era rica, guapa y simpática, y la gente me lo hacía todo. —Bajó la cabeza con honda tristeza—. Y por una vez, por una vez que me esfuerzo, que me esfuerzo al máximo para demostrar que soy capaz de conseguir algo por mí misma… ¡fracaso por completo, y fallo a todo el mundo! Os he fallado a vosotros.
—No nos has fallado —dijo Nina—. No, de verdad. Tú misma lo dijiste: si no hubiera sido por ti, Osir se habría escapado con el zodiaco y no se habría enterado nadie. Y has conseguido cosas por ti misma. Conseguiste un puesto en la excavación.
—Solo gracias a que a mi madre le debían favores. Ay, Dios…
Levantó por fin la cabeza.
—Yo quería ser como tú, porque pensaba que eras interesante. No me había dado cuenta de cuánto habías trabajado, de cuánto habías aguantado. Me creí que, si intentaba ser como tú, me vendría todo solo, como me ha pasado siempre… Pero me equivoqué; y ahora estamos en este sitio horrible y jodido, sin haber sacado nada en limpio. ¡Nada!
A Nina no se le ocurrió nada que decirle. En vez de ello, abrazó a la joven, que sollozaba, intentando darle algún consuelo.
—Lo siento —murmuraba Macy—. Lo siento de verdad.
—No tienes por qué disculparte de nada —le aseguró Nina—. Y todavía tenemos que explorar la zona. Puede que haya algo que encontrar.
—No lo habrá —dijo Macy con tristeza.
—¡Eh! —exclamó Eddie, saltando del techo del Land Rover—. Se acabó el jodido derrotismo, ¿vale? Acabo de hacer que mi mujer supere un ataque, y no estoy dispuesto a aguantar que otra me salga con lo mismo.
Nina se dispuso a reñirle por su falta de sensibilidad, pero entonces se dio cuenta de que el ánimo de Eddie había cambiado: aquella actitud desagradable suya no era más que una fachada con la que preparaba una sorpresa.
—¿Qué hay? —le preguntó, en vez de reñirlo—. Ya me conozco esa cara tuya: ¡tienes algo!
—Sí; tengo algo. No es una pirámide, pero está hecho por el hombre. Hacia allí —dijo, señalando al noroeste.
Nina no veía nada, aparte de más arena y rocas.
—¿Dónde? —preguntó.
Eddie le pasó los prismáticos y volvió a señalar.
—¿Ves esas rocas, las que tienen una forma como de L?
—Sí —dijo Nina—. ¿Y qué?
—Pues que no son rocas.
En la imagen ampliada se apreciaba algo nuevo. Había dos piedras grandes. Una estaba tendida en el suelo, y tocaba la base de otra cuya punta asomaba de entre la arena.
Piedras… de bordes rectos. No eran rocas.
Eran bloques tallados.
Del mismo tamaño y color que los que se habían empleado para construir el Osireión.
—¡Dios mío! —exclamó Nina con voz entrecortada—. ¡Es un edificio!
—O los restos, por lo menos —dijo Eddie.
Macy miraba alternativamente a Nina y a Eddie, preguntándose si le estarían gastando una broma cruel, hasta que se convenció por fin de que no era así.
—Esperad…, ¿habéis encontrado algo? ¿Hay allí algo de verdad?
—Nos habíamos desviado un poco, nada más —le dijo Nina, entregándole los prismáticos y señalándole las ruinas. Macy soltó una leve exclamación al verlas.
—¿Lo ves? ¿No te había dicho que no te desanimaras?
Macy se secó los ojos.
—Bueno… bueno…, ¿a qué estamos esperando? —dijo, intentando esbozar una sonrisa vacilante que no tardó en volverse auténtica. Se subió al Land Rover.
—¡Venga, vamos! —exclamó.
—¡Caray! —dijo Nina, divertida—. Ojalá tuviera yo esa capacidad de recuperación.
—Tampoco se te da tan mal —le dijo Eddie, pasándole un brazo por los hombros.
Las dos piedras resultaron ser los restos de una estructura pequeña, de unos cuatro metros por cuatro. El resto de sus muros apenas asomaba por encima de la arena. Dado el grosor de los bloques, el interior sería más pequeño todavía. Si se hubiera tratado de una vivienda, habría sido más reducida que un calabozo estrecho.
