La pirámide de Osiris

Andy McDermott · Capítulo 32 de 33

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La pirámide de Osiris

Capítulo 31

31

 

 

Eddie miró a Grant a la cara. Leyó en sus ojos que el actor no iba a clavarle el cuchillo en el pecho.

Y eso era bueno.

Pero también era malo, porque significaba que los seguidores de Shaban los matarían a los dos.

E inmovilizado como estaba sobre la mesa, con las manos atadas a la espalda, Eddie no podía hacer nada por evitarlo…

¡Bum!

Todos los que estaban sobre el escenario se volvieron para ver el origen del ruido… y, con un estrépito colosal de vidrios rotos, el Mitsubishi entró bruscamente a través de la puerta doble.

Y siguió adelante en línea recta, hacia el altar.

Lorenz se abalanzó sobre Shaban para apartarlo del camino del todoterreno. Broma se puso a salvo rodando sobre sí mismo hacia el otro lado. Los guardias que sujetaban a Eddie se dispersaron.

El Montero viró, derrapando, para esquivar el altar; pero no pudo frenar a tiempo para evitar la colisión con una de las estatuas. El grueso parachoques de barras del todoterreno arrancó un trozo de las piernas de la figura cromada, que se bamboleó; estuvo a punto de caer en el foso… pero, tras una nueva oscilación, cayó por fin hacia el otro lado. Su peso hizo pedazos el suelo de mármol… y también al científico. El frasco salió despedido, girando sobre sí mismo.

La estatua caída siguió rodando, y destrozó el altar en el mismo momento en que Eddie se ponía a salvo levantándose de un salto y empujando también a Grant, que estaba aturdido. La figura siguió rodando sobre el final del escenario, aplastando a otro guardia… y, después, la escalera se hundió bajo su peso, mandando despedidos por los aires a los demás hombres. Los adeptos de la secta gritaban y corrían hacia atrás para no ser aplastados.

Eddie se incorporó hasta quedar sentado. Esperaba ver dentro del Montero abollado a algún miembro del EEPA, y se llevó una sorpresa, aunque agradable, al descubrir que quien iba al volante era Nina.

—¡Eso sí que es manera de colarse en una fiesta! —le dijo a voces.

—¡Vamos, Eddie! —le gritó ella a su vez.

Pero Nina adoptó inmediatamente una expresión de alarma.

—¡Cuidado! —exclamó.

Broma encañonaba a Eddie con una pistola.

En el interior del todoterreno sonó una detonación apagada… y se vio pasar volando por el escenario algo que golpeó a Broma en el pecho con un crujido, y que le rompió el esternón. El hombre cayó de espaldas al foso, mientras el objeto que lo había herido rebotaba y saltaba por el mármol con ruido metálico y emitiendo una nube de humo blanco.

Solo que era algo más que humo. Eddie notó una sensación de picor y de ardor en los ojos y en la nariz. Gas lacrimógeno. Volvió la vista hacia el Montero y vio que Macy empuñaba una Arwen 37 a través de la ventanilla rota.

—¡Contened la respiración! —advirtió Eddie—. ¡Grant, córtame la atadura!

El desconcertado Grant recordó que tenía un cuchillo en la mano. Aplicó la hoja ensangrentada a la brida con que estaba atado Eddie y la cortó con movimiento de sierra hasta que saltó. Eddie se quitó la atadura de plástico y se puso de pie. El gas lacrimógeno se iba acumulando en el escenario, y densas nubes blancas le estorbaban la visión; pero fue capaz de percibir a Shaban y a Lorenz, que seguían en el suelo junto a una de las estatuas.

Observó el foso. Las escaleras habían quedado destruidas, y los sectarios no podían alcanzar el escenario directamente; pero tenían otra salida…

—¡Mierda!

Algunos de los seguidores de Shaban ya habían llegado a la misma conclusión, y se dirigían a las escaleras del lado opuesto del templo. Si salían, Eddie y sus compañeros quedarían en una inferioridad numérica abrumadora, y lo más probable era que aquella turba los hiciera pedazos.

Eddie corrió al todoterreno.

—¡Dame eso! —dijo a Macy, arrancándole la Arwen de las manos; y disparó por encima del foso los cuatro botes de humo que quedaban, apuntando a las otras escaleras. La multitud retrocedió inmediatamente; los sectarios tosían y se llevaban las manos a la cara, intentando librarse del gas irritante.

—¡Sube! —gritó Nina desde el todoterreno.

—¡No! ¡Bajad vosotras! —repuso él—. Ese gas no los detendrá mucho tiempo… ¡Tenemos que dejarlos atrapados ahí abajo!

—¿Cómo?

—Con el coche.

—Pero ¡nos hará falta para salir de aquí!

—¿Han subido el puente levadizo?

—Sí; pero…

—¡Entonces, no tendremos tiempo de bajarlo antes de que esa cuadrilla se nos eche encima como unos condenados zombis! ¡Venga, muévete! ¡Tú también, Macy!

Macy se bajó del Mitsubishi por su lado y Nina por el otro, mientras Eddie se inclinaba sobre el asiento del pasajero.

—Esto le funcionó a Shaban; espero que nos funcione a nosotros — murmuró, mientras metía una marcha al Mitsubishi… y bloqueaba el acelerador con la escopeta antidisturbios descargada.

El todoterreno avanzó rugiendo hacia las escaleras rotas, mientras Eddie se ponía a salvo saltando de espaldas desde el vehículo para rodar sobre sí mismo. Cayó dolorosamente sobre los restos del altar derruido y se deslizó por el suelo de mármol…

Grant se arrojó hacia él y lo asió del brazo cuando estaba a punto de caer al foso. Eddie quedó con las piernas colgando sobre el borde.

