La secta

Camilla Läckberg · Apéndice

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La secta

Primera semana

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Camilla Läckberg & Henrik Fexeus

 

La secta

Mina Dabiri & Vincent Walder - 2

 

ePub r1.0

Titivillus 22-02-2023

Título original: Kult

Camilla Läckberg & Henrik Fexeus, 2022

Traducción: Claudia Conde

 

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

PRIMERA SEMANA

Fredrik comprueba como por centésima vez que la bolsa de plástico no deja

ver su contenido. No quiere revelar la sorpresa antes de tiempo. El sol del

verano le abrasa la cara. Deben de estar por lo menos a veintinueve grados en

la calle. Pese al calor decide ir andando desde la oficina en Skanstull hasta la

escuela infantil de Ossian, cerca de Zinkensdamm. Es miércoles, pero ha

salido del trabajo un poco antes de lo habitual. Nadie mantiene horarios fijos

con ese calor. De hecho, la mayoría de sus colegas ya deben de estar sentados

en alguna terraza, a la sombra, con una cerveza fría en la mano.

Aunque puede cubrir la distancia en unos veinte minutos, no habría sido

mala idea llevar agua para el camino. Se ha quitado la americana y se ha

remangado la camisa, que ya se le empieza a pegar en la espalda por el sudor.

No importa. Hoy todo es exactamente como debe ser.

Vuelve a mirar la bolsa. La caja de Lego Technic es tan grande que casi

sobresale hasta llegar a las asas. Es un set para construir un McLaren Senna

GTR. La afición de Ossian por los coches es un misterio, sobre todo teniendo

en cuenta que tanto Fredrik como Josefin cultivan una indiferencia casi

militante hacia el mundo del motor. Pero el entusiasmo por la construcción

con piezas de Lego es compartido por padre e hijo.

Según indica la caja, es un set para mayores de diez años y Ossian solo

tiene cinco, pero Fredrik está convencido de que su hijo podrá montarlo sin

problemas. Es muy listo. «Más que su papá», piensa Fredrik sin poder

contener la risa bajo el sol abrasador. Así es. El genio de su padre le acaba de

comprar un regalo que lo mantendrá ocupado durante horas dentro de casa, en

uno de los días más esplendorosos del verano. Bueno, qué se le va a hacer.

Seguramente mañana también hará buen tiempo.

Además, Ossian ya ha pasado el día entero al aire libre. Lo necesita. No

aguanta estar encerrado en casa, a menos que esté jugando con sus piezas de

Lego. Se sube por las paredes. Josefin comenta a veces que quizá sería

conveniente que lo viera un especialista. Tal vez más adelante. De momento

el nivel de actividad de Ossian es positivo, sobre todo en comparación con

muchos de los niños de su clase, que con cinco años se lanzan sobre los

iPhones de sus padres a la salida del colegio. Es muy triste.

A pocos metros de la escuela infantil de Backen, Fredrik consulta el reloj.

Pese al calor, ha caminado tan rápido que ha llegado demasiado pronto. Es

probable que los niños no hayan regresado todavía del parque de Skinnarvik.

—Ey, sexy lady… —canturrea Fredrik mientras sube la cuesta hasta la

escuela.

Últimamente Gangnam Style es la canción favorita de Ossian. «¡Qué le

vamos a hacer!», piensa Fredrik sonriendo. Incluso ha ensayado la

coreografía con su hijo.

En lo alto de la cuesta hay un parque grande con juegos infantiles y una

zona arbolada, que para Ossian es todo un bosque. Le encanta jugar en la

espesura.

—Oppa Gangnam Style… —canta Fredrik, y los niños, que apenas le

llegan a las rodillas, levantan la vista desconcertados antes de volver a sus

juegos.

Visten chalecos amarillos con logos de diferentes colegios. Varias

escuelas infantiles llevan a los niños a jugar a ese parque. Gritos y risas

saturan el aire. Será mejor dejar la caja de Lego para otra ocasión. La tarde

parece hecha expresamente para jugar al escondite entre los árboles. Fredrik

no tiene prisa por regresar a casa, ya que Josefin ha prometido preparar la

cena. Mira a su alrededor y ve a Tom, uno de los educadores de la escuela

infantil de Backen.

—¡Hola! —saluda sonriendo al maestro, muy ocupado sonándole los

mocos a uno de sus chiquillos.

—Opp, opp, opp, opp —responde Tom alegremente entonando la

conocida melodía—. Adivina quién ha elegido hoy la música para el paseo.

—Te lo advertí. Antes de que acabe la semana tendréis a los treinta niños

bailando el Gangnam Style. Por cierto, ¿sabes por dónde anda el genio de la

danza? No lo veo…

Tom termina de limpiarle la nariz a su alumno y se queda pensando unos

segundos.

—Mira a ver en los columpios —sugiere—. Le gusta quedarse por allí.

Claro que sí. Cuando Ossian rebaja un poco el nivel de actividad le

encanta columpiarse. O, mejor dicho, sentarse en un columpio. Es su refugio,

el sitio perfecto para reflexionar sobre cosas trascendentes sin que nadie lo

moleste.

Fredrik echa a andar hacia los columpios. Algunos están ocupados, pero

no por Ossian. Caminando en su misma dirección va Felicia, una de las niñas

del grupo de los mayores, y aprieta el paso para alcanzarla.

—Hola, Felicia. ¿Has visto a Ossian?

—Antes sí. Ahora no.

Fredrik frunce el ceño. Una leve sensación de que algo no cuadra

comienza a abrirse paso en su mente. Sabe que es una reacción irracional,

característica del radar sobreprotector que suelen tener padres y madres. Es

una alarma interior que se dispara a la menor señal de peligro, sin pruebas

objetivas de que exista un riesgo real. Puede que haya sido una buena

estrategia de supervivencia en la sabana ancestral, pero en el mundo actual

está totalmente injustificada. Fredrik lo sabe de manera racional, pero eso no

le sirve de nada. La sensación le produce una incómoda molestia en el cuello,

un aliento frío en la nuca. La caja enorme de Lego, que hasta hace un

momento lo llenaba de entusiasmo, ahora es una molestia que le impide

regresar tan rápido como querría al lugar donde está Tom.

—Tampoco está en los columpios —le dice cuando llega.

—¡Qué raro! —Tom consulta una lista con los nombres de los niños—.

Debería estar… Ah, no, ¡espera! Jenya ha vuelto ya a la escuela con el grupo

de los pequeños. Ossian debe de haberla acompañado para ir al lavabo y

después se habrá quedado. Lo siento. Jenya tendría que haberme dicho que se

lo llevaba. Pero ya sabes cómo son estas cosas.

