La tumba perdida
Capítulo 28
Londres, 29 de marzo de 1972
Todo indicaba que la exposición iba a ser un éxito. El Museo Británico de Londres se había volcado en organizar un acontecimiento que rompiera los moldes de las exhibiciones tradicionales. Las entradas estaban agotadas, y las colas, dispuestas en innumerables zigzags dentro del patio del edificio, llegaban hasta la cercana Russell Square, detrás del museo.
El buen tiempo del que habían disfrutado la semana anterior había dado paso a una mañana desapacible. Parecía que la llegada de «Los Tesoros de Tutankhamón», como se denominaba la exposición, reavivaba en Londres los viejos miedos a la maldición, algo que sin embargo no inquietaba en absoluto a lady Evelyn.
Cuando su coche alcanzó la reja del museo y uno de los hombres de su servicio se apresuró a abrirle la puerta, lady Evelyn se topó con el esperado protocolo montado para la llegada de la reina Isabel II. La exposición celebraba los cincuenta años del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón y la hija de lord Carnarvon temía la tormenta de recuerdos y emociones que la embargaría al contemplar de nuevo los tesoros del Faraón Niño. «A Howard le habría encantado estar aquí», pensó. Pero eso era imposible. El egiptólogo había fallecido en 1939, hacía ya más de tres décadas. El cabello negro de aquella joven inquieta y jovial se había convertido en una mata de color blanco. Su rostro, aunque avejentado por la
edad, conservaba esa belleza antigua que la caracterizaba, pero sus ojos pocas veces brillaban ya como antaño.
Mientras se dirigía hacia la escalera principal del museo, apenas oía los comentarios de la gente que la reconocía como una de las protagonistas del sensacional descubrimiento. Su marido, enfermo, había preferido quedarse en casa, y su hija Patricia, que había heredado su carácter, decidió evitar el alboroto que sin duda se crearía alrededor de la exposición.
Al pie de la escalera, Eiddon Edwards, comisario de la muestra y máximo artífice de su éxito, la esperaba.
—Buenos días, lady Beauchamp —saludó el egiptólogo con una amplia sonrisa—. Es un verdadero placer recibirla. Le agradezco infinitamente que aceptara nuestra invitación.
Eiddon Edwards rondaría los sesenta años, pero su rostro, casi infantil, desprendía bondad a raudales. Unas gafas redondas de pasta enmarcaban dos ojillos pequeños que se movían tímidamente a ambos lados mientras hablaba.
—Buenos días, señor Edwards —respondió la hija de lord Carnarvon—.
Soy yo la que les está agradecida. —Realmente, el que se hubieran acordado de ella le agradaba—. Me consta que han realizado un trabajo excepcional.
—Su hermano, el conde de Carnarvon, ha llegado hace unos minutos.
Para nosotros es muy importante que la familia que sufragó el hallazgo y el estudio de la tumba esté aquí hoy.
Edwards parecía exultante, y no era para menos. Lady Evelyn sabía de la dificultad de las gestiones que habían tenido que realizar para traer aquellos objetos a Londres: decenas de viajes a El Cairo, reuniones al más alto nivel con toda clase de autoridades, y encuentros de trabajo maquillados en forma de fiesta habían sido la norma en los últimos cuatro años.
Lady Evelyn agradeció las palabras del comisario de la exposición y, con una sonrisa que pronto se disipó, siguió los pasos del asistente de protocolo que le indicó el camino hasta el hall, donde todos los invitados esperaban a Su Majestad.
A los pocos minutos, el bullicio que se oyó en la plaza anunció la llegada de la reina.
Después de saludar a su hermano, lady Evelyn se dirigió hacia las salas que albergaban los tesoros del faraón. Sentimientos enfrentados empezaron a aflorar en su interior a medida que se acercaba a las vitrinas, hasta que, de pronto, se topó con el pasado y su envejecido pulso se aceleró: casi medio siglo después volvía a ver el brillo del oro de la joyería de Tutankhamón. Y
en aquellas vitrinas lucía de una manera espectacular. Había piezas que lady Evelyn nunca había visto. El brillo del oro estaba en todas partes, y en su cabeza comenzaron a brotar recuerdos de voces, sonidos y escenas de cincuenta años atrás. Por unos instantes perdió la noción del tiempo y el espacio y se vio en la antecámara de la tumba caminando con cuidado entre los miles de objetos preciosos que había por todas partes. Vio a Ahmed Gerigar, que era testigo como ella de la escena. Vio a su padre, que iluminaba boquiabierto los lechos funerarios. Vio a Carter, que pasaba la mano sobre la tapa de uno de los baúles de madera que descansaban junto a los carros, y a Callender, que se acercaba a la segunda puerta de la habitación, la que llevaría más tarde a la cámara funeraria. Todos deambulaban en silencio por aquel escenario casi teatral.
Lady Evelyn era la única superviviente de cuantos habían estado presentes en aquel momento. Y allí estaba, cincuenta años después, protagonista casi olvidada de ese recuerdo.
Cuando el ruido de los flashes de las cámaras anunció la llegada de la comitiva real, la anciana regresó al enmoquetado hall, pero prefirió quedarse en un segundo plano.