Los adeptos de la secta se dispersaron, entre gritos, cuando el Mitsubishi cayó aparatosamente hasta su nivel. El pasillo central seguía más o menos despejado, debido a algún efecto de obediencia colectiva, aunque el vehículo mandó despedidos hacia los lados a un par de matones de chaqueta verde cuando siguió avanzando por el foso, cabeceando con fuerza por los rebotes de la suspensión.

Se perdió de vista entre la nube espesa de gas lacrimógeno. Resonó en el salón otro estrépito enorme de metal y vidrios rotos. El todoterreno había llegado a las escaleras opuestas, había ascendido hasta la mitad de las mismas y había asomado sobre la nube irritante, como una ballena que salta sobre la superficie del mar para volver a caer en ella.

Eddie trepó de nuevo al escenario.

—Gracias, camarada —dijo a Grant.

Ahora que habían quedado destruidas ambas escaleras, los sectarios estaban atrapados en el foso.

—Así que ¿te gusta la acción de verdad? —preguntó Eddie.

Grant seguía algo conmocionado.

—Yo, esto… prefiero la versión de Hollywood —dijo.

—Bueno; entonces, procuraremos que vuelvas allá. Vamos.

Rodearon el altar roto. Seguía extendiéndose la nube de gas lacrimógeno del primer bote, que obligaba a Nina a retroceder hacia ellos.

—¿Dónde está Macy? —le preguntó Eddie, buscándola con la vista, alarmado.

A Nina le lloraban los ojos. Los vapores irritantes le estaban atacando las mucosas.

—Allí dentro —dijo sin aliento, señalando los vapores más densos.

—Macy, ¿me oyes? —gritó Eddie.

Oyó una tos femenina en alguna parte, en el interior de la nube.

—Vale; tenemos que cruzarla. Contened la respiración, cubríos los ojos y la nariz y sujetaos a mí —dijo, tendiéndoles las manos.

Grant también sufría los efectos de las sustancias químicas lacrimógenas, y hacía muecas de desagrado.

—¿Tú no lo notas? —preguntó el actor a Eddie, mientras Nina y él se sujetaban de sus manos.

—Quia; esto es flojillo. En el SAS, en los entrenamientos, te meten en habitaciones con cosas mucho peores. Te acostumbras, como a la comida picante india. Vale; ¿preparados?

Ambos asintieron con la cabeza, tapándose la nariz con la otra mano.

—¡Vamos!

Se adentró corriendo en la nube, tirando de Nina y de Grant. Los ojos le empezaron a llorar a mares inmediatamente, y en la piel que tenía expuesta sentía como si le estuvieran clavando agujas ardientes. Su entrenamiento lo había vuelto más resistente a los efectos del gas lacrimógeno que la mayoría de las personas, pero tampoco estaba inmunizado, y hacía varios años que no se entrenaba. Pero siguió adelante, hasta que alcanzaron aire más limpio al otro lado.

¿Dónde estaba Macy?

Los límites de la niebla eran irregulares. A pesar de la leve brisa que entraba por las puertas rotas, había zonas donde perduraba el humo con insistencia. Eddie oyó otra tos, y percibió una figura semivelada por la niebla.

—¡Macy! ¡Por aquí! ¡Ven!

Soltó a Grant y a Nina y se dirigió hacia ella.

Pestañeó para limpiarse de los ojos las lágrimas ardientes. Ya veía dos formas entre la neblina.

—¡Macy!

Era demasiado tarde.

Al adquirir más nitidez la segunda figura, resultó ser Shaban. El egipcio se apoderó de Macy por la espalda y le apoyó una pistola en la cabeza, con intención de servirse de ella como escudo humano…, pero, entonces, descubrió que sus adversarios iban desarmados.

Nina arrastró a Grant para refugiarse ambos tras una de las estatuas que seguían en pie, mientras Eddie se arrojaba de cabeza al único refugio que tenía a su alcance, la nube de gas lacrimógeno. Mientras se adentraba en la densa niebla, rodando sobre sí mismo, pasó sobre él una bala que trazó un remolino en el humo. Shaban, tras perder de vista a Eddie, disparó hacia Nina y Grant dos tiros más, que hicieron saltar fragmentos de la estatua. Después, volvió a apoyar el cañón del arma en la cabeza de Macy, arrancando un grito a esta, que se quemó con el metal caliente, y tiró de la muchacha para obligarla a retroceder.

—¡Lorenz! ¡Coge el frasco! —gritó.

Nina se arriesgó a asomarse un momento por el borde de la estatua, y vio que el recipiente de acero inoxidable estaba tendido al otro lado del escenario. Lorenz lo recogió y miró a Shaban, esperando nuevas órdenes.

—¡Ve al helicóptero! —gritó el egipcio mientras se retiraba, arrastrando consigo a Macy, que se debatía.

Eddie surgió repentinamente del interior de la nube para refugiarse tras la estatua que estaba más próxima a Shaban y a su esbirro. Shaban disparó de nuevo, y la bala rebotó contra la estatua cromada.

—¡Si me seguís, la mataré! —les advirtió cuando alcanzó la salida lateral. Lorenz abrió la puerta, y salieron por ella caminando de espaldas.

Eddie soltó una tos desgarradora.

—¡Dios! —dijo, casi ahogado y frotándose los ojos—. ¡Han debido de cambiar la maldita fórmula desde mi último entrenamiento con gas!

