La tumba perdida

Nacho Ares · Capítulo 8 de 35

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La tumba perdida

Capítulo 5

El día había amanecido espléndido en la orilla de los vivos.

Amenemhat estaba acostumbrado a trabajar duro en la orilla opuesta, donde se ponía el sol y donde comenzaba el viaje eterno: el inexorable sendero del Amenti, repleto de peligros y contratiempos que sólo podían superarse gracias a las palabras mágicas escritas en los textos ancestrales.

Amenemhat estaba familiarizado con el lugar, no concebía otro sitio donde vivir con su familia y trabajar, pero le gustaba viajar a Uaset, en el sector oriental del río.

La enorme Uaset, capital del reino durante generaciones, seguía conservando su valor religioso y económico. Muchos de sus templos y dependencias gubernamentales se habían visto deteriorados durante el reinado de Akhenatón, razón por la que los consejeros del rey optaron por trasladar la capital a Men-nefer[9], la antigua ciudad de los Muros Blancos, acostumbrada a la burocracia desde el principio de los tiempos. Poco a poco, a medida que el clero de Amón recuperaba su poder económico y político, la vida iba asentándose de nuevo río arriba, en Uaset, donde el propio faraón pasaba largos períodos durante el año. El bullir de las calles, las plazas y los mercados, la alegría de la gente y la fastuosidad de los monumentos hacían de aquel espacio sagrado un decorado casi idílico.

El palacio real se encontraba cerca del gran complejo templario de Amón, Ipet-isut[10]. Después de llegar al embarcadero en su barcaza de papiro, unos porteadores cargaron con la silla de Amenemhat y lo llevaron hacia palacio. En las inmediaciones del palacio real, la gente se apartaba al

paso del capataz. Si bien no era uno de los funcionarios más poderosos de Uaset, su trabajo era conocido por todos. Cuando las puertas se cerraron detrás de la comitiva, el ruido de la calle cesó. Entrar en el amplio jardín del recinto palacial era como acceder a otro mundo en el que la quietud y la sofisticación reinaban en cada uno de sus pasillos y patios. Los porteadores posaron la silla en el suelo y el capataz descendió.

—Buenos días, Amenemhat. —La voz de Maya, el jefe del Tesoro, sonó con estruendo en el pórtico columnado que rodeaba el patio del jardín.

—Buenos días, Maya. Confío en no llegar demasiado pronto.

—En absoluto. El faraón nos aguarda.

Los dos hombres atravesaron uno de los soportales y se dirigieron a la puerta que, desde la esquina del patio, daba paso al núcleo del palacio. El sonido de las sandalias de papiro sobre las losas de piedra que cubrían el suelo se fue haciendo más notorio a medida que pasaban de una estancia a otra y el techo aumentaba en altura. No tardaron en llegar al salón principal.

Al fondo se elevaba un estrado sobre el que había dos tronos de madera dorada decorados con piedras semipreciosas de vivos colores. En las estancias que había alrededor del salón se abrían celosías que permitían pasar la luz y el aire fresco. El suelo estaba cubierto con losas de piedra blanca que reflejaban la luz de las celosías, lo que hacía innecesario el empleo de teas. Cual un marjal del Nilo, dos hileras de columnas policromadas con vistosos colores y rematadas por capiteles que representaban la planta del papiro soportaban el techo del salón.

Junto a los escalones que llevaban a la plataforma de los tronos, un funcionario —la única presencia en la sala— desapareció por una puerta lateral para avisar al señor de las Dos Tierras de la llegada de sus visitantes.

Maya y Amenemhat permanecieron allí en silencio. No tardó en oírse el sonido de un caminar pausado. Tutankhamón se apoyaba en un bastón. Al instante, los dos funcionarios doblaron el espinazo en señal de respeto ante el dios viviente encarnado y así permanecieron hasta que el sonido de los pasos se detuvo frente a ellos.

-Buenos días, Amenemhat. Maya me ha dicho que estás realizando un buen trabajo en la Necrópolis de Millones de Años de los Faraones[11].

—Sigo a los prefectos de Amón-Ra para que los dioses de Kemet, la Tierra Negra, estén satisfechos —contestó el capataz de forma solemne inclinando levemente la cabeza.

