La tempestad

Juan Manuel de Prada · Capítulo 2 de 16

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La tempestad

Capítulo I

Es difícil y obsceno soslayar la mirada de un hombre que se desangra hasta morir, pero más difícil aún es sostenerla e intentar zambullirse en el torbellino de pasiones confusas y secretos póstumos que se agolpa en sus retinas. Es difícil y laborioso asistir a la agonía de un hombre anónimo (pronto sabría que se llamaba Fabio Valenzin, traficante y falsificador de arte), en una ciudad inexplorada, cuando la noche ha alcanzado ese grado de premeditación o alevosía que hace de la muerte un asunto irrevocable. Es difícil y desazonante contemplar cómo se desangra un hombre sobre una calle nevada e intentar traducir las blasfemias extranjeras y quién sabe si embarulladas o reveladoras que masculla un segundo antes de morir. Es difícil e ingrato presenciar el derramamiento de una sangre que se escapa del pecho y no disponer de un algodón para restañarla, ni de palabras que sirvan de bálsamo o siquiera de viático, ni tampoco de ese rapto de decisión que se precisa para reclamar auxilio o avisar a la policía. Es difícil y desesperanzador escuchar los estertores de un hombre que va a expirar en mitad de una calle desierta, mientras el agua de los canales desfila como un ataúd dormido, y no poder alborotar al vecindario para demandar ayuda, o alborotarlo, pero obteniendo a cambio un silencio inhóspito que reverbera en la piedra. Es difícil y fatídico tropezarse con un asesinato en una ciudad abandonada de Dios y de los hombres y verse involucrado en su resolución, cuando uno ha viajado hasta allí con el propósito de dilucidar otros asuntos más amables. Hizo falta que Fabio Valenzin expirase

entre mis brazos para que yo cobrara conciencia de la fatalidad que me acechaba; pero la fatalidad iba a ensañarse conmigo, mientras Venecia fuese el paisaje de mis vigilias: a la presencia de la muerte se sumaría pronto la presencia abrupta del amor, ese otro cataclismo quizá más definitivo.

Había viajado a Venecia en busca de un cuadro que conocía a través de reproducciones fotográficas y de la profusa bibliografía de los especialistas, que durante décadas o quizá siglos habían aventurado hipótesis sobre su significado. Yo mismo había dilapidado mi juventud en la exégesis de ese cuadro, me había abismado durante años en el enigma de sus figuras y, después de arduas investigaciones y pesquisas, había asestado a la posteridad una especie de mamotreto o tesis doctoral, en el que incorporaba otra interpretación más a las ya existentes. Ese cuadro en el que había depositado mis desvelos se titulaba La tempestad, y lo había pintado Giorgione (si es que Giorgione existió, y no fue un mero aglutinador de espectros, como Homero), en las postrimerías de su existencia, allá por 1505. Quizá resulte superfluo describir la composición de La tempestad, pues la tradición iconográfica ya se ha encargado de reiterarla hasta el empacho. Sobre el fondo de una ciudad que conserva el aire fantasmagórico de las arquitecturas soñadas, y en medio de la campiña, vemos a la derecha a una mujer desnuda (pero hay un arbusto que mitiga el fulgor de su carne), amamantando con cierta voluptuosa tristeza a su hijo, indiferente a lo que la rodea, mientras a la izquierda un hombre ataviado según la moda de la época y con bordón de peregrino asiste a la escena, como un intruso que, sin embargo, hubiese disfrutado en el pasado de la intimidad y quizá de los favores de esa mujer.

No sabemos si la mujer es patricia o plebeya (la carne sin tapujos todo lo iguala), no sabemos si el hombre vigila o espía o pasea, pero sabemos, pues el paisaje lo sugiere, que

sobre ellos se cierne el oprobio de la incomunicación, el estigma de un silencio quizá más elocuente que los reproches o las excusas. A sus pies hay un riachuelo que desfila rumoroso bajo un puente de madera, y hay también unas ruinas que florecen entre la maleza, como símbolos de un amor demolido, y unos árboles que se encrespan y se agitan, rizados por un aire que presagia cambios atmosféricos; dominando el cuadro, vemos un cielo torvo, opresor, encapotado de nubes inmóviles, entre las que asoma, súbito como una cicatriz, un rayo que ya desencadena la tormenta, una tormenta ofensiva como el recuerdo de un pecado o la persistencia de un sentimiento reducido a cenizas.

En La tempestad, por primera vez en la historia de la pintura, el paisaje deja de ser un elemento meramente ornamental, para erigirse en síntoma o representación de ese amasijo de pasiones que acaecen dentro del hombre. El tema del cuadro, quizá demasiado críptico o alambicado, lo habían intentado descifrar los especialistas (también yo mismo) acudiendo a la mitología y a las identificaciones alegóricas, o bien a la incesante inspiración del santoral y los episodios bíblicos: se había afirmado que el cuadro representaba a Moisés rescatado de las aguas, al joven Paris alimentado por una osa bajo especie humana (aquí el relámpago y las ruinas serían una premonición del aniquilamiento de Troya), o incluso una versión mundanizada del descanso de san José y la Virgen, en su huida a Egipto; hipótesis más o menos verosímiles que no habían logrado difuminar la sospecha de que Giorgione hubiese querido camuflar con falsos hermetismos la inexistencia de un tema concreto, o la posibilidad de que simplemente aludiera a las tempestades que se desenvuelven en los paisajes recónditos del corazón. Yo había sucumbido, como tantos otros, a la fascinación de ese cuadro, lo había incorporado a la argamasa febril de mis

