la sobriedad del galápago
La mantis cautiva
[III]
La mantis cautiva
(Se trata únicamente de un vídeo. Un vídeo como tantos.
Un vídeo ligeramente repugnante y ni siquiera demasiado conmovedor. Pero ahí está. Siempre está.
Ese constante vídeo que alimenta cada una de mis pesadillas y mis delirios)
magínense: son las cuatro de la madrugada. Hace frío y Itengo insomnio. Envuelto en una manta, tecleo en mi ordenador: « mantis religiosa» + alimentación. El resplandor de la pantalla vibra en las paredes de mi dormitorio con un reflejo verdoso, como de agua. Ese resplandor es ahora la única luz que me ilumina.
Atlas Dr. Pez:: Mantis religiosa
nombre común: mantis religiosa, Santateresa o Rezadora. ...
Alimentación: Exclusivamente insectívora. Es un animal cazador al que debemos proporcionar...
World-Alive- << Mantis religiosa Alimentación: La mantis es un feroz y sigiloso depredador.
normalmente se sienta muy quieta y espera a que la presa se aproxime...
colección de fotografía –primer plano, rezando, mantis...
Primer plano, rezando, mantis, alimentación colección de fotografía por Polea Dot Images. fotosearch Banco de fotografías y de metrajes...
Blogs de Arizona / comer una mantis religiosa Esta chica debe comerse una mantis religiosa viva por una apuesta ¿Tú lo harías? compartir: del.icio.us . digg L A m A n T I S c A u T I VA
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Ahí lo tienen. El cuarto resultado de mi búsqueda. Es así el modo en que me encuentro, por primera vez, con el vídeo de Joanna, la chica de Arizona que devora con deleite un hermoso ejemplar de mantis religiosa. Y se la come viva, créanme.
Todavía está colgado; pueden comprobarlo si así les place, aunque sé que sus reacciones serán abismalmente diferentes a las mías. Aquella noche fría y sin estrellas no puedo dejar de mirar la escena una y otra vez, sobrecogido. meses después, solo con recordarla, sigo sintiendo una extraña mezcla de repulsión, de placer y de angustia. un estremecimiento terriblemente desazonador e inquietante. un hueco negro entre el esternón y la glotis. un golpe seco. En cambio, soy consciente de que si ustedes vieran las imágenes, posiblemen-te las olvidarían al minuto. Siempre sucede igual: hay un enorme foso entre lo que sienten los demás y lo que siento yo, como una concavidad que se extendiera entre mi existencia y la del resto del mundo.
Esta Joanna es una chica estupenda; quiero decir, una chica muy guapa, morena, alegre y pícara. uno puede imaginárse-la muy bien en otro tipo de vídeo; ya me entienden. Pero verla allí me sume en un profundo desconcierto. Quedo imantado por su sonrisa y sus ojos malignos, por sus dientes que mas-tican aquella mantis viva, AuTénTIcAmEnTE VIVA. Al principio pienso que puede ser un montaje, pero la escena parece TAn real y todo el mundo parece TAn fascinado con aquel vídeo –no hay más que leer los comentarios de censura y de admiración que han enviado decenas de internautas desde todos los rincones del mundo- que finalmente no dejo ni un resquicio para la duda: Joanna se ha merendado a aquel bicho sin más contemplaciones.
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Admitamos que no es muy habitual zampar insectos vivos –y menos aún de ese calibre- pero pienso: hay gente que hace lo que sea por dejarse ver. Y, en fin, nadie está libre de la extrava-gancia. Yo mismo tengo por aquel tiempo como mascota a una mantis encerrada en un bote de nescafé, una pequeña santateresa a la que consagro todos los cuidados y atenciones. En mi defensa, he de decir que mi mantis forma parte de un ambicio-so proyecto científico que nada tiene que ver con la entomofa-gia y que, de resultar exitoso, habrá de cambiarme la vida por completo.
