la sobriedad del galápago

Mesa · Capítulo 1 de 6

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la sobriedad del galápago

Todo lleva al suicidio

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Todo lleva al suicidio

Robar es el arco del deseo que, en una danza insumisa, traza tu mano en el aire del centro comercial, sin mediaciones: directo del estante a tu bolsillo.

Tomado del ideario de Yomango

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o cierto es que Rechi no quería para nada aquella chaque-Lta. ni siquiera se la había probado; ignoraba si sería o no de su talla y, en el improbable caso de serlo, tampoco hubiera sabido qué utilidad podría tener una prenda tan elegante en un tipo como él, con sus hombros vencidos y flacos, los omópla-tos picudos y el vientre inflamado de un pajarito harto de cere-ales. En realidad, Rechi únicamente deseaba poseer la chaqueta como el alpinista que se propone subir a la cumbre de una montaña, o el jubilado que se matricula en la universidad, o el niño que atesora las estampas de un álbum: se trataba de una cuestión íntima, de un reto autoimpuesto, de esa pequeña y necesaria satisfacción del orgullo propio.

Al principio, la chaqueta se le había presentado como un cebo, sin que su voluntad hubiese intervenido en absoluto, sin tramar ni planear nada. él había estado oteando como de costumbre en su ronda diaria; no se había fijado en ningún artículo en con-creto. Entonces la vio: estaba colocada en un perchero, recién traída de la nueva temporada de invierno y, por el descuido de alguno de los dependientes, permanecía sin el clavo de la alarma, esa especie de enorme pezón blanco cargado de tinta añil.

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Rechi pensó que únicamente tendría que cogerla con disimulo, ponérsela y echar a andar a la calle, sin mirar hacia atrás y sin remordimiento. Aquella oportunidad le parecía un regalo imprevisto de algún dios generoso, un auténtico milagro ante el que no podía fingirse ciego: la chaqueta costaba 720 euros y estaba allí, frente a sus narices, insinuándose libremente. Rechi estuvo rondando toda la mañana por la sección, esperando el momento en que la dependienta descuidase la vigilancia, pero había sido del todo imposible. La chica –una rubia con aire rato-nil y los ojos saltones muy pintados- no había parado de atender a sus clientes, de charlar con las compañeras y de colocar, una y otra vez, las mismas prendas en los mismos anaqueles.

Rechi observaba exasperado cada uno de sus movimientos, detestándola en todo lo que hacía. La única vez que se había ausentado dejó al cuidado de su sección a la chica de Ralph Lau-ren, una morena muy joven, casi adolescente, de gesto retraído.

Rechi afinó sus antenas y estuvo pendiente, pero fue entonces cuando se dio cuenta de que la lente de una de las cámaras apuntaba hacia él. Para disimular, tuvo que marcharse al Starbucks un rato, donde se tomó un sándwich de bacon y pepino.

cuando al fin regresó, osado y testarudo, comprobó con dis-gusto que la chaqueta lucía en su lugar, pero ahora con el disuasorio clavo de la alarma prendido en la solapa, al modo de un emblema jactancioso y desafiante. Rechi maldijo su torpeza.

Los que lo conocían de verdad, sabían que con fracasos como éste el maestro Rechi sufría intensamente; padecía un mal que era incapaz de explicar ni de compartir nunca –jamás- con nadie. un dolor sin palabras, casi inhumano.

