la sobriedad del galápago

Mesa · Capítulo 6 de 6

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la sobriedad del galápago

Entomofagia

[VI]

Entomofagia

n Phoenix, Arizona, un grupo de estudiantes se emborra-Echa en una fiesta improvisada en casa de uno de ellos. Se han bebido las tres botellas de whisky que los padres del anfi-trión tenían reservadas en lo alto de un aparador de molduras recargadas, estilo chippendale. Ahora mezclan el ron que les queda con refrescos de cola y fuman marihuana tumbados en cojines en el suelo. Joanna cobo, de pelo negrísimo y ojos ras-gados, vuelca el contenido de su bolso sobre la mesa y rebusca con manos nerviosas, entre risas.

— Vais a alucinar, chicos. no sé cómo no os he enseñado esto antes –anticipa-. Lo compré para mi hermana pequeña, la muy golosa, pero creo que me lo voy a comer yo ahora mismito.

Aparta a un lado el teléfono móvil, un colgante en el que va prendido un bote de gloss, una cartera de charol rojo, dos paquetes de kleenex, algunos papelotes, y al final entresaca una bolsa de plástico llena de gominolas de colores.

— Guau, qué ricas –dice riendo una chica pelirroja y delgada, con los pies extendidos encima de la mesa, sin zapatos.

— Espera, espera que veas esto… -Joanna cobo abre la bolsa y selecciona una figura verdosa, enorme. La sostiene en lo E n T O m O f A G I A

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alto para que todos la contemplen. Es una golosina gigan-tesca, transparente, con la forma exacta de una mantis.

— Dios, qué asco… -exclaman varias voces a la vez.

Los chicos se pasan unos a otros la mantis de juguete y le esti-ran las patas y las antenas. Hay una ebriedad deformante en el ambiente que lo convierte todo en lógico y caricaturesco a un mismo tiempo. Entonces Joanna tiene una idea brillante.

— Grabadme mientras me la como. Luego colgamos el vídeo en internet y decimos que es una mantis de verdad.

Todo el mundo jalea a Joanna mientras actúa. Ella sabe bien cómo hacerlo. Lleva dos años estudiando en la Escuela de Arte Dramático y cuenta con no poca predisposición natural al fin-gimiento. con todo, graban la escena tres veces. En la última, Joanna sonríe y se contonea sensualmente mientras enreda la mantis entre sus dedos, le va arrancando las patas y después se la zampa en tres bocados, sin contemplaciones. La maneja con tal desparpajo que parece una mantis real, viva, que se menea-ra de verdad, desesperada y furiosa, entre las manos de la chica.

Es la misma Joanna la que se encarga luego de colocar el vídeo en internet. mientras maneja el ordenador, un chico le besa la nuca con aliento alcohólico, y ella se deja hacer. casi habla sola cuando propone a sus amigos una historia de fondo que expli-que el sentido de la escena.

— Voy a poner que me comí la mantis para obligaros a venir a misa conmigo. ¿Qué os parece?

Pero ya nadie le contesta.

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Veintidós días más tarde, a 8.995,3 kilómetros de distancia, Daniel cruces, un enamorado solitario y triste que vierte todas sus mustias esperanzas sobre una mantis encerrada en un bote de cristal, contempla el vídeo de Joanna una y otra vez, atraí-do y asqueado a un mismo tiempo. mira a su propia mantis a través del cristal y vuelve a la pantalla, hipnotizado. La noche cubre como un pesado manto frío toda la escena. un halo de desaliento se extiende por la tierra, un círculo que nace de la risa nerviosa y embriagada de Joanna cobo y desemboca en los ojos pálidos de Daniel cruces.

Hemos de suponer que todo vuelve a empezar de nuevo. Lo que aún queda por dilucidar es si, una vez más, todo será lo mismo.

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