La tempestad

Juan Manuel de Prada · Capítulo 7 de 16

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La tempestad

Capítulo VI

Fue una comida ciertamente calamitosa. Taddeo Rosso se esforzaba por resultar ameno, un empeño estéril que Giovanna Zanon dificultaba, rectificando sus pretendidas ingeniosidades con pullas que dejaban al magnate escarmentado y a un punto de las lágrimas: intuí que su convivencia era irrespirable, pero ya se sabe que ciertas relaciones se afianzan con la escasez de oxígeno. Si algo envanecía a Taddeo Rosso y lo ayudaba a sobrellevar esas momentáneas postraciones que le infligía su esposa, era referirse al baile de máscaras que celebraría a la noche siguiente en su palacio, coincidiendo con la inauguración de los carnavales, un baile cuyos preparativos le ocupaban el resto del año y al que asistían las familias más heráldicas de los contornos, y también los magnates rivales. «Para rendirme pleitesía», añadió con una pomposidad que quedaba incongruente en un hombre que vivía de hinojos, maritalmente de hinojos. Taddeo Rosso se exaltaba refiriéndome los orígenes del carnaval veneciano, sus vicisitudes y esplendores, sus prohibiciones y recaídas, hasta el acabamiento final: «Lo que hoy pervive es apenas un simulacro, un artificio para atraer turistas», dijo con ese orgullo cívico de quien se cree último custodio de una tradición ancestral. Giovanna Zanon jugaba con los cubiertos de plata, los hacía chocar entre sí, en una esgrima que a veces acallaba la murga de Taddeo Rosso.

Supe así que el carnaval había alcanzado su mayor lustre en las épocas más aciagas y convalecientes de la República, cuando las epidemias de peste se recrudecían y el aire se

envenenaba con los vapores mefíticos que desprendían los cadáveres, hacinados en alguna isla o estercolero limítrofe.

La población sana, incluyendo en esta facción a quienes aún podían maquillarse los bubones con polvos de arroz, se contagiaba entonces de un frenesí orgiástico que sólo era el reflejo eufórico de ese otro contagio que los iba diezmando: los carnavales se prolongaban durante meses, invadiendo la cuaresma, y a los bubones de la peste se agregaban los bubones de la sífilis, cultivados en esa promiscuidad que favorece el anonimato. Los médicos y cirujanos encargados de la salubridad, para no desentonar entre la multitud festiva y copulante, idearon una careta distintiva de su gremio, con un pico hueco, relleno de sustancias desinfectantes que inhalaban por la nariz y los protegían de los miasmas. Esta careta, que al principio era disuasoria y de mal agüero (los venecianos rehuían a quienes la portaban, como se rehúye a los pajarracos lúgubres que merodean la carroña), terminó siendo asimilada por el carnaval, e incorporada al elenco de sus personajes, en su mayoría originarios de la commedia dell'arte: Arlequín, Colombina, Polichinela y demás comparsería.

—Hay que ganarse al enemigo, ésa es la enseñanza —

concluyó Taddeo Rosso. Se había vuelto a encasquetar la máscara del médico de la peste, y su voz retumbaba en la oquedad nasal, adquiriendo una resonancia antiquísima—.

Si no puedes vencerlo, corrómpelo, perviértelo, inocúlale tus hábitos.

Giovanna Zanon me observaba con una curiosidad malsana:

—Pero el señor Ballesteros no es de los que se dejan pervertir —dijo, calculando por lo alto mi resistencia, quizá recriminando mi cobardía—. Es de los que prefieren huir antes que complicarse la vida. ¿O me equivoco?

Estaba sentada justo enfrente de mí, y enarbolaba los cubiertos como si fuesen herramientas quirúrgicas, o

artefactos de dominación que me ensartaría, llegado el trance. Me había interpelado intimidatoriamente, pero fue Taddeo Rosso quien respondió:

—Vamos, mujer, no exageres. Sólo es un poco cohibido, pero eso se soluciona con el trato. ¿Le reservo entonces el disfraz del médico de la peste para el baile de máscaras?

Asentí, vacunamente. Taddeo Rosso ya se disponía a reanudar su cháchara inepta, pero Giovanna Zanon lo despachó a sus aposentos, arguyendo que tenía que discutir conmigo algunos asuntos privados. Me colmó de maligna felicidad asistir al azoramiento de Rosso, que a duras penas logró limpiarse el bigotito con la servilleta y farfullar una despedida; tanta sumisión reclamaba una explicación patológica. Cuando nos quedamos solos, Giovanna Zanon se levantó de la mesa y la rodeó, hasta situarse detrás de mí; había buscado un símil adecuado para sus andares zancudos, y por fin lo hallé: Giovanna Zanon caminaba como las mantis religiosas cuando se yerguen para iniciar la ceremonia del cortejo, que es también la ceremonia de la depredación.