—No es necesario que lances esa plática —señaló el muchacho con desaprobación—. Los sacerdotes de Amón ni están en la sala ni nos vigilan.

Ahora se encuentran demasiado ocupados en sus quehaceres. Además, creo que sabes perfectamente que ese tipo de arengas no va conmigo.

Tutankhamón dio media vuelta y se dirigió hacia el estrado, donde se hallaba su trono dorado y el de su esposa Ankhesenamón. Ella no acudiría a la reunión; su delicado embarazo la obligaba a permanecer en cama el mayor tiempo posible. No hacía mucho había perdido una niña, y los médicos le habían aconsejado que descansara para evitar un nuevo aborto.

El faraón llevaba la cabeza recién afeitada. De su cuello pendía un grueso pectoral formado por el ensamblado de varias piedras de colores y pasta vitrea. En el centro, un enorme escarabajo de la piedra mágica del desierto brillaba bajo la mirada atenta del ojo de Horus. El cierre del collar estaba decorado con dos tiras de cuero de brillantes colores que colgaban a lo largo de la espalda. Una joya magnífica que tintineaba al ritmo del paso entrecortado del soberano. El vestido era de un lino blanco exquisito procedente de los talleres de Ipet-isut. El plisado del faldellín y de las mangas le daba cierto aire de volatilidad. Por lo demás, no llevaba ningún elemento que lo identificara como el faraón de Egipto, Tutankhamón.

El soberano se tomó su tiempo para alcanzar el sillón real. Viéndolo, Amenemhat se preguntaba, soprendido, cómo un joven tan aparentemente enclenque, que necesitaba un bastón para poder caminar, se atrevía a montar en un carro de guerra y salir de cacería. Pensó que tal vez estaba Maya en lo cierto en cuanto a que el joven rey tenía las cosas muy claras y era valiente en las decisiones que tomaba.

—Acercaos —ordenó el faraón.

Los dos funcionarios avanzaron solícitos, se colocaron frente al estrado, a no más de dos pasos del rey, y aguardaron en silencio a que el soberano de las Dos Tierras hablara.

—Amenemhat —comenzó Tutankhamón—, me consta que Maya te visitó ayer en la Necrópolis de Millones de Años de los Faraones… —El capataz se limitó a asentir con la cabeza—. Y que los trabajos en mi morada de eternidad van a buen ritmo. ¿Es así?

-Así es, mi señor. La escalera está completamente excavada. así como el primer pasillo descendente. Esta semana comenzaremos a excavar la continuación del pasillo, haremos un segundo y después un tercero, donde cavaremos el pozo de las aguas primigenias de la Quinta Hora del Amduat[12], luego…

—Debes parar las obras inmediatamente —afirmó el faraón de forma contundente.

Amenemhat y Maya parecían perplejos.

—No entiendo, mi señor —se atrevió a decir el jefe del Tesoro.

—Es fácil: Amenemhat, debes parar inmediatamente las obras de mi morada de eternidad en la Necrópolis de Millones de Años de los Faraones.

—Así se hará —respondió Maya con voz sumisa.

—Mi deseo es que hagáis una nueva tumba y que esté terminada antes del próximo año.

Maya y Amenemhat cruzaron una mirada de incredulidad.

—Dentro de dos días traeré a palacio el boceto del diseño de una nueva tumba para el faraón, Vida, Salud y Prosperidad —dijo el capataz mostrando una falsa conformidad con el deseo de su señor.

Tutankhamón clavó en él su mirada.

—Amenemhat, en ningún momento he dicho que esa tumba sea para mí. Harás este nuevo encargo y no retomarás los trabajos en mi propia tumba hasta que hayas acabado la nueva tarea, en la que tú, Maya, como corresponde a tu puesto, ayudarás en todo lo necesario.

Tesorero y capataz se miraron aún con mayor sorpresa. Era innecesario preguntar para quién sería la nueva sepultura de la necrópolis.