Pero volvamos a Joanna. Según se dice, había apostado con sus amigos que tragaría una mantis si ellos accedían a acompañar-la a la iglesia. Es una extraña forma de unir gastronomía con religión, superstición con horror. con este vídeo se cierra -una vez más- un círculo perfecto: el hermoso y devoto insecto, devorador inclemente, es a su vez tragado por una belleza igualmente inmisericorde y piadosa –al menos, en lo que a la religión atañe-. Dibujo un círculo divino y terrorífico que me conduce a soñar obsesivamente con Joanna. Yo sé que no lo entienden, pero les aseguro que enfermo a causa de mi mantis.
El vídeo me excita y me desagrada a un mismo tiempo. Tengo pesadillas, alucinaciones y revelaciones casi místicas en las que yo mismo trago mi mascota o ella me traga a mí. Pero además, la imagen de Joanna llena de presagios nefastos mis proyectos científicos. Ella me revela que todos mis planes no son más que una acumulación de sinsentidos. De alguna manera, se convierte en un augur del fracaso.
no piensen que soy especialmente sensibloide ni sentimental, amante de los animales, señoritingo ni delicado. Puedo descuartizar un perro sin mayores problemas. Puedo ser cruel 48
cuando toca serlo, y puedo ser implacable y despiadado si un día se me antoja, aunque no haya especiales motivos para ello
–de hecho, cuantos menos motivos haya, más implacable y despiadado puedo llegar a ser-. Pero esto no impide que, cuando algo me perturba, me convierta en un ser extremadamente dolorido. Quiero decir que, si me rozan, puedo incluso sangrar en estos casos. Eso es lo que me ha sucedido con esta mantis: se ha convertido en un ser imprescindible para mí. urgente-mente imprescindible. He volcado en ella demasiada magia negra, o no sé cómo denominar a toda esa amalgama de curio-sidad, seducción y deseo que acumulo en torno a este insecto.
La imagen de una chica como Joanna tragándose una mantis idéntica a mi santateresa tiene que impactarme por fuerza.
Sin embargo, cuando se lo cuento a Rechi, él se ríe de buena gana ante mis narices. me asegura que ya conoce el vídeo y que es de lo más anodino y mediocre que puede encontrarse por internet. Nada impactante –me dice-, pero no te preocupes, te ayudaré a proteger a tu bicho de fieras como esa chica. Rechi conoce mis aficiones zoológicas, hasta el punto de que vislumbra mi fijación por la mantis del nescafé –incluso roba para mí una bolsa de arena para terrarios-, pero es incapaz de entender mi obsesión por ciertos habitantes de Arizona. El gran Rechi, con su cuerpo maltrecho, su rostro mortecino y sus ideales de sofisticación desdeñosa y desengañada, tiene siempre otros asuntos más trascendentes de los que ocuparse. Entre otros, luchar contra la vulgaridad que lo asola cada día, estrechando poco a poco su temible cerco en torno a todo.
no se lo digo -Rechi no aguanta bien los reproches-, pero mi mantis no necesita la tierra que él me regala. cuando espolvo-reo un poco sobre la base del bote -únicamente para hacer la L A m A n T I S c A u T I VA
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prueba- veo que la mantis la mira con desagrado, sin alterar ni un ápice su posición rezante. En la etiqueta de la bolsa puedo leer que está indicada únicamente para formicarios, y que ni siquiera es del gusto de todas las especies de hormigas.
Pero lo importante es el gesto; Rechi sabe que mi voluntad es hacer feliz a mi preciosa santateresa en su encierro, proporcio-narle todo lo que necesite, anticiparme en todo momento a sus deseos. Paso gran parte de mi tiempo cazándole bichitos ade-cuados –saltamontes, hormigas, arañas y chapulines- y observo con afán científico sus asesinos y voraces movimientos. me gusta contemplar cómo atrapa con sus largas patas flexibles a su víctima y la devora viva, sin preámbulos, con una lentitud gozosa y complaciente, exactamente igual al modo en que Joanna engulle su mantis una y otra vez en la pantalla de mi ordenador.