Sí, Fredrik lo sabe. La sensación de peligro desaparece y ya puede respirar

aliviado. Tanto Tom como Jenya son buenos profesionales, pero los niños

tienen voluntad propia y una habilidad increíble para estar donde no deben. Se

compadece un poco de Tom porque nota que está muy avergonzado. Pero con

los niños pequeños uno no puede bajar nunca la guardia. Cualquier otro padre

le habría montado un escándalo por mucho menos.

—Claro —responde—. Que pases un buen fin de semana, Tom. Hasta el

lunes. Oppa, oppa…

Fredrik baja la cuesta a paso rápido, de regreso a la escuela. La puerta está

abierta. Entra en el vestíbulo, donde se alinean los colgadores con los

nombres de los niños y las cajas con ropa extra. El colgador de Ossian está

vacío, pero eso no quiere decir nada. Si ha vuelto al colegio para ir al lavabo,

lo más probable es que su cazadora se haya quedado tirada en el suelo del

baño. Fredrik se arrepiente de habérsela puesto en un día tan caluroso. El

pobre niño debe de haber pasado mucho calor.

Fredrik no se molesta en quitarse los zapatos para internarse por las

instalaciones.

—¿Ossian? —lo llama golpeando la puerta del primero de los dos lavabos

—. ¿Estás ahí?

Por el pasillo se acerca Jenya. A sus espaldas se adivina una algarabía de

niños de dos años que intentan pintarse las caras unos a otros con pintura de dedos entre gritos de risa y horror a partes iguales.

—Hola, Fredrik —saluda—. ¿Os habéis dejado algo? Ossian está en el

parque con Tom.

La sensación de alarma regresa y lo embiste con una fuerza que está a

punto de derribarlo. Ya no es un aliento frío en la nuca, sino un puñetazo

directo al estómago.

—No está en el parque —responde—. Vengo de allí. Tom me ha dicho

que debía de estar contigo.

—No, aquí no está. ¿Has mirado en los columpios?

—Claro que he mirado. Y tampoco estaba. Mierda.

Gira sobre los talones y vuelve a salir a toda prisa. Ya ha pasado alguna

vez que un niño se ha escapado de la escuela. Felicia, por ejemplo. Consiguió

hacer todo el trayecto hasta su casa antes de que los maestros se dieran cuenta

de que se había ido. Sus padres deben de padecer dolor de estómago desde

entonces. Fredrik se pregunta si será posible habituarse alguna vez a esa

sensación. Es espantosa.

Sube la cuesta corriendo. La jodida caja de Lego le va golpeando las

piernas. Hay niños por todas partes. Busca desesperadamente a su hijo entre

ellos, mientras intenta calmarse. No va a ganar nada con un ataque de pánico.

Pero ninguno de esos niños es Ossian.

Ninguno es su hijo.

Tom pone cara de asombro cuando ve que Fredrik ha vuelto, y parece

comprender de inmediato la situación.

—Tiene que estar aquí —dice Fredrik mientras suelta la bolsa para

moverse con más agilidad por el parque.

Tom pregunta al grupo de niños más cercano si alguien ha visto a Ossian.

¿No estará escondido en las casitas de madera? Fredrik corre hacia esa parte

del parque, aunque de lejos ya ve que las casitas están vacías. ¿Dónde más

puede haberse metido? ¿Entre los árboles? ¿Solo? Si ha sido así, alguien tiene

que haberlo visto.

Felicia.

Ha dicho que lo había visto antes.

Fredrik corre otra vez en dirección a Tom y el resto de los niños. La

tensión le oprime la garganta y el sudor le baja por la frente y la espalda.

Felicia está con los demás, construyendo una torre de arena con un cubo.

Como si no hubiera pasado nada fuera de lo corriente. Como si el mundo no

estuviera a punto de derrumbarse.

—Felicia —le dice Fredrik esforzándose por no parecer tan fuera de sí

como sabe que está—. Has dicho que antes habías visto a Ossian. ¿Dónde?

—Cuando estaba hablando con esa señora tonta —responde la niña, sin

levantar la vista de la arena.

—Esa señora tonta… —repite Fredrik, sintiendo que las mucosas de la

garganta se le convierten en papel de lija—. ¿Cómo era esa señora? ¿Era muy

mayor?

Felicia niega decididamente con la cabeza, al tiempo que nivela la torre de

arena con una pala.

—No, no mucho —responde—. Como mi mamá. Mi mamá tiene treinta y

cinco años. Lo sé porque hace poco fue su cumpleaños.

Fredrik traga saliva. Alguien ha estado en el parque y ha hablado con su

hijo, alguien que no era una maestra ni una madre. Una desconocida. Se

agacha al lado de Felicia, reprimiendo el impulso de sacudirla para extraerle

toda la información.

—¿Sabes quién era? —le pregunta, haciendo un gran esfuerzo para no

gritar—. ¿Y por qué dices que era tonta?

Felicia levanta la vista desde su torre de arena, con lágrimas en los ojos.

Fredrik tiene que dar un paso atrás para no perder el equilibrio. Lo ve en la

mirada de la niña. Sabe enseguida lo que ha pasado. Lo que nunca debe pasar.

Lo que no puede pasar.

—A mí me daban igual sus cochecitos de juguete —dice Felicia—. A

Ossian le gustaban. A mí no. Pero yo también quería ir a acariciar a los

cachorritos. Nos ha dicho que los tenía en el coche, pero no me ha dejado ir

con ellos a verlos. Ha dicho que solo podía llevar a Ossian. Y se han

marchado los dos.

Un agujero negro se abre en el pecho de Fredrik, que se precipita sin

remedio en el abismo.

Mina se detuvo delante de la entrada y examinó el local. No había mucha

gente en el gimnasio por la tarde. Mejor así. Además, los pocos que quedaban

eran mayores. Los adolescentes, las chicas del crossfit y los tipos musculosos

ya se habían ido. A las tres de la tarde de un día laborable los usuarios más

maduros son los reyes del gimnasio, por lo menos durante una hora. Mina se

alegraba, porque sabía que esos usuarios limpian con más cuidado los restos

de sudor de los aparatos, tanto al llegar como al marcharse. Aun así no se

fiaba. En el bolsillo de la sudadera llevaba siempre guantes desechables, dos

aerosoles pequeños de desinfectante, bayetas de microfibra y una bolsa

reutilizable para guardarlas después de haberlas usado.

