La tempestad

Juan Manuel de Prada · Capítulo 8 de 16

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La tempestad

Capítulo VII

Tantos años rehuyendo las biografías ajenas, tantos años renunciando a compartir el pasado de mis interlocutores, tantos años a la defensiva, evitando que los otros pusieran en funcionamiento los engranajes atroces de su memoria, tantos años procurando soslayar ese lastre de confidencias que se arroja sobre nosotros al menor descuido, se iban ahora al traste. Como mis percepciones no son del todo fidedignas ni concordantes con la realidad, como mi temperamento es por naturaleza irresoluto y mis sentidos tienden a la divagación, había aceptado hasta entonces las versiones interesadas como verdades irrefutables. Esta credulidad me había eximido de adoptar decisiones costosas, me había mantenido ileso en un mundo demasiado habitado de escollos, aunque, en contrapartida, me hubiese convertido en una especie de navío sin brújula, a merced de timoneles caprichosos. Ahora, después de escuchar a Chiara y a Giovanna Zanon, descubría que la verdad depende siempre de la perspectiva de quien la formula, descubría que la verdad particular de cada uno puede falsear los hechos o no entenderlos o desvirtuarlos en su beneficio, descubría que nadie es infalible ni omnisciente

ni

siquiera

bienintencionado,

y

este

descubrimiento me afianzaba en la suspicacia, que quizá sea un estado perfecto de lucidez, además de un estado constante de desesperación.

Mientras Chiara se vestía, fui recapitulando mentalmente las obligaciones que había postergado desde mi llegada a Venecia: la visita al museo de la Academia, el rescate del

anillo, la recuperación de mi equipaje, el descerrajamiento de la maleta donde quizá Fabio Valenzin guardase sus expolios. Fue una recapitulación sin premiosidad (no importaba demasiado retrasar esas obligaciones, Venecia suspende los acontecimientos y ralentiza el tiempo, lo estanca y convierte en una sustancia pastosa como los sueños), que alterné imaginando los dilemas de Chiara ante el ropero, su elección premeditada de unas prendas en detrimento de otras que se quedarían enfurruñadas o resentidas en la percha, sin poder satisfacer su codicia ni quebrantar su celibato. Como esas prendas descartadas, yo también era codicioso y célibe.

—Espero que vayas bien preparado —me advirtió Chiara, y al principio no supe sí se refería a mi indumentaria, más bien cochambrosa—. Gilberto te va a someter al tercer grado.

—¿Cómo que al tercer grado?

—Te obligará a defender tu interpretación de La tempestad, y luego te la irá rebatiendo, punto por punto, hasta dejarte sin argumentos. Es su estilo, no deja títere con cabeza.

Pero a mí ya me había decapitado mucho antes, después de nuestro encuentro en la prefectura de policía. Jugué a hacerme el invulnerable:

—Veremos quién ríe el último —dije—. ¿Tú con quién vas?

Antes de que pudiera precaverse, la atraje hacia mí y la besé en los labios, ya no en las comisuras ni protocolariamente, sino más bien con un beso indagatorio que buscaba la llamada indescifrable de sus dientes.

—Yo tengo que mantenerme neutral. —Soltó una risa que fue derivando hacia el susurro a medida que sus labios perdían neutralidad, como habían perdido su sabor a lanolina después de la ducha—. Sólo voy de espectadora.

Abarqué su rostro entre mis manos, como un vasto incendio que compendiara todas las hogueras del deseo, y la besé en la frente donde ya latían las arrugas, la besé en las sienes, que le palpitaban con una fiebre recóndita, la besé en los ojos campesinos (pero por encima de los párpados) y en la nariz escorada y en las mejillas que más de una vez habrían acogido el itinerario insistente de las lágrimas. Deletreaba su rostro y tenía la sensación de estar enumerando caóticamente el mundo.

—No debemos hacerle esperar —dijo—. Cuanto más tardemos, más se cabreará.

Y en la travesía por el Gran Canal, montados en el taxi acuático que nos llevaba a la Academia, mientras el motor de la lancha rasgaba las aguas con precisión de escalpelo, llegué a creerme dueño de una callada música que acababa de aprender en los labios de Chiara y que reverberaba en las fachadas de los palacios, también bajo la arcada del puente de Rialto, y en la desembocadura de los canales afluentes, donde el agua intensificaba su chapoteo. Venecia se había salvado, un año más, de las mareas, pero aún no parecía repuesta del amago de naufragio: había en su respiración ese jadeo húmedo del ahogado que retorna a la vida con los pulmones encharcados de pólipos. Sólo los campanarios alzaban su envergadura en medio de tanta postración.

—¿Habías estado antes en la Academia? —me preguntó Chiara.

Había entrelazado su mano con la mía, en un gesto nada neutral, sus dedos se arracimaban en los intersticios de los míos, como la cera se adapta al molde, en un gesto que me envalentonaba, antes del enfrentamiento dialéctico con Gabetti. Denegué con la cabeza.

—Te parecerá un museo en miniatura, comparado con el Prado —dijo—. Precisamente, sus dimensiones modestas lo

salvan de los rebaños de turistas. Fue creado por decreto de Napoleón, durante la dominación francesa, y abastecido con pinturas procedentes de la desamortización.

Contemplé el perfil de su rostro, erosionado como el de Venecia por las sucesivas invasiones de hombres que la habían venerado o mutilado moralmente, pero inasequible a su dominación. Los extranjeros se habían agolpado sobre Venecia y la habían arañado con sus zarpas, o se habían obstinado en redimirla de su decadencia, pero Venecia se mantenía fiel a su designio, que no era otro que el de hundirse grandiosamente en la laguna, para convenirse en un cementerio submarino con palacios como mausoleos y grandes plazas para que paseen los muertos. Hubiese querido exonerar a Chiara de ese designio, pero Venecia era un contrincante irreductible. La galería de la Academia había sido levantada sobre un antiguo convento lateranense, con ese desparpajo que tiene la arquitectura laica en tiempos de descreimiento; sobre la fachada habían empotrado, a modo de excrecencia, una portada neoclásica que rechinaba al lado de la iglesia de planta gótica. Un pontón facilitaba el acceso a la Academia desde el embarcadero.