Después de cortar la cinta inaugural, la reina Isabel abrió la comitiva acompañada de varias autoridades egipcias que hacían de guías. Su Majestad lucía un bonito abrigo de color rojo con cuello de piel de color negro y sombrero a juego, y portaba un ramo de flores en la mano. Mientras Edwards le relataba anécdotas relacionadas con las piezas de la exposición, la reina mostraba gran interés por los objetos y por la intrahistoria de cada uno de ellos.
El momento de mayor intensidad llegó cuando alcanzaron la vitrina que protegía la máscara del joven rey. La pieza encabezaba la primera de las salas: una bienvenida casi faraónica.
Era la primera vez que esa pieza abandonaba Egipto para una exposición de esas características. Sumada al resto de los objetos —medio centenar, uno por cada año transcurrido desde su descubrimiento—, el resultado era realmente increíble: muebles, joyas, capillas, estatuas funerarias y esculturas doradas creaban un escenario como nunca antes se había visto. Al igual que sucedió medio siglo antes, el periódico The Times junto a The Sunday Times habían hecho un gran esfuerzo en patrocinar aquel logro.
Mientras la reina admiraba con detenimiento el rostro dorado del rey, nadie se atrevía a mover un músculo, las cámaras dejaron de lanzar flashes y se hizo un silencio tal que el tiempo pareció detenerse.
Lady Evelyn observaba desde la distancia la escena cuando, de pronto, su mirada se cruzó con la de la reina. Ésta le sonrió con discreción y prosiguió el itinerario arrastrando tras de sí al séquito de egiptólogos y autoridades.
La hija de Carnarvon se acercó entonces a la vitrina donde descansaba la máscara del rey Algunos fotógrafos se habían quedado rezagados para, aprovechando la ausencia de invitados, reproducir cómodamente aquella joya, emblema de la culminación del mayor descubrimiento arqueológico de la historia de Egipto.
—Es un sueño tener la máscara en esta exposición.
La voz de Eiddon Edwards le hizo volver la cabeza.
—Los egipcios son muy duros a la hora de regatear —continuó el egiptólogo sin perder la sonrisa—, pero al final los convencimos de que en una muestra como ésta, en la que se conmemoraba el cincuenta aniversario del descubrimiento de la tumba, esa pieza no podía faltar.
—Es una obra magnífica, desde luego —dijo la hija de lord Carnarvon volviendo la mirada a los ojos del faraón—. ¿Puede creer que es la primera vez que la veo?
Edwards la observó sorprendido.
—Sí, así es —prosiguió Evelyn—. Abandoné Egipto en 1923 para casarme y desde entonces no he vuelto al Valle de los Reyes. Cuando me fui del país, los trabajos en la cámara funeraria apenas habían comenzado.
Luego… mi familia no ha querido verse involucrada en nada relacionado con la egiptología, a mi esposo no es un tema que le apasione y…
paulatinamente lo hemos ido arrinconando hasta casi olvidarlo.
—Olvidar una cosa así no puede ser fácil. Debió de ser una época llena de emociones.
—Por supuesto —admitió la anciana—. En muchas ocasiones he sopesado lo positivo y lo negativo que vivimos todos en aquellos años, y la verdad es que no sé con qué quedarme. Yo siempre le decía al señor Carter que al final solamente recordaríamos las cosas buenas.
—¿Y ha sido así?
—Sí, de lo contrario le aseguro que no estaría en esta exposición. —La aristócrata sonrió, pero de pronto su rostro adquirió una seriedad desconocida. Tenía la mirada fija en una vitrina.
—¿Le sucede algo, lady Beauchamp? —preguntó el egiptólogo, preocupado.
Junto a una estatua de oro que representaba al faraón sobre una pantera negra, acicalado con sus ropas y cetros reales, había un objeto que lady Evelyn no esperaba encontrar allí. La luz de la lámpara que lo iluminaba se reflejaba en su blancura y lo hacía brillar de una manera especial.
La anciana se acercó hasta la vitrina, seguida de Edwards.
Sí, no se equivocaba, ahí estaba el ostracon que marcaba la ubicación de varias tumbas del Valle de los Reyes, el ostracon que Carter y ella habían utilizado medio siglo atrás en el intento de hallar la tumba perdida…
Evelyn casi se había olvidado de ella; una búsqueda infructuosa que no les había traído más que problemas con el gobierno egipcio.
—Ah, ya veo, lady Beauchamp —dijo Edwards arqueando las cejas—.
Intuyo que pocos entenderán esta pieza… La gente se fijará sobre todo en el brillo del oro, los tesoros más conocidos por las fotos de las revistas. Este ostracon pasará desapercibido…
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó lady Evelyn, intrigada.
—Estaba entre los objetos personales de Howard Carter. Al parecer, su sobrina Phyllis Walker lo entregó al Museo de El Cairo cuando el arqueólogo falleció en 1939. En su colección había algunas piezas comprometidas que podrían proceder de la tumba. Ésta era una de ellas.
Para evitar problemas legales, la señorita Walker decidió entregarlas al gobierno egipcio. Al igual que las otras, este ostracon no se encuentra en los inventarios ni en las fotografías realizadas por Burton de los objetos aparecidos en la tumba.