Su programa de entrenamiento para el día indicaba ejercicios de piernas y

torso. Tras ponerse los guantes se dirigió a una de las máquinas para las

piernas y comenzó a rociar concienzudamente los diferentes elementos con un

aerosol. Había visto que algunas personas aplicaban el desinfectante solo en

las asas o, peor aún, en el sillín, como si la suciedad y las bacterias de los

otros usuarios no fueran a extenderse por el resto del aparato. No podía

entender que la gente pudiera ser tan descuidada.

Dobló la bayeta, la introdujo en la bolsa reutilizable y sacó una nueva.

Entrar en el gimnasio era internarse en un potencial foco de infección. Por eso

le resultaba imposible acudir al de la jefatura. Allí conocía a los usuarios y

sabía que eran unos cochinos. En este al menos la mierda era anónima.

Le habría gustado entrenar con la mascarilla puesta, teniendo en cuenta

los gérmenes que flotarían en el aire del interior del gimnasio. Había oído

decir que a los levantadores de pesas a menudo se les escapaba alguna

ventosidad, y desde entonces le resultaba difícil respirar pensando en las

bacterias fecales que debían de circular por el sistema de ventilación. Pero

con la mascarilla puesta llamaría todavía más la atención y no tenía ninguna

necesidad de hacerse notar. Por otro lado, quizá podría conseguir una máscara

de entrenamiento, de las que se usan para ejercitar la musculatura respiratoria.

—¿Vas a usar la máquina o solo la vas a limpiar? Si has terminado ya,

déjamela a mí.

Sobresaltada, Mina levantó la vista del respaldo que estaba desinfectando.

Un hombre de unos setenta años, de pelo blanco y gafas de cristales redondos,

la miraba con expresión interrogativa. Vestía una camiseta roja, pero no una

prenda transpirable especialmente diseñada para el entrenamiento, sino una camiseta de algodón normal y corriente, con una gran mancha oscura de sudor

en el pecho. Mina se incorporó.

—¿Sabía usted que es muy antihigiénico hacer ejercicio con ese tipo de

prendas de algodón? —dijo—. Se empapan de sudor, que después se queda en

los aparatos. No debería estar permitido entrenar con esa ropa.

El hombre la fulminó con la mirada y enseguida negó con la cabeza y se

marchó. Era evidente que no la consideraba digna de su atención, pero a ella

no le importaba. Dio unas pasadas más con la bayeta y a continuación la

guardó junto con los guantes en la bolsa reutilizable. Se sentó en el aparato y

ajustó las pesas. El hombre de la camiseta roja estaba en el banco de

musculación, de espaldas a ella. Como era previsible, también tenía por detrás

una gran mancha de sudor. Mina arrugó la nariz. Si era preciso elegir entre

caerle bien a la gente o estar sana, tenía clara su decisión. Los demás se

podían guardar tanto su simpatía como sus bacterias.

Estaba acostumbrada a que todos la consideraran un bicho raro. No

necesitaba a nadie en su vida. Toda la historia de conectar con las otras

personas era un mito tan grande como el de las almas gemelas, el amor

verdadero y todos esos conceptos irreales que vendía Hollywood, con el

resultado de que la gente normal acababa deprimida y angustiada. Incluso

había estudios que así lo confirmaban. Había leído que la gente valoraba peor

su relación sentimental y a su pareja después de ver una comedia romántica,

ya que ninguna relación podía resistir la comparación con el ideal del

supuesto amor eterno.

Hacía tiempo que Mina no experimentaba ninguna conexión verdadera

con nadie. Antes tampoco la había sentido, a decir verdad, a excepción del

breve periodo junto a su hija. El hombre con el que había convivido en otro

tiempo no despertaba en ella ningún sentimiento positivo. No, no había vivido

nunca ninguna unión verdadera con nadie.

Salvo…

Con él.

El mentalista.

Pero había pasado mucho tiempo.

En Facebook había visto publicidad del nuevo espectáculo de Vincent y

por un momento se había planteado comprar entradas. Pero descartó la idea.

No sabía cuál sería su reacción al verlo en el escenario. ¿Y si él no la

reconocía entre el público?

¿Y si la reconocía?

Frunció el ceño. Era mejor mantener la distancia. Por seguridad. Vincent

ni siquiera había vuelto a llamarla. Y ella entendía por qué. Para empezar,

tenía una familia. No le habría extrañado que su mujer desconfiara,

preguntándose qué había pasado entre ellos casi dos años atrás. Vincent le

había dicho que Maria ya era de por sí muy celosa. Y los sucesos de la isla

debían de haber agravado aún más su desconfianza. Mina y Vincent habían

estado al borde de la muerte juntos. Era probable que su mujer la odiara desde

entonces. La culpa no había sido suya, pero, después de todo, ella era policía.

Además, Vincent y ella habían compartido algo que no se podía explicar.

La experiencia vivida en la isla los había unido todavía más.

Pero justo ese vínculo había sido un obstáculo para mantener el contacto.

Se habían acercado demasiado, física y emocionalmente. Más de lo que ella

podía soportar. Era mejor respetar la distancia. Cuando Mina estaba sola,

dentro de su castillo amurallado, se sentía segura. Era probable que Vincent

sintiera lo mismo.

Pero aun así…

—Debéis recordar —dijo Vincent— que lo que veréis ahora no es real. Es

solo la demostración de que es posible aparentar habilidades sobrenaturales

sin poseerlas. Porque yo no las tengo, creedme.

Arqueó levemente una ceja, como para dejar espacio a la duda, y la mitad

del público estalló en carcajadas. Pero era una risa incómoda, insegura. Justo

lo que Vincent buscaba.

El auditorio Crusellhallen de Linköping estaba al completo pese a ser un

día entre semana. Mil doscientos espectadores de la ciudad y de las

localidades vecinas habían acudido un miércoles por la noche a ver al maestro

mentalista. En realidad, era un público demasiado numeroso para su gusto,

pero su participación en la investigación de unos asesinatos, dos años atrás,

había multiplicado su notoriedad. De no haber sido ya un personaje conocido

anteriormente, se habría hecho famoso a raíz de aquellos sucesos. Sin

embargo, el famoso no era él. Nadie conocía al verdadero Vincent, por

supuesto. Pero los medios adoraban al maestro mentalista. Y el público

también. La venta de entradas se había duplicado cuando se supo que había

estado a punto de morir ahogado en un tanque de agua.

Por fortuna, Umberto había conseguido mantener en secreto los detalles

más íntimos de su implicación en el caso, porque, de no haber sido así, su

carrera habría terminado de forma abrupta. Su imagen ante la sociedad habría

cambiado de forma radical de haber trascendido que era el causante indirecto

del asesinato de tres personas. Vincent era inocente, por supuesto. Al menos

en lo referente a los asesinatos. Pero la inocencia es siempre relativa para la

prensa. Por eso tanto él como su agente habían hecho todo lo posible para

ocultar los motivos y la verdadera identidad de Jane, algo que la desaparición

de Kenneth y de la propia Jane les había facilitado en gran medida.