—Me preguntaste antes por Chiara y Fabio Valenzin, por lo que había entre ellos.

No supe si se disponía a brindarme una respuesta menos iracunda o si me estaba proponiendo que reanudáramos nuestros escarceos en el punto donde los habíamos suspendido, por culpa de esa pregunta intempestiva o anacrónica (la posterior llegada de Taddeo Rosso no hubiese sido impedimento para Giovanna Zanon, si acaso acicate).

Me estremecí cuando posó sus manos sobre mis hombros, con levedad de palomas que se posan en una cornisa.

Bromeé, para espantar pensamientos turbios:

—Sí, pero no se lo volveré a preguntar, no sea que me mate en mitad del berrinche.

Levantó su mano derecha y la trasladó a mi frente, como si quisiera contagiarse de mi temperatura (la temperatura se contagia, como el frenesí y la sífilis y la peste). Empujó hacia atrás mi cabeza, hasta que el cogote reposó sobre su vientre, que también era plano y escarpado como su culo.

—Eran uña y carne —comenzó—. Digamos que Fabio Valenzin representaba para ella el mundo exterior, con su abanico de peligros y fascinaciones. Gilberto la quería incontaminada y para él sólo, como Dios quiere a sus monjas de clausura, con el cutis intacto y la entrepierna también intacta. —Quise apartar el cogote de su vientre, en señal de protesta, pero Giovanna Zanon lo apretó aún más, clavándome los pedruscos de su corpiño—. Tuvieron broncas bastante acaloradas a propósito de Chiara, nunca delante de ella, claro está; presumían de caballeros y ventilaban sus diferencias sin testigos. Se suponía que Chiara apuntaba dotes artísticas, y Valenzin era partidario de que completase sus estudios en el extranjero; Gilberto no veía la necesidad, habiendo tantísimo arte en Venecia, y le inculcó a la muchacha un amor reverencial por esta ciudad de mierda.

«Algún día dejaremos de ser una ciudad para ser un cementerio submarino, con palacios como mausoleos y grandes plazas para que paseen los muertos, pero nuestro deber es permanecer aquí hasta que sobrevenga el cataclismo», me había dicho Chiara con esa intransigencia de quienes son adeptos de una religión fanática y se saben predestinados al martirio, esa forma placentera de santidad.

Giovanna Zanon apenas había probado bocado, y las tripas le rugían rumorosamente bajo el corpiño, pero a lo mejor los rugidos procedían de otros órganos que tampoco habían sido saciados.

—Los triunfos siempre son parciales: Chiara siguió al lado de Gilberto, pero aquellas dotes artísticas que apuntaba se quedaron en agua de borrajas. —Y parecía, a juzgar por el júbilo que enaltecía sus palabras, que el fracaso de Chiara la

aliviaba de otros gravámenes—. Fabio Valenzin disfrutó, en cambio, de las dulzuras que reporta la derrota: encauzó la vocación frustrada de Chiara y utilizó sus habilidades técnicas para convertirla en una repetición de sí mismo.

Giovanna Zanon también encauzaba su vocación uterina y utilizaba sus habilidades para deslizar subrepticiamente la mano que había posado sobre mi hombro (la mano que había sido paloma sobre una cornisa) hasta mucho más abajo, casi hasta la entrepierna, que no quería dejar intacta.

Yo me hice el impertérrito:

—¿Cómo que en una repetición de sí mismo?

Por los ventanales del salón se veían las estatuas del jardín, ajenas al inexorable acoso de la vegetación. El cielo, que se había ido abarrotando de nubes plomizas, se rayó con un primer relámpago.

—En una falsaria. —Giovanna Zanon pronunció con deleite esta palabra—. Valenzin le fue encargando chapucillas, al estilo de los pintores del Cinquecento, que descargaban sobre sus aprendices los trabajos más engorrosos. Chiara tiene mucho instinto imitativo, es una parásita.

La tormenta arrojaba su metralla sobre los ventanales y hacía rodar sus truenos sobre el tapete de las nubes, como si se estuviese jugando a los dados la aniquilación de Venecia.

—Valenzin se pasaba las horas con su discípula en el estudio que Chiara había instalado en la buhardilla de la casa. —Gradualmente entendí la obscenidad que me estaba sugiriendo—. Y yo he oído a Gilberto llorar muchas noches, mientras Valenzin le enseñaba a Chiara asignaturas que él no dominaba.

Casi llegué a sucumbir a la instigación de su aliento, a la maniobra infalible de sus palabras, más clamorosas que una denuncia, pero entonces me volví, para contemplar su

rostro, y vi cómo los hilos de agua que resbalaban por el cristal de los ventanales se reflejaban en sus mejillas, como una lepra imaginaria que le derritiese la piel y se la desmenuzara, a pesar de tanta cirugía. Me venció un intolerable asco.

