La serpiente de oro
III. Lucindas y Florindas
III
LUCINDAS Y FLORINDAS
Acurrucada bajo los árboles, cercana a la del viejo Matías, está la casa del Arturo Romero y la Lucinda es quien hace allí sonar los mates. Los bohíos se despiertan entre un concierto de chiroques y chiscos al que los jergones añaden el coro de sus voces estridentes. Se aduermen arrulladas por el canto de los tucos y las pacapacas y todo el día sienten la melodiosa parla de los pugos y las torcaces. Hay siempre música de aves en la floresta y el Marañón, con su bajo tono mayor, acompasa la ininterrumpida canción.
La Lucinda es poblana, en sus ojos verdes llueve con sol y es ardilosa al caminar cimbrando todo el cuerpo flexible como una papaya. Su vientre ya ha dado un hijo que se llama Adán. El cholito anda pegado a la falda de la mama, porque ella lo asusta con las víboras para que no se aleje, de modo que es una felicidad si el Arturo, que cuando se encuentra aquí está casi siempre sobre las melgas, lampa en mano, librando a la coca y al ají de la yerba tenaz, grita de pronto:
—Lescopetaaaáa…
Entonces el Adán, que apenas puede con su cuerpo, va hacia el padre tambaleándose con el arma a cuestas, mirando de reojo ese misterioso fulminante que brilla como los dientes de oro de los señores. El Arturo, mientras los pugos se aman cantando en las altas ramas, tira sigilosamente del gatillo para que no suenen los duros muelles y luego una estampida violenta rompe el ritmo armonioso del valle. De las peñas otros tiros contestan.
Entre un reguero de plumas las palomas caen aleteando y el Adán se acerca y les retuerce el cuello advirtiendo que, en el instante en que mueren, una mosca azul se escapa de las alas. El taita explica que ésa es la mosca que todos los pugos llevan bajo el ala y les anuncia el peligro, de suerte que, cuando se descuida, el cazador los encuentra desprevenidos y puede hacer un buen blanco. De allí el dicho, si es que uno anda mal en cualquier sentido: «se te duerme la mosca, hom».
El pequeño retorna con la escopeta arrastrándole por los talones mientras aprieta con las manitos ensangrentadas los cuerpos aún cálidos de las aves. ¡Es una dicha inigualada la de sentirse así embarazado por el arma humeante todavía y la caza goteando sangre, en medio de la tremenda floresta plagada de víboras y peligros!
El Adán crece junto con grandes ambiciones. Sueña con el día en que podrá empuñar pala y «jalar agua» igual que el taita, pero su perspectiva inmediata es la de subir a ese palto donde los jergones han hecho con malezas, fibras y pelusas un maravilloso nido en el que habita una bandada. La madre le advierte que tendrá que postergar tales deseos para cuando sea más grande y él tiene que aceptarlo, derrotado por la visión de sus manitos que apenas arañan el tallo del palto.
Sintiendo el cariño de los taitas, que se ahonda en su alma igual que las raíces de los árboles en la tierra, se consuela. El Arturo lo esperó mucho y la madre también. Él los unió a firme, porque ¿de qué valdría una mujer machorra? Ha de tener hijos y será completa así. Agua para la sed, pan para el hambre y, además, surco. Surco para la vida.
El Arturo y la Lucinda se enredaron en Sartín. Mientras él hace el camino a Shicún y vuelve con la balsa, bueno resultará saber su historia que es, en gran parte, cosa de río. Río de agua y río de sangre, ambos a dos agitados y convulsos, cabales para hacer presa del cristiano desgajándolo como a una pobre rama.
Hace cinco o seis años —sí, seis porque nuestro Marañón ha cargado seis veces desde entonces— los hermanos fueron a la fiesta de ese pueblo.
Llegan noche cerrada ya. Golpes de bombo y gemidos de flauta los salen a recibir cuando trotan por la bajada. Entrando, se precisa un rasgueo de guitarras y voces que entonan marineras pícaras.
«Al subir las escaleras te vi las medias azules»…
Luz de lámparas a querosén o de velas titilantes sale por las puertas cortando en retazos amarillos la oscuridad de las callejas. Las sombras tejen allí su danza. Los grupos de indios ebrios, que van de un lado a otro hablando en lengua estropajosa o entonando canciones doloridas, se apresuran a dejar paso libre a los fogosos jinetes que son anunciados por un gran alboroto de cascos. Algunos gritan: «¡Vivan los taitas!», y los Romeros cruzan como una exhalación para plantarse en seco frente a una casa donde el bombo pronuncia cercanamente su son rotundo. Los potros bufan y orejean negándose a avanzar por la alarmante zona de retumbos, pero las espuelas les rajan los ijares y, dando un salto, emprenden una furiosa carrera atropellando a la indiada. Arriban a su posada llamando a la dueña a grandes voces.
Doña Dorotea los recibe amablemente, con sus buenas maneras de poblana, repletándoles los vasos con la chicha que ha preparado para la fiesta y que ellos beben a largos tragos en tanto que, a su lado, los potros relinchan venteando el alfalfar cercano:
—¿Y comuestá el valle?
—No sia movío…
Los cholos desensillan alegremente los jamelgos sudados.
A la pequeña mesa dispuesta en el corredor, llega la Lucinda llevando las viandas olorosas. El mechero de sebo alumbra lo suficiente para ver a la cholita, que obsequia a los forasteros con una preocupación solícita, en un ir y venir continuado.
El Arturo, mientras engulle una pierna de cuy, codea al Roge:
—Ta güena, hom…
Claro que está buena. En los dos años que han faltado a la fiesta, se ha sazonado como un fruto. Cuando se acerca a la mesa, el Arturo la contempla a su gusto. La luz la baña débilmente, destacando mejor, entre grandes planos de sombra, la faz fina y los senos erguidos. Los ojos verdes brillan alegremente bajo el arco tenso de las cejas. Dicen las malas lenguas que es hija de un gringo minero que se hospedó una noche en casa de doña Dorotea y ha de ser verdad porque la señora gasta fama de haber tenido el «ojo alegre» y a don Antuco, su difunto marido, la muchacha no le decía taita.