—Es que no apareció en ella.
La serenidad y seguridad con que la anciana lanzó aquella afirmación sorprendió a Edwards.
—¿Cómo dice? ¿Conoce este ostracon?
—Carter me explicó que lo descubrió Omar, el hermano pequeño de su capataz, junto a la tumba de Tutmosis IV. Pero no apareció en la tumba de Tutankhamón.
»Carter lo guardó siempre consigo en su casa de Luxor, en Elwat el-Diban. Sólo unos pocos sabíamos de su existencia. Burton lo fotografió, pero para el archivo privado de Carter.
Al instante lady Evelyn recordó la cena en casa del fotógrafo en la que comenzaron a desatarse los problemas con aquel misterioso texto.
—Es una pieza extraña.
—¿Por qué lo dice, doctor Edwards?
—Hay algo que no me encaja. Parece que indica la ubicación de varias tumbas de un cementerio de Tebas. Por lo que usted me acaba de decir, podría ser el Valle de los Reyes. Pero aun así falta algo.
Junto al ostracon había una cartela en la que se podía leer el contenido del texto.
—«Desde el sauce al General en Jefe… —leyó en voz alta la hija de lord Carnarvon— dieciséis metros, y a la tumba de Meryatum, el más Grande de los Supervisores, trece metros.» —Lady Evelyn miró a Edwards y añadió—: No entiendo por qué no han puesto un espejo debajo del ostracon para que se pueda observar el reverso de la piedra; el jeroglífico continuaba por detrás.
—¿Cómo dice? Disculpe pero no la entiendo.
—Sí. Recuerdo que en la parte de atrás el texto proseguía y había un símbolo.
—Debe de haber un error…, quizá hablamos de piezas diferentes. El texto de este ostracon no prosigue en el reverso.
La mujer clavó la mirada en los ojos del conservador del Museo Británico.
—Estoy segura de ello, doctor Edwards —dijo de forma pausada—. He tenido este ostracon en mis manos y vi los dibujos que Howard había hecho de él.
—Le aseguro que la pieza que hay en la vitrina sólo tiene el texto que mostramos. Por detrás no hay nada. ¿No podría tratarse de otra antigüedad similar?
—Estoy segura de que es el mismo. Carter fue transcribiendo el jeroglífico a un mapa del valle…
—Si así fuera, lady Beauchamp, se trataría de una pieza extraordinaria.
Un dibujo ayudaría a aclarar la ubicación de las tumbas que aparecen en el listado, incluso la que todavía sigue sin aparecer en el cementerio y que se menciona en el jeroglífico.
—Pero Harry Burton fotografió el ostracon. Recuerdo que Carter me lo dijo. Esa noche cenamos en casa del fotógrafo.
—Sí, conocemos esas fotos. Estaban en la documentación de Howard Carter, pero en ellas se aprecia lo mismo que ve usted ahora.
—La tumba perdida… —masculló la anciana entre labios.
—¿Cómo dice?
—Perdóneme, hablaba sola. Estaba recordando cosas.
Lady Evelyn rememoró vivamente el momento en que Carter señalaba con el dedo un lugar muy concreto del Valle de los Reyes, un punto localizado entre las tumbas de Ramsés II y Merneptah. «Aquí», había dicho el descubridor de Tutankhamón con absoluta seguridad. Sabía que era un lugar donde nadie había excavado de manera sistemática. Pero si era así,
¿por qué se negó a continuar la búsqueda de la tumba perdida y llegó incluso a decir que «era una quimera»?
—Entonces, dice usted que en el reverso de este ostracon no hay nada…
—Estoy completamente seguro, lady Beauchamp. Es una pieza curiosa, la incluí en la exposición por su originalidad. Salvo usted, pocos la conocen.
—¿Tiene una linterna, doctor Edwards?
—Por supuesto —respondió el egiptólogo sin ocultar su extrañeza mientras metía la mano en el bolsillo de su chaqueta negra y sacaba una linternita de pilas—. Siempre llevo una de bolsillo para… ocasiones como ésta.
Estaba claro que esa ocasión jamás había pasado por la imaginación de Eiddon Edwards, pero antes de que pudiera decir nada más, la mujer cogió la linterna, la encendió e iluminó la parte más oscura de la vitrina, justo debajo del ostracon.
Lady Evelyn se agachó para intentar ver el reverso de la caliza. El objetivo era pequeño y la luz no era todo lo idónea que cabría desear, pero dado que la superficie del ostracon no era plana pudo comprobar que, en efecto, por detrás no había nada. Y, sin embargo, ella recordaba perfectamente cómo las líneas se perdían por los bordes de la pieza. Esas marcas deberían verse con la linterna. Pero allí no había nada. Era totalmente blanca.
Durante unos segundos guardó silencio.
Edwards la contemplaba con curiosidad, preguntándose qué pasaba por la cabeza de aquel personaje que había presenciado el descubrimiento.
¿Había algo que él desconocía?
De pronto lady Evelyn abrió los ojos como si estuviera contemplando una visión.
—¿Se encuentra bien, lady Beauchamp? —preguntó el egiptólogo, asustado—. ¿Necesita algo?
