La secta
Sexta semana
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Mina encontró a Vincent sentado en un banco, cerca de la fuente de
Kungsträdgården. Sobre el agua de la fuente flotaban flores caídas de los
árboles circundantes, así como envoltorios de helados y servilletas de papel.
Por mucho que los servicios de limpieza del ayuntamiento intentaran
mantener la higiene, era evidente que estaban perdiendo la batalla. Era muy
probable que también hubiera un par de jeringuillas en el fondo. Aun así el
parque seguía siendo un lugar agradable, con muchos bancos a la sombra de
los árboles.
La madera del asiento junto a Vincent parecía un poco más oscura que el
resto y olía vagamente a desinfectante. El mentalista debía de haberla
limpiado justo antes de que llegara Mina, pero no lo mencionaría. Iba vestido
con pantalones cortos y camisa de manga corta con dibujos de medusas.
Parecía un turista.
—¿Has cambiado de estilo? —le preguntó ella asombrada sentándose a su
lado—. Pensaba que los pantalones cortos no eran lo tuyo.
—La tubería por la que nos arrastramos me ha hecho replantearme las
decisiones en materia de ropa —contestó—. Sentía que necesitaba algo más…
cómodo. Ya me he sentido suficientemente oprimido. Entonces ¿no te gusta la
camisa? Puede que tengas razón. —Bajó la vista hacia las medusas—. Quizá
no ha sido una de mis mejores ideas. Debería hacer como tú y salir en
camiseta sin mangas.
—Ni se te ocurra —replicó ella—. No puedes venir al centro en camiseta
sin mangas. Además, vistes mejor cuando vas un poco más formal.
Vincent la miró con el rabillo del ojo.
—Menos mal que has añadido eso último, porque de lo contrario habría
tenido que revelarte que he lavado el banco con agua de la fuente.
Mina tuvo que reprimir el impulso de levantarse del asiento. Tenía que ser
una broma.
Vincent jamás le haría algo así. ¿O sí? La tensión producida por el
esfuerzo de quedarse sentada la hizo sudar. Y eso para ella era lo peor. Solo
cuando vio que la papelera situada junto al banco estaba llena de toallitas
húmedas volvió a respirar con normalidad.
—Por cierto, ¿de qué querías hablar? —preguntó, intentando en vano
parecer despreocupada.
Notó que a Vincent le temblaban las comisuras de la boca. Ya vería luego,
pensó Mina. Lo del agua de la fuente exigía venganza y ella pretendía llevarla
a cabo cuando él menos se lo esperara.
—Quizá debería haberte llamado anoche —empezó el mentalista con una
expresión que enseguida se volvió seria—. Pero era tarde. Además, tampoco
habríamos podido hacer nada.
—No sé de qué me hablas. ¿Has encontrado otro modelo de Lego junto al
agua? ¿Por eso me has citado aquí, al lado de la fuente?
Vincent negó con la cabeza y se puso a buscar en su maletín.
—La teoría de Nova sobre el agua era una pista falsa —respondió—. Fue
una idea que nos plantó en la cabeza para que dedicáramos energía a algo que
no iba a llevarnos a ninguna parte. La culpa es mía. He cometido un error
espantoso.
Sacó una hoja plegada y se la dio a Mina.
—¿Recuerdas la frase del padre de Nova? —prosiguió—. ¿La que está
oculta en la declaración programática de Epicura? Supusimos que el asesino
era él, por ser el autor del texto.
—¿Y sin embargo…?
—Dejé de buscar demasiado pronto. Había más. De hecho, ni siquiera
creo que John haya escrito esas líneas. Esa era otra pista falsa, una
distracción, como la llaman los magos.
Desdobló el papel. Era el mensaje de la web de Epicura con las palabras
distribuidas en sesenta y cuatro casillas, ocho de las cuales estaban destacadas
en negrita.
—Leímos solamente la primera parte —explicó—, hasta el secuestro de
Wilma. Pero son ocho palabras en total.
—Sí, recuerdo que dijiste que había un límite de ocho asesinatos, teniendo
en cuenta los intervalos decrecientes entre los crímenes —contestó Mina
asintiendo.
Vincent le señaló las tres últimas palabras.
—La… nueva… estrella —leyó.
Mina tardó un segundo en comprenderlo.
—Nova —dijo mirando a Vincent.
—Así es. Nova —convino él confirmando sus sospechas—. Ella es el
cerebro detrás de todo esto.
Un chillido de decepción les llegó desde el otro lado de la fuente, cuando
unos padres evitaron en el último momento que su hijo se metiera en el agua.
—No solo Nova —repuso Mina—. Todos los miembros de Epicura la
pueden ayudar.
Vincent hizo un gesto afirmativo.
—Pero no todos estarán implicados —observó—. La mayoría de los que
participan en la organización probablemente no habrán hecho nada más grave
que darle a Nova su dinero. Aunque lo más seguro es que haya un círculo de
confianza y es posible que lo integren las mismas personas que tenéis
detenidas desde la liberación de Wilma. No me extraña que no digan nada.
Han estado con Nova desde el comienzo. Confían en ella tanto como Nova
confía en ellos para hacer lo que se propone.
Mina sintió que se derrumbaba. El círculo interno de Nova. Ella misma
había oído algo al respecto hacía poco tiempo.
—Como mi madre —dijo—. Como Ines.
Sin embargo, Ines no estaba con los otros en la granja cuando habían
rescatado a Wilma. Había una posibilidad de que su madre no supiera nada,
aunque fuera microscópica.
—Estuvimos a punto de atraparla —afirmó—. En la granja.
Probablemente era Nova la que iba en el coche, cuando creíamos que era
John. ¡Joder! ¿Qué hacemos ahora? ¿Vamos a la sede de Epicura a detenerla?
—No creo que siga allí —respondió Vincent—. Nos entregó la pista falsa
de John Wennhagen, pero debía de saber desde el principio que no pasaría
mucho tiempo antes de que descubriéramos que era ella. Después de todo, ha
firmado el mensaje. Yo en su lugar habría huido de la granja a toda prisa.
Pero hay algo más. ¿Recuerdas cuando dijimos que el asesino…, es decir,
Nova…, reduce a la mitad los intervalos transcurridos entre los sucesivos
secuestros? Si no se lo hubiéramos impedido habrían pasado dos semanas
entre el asesinato de Wilma y el siguiente, que habría sido el sexto. Después
habría transcurrido una semana antes del séptimo y, a continuación, media
semana antes del octavo y último. Pero logramos detener la racha criminal.