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no era la primera vez que Rechi se atrevía a coger una prenda de marca con clavo. Podría repetirlo una vez más con la chaqueta: pillarla e intentar desprender la alarma en cualquier caja vacía; no era demasiado complicado para él. Pero había dejado pasar la oportunidad de conseguirla fácilmente

-tal vez por un exceso de celo- y eso le irritaba. La chaqueta había perdido individualidad: ahora era como las demás, las otras seis o siete en el perchero, cada una con su clavo. Rechi jamás se permitía fallar. fallaba alguna vez, claro está, pero nunca se enfrentaba con autoindulgencia a sus propios errores y, como mucho, los utilizaba para crear doctrina de lo que nO hay que hacer. Y le dolía equivocarse; se sentía morir con cada error. En todo caso –bien lo sabía- le iba la vida entera en aquello. Llevaba consagrados los últimos seis años de su existencia a la tarea de robar y sentía que era el mejor, el único que realmente había construido toda una filosofía en torno al robo. Se sentía el fundador de una sociedad secreta cuyos estrictos principios y normas inamovibles en realidad únicamente él respetaba. Se consideraba un elegido: EL ELEGIDO. Robaba por una cuestión de justicia, pero su visión del asunto nada tenía que ver con la de los alternativos del SccPP, el llamado SABOTAJE cOnTRA EL cAPITAL PASÁn-DOLO PIPA, a los que consideraba una panda de diletantes sin cabeza. Su ideología al respecto era mucho más aristocrática.

Robar no era democrático; aquellos que no tenían el talento ni la valentía para hacerlo formaban parte de la estúpida masa que hacía cola para pagar religiosamente un importe que, en la mayoría de los casos, no era más que otra forma de robo más brutal.

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Pero a pesar de su elitismo, a Rechi no le gustaba estar solo.

Reclutaba a los que él consideraba sus discípulos en aquel gigantesco centro comercial donde pasaba, infatigable, los días. Los buscaba entre los numerosos aficionados al robo y los pequeños e inexpertos hurtadores que rondaban por aquí y por allá como termitas. Escudriñaba en especial a tipos con personalidades débiles -pues no le interesaban los sabihondos que pudieran discutirle- y se acercaba a ellos con majestuosi-dad y grandilocuencia para explicarles sus profundas teorías sobre el amor a lo ajeno. muchos de ellos se alejaban despecti-vos, pero otros permanecían allí, magnetizados por la sabidu-ría del maestro, y bebían de sus palabras incansablemente –o al menos, eso le parecía a él-. Rechi se sentía el líder espiritual de siete u ocho chicos, un grupo que abarcaba desde estudiantes timoratos hasta treinteañeros con alopecia. Aunque él pen-saba que lo seguían a todas partes y le consultaban cada paso que dar, lo cierto es que cada uno de ellos iba por libre y únicamente consideraban al gran Rechi como un chiflado que

–eso sí- se conocía al dedillo todas las técnicas y les hacía generosos regalos cada día. Dado que uno de los principios más inquebrantables de su ideario era la castidad, Rechi no había admitido ni a una sola mujer en sus proyectos. Para él, todo elemento femenino era pura comparsa, causa de distracción y disgregamiento.

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Seis años atrás, Rechi había asistido al nacimiento del gigantesco centro comercial. Desde el día de la inauguración, con el alcalde y todos sus concejales rodeados de cámaras de televi-sión, se instaló allí definitivamente, como si de este modo cumpliese un destino ineludible. cada día, incluidos los T O D O L L E VA A L S u I c I D I O

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domingos, llegaba a las diez de la mañana y no se marchaba antes de las once de la noche. A lo largo de todos aquellos años, había podido ver cómo el centro crecía y se expandía como un organismo que hubiese gozado de vida propia. Lo que inicialmente había sido una mole de hormigón, ladrillo, plástico y chapa, había acabado por convertirse en una nueva ciudad cercada por dos ramas de autovía en la que todo lo necesario para la felicidad estaba disponible: tiendas, restau-rantes, farmacias y herboristerías, cibercafés, centros de ocio, selectas boutiques, gimnasios, supermercados, salas de cine, guarderías, jardines, agencias de contactos y hasta un hotel con un centenar de habitaciones. Si alguien conocía los por-menores de esta urbe de plástico y luces artificiales, su respi-ración y sus ritos, sus reglas de funcionamiento, sus corrientes visibles y sus corrientes subterráneas; si alguien podía intuir los tejemanejes, escándalos, proyectos de ampliaciones, demoliciones y cambios que se urdían; si alguien había elabo-rado un registro cabal de los nombres, rostros, capacidades y puntos flacos del personal de cada uno de los departamentos, almacenes y establecimientos; si, en definitiva, alguien se movía como pez en el agua en aquel ciclópeo, seductor y pode-roso centro comercial, ése era, sin duda, Rechi. Por ello, no había ladrón más capaz que él para robar una chaqueta de Armani que costaba 720 euros. Rechi sabía que se haría con ella a pesar de que al fin una cabecita alerta le hubiese colocado su clavo, de que al menos tres cámaras rodearan como ojos escrutadores la sección y de que Julia Lombo, la dependienta rubia y eficaz, no cejase en mantener hasta el extremo su diligencia mal pagada de impasibles ojos prominentes. Rechi sentía que la chaqueta tenía escrito su nombre.