obsesiones, y había ido tejiendo una urdimbre de interpretaciones insatisfactorias, para ultraje de mis pestañas y perseverancia del insomnio. Después de casi cinco años dilapidados en el estudio de Giorgione, había querido visitar Venecia, para corroborar que la búsqueda de un significado había merecido la pena. Viajaba con ese mismo júbilo expectante de los novios que celebran sus bodas (pero yo había descartado las efusiones núbiles), con ese desasosiego trémulo que aflige a los profanadores de santuarios. Viajaba impulsado por esa secreta codicia que produce la resolución inminente de un misterio que nos ha hecho envejecer y nos ha sometido a fatigas impronunciables. Viajaba a Venecia con la convicción apenas susurrada de estar recuperando una juventud de la que ya sólo me quedaban algunos rescoldos. Quizá siempre viajamos en busca de esa juventud, aunque a la postre sólo cosechemos vejez, y desaliento, y más complicaciones de las debidas.

Enero descendía con rigor, como un cloroformo frío no exento de cierta placidez. Venecia se iba delineando al fondo bajo una coraza de nieve, sostenida en un costoso equilibrio que parecía anticipar su demolición. Una bruma viscosa se posaba sobre la laguna, se adhería como un crustáceo a la piedra y desdibujaba los contornos, otorgando a los palacios que flanquean el Gran Canal un aspecto de fábricas clausuradas, donde los desconchones de las fachadas semejaban llagas en la anatomía de un leproso. Algo tenía Venecia de leproso que se obstina en mantenerse erguido, cuando ya el veredicto de su extinción ha sido decretado, algo tenía Venecia de muerto que no logra disimular el acoso de la corrupción. Las farolas que iluminaban a cada trecho la Riva degli Schiavoni eran apenas retazos de una luz que se iba adelgazando en la niebla, como una sutilísima baba de caracol, a medida que el vaporeto hendía las aguas del Gran Canal, con ese rumor

de tartana exhausta que tienen los vaporetos en invierno, cuando el hielo se incrusta en sus motores y los hace renquear. El vaporeto, procedente del aeropuerto de Marco Polo, apenas transportaba a media docena de turistas solitarios y legañosos que habían renunciado a comunicarse entre sí, prolongando la somnolencia del viaje o contagiados quizá por esa tristeza irrevocable y muda que tienen las ciudades a punto de zozobrar; porque Venecia estaba a punto de zozobrar: el agua de la laguna había trepado a los malecones, había invadido el vestíbulo de los palacios y el atrio de los templos, había extendido su epidemia de cieno y oleajes mansos hasta los mosaicos de la basílica de San Marcos, que se recortaba al fondo como un mamut resignado a su suerte, con los cimientos reblandecidos por la humedad y las cúpulas panza arriba, respirando el aire oxidado de la noche.

Yo me había situado en la proa del vaporeto, abandonando la cabina reservada a los pasajeros, donde aquella media docena de turistas embotados cabeceaban su cansancio, y me había acodado sobre la barandilla, para refrescarme con la embestida de un aire que olía a algas ateridas. Desafiaba el frío con un optimismo prepotente, como si la ciudad se estuviese inaugurando en exclusiva para mí. Diez minutos antes, habíamos atravesado la isla de Murano con una lentitud exasperante, con un chapoteo amortiguado, como si la tripulación del vaporeto hubiese querido rendir tributo a tanta decrepitud: amarradas al muelle, había media docena de pequeñas embarcaciones que, mecidas por el oleaje, chocaban entre sí, como catafalcos que se tambalean, y los edificios de la isla, que quizá albergasen talleres de vidrio, tenían un aspecto de mausoleos proletarios (si la contradicción es admisible) donde se amontonan los cadáveres, después del azote de una epidemia. El fanal del vaporeto iba descifrando la oscuridad, desentrañando la niebla impronunciable con esa

temeridad del buzo que se adentra en un mar de sargazos.

Entonces, al principio de forma casi imperceptible, pero en seguida con tesón, empezó a nevar.

Quizá la nieve fue la primera señal disuasoria que me brindó Venecia, la primera intuición del infortunio que me aguardaba entre sus calles, un infortunio que iría germinando con la lentitud de las maldiciones, con ese mismo sigilo invasor con que la nieve caía sobre la laguna, cuajándose al instante, como si hubiese caído sobre una superficie seca. Yo contemplaba aquel fenómeno que desafiaba las leyes físicas con el mismo agradecido estupor con que los judíos debieron de acoger la lluvia de maná en mitad de su éxodo: no sabía que la nieve visitase las ciudades litorales (un tanto pueblerinamente, pensaba que era un patrimonio de la meseta), no sabía que la nieve pudiese descender sobre el mar y mantenerse intacta, sin llegar a derretirse. En apenas cinco minutos, la nevada se había hecho tupidísima, y la laguna quedó alfombrada de una blancura casta que el vaporeto deshonraba con su proa, a medida que avanzaba. Atrás dejábamos una estela de agua removida y muy negra, pero en seguida la nieve volvía a extender su piadoso manto sobre la desgarradura. Nunca había asistido a una nevada tan concienzuda, nunca había asistido al espectáculo desatado de una naturaleza que contradice sus propios códigos y nos instala en un ámbito de irrealidad. Nevaba sobre la laguna, nevaba sobre Venecia, nevaba sobre mí con una terquedad que tenía algo de premonición o advertencia, de anticipada fatalidad que no logré entender.