Tenéis entre rejas a los miembros de la secta que habrían podido ayudar a
Nova a secuestrar a más niños. Por eso creo que pasará directamente al final:
el octavo movimiento en el tablero de ajedrez. Y lo hará, según sus propias
reglas, cuando haya pasado media semana.
El niño al otro lado de la fuente intentó una vez más meterse en el agua y
volvió a soltar un chillido cuando sus padres se lo impidieron. Mina habría
querido gritarles que lo dejaran bañarse, para que ella pudiera pensar en paz.
—Espera un momento —dijo—. Si salvamos a Wilma el viernes y hoy es
lunes, entonces ya han pasado tres días, ¿no?
—Exacto —replicó Vincent volviéndose hacia ella.
Nunca lo había visto tan serio.
—El acto final de Nova tendrá lugar esta misma tarde —anunció.
Mina sintió que el pánico se apoderaba de todo su cuerpo.
—Nathalie —murmuró—. Tengo que sacar a Nathalie de allí.
Le temblaba tanto la mano que casi no pudo sacar el teléfono del bolsillo.
Finalmente consiguió marcar el número del padre de su hija. No tenía
alternativa.
—Hola, soy yo —dijo, y en cuanto él empezó a responderle lo
interrumpió—. Tienes que ir a Epicura a buscar a Nathalie. Es importante. Y
tienes que hacerlo ya. Te enviaré la localización. Podría ir con un coche de
policía, pero tardaría demasiado en ir a buscarlo a la jefatura. No tenemos
tiempo. Infringe todas las reglas del tráfico si es necesario. O ve en
helicóptero. Pero tienes que llevarla a un lugar seguro.
Colgó antes de que él pudiera responder.
Nunca hasta ese momento se había atrevido a hablarle de ese modo.
Nunca durante todos los años que había durado su relación le había dicho lo
que tenía que hacer, ni mucho menos le había dado una orden. Seguramente
su cambio de actitud tendría consecuencias. Pero no le quedaba alternativa.
Abrió la aplicación de GPS y, mordiéndose el labio inferior, trató de
localizar el transmisor que le había colocado a Nathalie en la mochila. Pasó
mucho tiempo sin que la aplicación detectara el aparato. Demasiado tiempo.
Al final apareció una notificación. «Transmisor inactivo —decía—.
Compruebe el estado de la batería».
Vincent abrió una vez más el maletín, extrajo el plano de la ciudad y lo
desplegó sobre las rodillas. Con una regla había trazado sobre el mapa los
ocho movimientos del knight’s tour de Nova que conducían hasta el final de
su mensaje.
—Mira —le dijo a Mina señalando el plano—. La palabra estrella está en
la casilla f6 del tablero de ajedrez. Es el octavo y último movimiento. En el
plano, se encuentra en medio de Östermalm. Allí no hay más que edificios.
No hay parques, ni extensiones de agua. Pero en algún punto de esa zona
Nova tiene prevista la última jugada.
Mina observaba el mapa mientras sostenía el teléfono para no perderlo de
vista en ningún momento. El sol estaba cada vez más alto en el cielo, por lo
que se veía obligada a hacerse sombra con la mano.
—La plaza de Östermalm está dentro de esa casilla —apuntó—. Puede
que no sea un parque, pero es un gran espacio abierto. Y la iglesia que hay al
lado también entra en la misma casilla. Tiene un cementerio adyacente,
¿sabes? Creo que a Nova le gustaría.
Vincent la miró. Era evidente que estaba haciendo todo lo posible para
mantener la calma y él solo podía admirarla por eso. Pero parpadeaba
demasiado y sus movimientos se habían vuelto ligeramente espasmódicos, lo
cual indicaba la tensión a la que se veía sometido su diafragma. El mentalista
habría querido ayudarla, pero no sabía cómo.
—No estoy seguro de que Nova busque la visibilidad que tendría en una
plaza o en una iglesia —replicó—. Probablemente sospecha que estamos
sobre su pista. En su lugar yo preferiría la discreción. Casi todos los edificios
que hay dentro de esta casilla son viviendas. Es posible que en alguno de esos
pisos viva un miembro de Epicura. Quizá tengamos que llamar a todas las
puertas. Pero también está… esto de aquí.
En una de las esquinas superiores de la casilla había un edificio diferente
de los demás.
—El Östra Real, el instituto de enseñanza secundaria de Östermalm —
dijo Mina señalándolo con el dedo en el mapa—. De hecho, allí estudié yo el
bachillerato.
—¿Una época feliz?
—Si de verdad quieres saberlo, en aquellos años yo no era tan… sensible.
Pero era lo bastante rara como para que todos en clase me señalaran con el dedo. Recuerdo que en el primer curso me dejaban notas adhesivas con un
círculo pintado, pegadas a la puerta de la taquilla, sobre todo en la cerradura.
Al principio no entendía por qué. Después alguien me explicó que era la señal
de que algún guarro había pasado por ahí la punta del pene.
Vincent no pudo reprimir una carcajada, pero enseguida notó la expresión
de desolación de Mina.
—Perdóname —dijo—. No me lo esperaba.
—Seguramente era una broma de mal gusto y nada más —prosiguió ella
—. No creo que nadie se atreviera a hacerlo de verdad. Pero a partir de ese
momento empecé a ponerme guantes de plástico para abrir la taquilla.
Intercambió una mirada con Vincent. Sus ojos eran casi desafiantes, pese
a estar anegados en lágrimas. El mentalista vio en ellos espíritu de lucha y
negativa a ceder ante los demás. Puede que ese espíritu combativo fuera lo
que impulsó a sus compañeros a hacerle aquella broma tan grosera. Ella sería
la rara, pero no se dejaba doblegar. Porque era Mina. Directa, con fuego en la
mirada y los puños siempre apretados.
—En cualquier caso, el instituto está cerrado por vacaciones —dijo—, por
lo que Nova no podrá entrar. Tenemos que preguntarle a Julia cuántos
efectivos podrá enviar para llamar a las puertas de las casas.
—Espero que con el tiempo tus acosadores hayan reconocido su error —
replicó Vincent—. Pero supongo que tienes razón respecto al instituto. En
verano solo los colegios como el de Aston están abiertos, y solo algunos días,
cuando alquilan sus locales como salas de conferencias aprovechando que los
alumnos no…
De repente se interrumpió.
Los dos se miraron.
Mina aún tenía el teléfono en la mano. Llamó enseguida a Christer y
activó el altavoz. Su colega respondió casi de inmediato. Tenía la respiración
un poco agitada.
—¿Estás en la jefatura? —preguntó Mina.