Ahora ella se queda en la puerta viéndolos irse a un baile después de terminar su abundoso banquete y vaciar muchos vasos. El Arturo da unos cuantos pasos y se vuelve:
—¿No vasté?
—Nuay querer mi mama…
—¡Ba!, yo le hablo.
Doña Dorotea asiente al fin, recomendando mucho que vayan a casa de su comadre Pule y «no se hagan muy tarde» a lo que ellos responden con alborozadas y complacientes afirmaciones a la vez que echan a andar. La Lucinda va por delante desgranando su charla y llevando a su pequeño hermano, por orden de la madre, prendido a su falda en una infantil vigilancia. Los indios, sombrosos de noche, bullen en las callejas interceptando el paso y el Arturo los aparta a manotadas:
—Camino pa la preciosidá…
Huele a guisos de ají y pimienta, a chicha y lana mojada pero muy cerca, junto al Arturo, flotando de los senos palpitantes de la Lucinda, se esparce una fragancia de Agua Florida y carne moza que le hace morderse la boca y abrir grandes narices que respiran ruidosamente. Al pasar una acequia la coge del brazo y le queda en la mano una sensación de plácida tibieza. Se arriesga a tutearla por fin:
—¡Tias güelto güenamoza!
Y ella, sonriendo con un resplandor de apretados y finos dientes blancos:
—Y vos tias güelto mentiroso…
Una avellana sube chorreando luz y estalla arriba, estremeciendo los negros telones que la noche deja caer sobre la vigilia del pueblito alegre. Hacia allá, lejos, palpitan luces rojas. Son los fogones de las casuchas recostadas en las faldas de los cerros y que, esperando la vuelta de los fiesteros, no duermen aún.
En el baile de doña Pule la Lucinda resulta un primor, sonriendo siempre con la carnosa boca y los chispeantes ojos verdes, y dando vueltas como un piruro, hila que hila el son cadencioso de las danzas. Hay dos indios cajeros, con sus bombos y flautas, y un cojo que toca el acordeón y canta. Los indios, a través de sus lloronas cañas de saúco y sus parches que son el eco de truenos lejanos, vuelcan a la pieza las cashuas de la altura. Cuando se cansan, entra el del acordeón con las chiquitas poblanas. El gusano del fuelle se retuerce sobre el muñón almohadillado, jadeando un gangoso acompañamiento al canto con el cual tiemblan sus lacios bigotes mestizos y rebotan los bailarines:
Desde Junín y Ayacucho, libertá…
negrita, ¡viva el Perú!, preciosa, ¡viva el Perú!…
Cuándo será mi Junín pa tu fiera majestá…
negrita, ¡viva el Perú!, preciosa, ¡viva el Perú!
La Lucinda se vuelve miel de caña. El Arturo baila frente a ella «echándole tuel resto» —expresión del Roge— pero la cholita lo vence siempre con un derroche pródigo de esguinces. El basto calzado del cholo, en el zapateo furioso, levanta polvo. Las parejas son incansables. Cada uno con su cada una. El Roge se ha buscado una coteja para no romper el compás y le guiña el ojo al hermano:
—Hom, vaya con la suerte e ser mayor y hombre e rispeto…
La chicha abunda en baldes, en poros, en vasos, en mates. El Arturo sale y retorna abrazando contra su ancho tórax muchas botellas de cañazo:
—¡Güena!, estos vallinos son bien desprendíos…
Es un riego de alegría. La atmósfera se penetra de alcohol y respirar es suficiente para embriagarse. La Lucinda siente una comezón endiablada en las venas y se estremece entera cuando el Arturo, cogiendo el rojo pañuelo con las dos manos, se lo pasa tras la nuca y la hace acercarse a él aún más, hasta que los pezones vibrantes de danza y de angustia rozan su pecho membrudo. ¡Ah, templino bárbaro! El pequeño duerme en un rincón y ella está alegre de sentir que sus ojos hablan al mozo como nunca se atrevió a hacerlo antes y que sus manos han llegado a cogerse de la cintura virilmente recia y elástica por el continuado balsear. Los pies danzan blandamente ahora, ritmando un contrapunto de entrega y huida, de retorno y vencimiento…
Doña Pule invita el caldo de gallina de costumbre y luego la despedida es ya ineludible. Por las calles van tropezando con los indios que se han tendido allí a dormir su pesado sueño ebrio. La noche avanzada hace circular violentas ráfagas de aire helado y se siente que, dentro de un momento, la aurora llegará a besar la aldea con su amplio beso de luz.
El Arturo lleva a la Lucinda del brazo. Su ruda mano la aprieta seguramente, pero la cholita advierte que está junto a él por otra presión que no es la de esa mano aunque se le parece por lo fuerte. Su sangre se ha calmado, mas tiene en el pecho un sentimiento nuevo, profundo como la noche y luminoso como el día por venir. Ella se siente como la noche en espera del día. «¡Si será el cariño!», piensa, y se estremece. El Arturo no lo nota pues marcha a su lado tomándole, como nunca, gusto a una repetida canción:
Si mi negrita quisiera
irse a la banda conmigo,
le pagaré la balsada
y cargaré tuel camino.
Es la misma canción que la Lucinda ha oído muchas veces también, pero ahora le encuentra no sabe qué encanto real y le parece que es el presagio de un viaje y de otro mundo. ¿Con el Arturo acaso? Ambos van muy juntos y se sienten hondamente ligados aunque sin precisar que ya llegó el amor, porque aquel sentimiento que les inquieta el pecho se hace canción y llama a la aventura. Sin embargo, las palabras que el Roge cambia con el pequeño soñoliento suenan a sus espaldas como viniendo de una región muy lejana.