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Julia era un reciente fichaje de la Luxury&Trendy, la cadena de firmas internacionales de moda impagable. Rechi aún no la conocía bien y no podía fiarse de sus reacciones, así que recon-sideró sus métodos y sus posibilidades y comenzó a trazar planes para dar el golpe certero cuando fuese preciso. Lo haría sin prisas, se dijo, intentando atenerse a su estricto código de buena conducta, que se recitó a sí mismo, una vez más, por lo bajo y de memoria. El corazón le palpitaba como si fuese un motor ajeno a su cuerpo, doloroso y atormentado, mientras balbuce-aba por los pasillos brillantes y coloridos, arriba y abajo, sorte-ando a las patinadoras, los puestos de helados y golosinas y los repartidores de folletos de los stands publicitarios.

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1 PERSEVERANCIA. Nunca hay que dejar de abordar una empresa por cansancio o por miedo. Cada uno debe actuar de acuerdo a sus capacidades: si uno cree que únicamente sirve para robar chicles, se limitará a los chicles, pero una vez establecido un objetivo, no es posible rendirse; hay que perseguirlo hasta el final.

2 ESFUERZO. Para obtener éxito, hay que emplear todos los medios necesarios, sin exceptuar los que puedan resultar difíciles o incó-modos, y esto es así incluso aunque el objetivo no se corresponda en valor con los medios empleados. Así, si uno necesita dedicar toda la mañana para pillarse un simple cepillo de dientes, la empleará sin dudarlo, tenazmente, gastando cada uno de sus minutos y sus horas en tal empeño.

3 GENEROSIDAD. El producto obtenido del robo pasa a ser bien común de toda la sociedad; aunque en realidad cada miembro sea libre de quedarse para sí lo robado o de regalarlo a otros, sin que medien entre nosotros presiones ni sobornos. Rechi, como autoridad intelectual de esta sociedad, se adjudica a sí mismo el 22

compromiso de ser el más dadivoso de todos, lo que le supone entregar a los demás aproximadamente el 30% de lo conseguido en cada jornada.

4 ORDEN. Cumplir la obligación de registrar regularmente todos los logros y fracasos, con el fin de informar de ellos con puntua-lidad y contribuir al perfeccionamiento del grupo.

Rechi se detuvo a coger aire junto a un tiovivo luminoso con música estridente. ¿Estaban cumpliendo sus discípulos este compromiso? él creía que no, salvo Daniel cruces, que era sin duda el más honesto y capaz de todos ellos. En este punto, Rechi era especialmente estricto. necesitaba saber el importe final de lo robado, el tiempo empleado para ello –a poder ser contabilizado en minutos-, la proveniencia del material birlado –nombre de la tienda y sección; emplazamiento del producto-, las característi-cas de los impedimentos vencidos –incluyendo al personal, a los vigilantes identificados y de incógnito y a las cámaras de super-visión-, los tipos de alarmas, si las hubiere –clavos, etiquetas, códigos de barras, filamentos pseudoinvisibles- y los procedi-mientos empleados –utilización de ropa o bolsas para disimular, imanes, pegatinas, alicates, tijeras u otros artilugios para invali-dar las alarmas-, así como una autoevaluación, en una escala del cero al diez, del grado de satisfacción obtenido tras el proceso.