—No, espera —contestó Christer—. Estoy con Bosse en… Espera un
momento…, ¡Bosse, deja tranquilo al perro de la señora!
—Christer —insistió Mina.
—Lo siento mucho —se disculpó Christer, aunque evidentemente no se lo
decía a Mina—. Solo quería saludar. Por lo general no… Es macho, sí. Claro,
lo entiendo…
—Christer —repitió Mina levantando la voz.
—Estoy aquí. Tenía que arreglar un asunto. ¿Qué pasa?
—¿Nos puedes hacer un favor? ¿Podrías comprobar si hay alguna
conferencia programada en el Östra Real para esta semana? —preguntó
Vincent—. ¿Ahora mismo, si es posible?
—Hombre, ya veo que también está Vincent. ¡Hola, Vincent! Sí, claro.
Ningún problema. Pero antes tengo que llegar a la oficina y llenar de agua el
cuenco de Bosse.
—Esto es prioritario —replicó Mina—. Primero el Östra Real. Después
Bosse.
Se hizo un silencio. Vincent habría podido jurar que tanto Christer como
Bosse los estaban mirando fijamente a través del teléfono.
—Perdóname, Bosse —dijo—. Tu amo te dará una piscina entera de agua
más tarde. Christer, no te lo pediríamos si no fuera urgente. Ya lo sabes.
—Ahora mismo lo hago —respondió Christer—. Os llamo en cuanto sepa
algo.
Mina colgó y abrió de nuevo la aplicación de GPS. El transmisor no se
había apagado del todo. El círculo que marcaba su ubicación se había vuelto
un poco más pequeño, pero seguía siendo poco definido. Solo permitía
suponer que Nathalie ya no estaba en la granja, tal como Vincent sospechaba.
—¿Crees que Nova piensa ejecutar sola su acto final? —preguntó Mina
—. Hemos detenido a los presuntos autores de los secuestros, por lo que es
probable que se haya quedado sin nadie que la ayude.
Vincent levantó la vista por encima de la fuente. Los turistas en el parque
comían helados, se hacían selfis y bebían refrescos. Había grupos de
adolescentes sentados en la hierba, haciendo lo que hacen los adolescentes
cuando están de vacaciones. Faltaban pocos años para que Aston fuera uno de
ellos. Pero Lilly, William, Dexter y Ossian ya no conocerían esa época de la
vida. Para ellos todo había terminado. ¿Y por qué? ¿Con qué motivo?
Todavía no había logrado comprender cuál era el propósito de Nova. Pero
sabía que aún no había concluido su sucesión de crímenes.
—No creo que el octavo movimiento sea algo tan simple como un
secuestro —comentó—. Después de todo, es la firma de Nova. Tiene que ser
algo más. La última jugada. El final de la partida. Creo que ella estará
presente.
Sonó el teléfono y Mina volvió a activar el altavoz.
—No entiendo por qué no podíais llamar vosotros —dijo la voz de
Christer en el teléfono—. Me han atendido enseguida. Solo tienen un día
comprometido esta semana y es precisamente hoy.
Una notificación apareció en la pantalla del móvil mientras Christer
hablaba. El transmisor había vuelto a funcionar. La aplicación había
localizado a Nathalie. Mina levantó el teléfono para que Vincent viera el
mapa en la pantalla. Su hija se encontraba en el centro de Estocolmo.
—Lo gracioso es que conocemos a la persona que ha alquilado el local —
continuó Christer mientras Mina hacía zoom en la zona del plano que le
interesaba—. Lo ha reservado Epicura, que ha organizado un curso de un día
para ochenta asistentes. Y ahora tengo que ocuparme de Bosse, digáis lo que
digáis.
Christer se despidió y Vincent se hizo sombra con la mano para ver mejor
el mapa en la pantalla del teléfono. Mina había acercado la imagen de tal
manera que todos los edificios de la zona se distinguían claramente. No había
ninguna duda. Nathalie estaba en el Östra Real.
Aunque el sol ya estaba alto en el cielo y el termómetro marcaba unos
veintisiete grados, Vincent sintió frío y se rodeó a sí mismo con los brazos.
—Todo es dolor, sufrir purifica —dijo—. ¡Dios mío! ¿Recuerdas que
John había construido el búnker como una trampa mortal? ¿Y lo que Beata
Ljung nos explicó acerca de las sectas destructivas? Creo que Nova piensa
seguir las enseñanzas de su padre hasta su conclusión lógica. Su acto final no
es solo un asesinato. Son ochenta. Y Nathalie está con ellos. Nova pretende
matarlos a todos.
Vincent se siente más impotente que nunca. Quiere ayudar a Mina y está
convencido de que es su deber hacerlo, pero no sabe cómo. Se siente inútil.
Mientras Mina se levanta del banco suena un tono de notificación en su
teléfono.
—¿Es Christer otra vez? —pregunta él.
Mina se queda paralizada a medio movimiento, sin levantarse aún del
todo. Mira fijamente la pantalla. El color ha desaparecido de sus mejillas.
—Nova —contesta, y le pasa el teléfono a Vincent para que lea el
mensaje.
Hola, Mina:
Espero verte en las próximas horas. Pero me temo que tienes un pequeño problema. Puedes salvar a tu madre o a tu hija. Pero no podrás salvarlas a las dos.
¿Qué eliges? ¿Irás hasta el final del camino?
Bienvenida.
Nova
—¿Qué se supone que tengo que hacer? —dice Mina—. Ni siquiera
entiendo qué quiere decir. ¿Qué tengo que elegir y a qué se refiere con eso de
ir hasta el final?
Vincent lee una vez más el texto. Hay algo que le chirría, pero no puede
pararse a pensar.
—No le hagas caso —replica—. Solo quiere ganar tiempo
confundiéndote. Lo mejor para ella es hacerte dudar, así que evítalo. Ve al
Östra Real a buscar a Nathalie. Sálvalos a todos. Para enfrentarte a Epicura y
detener a Nova no me necesitas a mí, sino a tus colegas del cuerpo de policía.
Ellos saben cómo actuar. Yo no haría más que interferir. Por mi parte, me
concentraré en el mensaje de Nova e intentaré comprenderlo. Seguro que
esconde algo, en eso no te equivocas; Nova nunca es directa. Pero ten
cuidado. Estará allí y no sabemos qué sorpresas tiene reservadas.
—Intentaré localizar una vez más al padre de Nathalie —dijo Mina—. Es
un hombre de recursos.
Vincent asintió.
—Ahora vete.
—Será emocionante —dice Nova.