—Gracias, doctor Edwards. Creo que debo irme —contestó ella de forma atropellada—. Me ha sido de gran ayuda. Mi familia le está enormemente agradecida por el detalle que ha tenido de acordarse de nosotros.
Las últimas palabras de la hija de lord Carnarvon sonaron con eco al fondo de la galería, ahora vacía. La mujer había salido casi corriendo en dirección a la entrada principal. Una vez fuera, se dirigió hacia su coche.
—Steven —dijo a su chófer—, hemos de ir a casa enseguida.
—¿Sucede algo, señora?
—No, pero vámonos ya, necesito comprobar una cosa.
El Mercedes color burdeos de la casa Carnarvon cruzó la reja del Museo Británico. Cientos de curiosos se agolpaban alrededor de la entrada intentando identificar al aristócrata, político o famoso que salía a toda velocidad.
El coche se dirigió hacia la abadía de Westminster, la zona donde el matrimonio Beauchamp tenía su lujosa casa y donde vivían muchos parlamentarios. En pocos minutos alcanzaron la puerta. Dos personas del servicio la esperaban junto a la puerta. Lady Evelyn entró con tal presteza que apenas tuvieron tiempo de tomar su bolso y su abrigo. Sin aminorar el paso, se dirigió a la biblioteca situada en un amplio salón de la planta baja.
Los volúmenes no estaban organizados por temas ni nada parecido. En ocasiones se lamentaba de su desgana y torpeza a la hora de intentar hacer cualquier tipo de catalogación. Los libros se iban colocando a medida que llegaban, y tampoco había un espacio dedicado a los suyos.
Sin embargo, sabía perfectamente dónde estaban los tres volúmenes de Tutankhamón. Los guardaba con un cariño especial, y aunque nunca los había leído al completo, por el simple hecho de no querer ahondar en viejos recuerdos, sí había disfrutado muchas veces de sus fotografías, y solía enseñarlas en la visita de amigos que sentían curiosidad por conocer detalles sobre la historia del descubrimiento.
Los libros de Carter estaban en la tercera estantería, junto a la ventana.
Se encontraban en un estado excelente; la camisa que cubría las tapas estaba impoluta. El primero reproducía en la cubierta la cabeza dorada de un leopardo con decoración de cristal de color azul. Aunque la imagen era en blanco y negro, aún conservaba el esplendor de hacía casi cinco décadas.
Lady Evelyn abrió lentamente el libro. En su interior había un sobrecito blanco dentro del cual guardaba uno de sus mayores secretos. Desdobló la
pestaña y extrajo un papel doblado en cuatro.
Tal como ella recordaba, allí estaban el texto, la letra de Carter y el dibujo que había realizado a partir de las instrucciones marcadas por el antiguo escriba de la necrópolis para localizar la ubicación de las tumbas reales.
La anciana volvió a introducir el papel en el sobre y dejó el libro en la estantería.
Salió de la biblioteca y fue directa al despacho del secretario de la familia.
—Buenos días, señor Partridge.
—Buenos días, lady Beauchamp. No sabía que ya hubiera regresado de la inauguración… ¿En qué puedo ayudarla?
—Hoy es martes día 29, ¿no es así?
—En efecto, mañana miércoles es la inauguración oficial de la exposición. ¿Quiere que encargue algunas entradas más, como me dijo la semana pasada?
—No, gracias, señor Partridge. Lo que voy a pedirle no tiene nada que ver con la exposición… Bueno, en cierto modo sí, pero… En fin, quiero que gestione dos pasajes para viajar a Luxor lo antes posible.
El secretario se quedó de una pieza. Sabía que el antiguo Egipto era un tema un tanto tabú para los Carnarvon; viajar al país de los faraones era algo que no entraba en absoluto en sus planes.
—¿Cómo dice, lady Beauchamp? ¿Viajar a… Egipto?
—Exacto. Como mi esposo está enfermo, usted me acompañará.
Gestiónelo cuanto antes. Hable con la embajada egipcia en Londres para tramitar los visados desde aquí y evitar cualquier clase de problema burocrático una vez que lleguemos a Egipto.
—Pero… ¿cuándo quiere viajar? ¿La semana que viene, el próximo mes de mayo… ?
—Si salimos mañana, mejor que pasado mañana.
El señor Partridge era un hombre terriblemente eficiente y puntilloso en su trabajo. El matrimonio Beauchamp llevaba con él casi dos décadas y la relación laboral y humana era magnífica por ambas partes. El secretario se
rascó la barba canosa. Conocía bien a la esposa de sir Brograve Beauchamp y sabía que no valía la pena llevarle la contraria. Si decía que quería viajar mañana, más le valía ponerse a trabajar en ese mismo instante.
—Haré un par de llamadas por teléfono y en menos de una hora le informaré de los detalles del viaje. Saldremos cuanto antes, lady Beauchamp.
—Muchas gracias, señor Partridge. —La hija de lord Car-narvon sonrió por primera vez en ese día—. Si necesita cualquier cosa, estaré en mi estudio.
* * *
La gestión del viaje a Luxor fue más sencilla de lo esperado. Ese mismo miércoles volaron a Roma, donde hicieron noche para, a la mañana siguiente, tomar un nuevo avión rumbo a la capital de Egipto.