Nina corrió hasta él, seguida de Grant.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —le preguntó.

—Para empezar, vamos a dejar a este en un lugar seguro —dijo Eddie, indicando al actor con un movimiento de la cabeza—. Después, bajar ese puente levadizo para que puedan entrar Assad y sus chicos.

—¿Y tú?

—Yo voy a buscar a Macy.

La corriente de aire había despejado el humo del escenario lo suficiente para que Eddie percibiera algo entre los restos: una pistola que había dejado caer uno de los guardias. La recogió… y se la entregó a Nina, para sorpresa de esta.

—Dispara a todo lo que veas verde.

—¿Por qué no te la llevas tú?

—Porque todavía pueden quedar guardias en la puerta.

—No voy a la puerta… Voy contigo.

—No; tú tienes que proteger a Grant.

—¡Eh! —intervino Grant, aparentemente ofendido—. Me sé cuidar solo, hombre.

—¿Has disparado alguna vez una pistola de verdad? —le preguntó Eddie.

—Pues sí.

—¿Apuntando a una persona?

—No. Un momento… ¿Ella sí? —preguntó Grant, poniendo cara de sorpresa.

—Demasiadas veces —dijo Nina—. Escucha, Eddie, tienes que…

—No tenemos tiempo para discusiones, joder —dijo Eddie, cortante, mientras echaba a correr tras Shaban—. ¡Tú baja ese puente!

Llegó a la salida y, cuando ya se disponía a salir él también, miró atrás y dijo:

—Ah, ¡y gracias por haberme rescatado! Y, ahora, ¡mueve el culo!

—No hay de qué —dijo Nina con una sonrisa.

Se volvió hacia Grant.

—Vale, vámonos —le dijo.

Los dos echaron a correr hacia las puertas.

—¿Es verdad que has disparado a personas? —le preguntó Grant por el camino.

—Me temo que sí. Y una vez atravesé a un tipo con una espada.

—Caray.

Llegaron a un vestíbulo pequeño que tenía el suelo cubierto de los vidrios rotos que había sembrado el Mitsubishi al entrar. Por el gran orificio abierto en la fachada exterior se veía el puente levadizo, que seguía levantado.

—¿Te han ofrecido algo por los derechos de tu biografía? —le preguntó Grant—. ¡Sería una gran película!

—Sí; pero ¿quién representaría a mi personaje?

Nina se asomó al exterior. No se veía a nadie.

—Vamos a sacarte de aquí —dijo—. ¡Después, podré ir a buscar a mi marido!

La salida lateral daba a un pasillo que transcurría a lo largo de la base de la fachada oriental de la pirámide. Eddie corrió por él hasta llegar al vestíbulo por el que había entrado al edificio.

No había rastro de Shaban, de Lorenz ni de Macy. Ni de nadie más. Todos los seguidores de Shaban se habían reunido en el templo a oír los delirios de su deidad, y seguían atrapados en el foso.

Atravesó el vestíbulo. Las puertas exteriores se abrieron, deslizándose, al acercarse él, y le llegó el sonido del motor de un helicóptero. Parecía que iba alcanzando las revoluciones necesarias para despegar. Y en cuanto la aeronave hubiera despegado del castillo, Macy no sería para los fugitivos más que un peso muerto… en el sentido más literal.

Echando una rápida ojeada desde la puerta, descubrió el helicóptero. Era un Eurocopter EC130 para seis pasajeros, de líneas gráciles, posado en el helipuerto que estaba en un rincón del patio. Lorenz ocupaba el asiento delantero, junto al piloto; tras ellos estaban Shaban y Macy. Un brillo metálico hizo saber a Eddie que Lorenz llevaba la pistola; llevaba abierta la puerta del helicóptero para disparar a cualquiera que intentara acercárseles.

Eddie tenía que rodearlos para llegar por el lado del piloto, donde Lorenz no lo tendría a tiro. Podría conseguirlo antes de que despegara la aeronave, si corría lo suficiente… y suponiendo que Lorenz no fuera un tirador de primera.

Respiró hondo… y echó a correr.

 

Nina y Grant alcanzaron la puerta del castillo. Se había construido un anexo, adosado a la estructura primitiva; era una caseta con cristales reflectantes. Se trataba de un puesto de seguridad. Era casi seguro que los mandos del puente levadizo estarían en el interior.

Nina fue la primera que llegó a la puerta de la caseta y la abrió de un tirón, en el mismo momento en que le llegaban los ecos de disparos que sonaban en el lado opuesto de la pirámide. Miró atrás instintivamente. Eddie…

Dentro de la caseta, un ruido. Nina se volvió y vio a un guardia que sacaba una pistola. Saltó de espaldas… y chocó con Grant, que intentaba entrar tras ella. El actor se tambaleó, pero mantuvo el equilibrio; sin embargo, Nina tropezó y cayó de espaldas, perdiendo la pistola que llevaba en la mano.

El guardia corrió hacia ella. Nina intentó levantarse, pero ya tenía encima al guardia, que, de pie ante ella, le apuntaba a la cabeza con su pistola…

Un movimiento confuso, repentino, y la automática del guardia saltó por el aire. Grant había dado un salto y había propinado una patada alta a la mano del hombre. Aterrizó con un pie a cada lado de Nina y se giró para dar un codazo en el pecho del guardia, seguido de un golpe en la cara con el dorso de la mano. El hombre vaciló.

Grant dedicó a Nina una sonrisa.

—¡Es krav magá, hombre! Aprendí estos golpes para una película.

Nina no estaba impresionada.