Nathalie no recuerda haber visto una mirada tan ardiente como la de
Nova. Contempla la sala a su alrededor. «Solemne», piensa, aunque no sabe
muy bien qué significa esa palabra.
—¿Por qué hemos venido? —pregunta—. ¿Por qué no estamos con los
demás?
No entiende por qué han tenido que dividirse. Le gusta la compañía de
Nova, pero le encantaría estar también con los demás, con la gente que de
verdad la comprende.
—Ellos harán su propio viaje —responde Nova con una sonrisa—.
Pensaba acompañarlos, pero he cambiado de idea. Me he dado cuenta de que
aún no estoy preparada. Debo dejarlos partir antes que yo.
—Pero ¿por qué estamos en esta sala?
—Estamos aquí porque le he dado a tu madre la oportunidad de venir a
buscarte antes de que llegue la hora de que yo… empiece de nuevo.
Nathalie no entiende del todo la respuesta, pero ya se está acostumbrando.
Sabe que Nova es así, un poco misteriosa. Fija la vista en la puerta de madera
como si pudiera obligarla a abrirse. Su madre. Todavía no ha superado la
sorpresa de que esté viva. Hace un mes ni siquiera era consciente de que tenía
una abuela y ayer Nova le contó que también tiene una madre. Una madre que
no ha querido saber nada de ella durante toda su infancia. Y que por lo visto
es policía.
Adiós a sus planes de futuro.
Nathalie intenta recuperar los recuerdos que cree tener de sus primeros
años, pero no sabe si son auténticos o si en cambio son simples sueños.
Olores, voces, risas…, todo. No quiere que su madre vaya a buscarla. Ahora
mismo la odia por encima de todo. Y su padre puede irse al infierno, por no
haberle dicho nunca la verdad.
Nova es la única que la ha cuidado de veras y ha sabido verla tal como es.
Es la única que no le ha mentido nunca, a diferencia del resto del mundo. Si
dependiera de ella, se quedaría con Nova para siempre. No necesita ninguna
otra madre.
Mina se dirige a paso rápido al gran edificio de ladrillos marrones. Hace
muchos años que no lo visita. De hecho, esperaba no tener que volver nunca.
No hay nadie en el inmenso patio delantero.
Echa un vistazo al teléfono. La señal del GPS de Nathalie sigue siendo
clara. Está dentro del instituto. Le importa muy poco lo que esté haciendo
Ines, pero Nathalie… Tiene que encontrar a su hija.
Adam y Peder están justo detrás de ella, totalmente equipados para actuar.
Peder aún conserva restos de tinte azul en la barba. Mina ha llamado al grupo
mientras iba hacia allá y sus dos compañeros han llegado al instituto al mismo
tiempo que ella. Julia y Ruben están en camino, pero Mina no puede
esperarlos. Y el padre de Nathalie no contesta. Tiene que darse prisa.
«Pero no podrás salvarlas a las dos».
—Coge esto —le dice Adam arrojándole un walkie-talkie—. Así
podremos comunicarnos.
Consciente de ser la encarnación de todos los tópicos cinematográficos de
la historia, Mina sube a toda prisa los peldaños que conducen hasta la enorme
entrada, sin suficiente respaldo de sus compañeros. Pero si Vincent no se
equivoca, en ese momento los miembros de Epicura solo son una amenaza
para sí mismos.
Con sus dos colegas detrás, empuja la doble puerta de madera clara.
—¿Dónde están? ¿En qué sala? —pregunta.
Delante de la puerta hay una ancha escalera de piedra negra que Mina
conoce demasiado bien. ¿Cuántas veces habrá llegado al pie de esa escalera
pensando que quizá era preferible dar la vuelta y regresar a casa? El aire está
quieto y hace calor como dentro de una sauna. Peder se enjuga el sudor de la
frente y estudia con rapidez el plano de la entrada, donde puede verse la
ubicación de todas las salas.
—Han reservado el auditorio —contesta señalando la escalera—. En el
primer piso.
Mina vuelve a consultar la aplicación.
—Pero Nathalie no está allí —observa—. Está en una de las aulas.
Sin esperar respuesta de Peder ni de Adam, sube corriendo la escalera y
empieza a recorrer el pasillo, con la vista fija en el teléfono. Nathalie está en
la última sala, al final del pasillo. Las viejas puertas parecen muy robustas. Es
poco probable que pueda entrar si los que están al otro lado oponen
resistencia. Pero existe la posibilidad de que Nova aún no sepa que ha
llegado. Echa a correr todavía más deprisa.
De pie junto a la ventana, Nova frunce el ceño.
—¿Pasa algo? —pregunta Nathalie.
—Pensaba que desde aquí veríamos la entrada —responde Nova—, pero
el ángulo no es el adecuado. Habría estado bien saber cuántos vienen. —
Vuelve a sentarse junto a Nathalie y le dedica su más cálida sonrisa mientras
le acaricia el pelo—. Siento que tengas que esperar —le dice—. Ya sé que
habrías preferido quedarte en la granja. Pero ya conoces la premisa del
epicureísmo: «Vive sin levantar polvareda». Además, no estaremos aquí
mucho tiempo.
Nathalie necesita comer algo. Y tiene mucha sed. Está tan hambrienta que
le duele el estómago y la lengua se le pega al paladar. Pero la mirada de Nova
es amable y le transmite la sensación de que todo está en orden. Aunque no
llega a entender lo que está pasando, siente que puede confiar en ella. Sabe
que la cuidará.
—Si vas a ir a algún sitio, ¿me dejas que te acompañe? —le pregunta—.
Eres la única persona que se preocupa por mí.
Nova sonríe y saca una botella de una nevera portátil.
—Dentro de un rato estarás con tus amigos de Epicura —le responde
mientras coloca la botella sobre la mesa al lado de un vaso—. Con Monica,
Karl y toda la gente que conoces. También con Ines, por supuesto. Pronto
estarás con ellos.
La botella parece contener té frío o tal vez zumo de fruta. ¡Por fin algo de
beber! Agradecida, Nathalie tiende la mano hacia la botella, pero Nova se la
aparta.
—Esto lo dejaremos para más tarde —dice. Vuelve a tener fuego en la
mirada—. A menos que venga tu madre.
Vincent no puede olvidar el mensaje que Nova le ha enviado a Mina. Siente
que hay algo extraño en la elección de las palabras. Seguramente Nova lo ha
hecho a propósito, para confundirlos. Pero prefiere reflexionar solo al
respecto y no involucrar a Mina, ya que ella necesita concentrarse en la
situación del Östra Real. Después de todo se trata de su hija. Vincent no sabe
si sería capaz de mantener la calma como su amiga en caso de que fuera
Aston quien estuviera en peligro.