Pero Nina propuso otra teoría.
—Es una señal. Como aquí no hay puntos de referencia naturales, tuvieron que construir uno artificial. Pero ¿qué es lo que señala?
Macy examinó los bloques de piedra en busca de nuevas pistas.
—Puede que aquí se encuentren más instrucciones —dijo.
Nina negó con la cabeza.
—En el texto del zodiaco decía que, cuando se sale del desfiladero de plata, el punto siguiente ya es la pirámide misma.
—Entonces, ¿dónde está? —preguntó Eddie—. No es posible que esté enterrada, ¿verdad? O sea, esto todavía asoma; así que, a menos que sea la pirámide más pequeña del mundo, deberíamos poder ver algo.
—Si no la enterraron intencionadamente —dijo Nina. Pero descartó la idea; para enterrar por completo una pirámide, aunque fuera pequeña, haría falta una cantidad fabulosa de arena.
Pero aquel tenía que ser el lugar correcto. Para encontrar el desfiladero había que tener un conocimiento especializado sobre el Osireión, que solo poseerían unas pocas personas; y los cálculos astronómicos necesarios para determinar la dirección del último tramo del viaje estarían al alcance de muchos menos todavía. La pirámide tenía que estar allí.
Entonces, ¿por qué no la veían?
Tenían que remitirse de nuevo al zodiaco. Nina sacó la foto del antiguo relieve de la que se había apoderado.
—¿Practicando un poco la astrología? —dijo Eddie.
—Estoy segura de que aquí debe de haber alguna pista más.
Macy bajó de las piedras de un salto para estudiar la imagen junto a Nina.
—¿Hacia dónde está el norte? —preguntó Nina.
Eddie consultó su brújula e indicó el norte. Nina alineó el zodiaco en consecuencia… y, después, volvió el papel y lo sostuvo sobre su cabeza.
—Así es como había que leerlo —dijo—. Mirándolo desde abajo… y orientado hacia el norte. La clave está aquí; está en el mapa, está… ¡aquí!
Bajó bruscamente el plano, manteniéndolo orientado, de manera que el norte, que antes había estaba delante de ella, quedó al pie de la página.
—¡La señal de la pirámide! ¿La veis?
—Sí —dijo Eddie—, pero ¿y qué? No es más que un triángulo.
—Puede; pero ¿hacia dónde apunta?
—Hacia abajo —dijo Macy.
La muchacha empezó a hacerse cargo de las consecuencias al cabo de un momento.
—¡No puede ser! —exclamó.
—Sí puede ser —dijo Nina, sonriente.
Eddie miró el mapa arrugando la frente.
—Vale, ¿qué es lo que me estoy perdiendo?
—La pirámide del zodiaco está al revés —le dijo Nina—. ¿No lo ves? Es una pirámide invertida… y los que construyeron el mapa iban en serio. Estaban representando lo que hay aquí en realidad.
Macy se había contagiado de la emoción de Nina.
—En algunas pinturas en tumbas, como en la de Ramsés VI, el Reino de los Muertos egipcio aparece representado como un reflejo invertido, que está inmediatamente por debajo del nuestro —dijo la muchacha—. Puede que construyeran la pirámide de Osiris invertida, para que fuera una versión en el Reino de los Muertos de las pirámides verdaderas… No; esperad, eso no tiene sentido. Si el zodiaco que estaba dentro de la esfinge es más antiguo que la pirámide de Kefrén, también tendría que ser más antiguo que todas las demás pirámides.
—No es que la pirámide de Osiris fuera una copia invertida de las demás pirámides —comprendió Nina, sin aliento—. Es que las demás pirámides son copias invertidas de la pirámide de Osiris. ¡Las construían sobre la superficie para imitar la tumba de Osiris en el Reino de los Muertos! Por eso se tomaban tanto trabajo para reproducir esa forma.
—Un momento —dijo Eddie—. ¿Estás diciendo que construyeron esta pirámide del revés?
Nina sacó del suelo un puñado de arena, dejando un hoyo de forma aproximadamente cónica.