—Sólo os pido una cosa —añadió el soberano bajando el tono de voz—, algo más importante incluso que la propia tumba. Por eso os he mandado venir a palacio esta mañana. —Tutankhamón hizo una pausa; los dos funcionarios aguardaban sus palabras con gran expectación—. Mi deseo es

que la construcción se lleve a cabo en el más absoluto de los secretos. Sed discretos. Podéis decir a los obreros que se trata de una nueva tumba para mí, ya que no estoy satisfecho con los trabajos realizados hasta ahora, o que es una sepultura para un miembro de la familia real. Decid lo que queráis menos la verdad. Ellos ya se encargarán con sus chismorreos de hacer crecer la mentira.

Todo señalaba en una única dirección: el faraón quería construir una tumba para su padre en la necrópolis real.

Maya sabía que aquella decisión generaría problemas y tensiones con el clero de Amón. Trasladar los restos del Faraón Hereje Akhenatón al lugar de descanso de muchas de las glorias de la historia del país no parecía la mejor de las propuestas.

—Faraón, Vida, Salud y Prosperidad —intervino el tesorero—. Me gustaría dar mi opinión sobre la idoneidad del nuevo proyecto…

—Me conoces bien, Maya —le cortó el soberano—. He crecido contigo y sabes de mis virtudes y mis defectos. A lo largo de estos años he favorecido muchas de las propuestas del clero de Amón, y he aceptado algunas de ellas gracias a los consejos que he recibido de ti, mi fiel tesorero.

La conversación había tomado unos derroteros que dejaban a Amenemhat en segundo plano, pues él sólo podía dar su parecer en cuanto a los aspectos técnicos de la nueva tumba.

—Pero debo prevenirte —insistió el tesorero— de que traer los restos del dios Akhenatón a la ciudad de Uaset puede levantar el resquemor de la clase sacerdotal y reavivar las viejas querellas que, por fortuna, Maat acalló.

—La decisión está tomada, Maya. De vosotros depende que el motivo verdadero de la construcción de una nueva tumba en a necrópolis llegue a oídos de esa caterva de advenedizos de :entre prominente y corazón reseco

—dijo Tutankhamón refiriéndose a los sacerdotes de Amón, el clero predominante en Kemet.

—Quizá podríamos encontrar una solución que satisficiera a todas las partes…

—Proponme una que sea de mi agrado —dijo Tutankhamón con un tono de suficiencia.

—En la orilla de los muertos existen otros espacios donde podríamos reubicar los restos del rey.

—¿Estás diciéndome que entierre a mi padre, el todopoderoso Akhenatón, Vida, Salud y Prosperidad, en el mismo lugar donde está enterrada la chusma de oficiales y funcionarios entrometidos de mi corte?

—No me refería a la necrópolis de los funcionarios —repuso el tesorero

—, sino al lugar que emplearon como morada de eternidad las reinas y algunos soberanos de la familia que precedió a la llegada de los pueblos pastores que nos invadieron. Es un emplazamiento que ya no se usa y queda lejos del círculo de acción del clero de Amón.

—Toda la necrópolis está fuera del círculo de acción del clero de Amón

—sentenció Tutankhamón—. No pueden decir nada. Por otra parte, no me gusta ese lugar, Maya —protestó el joven rey—. ¿Por qué das por hecho que el clero de Amón descubrirá este proyecto?

—Sabes tan bien como yo que en la tierra de Kemet es difícil guardar un secreto.

—Sólo conocen este proyecto tres personas —dijo el rey—.

Amenemhat, tú y yo. Sabes que mi esposa, Ankhesenamón, guarda cama por el delicado estado de salud que acarrea su embarazo. Ella no sabrá nada de todo esto hasta que se reponga. Akhenatón también era su padre.

Además, Ankhesenamón tiene un especial vínculo con la ciudad que él fundó; allí pasó sus primeros años y vive desconsolada por las noticias que llegan desde aquel lugar. Sólo os pido que seáis esclavos de vuestra palabra.

—Faraón, Vida, Salud y Prosperidad —intervino de nuevo el tesorero en un intento de frenar la euforia del soberano—. No olvides el papel que pueden desempeñar en este asunto… —Maya hizo una pausa y añadió en un susurro apenas audible—. .. dos de las personas más turbias de la corte.