Horas más tarde, mientras sostenía el cuerpo exánime de Fabio Valenzin (pero yo por entonces ignoraba su nombre, y lo seguiría ignorando hasta que me sometieran a los primeros interrogatorios policiales), mientras escuchaba la respiración de su herida y contemplaba el penacho de vapor que brotaba del orificio donde se había alojado

certeramente la bala, mientras asistía con impotencia a su desangramiento (la nieve absorbía la sangre y la hacía desaparecer, como un delincuente escrupuloso que borra las huellas de su crimen), entonces sí, comprendí que Venecia había volcado sobre mí el maleficio que se reserva a los intrusos, pero hasta ese momento no tuve conciencia de estar infringiendo las fronteras de un territorio que no me pertenecía: me limitaba a contemplar con deslumbrado deleite el descenso de la nieve sobre Venecia, como pavesas de un incendio que, tras arrasar la ciudad, vuelven a caer, convertidas ya en ceniza. Y Venecia era una ciudad arrasada por mil incendios, reales o simbólicos.

A mi izquierda, poco antes de enfilar el Gran Canal, me pareció entrever la isla de San Giorgio Maggiore, con la iglesia de Andrea Palladio alzando frente a las inundaciones su campanario, como un mástil que ya intuye el naufragio.

Yo también debería haber intuido el desastre que me acechaba, pero el atolondramiento o la ingenuidad me impedían interpretar los avisos del cielo. No sabía que iba a ser testigo de un asesinato y que me iba a involucrar en una pesquisa policial, tampoco sabía que iba a enamorarme de la mujer equivocada (pero el amor no se elige, está regido por mecánicas celestes o inaccesibles a nuestra voluntad), mucho menos que ese amor abrupto y ese asesinato inexplicable abolirían para siempre al hombre que yo era y lo suplantarían por otro acaso más adulto, pero también más deteriorado por la perplejidad y los desengaños: crecer es deteriorarse. Yo pensaba ilusamente que las ciudades y las vidas ajenas discurrían sobre nuestra memoria sin imprimir carácter, como un agua que resbala inofensiva y apenas nos deja en la piel una frescura fugaz o un escalofrío, y tuve que viajar a Venecia para desmentir esta impresión. Nadie altera sus hábitos impunemente, nadie se inmiscuye en otras vidas sin padecer un contagio irreversible, nadie otorga a otro su odio o su amistad sin

recibir a cambio un cargamento de culpas y confidencias no deseadas y lágrimas retenidas. Nevaba sobre Venecia con esa terquedad que el cielo reserva para las ciudades que ha decidido derogar del mapa.

—San Marcos —anunció uno de los tripulantes, para despabilar a los turistas que no salían de la modorra o el desaliento.

Allí se erguían, junto al embarcadero, dos columnas monolíticas, sobresaliendo directamente del agua, puesto que la marea había querido apropiarse de la plaza más célebre del mundo, esa costosa pieza que, invierno tras invierno, se fundía con la laguna y amagaba con entregarse a ella, como una Atlántida que aún vacilase en su determinación. En lo más alto de las columnas descansaban, fundidos en bronce, el león alado de san Marcos y la estatua de san Teodoro, símbolos ostentosos de una dominación que había claudicado muchos siglos antes.

El acqua alta anegaba el embarcadero, construido con tablones más bien enclenques, y buscaba el cobijo del palacio de los Dogos, bajo las arquerías de columnas que formaban un encaje de piedra. Cruzaba la plaza, desde el atracadero hasta la Mercería, un largo pontón que permitía a los recién llegados atravesar a pie enjuto aquel escenario que la complicidad de la nieve y las inundaciones convertían en una visión casi submarina. Los tripulantes del vaporeto se despedían en una lengua impracticable, híbrida de dialecto veneciano e inglés macarrónico, y nos miraban con esa piedad resignada y fúnebre que suscitan los condenados a destierro, cuando se los abandona a su destino, en la playa de una isla que sólo frecuentan las alimañas y los navegantes sin brújula.

No quise dejarme vencer por esa sensación de ostracismo, aunque el recibimiento de una ciudad sumergida no contribuía precisamente a infundirme entusiasmos. Avancé con prevención sobre el pontón,

cuidando de no resbalarme; la nieve amortiguaba mis pisadas, y crujía bajo mis pies con una levísima crepitación, como un animal invertebrado que no se atreve a proferir un grito cuando lo aplastan (pero la nieve se repone de los pisotones, también de la sangre que se vierte sobre su blancura, como en seguida tendría ocasión de comprobar), y me transmitía una especie de remordimiento de conciencia, más o menos el mismo que debe de sentirse después de haber infringido una virginidad o abofeteado una inocencia.