Por qué conservo esta mantis no es demasiado difícil de explicar; admito que para ustedes tal vez sí pueda ser difícil de entender. Todo comienza el día en que oigo hablar de un curio-sísimo experimento científico, una de aquellas tardes de navi-dad en que reúno fuerzas para ir a visitar a mi madre y, como no sabemos qué decirnos, nos sentamos en el sofá a ver documentales. Es en un reportaje sobre candidaturas a unos premios científicos donde escucho hablar de un tal Eugenio Grady, un londinense que ha conseguido utilizar las corrientes eléctricas generadas por el corazón de un minúsculo pez elefante. Grady –explica el documental- ha colocado en torno al pez multitud de conexiones que recogen y transportan la fuerza de sus latidos. Estas corrientes dan órdenes a un pequeño robot que, a su vez, se encarga de bombear el agua necesaria para el crecimiento de una planta muy verde y muy brillante. Es decir, el pez cuida –sin saberlo- de una planta y la 50
planta crece –también sin saberlo- gracias a los latidos del diminuto corazón de un pez.
— menuda tontería -dice mi madre-, con lo fácil que es regar la planta y punto.
Yo le arrebato el mando y le pido que guarde silencio. mientras aparecen en la pantalla imágenes de salamanquesas, sapos, hámsters y camaleones, Eugenio Grady habla de la posibilidad de extender el experimento hacia otros seres vivos. TODAS LAS
CORRIENTES ELÉCTRICAS SON APROVECHABLES Y PUEDEN SER
TRADUCIDAS EN ÓRDENES PRECISAS, asegura. fantaseo con la idea de que los latidos de mi corazón puedan dominar -sin que ella lo sepa- los movimientos de Julia, sus impulsos, sus pensamientos; un milagro si tenemos en cuenta que ella jamás piensa en mí. Decido que merece la pena investigar sobre este asunto.
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cuando acaba el documental, mientras mi madre prepara la cena de costumbre –su sopa de tomate, su aceitosa tortilla-, salgo a la terraza y bajo la luz lánguida de la farola descubro una pequeña mantis agazapada junto a los geranios. Permanece muy quieta, helada por el frío de la noche, inmóvil y elegante como una antigua efigie. La atrapo con cuidado entre mis manos ahuecadas y la meto en un bote de nescafé que cojo a escondidas, para que mi madre no me acuse, con su voz de ratón, de ser ya bastante mayorcito para jugar con bichos repugnantes. La mantis me mira con sus enormes ojos com-puestos y la triada de ojos sencillos sobre la frente y gira la cabeza para inspeccionar con aire de indignación su nuevo territorio. no sé qué pensarán ustedes, pero a mí, un insecto que es capaz de girar su cabeza 180 grados me produce un enorme respeto. La contemplo con admiración y cortesía. mi santateresa cautiva agita sus patas frontales, llenas de púas, con tanto vigor que sé que de allí puede partir energía suficiente para mucho más que para regar una simple planta. Únicamente tendré que ponerme en contacto con Grady, o con alguno de sus colaboradores, y preguntarles acerca del mejor modo de aprovechar esa corriente.
Pueden pensar que soy peligrosamente inocente; no serían los únicos. Aquellos que aseguran conocerme dicen que soy inge-nuo y que cada proyecto en el que me embarco es aún más des-cabellado que el anterior. Según ellos, he perdido absolutamente toda noción de realidad y cordura. Pero Rechi no piensa así.
él alaba mi ingenio, y afirma no haber encontrado a nadie con una inteligencia superior a la mía. El día en que le muestro los bocetos de mis máquinas y mis inventos –que nadie más ha visto-, Rechi clava en mí sus ojos acuosos y me dice que lo único que necesito es un mecenas, alguien que sufrague tanta L A m A n T I S c A u T I VA
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genialidad. con todo, tampoco a él le hablo de mis aspiraciones con la mantis. Tal vez, de algún modo, ya percibo ciertos aires de despropósito en mis planes. Además, supondría admitir mi flaqueza por Julia, a la que él detesta.