Evidentemente, no todos sus seguidores estaban siendo lo exhaustivos que él hubiera deseado. Rechi se mordió los labios.

Se sentía cansado. Aún quedaban por repasar los demás principios, que enumeró rápidamente, por aquello de la perseverancia: 5 CASTIDAD. Nada que nos distraiga; no hay nada bueno en ellas.

6 CULTIVO PERSONAL. Huimos del aspecto zarrapastroso del ladrón común y del vacío moral que infesta a la sociedad con-temporánea.

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7 INDIVIDUALISMO. Pues no existe la amistad; somos mónadas que giran y chocan aleatoriamente; nunca robamos en grupo ni en parejas.

8 VALOR DE LA PALABRA DADA. Nada de charlatanería bara-ta; hablamos siempre conscientes del peso de cada palabra que se vierte.

9 PRUDENCIA. Pues ser valientes no significa no medir y calibrar todos los riesgos.

10 TODO LLEVA AL SUICIDIO. Nada nos quedará después de todo; el ocaso vendrá cuando nosotros mismos elijamos que venga; la muerte jamás debe quedar sujeta a contingencia alguna.

Suspiró aliviado. Había terminado.

Rechi deshizo su camino nerviosamente y volvió a la sección a tiempo de ver cómo Julia Lombo recogía sus cosas. Se dispuso a seguirla hasta la calle. Sería interesante ver cómo se movía fuera de allí, para así ir conociéndola mejor, profundizando en la rutina de su insignificante personita. En ella, al fin y al cabo, se escondía la clave. Julia hacía el turno de mañana y Rechi sabía bien que era entonces cuando podría conseguir la chaqueta; por la tarde se duplicaba el personal en previsión de la mayor afluencia de clientes y todas las secciones de la Luxury&Trendy se convertían en bastiones inexpugnables. Haría falta prudencia, diligencia, perseverancia –se decía mientras caminaba, casi en estado hipnótico, tras Julia- y esfuerzo y valor de la palabra dada y todo lo demás, y sobre todo castidad, castidad, castidad y castidad; habría que repetirlo. Al fin y al cabo, tenía que admitir que Julia, vista por detrás, era increíble.

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Embriagado, terminó por perderla de vista en la planta tercera del parking. La luz plomiza del subsuelo sumió a Rechi en una tristeza profunda y desconcertante. Se apoyó en uno de los pilares y sintió vértigo. En su cabeza retumbaba el eco de la megafonía. Alguien llamaba a los padres de alguien. El propio Rechi se sintió perdido y desamparado, pero luego reunió fuerzas y siguió adelante.

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Los días siguientes Rechi estuvo rondando la sección, pero Julia cumplía tan tenazmente su papel de custodiadora del lujo que no pudo hacer nada salvo convertirse en una presencia sospechosa.

Su apelación a la sensatez le hizo ver que debía alejarse de allí por un tiempo, pero mientras estaba confinado en aquella renuncia voluntaria quiso lanzar en una incursión experimental a su más querido discípulo, Daniel cruces, que -aunque todavía inexperto-destacaba por acometer toda tarea con un entusiasmo ferviente.

Rechi lo animó a hacerse con una bufanda. Para ello, le explicó cómo él se acababa de llevar un par de guantes de piel, dos fras-cos de colonia de 200 mililitros, un paraguas y una camisa, todo de marcas de la Luxury&Trendy –y era rigurosamente cierto que lo había conseguido-. Daniel cruces se había animado a intentarlo, pero fracasó estrepitosamente. Según le contó después, Julia Lombo se había percatado enseguida de sus intenciones y, sor-prendentemente, lo había encubierto frente a uno de los vigilantes de seguridad. Todo aquello le indicaba a Rechi varias cosas: primero, que robar con una como Julia era mucho más difícil de lo habitual; segundo, que las cámaras en aquella sección no habían sido dispuestas como un mero objeto disuasorio, sino que un par de ojos reales estaban siempre tras ellas; y tercero, que debía esperar un poco más de tiempo antes de probar suerte con la chaque-26

ta, pues el estropicio de Daniel cruces habría puesto sobre aviso al sistema de vigilancia de toda aquella zona, comenzando por la propia Julia, de por sí tan exasperantemente precavida.

