La serpiente de oro

Ciro Alegría · Capítulo 2 de 21

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La serpiente de oro

I. El río, los hombres y las balsas

I

EL RÍO, LOS HOMBRES Y LAS BALSAS

 

Por donde el Marañón rompe las cordilleras en un voluntarioso afán de avance, la sierra peruana tiene una bravura de puma acosado. Con ella en torno, no es cosa de estar al descuido.

Cuando el río carga, brama contra las peñas invadiendo la amplitud de las playas y cubriendo el pedrerío. Corre burbujeando, rugiendo en las torrenteras y recodos, ondulando en los espacios llanos, untuoso y ocre de limo fecundo en cuyo acre hedor descubre el instinto rudas potencialidades germinales. Un rumor profundo que palpita en todos los ámbitos, denuncia la creciente máxima que ocurre en febrero. Entonces uno siente respeto hacia la correntada y entiende su rugido como una advertencia personal.

Nosotros, los cholos del Marañón, escuchamos su voz con el oído atento. No sabemos dónde nace ni dónde muere este río que nos mataría si quisiéramos medirlo con nuestras balsas, pero ella nos habla claramente de su inmensidad.

Las aguas pasan arrastrando palizadas que llegan de una orilla a la otra. Troncos que se contorsionan como cuerpos, ramas desnudas, chamiza y hasta piedras navegan en hacinamientos informes, aprisionando todo lo que hallan a su paso. ¡Ay de la balsa que sea cogida por una palizada! Se enredará en ella hasta ser estrellada contra un recodo de peñas o sorbida por un remolino, junto con el revoltijo de palos, como si se tratara de una cosa inútil.

Cuando los balseros las ven acercarse negreando sobre la corriente, tiran de bajada por el río, bogando a matarse, para ir a recalar en cualquier playa propicia. A veces no miden bien la distancia, al sesgar, y son siempre cogidos por uno de los extremos. Sucede también que las han visto cuando ya están muy cerca, si es que los palos húmedos vienen a media agua, y entonces se entregan al acaso… Tiran las palas —esos remos anchos que cogen las aguas como atragantándose— y se ajustan los calzones de bayeta para luego piruetear cogidos de los maderos o esquivarlos entre zambullidas hasta salir o perderse para siempre.

Los tremendos cielos invernales desatan broncas tormentas que desploman y muerden las pendientes de las cordilleras y van a dar, ahondando aún más los pliegues de la tierra, a nuestro Marañón. El río es un ocre de mundos.

Los cholos de esta historia vivimos en Calemar. Conocemos muchos valles más, formados allí donde los cerros han huido o han sido comidos por la corriente, pero no sabemos cuántos son río arriba ni río abajo. Sabemos sí que todos son bellos y nos hablan con su ancestral voz de querencia, que es fuerte como la voz del río mismo.

El sol rutila en los peñascos rojos que forman la encañada y se alzan hasta dar la impresión de estar hiriendo el toldo del cielo, pesadamente nublado a veces, a veces azul y ligero como un percal. Al fondo se extiende el valle de Calemar y el río no lo corta sino que lo deja a un lado para pasar lamiendo la peñolería del frente. A este rincón amurallado de rocas llegan dos caminejos que blanquean por ellas haciendo piruetas de bailarín borracho.

Los caminos son angostos aquí porque los cristianos y las bestias no necesitan más para salvar las rijosas montañas familiares cuyos escalones, recodos, abismos y desfiladeros son reconocidos aun durante la noche por los sentidos baqueanos. Un camino es solamente una cinta que marca la ruta y hombre y animal la siguen imperturbablemente, entre un crujir de guijarros, haya sol, lluvia o sombra.

El uno nace al lado del río, al pie de las peñas del frente, aceza un rato por una cuesta amarilla donde crecen frondosos árboles de pate y se pierde en la oscuridad de un abra de los cerros. Por allí vienen los forasteros y nosotros vamos a las ferias de Huamachuco y Cajabamba, llevando coca de venta o a pasear simplemente. Los vallinos somos andariegos, acaso porque el río —¡nuevo Dios!— nos plasma con el agua y la arcilla del mundo.

El otro baja de la puna de Bambamarca, por el abra de la quebrada, cuya agua canta espejeando entre los peñascales y tiene tanta prisa como él de juntarse al Marañón. Ambos se pierden bajo el umbroso follaje del valle, entrando el camino a un callejón sombreado de ciruelos mientras el agua se reparte en las acequias que riegan las huertas y nos dan de beber. Por él llegan los indios —que lagrimean con los mosquitos hechos unos zonzos y toda la noche sienten reptar víboras como si hubieran tendido sus bayetas sobre un nidal— a cambiarnos papas, ollucos o cualquier cosa de la altura por coca, ají, plátanos y todas las frutas que aquí abundan.