—Ahí tienes a Gilberto, dispuesto a darte una lección —

me susurró Chiara cuando el taxi acuático ya atracaba.

Desenganchó su mano de la mía, como impelida por un resorte—. Espero que no te dejes acoquinar.

Gabetti atravesaba el pontón, como un anfitrión obsequioso que recibe a sus invitados en el atrio de su palacio, aunque luego se disponga a servirles un banquete con comida envenenada.

—Bueno, Ballesteros, ha llegado el gran momento —me saludó; aunque se abstenía de sonreír, el cuerpo se le columpiaba dentro del traje—. ¿Trajiste la linterna, Chiara?

Un chorro de luz deslumbró a Gabetti cuando nos tendió su mano para ayudarnos a desembarcar; dirigió a Chiara una mirada a mitad de camino entre la devoción y la reprimenda:

—Ya está bien, ya está bien —protestó sin ira, protegiéndose con el antebrazo—. ¿O es que quieres dejarme ciego?

—¿Ciego tú? —Chiara se descacharraba de risa—. El día que te quedes ciego todos los cuadros de Venecia se pondrán de luto.

Gabetti agradeció sin palabras el piropo: ya no quedaban residuos de reprimenda en su mirada.

—Es usted un privilegiado, Ballesteros —me sermoneó mientras cruzábamos el pontón—. Va usted a ver La tempestad en un museo despoblado de visitantes, con nocturnidad y alevosía. La tempestad, cuyo significado le ha sido escamoteado a los especialistas más sesudos, se entrega a usted, como una virgen en el tálamo. ¿Qué más se puede pedir?

—Se puede pedir que no seas tan retórico —lo amonestó Chiara, violando su promesa de neutralidad.

En el zaguán de la Academia había charcos como restos de una naumaquia: durante los últimos días, los empleados del museo, comandados por Gabetti, habían sostenido una pugna heroica con las mareas, a las que habían hecho claudicar. Se respiraba allí el olor narcótico y liberador de la lluvia cuando empapa la piedra; en un recodo del vestíbulo, como vestigios de una refriega, se amontonaban las escurrajas de la inundación: algas que aún destilaban un licor cenagoso, y también otras menudencias que los venecianos desaguaban en el Gran Canal.

—Les he dado la noche libre a los vigilantes —dijo Gabetti con esa despreocupada perfidia del funcionario que se salta los reglamentos—. Estaban los pobrecitos para el

arrastre, llenos de agujetas, y con unos catarrazos que van a tardar en curar. Les pagan una birria, pero cuando hay que achicar agua, arriman el hombro como el que más.

Gabetti se había apropiado de la linterna y nos alumbraba el camino y las paredes florecidas de hongos.

Estábamos subiendo unas escaleras que conducían a la pinacoteca, y nuestros pasos se redoblaban en las esquinas con un eco furtivo, no sé si delincuente.

—¿Quiere decir que ha dejado desprotegido el museo? —

pregunté con legítimo escándalo. Yo, a diferencia de Gabetti, era muy puntilloso en la observancia de los reglamentos—. Eso es una irresponsabilidad.

Busqué la aquiescencia de Chiara, pero sólo obtuve su encogimiento de hombros. Gabetti rió con una desfachatez no exenta de soberbia:

—Encima de que le concedo el privilegio de visitar el museo sin testigos... —Y se rindió a la nostalgia—: Ahora que Fabio nos ha dejado, ya no quedan ladrones de fuste en Venecia.

Aún atisbé por el hueco de la escalera el rectángulo de noche que se colaba a través de la puerta principal, expedita a cualquier paseante o ladrón intempestivo.

Atravesábamos una sala con techo artesonado, reservada a cuadros del Trecento, vírgenes hieráticas que revelaban influencias bizantinas, trípticos que narraban episodios hagiográficos, con fondos sobredorados y una labor de marquetería que distraía la atención de la pintura y la desviaba hacia los marcos. Gabetti hacía zigzaguear la luz de la linterna sobre aquel santoral profuso, como un padre que comprueba el sueño de sus vástagos. En las salas contiguas, el Quattrocento estaba representado por Piero della Francesca, Andrea Mantegna y Cosmé Tura, entre otros: las figuras ganaban en expresividad y también en morbidez, la perspectiva empezaba a intervenir en las

composiciones, y el fondo de los cuadros ya no se resignaba a esa monocromía de los iconos.

—Como comprobará, en la Academia somos muy respetuosos de la ordenación cronológica — me aleccionó Gabetti—. Si los especialistas en arte no fuesen tan zotes y emplearan un poco el sentido común, si no se enfrascaran tanto en el estudio de un solo autor o una sola obra y se apartaran las anteojeras, se darían cuenta de que en pintura nada se inventa de golpe.

Sus peroratas no requerían destinatario, o si lo requerían era tan sólo para apabullarlo con su inteligencia afiladísima, pero supe que las dirigía a mí, calibrando mi debilidad, como los maestros de esgrima lanzan un ataque de glisada, para que el espadachín primerizo se ponga en guardia aturulladamente y desguarnezca los flancos. También el edificio de la Academia tenía desguarnecidos los flancos, y cualquier allanador podría asaltarlo a placer.

—La verdad, no creo que sea ése mi caso —dije.

—El paisaje, por ejemplo —continuó Gabetti, que ni siquiera me había brindado la posibilidad de defensa, según un grosero principio de ostentación verbal—. Los exégetas de La tempestad ponen los ojos en blanco y exclaman arrobados: «¡Oh, aquí se inventa el paisaje! ¡Aquí la naturaleza adquiere protagonismo!» Mamarrachadas. El paisaje no es fruto de una invención puntual, sino el resultado de un larguísimo proceso. Los pintores flamencos y tudescos empezaron a desarrollar un gusto por los fondos exóticos, y esa moda no tardó en ser importada a Italia. Los clientes que encargaban cuadros a Giotto o Mantegna exigieron que sus encargos recogieran la moda, y muy poco a poco ese fondo secundario fue erigiéndose en tema central del cuadro. Fíjese en esta Piedad de Giovanni Bellini, por ejemplo: es un cuadro diez años anterior a La tempestad, aproximadamente; en él, el paisaje ya cobra un protagonismo que, para la época, casi resulta irreverente.