A pesar de la torpeza de Daniel, Rechi no hubiera podido ene-mistarse con él bajo ningún concepto. Sentía una profunda simpatía por aquel chico. Tímido hasta el extremo y con un complejo de Edipo galopante –que se acrecentaba día a día a causa del profundo mutismo de una madre distante y neuró-tica-, Daniel cruces poseía un talento natural cuyos límites él mismo desconocía. Le faltaban conocimientos precisos y experiencia, pero su visión científica de la naturaleza era de una coherencia pasmosa. Para él, todos los elementos vivos o iner-tes generaban energías valiosísimas que podían aprovecharse para los objetivos más dispares; el universo se explicaba mediante círculos concéntricos y el gran reto era, en realidad, aislar el eje, la yema, la médula del infinito; los componentes contrarios terminaban siempre por unirse en una realidad única e inquebrantable. Rechi y Daniel cruces sostenían a menudo largas discusiones, en las que intercambiaban elabo-radas teorías sobre el cosmos, pero jamás llegaban a conclu-sión alguna.

Poco después de su fracaso con la bufanda, Daniel cruces se había entusiasmado como un niño con una mantis religiosa que mantenía encerrada en un bote de nescafé. Rechi ignoraba con qué propósito la conservaba, pero sabía que, cualquiera que fuese este motivo, había de tener un sentido de innegable utilidad –aunque, como siempre sucedía, los planes de Daniel cruces nunca terminasen de cumplirse tal como él los había imaginado-. Rechi se hizo con una bolsa de arena para terrarios en la tienda de animales del centro comercial -tercera planT O D O L L E VA A L S u I c I D I O

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ta, junto a la tintorería- y le regaló también dos libros sobre insectos que Daniel cruces agradeció como de costumbre, con la mirada baja y el aire ausente.

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Rechi sabía que el día último, el del suicidio, Daniel cruces sería el único que lo acompañaría. nunca lo habían planteado en esos términos, pero Rechi intuía que bastaría una llamada para tenerlo a sus pies, incondicional como un perro. Rechi era consciente de que no podría contar con ninguno de los otros: marcelo martín era todavía demasiado inmaduro, puro nervio; Silvio ferri siempre fue, en el fondo, un cobarde; los hermanos Gómez Terrero no dejaban de comportarse como unos insurgentes en proceso de formación –Rechi auguraba, con acierto, que no tardarían mucho en pasarse a las filas del SccPP-; el pequeño Eduardín era incapaz de dar un solo paso por sí mismo; Tomás Leo, en cambio, era incapaz de dar un solo paso en compañía de nadie; Leonardo mesa, por último, parecía estar iniciándose en un misticismo que Rechi no conseguía ni pretendía entender. Así que, aunque aún parecía leja-na, la idea de contar en su final con Daniel cruces, el único compañero posible, lo reconfortaba.

En los días previos al robo de la chaqueta, Rechi se había afe-rrado a este pensamiento con frecuencia. Le daba fuerzas para continuar con sus planes. Dormía poco y mal y tenía pesadillas en las que grupos de uniformados –siempre de rojo- lo cer-caban y le aporreaban con bates de béisbol en la cara. También soñaba con cristales rotos, con cucarachas, con retretes atasca-dos y lavabos que rebosaban lodo, con carreteras solitarias y con incendios de llamas azules y naranjas, hermosísimas. Estas 28

imágenes lo habían acompañado siempre -con una fidelidad temible- en los momentos de sus peores crisis, aquellas épocas de dolor que no sabía traducir en palabras. formaban su particular cinematografía del terror.