Los trámites realizados desde Londres por el secretario facilitaron la entrada, así como el enlace aéreo que los llevó de El Cairo a Luxor.
El torrente de recuerdos comenzó a aflorar al poco de llegar al Winter Palace. Lady Evelyn había pedido al señor Partridge que reservara habitación en el mismo hotel donde se había hospedado cincuenta años atrás. Había realizado la reserva con su nombre de casada, aunque tampoco creía que fueran a reconocerla después de tanto tiempo. Pero así estaba más tranquila.
A primera hora de la mañana, dejó las maletas en su suite. No quería pasar más tiempo del necesario en aquella ciudad. Tras cambiarse de ropa y tomar un frugal refrigerio, indicó al señor Partridge que la siguiera.
Al secretario le sorprendió verla con pantalones y con un atuendo que nada tenía que ver con las reuniones de etiqueta tan frecuentes en la casa de Londres. Y no fue menos asombroso descubrir que la anciana conocía la ciudad como si hubiera pasado gran parte de su vida en ella. Él sabía que hacía cinco décadas que no ponía el pie en Luxor; sin embargo, las cosas habían cambiado tan poco que a la mujer le costó apenas unos minutos
familiarizarse con aquel ritmo de vida, lento y pausado, ahora adaptado a las nuevas necesidades del turismo.
Cuando tomaron el ferry que solían emplear los extranjeros para cruzar el Nilo hacia la orilla oeste, lady Evelyn se sintió como una más. No había prerrogativas ni excelencias que la convirtieran en una visitante especial con toda clase de privilegios. Así lo quería y así se sentía más cómoda.
Cuando el taxi que alquilaron en el embarcadero occidental los llevó hasta el Valle de los Reyes, los recuerdos se convirtieron en una avalancha de imágenes que comenzaron a palpitar en su corazón con nostalgia.
Antaño no había carretera, tan sólo un camino de tierra que comunicaba los yacimientos y las casas de los obreros de Gurna. Parecía que el tiempo se había detenido. Salvo la carretera, unas pocas viviendas nuevas y alguna conservación realizada en los templos, todo estaba exactamente igual a como lo recordaba.
Cuando el coche dejó el Rameseum a la derecha y enfiló el camino hacia Elwat el-Diban el corazón de la anciana se encogió al ver al fondo Castle Carter.
—Deténgase un momento, por favor —pidió al taxista haciéndole un gesto con la mano.
La casa parecía abandonada. A su alrededor no había absolutamente nada. La sombra de unos pocos árboles resecos, que no recordaba que fueran los mismos que Carter mandó plantar cuando se construyó la vivienda, impedía ver el conjunto de la residencia. Las paredes estaban cubiertas de desconchones y las ventanas parecían cerradas a cal y canto.
El taxista miró con curiosidad a la anciana mientras se encendía un cigarrillo.
—La casa del señor Carter —dijo el egipcio con una sonrisa—. Si quiere me acerco para que la vea mejor.
—No es necesario, es usted muy amable. Siga, por favor, en dirección al Valle de los Reyes —indicó ella señalando la entrada de la necrópolis real.
El taxista se percató de que aquella mujer conocía el lugar.
—¿Es usted arqueóloga? —preguntó con curiosidad.
—No, no —respondió lady Evelyn mientras miraba por el cristal de atrás la casa de Carter a medida que se alejaban del lugar.
—Muy pocos saben que esa casa era la de Carter —señaló el taxista—.
La mayoría de los guías la confunden con la que hay en la montaña. Quizá ésa sea más vistosa.
Lady Evelyn no siguió la conversación del hombre. Permaneció en silencio, acompañada de su secretario, empapándose en aquel paisaje en el que tantas veces se había sentido protagonista.
Al llegar a la entrada del Valle de los Reyes, el coche se detuvo frente a la taquilla y el conductor señaló una destartalada caseta de madera.
—Ahí es donde tienen que comprar las entradas —les dijo con desgana mientras tomaba de debajo del asiento una vieja botella de plástico llena de agua—. Yo los esperaré aquí. Comienza a hacer calor, así que les aconsejo que no se entretengan demasiado. En cualquier caso, yo no me moveré del aparcamiento.
El señor Partridge salió del coche para comprar un par de entradas. Con ellas en la mano, regresó al vehículo, abrió la puerta y ayudó a salir a lady Evelyn.
Al cruzar el umbral de acceso al recinto, la hija de lord Carnarvon se vio arrastrada por un grupo de turistas japoneses. Cuando consiguió separarse de ellos, ya estaba en el sendero principal del valle que llevaba al centro de la necrópolis, donde estaba la tumba de Tutankhamón.
Desde donde se encontraba pudo ver el muro de piedra que rodeaba la entrada. No había cambiado absolutamente nada. La imagen era idéntica a como la recordaba y a las pocas referencias que había visto en revistas y programas de televisión recientes.
Cuando consiguió centrarse en lo que había ido a hacer, abrió su bolso de mano y extrajo el sobre que contenía el dibujo de Carter. La tumba de Ramsés II estaba a apenas cincuenta metros al norte de la entrada de Tutankhamón. Y la de su hijo y sucesor en el trono ramésida, Merneptah, estaba prácticamente a la misma distancia pero en la loma occidental de la montaña.