—Esto no es una película —repuso—, ¡y ese no ha caído!

—¿Qué?

Grant volvió la vista… y vio que el guardia seguía en pie, con una mano en la nariz dolorida y una expresión de rabia creciente en el rostro.

—Pero… ¡si siempre funciona en los rodajes!

—Porque son especialistas, imbécil… ¡Aaah!

Nina se apartó con rapidez, mientras el guardia, enfurecido, se abalanzaba sobre Grant, derribándolo al suelo, y echaba las manos al cuello del actor.

 

Resonó en el patio otro tiro, y uno de los paneles de cristal de la pirámide se hizo añicos detrás de Eddie, que corría con todas sus fuerzas con la intención de pasar por delante del helicóptero. Lorenz, que ya sacaba medio cuerpo de la cabina para apuntarlo, tendría que saltar a tierra o disparar a través del parabrisas del helicóptero si quería seguir teniéndolo a tiro; y ambas opciones eran muy poco probables, teniendo en cuenta que el aparato había alcanzado casi las revoluciones necesarias para el despegue.

Por lo tanto, tendría que dispararle un último tiro.

Eddie se abalanzó al suelo y rodó sobre sí mismo mientras el holandés disparaba de nuevo. La bala arrancó esquirlas de una losa del suelo. Sin pausa, Eddie volvió a ponerse de pie de un salto y siguió corriendo, trazando un círculo, hacia el lado del piloto…

El helicóptero despegó.

Eddie siguió corriendo, entrecerrando los ojos para protegerse del fuerte viento que levantaban las aspas. La aeronave ascendía a plena potencia; en menos de un segundo, sus patines ya estaban a casi dos metros del suelo, y subían a toda velocidad.

Eddie saltó.

Una mano se quedó corta por un par de centímetros; pero aferró la otra al patín de aterrizaje, mientras el helicóptero viraba.

El peso de Eddie hizo que la aeronave se ladeara, y sus ocupantes advirtieron al instante que llevaban a otro pasajero.

—¡Hazlo caer! —ordenó Shaban al piloto.

Mientras Eddie se izaba a pulso para asirse con la otra mano… el helicóptero cabeceó bruscamente, intentando obligarlo a soltarse.

 

El guardia golpeó la cabeza de Grant contra el suelo y le apretó el cuello con más fuerza. El actor hizo una mueca, con los ojos desencajados.

—Tus películas… ¡son una birria! —gruñó el hombre.

Grant intentaba farfullar una réplica al guardia, al tiempo que le lanzaba golpes; pero no era capaz de alcanzarlo de lleno. El hombre le clavaba los pulgares en el cuello, presionándole la arteria carótida…

—¡Eh!

El guardia volvió la cabeza… y Nina le propinó una patada en la cara. El hombre cayó de encima de Grant, escupiendo sangre y fragmentos de esmalte dental. Pero no estaba fuera de combate. Percibió la pistola de Nina, en el suelo, y gateó hacia ella.

La pistola del guardia había caído más lejos. Nina se arrojó hacia ella, y aterrizó dolorosamente; pero alcanzó el arma y se volvió hacia su adversario.

Este la estaba apuntando…

Nina disparó primero. Apareció un agujero sangriento en la chaqueta verde del hombre, que había recibido un disparo en el estómago. Soltó un alarido. El dolor insoportable le hizo olvidar toda idea de disparar a su vez.

—¡Jesús! —exclamó Grant—. ¡Le has pegado un tiro!

—¡Ya te digo! ¡Coge la pistola!

Mientras Grant, aturdido, se acercaba gateando al hombre y le quitaba la pistola de la mano temblorosa, Nina entró corriendo en la caseta. Había pantallas de circuito cerrado por las que se veía la puerta principal, el puente levadizo y la carretera al otro lado del lago. Nina vio en esta última el furgón del EEPA y el otro Montero, que esperaban poder pasar.

¿Dónde estaban los mandos del puente levadizo? Los encontró: era un panel en una pared. Movió la palanca a la posición de abajo y presionó con fuerza un botón verde. Zumbó una señal acústica, seguida del quejido de un motor; después, ambos ruidos quedaron ahogados por el ruido metálico de las cadenas, al ir descendiendo el puente levadizo. Nina corrió de nuevo al exterior y vio que el helicóptero aparecía, ascendiendo irregularmente tras la pirámide de cristal. Alguien colgaba de los patines.

Eddie.

 

El piloto movió bruscamente hacia un lado la palanca de paso cíclico del helicóptero. La nave se escoró, desviándose hacia una de las torres del castillo, hasta que el piloto volvió a mover la palanca para contrarrestar la maniobra repentina. Los pasajeros se sacudían con fuerza en sus asientos, y algo chocó contra el fuselaje bajo la ventanilla del lado del piloto. Macy soltó un chillido.

—¿Se ha caído? —preguntó Shaban.

El piloto se asomó para ver mejor el patín…

La puerta se abrió bruscamente.

Irrumpió en la cabina un remolino ensordecedor del aire del rotor, que entraba por la puerta… seguido de Eddie. Este había aprovechado la escora del helicóptero para alzarse y pasar las piernas sobre el patín, lo que le había permitido después alcanzar la manivela de la puerta. El piloto, sobresaltado, recibió un puñetazo salvaje en la cara, y antes de que hubiera tenido tiempo de recuperarse, Eddie se había instalado en el interior a la fuerza y le aplicaba al cuello una llave estranguladora.

—¡Pégale un tiro! —vociferó Shaban.