Detrás del Cristo exánime y macilento, detrás de la Virgen anciana que lo miraba con una tristeza antigua y lo acogía en su regazo y le alzaba la nuca apenas unos centímetros (como yo le había alzado la nuca a Fabio Valenzin, para que no se ahogase en su propia sangre), se delineaba sobre el horizonte una ciudad de terso cromatismo, al estilo de Durero, alzando entre la vegetación sus torres de aguja, sus murallas con adarves dentados, sus iglesias traspasadas de crepúsculo. Nos hallábamos en una sala con dimensiones de gabinete, como aquel otro donde Giovanna Zanon me había acorralado, con la excusa de autentificar una Madonna con Niño, también de Giovanni Bellini; un tabique divisorio que no alcanzaba el techo se interponía en mitad de la sala, obstruyendo la visión de La tempestad.

— Voilà, querido —anunció Gabetti, cediéndome el paso al otro lado del tabique, con una inclinación un poco bufonesca—. He aquí la causa de sus desvelos.

La primera impresión, agravada por la luz de la linterna (una luz como de quirófano, que blanqueaba los colores), no negaré que fue decepcionante: vista al natural, La tempestad perdía su matización cromática y parecía mucho menos oscurecida por los siglos, como si las fotografías le añadiesen un tenebrismo postizo: el verde sombrío de los árboles se convertía en un verde demasiado plano, y el verde de las nubes, que en las láminas aparecía teñido de cobalto, adquiría una fosforescencia de cartel de neón; también la mujer que amamantaba a su hijo tenía una piel paliducha o incluso sonrosada, sin esa morenez que había impulsado a algunos intérpretes a identificarla con una cíngara. La decepción y el desconcierto se disiparon cuando Chiara dijo:

—Desde luego, una luz tan directa no es la más adecuada para examinar un cuadro.

—Pero para el tipo de examen que le voy a hacer a Ballesteros sirve cualquier luz —terció Gabetti, que ya se relamía, anticipando el varapalo que me había reservado—,

¿no es así, querido? Imagine que está usted ante el tribunal que enjuicia su tesis; imagine que Chiara y yo somos un par de catedráticos un poco remisos a sus conclusiones; imagine que, para convencernos, tiene que improvisar un discurso, explicando el tema escondido que, según usted, eligió Giorgione.

Su voz se alargaba por las salas desiertas, por el laberinto de esquinas y callejones ciegos que era el museo de la Academia, a aquellas horas de la noche. La linterna se posaba sobre el lienzo de La tempestad, distorsionando sus colores, y a continuación se posaba sobre mí, en un penduleo mareante.

—Esto me parece una pantomima un poco chusca, pero en fin, si lo que quiere es rebatir mis hipótesis tendrá que emplearse a fondo —lo reté; detrás de la linterna adiviné las facciones de Gabetti súbitamente anonadadas—. Usted sin duda sabrá lo propensos que eran los dioses a practicar el incesto: desconocían las leyes de la genética y los tabúes, y fornicaban desaforadamente con sus hijas, engendrando una estirpe tarada. Zeus procuró por todos los medios acostarse con su hija Afrodita, pero sus requiebros y hechizos no surtieron el efecto deseado; Afrodita no cedía al cortejo paterno, y entonces Zeus, para humillarla, hizo que se enamorara de un mortal.

Callé por un segundo, temeroso de que mi interpretación fuese entendida por Chiara como un sarcasmo, pero no descubrí síntomas de incomodidad en su rostro.

—Adelante, adelante —me apremió Gabetti.

—Zeus eligió como instrumento de su castigo al bello Anquises, rey de los dárdanos, que también fue joven e inexperto antes de que la guerra de Troya lo convirtiera en

un anciano atribulado. Una noche, mientras Anquises dormía en su choza de pastor, allá en el monte Ida, Afrodita descendió a la tierra, disfrazada de princesa frigia, y yació con él sobre un lecho formado con pieles de osos y leones.

Cuando se separaron al amanecer, Afrodita le reveló su identidad y le hizo jurar que guardaría en secreto el encuentro. Anquises se horrorizó al saber que había profanado la virtud de una diosa, un desliz que estaba castigado con la muerte, e imploró el perdón de Afrodita.

Ella le aseguró que nada tendría que temer, siempre que no violase su juramento; también le predijo que su hijo sería célebre y conmemorado por los poetas. Anquises, arrastrado por la bravuconería, no tardó en rendirse al perjurio: algunos días después, mientras se emborrachaba con sus compañeros en un convite, sintió cómo se iba aflojando su lengua. Les servía el vino una joven de formas turgentes, que habría sido doncella si Anquises no hubiese ejercido sobre ella el derecho de pernada; aunque piadoso, no era hombre que renunciara a sus privilegios. Uno de los comensales ponderó: «¿No te parece esa muchacha más apetecible que la mismísima Afrodita?» A lo que Anquises respondió incautamente: «Habiéndome acostado con ambas, la pregunta se me antoja absurda, además de sacrílega: la hija de Zeus la supera con creces.»

—Vana pretensión la de Afrodita —dijo Gabetti, que se había recostado sobre una pared, y seguía enfocando el cuadro de Giorgione—. A los hombres nos encanta mostrar nuestros trofeos, es una tentación irresistible.

La voz de Chiara resonó en la oscuridad:

—Mejor os iría si practicarais la discreción.

Supe que me estaba solicitando un juramento de silencio sobre lo que acababa de ocurrir entre nosotros, sobre lo poco que acababa de ocurrir entre nosotros.

—A Zeus, desde luego, le disgustó mucho esta jactancia

—proseguí—. Si hasta ese momento el despecho le había resultado más llevadero, al haber conseguido que su hija se rebajara a cohabitar con un mortal, la petulancia de Anquises lo enfureció. Zeus le arrojó un rayo al rey de los dárdanos, con el propósito de fulminarlo, pero erró en la puntería, y sólo logró alcanzarlo de refilón en las piernas.

—Hasta los dioses son falibles —dijo Gabetti para restar solemnidad o convicción a mi discurso.