En la casa, la Lucinda escucha a través de la pared de cañas y barro que los hermanos hacen la cama con las caronas de las cabalgaduras y se cubren con las frazadas que la madre les ha dejado en la pequeña pieza. Parlan y parlan de una y otra cosa y al fin se silencian.
Ella se deja caer junto al pequeño hermano ya dormido. Lo besa y abraza con una ternura desconocida y se ciñe entera a él. Así, muy cerca, así muy cerca a él, como si fuera el Arturo.
Un gallo aletea y canta a lo lejos.
Despiertan cuando el sol, muy alto ya, bruñe de oro al pueblo. La multitud circula difícilmente por las callejas y se arremolina en la plaza, donde están danzando las bandas de pallas. Allí las indias con las chillonas polleras rojas, verdes y amarillas cuya gritería es atenuada un tanto por los bajos tonos ocres de los ponchos varoniles; los togados con los vestidos de dril almidonado que crujen al andar; los celendinos con sus listados ponchos de hilo, detenidos ante sus rimeros de percales, sombreros y baratijas; los albos sombreros de lana prensada de los indios de Pataz y los cestos de rosadas ollas de los del distrito de Mollepata, todo entre un marco de casas de paredes blancas y techos rojos que rodean la plaza, desde cuyos corredores los hacendados de la comarca —botas altas, pantalón de montar, sombrero de palma a la pedrada— espectan la fiesta bebiendo y disparando al aire sus revólveres, acompañados de sus mujeres que visten trajes nuevos y se cubren las espaldas con pesados pañolones de fleco.
La plaza es un cesto de chaquiras bajo una cóncava luna azul, por la que avanza un disco brillante prodigando áureos tonos.
La Lucinda va con los vallinos a gustar de la fiesta. Se ha echado todo lo bueno encima y está como si hubiera salido del baúl. Pañolón azul de Castilla, blusa blanca y pollera verde. Se toca la cabeza con un sombrero de alba paja y calza los pies breves con zapatos de taco. Ellos han removido las alforjas para no quedarse atrás. Lucen flamantes sombreros de palma, camisa de género blanco, pantalón de casinete a rayas negras y grises y zapatones de gruesa suela. El rojo pañuelo flota en torno al cuello. El Arturo —palangana el cholo— adorna su sombrero con una cinta de los colores peruanos. Forman un trío parlero en una esquina junto a las mujeres que venden chicha y viandas sentadas al lado de grandes cántaros rodeados de potos y lapas que muestran papas amarillas de ají y cuyes fritos.
Conversan mientras muerden las presas y beben plácidamente de los potos.
—Ta más güena que nunca la fiesta —dice el Arturo.
Y el Roge:
—Ojalá quel fin seiga tan güeno… Lo ques por mí, ya sabes que soy tu hermano…
La Lucinda se alarma, aspaventera:
—Array… questarán pensando los cristianos… Claro que la fiesta ta güena.
Y luego, dirigiéndose a la rugosa poblana que desaparece tras un rimero de potos:
—A ver, señora, este cuye ha sío agüelo dejuro… chichita pa asentalo…
Las bandas de pallas cantan y bailan incesantemente, ceñidas por apretados círculos de espectadores.
Visten trajes de una abigarrada policromía y se adornan con collares de cuentas de vidrio y perlas falsas. Sobre los abultados pechos y sujetos a las mangas, saltan y esplenden pequeños espejos, despidiendo el fulgor del sol a todos lados.
La banda de la «coriquinga» comenta la existencia del bello pájaro de la puna. Uno de sus miembros, vestido de blanco y negro imitando los colores del ave, describe su vida en señera soledad y alaba su hermosa presencia:
Yo soy güenamoza, yo soy coriquinga,
por ser tan bonita me llaman la gringa.
El coro responde asintiendo a veces y otras replicándole irónicamente, lo que hace estallar la risa que los circunstantes llevan a flor de labio.
La banda del «zorro y las ovejas» reproduce el asalto del primero al rebaño y la del «cóndor» elogia rendidamente al rey de las alturas. La muy mentada de los «guazamacos» ironiza respecto a las relaciones humanas y la vida doméstica. El «guazamaco» canta con ronca voz viril:
Mi montura y mi mujer
se perdieron hace tiempo.
Qué mujer ni qué demonios,
mi montura es lo que siento.
—Muy verdá —comenta un cholo.
—Güena, siuna montura es de sentilo —precisa el chalán de la hacienda Pomabamba, que está por allí, el poncho terciado y teniéndose en pie a duras penas.
Las mujeres del coro, con atiplada voz, replican que el «guazamaco» es un haragán que no sabe lo que es trabajo y que la mujer se marchó cansada de bregar de sol a sol. El perezoso no se da por vencido y cambia el tema sin dejar la ironía:
Voy a buscar mi mujer
güenamoza sin peinar,
pue siestá muy arreglada
mentira hay haber puatrás.
Las chinitas del círculo de espectadores —fiesteramente con las trenzas muy lisas y los vestidos muy limpios— enrojecen entre las risotadas de los cholos, que gritan su aprobación esparciendo un espeso vaho de coca y alcohol.
Las pallas, después de cada cuarteta, danzan y se entrecruzan al compás de una música de bombos, arpas o violines para detenerse luego a entonar las canciones con el tema de su representación. A ratos van hacia las casas y dicen versos, siempre elogiosos, dedicados a los hacendados y sus mujeres. Ellos, en el colmo de la filantropía, responden entregándoles un buen montón de pesetas.
Las bandas de pallas son más y más cada vez. Suben y bajan al pueblo por todos los caminejos de acceso, seguidas de sus «mestros», indios o mestizos que ejecutan los instrumentos. Los violinejos de manufactura primitiva llevan una mosca encerrada en la caja, las arpas vibran difícilmente en sus rudas armazones cónicas y sólo los bombos y las flautas aparecen en toda la pureza de sus voces hondas y dulzonas.