Para Rechi, Julia es la típica trabajadora bienpensante que considera su empleo como un compromiso de lealtad con la empresa y que, más allá de eso, no utiliza ni una sola neuro-na en nada que no sea teñirse el pelo, pintarse las uñas o leer libritos de autoayuda y feng-shui. Pero en eso Rechi se equivoca: Julia no es Eva Wilt. Además, yo la conozco infinita-mente mejor que él. no basta con rondar por la Luxury&Trendy, alrededor de la sección de Julia, horas y horas, vigilando sus descuidos, sus idas y venidas al servicio, sus movimientos, para ver cuándo uno puede pillarse algo.
Eso no es suficiente. Rechi jamás ha hablado con ella. Yo sí: aquel fatídico día de noviembre en que me descubre con una bufanda metida dentro del abrigo –lana de oveja merina, tono gris marengo, precio 212 euros-. Es ese el día en que comprendo que ella ensanchará mi mundo con una nueva dimen-sión, vertiginosa y todavía desconocida. Sepan que es el mismo Rechi, el mismo que la odia, quien me anima a hacer-me con la bufanda. me dice que podré venderla fácilmente y que no es complicada de esconder. una vez atrapada –me explica- solo es cuestión de buscar una sección tranquila, acercarme discretamente a una caja y desprender el clavo de la alarma. Luego, a la calle.
Es la primera vez que me voy a atrever a hacerlo. no a robar, sino a robar así, rozando el límite. A pesar de los reproches de Rechi -que me considera amarrado a lo que él llama ataduras gregarias-, únicamente me arriesgo a robar artículos limpios, 54
sin alarmas, o aquellos en los que pueden inutilizarse con más o menos facilidad. Pero aquel día me convence y, en ese estado de turbación, tan nervioso que me siento temblar como a merced del viento, actúo sin apenas pensarlo. cuando Julia está de espaldas, colocando no sé qué chaquetas en un perchero, agarro la bufanda y la meto en el interior de mi abrigo. Por desgracia, es más larga de lo que yo he previsto y no me doy cuenta de que me arrastra una punta por detrás. Julia se vuelve hacia mí y clava sus inmensos ojos verdes hacia la parte infe-rior de mi cuerpo. Al ver que sospecha, flaqueo e intento sacar-me la bufanda con disimulo, pero ella no despega su mirada de mis bajos. camino, lentamente y de espaldas, hacia un anaquel en el que soltar la dichosa prenda. En ese momento se acerca un vigilante de rojo, ligeramente vacilante. Veo cómo le pregunta a Julia con aire dudoso, pero sin dejar de mirarme, y cómo ella niega rápidamente con la cabeza, sonríe y le hace un gesto tranquilizador con la mano. El de rojo –un tipo calvo, zancudo, prognato- se marcha de allí, girándose para obser-varme una vez más, y comienza a hablar por su odioso walkie. Julia viene hacia mí muy seria:
— ¿Se puede saber qué pretendías? –su voz es aguda, metálica, casi chirriante.
Yo aseguro que nada, que nada de lo que parece, que todo ha sido un desgraciado malentendido.
— Qué cobarde. comprendería que intentases negarlo ante el vigilante, pero conmigo, después del cable que te he echado, ya podías ser un poco más sincero –. Habla como si hubiese quedado defraudada, en el tono cansado de una madre que riñe a su hijo. Después extiende la mano para que le entregue la bufanda. Yo se la doy y murmuro algo parecido a un agradecimiento.