—Espéreme aquí, señor Partridge. Tengo que comprobar una cosa. No me llevará mucho tiempo.
—Pero ¿adonde va? —exclamó el secretario, que no dejaba de abanicarse con una gorra a cuadros—. ¿No quiere que la ayude? Subir por ahí puede ser peligroso.
—No se preocupe. Conozco bien este lugar. No me perderá de vista, es aquí mismo. Pero he de ir sola; espero que lo entienda.
Con el plano en la mano, la hija de lord Carnarvon comenzó a ascender por el sendero que las autoridades habían delimitado para que los turistas caminaran con comodidad hasta la tumba de Merneptah.
A esas horas de la mañana, pasadas las once, había muy poca gente en el Valle de los Reyes. Sin embargo, parecía que no iba a tener suerte; un grupo de italianos la seguía. A pocos metros de la entrada, lady Evelyn se detuvo, se apoyó de forma distraída en una roca y los dejó pasar.
Observada desde abajo por su secretario, la anciana salió del camino de entrada a la tumba y avanzó hacia la de Ramsés II, cuyo acceso se divisaba a pocas decenas de metros de allí.
Con el plano en la mano, no tardó en delimitar la «X» del lugar exacto donde el egiptólogo había creído que se encontraba la tumba perdida. Una vez más leyó con voz queda la traducción completa del ostracon. Un texto indescifrable que solamente entonces comenzó a tener sentido.
Desde el sauce al General en Jefe, dieciséis metros, y a la tumba de Meryatum, el más Grande de los Supervisores, trece metros. Desde el sauce a la tumba de los aceites a la de mi más Grande de los Supervisores, veintiún metros. Corriente abajo sobre el camino norte donde está la tumba vieja, quince con seis metros hasta el General en Jefe…
Lady Evelyn miró a ambos lados para comprobar que no había nadie en las inmediaciones, se quitó las gafas de sol y echó un vistazo al suelo.
Había hecho un largo viaje sólo para realizar una pequeña comprobación.
Se agachó y removió con la mano la gravilla que cubría el suelo de aquella zona de la loma del valle. La mayor parte era simplemente arena.
En otras afloraba la roca, algo completamente natural.
La anciana caminó unos pasos y lo volvió a probar sin éxito. De repente se sentía completamente estúpida. Aquel viaje no tenía sentido, se había dejado llevar por una absurda ilusión y por la recuperación de un sueño que cinco décadas antes ya se había demostrado imposible. Algo fallaba en aquel ostracon. Las palabras que Carter le había dicho a su regreso de Luxor tenían más sentido que nunca: «La tumba perdida es una quimera».
No había tardado ni cinco minutos en darse cuenta de su error. Si hubiera sido tan sencillo, Carter la habría descubierto después de acabar los trabajos en la tumba de Tutankhamón.
Lady Evelyn comenzó a descender hacia el centro del valle, pero no lo hizo por el sendero de acceso a la tumba de Merneptah sino por el estrecho pasadizo rocoso que llevaba hasta la de su padre, Ramsés II, el General en Jefe del texto del ostracon. Tras unos cuantos metros, se sentó en una roca.
Quería disfrutar unos instantes del hermoso paisaje que había cautivado a su amigo. Entonces, ahí sentada, arrastró con la bota la gravilla que cubría el suelo en aquella zona de la necrópolis y lo vio: el suelo no mostraba un aspecto irregular sino perfectamente plano. Con la mano comenzó a apartar la arena que cubría lo que desde arriba parecía el descenso a un segundo peldaño igual de liso y regular que el primero.
Se detuvo un instante, volvió a sacar el papel y observó una vez más el boceto realizado por Carter medio siglo antes. Frente a ella tenía la tumba de Merneptah y a su espalda, en el mismo enclave delimitado por el dibujo, la de Ramsés II. Sus pies estaban en el sitio exacto que delimitaba la «X»
del mapa.
Cuando había logrado desenterrar casi todo el primer peldaño y no quedaba duda de que aquello era una escalera que descendía a las entrañas de la montaña, la anciana se detuvo: había oído el ruido de unos pasos detrás de ella. Lady Evelyn se giró asustada.
—Creí que nunca iba a llegar —dijo un egipcio de aspecto recio y vestido con una galabiya de color azul claro y turbante blanco.
Cegada por la luz del sol, la anciana no podía verle el rostro. Se colocó de nuevo las gafas de sol y se incorporó torpemente apoyándose en las rocas que había alrededor.
—Buenos días, lady Evelyn. Es un placer volver a verla —añadió el anciano.
Aquellas palabras desconcertaron a la hija de lord Carnarvon.
—¿Me conoce? ¿Quién es usted?
—No tema, es usted bienvenida. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que pisó la arena de este valle acompañada de su padre y del señor Carter.
Lady Evelyn se protegió de los rayos del sol con la mano e inclinó un poco la cabeza para poder ver el rostro del hombre. Cuando lo vio, la sonrisa amigable del egipcio despertó en ella una imagen arrinconada desde hacía décadas en lo más profundo de sus recuerdos.