La plaza de San Marcos, invadida por las inmundicias que la marea arrastraba, tenía ese aire expoliado y mustio de los salones de baile, a la conclusión de una juerga con invitados que se han emborrachado hasta el vómito y han sembrado el suelo de vidrios rotos. La marea llegaba hasta los soportales, penetraba en las tiendas desbaratando la mercancía de los escaparates y se reservaba su derecho de admisión en los cafés más exclusivos, esos cafés con pianola y molduras rococó que algunos literatos cosmopolitas se habían encargado de banalizar. Los propietarios de las tiendas y los camareros de los cafés (estos últimos con una mayor desgana, como corresponde a su condición asalariada) alargaban su jornada en labores de achique, pero lo hacían con esa enojada parsimonia de quienes cumplimentan un trámite o acatan una maldición bíblica. Eran las únicas personas que se avistaban en la plaza, y su presencia resignada contribuía a exagerar la desolación del lugar.

Y era aquélla una desolación infecciosa, una bienvenida agria que disuadía al viajero de proseguir su exploración. Yo llegaba a Venecia muy modestamente becado por mi universidad, sin otro salvoconducto que la dirección de un hostal decoroso (si por decoro se entienden sábanas limpias y un retrete no demasiado comunal) y una carta de presentación que, supuestamente, me brindaría la hospitalidad de Gilberto Gabetti, director de la galería de la

Academia, el museo que albergaba La tempestad de Giorgione, y quizá la autoridad más eximia en arte véneto, de Giovanni Bellini a Tintoretto. Prefería, en cualquier caso, la hospitalidad displicente de un desconocido al ninguneo que me habían infligido durante casi un lustro en la universidad, donde me había tocado, en los años de mi formación, ejercer de recadero para el catedrático Mendoza y reírle las gracias sin que me rechinaran los dientes, escuchar sus proezas amatorias y lamerle el culo en un alarde de tragaderas, pues de él dependía mi permanencia en el feudo académico. El catedrático Mendoza, que había dirigido mi tesis, era un riguroso observante de los privilegios que concede el escalafón, y no se privaba de encomendarme tareas denigrantes que aplastasen mi estima: tenía que entretener a los alumnos más estrepitosos o pelotas antes de que osaran irrumpir en su despacho, tenía que atender sus peticiones triviales, tenía que confirmarles la nota insatisfactoria del último examen parcial, que yo mismo había corregido. Muy de vez en cuando, el catedrático Mendoza, a modo de incentivo, me mandaba pasar a su despacho, me preguntaba rutinariamente por el estado de mis investigaciones y, antes de que yo acertase a farfullar una respuesta también rutinaria, me endosaba un par de sustituciones: el catedrático Mendoza viajaba mucho a la capital para asistir a congresos, intrigar en círculos de poder y repartirse entre la legión omnívora de sus amantes, y esta propensión al nomadismo lo alejaba cada vez más de sus obligaciones docentes. Durante años, como digo, había tenido que sufrir el despotismo del catedrático Mendoza, con el consuelo remoto de que algún día me haría el favor de promocionarme en el escalafón o recomendarme a un colega o amañar un tribunal de oposiciones (yo necesitaba imperiosamente un destino fijo), por eso no me asustaba en exceso tropezarme con la hostilidad de Gilberto Gabetti,

como tampoco me asustaba demasiado el recibimiento desabrido de Venecia.

El pontón se interrumpía bruscamente al desembocar en la Mercería, un dédalo de callejuelas donde se amontonan con una promiscuidad fenicia las boutiques más exclusivas con las tiendas de souvenirs, las librerías de viejo con las sucursales

bancarias.

El

pontón

se

interrumpía

bruscamente, pero no la inundación, así que me resigné a proseguir mi marcha hasta el hostal a través de aquel agua viscosa, apenas adecentada por una capa de nieve que se retraía a mi paso. Me empapé los pantalones hasta la altura de la rodilla (y eso que caminaba de puntillas, haciendo equilibrios malabares con el equipaje), también los faldones de la gabardina, y estropeé para siempre un par de zapatos que no estaban preparados para las excursiones fluviales.

Era lastimoso y ridículo aparecer de aquella guisa en una ciudad extranjera, pero las humillaciones corporales nunca afligen tanto como las servidumbres morales, en las que ya era un experto, después de un lustro de doctorado. En Venecia, la numeración de las casas no se restringe a los límites de una calle, sino que se extiende a todas las calles que componen un distrito (hay seis distritos en Venecia, y yo aún me hallaba en el de San Marcos, revolviendo esquinas y desandando callejones): también en su ordenación urbana ha querido esta ciudad ser excepcional, como lo es en su asentamiento y en la acumulación casi empalagosa de belleza. La nieve se había ido afinando hasta transformarse en cellisca cuando por fin me topé con el Albergo Cusmano, situado al abrigo de un soportal que más bien parecía un túnel en ruinas; había sobre el dintel un letrero fluorescente que emitía un zumbido poco tranquilizador, y las paredes del soportal, de un ladrillo desmigajado por la humedad, tenían un tacto reptil que hubiese espantado a otro viajero menos complaciente que yo.

—Buenas noches —farfullé con escasa convicción, seguro de estar formulando una inconveniencia.