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Aquel día hablamos un poco. Ella me pregunta el nombre y me pide el teléfono, por si hay algún problema y, como yo no sé entender a qué tipo de problema puede referirse, quiero pensar
–pienso- que algo en mí, lo mismo que le ha llevado a ser compasiva, le atrae. Le anoto mi número en el ticket de una cafetería –lo recuerdo con extraordinaria nitidez- y me despido con sensación de euforia y de triunfo. Sin embargo, cuando se lo cuento a Rechi, divertido y esperanzado, él ni siquiera mencio-na el loable comportamiento de Julia. Únicamente se centra en mi fracaso, en el desliz que ha supuesto no calibrar adecuada-mente la longitud de la bufanda, en el error de haber admitido mi intención de robo -algo que, según él, solo debe hacerse en casos extremos-. Y además, sentencia con solemnidad, ahora ya no podré volver por Armani Men nunca más. Después de tanto reproche, con un suspiro de resignación, Rechi me regala algunos dvds y un par de libros que acaba de agenciarse, como si de este modo tratara de compensar mi desengaño. Así es Rechi: generoso y entregado; exigente y severo. Pura fuerza en envoltorio débil.
Ya lo saben: Julia está en el origen de mis experimentos con la mantis. El objetivo: dominarla sin que ella lo sepa. Desde el día de la bufanda su imagen me persigue día y noche. La miro de lejos en su sección, mientras atiende a elegantes caballeros y dobla con extremo cuidado los delicados suéteres de angora, con sus pequeños zapatitos de tacón y su falda azul de dependienta eficiente. Yo sé que no debo rondar mucho por aquella zona; el vigilante calvo puede reconocerme y no siempre voy a tener la suerte de la primera vez. También sé que ahora me toca esperar: ella no me ha llamado todavía, pero tiene mi teléfono; es cuestión de tiempo. Y yo ya cuento con mi mantis en su bote, así que me retiro a mis investigaciones con vigor redoblado.
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En aquellos días tomo muchas notas en mis cuadernos sobre los movimientos de la mantis, sus reacciones, la forma de encoger y retraer sus largas patas, los imposibles giros de su cuello. clasifico todo aquel material según una estimación de las corrientes eléctricas emitidas. Así, la extensión media de una pata delantera equivale a un giro de la cabeza de 90º; la extensión completa de una pata trasera, en cambio, desprende una cantidad similar de energía al giro de 180º, el más riguroso y temible. Hago varios bocetos de su cuerpo, desde todos los ángulos posibles, y mido la longitud exacta de sus extremida-des, con el fin de evaluar los posibles modos de conexión con el robot. Investigo sobre Eugenio Grady, hallo la dirección de sus laboratorios en Londres y redacto varios borradores de cartas en los que le explico todas mis ideas (1. QUERIDO AMIGO: Sor-prendido por el aprovechamiento de la electricidad de su pez le sugiero experimento similar, aunque de mayor alcance, con una mantis; 2. ESTIMADO SR.: ¿Sufragaría mi intento de conexión de corrientes animales con voluntades humanas? 3. MUY SR. MÍO:
¿Admite colaboradores? Créame, mi ingenio –espero que no así mi ingenuidad- no tiene límites, etc.).
Pero a pesar de mi entusiasmo, intuyo que tarde o temprano habré de sumar, una vez más, un nuevo fracaso a mi lista de doradas ambiciones. mi santateresa comienza a languidecer en su prisión. Leo aplicadamente uno de los volúmenes más sesu-dos de entomología que he robado y trato de ajustar sus síntomas con posibles diagnósticos. Siguiendo las indicaciones de aquel libro, rocío las paredes del bote con agua cálida, para mantener la humedad y temperatura adecuadas. Varío su dieta: incluyo cigarrones y moscas, y dejo a un lado las hormigas, por aquello del ácido fórmico. Pero no noto mejorías.
Los movimientos de mi mantis son cada vez más lentos, ape-58
nas come y a veces cabecea arriba y abajo como si entonara sus últimas oraciones. En una noche en que me hallo particular-mente angustiado por su agonía, mientras navego por internet buscando algo que pueda orientarme, encuentro el vídeo de Joanna del que ya les he hablado. Aquello termina de truncar mis planes por completo. me paraliza sin remedio.