Durante un breve periodo el diario sensacionalista Expressen había

intentado desenterrar la historia de la madre de Vincent, pero Umberto había

caído sobre ellos como un halcón. Los amenazó con no volver a enviarles

comunicados de prensa y con no concederles nunca más entrevistas

exclusivas con ninguno de los artistas a los que representaba. ¿Realmente

estaba Umberto dispuesto a sacrificar el contacto con una parte importante de

la prensa sueca del espectáculo? Lo más probable era que no. Pero Vincent

suponía que el temperamento italiano de su agente había contribuido a volver

más creíble su amenaza.

Aun así el detalle de que los criminales habían escrito su nombre en

código, utilizando para ello las fechas de los asesinatos, se había filtrado a la

prensa, que lo había difundido. Era una historia demasiado jugosa para que no

cobrara vida propia.

A partir de entonces multitud de desconocidos habían empezado a

enviarle sus propios enigmas, adivinanzas y acertijos, sin preocuparse de lo

doloroso que pudiera ser para él recordar la experiencia vivida. Pero si fuera

fácil entender a la gente, Vincent no necesitaría ser mentalista.

—Lo que voy a hacer ahora os parecerá quizá propio del espiritismo

decimonónico —prosiguió—. Pero en la actualidad se siguen empleando los

mismos métodos para fundar religiones. O, para el caso, sectas.

El decorado imitaba un salón de finales del siglo XIX y Vincent iba vestido

de manera acorde con la escenografía. Había dos sillones de cuero

enfrentados en diagonal y en uno de ellos había un hombre sentado, bastante

nervioso.

Poco antes Vincent había preguntado si alguien entre el público tenía

formación médica o sabía al menos tomar el pulso, y ese hombre había

levantado la mano. Estaba muy tranquilo cuando Vincent lo invitó a subir al

escenario. De hecho, incluso se rio. Pero cuando el mentalista le hizo firmar

un documento que lo eximía de toda responsabilidad jurídica o médica sobre

lo que pudiera pasar y hacía recaer sobre el propio Vincent las posibles

consecuencias, el voluntario se había puesto visiblemente nervioso. Y no solo

él, sino todo el público. Vincent estaba encantado. La firma del documento

era una forma sencilla de crear un ambiente de dramática expectación. Sin

embargo, cada vez que se lo hacía firmar a alguien recordaba que el número

podía salir mal.

—Bueno, Adrian —dijo sentándose en el sillón vacío, orientado

oblicuamente hacia el hombre—. Vamos a intentar ponernos en contacto con

el más allá. Con los muertos. ¿Tienes algún familiar fallecido con el que te

gustaría comunicarte? Percibo en ti que echas de menos a alguien… Pero no

es tu abuela, porque siento que todavía vive… ¿Podría ser tu abuelo? ¿Lo

echas de menos?

El hombre soltó una risita nerviosa y se retorció un poco.

—Sí, la abuela Elsa vive —contestó—. Pero Arvid, mi abuelo materno,

murió hace diez años.

Era un truco fácil, al alcance de cualquier médium. Se trataba de una

simple deducción. El hombre no parecía mayor de treinta años, lo que

significaba que sus padres debían de tener entre cincuenta y sesenta años. Y sus abuelos, por lo tanto, entre ochenta y noventa. Como las mujeres viven

más que los hombres, la estadística indicaba que su abuela tenía más

probabilidades de estar viva que su abuelo. En cualquier otro contexto

Vincent se habría avergonzado del farol, sobre todo al notar lo mucho que

habían afectado sus palabras al hombre que tenía delante. Pero en ese número

intentaba demostrar los mecanismos que utilizan los estafadores para engañar

a la gente, ganarse su confianza y en último término quedarse con su dinero,

de modo que todo estaba permitido.

—Muy bien. Pues trataremos de encontrar al abuelo Arvid —anunció

Vincent. Después dirigió la mirada al público—. Una vez más debéis recordar

que nada de esto es real. —Se volvió hacia Adrian con expresión seria—. Voy

a tratar de establecer una comunicación con el otro lado —explicó—. Pero,

para conseguirlo, primero tengo que… cruzar la frontera.

Cogió un cinturón y lo levantó para que todos lo vieran. Se lo pasó por el

cuello e introdujo un extremo por la hebilla, para formar un lazo. Después le

tendió el brazo izquierdo al voluntario, que estaba cada vez más pálido.

—Tómame el pulso —le dijo—. Y golpea el suelo con el pie al ritmo de

mis pulsaciones, para que todos lo puedan oír.

El hombre lo cogió por la muñeca y buscó con el pulgar y el índice hasta

encontrar el pulso. Cuando lo hubo conseguido empezó a golpear con el pie

en el suelo, marcando el ritmo de las pulsaciones de Vincent. El mentalista lo

miró a los ojos.

—Nos vemos a mi regreso —se despidió—. O al menos eso espero. No

dejes de marcar el ritmo con el pie.

Se ciñó el cinturón alrededor del cuello e hizo una mueca. En esa parte del

número no tenía que fingir, porque el dolor era auténtico. Siguió apretando el

cinturón mientras Adrian marcaba el ritmo con el pie. Al cabo de unos

segundos los golpes comenzaron a espaciarse.

Vincent cerró los ojos y dejó caer la cabeza, pero no paró de apretarse el

cuello. Adrian dio unos pocos golpes más en el suelo, de manera irregular e

insegura, y al final se detuvo. Un murmullo de estupefacción y nerviosismo se

difundió entre el público. Adrian seguía con los dedos apoyados sobre la

muñeca de Vincent, pero ya no movía el pie. Era evidente lo que eso

significaba. El mentalista ya no tenía pulso. Se había estrangulado.

Vincent esperó a oír el ruido de los espectadores moviéndose intranquilos

en sus butacas. Era la señal de que empezaban a estar asustados. Entonces

levantó lentamente la cabeza y aflojó la presión del cinturón. Se volvió hacia

Adrian y lo miró con ojos turbios.

—Adrian —murmuró.

El voluntario se sobresaltó.

—Hay un espíritu en esta sala que dice llamarse Arvid —prosiguió

Vincent con voz ronca—. Vamos a asegurarnos de que de verdad es tu

abuelo. Pregúntale algo que solo tú y él sepáis, algo que haya sucedido

cuando eras pequeño… ¡Espera! Arvid me está diciendo… que te enseñó a

montar en bicicleta. ¿Tal vez algo relacionado con eso?