—¿Te refieres a Ay y a Horemheb? —preguntó el joven rey.

Maya se limitó a asentir con la cabeza.

—Comprendo tu temor, mi fiel tesorero, pero en mi mano está recortar sus funciones y tenerlos controlados. No en vano soy el faraón. —La voz de Tutankhamón resonó con fuerza y rabia en el salón del palacio real.

—Ay tiene mucho poder en el gobierno… —advirtió Maya—. En el estado actual de las cosas, Horemheb es prácticamente un corregente.

—Ellos también estuvieron junto a mi padre.

—Sí, pero ahora arriman el hombro al clero de Amón. Especialmente Ay. Sólo ambiciona los puestos más elevados del gobierno. Entre sus objetivos más claros está el de…

—Lo sé, Maya. Ay ansia hacerse con el trono de las Dos Tierras. Quiere quitarme de en medio. Es un hombre codicioso e insaciable; no tiene escrúpulos. Lo conozco perfectamente. Él no debe saber nada de lo que se haya dicho en esta reunión, ni tampoco Horemheb.

—Horemheb me preocupa menos. No parece tan ambicioso, ni tiene las prisas que devoran las entrañas de Ay. El general Horemheb, como jefe de los ejércitos, cuenta con poder suficiente, esperará su momento pero no lo provocará. No me cabe duda de que es más inteligente que Ay.

—Ninguno de los dos debe interponerse en nuestro camino —atajó el faraón queriendo zanjar el tema de las oposiciones en la corte.

—No olvides que la ciudad de Akhetatón está siendo abandonada de forma paulatina —le recordó el tesorero—. El transporte de los objetos de la tumba del faraón, Vida, Salud y Prosperidad, nos obligará a contar con decenas de hombres. Tarde o temprano, alguien se irá de la lengua.

—En ese caso emplearemos prisioneros de guerra y luego los aniquilaremos.

El tesorero observaba atónito al faraón. Era evidente que un proyecto de esa envergadura no podía pasar desapercibido, pero Maya prefería que el propio rey se percatara del peligro y que, si realmente quería llevarlo a cabo, lo hiciera bajo su responsabilidad y ateniéndose a las consecuencias.

—Insisto, mi fiel tesorero Maya, en que es mi deseo que se construya una nueva tumba para colocar en ella los restos de mi padre el faraón Akhenatón, Vida, Salud y Prosperidad. Que las palabras de esta conversación no salgan de este salón y que caiga fulminado por la fuerza

aniquiladora de Sekhmet[13] quien así no lo cumpla.

El faraón no podía haber sido más claro. Y era deber de Maya aceptar sus órdenes.

—Queda solamente saber en qué términos y cómo se podría realizar —

dijo el tesorero, admitiendo así que se sometía a los mandatos de su señor.

—Existe una zona en la necrópolis —intervino Amenemhat— que podría encajar con lo que estamos buscando. La piedra es de buena calidad y todavía no ha sido perforada para recibir los restos de ningún dios.

—Explícame dónde está —dijo Tutankhamón.

—Se encuentra a pocos pasos de donde hemos comenzado a excavar tu morada de eternidad. Está en un lado del valle, y podría convenirnos porque es fácil esconder su presencia.

—Ten presente que la tumba, una vez acabada, debe permanecer fuera de la vista —señaló el joven soberano—. Sólo quedará constancia de ella en los archivos de los capataces para que en la excavación de futuras galerías no se profane por error este lugar sagrado.

—Para que no haya problemas, se seguirá el método de trabajo tradicional. Contaremos con obreros de confianza para los primeros esbozos. Si fuera necesario, más adelante emplearíamos prisioneros de guerra.

—En cualquier caso —intervino el tesorero real—, recomiendo que no se abandone la ejecución de su propia morada; buscaremos hombres para trabajar en ambos lugares.

Amenemhat estaba de acuerdo.

—Es más —dijo—, creo que lo ideal sería comenzar una tercera excavación. Aunque solamente fuera un pozo. Algo que dispersara la atención de los trabajos… para no reclamar las miradas de nadie.