—Parcialmente falibles. La sacudida del rayo debilitó de tal modo a Anquises que ya nunca más pudo mantenerse erguido sin ayuda de un báculo. En cuanto a Afrodita, parió al hijo que había concebido con el perjuro, lo llamó Eneas y cumplió rigurosamente con los deberes de la lactancia, pero no quiso volver a saber nada de Anquises: aunque el rey de los dárdanos lloró y penó, suplicando su rehabilitación, Afrodita sólo le ofreció su desamor. Había perdido el apasionamiento por él, incluso le profesaba cierta aversión, cierta tímida aversión, puesto que los dioses no pueden permitirse el lujo de ser demasiado rotundos en sus efusiones.

Gabetti cabeceó apreciativamente, pero dejó que fuese Chiara quien extrajese conclusiones:

—La

mujer

desnuda,

entonces,

sería

Afrodita,

amamantando a Eneas; en su actitud hay cierta indiferencia hacia el hombre que la observa, a quien ni siquiera le devuelve la mirada: muy bien podría ser ese gesto de

«tímida aversión» al que tú aludes. —Agradecí su conformidad con una sonrisa discreta, nada fanfarrona—. El peregrino que la contempla con tristeza está claro que se corresponde con Anquises; el báculo o bordón sería el símbolo de su condena. Desde el cielo, Zeus descarga su ira. A mí la explicación de Alejandro me parece muy satisfactoria. ¿Tú qué opinas, Gilberto?

Gabetti había apagado la linterna, como si los reparos que se disponía a formular lo hiciesen sentirse ruin y necesitase el amparo de la noche:

—De satisfactoria nada —empezó—. En primer lugar, atenta contra la lógica narrativa, quiero decir, contra la secuencia natural de los acontecimientos: ¿cómo se justifica que Anquises ya se apoye en el báculo, cuando el castigo de Zeus todavía no lo ha alcanzado? El rayo aún está suspendido en el aire.

—Pero es que hay una cosa que se llama síntesis iconográfica —protesté, y mi protesta sonó como un clamor en el museo desierto—. Estamos cansados de ver, pongo por caso, cuadros que representan a Eva extendiendo una mano para recoger del árbol de la ciencia el fruto prohibido; todavía no ha consumado su pecado, y sin embargo con su otra mano trata de ocultar su desnudez: así se reúnen en una sola expresión la caída en la tentación y la primera consecuencia de esa caída, la vergüenza que le causa la exhibición de su cuerpo. Podría invocar otros muchos ejemplos: era muy corriente, sobre todo en el Renacimiento, que los pintores, cumpliendo la voluntad de sus clientes, contrajeran dos escenas complementarias, o incluso más, en una sola composición.

Los combates entre púgiles se dirimen por asaltos, y yo había sabido encajar los golpes de Gabetti, más ornamentales que efectivos; ahora me correspondía a mí llevar la iniciativa y noquearlo. Mi contrincante tardó en reaccionar; su voz ya no era jovial ni ostentosa:

—Sigo pensando que La tempestad no responde a ningún tema concreto, sino a una intuición del sentimiento: su fascinación deriva de su desafío a la lógica, del extraño aislamiento de las figuras, de la tormenta que se larva y no llega a desencadenarse. —Era la suya una enumeración divagatoria, un mecanismo de defensa similar al del boxeador que brinca y se pasea por la lona, pero rehúye el

intercambio de puñetazos—. Ahora bien, si usted quiere convertirlo en un jeroglífico, por lo menos tiene que hacer encajar todas las piezas. Las columnas rotas, que son un elemento característico del cuadro, no las ha mencionado siquiera.

Esta vez sonreí con despiadada fanfarronería: no podía disgustar a Chiara, pues la noche, igual que antes había difuminado la mezquindad de Gabetti, difuminaba mi triunfalismo:

—Hombre, no me fastidie. Las columnas rotas representan el amor arruinado entre Afrodita y Anquises.

Chiara intervino, decididamente decantada por mí:

—O también podrían ser un augurio de la destrucción de Troya.

—También, por qué no —asentí—. Eso corroboraría la existencia de una síntesis iconográfica: ya no serían dos, sino tres, los momentos compendiados en un solo cuadro.

Aunque la victoria me pertenecía, reconocí para mis adentros que el misterio es siempre superior a su resolución: el misterio nos aproxima a lo sobrenatural; su resolución, a lo puramente mecanicista. Iba a ensañarme con Gabetti, pero me pareció oír un ruido de pisadas sobre nuestras cabezas.

—¿Qué ha sido eso?

Gabetti encendió la linterna, y paseó su luz por la claraboya que se abría en el techo de la sala. Afuera, la oscuridad era inamovible y milenaria.

—Algún pájaro que anida en el tejado, no se preocupe.

Procedente del zaguán, nos llegó también un rumor clandestino: quien lo causaba quizá aspirase al sigilo, pero su desconocimiento del lugar le hacía tropezarse en las escaleras y rozarse contra las paredes. Casi podíamos escuchar su respiración acezante, dictada más por el

nerviosismo que por la fatiga. Yo contuve la mía, y también Chiara y Gabetti contuvieron las suyas, inmersos los tres en el submarinismo del miedo. Quizá Gabetti fuese el menos arredrado, pero a él correspondía el recurso tardío de la intrepidez, después de haberse mostrado tan negligente con la seguridad del museo:

—Voy a ver qué pasa.

Nos dejó a solas con el cuadro de Giorgione, a solas también con una desazón que se iba internando en nuestra carne y se instalaba en la médula de los huesos. Chiara se apretó contra mí, me abrazó casi con ferocidad, aferrándose a mi gabardina y pegando su rostro al mío (la barba crecida le irritaría las mejillas); un temblor creciente se iba apoderando de su cuerpo, y se le remansaba en las rodillas.

Gabetti había alcanzado las escaleras e inquiría al merodeador: «¿Quién anda ahí? ¿Quién anda ahí?», como si pronunciara una cantinela para exorcizar fantasmas. Volvió a decir «¿Quién anda...?», pero no pudo completar la frase, se oyó un impacto sordo y un estrépito metálico (la linterna rodaba por las escaleras), antes de que su cuerpo se derrumbara como un saco inerte.