Llegan las bandas de los «moros» y los «turcos», esos condenados que usan grandes cuchillos para matar a todo cristiano con temor de Dios, y otras meramente cantantes que alaban a los hacendados y la Iglesia.
Este camino que llega, llega a una casa santa,
llega a una casa santa, de la Santísema Trenidá.
Cuando hace su aparición la banda de los oroyeros, hay general entusiasmo, especialmente entre los vallinos y la Lucinda. Representa el paso del Marañón por medio de cuerdas templadas y llega gritándolo en tanto que se forma un bullicioso remolino a su alrededor.
—¡Vamo! —exclama el Arturo abriéndose paso, seguido de la Lucinda y el Roge —, éste sies un remolino comuen el mesmo río…
Un corro de chinas, que muestran flotantes trajes azules y flores del valle sobre los cabellos, entona versos alusivos al río. Los dos cholos de la banda, con sobrio gesto, hacen relucir al sol los machetes que llevaban en las fundas de cuero que cuelgan de sus fajas, y simulan cortar los altos árboles cuyos tallos —que llevan ya dispuestos— van a utilizar. Con barretas que alguien alcanza, cavan hoyos en los que plantan los palos y seguidamente tiemplan entre ellos dos gruesas y paralelas cuerdas de cuero. Se supone que el río pasa bajo ellas, Hay aguas rugientes en los cantos. Las aguas quieren comer hombres. El río es voraz y muy bravo. Entonces los cholos comienzan a pasar pisando en una cuerda y cogiéndose de la otra. Tarea dura. «Valor, hermanito, valor —al pie está el río Marañón», dice el canto. Los hombres, haciendo temblar las sogas, se demoran en el paso. El peligro da vértigo. Vacilan. Van a marearse. Quizá a caer… Sí: van a caer y a perderse entre las aguas tumultuosas. «Valor, hermanito, valor —al pie está el río Marañón». Morirán tal vez. Las sogas tiemblan como nunca y ellos apenas pueden sujetarse. «Al pie está el río Marañón». Pero ya han avanzado. Más allá de la mitad se encuentran ya. «Valor, hermanito, valor». Se han recuperado completamente y dos zancadas bastan para alcanzar el otro lado, al que llegan dando jubilosos gritos. Entonces gime más agudamente el violín, el arpa trina con toda la fuerza de que es capaz y los bombos y flautas inician violentamente un aire de danza. Las pallas, dando vueltas, hacen un círculo en el que los oroyeros ingresan a bailar. Arriba, el sol se halla también muy alegre. El cielo azul refulge. Las pallas cantan que el río es bravo, pero que los hombres lo son más que él.
Lejano y sugestivo, los espectadores sienten el murmullo del río. El Arturo y el Roge recuerdan a su río infinito, grande hasta no alcanzar medida, y piensan con orgullo que ellos no lo desafían desde cuerdas templadas en alto sino en las ágiles balsas libradas a su corriente, a la que vencen día a día. La Lucinda mira al Arturo sintiendo un río desde su vientre a su garganta, salvaje y bello en su ímpetu.
—Lindo ai ser —le dice.
—Cómo no, dejuro… Si quieres, vamonós… Las sogas tan güenas pa los e la jalca. Yo lo paso balsiando… Vamonós, chiná…
¡Qué belleza la de cruzar el río y vivir junto al río con este hombre que lo domina! Será sin duda azul como la poza de la quebrada que pasa junto al pueblo y acaso prieto en el invierno, pero de todos modos muy grande, «grande hasta no saber el fin», como dicen los cantos y «con voz que amedrenta», como afirman también. Pero al Arturo y al Roge no les da miedo y a ella tampoco. Ha de ser otro mundo con otra vida…
—Güeno, pue —responde al cabo.
Cambian pañuelos. La garganta del Arturo desaparece bajo un lienzo de un azul violento mientras la muñeca de la china queda esposada con el rojo subido del que llevó el vallino. La color es intensa cual la emoción. Los ojos tienen un glauco lloroso y un pardo turbio de río. Pañuelos y ojos y colores… La feria ha desaparecido por un momento para ellos. Sólo hay pañuelos y ojos y colores…
La pareja, anudada a la multitud nuevamente, avanza viendo las pallas y todo lo que hay que ver. En dos casas grandes que dan a la plaza se baila, pues hubo dos matrimonios de hacendados durante la misa y los están festejando. Los indios se agolpan ante la puerta y los señores aparecen de rato en rato para regar pesetas a puñados y motivar momentáneos desórdenes bulliciosos en el recojo ávido de las monedas.
—Esa generosidá pal pago e su trabajo y tuestos indios tarían platudazos — comenta el Arturo.
El cura que ha ido a la fiesta está en una de las jaranas y no se queda tras de nadie bebiendo y «echando pañuelo». Cuando sale a la puerta dice a los indios, con palabras que suenan muy allá, más allá de su vientre abultado como una loma:
—Hijitos míos, Dios quiere que sus fieles se diviertan. En beber con cuidado no hay daño…
Pero no piensan lo mismo los dos guardias civiles —novedad en la fiesta— que se pasean en ese momento por la plaza con fusil colgado al hombro y revólver y espadín al cinto. Pertenecen al retén recién instalado en Huamachuco y llegaron con grandes humos queriendo prohibir que «todo títere con cabeza» —así habían dicho en una tienda— bebiera en demasía, por lo cual pusieron multa de dos libras a don Roque, el hacendado, que se emborrachó desde la víspera hasta hacer garabatos. Él pagó las dos libras y añadió otras dos diciendo:
—Esto es adelantao, mañana me aplico otra igual…
Desde esa vez, corridos por las pullas del pueblo y rechazados por los togados que no los dejan entrar a sus reuniones, se dedicaron a echar el guante a cholos e indios. Éstos miran respetuosamente los fusiles y llenos de admiración los sombreros de fieltro, las polainas relucientes y el uniforme verde oliva con botones dorados y franjas rojas. Se cruzan con la pareja en una de sus idas y venidas y detienen al Arturo después de cuchichear mirando a la Lucinda.