—¿Omar? Eres el hermano de Ahmed Gerigar, el chico que trabajaba para Carter.
—Tiene buena memoria, lady Evelyn. Todos hemos cambiado, pero algunos detalles nos hacen inconfundibles.
—¿Sigues trabajando en el Valle de los Reyes?
—Así es. Aquel joven que era un simple obrero es ahora el jefe de los gaffires de la necrópolis. Mi hermano Ahmed desempeñó este puesto hasta que murió hace casi veinte años.
—Lo siento, no sabía que había muerto. Mi familia perdió el contacto con Egipto después de la muerte de mi padre.
—No tiene por qué disculparse, lady Evelyn, lo entiendo. Nuestras familias estaban unidas por el mudir. Cuando éste desapareció, se rompió el vínculo. Desde entonces ninguno de ustedes ha vuelto a visitar mi país.
Pero la estábamos esperando.
—¿Sabíais que vendría? —señaló la anciana, sorprendida.
—El mudir nos pidió que cuidáramos del Valle de los Reyes como si fuera el legado más rico de nuestra familia. Había una buena razón para proteger el lugar. Y usted la conoce.
—¿Conocíais la existencia de la tumba perdida?
—Desde luego que sí, lady Evelyn. Recuerde que yo descubrí el ostracon en el otro extremo del valle, junto a la tumba de Tutmosis IV, una de las preferidas delmudir. Él trabajó duramente en este lugar y lo llegó a
conocer como nadie lo había hecho nunca. Mi familia le fue siempre fiel y se comprometió a perpetuar sus deseos. Fue un hombre sabio, sus decisiones nunca nacían del capricho o de la ligereza. Mis hermanos y yo, y después nuestros hijos, protegeremos este cementerio con nuestra propia vida.
—¿No permitiréis que nadie excave nunca en esta zona?
—Como dijo el mudir, el trabajo se podrá retomar en un futuro. Él sabía que todo tiene su momento. Pero es el Valle de los Reyes quien busca a sus protagonistas, no al revés. Desde que él halló la tumba de Tutankhamón hace ahora cincuenta años, nadie más ha descubierto ni una sola tumba en el valle. Y le aseguro que hay más de una.
—Entonces él sabía que la tumba perdida estaba aquí…
—En efecto. No tardó en encontrarla y en visitarla.
—¿Llegó a entrar en ella?
—Sí, lo hizo. Mi hermano Ahmed y yo entramos con él. Sólo así pudo tener la seguridad de que se trataba de la tumba del padre de Tutankhamón, el faraón Amenofis IV, Akhenatón. Me consta que usted también conoce ese detalle.
Lady Evelyn asintió mientras observaba el suelo sobre el que descansaban sus pies. El perfil del primer escalón era perfectamente visible.
—O sea que él pensaba que todavía no era el momento de excavar en este lugar… —dijo.
—El mudir tenía miedo de que no se comprendiera lo que había bajo la tierra que usted pisa ahora mismo. Al poco de sospechar que alguien más conocía la historia de la existencia de una nueva tumba en el valle, la noche de la fiesta en la casa de Elwat el-Diban, prefirió hacer una copia del plano para usted y manipular el ostracon para despistar a los posibles ladrones.
—Pero Harry Burton hizo fotografías del ostracon —señaló ella sin llegar a comprender toda la historia—. ¿Acaso Burton conocía la existencia de la tumba?
—No, en absoluto. El mudir sólo se lo contó a usted. Siempre la tuvo en mucha estima, y sabía que no diría nada. Confiaba mucho en usted. Nadie más conocía la tumba perdida.
—¿Y por qué no fotografió el símbolo?
—Porque cuando el señor Burton hizo las fotos, aquel símbolo y el final de la inscripción que había en la parte trasera habían desaparecido: el mudir nos había mandado a mi hermano Ahmed y a mí que lo borráramos para que nadie supiera de su existencia. Era demasiado peligroso. El mudir sabía que tarde o temprano podría caer en manos del gobernador.
—Pero Howard me dijo que alguien había robado parte de los clichés…
¡Por eso se tomó la noticia con tanta sangre fría! —exclamó Evelyn recordándolo—. Pero ¿por qué no confió en mí?
—Él nos dijo que temía que los demás, en la cena, los oyeran. La esposa de Burton al parecer no les quitaba ojo —señaló el anciano Omar con una sonrisa franca—. Temía que, al igual que sucedió el día de la fiesta, los rumores se transformaran en algo que no se ajustaba a la realidad.
—Entonces los dibujos que él realizó son muy valiosos…
—Por esa razón le entregó una copia a usted, lady Evelyn, porque siempre confió en la casa Carnarvon para guardar el secreto de la tumba perdida.
Una brisa acarició el rostro de la mujer. Los dos permanecieron en silencio mientras ella observaba una vez más el plano que tenía en la mano y el escalón del suelo.
—¿Y quién robó esos negativos de Burton? —preguntó la inglesa; poco a poco iba juntando las piezas del puzle.
—Los hombres de Jehir Bey, por supuesto. El mudir sabía que lo harían.