Lorenz levantó la pistola… pero Eddie golpeó de nuevo al piloto, que forcejeaba, y lo interpuso en la línea de tiro. El holandés profirió una maldición mientras buscaba el modo de apuntar a Eddie…

Eddie tiró hacia atrás de la palanca de paso cíclico.

El helicóptero alzó bruscamente el morro, derribando a todos sus ocupantes hacia atrás. Sonaron bocinas y timbres de alarma: avisos automáticos del peligro de entrar en pérdida. El EC130 volaba ahora hacia atrás… y descendía rápidamente. Las palas del rotor, por su ángulo demasiado inclinado, no generaban la sustentación suficiente para conservar la altura.

Eddie vio de reojo que se acercaban rápidamente a la pirámide.

Soltó la palanca. El piloto la empujó hacia delante de golpe y pisó un pedal de mando de alerón, en un intento desesperado de recobrar el control antes de que el helicóptero se estrellara contra la pirámide. El EC130 picó hacia delante, girando sobre sí mismo. La fuerza centrífuga impulsó a Eddie hacia el exterior; solo se mantuvo a bordo por la fuerza con que sujetaba al piloto.

Buscó a tientas otro asidero… y encontró la hebilla del arnés del piloto.

Presionó con el pulgar el botón de liberación.

El piloto profirió un grito ahogado de terror cuando los cinturones saltaron y quedaron sueltos. Ya solo se mantenía en su asiento por la fuerza con que se asía de los mandos. La pirámide pasó junto a ellos en trayectoria circular; la cola del helicóptero estuvo a medio metro de rozar el cristal oscuro.

—¡Baja! —rugió Eddie—. ¡Ya!

—¡Sube! —vociferó Shaban.

Este se desabrochó, a su vez, el cinturón de seguridad, y se inclinó hacia delante en la cabina para tirar del brazo de Eddie, con el propósito de liberar al piloto.

Macy clavó el codo en la cara del egipcio. Este retrocedió bruscamente, perdiendo el tocado que todavía llevaba en la cabeza.

Lorenz apuntó a Macy con su pistola.

Eddie volvió a empuñar los mandos.

 

Nina, horrorizada, vio que el helicóptero giraba sobre sí mismo como borracho, perdía altura y volvía a perderse de vista tras la pirámide.

—¡Ay, Dios mío!

Grant se había puesto de pie y se frotaba la garganta.

—Uf, no quisiera estar en ese cacharro. ¿Dónde está Eddie?

—¿Dónde crees? —dijo Nina, mirando al actor con cara de angustia.

El furgón pasó velozmente ante ellos y se detuvo dando un frenazo, seguido del Montero. Assad saltó de este último, mientras sus soldados se desplegaban, y miró con curiosidad al guardia, que ya estaba inconsciente.

—¡Doctora Wilde! ¿Dónde está el zodiaco? —preguntó.

Nina señaló la torre del homenaje.

—Tercer piso —dijo—. Pero, escuche: ¡todos los de la secta están atrapados en la pirámide! Tienen que impedirles salir hasta que lleguen las autoridades. Si alguno se escapa con las esporas…

Assad se encontraba en un compromiso; pero asintió con la cabeza a pesar suyo.

—Voy a dividir a los EEPA en dos grupos; uno que se ocupe del zodiaco y otro que…

El helicóptero volvió a hacerse visible, todavía girando sobre sí mismo y bamboleándose.

—¿Qué es eso, en nombre de Alá?

—Shaban va a bordo… ¡y Eddie y Macy también!

El EC130 descendió tras la pirámide una vez más. Nina, impotente, se quedó mirando hacia el lugar donde se había perdido de vista… y, acto seguido, se subió de un salto en el Montero vacío.

—¡Doctora Wilde, espere! ¡Pare! —gritó Assad mientras el Mitsubishi arrancaba hacia el helicóptero, sin que Nina se molestara siquiera en cerrar la puerta—. ¡No me haga esto otra vez!

 

El Eurocopter estaba a solo seis metros de altura sobre el patio; el piloto, colgado de la punta de los dedos de la palanca de paso colectivo que estaba entre los dos asientos, era incapaz de dar más potencia.

Eddie mantenía su sólida presa al cuello del hombre. Había impedido que Lorenz disparara a Macy al tirar de los controles; pero el holandés ya se estaba recuperando de los efectos de aquella rotación desenfrenada.

Y Shaban también. Macy intentó darle otro golpe; pero este la asió del brazo y se lo retorció hacia atrás y hacia arriba. Sonó un crujido en el hombro de la muchacha, y esta gritó. El egipcio la empujó contra la puerta. Macy soltó un quejido de dolor.

Se oyó el chasquido metálico de otro cierre de cinturón de seguridad, y Lorenz se inclinó hacia delante, rodeando al piloto con la pistola para tener a tiro a Eddie. Este le asió el arma con la mano que tenía libre, intentando desviar el cañón de su cuerpo.

Los dos hombres forcejearon, y el pulso que mantenían les hacía temblar las manos; pero Lorenz tenía mejor apoyo. Eddie, soltando un gruñido con el esfuerzo, levantó un pie del patín del helicóptero y lo metió en la cabina, entrando a la fuerza.

La pistola, temblorosa, apuntaba al piloto. Si Lorenz disparaba, estaría firmando su propia sentencia de muerte. Eddie empujó con más fuerza.

Shaban, con ojos que ardían de furia, se impulsó hacia delante y le clavó un puño en la cara.

Eddie retrocedió, soltando la pistola… y al piloto.