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Soy dado a pensar en círculos concéntricos y los dibujo una y otra vez en mis cuadernos como forma de aclarar ideas com-plejas. Pero aquella noche me siento confundido y comprendo que, a veces, la realidad se puede explicar mejor a través de la oposición de términos, en dos bloques de antónimos que se afirman mutuamente con la negación del contrario. Así que dibujo dos columnas: en una, sitúo a Joanna la voraz; en la otra, a Julia la valerosa. Julia me gusta, es ilusionante, dulce; Joanna es temible, inquietante, sensual. Julia me produce agradables ensoñaciones; Joanna me crea pesadillas. Julia es VIDA y Joanna significa muERTE. Entretanto mi mantis se debilita con distinción y parsimonia, como si Joanna, desde Arizona, hubiese podido acabar con su antigua fortaleza.
Transcurren unos días muy extraños y después, cuando menos lo espero y más hondo es mi desánimo, suena el teléfono, y es Julia.
— necesito quedar contigo –me dice directamente, tras identifi-carse, con voz temblorosa y frágil-; necesito que me hagas un favor.
— ¿De qué se trata? –contesto palpitante.
— una vez yo te ayudé a ti; ahora no puedes negarte –afirma con dureza.
Insisto en que me diga de qué se trata, pero ella únicamente me da indicaciones acerca del lugar donde debemos encontrarnos
– en el Snooker, susurra-, una especie de hamburguesería en las afueras de la ciudad, sobre las once. Julia lo ha organizado todo: me indica qué autobús debo coger para llegar allí, me ubica las paradas y luego cuelga, sin dejar de repetir que no podré negar-me a ayudarla, sea lo que sea lo que tenga que pedirme. Pero yo no siento ningún miedo. mis esperanzas se han reavivado.
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me arreglo antes de salir. me afeito con cuidado, me perfumo por entero y escojo la ropa que –al decir de Rechi, que no de mi madre- mejor me sienta. Antes de irme echo un último vistazo a mi mantis. Suspiro aliviado cuando veo que esta vez sí se ha zampado el pequeño cigarrón que cacé para ella un par de horas antes. Únicamente quedan restos de patas esparcidos por la base del bote; la santateresa, agarrada fuertemen-te a una ramita, parece dormitar mientras digiere su cena.
Pienso en Joanna y trato de escapar de aquella imagen ento-mófaga. Ahora las cosas van a cambiar, pienso. La mantis remontará la crisis y recobrará toda su salud y vigor, el experimento saldrá adelante y Julia quedará para siempre cautiva de mis deseos, a mis expensas.
La noche es fría y limpia, casi transparente. El autobús que me conduce al Snooker está vacío salvo por un par de colombianas que se adormecen a trompicones. Las fundas de los asientos están roídas por el tiempo, salpicadas de manchas de orín y de grasa. Pero mi corazón late alegremente y yo tamborileo con mis dedos en el cristal de la ventanilla, viendo las ráfagas de las luces de los vehículos que se cruzan con nosotros, en un baile de colores vivaz pero decrépito.
En el Snooker, un local contiguo a unos multicines y un bingo, han parado algunos adolescentes y un par de viajeros tardíos desviados de la autovía. Los camareros se mueven somnolientos entre las mesas y hay algo muy viejo en sus rostros, como si en ellos se acumulara todo el cansancio del mundo. Julia está sentada delante de una cocacola, seria y tensa, con los tendones del cuello marcados como cuerdas de un delicado instrumento. ni siquiera me saluda. En aquel contexto de plástico, bajo unos focos chillones e implacables, 62
Julia me explica sus propósitos de venganza hacia un tal fajardo, el gerente de la Luxury&Trendy, la cadena comercial donde ella trabaja y de la que acaba de ser despedida. Eso es todo. Entonces comprendo que sí había un círculo, que aquel día de la bufanda la misericordiosa Julia únicamente me había pedido el teléfono previendo la posibilidad de usarlo más adelante para un asunto oscuro como este. Pura practi-cidad, pienso, y le respondo que sí, que la ayudaré y que lo haré todo tal como ella me indique. Julia me da órdenes precisas y me hace jurar que le enviaré pruebas fehacientes de que todo se lleva a cabo según sus deseos. Le prometo que las tendrá. Para mí, ése no es el problema.