—Excavaron un agujero —dijo—, y construyeron la pirámide dentro; pusieron la punta abajo, y fueron subiendo. O puede que pusieran la pared de cada capa sucesivamente, para excavar después y seguir con la capa inferior, y construyeran así las paredes exteriores para rellenar después el interior de la pirámide. No lo sé. Pero no sería más difícil que construir la Gran Pirámide. Puede que fuera más fácil, incluso: no tenían que levantar piedras, solo que bajarlas. La fuerza de la gravedad les favorecía.
—Así que ¿ahora estamos encima de la pirámide?
—Hay una manera de descubrirlo —respondió Nina.
Volvió al Defender y sacó tres palas.
—A trabajar.
—¿Dónde? —preguntó Macy.
—Allí dentro —dijo Nina, indicando el interior de las ruinas—. Creo que es algo más que una señal: es una entrada.
Se pusieron a cavar. Bajo aquel sol abrasador, el trabajo era lento, y tenían que detenerse con frecuencia para beber agua; pero al cabo de un rato Eddie tocó algo duro con la pala.
—Déjame ver —dijo Nina, retirando la arena con las manos desnudas.
Quedó al descubierto una losa plana de piedra.
—Puede que no sea más que el suelo de este edificio —advirtió Eddie.
—No lo creo. Venga, vamos a despejar el resto.
Volvieron al trabajo. Nina estaba tan impaciente que ya ni siquiera se detenía a descansar. Cuando hubieron terminado, había quedado bastante despejada una superficie de unos dos metros por dos. Nina limpió con las manos algo más de la arena gruesa que la cubría, y encontró una grieta estrecha, a cosa de treinta centímetros de la pared. Siguió la grieta con el dedo: tenía forma cuadrada.
—Podría ser la piedra que cubre la entrada.
Macy encontró otra cosa en el centro de la losa.
—¿Os suena? —dijo, retirando más arena. En la piedra había quedado al descubierto un símbolo tallado.
El ojo de Osiris.
—Supongo que estamos en el sitio bueno, entonces —dijo Eddie—. Así que ¿ahora, qué?
Las dos mujeres lo miraron.
—Ah, claro —suspiró él—. Me toca levantar un bloque de piedra de dos toneladas. Qué gusto.
Pero, antes, salió del pozo recién excavado y regresó al Land Rover a recoger más material. Cuando volvió a saltar al pozo, provisto de una palanqueta larga, señaló a Nina.
—Tú, bebe más agua. No voy a consentir que te me caigas, ¿vale?
—Vale —refunfuñó Nina, que prácticamente se había olvidado del calor.
Tomó su botella de agua, mientras Eddie examinaba los bordes de la losa.
Eddie localizó la parte donde la grieta era más ancha, y metió la palanqueta. La empujó, haciendo un gran esfuerzo. Sonó un crujido, y la losa se movió un poco.
—No es tan pesada como creí —dijo Eddie—. Solo me dará una hernia pequeña. Nina, en el Land Rover hay unas cuñas de metal; tráelas, haz el favor.
Nina las encontró y las trajo. Mientras Eddie levantaba poco a poco la losa, haciendo palanca, Nina fue insertando poco a poco en la grieta las cuñas metálicas para que la losa no pudiera volver a caer. Al cabo de poco apareció una línea estrecha de oscuridad por debajo del borde inferior de la losa. Eddie acercó el Land Rover y se sirvió del cabrestante del vehículo para subir más la losa. Esta estaba apoyada en un reborde interior de piedra. Eddie, resoplando, la empujó hasta que superó su punto de equilibrio. La losa cayó hacia atrás y dio un golpe sonoro contra la pared.
—Ya está —dijo Eddie, limpiándose el polvo de las palmas de la mano con gesto teatral—. Estaba chupado.
—Un poco… demasiado chupado —dijo Macy, asomándose al agujero—. En todas las demás pirámides, las entradas estaban ocultas.
Nina había pensado lo mismo.
—O bien pensaban que esto solo lo encontraría quien tuviera derecho a estar aquí… o este no es el único obstáculo —dijo.
—Espero que no quieras decir lo que creo que quieres decir —gruñó Eddie.
—Me temo que puede que sí, cielo.
Macy no entendía nada.
—¿De qué estáis hablando?
—No tardaremos en enterarnos —dijo Nina.
Recogieron su material y, tras intercambiar miradas de desconfianza, descendieron por el agujero… y se convirtieron en las primeras personas que entraban en la pirámide de Osiris desde hacía más de seis mil años.