Cayó… y se golpeó dolorosamente contra el patín de la aeronave. Tenía el pie enredado en el cinturón de seguridad. Colgaba cabeza abajo, a menos de tres metros del suelo… ¡y el helicóptero, que seguía cayendo, estaba a punto de aplastarlo!

Nina viró bruscamente para rodear el ángulo de la pirámide… y vio ante ella el helicóptero, que seguía girando sobre sí mismo y perdiendo altura…

Y se le venía encima.

—¡Mierda! —chilló, pisando con fuerza el freno y arrojándose por la puerta abierta, mientras el EC130 caía sobre el todoterreno girando como una semilla de arce.

 

El piloto, jadeante, se incorporó en su asiento… y se estremeció al ver lo cerca que estaba del suelo. Pisó con fuerza el otro pedal de mando del alerón, para contrarrestar la rotación del aparato, e hizo girar el acelerador para aumentar la potencia.

Eddie llegó a rozar el suelo con las manos extendidas; pero, entonces, el helicóptero se estabilizó. Mientras el aparato lo arrastraba por el aire, vio a Nina, tendida en el suelo junto al segundo todoterreno del EEPA.

El Montero…

Nina se levantó de un salto.

—¡Eddie! —gritó, mientras el aparato volvía a la normalidad y quedaba estático, flotando sobre el patio.

—¡El cable! —le gritó él a su vez—. ¡Tíramelo!

—¿Qué?

Eddie señaló con ambas manos la parte frontal del Mitsubishi.

—¡El cable del cabrestante! ¡Tíralo!

El todoterreno llevaba montado en la parte frontal un sistema de cabrestante eléctrico, en el que estaba enrollado un cable de acero de cuarenta y cinco metros de largo, con un gancho al final. Nina corrió hacia él mientras el EC130 volvía a acercarse a ella. Movió la palanca de desembrague para que el tambor del cabrestante girara libremente; asió el gancho con una mano y tiró con la otra para sacar una cierta longitud de cable.

—¡Sácanos de aquí! —gritó Shaban.

El piloto aumentó la potencia. El helicóptero volvió a ascender.

Nina alzó la vista hacia Eddie mientras este pasaba sobre ella. Se miraron a los ojos. No sabía si había sacado una extensión suficiente de cable; pero era la única oportunidad que tenía de salvarlo. Eddie le tendió las manos.

Ella le arrojó el gancho, poniendo en juego hasta la última fibra de su fuerza.

El cable trazó un arco hacia él, sacudido por la corriente descendente de las aspas del aparato. Eddie se estiró… lo buscó con las manos…

Y cerró las manos.

Rodeó con el extremo del dedo índice la punta misma del gancho. Lo levantó y consiguió sujetarlo con ambas manos…

Ya se había extendido todo el cable que había sacado Nina del cabrestante. El cable se tensó, y el tambor chirriaba al irse soltando más cable.

El tambor giraba más aprisa. Nina levantó la vista. El helicóptero ascendía cada vez más deprisa.

Eddie, esforzándose, moviendo el pie que tenía sujeto por el cinturón de seguridad retorcido, se dobló por la cintura. No alcanzaba el patín. Tiró con más fuerza soltando un rugido, haciendo crujir su cuerpo; pero la tensión del cable le impedía llegar.

El piloto retiró un momento la mano del cíclico para cerrar la puerta de su lado, pero había algo que la obstruía. Volviendo a poner la mano en la palanca, echó una mirada al arnés tenso que colgaba junto a su asiento.

—¡Sigue aquí!

—¡Lorenz! ¡Asómate y pégale un tiro! —vociferó Shaban.

Lorenz lo miró con incertidumbre.

—¿Que me asome?

—¡Está colgado del patín de aterrizaje! ¡Dispara por debajo de nosotros! —dijo Shaban, apuntando al suelo con furia.

El holandés parecía menos animado que nunca; pero obedeció, y se volvió para asirse con fuerza de una de las correas de su cinturón de seguridad antes de abrir el pestillo de la puerta de su lado.

Nina miraba alternativamente, con angustia, al helicóptero y al cabrestante. Ya casi había salido todo el cable.

Lorenz abrió la puerta de un empujón y se asomó, estirando el cuello para mirar por debajo del fuselaje del EC130. Localizó la figura que colgaba por el otro lado de la aeronave y se adelantó más, mientras apuntaba.

Eddie dio un último tirón desesperado, mientras Lorenz lo ponía en su punto de mira…

El gancho llegó al patín.

Una fracción de segundo más tarde, el cable llegó al final del tambor. El Mitsubishi dio un salto violento, y Nina retrocedió.

Por encima de ella, la fuerte sacudida que se produjo cuando el helicóptero detuvo su ascensión bruscamente arrojó hacia arriba a Shaban y al piloto. Este último se dio con la cabeza contra la carlinga. Macy, que seguía sujeta, soltó un grito cuando se sintió arrojada contra el arnés.

Los dos hombres que estaban fuera de la cabina sufrieron efectos más extremos.

Eddie, que un momento antes se esforzaba por alcanzar el patín de aterrizaje, se vio arrojado de pronto contra él. Rodeó el tubo de metal con los brazos en un movimiento puramente instintivo, y se quedó aferrado a él.

Lorenz tuvo menos suerte. La mano en que llevaba la pistola le dio en el borde del marco de la puerta; el arma cayó al interior de la cabina, y el hombre fue despedido hacia arriba…

La cabeza le rozó las aspas del aparato.

Una lluvia roja y gris salpicó la ventana delantera del aparato, y el hombre cayó. Le faltaba la parte superior del cráneo, cortado limpiamente un poco por encima de los ojos. El cuerpo cayó dando vueltas hasta estrellarse en las duras piedras, cincuenta metros más abajo.