—Creo que se me está haciendo tarde —farfullé.

Marché de aquel lugar demasiado complicado o pernicioso para mi ingenuidad. Caía una lluvia furiosa y unánime sobre el jardín del palacio, sobre las estatuas de alabastro decapitadas, sobre el aljibe de la fuente, percutiendo con furia y anulando el estribillo del caño. Llovía sobre los canales, agua acribillando otra agua, un bautismo violento que no se había anunciado y que, sin embargo, los canales

acataban

solidariamente,

con

la

misma

circunspección con que acataban los residuos de las palanganas y los orinales, llovía sobre los canales que ya pronto se desmandarían otra vez y llovía sobre las callejuelas de Venecia, sobre las plazas repentinamente desiertas en cuyos soportales se amontonaban los turistas despavoridos, con sus gorritos de trapo y cascabeles, consternados ante el desfile vertical de la lluvia, que les estropearía los carnavales, o el simulacro de carnavales que las autoridades organizaban, para allegar divisas. Llovía con fragor y desmesura sobre los caserones y palacios de Venecia, que apenas daban abasto para desalojar tanta agua por los canalones, y llovía sobre las iglesias en cuyas bóvedas anidaban las goteras y los frescos de Tiépolo.

Llovía un agua que limaba las aristas de los edificios y resquebrajaba la piedra y alentaba mis pensamientos caóticos, un cúmulo de impresiones desordenadas que me impedía discurrir con método. Yo siempre había discurrido con método antes de llegar a Venecia, la perspicacia crítica que había elegido como herramienta de trabajo me obligaba a la reflexión pausada y el argumento lógico, pero Venecia ya me había ganado para la religión del sentimiento, había

excavado dentro de mí rutas que la razón desconoce, me había invalidado para el examen consciente de la realidad y el análisis ponderado. Llovía sobre Venecia, con pretensiones de diluvio o eternidad, y el aire adquiría una textura de ceniza húmeda que hasta entonces sólo había respirado en las alucinaciones, o en esas noches de insomnio y congoja, cuando los pulmones se convierten en fábricas de llanto.

«Y yo he oído a Gilberto llorar muchas noches, he visto sus ojos de iris azul esmaltados de odio, sus ojos donde conviven mansedumbre y barbarie inmóviles sobre la almohada, decantándose hacia la ferocidad, sus ojos que hasta ese momento sólo estaban preparados para la vista aguzándose de sentidos que no le pertenecían, el oído y el tacto y el olfato y el gusto, los cinco sentidos agolpados en esa mirada, y también las averías y los achaques que afligen a los sentidos, el espejismo y la obcecación, la hiperestesia y el abismo. Y yo he oído a Gilberto llorar muchas noches, he visto cómo sus ojos urdían un castigo mientras Chiara y Valenzin alargaban sus encuentros en la buhardilla, he visto sus ojos que escuchaban el levísimo crepitar de las sábanas, tan parecido al levísimo crepitar de la nieve cuando la pisan, tan parecido a una virginidad que se infringe o una inocencia que se abofetea. Y yo he oído a Gilberto llorar muchas noches, con ojos que han desterrado la mansedumbre y se han rendido a la barbarie, con ojos averiados que han imaginado o presentido una mancha de sangre sobre las sábanas, las sábanas y la nieve se reponen en seguida de los pisotones, pero los ojos de un hombre humillado no se reponen jamás, queda en su retina un borrón que los ofusca y enceguece y sólo se redime con otra mancha de sangre», ése era el discurso que Giovanna Zanon no había llegado a pronunciar, aunque los discursos no requieren la explicitud, basta la sugerencia de una frase y el abono de una saliva que lubrique o halague nuestros

oídos. Me extravié al menos una docena de veces antes de avistar la casa donde habitaban Chiara y Gabetti, junto a la iglesia de la Madonna dell'Orto. Llegaba con las ropas en remojo, adheridas a la piel, que pronto dejaría de ser impermeable al reúma. Chiara estaba en el portal, acodada en una jamba, y como esperando que escampase.

—También a ti te pilló el chaparrón —me voceó. Hacía falta vocear para que la lluvia no dejara afónicas las palabras.

—Yo es que soy gafe. Desde que llegué no hago más que mojarme.

Nos quedamos callados durante casi un minuto, hipnotizados por la cadencia urgente de la lluvia, como dos turistas que ven malogradas sus vacaciones. Chiara tenía un perfil de camafeo o ángel prerrafaelista, de un quietismo que sólo perturbaba su nariz, aquilina y algo escorada hacia un lado (pero la asimetría acrecienta la belleza); se repasaba los labios con una barra de lanolina, para que no se le cuarteasen.