—Oiga, amigo, ¿de dónde es usted? —pregunta uno de ellos sin qué ni para qué.
El vallino se para y los mira de alto abajo.
—Soy de mi tierra, señores…
El otro guardia frunce las cejas enfureciendo los ojos, la mano sobre la cacha del revólver:
—¡Insolente! Claro que eres de tu tierra pero queremos saber el nombre. Ya te vamos a enseñar cómo se respeta a la Guardia Civil…
—Soy vallino, señor, de Calemar…
La Lucinda tiene los ojos más bellos en la súplica, pero su boca enmudece con un vago temor. Ellos quisieran precisamente que les pidiera algo para acceder y trabar amistad, en fin… El Arturo agrega:
—Nunca hey andao corrido, señores ceviles…
Los dos reclaman un tanto socarronamente:
—¿Tienes tu libreta militar?
—A ver, a ver… Éstos nunca cumplen con la patria.
No es tiempo de conscripción, pero éste es el mejor medio de perder a un chacrero. Sonríen hasta que el Arturo la extrae de lo más profundo de sus bolsillos.
—Sí, señores, siempre hey ido pa los pueblos y mey enscrebido…
Entrega una pequeña libreta amarillenta, de tapas sucias y rotas. Uno de los guardias la examina y apunta el nombre en su carnet para recuperar enseguida su dignidad y decir en tono solemne, devolviéndosela:
—Siga no más…
El Arturo y la Lucinda cruzan entre el grupo de gente que se ha formado a curiosear la posible captura, y se alejan. Él se ha descompuesto y le dice:
—La cosa va con vos… Tuestos son unos gran perros… Los cachaquitos antiguos eran más personas…
El crepúsculo cae lentamente. Los cerros —punzó, violeta y gualda— se han vestido de pallas a fin de bailar la danza vesperal en torno al pueblo que silencia la pena de ver terminarse el último día de fiesta. Las gentes comienzan a buscar sus posadas poblanas o a tomar los caminejos que han de llevarlos a sus bohíos. Algún «mestro» que se ha entusiasmado mucho va tañendo la flauta y golpeando el bombo a lo largo de los quebrados senderos. Bom-bom… bom… bom-bom… la flauta se aleja plañideramente… a ratos da alaridos… Bom-bom… bom… bom-bom…
La noche aletea con alas de cóndor.
El Roge vuelve a su posada con el cuerpo laxo de los potos que ha bebido toda la tarde con los vallinos que encontró por allí. El Arturo le cuenta la incidencia con los guardias y ambos la comentan indolentemente.
—Si te trayes el mogoso, aciertas…
—Qué padevinar quiandaran puacá estos maldiciaos…
—Siempres güeno, unarma sia hecho pandala…
Se refieren al oxidado revólver que hace tiempo reposa en alforja colgada en un ángulo de la choza del Arturo. Están en el corredor y son vistos por los guardias, que pasan dirigiendo a la casa miradas inquisitivas. Los hermanos reprimen sus más expresivos juramentos pues doña Dorotea sale a darles conversación. Ellos le dicen que no llevaron coca porque la vendieron toda anteriormente, que la fruta siempre abunda y que el río… bueno, el río sigue corriendo… La mesonera ríe y, como le ofrecen llevarle el año entrante lo que quiera, les encarga de manera especial achote y caña fístola, afirmando durante una hora que ésta es buena para tal mal y para tal otro y para todos los males de la tierra en último término.
En la noche van donde doña Rosario. La Lucinda no quiso negarse y doña Dorotea tampoco, aunque el chiquillo se quedó porque estaba durmiendo como «una mera piedra». El Arturo rogó, zalamero y penoso:
—Lúltimo día e fiesta, lultimito ya… —Y ambas asintieron.
Esa doña Rosario, señora muy devota, ha levantado en la pieza más espaciosa de su vivienda el altar de la patrona de Sartín. La Virgen está en un ángulo, ante una hilera de velas, rodeada de flores y rubicundos ángeles de cartón. Hay dos arpas y un violín. Uno de los arpistas canta con voz rajada. El danzante que va a dar la espalda a la Virgen, le hace antes una venia. Poco a poco, la chicha y el cañazo encienden el entusiasmo y la sala se atesta de bailarines. Junto a los muros, sentados en cajones y derrengados bancos, sólo quedan viejos y viejas rugosos y desdentados que ríen y hablan con voz cascada, mientras comen mazamorra y beben sonoramente. Los bailarines se cruzan, se entrelazan. Las venias a la Virgen disminuyen cada vez más. Los bailarines se anudan, se topetean, se pierden y vuelven a encontrarse en un acompasado movimiento de caderas y pantorrillas. El Arturo y la Lucinda, fuera del torbellino, permanecen en un rincón bailando muy juntos, rozándose, queriendo ligarse aún más, mezclando sus alientos ardientes de alcohol.
—Entón nos vamos a Calemar…
—Dejuro, pero mi mama hay querer matrimonio…
—Sí, toavía taquiel cura… Mañana nos casamos.
El Arturo, en el colmo de la felicidad, se detiene para gritar el estribillo jaranero: «Echen chicha y aguardiente que la gente tiene sede». La cholita corre a traerle un vaso repleto y lo escancian ambos, poco a poco, poniendo los labios en el mismo sitio. El Roge tercia:
—Mi mayor, dejuro golvemos tres…
Al Arturo se le ahoga la respuesta, pues en ese momento entran los guardias, fusil al hombro, mirándolo todo con un aire de superioridad y omnipotencia. Las parejas continúan danzando, pero se sienten inspeccionadas y lo hacen sin gusto. «Daña fiesta nomá sonestos», se queja una voz femenina.
Uno de los guardias se acerca al Arturo:
—Préstame tu pareja.