—Espérame aquí, voy a ayudarlo —dije, llevando a Chiara al resguardo de la pared.

No llegué a separarme de ella, porque el cristal de la claraboya se quebró en mil añicos y un bulto se abalanzó sobre mí, haciéndome tambalear y caer. Empezaron a sonar las alarmas de la Academia, como sirenas de una fábrica insomne o campanadas apocalípticas. Un hombre mucho más fornido que yo me apresaba y me aplastaba con su cuerpo; los cristales de la claraboya me arañaban la espalda, atravesaban la gabardina y el jersey y la camisa y ensartaban sus diminutas esquirlas en mi piel, nada preparada para estos ejercicios de faquirismo. Mi agresor empezó a propinarme coscorrones contra el suelo, apretándome las sienes; tenía unas manazas de estibador,

manos encallecidas de descargar mercancías o repartir sopapos, y unos brazos amazacotados, reventones de musculatura. A cada coscorrón, la consciencia me iba abandonando; por respeto a Chiara, sin embargo, me sobrepuse (el amor nos infunde una absurda temeridad, también un feroz instinto de competencia) y lancé las manos al cuello de mi asaltante, para estrangularlo o al menos entorpecer su respiración.

La alarma ululaba y me ensordecía los tímpanos, retumbaba dentro de mí, como un tumor que palpita, cada vez que mi cogote volvía a chocar contra el suelo, cada vez que los cristales de la claraboya me laceraban el cuero cabelludo y se clavaban en el hueso. Chiara había huido despavorida, quizá en busca de auxilio, quizá para brindar su auxilio a Gabetti, quizá por puro instinto de conservación.

Si hubiese podido pararme a analizar mi estado de ánimo, habría descubierto que sólo el odio me mantenía en pleno uso de mis facultades. Mi agresor, en cambio, no daba muestras de ahogo, y sólo parecía preocupado por rematar la faena antes de que el estruendo de las alarmas convocase a la policía.

—Cabrón, te voy a matar —me deslizó al oído en un italiano rufianesco.

La boca le olía a caramelo de eucalipto y el pelo le descendía en una melena macarrísima y levemente ondulada, como de soldado asirio. Su oreja también era macarrísima, según pude comprobar cuando le lancé una dentellada: el lóbulo lo atravesaban al menos un par de pendientes de aro, y más arriba también discerní unas a modo de argollas o diminutas ajorcas que le taladraban el cartílago. Lo mordí con voracidad caníbal y escuché su grito de alimaña pillada en el cepo, mientras la sangre caliente y brusca se agolpaba en mi boca, mientras las ternillas de su oreja crujían entre mis molares y el lóbulo se desgarraba entre mis incisivos (los pendientes tenían un sabor

ferruginoso, pero era muy difícil discernir el sabor del metal del sabor crudo de la carne). La hemorragia me desbordaba la boca, me inundaba el paladar y me atoraba la garganta, me incendiaba el esófago con su graduación etílica y me emborrachaba de victoria. El forzudo seguía gritando, sus alaridos eran más clamorosos que las alarmas del museo, y sólo cesaron cuando, apartándose, se resignó al amputamiento del lóbulo. De un salto, se encaramó a la claraboya, y trepó a pulso hasta el tejado; imaginé que en su huida iría dejando un reguero de sangre que tardaría en borrarse, porque ya no había nieve en las calles de Venecia que la absorbiese. Tumbado en el suelo, respiré el aire furtivo que entraba por la claraboya, y escupí la piltrafa sanguinolenta que se había quedado enganchada entre mis dientes. Al incorporarme, casi embisto contra La tempestad; llegué a rozarla con los dedos (pero sin infligirle un solo rasguño), y aspiré el olor del óleo, que pese a sus casi cinco siglos

de

antigüedad

se

mantenía

fresco,

casi

anormalmente fresco. Habían dejado de sonar las alarmas.

—¿Estás herido?

Mis ojos ya se estaban haciendo nictálopes y me permitían discernir las facciones de Chiara, todavía descompuestas por el pavor. Estaba orgulloso de mí mismo, pero ni siquiera tenía fuerzas para pavonearme.

—Sólo unas cuantas magulladuras —dije, restando importancia a la sangre que me apelmazaba los cabellos—.

¿Y tu padre?

El parentesco que los unía era inexpresable, pero quizá la paternidad siguiese siendo el vínculo que resumía o adecentaba otros vínculos.

—Ya se ha repuesto. Perdió el conocimiento durante unos minutos, pero no ha sido más que un susto.

—Un susto en el que casi nos va la vida —resoplé—. ¿Ha llegado la policía?

Me sacudí los cristales de la gabardina. Al caminar, el suelo emitía una música afilada.

—Precisamente los está llamando para que no vengan.

Y se alzó un silencio culpable. Articulé con débil asombro:

—¿Cómo que para que no vengan? Dos tipos entran en la Academia, seguramente con la intención de robar un cuadro, nos agreden y causan destrozos, ¿y pensáis ocultárselo a la policía?

Parecía mentira que aquellos labios que justificaban a Gabetti fuesen los mismos que yo había besado unas horas antes.

—¿Es que no lo comprendes? Si la prensa se entera de que la Academia se ha quedado sin vigilancia esta noche, montarían una campaña contra Gilberto, pidiendo su destitución. Imagínate la cantidad de mierda que le echarían encima.

—No más de la que se merece —me sublevé.

Fuera de la sala donde se había producido mi forcejeo, el museo conservaba ese aspecto intacto de los templos sin feligreses. Desde algún remoto despacho, me llegó la voz de Gabetti, adiestrada en el fingimiento y la frivolidad, disuadiendo a los policías y aconsejándoles que no alargasen su ronda hasta las proximidades de la Academia.

«Las alarmas saltaron por accidente», se excusó con una risita de pecador venial. Sentí que sus palabras me despedían y a la vez me expulsaban, sentí que su risa celebraba mi desaparición, sentí con creciente pesar que yo había dejado de existir para él, quizá también para Chiara.

—No se te puede dejar solo. Vaya escabechina que te han hecho, pareces un Ecce Homo.

