La última palabra

Hanif Kureishi · Capítulo 10 de 35

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La última palabra

Capítulo 8

8

 

Estaba plantado en la puerta de la biblioteca. Como no lograba recordar el mantra que Alice había insistido que le ayudaría a relajarse, repetía para sí mismo: «Duuum, duuum, duuum…»

—Pasa.

La habitación con las paredes repletas de libros era silenciosa y fresca, y las gruesas cortinas mantenían a raya la luz del sol. Los escritorios, sobre los que se amontonaban los libros más raros y complejos del mundo, eran muebles de anticuario. Había también bustos, esculturas, lienzos y tapices —algunos exquisitos, otros vulgares— procedentes de la casa de los padres de Liana cerca de Bolonia. Harry se quitó los zapatos y caminó sobre una alfombra veneciana elegida por Mamoon cuando había ido de compras con Liana. Era como pisar un Mantegna de camino hacia un juez implacable.

Mamoon había cambiado su habitual chándal holgado e iba ataviado con unos pantalones de franela grises, mocasines italianos, calcetines de lana grises y una camisa blanca con los puños sin abotonar. El gato pelirrojo que descansaba sobre su regazo cerró los ojos cuando Mamoon le acarició la cabeza.

Harry se sentó frente a él y dejó el cuaderno y el bolígrafo, además de la grabadora, en la mesita baja.

—Harry, por favor —dijo Mamoon—, querido muchacho, antes de que pongas en marcha esta horrible máquina de grabar, ¿puedo aburrirte con una pregunta?

Harry asintió. Si no se quedaba dormido, Mamoon le hacía de vez en cuando a Harry alguna pregunta directa y difícil de responder que, sin embargo, éste consideraba que debía contestar para demostrarle que el silencio no era una opción.

—Harry, ¿tú crees en la monogamia y la fidelidad? —Harry se sobresaltó—. ¿Crees en eso?

—Sí, sí, creo en ello, sí, en teoría.

—¿En teoría?

—Ajá.

—¿Me estás diciendo que eres un teórico?

—En cierto sentido.

—¿En qué sentido eres un teórico?

—La gente dice que la fidelidad es la mejor solución —respondió Harry—, que todo es más sencillo dentro de la prisión del amor. Hay menos gente que se vuelve loca. Las diversas alternativas generan más infelicidad, ¿no cree?

—¿Cómo voy a saberlo? —dijo Mamoon—. Tengo la edad que tengo y todavía no he sido capaz de responder estas preguntas incontestables. La gente viene y me pide verdades universales, pero no soy la persona adecuada para eso. Aquí sólo encontrarás preguntas universales, que son las que sostienen la literatura.

—¿Y cómo espera entonces usted que yo las responda?

—He visto cómo miras a las mujeres. Indagamos sobre ti y oímos rumores que nos escandalizaron. Por suerte Rob respondió de ti, porque de otro modo no te habríamos escogido para este trabajo. Sin embargo, tal vez no estás todavía preparado para retirarte del juego.

—Mi madre murió —dijo Harry—. Necesitaba atención femenina. Había tías, las amigas de mi padre y las novias de mis hermanos. Para mí era un placer suntuoso caer en los brazos de mujeres de esa edad, muchas de las cuales eran más que cariñosas conmigo. Tal vez se convirtió en algo parecido a una obsesión lo de intentar dejar satisfecha a una mujer después de que se portase bien conmigo.

—¿Compensarla por su amabilidad?

—Debe saber, señor, que en estos momentos me estoy desintoxicando muy en serio en lo tocante a este tipo de asuntos. Descubrí que podía ejercer un poderoso magnetismo sobre las mujeres. Cuando querían ser deseadas, su pasión podía ser desbordante. Pero estoy intentando parar, o al menos tomármelo con más calma, después de algunas correrías y rasguños.

—¿Recientemente?

—Oh, Dios, a estas alturas ya debería haber aprendido la lección.

—¿Qué quieres decir? Tienes que ponerme un ejemplo.