Y de hecho se pone a bailar con la Lucinda, pero lo hace muy mal y todos se ríen en tanto que la cholita, por su parte, se mueve apenas dando a entender que está frente a ese hombre por puro compromiso. El otro guardia se acerca al vallino:
—Te ríes, so perro, te ríes… ¡Anda con cuidado!
Y toma frente a él una actitud de matonería: la pierna adelantada, la mano sobre el revólver. El mozo se aguanta, pensando en que se han de ir y todo seguirá como antes pero quienes se van son los bailarines, sigilosamente, como escondiéndose. Quedan muy pocos y, para peor, son ya los dos guardias quienes insisten en bailar con la Lucinda. Ella mira al Arturo desde un mundo de repulsión y desconsuelo. Los hermanos conversan en un rincón y luego salta el mayor, resueltamente:
—Oigan, señores, no son envitaos y mi pareja va ser mi mujer mañana de modo que no tienen pa qué fastidiala…
Los guardias, como movidos por un resorte, se juntan y preparan sus fusiles haciendo traquetear espectacularmente el manubrio. «Ba, güeno pa dar miedo onde los inditos», dice un cholo de gran estatura a la vez que deja de puntear una cashua. Las parejas restantes se detienen también. Doña Rosario es solamente ojos empavorecidos. Los otros cholos comienzan a rezongar sintiendo que, adentro, la chicha les remueve el sentimiento de beligerancia que de ordinario llevan dormido. Cien pupilas brillan como cuchillos frente a los guardias y ellos advierten que es necesario acabar de algún modo.
—¡Fuera de aquí esos dos vallinos insolentes, fuera de aquí!
Y desenvainan los espadines con ánimo de cruzarlos a planazos, pero no hacen más. Los cholos se lanzan sobre ellos desarmándolos entre puñetazos. Es una trifulca en la cual las chinas mezclan sus gritos agudos. Una trompada del Roge hace rodar a uno por el suelo. Allí lo patea hasta dejarlo exánime. El Arturo salta al cuello del otro y ambos caen y ruedan trenzados, revueltos, abofeteándose y mordiéndose. «Dale, hom… dale, hom», incitan los otros cholos blandiendo los puños. El vallino logra desmayarlo de un golpe en la quijada. Luego se acuclilla y lo levanta como a un guiñapo. La cabeza del guardia retumba contra el suelo.
Los dos hermanos y la Lucinda, seguidos de la concurrencia, ganan la puerta y se hunden en la sombra. En la pieza quedan solamente los guardias tendidos largo a largo, tiñendo el suelo con la sangre de sus bocas y narices, frente a la Virgen que mira al cielo con ojos de ruego. Los fusiles, tirados por allí, brillan apenas a la luz titilante de las velas, perdida la fijeza de sus negras pupilas. Doña Rosario grita desde el umbral, moviendo las aspas locas de sus brazos:
—El gobernador… que vengaaaáa… que vengaaaaáa…
Solamente indios llegan hasta la puerta, en la que se detienen, medrosos, viendo los cuerpos rígidos de los guardias. Sus caras cobrizas de angulosos perfiles tienen un fondo de noche rumorosa y negra. Sonríen acaso. «El gobernador, que vengaaaáa… que vengaaaaáa». La voz de un bombo llega a decir que el gobernador está muy ocupado en otra cosa.
Los vallinos y la Lucinda arriban a la casa después de una carrera frenética que atropelló transeúntes e hizo aparecer a las puertas caras curiosas que sólo pudieron ver, entre un tumulto de sombras, tres fugaces manchas albeantes. El diálogo es breve:
—Vámonos aurita…
—Mi mama no quedrá.
—Vamonós, esperamen lesquina.
La Lucinda hace un movimiento de vacilación. En un instante quiere ir hacia adentro y abrazar a la madre y no soltarla nunca, pero resuena en su interior un mandato potente, una fuerte voz que viene de una soñada lejanía, el profundo llamado de otro mundo… y se encamina rápidamente hacia allá, hacia donde le ordenan el Arturo y la nueva vida.
Mientras el Roge va por los caballos, el hermano acomoda todo para ensillar rápido. Cuando se encuentra metiendo los estribos en los pasadores, sale doña Dorotea.
—¿Se van a dir?
—Sí, pue, hemos peliao con los ceviles…
—¡Ay, cristianitos!… ¡Apurensé que dinó los apresan por tiempazos!
Habrá que engrasar esos cueros resecos y tiesos. Un año se demora uno en engarfiar las hebillas.
—Sí, pue, muy fregaos son…
Al fin terminó con eso. Ahora a doblar las caronas, esas grises bayetas sudadas que esparcen un acre olor.
—¿Y la Lucinda?
—Ya vendrá dejuro…
El Roge es quien llega con los potros, que relinchan alegremente presintiendo el retorno. Ensillar y montar es cosa de un segundo.
—Adiós, doña Doro… Güen año y, si Dios quiere, hasta lotro…
—Dios se lo pague la posadita…
Parten al galope pero se detienen violentamente en la esquina. ¿Por qué? Doña Dorotea atisba. Los caballos caracolean, nerviosos. ¿Es una mujer la que ha sido levantada sobre uno de ellos? Lo comprende todo de golpe y corre hacia el grupo gritando chillona y dolorosamente:
—Lucindaaaáa… Lucinditaaaaáaa…
Su voz es ahogada por el estrépito del tropel furioso.
Es un largo callejón. Pencas, tunas, magueyes, casas, perros que ladran, todo va quedando atrás velozmente, envuelto en la sombra. El Arturo lleva a su china sobre la cabezada de la montura y ella lleva al galope su corazón. Antes de iniciar la cuesta las riendas plantan en seco. La respiración jadeante de los potros acompaña a un latido angustioso.
El Arturo ríe:
—¿Tias asustao? —y luego al hermano—: ¿Ondestán los caballos e los ceviles?