Tedeschi me había ordenado que me tumbase de bruces sobre la cama que utilizaba para su descanso, la cama señorial convertida en pocilga por la falta de aseo, con sábanas que habían sido de holanda y habían ido derivando

hacia la arpillera, almidonadas por la mugre y los orines resecos. Tampoco allí, en el palacio abandonado que Fabio Valenzin había elegido como escenario de su muerte, había suministro de electricidad; Tedeschi se alumbraba con una lámpara de petróleo que embrutecía sus facciones y derramaba una claridad oleaginosa sobre las sábanas, uniformando las manchas y suavizando su tacto.

—A ver, fuera la camisa, deja que te inspeccione esas heridas.

La camisa era un jirón de tela acuchillada por los cristales, un harapo que hacía coincidir sus desgarrones con las llagas de mi espalda, y se adhería a las postillas, como una segunda piel. Tedeschi me despojó de ella sin demasiados miramientos, reavivando algunas hemorragias, y a continuación derramó un chorro de vinazo sobre la carne dilacerada.

—Cuidado, que esto te va a escocer.

Pero su advertencia era tardía, porque ya el vinazo se infiltraba en las heridas, desinfectándolas con su graduación de coñac y también con los gérmenes solidarios que Tedeschi le había inoculado a través de su saliva. Con un paño que seguramente desconocía los prejuicios de la profilaxis me procuró una friega, y con dedos de herbolario me fue desbrozando las esquirlas de vidrio. Yo mordía la almohada y me dejaba escarbar, aunque dudase de la eficacia de aquella cura.

—Pues yo te hacía con Giovanna Zanon, follando como un enano, y mira tú por dónde me vienes hecho una piltrafa

—dijo Tedeschi.

Aún me quedaba una reserva exigua de humor:

—¿Y cómo crees que habría venido si de verdad hubiese estado follando con esa bruja? Seguro que en el armario guarda una fusta para azotar a sus amantes.

—Bueno, siempre será preferible una zurra mientras te trajinan que una zurra a palo seco, ¿no te parece? Pero en serio, Ballesteros, no deberías meterte en tantos líos; lo mejor en estos casos es sentarse a esperar.

Entre las molduras del techo dormían las palomas, abufadas y con la cabeza debajo del ala, como monstruos mutilados que aguardan el disparo que los sobresalte y restablezca su anatomía.

—Tampoco tú has estado sentado —refunfuñé—. Chiara, la hija de Gabetti, me dijo que habías estado espiándola. ¿Te parece bonito desproteger la maleta?

Tedeschi había completado la reparación de la espalda y me empapaba las descalabraduras del cogote con otro chorro de vino.

—Yo no estaba espiando a nadie, lo que pasa es que la gente es muy susceptible: esa muchacha, en concreto, debió de creerse que yo era un violador o algo parecido, y no paró hasta darme esquinazo. También merodeé por el palacio de Giovanna Zanon, a ver si dabas señales de vida.

Pero nada, tú ves un coño y ya te olvidas de tus obligaciones. —Me enojó la grosería de Tedeschi, sobre todo porque la jornada no me había deparado esas visiones—. Y

tenemos una obligación pendiente, ¿o es que esperabas que yo solito me pusiese a dragar el canal? —El vinazo había derretido los coágulos de sangre, y Tedeschi me rebuscaba las brechas del cuero cabelludo—. Joder, ese tío te ha dejado la cabeza hecha picadillo. ¿No te duele?

—Hostia, tú qué crees. —Me desesperaban las preguntas retóricas—. Pero él también se llevó lo suyo, de momento no creo que vuelva a ponerse pendientes.

Todavía me perduraba en el paladar el regusto de la oreja desgarrada. Habíamos despertado con nuestras voces a una paloma que nos miraba sin parpadear, con ojos de azabache líquido.

—¿Y no pudiste reconocerlo?

—Qué va, allí no se veía nada, Gabetti se había llevado la linterna. —Escupí una hebra que se me había quedado atrapada entre dos muelas: no supe si sería algún resto de comida o algún resto de mi trifulca—. Pero ese individuo era nuevo para mí, no lo había visto en mi vida. Un tío con unos brazos como jamones; el aliento le olía a caramelo de eucalipto, tenía pendientes en las orejas y melena, una melena de macarra de discoteca, peinada hacia atrás con gomina, con los aladares muy rapados, y un poco ondulada.

Tedeschi me había arrancado de la nuca un puñalito de cristal que me mostró como si fuese una pepita de oro.

—También tú tendrás que dejarte melena para disimular las cicatrices del cogote —dictaminó sin piedad—. A ese individuo lo he visto yo, siempre iba acompañado por otro igual de fortachón, sólo que con el pelo cortado a cepillo.

Había completado su cirugía de urgencias, y me lo anunció con un cachete en las mejillas. Al incorporarme sobre la cama, tuve la sensación de estar cosido por dentro, con suturas que estuviesen a punto de reventar.

—El del pelo a cepillo sería el que se enfrentó con Gabetti en la escalera. —Como al enfermo le consuelan los achaques del prójimo, también a mí me congratulaba que Gilberto Gabetti hubiese recibido su ración de puñetazos—:

¿Y de qué los conoces, a esa pareja de dos?

La alcoba mostraba la misma grandeza ruinosa y desangelada que ya había tenido la oportunidad de constatar a la luz del día, pero la lámpara de petróleo le añadía lobregueces de bodegón o caverna. De una pared, espetadas en ganchos, colgaban cuatro o cinco palomas que goteaban su muerte por el pescuezo.

—Una vez se citaron aquí con Valenzin para hablar de negocios —rememoró Tedeschi—. Aunque solía prescindir de mí, esa vez me pidió que me quedara, y también me pidió

que cargase la carabina, por si las moscas. Valenzin era un poco acojonado en su trato con sicarios; todo el valor que exhibía en sus fraudes se empequeñecía ante una montaña de músculos. Aquellos tipos eran lacayos de algún ricachón, no te pienses que venían por su cuenta, eran más lerdos que orangutanes. Tanto ellos como Valenzin empleaban una jerga muy vaga, hablaban de un «chisme» para referirse al asunto de su transacción, sólo eran concretos cuando discutían cifras y el sistema de pago a plazos. El «chisme»

no debía de ser moco de pavo, porque manejaban muchísimos ceros, una fortuna que cortaba la respiración.