Pero el mensaje… Si algo ha aprendido en los últimos tiempos es que a
Nova le gusta dejar pistas. Algunas falsas y otras verídicas. Es importante
averiguar qué tipo de pista es esta.
«Pero no podrás salvarlas a las dos —ha escrito Nova—. ¿Qué eliges?
¿Irás hasta el final del camino?»
A primera vista la frase parece referirse a las dos personas que Mina
puede salvar: Nathalie o Ines. Pero desde el punto de vista gramatical no es
esa la pregunta. «¿Qué eliges?» es una referencia a la siguiente disyuntiva:
¿decidirá Mina «ir hasta el final del camino» o no? Ese es el dilema que
plantea Nova.
Ir hasta el final del camino… o no.
Dos posibilidades.
Dos personas que salvar.
Llegar al final del camino o no llegar.
Nathalie o Ines.
Cuando comprende el significado, Vincent se levanta como impulsado por
un resorte.
—¿Cuánto tiempo más tendremos que esperar? —pregunta Nathalie con un
suspiro.
Nova consulta el reloj.
—No mucho —responde—. Deben de haberlo descubierto ya hace rato.
Hice la reserva a nombre de Epicura. Seguro que algunos de ellos estarán en
el edificio. Apostaría a que tu madre está intentando averiguar ahora mismo
en qué aula estamos. Por lo tanto, en cualquier momento llegará alguien. O no
vendrán.
Como de costumbre, Nathalie no ha entendido gran parte de lo que ha
dicho. Pero renuncia a seguir preguntando. Además de estar famélica y
sedienta, empieza a sentirse agotada. Tener a Nova para ella sola durante
tanto tiempo es un honor y Nathalie lo sabe. Le parece casi un pecado no
aprovechar al máximo cada segundo. Pero en realidad preferiría echarse a
dormir un rato. Si lo hiciera, quizá no le dolería tanto el estómago. Ojalá
pudiera beber un sorbo de algo. Vuelve a tender la mano hacia la botella de
zumo, pero Nova la coloca fuera de su alcance.
—Tengo muchísima sed —insiste Nathalie poniéndose de pie—. Si no
puedo beber zumo, iré a buscar agua.
—Lo siento, pero tienes que quedarte aquí —replica Nova con una mirada
que la obliga a sentarse de nuevo.
Los ojos de Nova ya no son cálidos y sonrientes, sino fríos y acerados. El
amor de hace un momento ha desaparecido.
Nathalie ya no quiere estar con ella. Querría marcharse, pero no sabe si le
quedan fuerzas para levantarse de la silla.
—Tú eres mi seguridad —le dice Nova—, por si algo sale mal. Y no te
preocupes por el zumo, porque dentro de poco podrás bebértelo todo.
Nathalie se acurruca en la silla. De repente ya no tiene sed. Parece como
si alguien corriera debajo de ellas. Los pasos se acercan, pero enseguida
vuelven a alejarse.
—¿Tu seguridad? —pregunta—. ¿Por qué? ¿Qué está pasando?
Nova le sonríe por toda respuesta. Pero la sonrisa ya no le ilumina los
ojos. Nathalie empuja hacia atrás la silla para alejarse de Nova.
Mina llega al final del pasillo. De pronto se siente sola y asustada. Vincent no
está a su lado y no ha conseguido hablar con el padre de Nathalie, pese a sus
febriles intentos de localizarlo. Al final le deja un mensaje de voz. Ahora debe
concentrarse. Tiene que salvar a su hija.
Las puertas no coinciden con las señaladas por la aplicación de GPS. ¡Qué
puta mierda! Su hija no está en esa planta. Da la vuelta y regresa corriendo a
la escalera, donde encuentra a Adam, que está hablando con Julia por
teléfono.
Siente que le caen gotas de sudor por la nariz, pero en ese momento no le
importa. ¿A quién se le habrá ocurrido construir pasillos tan largos?
—¿Cuánto tardaréis en llegar? —pregunta Adam intercambiando una
mirada con Peder, que espera impaciente a su lado—. Os necesitamos ya
mismo.
Mina pasa corriendo a su lado, sube un tramo más de escalera y echa a
correr por el pasillo del piso de arriba. Esta vez intenta hacer menos ruido. Es
probable que Nova esté con los demás, pero no puede estar segura.
Al fondo se encuentra el aula A311, famosa porque conserva un mural del
pintor Georg Pauli. Una vez delante de la puerta, Mina apoya una mano sobre
la madera mientras recupera el aliento.
Consulta la aplicación. Ahora no se equivoca. Está en el sitio correcto.
Nathalie está al otro lado de la puerta.
Pronto verá a su hija, una hija que no sabe quién es ella. No puede
permitirse ningún error.
De repente oye crepitar el walkie-talkie. Enseguida retrocede para alejarse
de la puerta, con la esperanza de que quienes estén dentro no lo hayan oído.
—Mina, acabamos de asomarnos a la puerta —le dice la voz de Adam—.
Parece que están todos. Epicura al completo. Y da la impresión de que
realmente es una conferencia y nada más.
Mina frunce el ceño. Todos los de Epicura. Si es así, tiene que estar su
madre. Le resulta extraño que haya sido tan sencillo encontrarla. Esperaba
que fuera más difícil, teniendo en cuenta el mensaje de Nova.
«Pero no podrás salvarlas a las dos».
Tiene que haber algo que no ha entendido.
Intuye que hay algo más, pero no tiene la menor idea de lo que puede ser.
—¿Qué están haciendo? —pregunta.
—Deben de estar en la pausa para el café. Pero no veo cafeteras, ni
termos. Creo que van a beber refrescos. O zumo de fruta. Se ve que son gente
comprometida con la vida sana.
Mina siente que un sudor frío le recorre la espalda. La sensación gélida en
la columna vertebral le corta el aliento. Ahora lo ha entendido.
Nova deambula de un lado a otro por la sala. No es la Nova que Nathalie
conoce. La de antes le recordaba a un ciervo, pero esta se parece a una loba.
—Empiezo a cansarme —dice Nova—. ¿De verdad soy la única persona
dispuesta a jugar esta partida hasta el final? —Se vuelve hacia Nathalie, que
retrocede al ver su mirada oscura—. Tu madre se interpuso en mi camino —
comienza—. Me faltaban tres. Cuatro, con Wilma. Cuando terminara habría
podido descansar de todo este dolor. Pero solo pude llegar a la mitad. Por eso
ahora tengo que empezar de nuevo. Mejor dicho, ahora no. Más adelante.