—Qué fastidio, ahora que empezaba a bajar la marea —

dijo. Vestía el mismo chándal que utilizaba para encaramarse a los andamios, el chándal que le hacía un culo nada trivial, como de falsa delgada—. Yo había salido a correr, pero a ti quién te mandaba mojarte, si estarías bien calentito en el palacio de esa bruja.

Me envaneció el disgusto que se traslucía en su semblante. El celibato es más llevadero si uno se cree protagonista de imaginarias rivalidades femeninas.

—¿Verdad que sabe cómo engatusar a los hombres? —

insistió para lacerarme.

La tormenta y el sudor le habían apelmazado los cabellos, que ya no eran un violín deshilachado. Giovanna Zanon la había llamado falsaria y parásita y también pelandusca (en realidad había empleado otra palabra más

explícita y abreviada, más intransigente y acusatoria), pero Giovanna Zanon no merecía mi crédito, tampoco mi piedad.

—No te creas que me dejo engatusar así como así. Soy duro de pelar.

Esbocé una sonrisa blanda que me restó credibilidad y me dejó expuesto a sus reproches.

—Tú sabrás lo que haces, ya eres mayorcito para elegir tus amistades. —El enfado le añadía una severidad casi varonil—. Pero a Gilberto no le ha gustado ni una pizca que te fueras con ella; esa mujer nos ha hecho todo el mal que ha podido: mientras vivió en esta casa estuvo sembrando la cizaña y ahora que vive lejos cuenta de nosotros infamias.

No, no te disculpes, es tan culpable quien escucha como quien habla, no hay infamia si no hay un destinatario que la reciba.

Se había sofocado quizá desmesuradamente, y parecía a punto de claudicar bajo el peso de tantas infamias. Extendí una mano hacia su cuello, una mano curativa que apenas la rozó, pero entre cuyos dedos viajaba la veneración.

—Ni toda la suciedad del mundo podría mancharte —dije.

Ahora escribo estas palabras y se me antojan grandilocuentes, pero entonces las pronuncié con una convicción que excluía la retórica, y así las debió de considerar Chiara, porque recobró el aplomo y ya no necesitó recostarse en la jamba del portal para mantenerse erguida.

—Perdóname, eres un cielo.

Acercó su rostro al mío (ni siquiera una pulgada que los deslindase), y frunció sus labios con el anuncio de un beso.

Yo le ofrecí la mejilla para recibirlo, pero estaba como aturdido de felicidad (también la felicidad, como el estupor o la consternación, nos paraliza), y no se la ofrecí con la suficiente prontitud, quiero decir que no ladeé la mejilla con esa sincronía que se exige en los besos protocolarios, de tal

modo que las comisuras de sus labios se tropezaron con las comisuras de los míos. El contacto fue muy breve y como al desgaire, pero bastó para que notase el calor indígena de sus labios y su sabor de lanolina. Confieso que enrojecí.

—Voy a pegarme una ducha, porque estoy sudadísima.

¿Vienes o te quedas?

Chiara, en cambio, no estaba aturdida, o si lo estaba sabía disimularlo. Subió las escaleras al trote, reanudando los ejercicios gimnásticos que el chaparrón había malogrado. El rescoldo de su beso aún me palpitaba en la comisura de los labios, como el anuncio de un sarampión o el primer síntoma de una fiebre. La lluvia lavaba las infamias, las arrastraba por los desagües del olvido.

—Yo también subo. Qué voy a hacer aquí, como un pasmarote.

—Gilberto tenía proyectado enseñarte La tempestad, pero no sé yo, con este chaparrón —me dijo Chiara—. Se marchó esta mañana a la Academia y todavía no ha vuelto: no habrán acabado de achicar agua.

Siempre que se refería a Gabetti lo hacía por su nombre de pila, jamás aludía a los vínculos de paternidad y filiación que los unían, quizá porque esos vínculos eran difusos y abarcaban otras formas secretas de adoración. Chiara se mantenía indemne a la suciedad, pero las asechanzas de Giovanna Zanon seguían germinando dentro de mí, las infamias se extirpan como el cáncer, un beso las arrasa y minimiza, pero existe el riesgo de metástasis.

—¿Me enseñas tu estudio, Chiara?

—Te advierto que no tiene nada de particular. Y está hecho una leonera.

Oí su risa descacharrada, como un sortilegio que desvaneciera las últimas hilachas de mi suspicacia. A medida que la escalera ascendía hasta la buhardilla, la luz iba decreciendo hasta adquirir una calidad acuaria, como si

nos estuviésemos adentrando en una gruta tapizada de algas. Era una luz verdosa, de consistencia casi anfibia, que se masticaba y hacía jadear. Chiara no jadeaba, estaba habituada a respirar esa atmósfera.