—En el corral e lao abajo…
—Corre, sueltalós…
El Roge mete su caballo por la pendiente y se pierde en la noche. Se oye rechinar una tranquera y luego un relincho de caballos que galopan. Al rato vuelve y comienzan a vencer la dura cuesta. Los potros suben voluntariosamente haciendo chispear las piedras a lo largo de los repetidos quengos. De trecho en trecho se tambalean las casuchas de los indios y algunos, sentados a la puerta, tañen sus antaras. La música triste sigue porfiadamente a la cabalgata. La Lucinda se acongoja recordando a la madre, al hermano, a la casa de todos los días. Junto a ésta se alzaba la casucha de un indio que tocaba la antara así. Solloza en la imposibilidad de volver. Ahora estarán ellos —la madre y el pequeño hermano— llorando también. Ahora estarán solos y tristes. ¿Por qué no regresar? Está cerca todavía. Y las antaras continúan sonando y diciendo que está cerca todavía. Sus lágrimas ruedan y van a caer a las manos del Arturo, que la tiene cogida por la cintura.
—¿Tas llorando?
—¡Mi mama!, ¡mi hermanito!
Él responde casi brutalmente:
—Qué vamos hacelo… aura yes tarde…
Es la voz del río, imperiosa e incontrastable. La de las antaras se distingue apenas. La Lucinda sólo escucha aquella voz y se entrega, rendida, a la corriente.
Al filo de la cuesta desmontan para ajustar las cinchas y mirar el camino. Se desdobla hacia abajo silenciosamente. Aguzando el oído no se escucha ni el más leve rumor de pisadas. Sí: nadie viene por él. Y el pueblo se acurruca en el fondo, evidenciado por cien luces que se derraman en la hoyada. Un castillo ha sido prendido en la plaza y refulge esplendorosamente. La distancia hace opaco el sonido de las bombardas.
—Hasta más ver —dice el Arturo.
Cabalgan y toman alegremente la bajada. Ahora se inicia el descenso al Marañón, a Calemar. Hasta el chasquido de los cascos es jubiloso. La Lucinda se calma sintiendo una placidez extraña. Quiere hablar, pero no se le ocurre nada y sólo atina a ceñirse contra su hombre, a abrazarlo con todas sus fuerzas.
La noche es oscura y las riendas son abandonadas a los potros, que conocen el camino mejor. La china piensa que la cuesta debe ser muy pronunciada pues resbalan a cada rato haciendo rodar los guijarros.
—Hasta que pesquen sus bestias pasará horas…
—Sólo que haigan muerto los maldiciaos…
—Nuay ser, la malayerba vive nomá…
—Entón, que nos alcancen pue…
—Ajá.
Los hermanos ríen mientras unas ramas han comenzado a chicotearles las caras. El Arturo aconseja a su china:
—Cuidao, cierra los ojos y agachaté…
Es sin duda una región boscosa. Las ramas arañan los sombreros. Se oye un rumor de agua y un ininterrumpido canto de grillos y cigarras. Descender… descender… El agua habla ya cercanamente con una voz que se aleja hacia abajo.
—¿Es el Marañón? —pregunta la inquietud de la Lucinda.
—No, una quebrada nomá, que baja… El río queda lejos…
Los caballos chapotean en el agua, que beben un momento, y luego hacen sonar guijarros otra vez. Pero la voz del agua queda a un lado, junto a los quengos del camino. Hay altos escalones que los potros salvan tanteando, husmeando, oliendo casi. Con la cabeza pegada al suelo inspeccionan la ruta y bajan lentamente. Descender… descender… A cada escalón la Lucinda se estremece. Descender… descender… Todo va hacia el fondo de la encañada. La quebrada y el camino, los hombres y los animales van hacia abajo, a encontrar el Marañón, a dar a él mismo. Horas y horas. La Lucinda siente el descenso como un rendimiento, como una voluptuosa caída.
Los cholos se han silenciado. Sólo se oye el chasquido de las pisadas y el rumor del agua en medio del hundimiento progresivo entre las sombras, hacia el río. Una boca que no succiona, cálida y dura, se pega de rato en rato al cuello de la Lucinda. Ella se ajusta tiritando contra su hombre. Es una negra hondura. Una abismal profundidad de vértigo…
Ahora los cascos pisan silenciosamente en tierra blanda y al parecer húmeda. El aire está lleno del olor de las flores del chirimoyo.
—Esel vallecito e la quebrada…
—Ya, hom…
Los caballos apuran el paso. Una hora más y estarán a la orilla del Marañón, frente a Shicún. El día va a llegar pues una claridad tenue se diluye entre el follaje y los pájaros comienzan a inquietarse en las copas de los árboles. El camino se asoma a una prominencia que hace ver, al frente y hacia arriba, una gran mancha negra sobre un fondo plomizo. La Lucinda mira con los ojos muy abiertos en medio de un sobrecogido silencio.
—Son las peñas —explica el Arturo—, de parte jonda se ven así de noche. Un ratito más yestamos llegando…
Puede verse ya la faja blanca del camino y los caballos galopan fácilmente doblando los quengos una y otra vez, incansables. A la vera, los pates y los arabiscos retuercen sus brazos. Súbitamente, un rumor hondo e interminable.
—Esel Marañón.
La Lucinda siente como si los oídos se le hubieran llenado de espuma. El día viene rápidamente. Una mancha amarilla se extiende hacia abajo desde el filo de los cerros pero la claridad llena ya la encañada mostrando las flores moradas de los arabiscos, las peñas rojas, la tierra amarilla que bordea un camino lleno de guijarros y polvo blancuzco. El caballo del Arturo se detiene y relincha. El del Roge lo imita. Ahí está el Marañón.
Entre el follaje de los árboles que se equilibran en la pendiente, abrazados como para sostenerse, se ve azulear el río veraniego. Las aguas corren formando pequeños tumbos y levantando espuma blanca junto a las piedras de la orilla. Las espuelas, alegres, incitan a los potros que, después de media hora de galope entre casuchas y cañaverales, se plantan a la orilla misma del río. Este lado es Santa Filomena. El otro es Shicún.