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En el tiempo de espera hacia la chaqueta, Rechi no paró de robar ni un solo día. El centro comercial era una cantera inagotable de posibilidades; siempre había estímulos que seguir, nuevos retos, ideas geniales. con la fiebre de la chaqueta se hizo con una gran cantidad de artículos de valor; algunos los vendió muy fácilmente y otros los regaló entre sus discípulos. Paradójicamente, lo pillaron en el Vips con el botín más magro: un par de libros, un despertador digital de plástico y un puñado de chocolatinas desperdigadas entre los bolsillos de su gabardina. Rechi enseñó su carnet, dio un teléfono falso y escuchó, con aire contraído, la típica monserga displicente sobre la necesidad de crecer y pros-perar -que ya no era un chaval, que tenía que aprender a ganar-se la vida como un hombre de pro, etc.

— En realidad, yo querría ser como tú –dijo Rechi alzando la vista hacia el vigilante-, pero no he tenido oportunidades en la vida.

— Todo el mundo tiene oportunidades si las busca, créeme –con-testó el vigilante. Tenía una expresión profunda y triste y debía de tener más o menos la misma edad que Rechi.

— Yo no quiero robar –adujo Rechi con los ojos brillosos-, a lo mejor es que estoy enfermo.

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El vigilante lo midió con una mirada compasiva y le dejó ir sin más reprimenda. Rechi sintió un leve malestar; el vigilante no parecía ser una mala persona. Tal vez no había sido necesario burlarse de aquel tipo; otro cualquiera se habría endurecido más ante su ridícula actuación. De todos modos, volvería al Vips a robar la semana siguiente; para entonces era probable que a su misericordioso cazaladrones lo hubiesen largado a la calle, con su contrato semanal más que vencido. mientras tanto, había otros muchos sitios donde ir. Los días eran largos y empezaba la época de rebajas; la gente llegaba en tropeles exultantes y los sistemas de medición instalados en las puertas de welcome contaban por miles los visitantes cada día. Los cambios de etiquetación de las prendas, unidos a la llegada de nuevas hornadas de artículos, formaban tal tumulto que Rechi pensó que al fin se acercaba el momento de intentar hacerse con la chaqueta.

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Pero Julia Lombo seguía en su puesto, implacable. Los des-cuentos invernales habían llegado hasta para Armani –la chaqueta bajó a 490 euros- pero ella no rebajaba ni un ápice su vigilancia. Rechi se acercó al perchero una tarde, cuando Julia no estaba, y descolgó la chaqueta, una cualquiera, únicamente para tenerla entre sus manos. Enseguida vino hacia él una dependienta, carnosa y madura, batiendo sus pestañas. Aunque parecía menos diligente que Julia, Rechi sabía que no con-venía ser demasiado osado. Si bien Julia se comportaba como un hueso duro de roer, era preferible intentarlo por la mañana que arriesgarse innecesariamente por la tarde. Ser pillado con un artículo de tanto valor suponía ser procesado de inmediato, llevado a juicio, sancionado e incluso encarcelado. uno podía T O D O L L E VA A L S u I c I D I O

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exponerse por un bote de champú, pero nunca por nada pro-cedente de la Luxury&Trendy.

— Es una gran oferta, caballero -dijo la rolliza.

— Sí, eso creo -afirmó Rechi, y la colocó de nuevo en el perchero.

Ella sonrió con gesto de desprecio y Rechi se marchó embelesa-do. El tacto de la tela le había conducido a una especie de éxta-sis difícil de explicar. Por otro lado, confirmaba el peliagudo acceso a la prenda. Sobre el perchero lucía la lente de una de las cámaras y alrededor no había ningún recodo donde esconder nada. Pero aquella noche Rechi trazó su plan definitivo.