—Es como un refugio dentro de la casa —dijo mientras hurgaba con la llave en la cerradura—. Cuando me viene la inspiración puedo tirarme días enteros encerrada aquí, como de ejercicios espirituales.

Recorría el techo abuhardillado una lucerna que en días soleados filtraría una luz cenital, pero que, con el repiqueteo de la lluvia, convertía el estudio en una caja de resonancia.

Había allí, en efecto, un desorden de leonera, con bastidores a medio armar desperdigados por el suelo, lienzos secándose en las paredes (pero el grado de humedad dificultaba la labor), trapos para limpiar los pinceles que parecían cuadros de Pollock y tubos de pintura exprimidos y hechos un gurruño. Había un caballete muy sucio de churretones, como un esqueleto condecorado de medallas, y un fogón donde Chiara guisaría sus platos ascéticos mientras durasen los ejercicios espirituales. Había una puerta desenganchada de los goznes que comunicaba con un cuarto de baño más bien angosto, y un camastro que tampoco invitaba a la compañía o el conocimiento bíblico, apenas un jergón con las sábanas revueltas. Había sobre la cama, clavada con cuatro chinchetas en la pared, una lámina de La tempestad, un póster de tamaño natural, sesenta y ocho por cincuenta y nueve centímetros en los que cabía todo el mundo, con el rayo suspendido sobre la mujer desnuda que amamanta con cierta voluptuosa tristeza a su hijo, sobre el peregrino que asiste a la escena, sobre la ciudad erizada de torres, sobre los árboles y el puente y el riachuelo y las ruinas que sirven de fondo a las figuras principales. El color predominante en La tempestad es el verde, un verde que se mezcla con azul de cobalto en el cielo preñado de nubes, un verde que se encrespa de

sombras movedizas en el follaje de los árboles, un verde que se irisa de oro en las aguas del riachuelo y se matiza de ocres en la hierba, para respaldar el advenimiento de la mujer que se muestra desnuda al espectador, apenas velada por un arbusto y por un paño que trepa a sus hombros, a modo de esclavina. En La tempestad predomina el verde, y en el aire de la buhardilla también predominaba un verde casi acuático, un verde movedizo como los hilos de la lluvia que descendían en tropel por el cristal de la lucerna.

—No me habías dicho que La tempestad fuese tu cuadro de cabecera.

Imprimí a mi voz ese malestar que, por coquetería y no tanto por decepción, aparentamos cuando descubrimos que nuestros confidentes nos han escamoteado alguna migaja de su intimidad.

—Anda, tonto, a ver si te vas a enfadar ahora. Ya te dije que La tempestad representa el misterio de Venecia.

Ella sí representaba el misterio de Venecia, tenía su misma belleza herida y su trastienda de universos interiores que los turistas nunca llegarían a comprender, ni siquiera a atisbar. En mi esfuerzo por restaurar la complicidad, quizá estuviese empeorando la situación:

—Giovanna Zanon me dijo, entre otras maldades, que Gabetti, quiero decir Gilberto, se creía un personaje de este cuadro, el peregrino que contempla a la mujer desnuda. La mujer desnuda serías tú, claro.

—¿Y el niño? ¿Quién sería el niño? ¿Un hijo incestuoso que guardamos en la mazmorra del castillo? Hay que ser muy retorcida para inventarse esas sandeces.

Le puse un dedo en los labios antes de que prorrumpiera en bajezas que la habrían devaluado.

—¿Puedo echarle un vistazo a tus cuadros? —le pregunté, como quien espanta de un manotazo una telaraña

que interfiere en su felicidad.

—Qué vergüenza, son horrorosos. —Chiara se había sonrojado, y agachaba la vista: su modestia parecía verídica

—. Bueno, mientras me ducho te dejo que los mires, pero con la condición de que luego no me hagas comentarios.

No se encerró en el cuarto de baño hasta arrancarme una señal de asentimiento. La puerta no encajaba en el marco y dejaba rendijas por las que hubiera podido robar algunos fragmentos de su desnudez, como la noche anterior había robado algunos fragmentos de su sueño, pero el amor no se puede sustentar sobre la contemplación furtiva, exige el beneplácito y la correspondencia de quien es mirado. Un cuadro también exige beneplácito y correspondencia, no puede exhibirse ante nuestro desinterés, salvo que sea un cuadro pésimo o simplemente aplicado, en cuyo caso la actitud más piadosa consiste en desviar la mirada. Eso hice yo ante los cuadros de Chiara, antes de que su mediocridad afectara a la imagen más bien platónica que sobre ella me había ido fabricando: «Ni toda la suciedad del mundo podría mancharte», le había asegurado, en un arrebato de optimismo, pero lo que no habían logrado las instigaciones de Giovanna Zanon podían lograrlo, a poco que bajase la guardia, aquellos cuadros, porque nada mancha tanto como el desengaño. Eran cuadros irreprochables en su trazo, pasmosos en su captación de la luz y en sus estrategias compositivas, de un virtuosismo que sólo se puede aprender en el trato con los maestros, pero la originalidad exige que ese trato sea insumiso, y Chiara se había dejado influir demasiado dócilmente. Preferí pensar que el mimetismo (esa variante imitativa de la mediocridad) no era tanto un vicio propio de Chiara como un vicio que otros le habían inculcado —quizá Gabetti, para asegurarse su dependencia; quizá Fabio Valenzin, como ejecución de una venganza—, estrangulando en ella cualquier apunte de innovación.