Desmontan y los hermanos se ponen a aflojar las cinchas, en tanto que la Lucinda se sienta sobre una gran piedra cárdena a la sombra de un gualango y no se cansa de mirar el río amplio y profundo. Sí: éste es el río, éstos los valles. Contra el cielo, los rojos peñascos recortan sus buidas aristas y el cielo es azul. El valle de Shicún, allá al fondo, tiene un verdor intenso. La luz matinal tira sobre la arena de las playas dos franjas de oro y el río asoma, muy arriba, volteando un recodo, y se pierde lejos, lejos, tras otro, extendiendo en toda su anchura una superficie ondulada y azul que se orla de blanco en las riberas…
El calor laxa sus miembros pero el enervamiento no llega a sus ojos —muy vivos, muy abiertos— en donde se extasía un alma recogida y tremante.
Los hermanos gritan pidiendo la balsa y se ponen a desensillar los caballos, que después entran al río y lo cruzan nadando fácilmente.
A la orilla del frente asoman dos hombres que suben a una armazón de tallos y se ponen a blandir anchos maderos. La Lucinda mira sin preguntar, conociendo por ella misma. Ésa es la balsa, ésas las palas, ésos los balseros. El Arturo también es balsero. ¡Cómo se han doblado en tres y cómo hunden las palas! Y ya se acercan, ya están aquí. Con dos jalones potentes han terminado por llegar, deslizándose gallardamente. Tiran una soga que el Roge empuña y saltan a tierra en medio de jubilosos saludos. Luego todos suben a la balsa, en la que acomodan previamente las monturas y alforjas, y el Arturo, por puro gusto, coge una pala. Estremece las aguas y las convierte en espuma a cada golpe, haciendo que la embarcación avance briosamente cortando los tumbos. La Lucinda lo mira absorta, como lo soñó. Así, pasando el río, bogando reciamente. Así, sobre el Marañón, el bello, el torrentoso, el fuerte. El Arturo es como el río o el río es como el Arturo. Ambos son grandes y por eso luchan.
En la casa de Venancio Landauro, uno de los cholos que fue con la balsa, toman algo. El amigo les sirve yucas con ají y cecinas.
—Carne fresca nuay… Se dañó mi escopeta, hom…
—No le hace, ya nos vamos ya…
—Quédense más bien —reclama Landauro, cordial.
Los hermanos ríen, no así la Lucinda que no oye lo que dicen pues está absorbida en la admiración de la huerta que se extiende frente a la casa, toda ella sembrada de coca que crece bajo paltos de frutos lustrosos, mangos de ramaje tupido y naranjos albos de flores que penetran el ambiente con su intensa fragancia.
—Sabes —explica el Arturo— que nos vamos de juida.
Cuenta su enredo con los guardias y Landauro se echa a reír también.
—Si vienen, tiaces el sordo. Aunque se maten gritando, ni tiasomas.
—Sordo, sordo más quiuna pirca —asegura Landauro.
Montaron de nuevo y salieron pronto de Shicún, deteniéndose solamente para mirar el trapiche instalado por don Agustín, dueño de la mayor parte del valle, que está accionado por una maravillosa rueda de fierro la cual se llena de agua y se vacía y se vuelve a llenar y por eso mismo da vueltas. El trapiche es también muy lindo y sus tres cilindros de fierro relucen girando sin cansarse para hacer bagazo todos esos cañaverales que ondulan al viento como lagunas verdes y amarillas.
Con el anochecer cayeron a Calemar. Encontraron a los viejos comiendo junto a su fogoncito. Primero se extrañaron, pero luego los ganó la emoción y la vieja Melcha lloró metiendo la faz rugosa entre los turgentes senos trémulos de la Lucinda. Su hija, su hija había de ser.
Todo no fue derecho porque la vida, como el río, tiene siempre recodos y pasos difíciles. Una vez llegaron varios guardias a llevarse a los hermanos, pero apenas entraron al valle, también por el lado de Shicún, fueron vistos. Los dos y la Lucinda se escondieron en un carrizal y los viejos dijeron que ya vivían en las alturas, por allí por Bambamarca, más allá quién sabe. En el resto del valle tampoco supieron dar razón:
—Nuay, se jueron hace tiempazo —decían.
Y aunque el teniente gobernador afirmó lo mismo, los guardias se marcharon después de buscar tres días, inclusive en el carrizal. Cuando quisieron incendiarlo, todos rogaron que no lo hicieran alegando que no habría cómo quinchar las casas pues las varas derechas no abundan. Al cambiarse el retén de Huamachuco, la zozobra respecto a los guardias acabó. Sólo que la Lucinda comenzó a tiritar con las tercianas y los cocidos de yerbas de la vieja Melcha de nada valieron. El Arturo tuvo que ir a Huamachuco por quinina. Para peor, la china abortaba todo el tiempo y a dos bultitos sanguinolentos fue a dejar el taita al panteón. Con pena cavaba quejándose de la suerte y ni siquiera ponía cruz. Cuando llegó la fiesta de la Virgen del Perpetuo Socorro de Calemar, se casaron para estar en gracia de Dios. La Lucinda sanó al poco tiempo y después nació el Adán. Dicen que todo es milagro de la Virgen.
Así es como la Lucinda se halla en Calemar. Ésta es la historia. «¿Y la de la Florinda?», preguntarán. Yo solamente quiero decirles que la buenamoza Lucinda hace buen juego con la Florinda, y la Hormecinda, y la Orfelinda, y la Hermelinda, y todas las chinas que han nacido aquí. Son cotejas. Por ellas, llegado el caso, haríamos lo que el Arturo por la suya.
Sus bellos nombres nos endulzan la boca. Ellas mismas nos endulzan la vida. Son como la coca. Las queremos mucho los cristianos de estos valles.