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Amaneció lluvioso. Rechi cruzó el aparcamiento bajo un paraguas plegable, que se curvaba continuamente con la ventisca.

Andaba convencido, excitado, cargado de adrenalina y de entusiasmo. Al cruzar la puerta automática tiró el paraguas a una papelera; era mejor actuar sin nada que le estorbase. mientras subía por las escaleras mecánicas se miró en el espejo y se atusó los cabellos. Tenía ojeras y la nariz enrojecida, los hombros cargados, grandes manchas de agua en su amplia gabardina. Aca-baban de abrir y aún no había demasiados clientes; tomó un café para hacer tiempo. Luego entró en la tienda con pasos rápidos: su experiencia le decía que las grandes zancadas disi-mulan mejor que los pasos cautelosos. Allí estaba Julia, tomando algunas notas en un cuaderno, sobre arreglos o pedidos o lo que fuera.

Rechi se acercó circunspecto al perchero. El resto del mundo giraba en torno a él, desbocado como un caballo salvaje, 32

ineludible. Sintió el sudor frío en la frente mientras cogía una de las chaquetas y la plegaba bajo su brazo, con lentitud calculada. Julia carraspeó y alzó ligeramente la cabeza, mirando hacia otra dirección, con aspecto tan concentrado que parecía estar calculando con suma exactitud los ingre-dientes de una pócima mágica. Después volvió a sus notas; Rechi se alejó poco a poco del perchero sin dejar de mirar hacia la lente de la cámara. no se había movido. Soltó la chaqueta en un anaquel más alejado, fuera del alcance de la vista de Julia y de la vigilancia de la cámara. Luego se dio una vuelta por allí, con aire tranquilo e inocente, para veri-ficar que nadie se estaba dando cuenta de sus planes. Julia volvió a levantar la cabeza y clavó en él sus vacíos ojos verdes, pero no lo vio. Solo cuando una señora de mediana edad, con chaqueta de tafetán y olor a madreselvas, se acercó a preguntarle alguna cosa, Julia despertó de su ensimisma-miento. mientras desplegaba su sonrisa y atendía solícita-mente a la señora, Rechi volvió a la chaqueta, la cogió con esmero y la dobló cuidadosamente, de modo que el clavo de la alarma y las etiquetas quedasen del lado no visible. Después se fue de la sección a paso tranquilo, fingiendo que la chaqueta bajo su brazo era una prenda de su propiedad. A través de un espejo vio cómo Julia extendía una camisa para extasío de la señora de tafetán. El corazón le batía en el pecho como en los viejos tiempos, cuando se inició en los porme-nores del robo. Ahora, su vida entera se encerraba tras el ritmo ligero y tenue de sus latidos.

Rechi bajó dos plantas en las escaleras mecánicas, se detuvo en la sección de juguetes para disimular entre los vehículos tele-dirigidos, se probó unas gafas de sol en la sección de óptica y olfateó varios perfumes en el dorso de su mano, manteniendo T O D O L L E VA A L S u I c I D I O

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todo el tiempo la chaqueta plegada sobre su brazo. Después subió por el ascensor –tres plantas-, cruzó la zona de lencería y se detuvo finalmente ante los enormes rollos de telas –sección mercería y baratijas-. Aquella era una zona tranquila, pero no debía merodear mucho por allí: su perfil no era el del comprador de botones, carretes de hilos y corchetes. La caja estaba vacía. Rechi cogió varios paquetes de cordones para zapatos, se acercó a la caja y soltó en el mostrador la chaqueta, con la alarma hacia abajo. mientras desenrollaba con una mano los cordones y fingía un interés desmedido por su longitud, empujaba estratégicamente la chaqueta con el brazo libre, hasta situarla lo más cerca posible del desprendedor.