Preferí pensar que ese vicio poseía cura y que yo era el antídoto.

—Ese hombre que te acompañaba en el cementerio...

¿Cómo se llama?

Su voz me llegaba desde el cuarto de baño, sobreponiéndose a mis cavilaciones y a la letanía de la lluvia. El agua de la ducha salía en estampida, pero se aquietaba en los hombros de Chiara, se bifurcaba en sus senos y se remansaba en su vientre, antes de despeñarse en catarata por los muslos y morir a sus pies, como un súbdito que se prosterna. Combatí los excesos de la imaginación y la pujanza del deseo cerrando los ojos.

—Te refieres a Tedeschi, el guardián del palacio.

—Sí, a él me refiero. —Se estaba enjabonando el arco terso de la espalda, el escorzo del muslo, la curva del empeine—. Ha estado como un ánima en pena, todo el santo día, merodeando por ahí. Cuando salí a correr, me siguió a distancia. Parecía como si estuviese esperando tu regreso. ¿Tenéis algún asunto pendiente?

Me alarmó que Tedeschi hubiese relajado sus deberes de vigilancia sobre la maleta de Valenzin; yo lo había supuesto, durante todo aquel tiempo, atrincherado en el palacio, quieto e insomne como aquellos dragones de las mitologías que incubaban los tesoros. Pero el destino de aquellos dragones era siempre monótono e ineludible: la insana codicia de los héroes les arrebataba el tesoro, después de exterminarlos con el tajo de su espada.

—¿Asunto pendiente? Ninguno —mentí, pero esta vez la mentira, que hasta entonces había sido un juego inofensivo de ocultaciones, me avergonzó—. Se habrá propuesto resolver el asesinato él solito.

La lluvia, al repiquetear sobre la lucerna, me acosaba como el huésped intempestivo que golpea la aldaba de la puerta, suplicándonos cobijo. Junto al fogón, había un

aparador de baquelita, cojo de las cuatro patas, con cajones que fui abriendo sin curiosidad, o en todo caso con esa curiosidad nada delictiva que nos impulsa a saber más sobre las personas que amamos y a infringir el coto vedado de su intimidad, aun a riesgo de descubrir en ese coto motivos que corrompan o enturbien nuestro amor. En los cajones del aparador reinaba el mismo desorden que en la buhardilla, un desorden que en otra persona hubiese suscitado mi rechazo, pero que en Chiara me resultaba venial e incluso reconfortante, porque la hacía más accesible. Camuflado entre servilletas y manteles que no respetaban los dobleces, encontré un sobre con fotografías.

Supe cuál era su contenido porque el celuloide de los negativos asomaba por una esquina; vacilé antes de abrirlo, no tanto por la mojigatería o escrúpulo de inmiscuirme en un pasado que no me incumbía, como por el temor de que ese pasado incluyese manchas que no admitiesen detergente. Levanté la lengüeta del sobre y extraje las fotografías con ese temblor del tahúr que desprecinta una baraja compuesta de naipes cuyos dibujos no reconoce; eran fotografías campestres, lo cual las convertía en exóticas, pues Venecia es una ciudad colonizada por la piedra que sólo deja crecer la hierba en los jardines de sus palacios. Eran fotografías tomadas al final de la tarde, cuando la luz oblicua alarga las sombras, fotografías en formato menor, sin demasiada definición, o con una definición espectral que las aproximaba a esos retratos desvaídos por la intemperie que ilustraban los epitafios del cementerio de San Michele.

Tardé en identificar al hombre que aparecía en algunas, porque la proximidad del objetivo le distorsionaba las facciones sonrientes que rehuían el acoso de la cámara, y además el hombre interponía una mano, taponando el objetivo como se tapona el boquete de una herida donde se agolpa la sangre. Tardé en reconocerlo, porque su mirada no

era pavorosa, sino risueña, su mirada no era inmóvil ni perentoria, sino ajetreada por la felicidad, y su fisonomía no era demacrada y como de pergamino, no era el suyo un rostro que almacenase los residuos de un crimen sin castigo, sino más bien el rostro de alguien que se cree inmune a los castigos y no previene la muerte que le acecha en algún recodo. Fabio Valenzin se protegía de la cámara sin demasiado empeño, como a veces nos protegemos del halago, como a veces retrocedemos ante la caricia, con esa resistencia falsa y remolona que en realidad es un acicate para quien nos halaga o acaricia.