Maya aprobó la idea del capataz asintiendo con la cabeza. Tutankhamón hizo lo propio. Estaba satisfecho. Una vez más, sus deseos se cumplirían.

—Podéis retiraros —indicó el monarca.

Los dos funcionarios hicieron una reverencia y recularon por el amplio salón de recepciones sin dar la espalda al faraón.

Antes de que salieran, Tutankhamón ya se había levantado y se había marchado por la misma puerta por la que había entrado.

De vuelta en el jardín, Maya y Amenemhat estaban deseosos de comentar el nuevo plan del rey de las Dos Tierras.

—Llevabas razón —dijo el capataz—, siempre se sale con la suya y parece tener las cosas muy claras.

—Son muchos los que creen que es un simple juguete en manos del clero de Amón, pero se equivocan. El joven rey es más peligroso y tenaz de lo que piensan. Sabe cuándo ceder en la negociación y cuándo es el momento de exigir. Como ahora…

—Sin embargo, desde mi punto de vista, pretender trasladar a momia de Akhenatón a Uaset es una locura.

—El faraón, Vida, Salud y Prosperidad, no puede consentir que, después de que asesinaran a su padre, los sacerdotes de Amón quieran también reorganizar la política en Men-nefer o aquí, en Uaset, la capital religiosa —explicó Maya.

—¿Crees entonces que es una suerte de provocación al poderoso clero de Amón? —preguntó el capataz, sorprendido por las palabras del jefe del Tesoro.

—Algo así.

—Él es consciente de que la noticia del traslado se sabrá tarde o temprano. Aunque pida silencio por nuestra parte, los obreros no tardarán en hacer correr el rumor. El enterramiento tendrá que ser escondido en algún lugar. Uaset no es tan grande como parece.

—En efecto, Amenemhat. No sé si se da cuenta de que con todo esto está poniendo su vida en peligro, al igual que lo hizo su padre. A éste la apuesta le salió mal y lo pagó con la suya. Quizá Tutankhamón quiera vengar el legado de su padre…

—En cualquier caso, eso no nos compete. Somos funcionarios, nos dedicamos a la construcción y a la administración de los bienes para poder llevar a cabo las obras.

—Si todo se redujera a eso, amigo mío, sería más fácil. Pero entre el faraón, Vida, Salud y Prosperidad, y yo hay un vínculo más estrecho. Su padre me pidió que velara por él, y así intento hacerlo. Más allá de mis deseos de provocación o venganza respecto de los sacerdotes de Amón, estoy seguro de que quiere tener cerca de su lugar de reposo los restos de su padre. Es consciente de que su reinado no será largo.

—Es un joven valiente, de eso no me cabe duda —afirmó Amenemhat.

Los dos hombres cruzaron el jardín en dirección a la salida, donde los hombres del capataz aguardaban con la silla en andas para llevarlo al embarcadero del Nilo. A una decena de pasos Maya se detuvo para despedirse y continuar con su tarea diaria en la Oficina del Tesoro, cuya sede se encontraba en el propio palacio.

—Aquí nos separamos, pero antes dime: ¿realmente existe un lugar en el cementerio donde puedes excavar una tumba de esas características y que pase desapercibida?

Su pregunta había sonado a incredulidad.

—Sí, es cierto. El sitio que he mencionado es completamente virgen.

Los archivos no hablan de la presencia de ninguna tumba en las inmediaciones.

—¿Y cómo piensas ocultarla?

—Eso es muy sencillo. Si el faraón, Vida, Salud y Prosperidad, está decidido a que pase desapercibida, no se opondrá a que la ocultemos con arena y piedras. No será una morada de eternidad convencional: nadie irá allí a realizar sacrificios ni ofrendas. La ocultaremos y su recuerdo se perderá.

—Es difícil ocultar algo así —pensó el tesorero en voz alta.

Amenemhat caminó hacia su silla y, después de sentarse en ella, levantó la cabeza y, dirigiéndose a su amigo, sentenció:

—Si quieres ocultar algo a la gente, ponlo a la vista de todos.

El ruido de la calle se mezcló con sus últimas palabras cuando las puertas de palacio se abrieron.

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