Luego, el gobernador, además de las fotos, quiso tener el ostracon porque creía que le iba a dar más información. Sospechaban que el texto continuaba en el reverso y que allí habría algo más. Pero cuando se hicieron con él, el símbolo y la parte final de la inscripción ya habían desaparecido.
—Así se explica que no la encontraran… —susurró lady Evelyn.
—Por mucho que tradujeran el texto, sin el símbolo y el final de la inscripción, no se podía comprender.
—El gobernador pensaba que teniendo la pieza tenía toda la información, pero se equivocaba… —añadió la hija de lord Carnarvon observando el dibujo.
—Ya se lo he dicho. El Valle de los Reyes busca a sus protagonistas, no al revés, lady Evelyn. El mudir decía con buen criterio que este cementerio es un ser vivo: él elige a sus descubridores.
—Pero la tumba perdida lo eligió a él… Howard la encontró. ¿Por qué no se atribuyó ese mérito?
Omar suspiró.
—Eso es algo que no sabría decirle con seguridad, señora. Sin embargo…
Lady Evelyn le apremió con la mirada.
—Tras entrar en esa tumba, el mudir salió alterado. Emocionado pero muy serio. Como si algo le hubiera afectado profundamente. Nos hizo prometer que nunca diríamos nada de aquella incursión. Repetía: «He visto la verdad en sus ojos». No le entendí demasiado.
Lady Evelyn se quedó pensativa. «¿Los ojos de quién?»
Los dos eran conscientes de la importancia de aquel momento. El reencuentro se había dilatado en el tiempo durante muchos años, los suficientes para casi hacer olvidar la razón que la había llevado hasta allí.
—Lady Evelyn…
La voz de Omar rompió el silencio. La mujer levantó la mirada hacia el egipcio.
—¿Cree que ha llegado el momento de desenterrar la tumba perdida?
La hija de lord Carnarvon no sabía qué responder. Sabía que ése era el sueño de cualquier misión arqueológica. Con los datos que poseía y el respaldo de su familia como institución egiptológica, no le costaría encontrar la justificación necesaria para abordar un proyecto de esa envergadura.
—¿Tú qué crees que debo hacer, Omar?
El antiguo sirviente de Carter metió la mano en el profundo bolsillo de su galabiya y sacó un paquete de tabaco. Con manos curtidas, extrajo un cigarrillo y se lo ofreció a la aristócrata, que rechazó el ofrecimiento con gesto amable. Omar prendió una cerilla, encendió con ella el cigarrillo y luego la agitó al viento y la arrojó lejos de donde estaban.
—Muy buena pregunta. —Omar se sentó en una roca y cruzó las piernas con naturalidad, como si estuvieran en la terraza de un café—. La decisión es suya, lady Evelyn —prosiguió el egipcio—. Lo que yo le sugiero es que regrese a la capital, vaya al Museo de El Cairo y suba a la primera planta. Allí están los tesoros de Tutankhamón, busque la que fue la pieza más importante para el mudir.
—Ahora muchos de esos objetos se encuentran expuestos en mi país…
—Lo sé, pero la pieza que quiero que vea está en el Museo de El Cairo, no ha viajado con el resto de los tesoros del faraón. Búsquela y pregúntele qué debe hacer.
La hija de lord Carnarvon reflexionó durante unos segundos. Creía saber a qué objeto se refería Ornar.
El egipcio se levantó.
—Haga lo que le digo —continuó el anciano—. De momento deje el escalón como está. ¿Qué prisa hay para abrir una tumba cuando de lo que estamos hablando es de alcanzar la eternidad, lady Evelyn?
—No parece que tengas muchas ganas de sacar adelante un proyecto de estas características, sin embargo podría reportar mucho trabajo y dinero para tu familia.
—El mudir nos enseñó que el dinero sólo llega con el trabajo merecido.
Somos guardianes de las tumbas de los reyes. No podemos aspirar a un mayor honor.
Tras estas palabras, Omar sonrió y estrechó la mano de la anciana.
—Me alegra mucho haber vuelto a verla, lady Evelyn.
—Gracias, Omar. Tu familia era uno de los pilares más importantes de Howard aquí en Luxor, y eso es algo que siempre os agradeceremos.
El egipcio descendió con habilidad por el terraplén que llevaba hasta la cercana tumba de Ramsés II. Lady Evelyn miró por última vez el escalón que había quedado parcialmente al descubierto y, con el pie, desplazó la arena para que cubriera la piedra y pasara desapercibido.
Guardó el dibujo en su bolso de mano y descendió por el camino contrario hasta la tumba de Merneptah.
Allí, sofocado por el calor, el señor Partridge la esperaba.
—¿Todo bien, lady Beauchamp?
—No podría estar mejor. Si no quiere hacer un poco de turismo y aprovechar para ver alguna de las tumbas, por mí regresamos al hotel. Creo que nuestra estancia en Luxor ha finalizado. Cancele la reserva en el Winter Palace y compre dos pasajes de avión para el primer vuelo disponible a El Cairo.
El secretario tomó nota de las nuevas órdenes en un cuaderno.
Los dos caminaron hacia el aparcamiento, donde el taxi los estaba esperando. Lady Evelyn sabía muy bien adonde ir y qué buscar.
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