Abruptamente, el retratado se convertía en retratista, y era Chiara la que aparecía en las fotografías, también huidiza y también sonriente, ofreciéndose de perfil a la cámara, ensayando muecas que afectaban enojo y encubrían una aceptación: tenía el pelo partido en crenchas y recogido en una coleta, pero de la coleta se escapaban unos mechones o guedejas que le caían con una levísima ondulación sobre las mejillas, delineando su mandíbula. No logré precisar el momento en que Chiara dejaba de posar espontáneamente para convertirse en modelo que ensayaba gestos y seguía las indicaciones de Valenzin, porque la transición era paulatina y no revelaba premeditación, tan sólo un lento decantamiento hacia la languidez, esa discreta domesticidad de quien acata y accede y transige. Eran primeros planos con diferencias casi imperceptibles, apenas un cambio en el modo de entornar los párpados o en el sesgo de su nariz o en la estudiada disposición de sus guedejas, que enmarcaban una mirada de voluptuosa tristeza. Chiara permanecía indiferente al espionaje de la cámara, que retrocedía unos pasos para mostrarla de cuerpo entero, sentada sobre la hierba y desnuda, en la misma postura que la mujer del cuadro de La tempestad, con una pierna flexionada hacia atrás sobre la que descansaba todo el peso de su cuerpo y otra también

flexionada pero levemente erguida, con el vientre como una guitarra muda y los senos como animales núbiles y perplejos. Casi cinco siglos mediaban entre Chiara y la mujer que había pintado Giorgione, casi quinientos años con su equipaje de muerte y corrupción, pero ante mis ojos estaban ambas, equidistantes e igualmente vivas, como ejemplares repetidos de un mismo sueño, como víctimas propiciatorias de una misma obsesión.

—¿Pero es que quieres enterarte de todo?

Chiara había salido del cuarto de baño (sólo un albornoz mitigaba su desnudez) y me miraba sin censura ni reprobación, con esa pesadumbre cansada de quien hubiese preferido callar y se ve obligado a rendir cuentas. Asentí con infinita veneración e infinito temblor:

—De todo.

Parecía una resucitada que regresa de ultratumba, quinientos años después, envuelta en el vapor de la ducha, envuelta también en la luz de la buhardilla, que contenía dentro de sí todos los matices del verde.

—Te habrán parecido indecentes —dijo.

Había esparcido las fotografías sobre la cama y se había subido el cuello del albornoz.

—Quién soy yo para juzgar cosas que no conozco. Más indecente he sido yo, fisgoneando tus cajones.

Nadie merece que le roben un instante de inocencia, y mucho menos cuando ese instante pertenece al pasado o al capítulo de los arrepentimientos. Por la abertura de los faldones se escapaban sus rodillas y también el arranque de los muslos, la presentida morbidez de la carne. Había cesado el chaparrón, pero la buhardilla conservaba su aspecto de gruta submarina.

—Quieres enterarte de todo, y ayer mismo preferías no saber —comenzó con la voz consumida por la nostalgia o los

remordimientos—. Créeme si te digo que es mucho mejor la ignorancia. En fin, allá tú.

Estaba descalza, y se frotaba los pies entre sí; reparé en sus dedos, que tenían algo de animales crustáceos adheridos a la roca, dedos muy pequeños y como anquilosados que se amontonaban unos encima de otros y dificultaban la enumeración. Anochecía sobre Venecia.

—Creo que desde niña amé a Fabio —reconoció al fin, y yo asentí a sus palabras, que ratificaban mis celos retrospectivos—: lo amé sin esperanza y en secreto, porque sabía que ese amor no sería nunca correspondido, sabía que Fabio estaba inmunizado frente al sentimiento. Su vida había sido un aprendizaje de la soledad: era huérfano como yo, pero él ni siquiera había tenido a nadie que respaldara sus desazones o le curara las heridas que nos va dejando la soledad, y eso lo había secado por dentro y curtido por fuera, lo había dejado inservible para las emociones. Yo pensé equivocadamente que podría extirparle esa enfermedad, pero mis esfuerzos chocaron una y otra vez contra un caparazón impenetrable. En lugar de su amor, sólo obtuve un sucedáneo estéril, un sentimiento envilecido que me hizo infeliz hasta el agotamiento. Era como padecer claustrofobia y tener que vivir en una madriguera, alimentándome siempre con el mismo aire viciado. Soy una ilusa, creía que con mi ayuda ese aire se desinfectaría, pero ocurrió justo lo contrario: Fabio me contagió su mal.

Quizá yo también había sido un iluso al pensar que podría disipar el influjo que otros hombres habían ejercido sobre ella.