Adrian asintió, visiblemente asombrado.

—Pregúntale dónde me hice daño —dijo.

Vincent guardó silencio unos segundos, como si estuviera escuchando una

voz que solo él pudiera oír.

—En una rodilla —declaró al final—. Os pusisteis de acuerdo en no

decirle nada a tu madre. Todavía tienes la cicatriz.

Adrian le soltó el brazo a Vincent con expresión atónita. Lo cierto es que

la mayoría de las personas recuerdan haberse hecho daño en una rodilla en

algún momento de la infancia. El resto era una simple suposición. Pero los

recuerdos son maleables. Aunque no hubiera pasado exactamente lo que

acababa de decir Vincent, ahora Adrian lo tendría en su mente y en su

memoria.

—Arvid tiene un mensaje para ti —prosiguió el mentalista—. Dice… que

perseveres y que no dejes de creer en ti mismo. Dice que lo lograrás. Te

llevará más tiempo de lo que pensabas, pero no debes darte por vencido.

¿Sabes a qué se refiere?

Adrian asintió con gesto grave.

—A mi empresa —respondió—. Fue lo último que hablamos antes de su

muerte. Todavía no he conseguido que el proyecto despegue.

—Dice que se arrepiente de lo sucedido. ¿Qué quiere decir?

—Estábamos un poco distanciados en los últimos tiempos —dijo Adrian

cabizbajo—. Habíamos discutido.

—Sí, debe de ser eso. Ahora se arrepiente. También dice que te quiere

mucho.

Una lágrima corrió por la mejilla de Adrian. El número del más allá era

uno de los momentos culminantes de la función, pero Vincent sufría por lo

mucho que afectaba a los voluntarios. En realidad, consistía tan solo en

aprovechar el llamado «efecto Forer», también conocido como «efecto

Barnum», por el cual unas afirmaciones sumamente genéricas y abiertas a

cualquier interpretación son consideradas por la mayoría de las personas

como referidas a su caso particular. El truco clásico de los espiritistas consistía en inducir al cliente a interpretar por sí mismo los «mensajes del

más allá», porque de ese modo nunca se equivocaban. Si algo no cuadraba,

culpaban al cliente por no haber desentrañado de forma correcta el significado

del mensaje.

—La comunicación empieza a ser débil —anunció Vincent fingiendo que

se esforzaba por mantenerla—. ¿Quieres decirle algo a tu abuelo, antes de que

pierda el contacto?

—Solo… agradecerle —susurró el voluntario—. Darle las gracias.

Vincent estiró un brazo y dejó caer otra vez la cabeza, aparentemente

inconsciente. En la sala reinaba un silencio absoluto. Con gesto dubitativo,

Adrian volvió a buscar el pulso del mentalista. Al cabo de unos segundos

empezó a golpear una vez más con el pie en el suelo, primero despacio y de

manera irregular. Pero enseguida los golpes se hicieron más rítmicos y

rápidos, hasta que Vincent recuperó el pulso normal.

El mentalista abrió los ojos, cogió a Adrian de la mano y lo miró con una

sonrisa. El número del más allá nunca suscitaba grandes ovaciones. El público

estaba demasiado aturdido para reaccionar y se preguntaba aún si sería cierto

lo que había visto. Pero Vincent sabía que todos los espectadores hablarían

durante meses de la experiencia que acababan de vivir.

—Debéis recordar… —dijo al público. Eran las mismas palabras

utilizadas al comienzo del número, pero ahora las repetía en un tono mucho

más suave—, que yo no puedo comunicarme con los espíritus. De hecho,

pienso que nadie es capaz de hacerlo, porque no creo en la existencia de

espíritus. Sin embargo, puedo aparentar que lo hago, tal como hacen videntes

y espiritistas, de una manera que a veces resulta muy convincente. Algunas

personas emplean las mismas técnicas psicológicas y verbales utilizadas hace

un siglo y medio para hacernos creer que pueden ponerse en contacto con

nuestros seres queridos ya fallecidos a cambio de unos honorarios. Como

siempre, cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad, suele ser un

engaño. Gracias por acompañarme esta noche.

Abandonó el escenario antes de que empezaran los aplausos. Quería dejar

al público inmerso en un mar de dudas.

Le dolía el cuello. Se había hecho daño con el maldito cinturón. En la

siguiente función tendría más cuidado. Además, esta vez se había quedado sin

pulso demasiado tiempo. La comunicación con los fantasmas era falsa, pero la

parada del pulso era real, aunque el cinturón en el cuello no tenía nada que

ver y el método afectaba únicamente a la muñeca y no al resto del cuerpo. La

existencia de técnicas para parar el pulso en diferentes partes del cuerpo era uno de los secretos mejor guardados de los mentalistas, y Vincent jamás se lo

habría revelado a nadie. Pero no importaba que fuera solo el brazo. Después

de treinta segundos el riesgo comenzaba a ser elevado. Por lo general le

soltaban el brazo en cuanto se le paraba el pulso, pero Adrian no lo había

soltado y Vincent se había visto obligado a continuar. Estaba deseando que

acabara de una vez la gira. No era bueno bloquear tan a menudo la circulación

de la sangre.

Bajó a la sala del subsuelo y vio tres botellas de agua mineral sobre la

mesa. Apretó los dientes. Ver tres botellas era como oír una nota disonante.

Abrió rápidamente el frigorífico y sacó una más para que fueran cuatro. Solo

entonces pudo relajar las mandíbulas. Después llenó un vaso con agua del

grifo, se sentó en el sofá y exhaló un suspiro.

Los espectadores continuaban aplaudiendo. Dejó que lo hicieran un rato

más. Habría sido demasiado fácil regresar, sonreírles y convertir su

experiencia en algo inocuo. Pero él quería que siguieran desconcertados.

Descansaría unos minutos y a continuación se cambiaría de ropa. Llevaba

un tiempo intentando no tumbarse en el suelo después de cada función. A

veces lo conseguía, pero por lo general no era capaz. Buscó el teléfono. Había

visto entre el público a su amigo Sains Bergander, el fabricante de material de

ilusionismo que lo había ayudado en la investigación acerca de Tuva y los

otros asesinatos, y quería saber qué le había parecido el nuevo espectáculo.

Tal como esperaba, Sains le había escrito un mensaje. Por la hora indicada se

lo había enviado en el preciso instante en que Vincent había abandonado el

escenario. Pero el mensaje de Sains podía esperar. Cabía la posibilidad de que

alguien más le hubiera escrito.

Otra persona.