Rechi miró alrededor. De fondo, retumbando con una cadencia amortiguada, se oía la voz de Luz casal. Estaba solo. Agarró la prenda y situó la alarma sobre el desprendedor. una vez: no se soltaba. Dos, tres; se puso nervioso. Al fin sonó el click necesario y salvador. Rechi recogió la chaqueta y los cordones, dio varias vueltas más mirando botones y broches y finalmente se alejó despacio, con sensación de ebriedad y de triunfo. Al descender de nuevo por la escalera mecánica vio que uno de rojo hablaba por su walkie sin dejar de mirarle. Alzó la vista a una cámara y notó cómo la lente se desplazaba para seguirle. caminó un poco más, indeciso, nervioso. más allá estaban las antenas de la salida; si pasaba de prisa tal vez podría escapar. Apretó los dientes y cruzó. Oyó una voz tras él, aceleró el paso y se dirigió al ascensor del parking. Planta tercera. Seguía sonando la voz de Luz casal, una armonía dolorida, acorde con su desesperanza.

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Rechi había sido prudente; había actuado con la meticulosidad de un experto. Solo una cadena de imprevistos podía explicar tan mala suerte. Tras una auténtica persecución de las cámaras del parking, había escondido la chaqueta bajo un todoterreno.

Para que no se manchase de polvo y gasolina –no hubiese sido una victoria llevarse así la prenda a casa- tuvo la precaución de meterla en una bolsa limpia que alguien había arrojado en una papelera. Subió de nuevo en el ascensor hasta la planta baja y allí, al intentar salir, lo detuvieron. Pasaron un buen rato regis-trándolo, arriba y abajo, delante de todo el mundo y también en el cuartelillo. Llamaron a uno de los de incógnito, al de la cámara, al jefe de sección. Todos aseguraban haberle visto con la chaqueta.

— Será una alucinación colectiva -dijo Rechi despectivamente.

— Bien, entonces será cuestión de un minuto que llamemos a la policía -amenazó con calma uno de los vigilantes.

Pero no podían hacerlo. Sin pruebas, nada era demostrable.

Intentaron acorralarlo de varias maneras, pero Rechi se conocía todos los trucos. uno de los de rojo llegó a alzarle la mano, exasperado por la serenidad de Rechi, una gota de sudor bri-llándole en la sien. finalmente tuvieron que dejarle ir.

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Rechi sabía que no podría ir a recuperar la bolsa enseguida.

Tampoco podía arriesgarse a que el dueño del todoterreno se fuese de allí y la dejase al descubierto, a expensas de cualquiera. Telefoneó a Daniel cruces, pero estaba muy lejos, posible-36

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mente sorbiéndose los mocos; tardaría más en llegar de lo que podía permitirse. Después llamó a marcelo martín –no lo cogía-, a Leonardo mesa –tampoco-, a Silvio ferri – tío, no me metas ahora en líos- y finalmente, desesperado, se fijó en un chino que parecía estar esperando a alguien en la puerta del Starbuck, mal vestido y con ojos febriles y agitados. Le dio diez euros a cambio de que le trajese la bolsa - no la abras, tío; si me la traes sin abrir te doy diez más-.

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El tiempo razonable de la espera se había sobrepasado hacía mucho. Rechi no mantenía esperanzas, pero se encaminó discretamente hacia el parking, con la cabeza gacha para no llamar otra vez la atención de las cámaras. En el lugar del todoterreno, ahora estaba aparcado un monovolumen gris, con pegatinas infantiles de micky mouse y del Demonio de Tasma-nia. no había nada en el suelo. un poco más allá se agitaba, muy levemente, una bolsa vacía. Rechi sintió romperse algo en su interior. Algo que dolía. Dolía mucho, aunque no tanto como para llorar. Sonaba, como un taladro desquiciante, una vieja canción de cat Stevens. Rechi detestaba aquella música.

Se metió las manos en los bolsillos y se fue muy despacio, pensando en si debía o no llamar a Daniel cruces ese día.

O esperar algo más. Tal vez únicamente un poco más. unos días a lo sumo.

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