Tendré que desaparecer hasta que la gente se canse de esta historia y la
olvide. Pero después…
Nova calla un momento.
—La culpa es de tu madre —prosigue—. De ella y de Vincent Walder.
Intenté sembrarles el camino de obstáculos, pero no funcionó. Por eso
estamos aquí. Pero ya me he cansado. Llevamos una hora esperando y aún no
ha venido nadie. Estamos listas. Podrás reunirte con tus amigos de Epicura.
Al fin y al cabo, tú misma has dicho que tenías sed.
Mina susurra con los labios apretados contra el transmisor. Una parte de ella
es consciente de que tiene la boca apoyada sobre la misma superficie que
hasta hace un momento estaba en la mano caliente de Adam. La sola idea le
da náuseas. Pero es importante que no la oigan al otro lado de la puerta.
—Tienes que impedir que beban —murmura—. Vuelca la mesa o haz
cualquier otra cosa que se te ocurra. Vincent ha dicho que Nova piensa
matarlos a todos. No es zumo lo que van a beber. Es veneno. Bajaré en cuanto
pueda.
—¡Me cago en…! —exclama Adam de pronto—. Está pasando algo.
Vamos a entrar.
La comunicación se interrumpe. Mina deja el transmisor en el suelo y
vuelve a consultar la aplicación. No sabe qué puede estar sucediendo en el
piso de abajo, pero se halla demasiado lejos para ayudar.
Detrás de la puerta no se mueve nadie. Con suerte, no la habrán oído.
Respira hondo, abre la puerta del aula A311 y va al encuentro de su hija.
¿Irás hasta el final del camino?
Vincent lo ha comprendido. Nathalie e Ines no están en el mismo sitio.
Ese es el significado del mensaje.
Nova nunca dice nada sin sopesarlo y considerarlo una y mil veces. Todo
lo que expresa significa algo. Si ha empleado la palabra camino, no lo ha
hecho por azar.
Y Vincent sabe exactamente a qué se refería.
Cierra los ojos e intenta ver de nuevo el programa presentado por Tilde de
Paula Eby. Parece que haya transcurrido una eternidad desde que lo vio.
De entrada no encuentra el recuerdo. Es evidente que no le atribuyó
suficiente importancia como para almacenarlo en la memoria a largo plazo.
Entonces cambia de estrategia y empieza por recuperar la sensación de estar
sentado en el sofá de su cuarto de estar. Siente la suavidad del tapizado contra
su espalda. A continuación combina esa sensación con el recuerdo sonoro de
la voz de Maria, que dice «cursi y superficial», sentada a su lado.
Con eso le basta para activar la memoria visual del programa de
televisión. Vuelve a verlo mentalmente casi con tanta claridad como la
primera vez.
Nova e Ines están sentadas en el sofá del estudio. Hablan del dolor. Tilde
le pregunta a Nova cómo lo ha hecho para no sentir rencor después del
accidente que la ha condenado a un sufrimiento permanente.
—Caminos hamiltonianos —responde Nova—. Se trata de un concepto
matemático. Es una manera de desplazarse entre los puntos de una figura
geométrica pasando una sola vez por cada punto. Intento vivir mi vida del
mismo modo.
Vincent había oído las palabras, pero no había comprendido que el
planteamiento de Nova tenía varias interpretaciones posibles. No solo se
refería a la necesidad de no remover viejos recuerdos, sino a la manera de
vivir de Nova, que la llevaba a recorrer literalmente un camino específico
determinado por fórmulas matemáticas.
Vuelve a desplegar el plano de Estocolmo sobre el banco. El reflejo del
sol en el papel lo deslumbra. Ya están marcados sobre el mapa los primeros
ocho puntos del knight’s tour, el recorrido que conduce al Östra Real. Por
cada nuevo movimiento del caballo hay varias casillas posibles a las que
puede ir la pieza, pero solo una es la correcta. Y eso vale para todos los
movimientos. No es de extrañar que se empleen ordenadores para calcular ese
tipo de cosas.
Vincent apoya el dedo sobre el octavo punto, que coincide con el instituto
de Östermalm, el Östra Real. El que coincide con la palabra estrella. Aplica la
regla de Warnsdorff, según la cual hay que elegir la casilla que ofrezca un
menor número de movimientos posibles. De ese modo llega a la casilla e8, el
Real Instituto de Tecnología de Estocolmo. Intenta que no lo afecte la marea
de adrenalina que recorre sus venas, ya que no haría más que empeorar su
pensamiento racional.
Sabe que le llevará cierto tiempo. Cada nuevo paso en el plano puede
conducir a un callejón sin salida al cabo de cinco o tal vez diez movimientos.
Y entonces tendrá que retroceder y empezar otra vez. Pero Mina no tiene
tiempo.
«¿Irás hasta el final del camino?»
Todavía quedan cincuenta y cinco casillas en el plano para completar el
knight’s tour de Nova. Una de ellas tiene que ser el final del camino.
Solo hace falta averiguar cuál.
El aula sigue tal como Mina la recordaba. Las mesas y las sillas blancas
parecen casi fantasmales bajo la intensa luz del sol que entra a raudales por
las ventanas. Las figuras entre la vegetación del mural siguen en las mismas
posiciones de siempre.
Por otra parte, la sala está totalmente desierta.
Lo primero que piensa Mina es que Nathalie tiene que estar oculta, pero
no hay ningún sitio donde esconderse. Sobre uno de los pupitres más alejados
hay un objeto, la única señal de que alguien ha estado en el aula.
Una mochila.
Hace dos años que Mina no la ve, pero no le cabe ninguna duda. Es la de
Nathalie.
Va corriendo a buscarla. Encima de la mochila hay una hoja A4 doblada.
La despliega, la lee y se queda sin aliento.
Hola otra vez, Mina. El dispositivo GPS en la mochila fue una jugada ingeniosa por tu parte. Solo necesitaba pilas nuevas. Supuse que elegirías a tu hija antes que a tu madre. Buena elección. Mi padre hizo lo mismo. Por desgracia, no le sirvió de nada y a ti tampoco te servirá. Cuando leas esto tu madre estará bebiendo veneno un piso más abajo. Y estarás demasiado lejos para ayudar a Nathalie. Pero ya estás acostumbrada, después de todos estos años. Jaque mate, Mina. Ahora Nathalie es mía.