La mujer que regentaba el hostal volvió la cabeza, requerida más por la campanilla que sonó cuando empujé la puerta que por mi saludo afónico, pronunciado además en un italiano detestable. Tenía una mandíbula altanera, unos ojos pardos y demasiado grandes, de mosaico bizantino, unas facciones inusuales, como de adusta exuberancia, y unos senos bajo el suéter negro a los que ya no convenía el calificativo de adustos. Vestía desaliñadamente, y, sin embargo, había algo de premeditado en su desaliño, pues no prescindía de unos zapatos de tacón, ni tampoco del carmín en los labios, que sí eran adustos, a diferencia de los senos. Aunque había alcanzado los cuarenta, se mantenía en ese estado de sazonada madurez que va asimilando las arrugas sin escándalo. Yo esperaba encontrarme con otra patrona menos distinguida (quizá con rulos y mandil), y me dejé vencer por un ramalazo incongruente de deseo, casi por una erección.

—Vaya nochecita —dijo ella, y miraba con piedad no exenta de grima mis ropas chorreantes.

—Tenía reservada una habitación a nombre de Alejandro Ballesteros.

Intentaba chapurrear un italiano que se me había quedado rudimentario y mohoso desde mis excursiones escolares, mochila al hombro, allá en la adolescencia. Ella, por antipatía o afán de distanciamiento, recurrió al inglés:

—Veamos.

En la alfombra del vestíbulo quedaba marcado el contorno de sus tacones, como diminutas herraduras que avivaron mi erección. Vista de espaldas, mostraba un culo en la frontera misma del exceso: la falda se le apretaba ignominiosamente en las caderas y estrangulaba sus glúteos, que imaginé ligeramente asimétricos y, desde

luego, blandos. Confesaré que me gustan los culos asimétricos y blandos.

—Sí, señor, aquí está. Le corresponde la habitación 107.

Permítame su documentación.

Detrás del mostrador había un calorífero con la resistencia incandescente. Las orejas me ardían, con el cambio de temperatura, y sospeché que no tardarían en hincharse con algún sabañón.

—Español —constató con una sonrisa que no desmentía la adustez.

Había pronunciado esa palabra en castellano, pero con ese líquida, como para mortificarme, y se había encogido de hombros (los senos se rebulleron en el suéter, quizá también fuesen blandos y asimétricos), lo cual me hizo sentir más estúpido o subalterno, como si no me bastase con el sambenito de las ropas caladas y la erección furtiva en un recodo del calzoncillo.

—Haga el favor de seguirme.

En el hostal no había ascensor (en Venecia están proscritos los automóviles y los ascensores), y las escaleras, tan angostas que apenas dejaban sitio para mi equipaje, estaban también alfombradas, como el suelo del vestíbulo: la dueña del hostal clavaba allí sus tacones sin miramientos, pero la alfombra no crujía ni crepitaba, a diferencia de la nieve que yo había hollado de camino hacia allí, quizá porque no había ninguna virginidad que infringir ni inocencia que abofetear. Subía los escalones sin contonearse (la falda le empaquetaba el culo), y sus pantorrillas adquirían una súbita musculatura que afinaba los tobillos y en cambio dilataba las corvas, donde la piel formaba hoyuelos, equidistantes de los que se le formarían en la juntura de la espalda con las nalgas. Reparé también en la depresión de su nuca, que el pelo recogido en un complicado moño dejaba al descubierto. El peligro de la

observación es que uno puede terminar pareciendo un manual de anatomía, pero mi oficio, que consiste en escudriñar cuadros durante horas, me obliga a ser observador.

—Justo enfrente tiene el servicio. En la habitación hay lavabo y teléfono —me iba instruyendo como el guía de un museo—. A ver si es de su gusto.

Quizá no fuese del gusto de un huésped insigne, pero cumplía las expectativas de un profesor ayudante no demasiado remilgado. El espejo del lavabo era raquítico y tenebroso y había perdido el azogue, y el colchón de la cama parecía muy combado por el uso (y no por un uso pacífico), pero a cambio la ventana ofrecía vistas a una plazoleta recóndita, iluminada con tacañería por un farol que albergaba dentro de sí un cementerio de insectos. El canal que circundaba la plazoleta no había llegado a desbordar su cauce, y sus aguas tenían esa tristeza longeva de las criaturas que han sido enjauladas. Justo detrás de la plazoleta se alzaba el campanario de la iglesia de San Stéfano, escorado hacia la derecha, como un faro que se rinde al oleaje.

—Perdone, ¿cómo se llama? —dije un poco a quemarropa, pero sin abandonar el inglés distanciador y diplomático.

La penumbra de la habitación agravaba las comisuras de sus párpados, y les añadía unas patas de gallo que no me disgustaron.

—Dina Cusmano —respondió con sorpresa o coquetería

—. Pero no veo...

La interrumpí antes de que recriminara mi osadía:

—Disculpe, sólo quería agilizar el trato.

Un segundo después de pronunciar esta frase ya me avergonzaba de haber introducido el verbo «agilizar», que

parecía proponer otras intenciones gimnásticas. Pero ella me lo perdonó, añadiendo motivos de intimidad:

—Si sale de noche, ésta es la llave del portal —y me indicó una más gruesa y reluciente—. A estas horas suelo cerrar, porque estoy sola y no aguanto en vela.

Había desdeñado el inglés, y recurría al dialecto veneciano, que en sus labios sonaba menos tosco, como una vaga reminiscencia del catalán.

—Yo duermo justo encima de usted. Si quiere puedo prepararle un café.

Quizá fuese ella la osada, y yo tan sólo un tímido contagiado de esa temeridad que proporciona el mareo de un viaje todavía reciente. Me retraje como un caracol en su concha:

—Déjelo, muchas gracias, estoy agotado, quizá mañana.