—Pero eso que me estás contando es una monstruosidad

—dije.

—Supongo que sí. —El atardecer excavaba su rostro, oxidaba su voz, hasta adelgazarla en un susurro—. Una monstruosidad que consentí y de la que soy responsable,

porque participé activamente de ella, entré en el juego y me dejé atrapar. Fabio nunca llegó a corresponder a mi amor, pero en cambio empezó a profesarme una devoción morbosa y acaparadora, me convirtió en algo así como un objeto de idolatría. —Aquí, inevitablemente, me ruboricé, porque yo también había cedido a esa tentación—. Cuando me acariciaba (y casi nunca me acariciaba: el contacto de otra piel le quemaba en los dedos), parecía estar reconociendo los contornos de una obra de arte, nunca llegó a verme como lo que realmente soy, una mujer de carne y hueso que a veces arde de deseo y a veces se consume de tristeza.

Tuve miedo de que el amor estéril de Valenzin se reencarnase en mí, prolongando su maldición. Bajé la vista al suelo y fui escalando sus piernas, la curva alabeada que iba desde el tobillo hasta la pantorrilla.

—Entonces Fabio empezó a tomarme como modelo de sus cuadros, o de sus falsificaciones. Me estudiaba durante horas, como el taxidermista estudia la pieza que va a disecar, antes de extraerle las vísceras. Quizá necesitaba cosificarme para que su devoción fuese más completa, quizá necesitaba modelarme a su gusto, estilizarme o empalidecerme como hubiese hecho un pintor del Renacimiento.

—El mismo Giorgione —dije.

El atardecer también había debilitado mi voz, ambos hablábamos un poco hacia dentro, en un ejercicio de introspección.

—El mismo Giorgione, por ejemplo —corroboró Chiara—.

Pero no se puede sostener indefinidamente una relación asimétrica, por mucho tesón que pongamos en su mantenimiento. Yo agoté las reservas de mi tesón, acabé exhausta y al final tuve que rendirme.

Y esa misma rendición se trasladaba a sus palabras, que brotaban de sus labios con una laboriosidad parturienta.

Cuando calló parecía desgajada de sí misma, convaleciente de una operación que la hubiese vaciado de recuerdos. Las fotografías, esparcidas sobre la cama, habían perdido su aura de obscenidad.

—Así que ya ves, eso es lo que hay. Te advertí que es preferible la ignorancia —dijo.

Decidí que su versión de los hechos no podía encubrir ninguna impostura, y no hallé mejor modo de demostrárselo que mediante un abrazo. La felpa del albornoz, humedecida por la ducha reciente, tenía un tacto como de musgo que mitigaba las aristas de los omóplatos.

—Y ahora Fabio se ha muerto, y se ha llevado consigo todo ese tesón que yo puse para rescatarlo.

Había una pudorosa demanda de socorro en sus palabras, aunque su tono no fuese todavía implorante ni angustioso.

—¿Lo sabía Gabetti? —pregunté.

—Yo nunca lo fui pregonando por ahí, pero tampoco lo podía ocultar. —Chiara se desasió de mi abrazo como si de repente la asaltara un prurito de lealtad al difunto—. Sí, claro que lo sabía. Lo sabía y lo lamentaba: Fabio no era el hombre que él hubiese deseado para mí.

Yo no podía abolir la imagen de Gabetti con los ojos de iris azul esmaltados de odio, sus ojos donde convivían mansedumbre y barbarie decantándose hacia la ferocidad, mientras Valenzin le enseñaba a Chiara disciplinas que él no dominaba. Había visto a Gabetti velando el sueño de Chiara con embriagada ternura, pero aún me resistía a extraer conclusiones sucias o impronunciables. Sonó un teléfono, disuadiéndome con sus timbrazos de perseverar en mis lucubraciones.

—En seguida vuelvo.

Bajo el albornoz su cuerpo tenía una calidad moviente, como concebida para la alfarería de unas manos que auscultasen su esbeltez y también sus precipicios. Durante los minutos que permanecí a solas en la buhardilla, me entretuve revisando las fotografías que Fabio Valenzin le había tomado, fotografías sin esbeltez ni precipicios ni siquiera temblor humano, fotografías desoladas y estériles que no aceptaban la ofrenda de la vida. El verdadero arte reproduce o interpreta la vida, pero el arte espurio la traiciona y enjaula, la embalsama y momifica. El crepúsculo descendía sobre la lucerna, y se cernía sobre mí, y me arrojaba su espesor de ciénaga.

—Era Gilberto. En un par de horas nos espera en la Academia. —Chiara se había asomado a la puerta para transmitirme el mensaje—. Me ha pedido que llevemos una linterna, porque, con las inundaciones, han tenido que cortar la electricidad, para prevenir los cortocircuitos.