—No creo que debamos distraernos, Mamoon.

Mamoon se inclinó hacia delante. Se estaba impacientando.

—El asunto es, Harry, que para que no te aborrezca, tiene que haber más reciprocidad. Especialmente por tu parte. —Mamoon cosquilleó al entusiasmado gato bajo la barbilla—. ¿Me sigues?

—Señor —dijo Harry—, me he pegado un buen atracón en lo que a mujeres se refiere. Quise abarcar demasiado. Y empezaban a cobrarme deudas. Me ligué a una mujer en el metro.

—¿En qué línea?

—En la Central.

—Ah, sí. Marble Arch. Bond Street.

—Era una mujer a la que adoraba y después compadecí, aunque tal vez le di falsas esperanzas, una persona solitaria, una estudiante extranjera ya madura, que al final no me dejaba ni a sol ni a sombra y que se quedó deliberadamente embarazada de mí. O eso decía ella. Por lo visto era su última oportunidad, por la edad que tenía. No quería nada más de mí, ¡tan sólo un hijo! Yo estaba preocupado. Recuerdo que ella lo anotaba todo.

—Ajá. Todo registrado. Continúa.

—Jugándome el pellejo, escalé el muro lateral del edificio en el que vivía y me colé en su casa, para leer su diario y averiguar qué había escrito sobre el embarazo. La puerta se abrió mientras lo estaba leyendo. Pensé que iba a caer fulminado de un ataque al corazón. Era su compañera de piso, que llevaba un cuchillo. Estaba tan aterrorizada que pensé que podía matarme accidentalmente.

»Le dije que se lo explicaría todo. Bebimos una buena cantidad de whisky. Me acosté con ella. Después me negué a repetirlo. De modo que esa mujer se lo contó todo a su amiga, que cogió su coche e intentó darme caza. Resultó que durante tres días me estuvo esperando en varios sitios diferentes, antes de intentar atropellarme mientras yo iba en bicicleta. Me aplastó la rueda trasera. Cuando alcé la mirada y vi sus ojos, dejé allí la bicicleta y corrí para salvar el pellejo. Entretanto, yo tenía que mantener todo esto en secreto ante mi novia, con la que me acababa de ir a vivir.

—Alice…, ¿no es eso?

—Sí, es dulce y un caso perdido, dada a meterse en líos. Pero es guapa y estoy loco por ella. Antes de conocerla, si podía, me gustaba liarme con tres chicas por día.

—¿Tres? ¿Cómo te las apañabas?

—Cuatro es mi récord. No, cinco. ¿Cuál es el suyo, señor? —Como Mamoon no respondió, Harry prosiguió—: Ahora estoy decidido a dejar atrás al demonio y portarme bien. Pero quedan de esa época otras mujeres con las que todavía no he acabado del todo la relación; restos de una etapa pasada, podríamos decir. Una abortó. Otra intentó suicidarse…, delante de mí. Uno de mis hermanos me dijo que nunca debería haber dejado de recurrir a la masturbación, porque eso me habría ahorrado unos cuantos problemas.

—Pareces especializarte, si ésta es la palabra, en sacar de quicio a los demás. ¿Puede ser algo deliberado?

—Ha sido una huida hacia delante, Mamoon, señor. Pero a veces parecía que merecía la pena.

—¿En qué sentido?

—Las mujeres eran espectaculares.

—Sé más concreto.

—Una de ellas tenía unos ojos enormes —comentó Harry—. Cada vez que los abría de par en par era como si toda la ropa se le desprendiese del cuerpo. Era violinista, tocaba a Bach y cantaba para mí.

—Ah.

—Así que ya lo ve, merecían el sacrificio. Yo sabía que era una locura seguirlas, pero más locura era no hacerlo.

—Bien. Un hombre que no ha dejado tras de sí una hilera de mujeres destrozadas apenas ha vivido. Y si alguien se las arregla para atender al mismo nivel su sexualidad y su amor, es una verdadera suerte para ellas. Es tan poco habitual como un bonito día de primavera en el campo.