Salió de la habitación sin volverme la espalda (ni el culo), no sé si por delicadeza o mortificación. Creo que había deseado a Dina Cusmano como podría haber deseado a cualquier otra mujer, con esa lujuria indiscriminada que a veces nos fustiga a los hiperestésicos. Escuché el rumor amortiguado de sus tacones, ascendiendo un nuevo tramo de escaleras y recorriendo el pasillo también alfombrado de su vivienda, mientras me iba despojando de los zapatos que rezumaban una infusión de algas y de los calcetines empapados y de los pantalones que suscitaban grima.

Ahora las pisadas de Dina sonaban justo encima de mí, sin una alfombra que las mitigase, pero mi erección había remitido porque de repente los pies me escocían de puro anquilosamiento, y me entretenía acercándolos a la estufa, para sentir el cosquilleo grato del calor arracimándose en los dedos. Supe distinguir el golpeteo seco de los tacones sobre unos baldosines (Dina no compartía el retrete comunal con sus huéspedes), y también el chirriar de un grifo, y el chapoteo nítido que producía un líquido al chocar

contra la loza del váter. Era turbador, pero también placentero, saber que Dina estaba orinando, y más turbador aún sospechar que ella sabía que los ruidos se comunicaban a través de las paredes. Orinó con alivio o avidez, y sólo hacia el final entrecortadamente, un segundo antes de que se oyera el estruendo de la cisterna. Por la ventana se veía la torre inclinada de San Stéfano, y también la escritura de la nieve, una escritura monótona y cursiva que me ayudó a distraer la atención. Recordé entonces (aún no era medianoche) que había prometido llamar a Gabetti, el director de la Academia, para advertirle de mi llegada.

Marqué el número, que me sabía de memoria, y conté los tonos (hasta cinco) que se sucedieron antes de escuchar una voz al otro extremo de la línea; era una voz renuente y como fastidiada.

—Perdone, ¿hablo con Gilberto Gabetti? Soy Alejandro Ballesteros, el español.

Se hizo un silencio fricativo que apenas duró un segundo.

La voz de Gabetti sonaba algo deteriorada por las interferencias, como si cada palabra fuese un pisotón desconsiderado a la nieve que alfombraba Venecia.

—¡Por fin, Ballesteros! Me preguntaba si ese condenado avión no se habría dado la vuelta, a mitad de camino. ¿Ha llegado sano y salvo?

Su castellano era intachable y aristocrático, con una dicción que parecía aprendida en una escuela de oratoria.

—Sí, señor, el vuelo apenas se retrasó media hora.

Espero no haberlo despertado...

—En absoluto, en absoluto, querido —se me antojó impostado aquel tono de camaradería—. Precisamente ahora estaba leyendo los últimos capítulos de su tesis. Por cierto, ¿dónde se aloja?

Supe que Dina, la dueña de la pensión, se había acostado porque el somier de su cama recibió la carga de su

cuerpo con un quejido de manso desaliento, como un amante postergado que no se atreve a rechazar la visita intempestiva de esa mujer que lo traiciona con otros. Yo también me dejé caer sobre la cama (sobre la hondonada del colchón, debiera decir, para mayor exactitud), suscitando idénticas protestas en el somier. Desde aquella posición, con la cabeza reclinada en la almohada, la ventana sólo me mostraba un rectángulo de cielo con el campanario de San Stéfano al fondo, como un acantilado de pesadilla.

—El sitio se llama Albergo Cusmano, en el distrito de San Marcos, pero no puedo ubicarlo muy bien. Venecia es un laberinto.

Adiviné la sonrisa forzada o condescendiente de Gabetti: yo mismo era consciente de haber incurrido en un tópico bastante tosco.

—Ya. ¿Qué ve por la ventana?

Desde hacía unos segundos me había desentendido de lo que estaba ocurriendo fuera, y miraba con insistencia al techo, demorándome en las manchas de humedad que extendían una cartografía caprichosa, de contornos muy accidentados, sobre el encalado.

—Una torre inclinada, eso es lo que se ve.

Pero yo había cerrado los ojos, para imaginarme mejor a Dina, que se habría tumbado en la cama sin arroparse, boca arriba, y estaría examinando también las goteras de su techo. Quizá se hubiese despojado de la falda que mortificaba sus nalgas y del suéter negro que a duras penas lograba contener sus senos, y también del sostén y de las bragas, que habrían dejado impresionada sobre su piel la marca lívida de unos elásticos. Quizá estuviese regodeándose en la excitación que le producía saber que un hombre la imaginaba desnuda, con toda la noche concentrada en su pubis.

—Una torre inclinada —repitió Gabetti tras una pausa, con una aspereza que llenaba las palabras de aristas—. El campanario de la iglesia de San Stéfano. —Y cambió el rumbo de la conversación—: ¿Le he dicho que me ha gustado mucho su tesis?

—Seguro que exagera —contesté, ablandado por el halago.

—En absoluto, la exageración no figura entre mis estrategias. Al pan, pan, que dicen ustedes, los españoles.

—Achaqué su locuacidad al entusiasmo—. No estoy de acuerdo con alguna de sus conclusiones, pero el trabajo me parece soberbio.

Gilberto Gabetti era uno de los más venerados especialistas en arte véneto, si bien la veneración, casi pasmo, que le tributaban algunos compañeros de gremio, obedecía a un prestigio sustentado en la transmisión oral, más que a unos logros concretos en el campo investigador.