Vincent repasó la lista de los mensajes recibidos. Había varios sin leer,

por supuesto, pero ninguno de ellos era el que buscaba: un mensaje de la

persona que había cambiado su vida durante el breve periodo en que formó

parte de ella, de la mujer con quien había podido sincerarse y revelar su yo

más íntimo, antes de que desapareciera de su mundo tan abruptamente como

había llegado.

Era octubre cuando la había visto por última vez. Después llegó el

invierno, vino la primavera, el verano, otro otoño… y ahora volvía a ser

verano. Hacía más de un año y medio que no hablaba con ella. Pronto habrían

pasado dos años. No había intentado retomar el contacto, pese a lo mucho que

deseaba hacerlo. Había iniciado una terapia de pareja con Maria y no quería

alimentar innecesariamente sus celos.

Al cabo de un tiempo dejaron la terapia, porque no les había dado el

resultado esperado, pero para entonces ya habían transcurrido muchos meses.

No quería aparecer de repente sin más, después de un largo silencio. Sabía lo

mucho que ella valoraba su privacidad y él la respetaba, aunque habría dado

cualquier cosa por pasar tiempo juntos.

Obviamente no había ninguna razón para que ella buscara comunicarse

con él. Le había expresado con claridad que se las arreglaba muy bien sola.

Además, Vincent no podía saber qué había sucedido en su vida desde la

última vez que la había visto. Puede que se hubiera casado, que tuviera una

familia o que se hubiera ido a vivir al extranjero.

Pero no podía evitarlo. La había conocido después de una función y no

dejaba de buscarla con la mirada cada vez que abandonaba el escenario. Aun

así la lista de mensajes de su teléfono era inequívoca.

Tampoco en esta ocasión Mina había intentado comunicarse con él.

Se quitó las gafas y le sonrió. Después se cruzó de piernas y se inclinó hacia

delante en la silla. Estaban sentados frente a frente, sin ninguna mesa entre

ambos. Al principio la disposición de los sillones le había parecido a Ruben

profundamente incómoda. Lo hacía sentirse expuesto. Pero se había

acostumbrado. De hecho, ya ni siquiera intentaba mirarle el escote cuando

ella se inclinaba hacia delante. Ya no, y no porque Amanda no fuera atractiva.

—¿Quieres decir que ya hemos terminado? —preguntó Ruben mirando el

reloj.

Llevaba apenas media hora en la consulta, pero Amanda parecía dispuesta

a poner fin a la sesión.

—En realidad esto nunca se acaba del todo —respondió ella—, pero no

veo ninguna razón para que sigas viniendo a verme, a menos que surja algo

nuevo. En cualquier caso, la decisión solo te corresponde a ti. ¿Cómo te

sientes?

Ruben miró a Amanda, la psicóloga a cuya consulta había acudido todos

los jueves durante el último año. ¿Cómo se sentía? Vaya mierda de pregunta.

Aunque últimamente no lo irritaba tanto como al principio.

—Los sentimientos se los podemos dejar a Freud —dijo—. Si algo he

aprendido es que los míos no siempre son lo que parecen. He decidido no

actuar movido por mis sentimientos, sino por mi mente racional. De ese modo

he podido mantener la abstinencia sexual durante medio año, pese a que mis

sentimientos me impulsaban constantemente a follar.

Amanda arqueó una ceja en un silencioso gesto interrogativo.

—No, no he ido detrás de ninguna chica —aclaró—, tal como acordamos.

Es lo que quiero decir. No voy a dejarlo por completo; después de todo, soy

un hombre en la flor de la vida. Pero ya no me parece tan importante ahora

que conozco la necesidad que cubría ese comportamiento.

—¿Y cuál era esa necesidad?

Ruben suspiró. Siempre volvían a lo mismo. A los jodidos sentimientos.

—Saber que podía conquistar a cualquier mujer me hacía sentir poderoso.

Pero esa conducta también satisfacía una necesidad más básica de… —

Volvió a suspirar—. De afecto —añadió contrariado—. ¿Estás contenta

ahora?

«Necesidad de afecto». Jamás habría imaginado que alguna vez iba a

decir algo así. ¡Ni que fuera gay! Pero también había aprendido que esa reacción era un mecanismo de defensa. ¡Qué perra es la vida! Gunnar y los

otros colegas del cuerpo de policía se habrían partido de risa de haber sabido

que estaba en terapia con una psicóloga. Gunnar decía de sí mismo que estaba

hecho «de madera del norte». Su solución a todos los problemas consistía en

irse al bosque con una botella de aguardiente casero. Los compañeros de la

jefatura lo habrían tomado por un blandengue afeminado si hubiesen sabido

que acudía cada semana a la consulta de Amanda. Volvió a echar un vistazo

al reloj de pared. Eran poco más de las ocho y media. Ya tendría que estar en

su puesto de trabajo, antes de que los demás empezaran a preguntarse qué

hacía algunas mañanas. No podía usar la excusa habitual todos los días.

¿Cuántas veces más podría decir que le había costado mucho despedir a la

chica que se había llevado a casa la noche anterior?

Una mujer en su casa, sí, seguro. Hacía tanto tiempo que no ligaba que ya

ni recordaba cómo se hacía. Por puro automatismo había intentado seducir a

Amanda nada más conocerla, pero no le había salido bien.

—Solo me falta una cosa —dijo—. Quiero volver a ver a Ellinor.

—Ruben —replicó la psicóloga en tono de advertencia—, recuerda lo que

hemos dicho. La imagen de Ellinor se ha cernido sobre ti como un espectro

durante todos estos años. Tu comportamiento ha sido una reacción a esa

presencia fantasmal. Tienes que quitártela de encima. Mientras no lo hagas,

no habrás acabado con el proceso.

—Lo sé. Y por eso mismo quiero verla, para ponerle punto final. Te

prometo que solo la saludaré y nada más. Necesito bajarla del pedestal donde

la tengo colocada, para asegurarme de que el antiguo Ruben no va a regresar.

—Eso que dices me parece… inusualmente sensato, viniendo de ti —

admitió Amanda observándolo con atención—. ¿Estás seguro?

—Lo peor que puede pasar es que tenga que pagarte unas horas más de

terapia —respondió él riendo.

Pero no le cabía ninguna duda. Se había convertido en otro Ruben, una

persona mejor en comparación con el Ruben del año anterior. Le importaba

una mierda lo que dijera Gunnar.

Se pusieron de pie y se estrecharon la mano para despedirse. Ruben tuvo

que reprimir por centésima vez el impulso de invitar a Amanda a tomar una

copa. Pero sabía que sus pensamientos no tenían ninguna relevancia mientras

no los pusiera en práctica. Después de todo, seguía siendo Ruben y no podía

dejar de pensar en esas cosas. Además, tenía otras inquietudes. Ya había

averiguado la dirección de Ellinor. No haría más que saludarla brevemente.