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nos despedimos y yo salgo primero del Snooker, un poco mareado, no sé si por el hambre, los nervios o el desengaño.
Sigo las instrucciones de Julia paso por paso, con la frialdad que se precisa para acometer este tipo de asuntos. La venganza se cumple en los términos estipulados. Después de esperar casi una hora el autobús nocturno -en un polígono desolado y vacío, con charcos de gasolina y cajas de cartón rotas, movidas por el viento- regreso a casa. Son las cuatro de la mañana. me arrojo en la cama y me duermo enseguida, con la pesada conciencia de mi cuerpo. Al poco tengo que levantarme para vomitar; me arde la frente y me siento recorrer el pulso por las sienes, por las muñecas, por los muslos. Luego vuelvo a dormirme.
cuando me despierto, ya de mañana, me acerco a ver a mi mantis cautiva. Intento calcular hasta qué punto ha tenido ella que ver con el desenlace de esta historia. Pienso otra vez en Joanna, la cruel, y ya no me parece tan contrapuesta a Julia, la aparentemente dulce. La mantis me mira con su pluralidad de ojos, las patas flexionadas para sus plegarias matutinas, el aire desconcertado. Aún parece débil. Desenrosco la tapa del bote y espero, pero ella no se inmuta; únicamente voltea varias veces su cabezota, a uno y otro lado, y permanece religiosamente inmóvil. finalmente introduzco mi mano, la agarro con firmeza pero con cuidado –ella se sacude, con un cansado afán de rebeldía- y la llevo al alféizar de mi ventana. miro los coches que recorren mi calle, la gente que camina solitaria, los carte-les publicitarios, las apagadas luces de neón, el cielo opaco, el espeso bosque de antenas repartidas por las azoteas. miro todo eso y luego la agarro en un puño y la arrojo hacia la copa del platanero que crece a unos diez palmos de mi ventana. Allí la veo caer, sacudirse, remontar por el tronco, volver a caer, pre-L A m A n T I S c A u T I VA
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cipitarse más rápido, detenerse y finalmente aferrarse a una rama, junto a un manojo de hojas nuevas y verdes, testimonio anticipado del fin del invierno. Debe de mimetizarse o algo así, porque al poco la pierdo de vista para siempre.
Después trato de no pensar en nada, ni en Joanna, ni en Julia, ni en los macizos volúmenes de entomología, ni en Rechi y la bufanda, ni en la conversación en el Snooker, ni en Eugenio Grady y sus experimentos con el pez elefante. Permanezco tumbado un buen rato en la cama, simplemente mirando al techo. cuando al fin decido levantarme, lo que hago es: 1. tirar el bote vacío de nescafé a la basura, con sus restos de arena y de patas de otros bichos;
2. tirar -también a la basura- todos mis cuadernos con las ano-taciones y bocetos de la mantis; y
3. telefonear a mi madre y decirle que, si le viene bien, esa misma tarde me pasaré a verla.
Pero ella ni siquiera muestra sorpresa, ni alegría, ni nada. Simplemente me dice que bueno, que ahí estará y después cuelga sin más palabras, como hace siempre. Esto sucede el pasado 6
de febrero. Hoy, 6 de marzo, un día luminoso y elástico, he leído en la prensa que Eugenio Grady se ha suicidado. Su viuda no da más explicaciones. Yo, en cambio, creo tenerlas todas.
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