El inabarcable talento de Gabetti nunca se había recogido por escrito (despreciaba el trabajo de los exégetas, esa hojarasca bibliográfica que sepulta el arte hasta convertirlo en una disciplina muerta), y toda su sabiduría nacía de la impregnación, del contacto directo con las obras de los maestros.

—Ya he manifestado que estoy en contra de quienes se obstinan en aportar nuevas interpretaciones a La tempestad

—dijo con una dureza que me apabulló y me hizo dudar de la sinceridad de su juicio primero, pues el andamiaje de mi tesis doctoral se sustentaba, precisamente, en un esfuerzo de interpretación—. Giorgione fue el primer artista moderno, pintaba según las pasiones que le dictaba su ánimo, sin sujeciones a un tema previo. Recuerde las palabras de Vasari, que casi fue su contemporáneo: «Giorgione trabajó sin otra inspiración que su propia fantasía.» No veo por qué hay que buscar a toda costa símbolos y alegorías en sus cuadros.

Aunque había revestido sus afirmaciones de una cortesía que moderaba su dureza, el mensaje depravado que transmitían no dejaba resquicios a la duda: mis propuestas se le antojaban más bien majaderas o superfluas. Se me agolpó de repente todo el cansancio del viaje. Entonces sonó el disparo.

—¿Qué ha sido eso? —exclamé, incorporándome en la cama.

—¿Cómo dice?

Me asomé a la ventana, alargando hasta la tirantez el cable del teléfono. Enfrente del hostal, había uno de esos caserones o palacios que conservan su arrogancia intacta, a pesar del abandono de sus dueños; surcaba la fachada una balconada

de

arcos

con

pilastras

de

alabastro.

Sobresaltadas por la detonación, media docena de palomas desalojaron el caserón donde a buen seguro tenían su vivienda e irrumpieron en el aire gélido con un revoloteo confuso y casi sonámbulo, como de polillas cegadas por un fogonazo de luz. A veces chocaban entre ellas, y sus alas se enredaban tumultuosamente, y se desprendía de sus cuerpos alguna pluma que aprovechaba su descenso lento para camuflarse entre la nieve.

—Oiga, Ballesteros, ¿qué demonios pasa? —Gabetti me interpelaba con un mal contenido enojo, indignado por la interrupción abrupta de nuestro diálogo.

Desde el interior del palacio, alguien había arrojado un objeto brillante y circular (quizá una moneda, quizá una sortija o un pendiente) que trazó una estela enferma, como de meteorito que se extingue, antes de zambullirse en el agua inmóvil del canal y caer en el légamo del fondo, sobre un lecho de algas e inmundicias que se lo tragarían para siempre.

—Oiga... ¿No me escucha? —insistía Gabetti, que de la exasperación había discurrido hacia un tono suplicante.

—Sí, hostia —yo mismo me escandalicé del exabrupto, pero no rectifiqué—, le oigo de siete sobras. Pero creo que ocurre algo raro.

—¿Dónde? ¿Qué es lo que ha visto?

Omití alevosamente la visión fugaz y delatora de aquel objeto que aún conservaba su brillo en las retinas de mi memoria.

—Ver no he visto nada —mentí—. Sólo me ha parecido oír un disparo.

Había cesado de nevar, y la noche se replegaba en las azoteas de los palacios, como inmovilizada por un ensalmo, o cediendo su protagonismo a lo que iba a suceder. Algún carillón remoto empezó a pronunciar doce campanadas.

—¿Un disparo? ¿Está usted seguro?

El portal del caserón, enmarcado también en un arco de alabastro, se abrió pesarosamente, con esa reticencia que tienen las puertas a dejar escapar los secretos que albergan. En el umbral, apareció un hombre de fisonomía demacrada, como de pergamino, y mirada pavorosa, donde quizá se almacenasen los residuos de algún crimen sin castigo. Se tambaleaba con esa ebriedad aturdida que tienen los resucitados. Cuando distinguí la mancha roja que afloraba en la pechera de su camisa y le contaminaba las solapas de la chaqueta, supe que él había sido el destinatario de ese disparo cuyo eco aún infamaba mis oídos. Se había tapado el boquete del pecho con una mano que en seguida se agolpó de sangre y dejó escapar por los intersticios de los dedos unos goterones, a medida que el hombre avanzaba, pegado a la pared del caserón, por la exigua orilla que deslindaba el edificio del canal. No tardó en resbalar sobre la nieve y caer de bruces con un impacto sordo.

—Ya hablaremos, Gabetti —me despedí, y creo que no llegué a colgar el teléfono.

Salí en estampida de la habitación, y mientras bajaba las escaleras, al notar el tejido aterciopelado de la alfombra bajo las plantas de mis pies, reparé en que estaba descalzo y en calzoncillos (ya no erecto, afortunadamente). Dina había dejado encendido el calorífero en mitad del vestíbulo, y la temperatura allí tenía un espesor de fragua, todo lo contrario que en el exterior, donde la respiración se coagulaba, recién abandonados los pulmones, y la nieve me acribillaba los pies. El desconocido boqueaba al otro lado del canal, ahogado por la sangre que ya le trepaba a la garganta, y de su herida todavía brotaba un hálito de vida, un penacho de vapor que quizá fuese el espectro de su alma.