Quizá le pediría perdón. Con eso habría terminado.

Vincent respiró hondo antes de ir a desayunar. Sabía que su mujer llevaba

 

alrededor de una hora en la cocina y que, en cuanto entrara, una intensa

oleada aromática lo asaltaría de manera abrumadora. Tal como esperaba, las

diferentes variedades de velas perfumadas, mezclas de hierbas y jabones

habían generado en la cocina una espesa neblina de fragancias que lo

envolvió como una manta húmeda.

—Cariño, ¿cuánto tiempo vamos a tener todo esto en casa? —preguntó

mientras buscaba una taza en el armario.

La que encontró tenía una inscripción jocosa: NO ES QUE YO SEA

INMADURA, ES QUE TÚ YA ESTÁS CADUCADO. Se sirvió café de la

cafetera y se sentó a la mesa.

—¿No recuerdas lo que nos decía la psicóloga? —replicó Maria, sentada

en el suelo—. ¿Aquello de que era importante que me apoyaras en todos mis

proyectos?

Ni siquiera se volvió para hablarle. Siguió dándole la espalda mientras

guardaba con sumo cuidado unos angelitos de cerámica en una caja grande de

cartón.

—Claro que lo recuerdo. Y ya sabes que te apoyo en todo lo que te

propongas. Esta tienda online es… una idea muy interesante. Pero quizá sería

más conveniente guardar los productos en… ¿un almacén?

Maria soltó un suspiro sin dejar de darle la espalda.

—Como nos dijo Kevin, no es precisamente barato alquilar un almacén —

replicó—. Y teniendo en cuenta que tu nuevo espectáculo todavía no ha

cubierto los costes de producción, me corresponde a mí ser la persona adulta

de la familia y asumir la responsabilidad de nuestros gastos.

Vincent la miró sorprendido. Era el argumento más juicioso que le había

oído a su mujer en los últimos años. Quizá los cursos de emprendimiento a los

que asistía no eran una pérdida de tiempo después de todo. Sin embargo, tenía

que reconocer que estaba bastante harto de que Maria sacara relucir el nombre

de Kevin, el director de los cursos, cada dos frases. Vincent sabía que su

mujer necesitaba un líder. Era su naturaleza. Pero no se esperaba que su

último gurú fuera un consultor para nuevos emprendedores.

—¿Responsabilidad? —preguntó Rebecka, que acababa de entrar en la

cocina—. Esto no nos traerá más que gastos. No creo que nadie quiera

comprar estas mierdas.

En los últimos tiempos el rictus amargado de Rebecka se había vuelto

permanente. Levantó con disgusto un cartel pintado sobre madera blanca y

leyó en voz alta:

—«Vive, ríe, ama». ¿De verdad? ¿No sería más realista «Llora, odia,

muere»?

—Por favor, Rebecka. Intenta ser más amable —le rogó Vincent, aunque

en su fuero interno estaba bastante de acuerdo con su hija.

—Kevin dice que tengo un instinto increíble para los negocios —repuso

Maria mirando desafiante a la adolescente.

Sin prestarle atención, Rebecka fue a abrir el frigorífico.

—Pero ¿qué demonios…? ¡Aston!

Desde la sala de estar el niño le respondió a voz en cuello:

—¿QUÉ PASA?

—¿Te has echado en los cereales toda la leche que había? ¿Y has

guardado en la nevera el envase vacío?

—¡NO ESTÁ VACÍO! ¡QUEDA UN POCO!

La voz de Aston retumbó en las paredes. Rebecka giró el envase hacia

abajo y lo sacudió demostrativamente, mirando a Vincent. Cayeron tres gotas

al suelo.

—Pero ¿qué haces? —exclamó Maria incorporándose—. Eso lo tendrás

que limpiar.

Al levantarse, el angelito que tenía en la falda cayó y se rompió en mil

pedazos. El material era muy frágil.

—¡Oh, no! ¡Mira lo que he hecho por tu culpa, Rebecka!

—¿Por mi culpa? —La hija de Vincent se indignó—. ¿Tengo yo la culpa

de tu torpeza? Es típico de ti meter la pata y culparme a mí. Los palos me los

llevo siempre yo. Y tú, papá, ¿por qué no me defiendes nunca? ¿Por qué dejas

que Maria me trate como le dé la jodida gana? No os aguanto más. Me voy a

casa de Denis.

Vincent abrió la boca para contestar, pero ya era tarde. Rebecka ya estaba

saliendo.

—¡Vuelve antes de las ocho! —le gritó Maria—. Recuerda que es jueves.

—Estoy de vacaciones —le respondió Rebecka, poniéndose una cazadora

ligera, antes de marcharse con un portazo.

—Sí, claro. Gracias por tu ayuda —dijo Maria, de brazos cruzados,

mirando a su marido con expresión severa—. Date prisa y lleva a Aston a la

escuela de verano antes de que se le haga tarde.

Vincent volvió a cerrar la boca. Era mejor no decir nada. Seguía sin saber

qué hacer ante esas tormentas emocionales y cualquier cosa que dijera podía

ser un error. Por eso su nueva estrategia consistía en quedarse callado en la

medida de lo posible.

Hurgó en su memoria en busca de algo útil que hubiera dicho la psicóloga

en la terapia de pareja. No le había resultado sencillo aceptar ayuda de alguien

cuyos conocimientos eran similares a los suyos, pero se había esforzado en

ser amable.

Al principio habían hablado de su necesidad de iniciar una terapia

individual para procesar lo sucedido con su madre cuando era niño y los

recuerdos reprimidos desde hacía cuarenta años. Sin embargo, se había

negado. No soportaba la idea de que un desconocido removiera su pasado.

Había una sombra en su interior que custodiaba con excesivo celo ciertos

rincones de su ser y le impedía abrirse a nadie.

De alguna manera había esperado que la terapia fuera una especie de cura

milagrosa que le permitiera reencontrarse con Maria. Confiaba en volver a

entenderla, como la entendía antes, y deseaba que ella dejara de sentir celos

cada vez que él viajaba a otra ciudad, como estaba obligado a hacer a causa

de su trabajo. Los dos lo habían intentado, sobre todo ella.

La psicóloga había señalado como causa evidente de los celos de Maria su

falta de confianza en sí misma, así como las particulares circunstancias del

comienzo de su relación, cuando Vincent había dejado a la que entonces era

su mujer, Ulrika, para iniciar una relación con Maria, la hermana menor de

esta.