Nova
Abre la boca para respirar, pero el pánico impide que el aire le llegue a los
pulmones. Siente como si los brazos y las piernas no fueran suyos. Nathalie…
Ve destellos de luz y la habitación comienza a girar a su alrededor. Tiene que
salvar a su hija. Pero no se puede mover. Intenta apoyarse en la mesa, pero es
como si la tuviera a un kilómetro de distancia. No puede abandonar a Natti.
Pero sabe que ha fracasado.
Los fuegos de artificio que estallan ante sus ojos ocupan todo su campo
visual. Se da cuenta de que está cayendo. De repente siente un dolor intenso
en el brazo. Debe de haberse golpeado con una de las sillas al caer. Después
se derrumba en el suelo y el aula A311 desaparece junto con el resto del
mundo.
Adam oye un vocerío dentro del auditorio. Cualquiera que fuera el plan de
Nova no parece que se esté desarrollando sin fricciones. Julia y Ruben todavía
no han llegado, pero no hay tiempo para esperarlos.
Es preciso actuar.
Le hace una señal a Peder para ver si su colega está de acuerdo y entra en
la sala.
—¡Policía! —grita—. ¡Dejad ya mismo lo que estáis haciendo! ¡Que
nadie se mueva!
En ese momento nota dos cosas. La primera es que ha estallado una
violenta discusión entre los miembros de Epicura, que no les prestan atención
a él ni a Peder. O tal vez el griterío y el caos les han impedido notar su
presencia. Delante de la mesa hay una chica joven arrodillada en el suelo,
llorando histéricamente. A su lado yace un hombre que padece convulsiones.
Hay un olor penetrante e intenso en la habitación. Como a orina.
—¡No vamos a beber eso! —vocifera uno de los integrantes de un
pequeño grupo de siete u ocho personas.
Un chico con aspecto de adolescente se abalanza sobre uno de ellos y le
propina un golpe en las rodillas con un bate. El hombre grita y cae encima de
varios cuerpos que ya están tirados en el suelo. Se abraza las rodillas,
aullando de dolor. Los cuerpos sobre los que se retuerce no se mueven.
—Vais a beber —dice el chico joven enarbolando el bate con gesto
amenazador—. Todos vais a beber. Sufrir purifica.
Alineadas a lo largo de la mesa, varias personas rezan en voz baja.
—Todo es dolor, sufrir purifica —oye Adam que repiten una y otra vez
mientras se van pasando unos vasos de plástico.
La mujer que llora se incorpora e intenta apartar los vasos, pero no tiene
fuerzas y los otros consiguen llevarle uno a la boca.
Lo segundo que ha notado Adam es una pistola que sostiene una mujer de
baja estatura de unos sesenta años, enfundada en un abrigo lila. El arma
apunta al grupo que se ha negado a beber, pero de repente se desvía hacia
Peder y él. La mujer los ha visto.
—Sois vosotros los que no os vais a mover —ordena.
Adam se queda quieto, con la mano apoyada en el arma de servicio, que
no se atreve a sacar. Con el rabillo del ojo ve que Peder está en la misma
situación.
—Nova me ha avisado de que quizá vendríais —dice la mujer—. Por eso
tengo el arma cargada. Dejad las vuestras en el suelo. Lentamente. Tú
primero. —Señala a Peder con la cabeza.
En ese momento Adam observa que dos de las personas junto a la mesa
caen fulminadas, llevándose las manos al cuello. Un hombre que se ha negado
a beber grita el nombre de una de ellas e intenta acercarse, pero otro se lo
impide sujetándolo por los brazos, al tiempo que le acerca un vaso a la boca.
La mujer mayor no pierde de vista a Adam, ni tampoco a Peder, y le
vuelve a hacer una señal a este último, que coge su arma con tres dedos y la
deposita en el suelo con movimientos lentos y deliberados.
—Tu turno —le dice la mujer a Adam apuntándolo con la pistola.
Adam imita a Peder. La mujer parece serena y segura de sí misma. Es
poco probable que se le dispare el arma por nerviosismo, pero el policía no
quiere que malinterprete ninguno de sus gestos, por lo que deja la pistola en el
suelo con movimientos cautelosos.
El olor desagradable se ha vuelto más intenso porque muchas de las
personas que yacen en el suelo se están orinando entre convulsiones. Adam
intenta respirar por la boca. Aunque la mujer ha mencionado a Nova, no la ve
por ninguna parte.
—Quedaos allí, junto a la pared —les ordena la mujer, indicándoles con el
cañón de la pistola el lugar al que se refiere—. Así no molestaréis mientras
terminamos. —Después levanta la voz, para gritarle a alguien que está un
poco más lejos en la sala—. ¡Monica! ¿Te ocupas tú del resto?
—Sí, claro —responde una mujer junto a la mesa donde están los vasos
—. Nos llevará un tiempo, pero no creo que tengamos problemas, ¿verdad
que no, Karl?
Un hombre alto, rubio y en forma se sitúa a su lado y le entrega una porra
extensible con una amplia sonrisa.
—Recordad la promesa de Nova —dice Monica en voz alta dirigiéndose a
todos los epicureístas presentes en la sala—. Por fin os libraréis de vuestro
dolor. Por fin tendréis vuestra recompensa. Y en la próxima vida seremos
reyes y reinas, como reparación de nuestros padecimientos en esta vida.
Acercaos y bebed. Hay suficiente para todos.
Algunos de los miembros de la secta miran la porra. También se fijan en
Karl y en la pistola que de momento apunta a Adam. Y a continuación se
ponen en fila delante de la mesa.
—¡No lo hagáis! —exclama Peder dirigiéndose a la mujer del abrigo lila
—. ¡Estáis equivocados! ¡La vida es más que sufrimiento!
—Vosotros dos sois la peor de las molestias —dice la mujer balanceando
ligeramente el arma—. Esto estaba planeado desde hace muchos años. Pero ahora, por vuestra culpa, tenemos que darnos prisa. No es lo mejor, pero no
nos queda alternativa.
—¡No podéis matarlos a todos! —insiste Peder dando un paso al frente—.
¡Es una locura!
Adam mira las manchas azules de la barba de Peder y nota que el
contorno de su campo visual comienza a ondularse. La adrenalina le está
generando el efecto túnel en la visión. Pero no es suficiente. Parpadea con
fuerza varias veces. Tiene que estar alerta y preparado para todo. Peder
avanza un poco más y todo el cuerpo de Adam se tensa.