—Espere, que voy —dije absurdamente, antes de aventurarme en el agua podrida del canal, que me cubría hasta la altura de las tetillas, y me las erizaba.

Era más fácil desenvolverse en el agua descalzo y en calzoncillos, pero el cieno del fondo tenía una consistencia execrable, un tacto de fauna abisal, y se iba removiendo a mi paso, y me envolvía con su corrupción. Crucé el canal en pocos segundos, pero la repugnancia que dejó instalada en mi piel duró varios días, impermeable a las restregaduras del jabón. El desconocido había aplastado con su mejilla el charco de sangre que la nieve se encargaba aplicadamente de aspirar, y me miraba con estupor o extrañeza o abatida gratitud, como se mira al samaritano que llega demasiado tarde a ofrecernos su auxilio, y yo lo incorporé apenas unos centímetros, recogiendo su nuca entre mis manos, para que no se ahogase en su propia sangre. Tenía un rostro afilado, y la palidez lo afilaba aún más, hasta hacerlo traslúcido, y vestía con ropas caras, quizá demasiado caras para malgastarlas como mortaja. Yo hablaba sin parar, le hablaba en un susurro, para apaciguar su agonía, como se apacigua con una nana el desvelamiento de un niño, como se apacigua con mentiras la suspicacia de una amante,

hablaba sin parar para apaciguar mi propio nerviosismo, y él me miraba con una fijeza casi azul, con pupilas que se iban endureciendo en una esclerosis que anticipaba el rigor que luego se apropiaría de él, cuando ya fuese cadáver.

—Vamos a llamar a la policía, ¿eh? Vamos a llamar a la policía y a la ambulancia.

Hablaba por hablar, no se me ocurría otra forma de llamar a la policía que no fuese a grito pelado, suponiendo que la policía de Venecia patrullase por los canales, que ya era mucho suponer. El desconocido se desabotonó la camisa de un zarpazo (los dedos se le crispaban, y el ramaje de sus venas se abultaba bajo la piel de pergamino), y dejó al descubierto el orificio de la bala, que alguien le había disparado a quemarropa, quizá apoyando el cañón de la pistola en el esternón. La herida respiraba como una boca autónoma (su respiración también se coagulaba), y bombeaba una sangre epiléptica, al ritmo de las contracciones de un corazón que estaría hecho jirones, pero que aún ejecutaba su misión por inercia.

—La hostia puta —dije. Las palabras son como la sangre que se derrama a borbotones y sin sentido de la medida—.

Me cago en la hostia puta, qué hago, joder.

El farol arrojaba una luz impertérrita sobre el canal, y el canal arrojaba un reflejo ámbar y ondulante sobre la fachada del palacio, sobre las ventanas de celosía que se abrían en el piso inferior. A una de ellas se asomó fugazmente un rostro de blancura abominable, con los ojos huecos y una nariz como el pico de un pajarraco, que se embozó con una capa antes de adentrarse otra vez en la tiniebla: fue una visión insensata que no podía corresponderse con una figura humana, salvo que las paredes de aquel caserón custodiasen un monstruo de las mitologías. Como la temeridad no figura entre mis virtudes, deseché la idea de perseguirlo, aunque escuché con nitidez su huida por la parte trasera del edificio, escuché su carrera

sobre la nieve, una carrera sin remordimientos, porque después de perpetrar un asesinato no debe importar demasiado infringir una virginidad o abofetear una inocencia. Grité, para repudiar la congoja:

—¡Dina, despiértese! ¡Hay que llamar a la policía!

El desconocido manaba ya una sangre de alquitrán, ese último depósito que permanece anclado al fondo de las vísceras, y se aferraba a mis brazos sin consideración, me clavaba las uñas y me iba sembrando diminutas magulladuras, porque apretaba con esa fuerza del paroxismo. Me irritaba que aquella situación se prolongase indefinidamente:

—¡Dina, despierte! —Mi voz sonaba rasposa al paladar—.

Y usted, dígame quién ha sido.

Lo zarandeé también sin consideración, pero a sus labios sólo acudía un vómito de sangre entremezclado de blasfemias. Dina había encendido la lámpara de su cuarto y empujado las contraventanas de madera que le obstruían la visión de la plazoleta; también ella, como las palomas sobresaltadas por la detonación, padecía los estragos de un sueño que aún le abotargaba el entendimiento. El moribundo extendió su mano derecha a un palmo de distancia de mi rostro (las venas ya no abultaban tanto, y habían adquirido una coloración verdosa), separando los dedos hasta descoyuntarlos: en el anular aún perduraba un círculo de lividez, la marca de una sortija que alguien le había arrancado abruptamente. El boquete del pecho había dejado de respirar y su cuerpo (su cadáver ya) se aflojó, anulando todas las resistencias. Sólo los ojos insistían en su fijeza azul.

—¿Llamo a la policía?

Dina aguardaba mis instrucciones encaramada casi en el alféizar, desdibujada por el horror y el acoso inminente de las lágrimas. La tela del camisón (yo la había imaginado

desnuda, unos minutos antes, con toda la noche concentrada en su pubis) apenas velaba el temblor de su carne.

—Ya no corre prisa —dije, y me froté la sangre ajena en la camisa, la sangre todavía caliente que actuaba como un bálsamo contra el entumecimiento.