Ellos no comen mangos porque creen que les dan tercianas y lo mismo pasa con las ciruelas y guayabas. A pesar de esto y de que no están aquí sino de pasada, los cogen las fiebres y se mueren tiritando como perros friolentos en sus chocitas que estremece el bravo viento jalquino. Ésta no es tierra de indios y solamente hay unos cuantos aclimatados. Los indios sienten el valle como un febril jadeo y a los mestizos la soledad y el silencio de la puna nos duelen en el pecho. Aquí sí pintamos como el ají en su tiempo.

Aquí es bello existir. Hasta la muerte alienta vida. En el panteón, que se recuesta tras una loma desde la cual una iglesuca mira el valle con el ojo único de su campanario albo, las cruces no quieren ni extender los brazos en medio de una voluptuosa laxitud. Están sombreadas de naranjos que producen los frutos más dulces. Esto es la muerte. Y cuando a uno se lo traga el río, igual. Ya sabemos de la lucha con él y es antiguo el cantar en el que tomamos sabor al riesgo:

Río Marañón, déjame pasar:

eres duro y fuerte,

no tienes perdón.

Río Marañón, tengo que pasar:

tú tienes tus aguas,

yo mi corazón.

 

Pero la vida siempre triunfa. El hombre es igual al río, profundo y con sus reveses, pero voluntarioso siempre. La tierra se solaza dando frutos y es una fiesta de color la naturaleza en todas las gradaciones del verde lozano, contrastando con el rojo vivo de las peñas ariscas y el azul y blanco lechoso de las piedras y arena de las playas.

Cocales, platanares y yucales crecen a la sombra de paltos, guayabos, naranjos y mangos entre los que canturrea voluptuosamente el viento haciendo circular el polen fecundo.

Los árboles se abrazan y mecen en una ronda interminable.

Centenares de pájaros ebrios de vida cantan a la sombra de la floresta y más allá, junto a las peñas y bajo el oro del sol, están los gramalotales donde se engordan los caballos y asnos que han de ir a los pueblos llevando las cargas. La luz refulge en los lomos lustrosos y las venas pletóricas les dibujan ramajes en las piernas. Cada relincho es un himno de júbilo.

Las casuchas de carrizos entrelazados y techo de hoja de plátano se amodorran entre los árboles a la vera de las huertas. Son de líneas rectas, como que están armadas sobre tallos de cinamomos esbeltos. De ellas salen los cholos pala en mano, o lampa en mano, o hacha en mano rumbo al quehacer, o solamente checo en mano para tenderse a remolonear, mientras el aire hierve al sol, bajo cualquier mango o cedro amigo.

Porque ha de saberse que los árboles que respetan nuestras hachas son los cedros y ante su abundancia se quedan los forasteros con la boca abierta. A veces, cuando hay buen humor, se corta alguno y se hace una pequeña mesa o un banco a golpe de azuela, pero lo más frecuente es encontrarlos en pie, prodigando su amplia sombra a las casas y las lomas, los senderos y las acequias y desde luego al cristiano que va en pos de ella.

Y el palo venerado es el de balsa. Cenizo de color, el muy rogado, crece contando los años y es propiedad del dueño del lugar en que nace. ¿Quién pelearía por un palto o un naranjo y hasta por un cedro? Nadie. Pero por un palo de balsa es otra cosa. Ha habido peleas serias en las que ha relucido el cuchillo y ha corrido la sangre. Una vez el cholo Pablo mató al Martín por cortarle un palo mientras él se hallaba ausente. Volvió el Pablo del pueblo y echó de menos su palo, y averiguó… Seguidamente fue donde el Martín. Estaba en la puerta de su choza.

—¿Quién mia cortao el palo?…

Y el cholo Martín, haciéndose el mosca muerta y riendo:

—¿Luan cortao?…

El Pablo se ajusta la faja como para pelear y dice:

—Claro que luan cortao, no se va dir solito…

Y el Martín, mascando su coca como si tal cosa:

—Estoy por crer quel palo se juyó solito…

Entonces el Pablo no pudo más y sacó su cuchillo abalanzándose sobre el Martín. Un solo golpe al pecho y no tuvo tiempo ni de gritar «ay». El Martín es difunto hace cuatro años.

Los palos de balsa escasean cada vez más. Quedan algunos y los dueños los cuidan amorosamente, pero crecen haciéndose aguardar. ¿Si no fuera por ellos, cómo cruzaríamos el Marañón? Su unión forma las balsas, esas cuadrangulares armazones que pasan el río hasta podrirse o ser llevadas por él y pueden contar mil historias.

Río arriba, hay un valle que se llama Shicún donde los palos abundan. Los dueños hacen negocio vendiendo balsas y los compradores se vienen con ellas por el río. Todos los calemarinos hemos ido a Shicún muchas veces, pero no todos hemos vuelto.

¡Balsa: feble armazón posada sobre las aguas rugientes como sobre el peligro mismo! En ella va la vida del hombre de los valles del Marañón, que se la juega como en un simple tiro a cara o cruz de moneda.