Cuando por fin se marcharon los matones, Valenzin me dijo:

«Después de ésta me retiro, Vittorio. En serio que me retiro.» Pero lo decía sin esa alegría que solía agitarlo en las vísperas de un golpe morrocotudo, lo decía incluso con remordimiento, no sé si ante la expectativa de la jubilación o porque lo martirizase algún escrúpulo de conciencia.

Aunque no creo, Valenzin no reparaba en esas minucias.

Pero yo sabía que, al menos en el amor, sí era escrupuloso, sabía que un disgusto íntimo lo ensuciaba de esterilidad.

—¿Y nunca llegaste a saber en qué consistía ese golpe?

—pregunté, con esa desesperación abatida de quien maneja todas las piezas de un rompecabezas, pero no dispone de inteligencia para encajarlas—. ¿Nunca llegaste a saber si efectivamente lo perpetró?

—Ni puta idea. —Tedeschi asomó sus dientes famélicos

—. Vete tú a saber si Valenzin no planeaba alguna jugarreta y el ricachón le mandó a sus sicarios para que ajustaran cuentas. Aunque, la verdad, no me puedo creer que Valenzin fuese tan imbécil como para citarse a solas con esos tipos, máxime si había intentado timarlos. También habría que preguntarse qué los impulsó a irrumpir tan chapuceramente en la Academia: repartiendo mamporros quizá no tuviesen rival, pero para atracar museos les

faltaban neuronas, no se puede llegar a los sitios jodiendo las claraboyas y armando un escándalo de mil demonios. Yo me había quedado un poco traspuesto, mientras te esperaba, y las alarmas me sirvieron de despertador, también las palomas se desmandaron con el alboroto, pobrecitas, pronto padecerán insomnio.

La maleta de Valenzin, en cambio, perseveraba en su letargo, acurrucada debajo de la cama, junto al orinal que Tedeschi había vuelto a proveer.

—¿No has intentado abrirla? Puede que dentro encontremos una respuesta.

—Pues claro que lo he intentado. —Chasqueó la lengua en señal de enojo—. Con ganzúas, con llaves maestras, con escoplos, hasta he probado con el infiernillo de gas, empleándolo como si fuera un soplete: nada de nada. Sólo he conseguido chamuscarle el pellejo, pero he preferido no recurrir a métodos más drásticos, no sea que se desgracie la mercancía. —Hizo una pausa incrédula, o por lo menos suspicaz—. Si es que hay alguna mercancía, a lo mejor el

«chisme» que le hubiese garantizado la jubilación a Valenzin, al final se le resistió, o bien Valenzin desistió por reparos morales, de ahí que esos ceporros lo intentaran por su cuenta.

La lámpara de petróleo extendía un corro de luz sobre el suelo entarimado, y alargaba la sombra de su llama hasta la pared, enturbiando el aire con un humo muy espeso y requemado. En Venecia el delito circula por cauces subterráneos, es un magma que reparte solidariamente su calor, aunque dosifique sus temperaturas: del cohecho al asesinato, pasando por el latrocinio, todos los venecianos que había conocido participaban de su calidez. Esta convicción me abatía y apabullaba, me instalaba el mismo desaliento que debió de acometer a Yavé cuando no encontró en Sodoma ni siquiera diez justos que merecieran el perdón.

—A ti lo que te pasa es que estás coladito por la chica de Gabetti, y te jode que no acabe de ponerse de tu parte —

me zahirió Tedeschi—. Chico, tienes que hacerte cargo: tú acabas de llegar, con Gabetti la unen muchas complicidades.

—Gabetti es un delincuente público y notorio —dije, repitiendo los calificativos que había escuchado por la mañana en labios del inspector Nicolussi—. A saber qué chanchullos se traerá entre manos, para no querer que la policía investigue el intento de robo.

Tedeschi se encogió de hombros. La llama de petróleo historiaba su rostro con cicatrices que quizá fuesen una radiografía de su alma.

—Si de verdad se trae algún chanchullo ya nos enteraremos —dijo con esa flema cazurra que tienen los hombres rústicos, a quienes la experiencia les ha enseñado que el tiempo decanta las conductas, como sazona las frutas y dirime las cosechas—. Lo importante es que nadie se sienta vigilado. Tú no te apures, que ellos solos nos irán mostrando sus cartas.

Ya me las habían mostrado, siquiera parcialmente, pero entre tanto exhibicionismo perduraba en mí la impresión de que todos estuviesen jugando con una misma baraja trucada, anunciando envites y proponiendo faroles que ocultaban su verdadera baza. Tedeschi me proponía actuar de espectador pasivo ante el juego, pero había lances que exigían la intervención de un espectador que se adelantara a las intenciones segundas o terceras de los contendientes.

Quizá yo era la persona menos idónea para esta labor, quizá los muchos años de transigencia y servilismo académico me habían inmunizado contra la sutileza de algunas mentiras, contra la ambigüedad de algunas versiones. Le conté a Tedeschi los descubrimientos que me había ido deparando la jornada, las vaguedades y contradicciones que se derivaban de algunos testimonios, le conté la conversación

robada a Dina y Nicolussi, las aflicciones de Chiara y las insidias de Giovanna Zanon.

—Me han invitado, ella y su marido, a una fiesta de disfraces que celebran mañana, para inaugurar el carnaval.

—Reprimí un escalofrío al imaginarme ataviado con el disfraz del médico de la peste, el mismo que había elegido el asesino de Valenzin. Para espantar la congoja, bromeé—: Así podré comprobar si de verdad esconde una fusta en el armario.

Tedeschi trasegó el último sorbo de vino que restaba en la botella después del dispendio curativo; se había incorporado también de la cama y se desabotonaba la camisa.

—En fin, de momento vamos a intentar rescatar ese anillo. Siempre se me dio muy bien bucear.

Tenía el torso atezado, sin concesiones a la grasa, perturbado solamente por la caligrafía de los músculos. Me sentí un poco abochornado, con mis adiposidades y michelines a cuestas: mi barriga era casi tan fofa y fluctuante como mi experiencia vital. Tedeschi se asomó a la ventana y oteó la plazoleta, cuyo único inquilino era aquel farol tacaño que albergaba dentro de sí un cementerio de insectos. El canal se mantenía quieto, urdiendo su brebaje de aguas fecales.