—No vamos a matar a nadie —dice la mujer de baja estatura
retrocediendo, al tiempo que levanta la pistola hasta el nivel de la cara de
Peder—. Solo queremos dar el siguiente paso. Todos los que están aquí han
venido por voluntad propia. Puede que algunos se sientan un poco confusos,
pero eso es comprensible, porque se trata de una decisión muy importante. —
Los señala con el brazo libre—. ¡Todo es dolor, sufrir purifica! —grita.
—Todo es dolor, sufrir purifica —repiten todos al unísono.
La mujer sonríe.
—No cometáis el error de pensar que no usaré esto —dice exhibiendo la
pistola—. Haré lo que haga falta. En cualquier caso, solo me quedan unos
pocos minutos más en esta vida.
—Pero piensa en todo lo que te perderás —replica Peder.
Su tono ya es desesperado. Adam se da cuenta de que quiere salvarlos a
todos. Así es Peder, con su barba pintada de azul: siempre optimista. Pero no
funcionará. De hecho, ya es tarde. Ya hay por lo menos veinte personas
tendidas en el suelo. Adam sabe que nunca podrá olvidar este momento, el día
en que se vieron obligados a observar cómo Nova asesinaba a todos los que
confiaban en ella.
—Te demostraré lo que quiero decir —continúa Peder.
Increíblemente, está sonriendo en medio del horror.
—Aquí tengo un vídeo de mis trillizas, cantando aquella canción del
concurso para ir a Eurovisión —añade todavía con una sonrisa.
Se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón.
—La canción de Anis Don Demina. Si las ves, seguro que…
La mujer abre fuego. En la gran sala los disparos suenan como la
explosión de una estrella.
Peder cae hacia atrás, como propulsado por una goma elástica.
Su cuerpo choca contra la pared.
Alguien grita con todas sus fuerzas.
Puede que sea Adam.
Mina se sobresaltó. Sabía exactamente a qué correspondía el ruido que la
había despertado. Un disparo de arma de fuego. Se puso de pie al tiempo que
la realidad del mensaje escrito por Nova en la hoja de papel cobraba vida en
su conciencia. Salió corriendo del aula, pero sus movimientos seguían siendo
inseguros, por lo que derribó un par de sillas al pasar.
«Un piso más abajo», había escrito Nova. Su madre estaba en el piso de
abajo. En el auditorio. ¿Estaría también Natti? Nova siempre jugaba al
despiste, y Mina no podía estar segura de haberla entendido del todo.
El pasillo le pareció interminable, pero finalmente llegó a la escalera y
bajó a grandes zancadas. A mitad del recorrido estuvo a punto de caer, pero
consiguió evitarlo agarrándose de la barandilla. El corazón le latía con fuerza
en el pecho y tuvo que obligarse a dar los últimos pasos con más calma.
Al acercarse al auditorio oyó gritos y voces airadas a través de la puerta
semicerrada. La empujó con suavidad para poder asomarse y ver cuál era la
situación dentro de la sala. Había un olor acre muy desagradable, como si
todos los gatos del mundo hubieran acudido a un mismo arenero. Adam había
desenfundado el arma y la apuntaba a un grupo de gente con los brazos en
alto. También había muchas personas tiradas en el suelo, la mayoría
completamente inmóviles, aunque unas pocas se retorcían de dolor. Pero lo
que fuera que estuvieran haciendo en la sala parecía haber terminado. Una
mujer mayor enfundada en un abrigo lila estaba sentada en el suelo con las
manos a la espalda. Alguien, Adam o Peder, la había esposado. Un poco más
allá Mina distinguió a Ines, tumbada en el suelo con los demás.
Antes de entrar gritó para que sus colegas no le dispararan por error.
—¡Adam! ¡Soy yo, Mina! ¡Voy a entrar!
Sacó despacio el arma reglamentaria, mientras esperaba el visto bueno de
Adam. Cuando recibió su señal, abrió por completo la puerta y atravesó la
sala corriendo en dirección a Ines. Su madre se esforzaba para mantener los
ojos abiertos. A su lado había un vaso vacío.
—¿Qué has hecho, mamá? ¿Dónde está Nathalie?
Ines la miró y, con gran esfuerzo, le tendió la mano. Tras un instante de
duda, Mina la cogió. La sensación de tener la mano de su madre en la suya le
resultó extraña y familiar al mismo tiempo. En el pasado era su madre quien
cogía su mano y ahora sucedía al contrario. La mano de Ines le pareció frágil
y quebradiza, como si pudiera romperse a la menor presión. Estaba furiosa con su madre. Pero no podía permitírselo. ¡Tenían tanto que hablar, tantos
interrogantes sin respuesta! Sin embargo, había una pregunta mucho más
importante que todas las demás. Mina miró a su madre a los ojos y le dijo en
tono suplicante:
—Mamá, ¿dónde está Nathalie?
—La engañé, Mina —contestó Ines con voz áspera—. Logré engañar a
Nova. Perdóname. No lo comprendí hasta el final. No sabía lo que hacía, ni lo
que hacían los demás. Pero en cuanto lo descubrí hice todo lo que pude. Por
ti. Por Nathalie. ¡Nova pensaba matarla! Lo comprendí cuando ya era tarde.
Entonces le dije que ganaría tiempo si se llevaba a Nathalie. Que necesitaría
tiempo para completar su obra. Que ella era demasiado importante para
marcharse con nosotros. Sabía que su narcisismo la haría escucharme…
—¿Adónde se la ha llevado?
Ines tosió y Mina comprendió que cada palabra le costaba un gran
esfuerzo. No habría querido apartarse de su lado, pero tenía que ir a buscar a
su hija. Entonces Ines le apretó la mano.
—Perdóname. Por todo. Perdóname.
Después la soltó y cerró los ojos.
Sonó el teléfono de Vincent. Era Mina. Sincronización perfecta.
—Ya sé lo que significa el mensaje de Nova —fue lo primero que dijo—.
Nathalie e Ines están en sitios diferentes.
—Lo sé —resonó en su oído la voz de Mina—. Ha sido idea de mi madre,
para mantener alejada a Nathalie. Pero no creo que dispongamos de mucho
tiempo. Y no sé dónde está. ¡Dios mío, no sé dónde está! Aquí han pasado
tantas cosas… Han bebido veneno e Ines… ella… ahora…
Todo estaba yendo mal. Muy mal. La voz de Mina se quebraba por
momentos, como si no pudiera controlarla. Vincent oyó que Adam gritaba
algo a lo lejos, pero no había tiempo para preguntar qué había ocurrido. Lo
primero era Nathalie. Ya se ocuparían después de todo lo demás. Debía
tenerlo presente si quería ser de alguna ayuda.