El piloto, aturdido, cayó sobre el panel de mandos y empujó con el cuerpo la palanca del cíclico. El helicóptero se ladeaba hacia la pirámide, atrapado por el cable como un pez espada que salta sobre el mar, prendido en el anzuelo.

Nina profirió una exclamación y se apartó, al ver que el todoterreno seguía al aparato. El Eurocopter no tenía la potencia suficiente para elevar las dos toneladas y media del Montero; pero sí que podía arrastrarlo.

Eddie levantó la pierna que tenía libre y rodeó con ella el patín. Echó una mirada hacia abajo. El aparato estaba por encima de la pirámide, y se dirigía hacia el haz de luz que salía de su cúspide para surcar el cielo.

Sacudió el otro pie para soltarse del cinturón de seguridad, y se izó a pulso sobre el patín. Se asomó por la ventanilla y vio que el piloto estaba sentado en su asiento, aunque con aspecto de estar mareado, y Macy estaba tras él, con la cara contraída de dolor y llevándose la mano a un hombro.

Shaban estaba junto a Macy, inclinado y buscando algo al pie del asiento. Eddie creyó en un primer momento que estaría intentando recuperar el frasco de las esporas; pero advirtió entonces que el cilindro de acero estaba junto al egipcio, en un asiento vacío.

Solo descubrió lo que buscaba Shaban cuando este lo encontró y se incorporó bruscamente, apuntando a Eddie con la pistola…

Macy le dio un golpe en el brazo en el momento en que apretaba el gatillo.

Las ventanillas laterales quedaron oscurecidas por un estallido de sangre. La bala había acertado a quemarropa al piloto y le había volado la mitad de la cabeza. Su cuerpo se agitó espasmódicamente, pisando con fuerza uno de los pedales de control de los alerones. El helicóptero empezó a girar violentamente.

La puerta del piloto se abrió. Eddie subió a la cabina a pulso pasando por encima del cadáver. Shaban había sido arrojado hacia el lado opuesto de la cabina. Seguía empuñando la pistola en una mano, y buscaba convulsivamente un asidero con la otra.

La cabina se llenó de una luz cegadora cuando el helicóptero, todavía girando, pasó por el haz de luz de la pirámide. Eddie pestañeó, deslumbrado por un breve instante. La luz desapareció… y Eddie vio la pistola de Shaban, que le apuntaba a la cara.

En tierra, el Mitsubishi atravesó con estrépito la fachada de cristal de la pirámide… y el cable se quedó enganchado en la armazón de acero del edificio. El impacto hizo caer a Eddie al asiento vacío de la parte delantera, y arrojó a Shaban contra la puerta.

Esta se abrió.

La furia que habían expresado los ojos de Shaban dejó paso al terror, mientras intentaba asirse al marco de la puerta. La pistola que llevaba en la mano se disparó, y la bala abrió un orificio en el mamparo trasero. Shaban soltó el arma para poder sujetarse mejor. La pistola cayó a la pirámide que tenían debajo.

En la consola sonaban timbres de alarma apremiantes y parpadeaban luces rojas. Eddie les echó una mirada y vio que uno de los indicadores caía rápidamente. La presión del aceite. La bala había deteriorado el motor.

El EC130 dio una nueva sacudida, tirando del cable. El frasco de acero inoxidable rodó por los asientos traseros. Tanto Eddie como Shaban lo miraron, y después se miraron el uno al otro.

Salvarlo, o destruirlo…

Eddie trepó sobre el asiento mientras Shaban se volvía a introducir en la cabina. El jefe de la secta fue el primero que alcanzó el frasco; lo tomó del asa bruscamente y asestó con él un golpe violento en la sien a Eddie. Una nueva explosión silenciosa de luz llenó la cabina cuando el helicóptero volvió a pasar por el haz, incapaz de liberarse del cable del todoterreno.

Shaban sujetaba el cilindro con fuerza contra su pecho mientras lanzaba patadas a Eddie.

—¡Tú no eres nada! —chillaba—. ¡No puedes vencerme! ¡Yo soy un dios!

Eddie vio que el otro hombre estaba asido firmemente del marco de la puerta, con tanta fuerza que le blanqueaban los nudillos.

—¡Si eres un dios, a ver qué tal se te da volar! —le dijo con sorna.

Dio un puñetazo con todas sus fuerzas a Shaban en la mano.

Eddie sintió en los dedos una erupción de dolor; se le abrió la piel y le crujieron las articulaciones…, pero aquello no era nada comparado con lo que sintió Shaban al quedarle aplastada la mano contra el metal de bordes agudos. Se le quebró la falange más larga del dedo medio. Se soltó, profiriendo un grito… y Eddie clavó el puño ensangrentado en la cara marcada del egipcio.

El Eurocopter volvió a entrar en el haz de luz cegadora… y Shaban cayó.

Aferrado todavía al frasco, se desplomó casi veinticinco metros, entre el chorro de luz deslumbrante…, y chocó contra la cúspide de la pirámide, con un crujido de vértebras rotas.

Eddie observó la figura desmadejada que bloqueaba el haz de luz. La punta de la cúspide de la pirámide le asomaba por el vientre.

—¿Me has entendido? —gritó Eddie.

Pero Shaban no había muerto todavía.

Aunque le manaba a raudales la sangre por la enorme herida que lo atravesaba, tuvo la fuerza justa para levantar una mano e intentar abrir el recipiente… y dispersar al viento su contenido mortal.