Pero Vincent sabía que no era tan sencillo. Había algo más en Maria que

ni él ni la terapeuta habían podido captar, algo que despertaba su agresividad

cada vez que Vincent prestaba atención a cualquier cosa que no fuera la casa

o la familia. Sabía que no podía culparla por comportarse de esa forma. Era

un impulso instintivo, el mismo que en ese momento la inducía a mirarlo

como si fuera un extraterrestre. Y como tantas veces en el pasado, se preguntó

una vez más qué querría ella de él.

Había sido fácil al principio, cuando la pasión los había impulsado a

renunciar a todo lo que no tuviera que ver con su amor. Vincent recordaba la

sensación y estaba convencido de que aún la conservaba en alguna parte de su

corazón. Añoraba la época en que eran capaces de terminar las frases del otro

y de comunicarse con una sola mirada. Pero poco a poco, con cada año que

pasaba, habían dejado de entender el lenguaje del otro, en lugar de

compenetrarse cada vez más. Vincent habría deseado recuperar el pasado, pero no sabía qué hacer para reconectar con Maria y que los dos volvieran a

ser los de antes.

Notó que ella estaba esperando a que él dijera algo, de modo que repasó

de nuevo mentalmente las sesiones de terapia de pareja en busca de algún

consejo útil. La psicóloga le había sugerido que demostrara interés cada vez

que Maria se sintiera contrariada, aunque le pareciera injusto su enfado,

porque de esa forma crearía un ambiente de seguridad y confianza que a su

vez le proporcionaría a ella una base más sólida para expresar sus

sentimientos de manera constructiva antes de que estallara el conflicto. En

otras ocasiones no había funcionado, pero no costaba nada intentarlo otra vez.

—Cariño, veo que estás enfadada —le dijo en un tono de voz

deliberadamente tranquilo y amable—. Pero la ira no es buena para tu cuerpo.

Se te tensan los músculos y las articulaciones, la circulación sanguínea se te

ralentiza y se te alteran los equilibrios naturales, tanto nerviosos como

cardiovasculares y endocrinos. Además, tu presión arterial aumenta, lo mismo

que el pulso y la testosterona en sangre, y se te dispara la producción de bilis,

que acaba en partes del organismo donde no debería estar.

Maria lo miró con cara de incredulidad. El consejo de la psicóloga parecía

estar dando resultado.

—Cuando te enfadas —prosiguió Vincent—, la actividad de tu cerebro se

altera, sobre todo en los lóbulos temporal y frontal. Por eso te digo que la ira

no es buena para el cuerpo. ¿No crees que hay maneras más constructivas de

comunicarte con Rebecka?

Guardó silencio y se arriesgó a sonreírle levemente a su mujer. Ella se

limitó a quedarse mirándolo. Después hizo una mueca como si hubiera

mordido un limón, giró sobre sí misma y se marchó sin decir nada.

La felicidad de haber regresado le llenó los ojos de lágrimas. Julia jamás

habría imaginado que anhelaría tanto encontrarse otra vez entre las feas

paredes de la jefatura de Kungsholmen, que además en ese momento parecía

una sauna. El aire acondicionado se había estropeado justo cuando Estocolmo

estaba viviendo el verano más caluroso de la historia. Abanicándose con una

hoja de papel abrió la puerta de la sala de reuniones. Para sus colegas podía

ser un día como cualquier otro, pero para ella era el paraíso.

Al menos hasta que les contara por qué los había convocado.

—¡Julia! —exclamó un hombre barbudo que daba la impresión de

alegrarse mucho de verla.

Sorprendida, Julia reconoció a Peder.

—No es una barba de hípster —aclaró él al notar la mirada de su jefa—,

sino de padre de familia.

—Es de hípster, digas lo que digas —masculló Ruben entrando en la sala

justo detrás de Julia—. Por suerte, hace demasiado calor para que te pongas el

gorro de lana que llevaste toda la primavera.

Todo estaba igual que siempre, con la única diferencia de que a Mina y a

Christer se los veía un poco más animados que de costumbre.

—Mi enhorabuena, aunque ya sé que debería habértela dado hace meses

—murmuró Christer.

Bosse, el golden retriever, jadeaba tumbado en el suelo, a su lado,

exactamente en el mismo lugar donde Julia lo había dejado la última vez,

hacía medio año. Pero ahora el perro tenía demasiado calor para levantarse y

saludarla como merecía. Se limitó a mirarla con ojos felices y emitir un breve

ladrido.

—Sí, ¡felicidades! —exclamó Mina contemplando con cierto horror la

chaqueta de su jefa.

Julia bajó la vista hacia el punto donde Mina había fijado la vista y soltó

una maldición.

—¡Mierda! Es imposible llevar nada puesto más de dos horas sin acabar

con una mancha de vómito en el hombro.

Se quitó la chaqueta y, cuando iba a dejarla en el respaldo de la silla, notó

la mirada reprobadora de Mina y tuvo que levantarse para ir a colgarla de un

gancho junto a la puerta.

—Mientras solo sea papilla, es fácil de limpiar —intervino Peder con una

sonrisa comprensiva—. Ya verás cuando empiece a ser plátano o salsa

boloñesa. Lo único que funciona en esos casos es poner la prenda en remojo

con Vanish (mejor si es en polvo, el del bote rosa) y lavarla después a noventa

grados con lejía. Por eso los primeros años conviene vestir siempre de blanco,

con prendas que resistan el lavado a noventa grados…

—Lo tendré en cuenta —respondió Julia levantando una mano para hacer

callar a Peder—. Por cierto, buenos días.

Llevaba demasiado tiempo inmersa en el trabajo interminable y

continuado que supone cuidar a un bebé, por lo que prefería cambiar de tema

cuanto antes. No necesitaba que nadie le adelantara las plagas que caerían

sobre ella en las futuras etapas de crecimiento de su hijo.

—Muy bien. Me alegro de estar de vuelta y de veros a todos otra vez.

Obviamente, he seguido muy de cerca vuestro trabajo mientras estaba de baja

y puedo deciros que estoy orgullosa de vosotros. Mina, has dirigido muy bien

la unidad en mi ausencia. Pero ahora he regresado y estoy lista para empezar a

trabajar. No diré que estoy fresca y descansada, porque mentiría. Pero no es

posible tenerlo todo.

Dejó escapar una risita que en el fondo era amarga. Una parte de ella

habría querido hablar de las terribles discusiones que habían precedido su

llegada a la jefatura esa mañana. A raíz de esas discusiones había descubierto

que la relación igualitaria que creía tener con su pareja no era más que una

ilusión, una simple ficción que se había mantenido mientras no habían tenido

Seguir: parte 2 de 6