—¿Dónde dices que cayó, más o menos?

—Justo debajo de la balconada central, en mitad del cauce.

Recordé la trayectoria descendente del anillo (mi memoria persistía en esta imagen y la ralentizaba), trazando una estela de meteorito que se extingue, antes de ser deglutido por el canal. Tedeschi se inclinó sobre el alféizar, para estudiar el terreno; su piel parecía impermeabilizada contra el frío, lubricada por una invisible capa de espermaceti. A mí, por el contrario, el aire húmedo

se me infiltraba en las llagas de la espalda, como vapor de yodo, y me llenaba de escalofríos; me embutí en la gabardina, que tras la pelea en la Academia tendría que entregar al trapero.

—Vamos allá, pues.

Se descalzó las botas de pescador, muy festoneadas de barro, y se aligeró también de los pantalones; no usaba calzoncillos, y el falo se le columpiaba entre los muslos, como un abalorio. Atravesamos el piano nobile, con su perspectiva de puertas decrecientes que la noche hacía indistintas y perdurables como un pasadizo; los espejos no nos reflejaban, quizá habían renunciado a su función reproductora, para desentenderse de los crímenes que en aquel palacio se pactaban o consumaban. Qué fácil y acomodaticio es cerrar los párpados, qué placentero dejar que la cera crezca en los oídos, qué benéfico volver la espalda y no inmutarse, qué grato rehuir los pleitos y declinar las responsabilidades. Habíamos salido a la plazoleta, y avanzábamos pegados a la fachada del palacio, por el reducido andén que había recorrido Fabio Valenzin cuando la sangre se le escapaba por el boquete del pecho.

Tedeschi, antes de zambullirse, me miró de hito en hito:

—¿No te estarás rajando ahora?

Entendí que no debía mostrarme voluble ni claudicante después de haberlo embarcado en una misión insólita. Las ventanas del Albergo Cusmano tenían echados los postigos (una ventana con los postigos echados es como un espejo sin azogue o un hombre que vuelve la espalda): imaginé, en alguna de aquellas habitaciones clausuradas, mi equipaje abierto y quizá entumecido; imaginé también a Dina tumbada boca arriba en la cama, con toda la noche concentrada en su pubis: seguramente ya habría reparado en el robo de la maleta y sus ojos estarían agigantados por el insomnio; también lo habían estado en las vísperas del conyugicidio (una muerte por asfixia tapa una muerte por

envenenamiento, como la nieve tapa la obscenidad de la sangre), pero entonces la sensación de alerta le habría infundido valor, ahora la sensación de alerta le inspiraría desvalimiento, también esa tristeza irremisible que padecen los animales acorralados.

—¿Rajarme yo? Para nada.

A Tedeschi, el nivel del agua le alcanzaba las tetillas y se las erizaba; sus pies se estarían hundiendo en el cieno del fondo, cuya consistencia execrable yo había probado ya, un par de noches antes. Se sumergió, acostumbrando la vista a la opacidad de aquel recinto líquido; cuando volvió a salir para reponer sus reservas de aire, sucio de algas y de lodo, me recordó a esos penitentes hindúes que se bañan en el Ganges, para purificarse, y vuelven a casa con los mismos pecados y un barniz de mierda por añadidura. Se repitieron las inmersiones, en número de hasta siete u ocho, cada vez más cortas porque sus pulmones se iban esquilmando, lo mismo que mis esperanzas (o temores) de que apareciese el anillo; quizá la corriente lo hubiese hecho víctima de sus zarandeos (pero aquel canal no era visitado por las corrientes), quizá hubiese rodado hasta el Adriático, para desposarse simbólicamente con las olas. O quizá el anillo no hubiese existido nunca.

—¡Lo encontré, por fin, al hijo de la gran puta! —masculló Tedeschi retornando abruptamente de sus espeleologías.

Lo traía prendido entre los dientes famélicos: era un anillo de oro, muy espeso de quilates y bruñido aún, a pesar de haber anidado entre basuras. Tedeschi trepó a la orilla, con esa exultación chorreante que tienen las estatuas de bronce cuando un arqueólogo las rescata del fondo del mar, y escupió el anillo a mis pies: era una joya ostentosa, casi zafia de tan ostentosa, con un sello demasiado amplio, incluso para el dedo pulgar, y muy nítidamente troquelado.

Cuando me agaché para examinarlo más de cerca ya lo había tomado Tedeschi entre sus manos nervudas; noté que

se había astillado las uñas de tanto arañar el cauce. Leyó con esfuerzo la inscripción que circundaba el sello:

— Moriatur anima mea cum philistiim. ¿Tú entiendes lo que quiere decir?

La desnudez de Tedeschi no resultaba obscena, porque no había miradas concupiscentes o acusatorias que lo espiaran. Desempolvé mis remotas nociones de latín y traduje; guiado más por la proximidad fonética que por una genuina certidumbre:

—Algo así como «Muera mi alma con los filisteos», pero no creo que la traducción nos solucione gran cosa —dije.

—¿Cómo que no? ¿Es que en la escuela no te hacían leer la Biblia? —me preguntó con una especie de felicidad hermenéutica—. Eso fue lo que gritó Sansón antes de palmar; la zorra de Dalila lo esquiló y lo entregó a los príncipes filisteos, que le sacaron los ojos y lo encadenaron a una rueda de molino. Luego lo amarraron a las columnas del palacio, para que la gentuza se descojonara de él, pero Sansón se encomendó a Dios y recuperó su fuerza: sacudió las columnas, y el palacio sepultó a los filisteos. Mira el dibujo del sello: la referencia está clarísima.

Me tendió el anillo para que examinara el emblema en relieve que ilustraba la inscripción: sobre un muro de mampostería, figuraban dos columnas rotas, columnas más bien estilizadas y sin basamento, exactamente iguales a las columnas que aparecen en La tempestad, detrás del peregrino. Me sentí agitado por una pululación interna, por una forma de oscuro pavor que se inmiscuía en mi inteligencia.