Eddie ya no lo miraba. Había tenido que dirigir su atención a las señales de alarma, cada vez más ruidosas, que emitía el cuadro de mandos. La presión del aceite caía rápidamente y ya estaba en la zona roja.

Se volvió hacia la parte trasera de la cabina. El dolor de la mano le arrancó una mueca.

—¡Macy! ¿Estás bien?

—Me… me ha dislocado el hombro, maldita sea —dijo la muchacha, que apretaba los dientes—. ¿Puedes hacer aterrizar este cacharro?

—No.

—¿Qué? Pero… ¡si yo creía que eras un supersoldado de primera! ¿Me estás diciendo que no sabes pilotar un helicóptero?

—Siempre he querido aprender —respondió él, mientras soltaba el arnés de seguridad de la muchacha.

Después, se inclinó sobre ella para abrir la puerta.

Macy lo miró boquiabierta.

—¿Qué haces?

—Tendremos que saltar.

—Pero ¡si estamos a kilómetros del suelo!

—No por mucho tiempo.

Un estrépito que salía del compartimento del motor ahogaba el ruido de las bocinas de alarma.

—Cuando yo te diga que…

El eje de transmisión se rompió. Resonó contra el mamparo una granizada de golpes metálicos.

El helicóptero cayó.

—¡Salta! ¡Salta! ¡Salta! —rugió Eddie.

El rotor seguía girando, amortiguando la caída; pero, sin motor y sin piloto, el descenso mortal del EC130 solo duraría unos pocos segundos. Eddie arrojó del aparato de un empujón a Macy, que chillaba, y saltó tras ella.

Cayeron… tres metros, seis metros… y aterrizaron en la fachada inclinada de la pirámide.

El vidrio reforzado se cuarteó… pero no se rompió. Eddie se deslizó por la cubierta, sintiendo que le ardían todos los nervios por el duro golpe. Macy caía a su lado dando tumbos.

Shaban hacía girar la tapa. Solo le faltaba un leve movimiento más para abrir el recipiente.

Pero se quedó petrificado cuando sus ojos, aturdidos por el dolor, vieron que se le venía encima el helicóptero.

Chilló…

El EC130 se desplomó pesadamente sobre la cúspide de la pirámide… y la atravesó, cayendo en el interior del laboratorio entre vidrio pulverizado y fragmentos de metal. Dio en el suelo y explotó. Una onda expansiva ardiente golpeó toda la sala.

Y alcanzó la carga oculta de C-4.

El explosivo detonó, destrozando a su vez la bombona de gas. Una ola de fuego colosal consumió el laboratorio, y el tercio superior de la pirámide estalló como si esta fuera un volcán de cristal que entrara en erupción.

Eddie y Macy ya habían bajado más de la mitad de la fachada. Eddie miró hacia abajo y vio a Nina, que huía de la explosión, y también el Mitsubishi, semihundido en la pared de cristal.

—¡Salta! —gritó.

Macy, a pesar de su dolor, consiguió clavar los talones en el vidrio, mientras Eddie hacía lo mismo. Se desvió hacia la derecha, y Eddie hacia la izquierda, y pasaron cada uno por un lado del Montero…

Cayeron al suelo.

Eddie sintió un nuevo estallido de dolor en las piernas cuando cayó rodando y dando botes por el patio. Oyó un nuevo grito de Macy, y se arrojó sobre ella, protegiéndola con su cuerpo de la lluvia de vidrios rotos. A medida que caían más restos, saltaban rotas más ventanas.

El ruido se fue apagando.

Eddie, magullado y sangrando, levantó la cabeza. En su rostro se reflejaba el dolor que le recorría el cuerpo. La cúspide de la pirámide había desaparecido, devorada por las llamas. Las esporas mortales habían quedado destruidas.

—¡Eddie!

El movimiento de volver la cabeza le produjo un nuevo dolor; pero sintió un cierto alivio al ver que Nina corría hacia él.

—¡Dios! ¿Estás bien? —le preguntó ella.

—Ya te lo diré cuando vea si sigo teniendo las piernas pegadas al cuerpo —respondió él con voz ronca—. Y tú, Macy, ¿estás bien?

—No —respondió la muchacha en voz muy baja.

Nina y Eddie se miraron con inquietud.

—Pero… creo que estaré bien. Con el tiempo.

Eddie intentó reírse; pero lo que le salió fue una tos.

—Otra jodida explosión de helicóptero —dijo—. Es como si estuviera en una película de las de Grant. Y él, ¿está bien?

—Eso parece —dijo Nina, al ver aparecer al actor tras un ángulo de la pirámide, acompañado de Assad y de un miembro del EEPA.

Los saludó con la mano, y alzó la vista hacia la cúspide en llamas del edificio.

—Es una buena manera de cortar una infección por levaduras —comentó —. Demasiado radical quizá; pero parece que ha dado resultado.

—Más vale, maldita sea —gruñó Eddie, levantándose de encima del cuerpo de Macy—. Con una carga de C-4 y un helicóptero explotado… todo lo que hubiera allí dentro tiene que estar bien quemado.

Nina enarcó las cejas.

—Ay… —dijo.

—¿Qué pasa?

—Me acabo de dar cuenta de que… has acabado con las esporas de Shaban; pero también has quemado el pan de Osiris. La fuente de la vida eterna.

Después de pensar en ello unos momentos, Nina añadió:

—En todo caso, ¿quién quiere vivir para siempre?

Eddie se puso de pie trabajosamente y la rodeó con un brazo.

—Depende de con quién vivas —dijo.