La tumba perdida
Epílogo
En una mesa de ofrendas, Maya portaba la escultura de la cabeza del rey que había recogido poco antes en el taller de Tutmosis. Siguiendo los deseos de su faraón, el tesorero había organizado un férreo despliegue de sus guardias más fieles, quienes cercaron los puntos de acceso al interior de la Grande y Majestuosa Necrópolis de Millones de Años de los Faraones, Vida, Salud y Prosperidad, en el occidente de Uaset.
Acompañado de Amenemhat, Maya había llegado antes de que las luces del alba despuntaran por detrás de los riscos del valle. No había música fúnebre, ni sacerdotes salmodiando textos antiguos, ni grupos de plañideras rasgándose las vestiduras o lanzándose barro al rostro en señal de duelo.
En el momento de mayor fuerza del sol, todo estaba preparado. Pocas horas antes, un grupo de fieles había trasladado los restos de Akhenatón desde el escondite en la residencia real hasta su nueva morada para la eternidad. Sólo quedaba cerrar la sepultura construida en el lugar secreto del valle, donde nadie pudiera encontrarla nunca.
Dentro de la tumba, los ojos de la escultura del rey Tutankhamón miraban con tal realismo al tesorero que éste se estremeció cuando la depositó sobre una de las mesas que había en la habitación de columnas.
Allí no había imágenes de Osiris, de personajes del inframundo, de habitantes del Amduat, ni pasajes del recorrido de la barca de Ra por las oscuras horas de la noche en busca del sagrado amanecer. En la tumba de Akhenatón sólo había escenas en las que se representaba al rey compartiendo con la reina su poder mediador entre el disco solar de Atón y el pueblo de Kemet: en su ventana del palacio, en su carro de guerra, en las habitaciones de la residencia real, acompañado de su familia…, imágenes que Maya ya casi no recordaba.
Pero aquél era el lugar donde Tutankhamón quería también estar presente durante toda la eternidad. Y la figura elaborada por Tutmosis era el símbolo inequívoco de su renacimiento en la vida eterna. El loto era la metáfora por antonomasia del nacimiento y la vida eterna: al igual que la flor se cerraba y se sumergía en las aguas al llegar la noche para renacer y brotar del líquido primigenio con los primeros rayos del sol, la figura de Tutankhamón renacería en la vida eterna infinidad de veces, como lo hacía el sol cada amanecer.
Después de dejar la escultura, Maya retrocedió hacia la salida del sepulcro sin dar la espalda en ningún momento al enterramiento. Fuera aguardaban Amenemhat y dos albañiles, prisioneros nubios que desconocían su macabra suerte. Pero la situación obligaba a no conceder licencias. Nadie debía saber dónde estaba la tumba y qué guardaba en su interior.
Cuando el tesorero abandonó el sepulcro, los reos rellenaron el pasillo hasta el techo con gruesas piedras y tapiaron la entrada. Sobre su puerta no se colocó sello alguno con el nombre del rey que habitaba su interior. Luego cubrieron la escalera con escombros y arena, hasta que el agujero desapareció completamente.
Maya observaba la escena desde muy cerca. El tesorero no podía hacer más. Se aseguraría de que esa tumba quedara marcada en los registros con un símbolo que sembrara el terror y alejara de ella a quienes quisieran
profanarla. Era lo mínimo que podía hacer por el faraón que había muerto por dar a su padre la digna sepultura que merecía.
Ojalá nadie en el futuro traicionara ese secreto.
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