—Debo decir —comentó Harry— que me alegra estar aquí en el campo, donde todo es más sosegado. Puedo llegar a ser más monstruoso de lo que me gustaría creer… en mis pasiones, y en el modo en que terminan de forma repentina, como si la relación nunca se hubiese producido. Soy de esas personas que necesitan saber de dónde va a llegar su próxima comida…, por si resulta que ésta no aparece. Aunque no es que a las mujeres les guste que las utilicen de este modo, claro.

—¿Y por qué te comportas de ese modo?

—Le sorprenderá saber que he pensado mucho en eso, Mamoon, señor.

—¿Y?

—Me gusta el filo de la navaja. Me gusta abrirme en canal. Lo que me aterroriza es la vida burguesa, común y corriente. No soporto las limitaciones del día a día. Estoy convencido de que la monotonía provocaría que mi chispa se evaporase.

—En alguna ocasión he dicho esto —intervino Mamoon—: debemos hacer una reverencia de gratitud a los fundamentalistas, que nos recuerdan lo peligrosos que son los libros. Cualquier forma de sexo, y de hecho cualquier forma de placer, debe incorporar una venenosa gota de perversión, de diabólica transgresión, de maldad incluso, para que merezca la pena meterse en la cama por ello. Ahora que está por todas partes, se ha convertido en algo banal. Como voraz estudioso de la prensa sensacionalista, he aprendido que el adulterio, un placer al que se suma la traición, es la única diversión que nos queda. El matrimonio domestica el sexo pero libera el amor. Como solución a las necesidades humanas es inadecuado, pero como sucede con el capitalismo, las alternativas son mucho peores.

»Pero todo esto —continuó Mamoon, señalando con un movimiento de la mano la habitación— que tú llamas día a día, vida burguesa y monotonía… Yo lo quiero. Lo necesito. Me encanta.

—¿En serio? —Harry se inclinó hacia delante para poner en marcha la grabadora.

—No toques eso —dijo Mamoon—. He vuelto a casa, Harry. El otro día tuve que meter un cuchillo en una tostadora y eso resultó ser más peligroso de lo que yo podía soportar. Estoy seguro de que también te llegará, este deseo de comodidad y satisfacción. El deseo de no ser alguien especial. Pero por lo que alguien me ha contado, quizá fuese Rob…, ¿no estás pensando en casarte?

—Eso espero. Sí, eso pretendo hacer. Sin duda. Veo el matrimonio como una suerte de defensa, un dique contra las turbulencias del deseo. ¿Cree que puede funcionar para esta finalidad?

—¿Qué te lleva a pensar eso?

Harry cogió la grabadora y se la mostró a Mamoon.

—Se supone que soy yo quien debe hacer las preguntas.

—Tu vida es más interesante que la mía.

—No va usted a escribir sobre mí, ¿verdad?

—Me gustarías más como personaje de ficción, y deberías sentirte halagado de aparecer en alguno de mis libros, aunque sea sin pantalones. Sin embargo, Harry, mi reloj se ha detenido. El embalsamador se está arremangando. Mientras hablamos setenta y dos vírgenes se están vistiendo con sus uniformes escolares para mí. Tú debes vivir y te lo confirmo: pon siempre tu pene por delante. Harry, sabes que te considero un coñazo y un bobo, pero eso no quiere decir que no haya aprendido de ti un montón de cosas.

—Gracias por la aclaración. Me levanta el ánimo. ¿Pero qué le he enseñado, señor?

—Mi revés era un desastre, como bien sabes. He estado años haciendo mal ese movimiento. Levantaba demasiado el brazo —dijo Mamoon, y continuó—: Eres más sofisticado, cortés y leído de lo que lo era yo a tu edad. Pero en otros aspectos eres muy vulgar y dado al autoengaño.

—¿En serio?

—Disculpa si me he reído de ti.

—¿Se ha reído de mí?

—¿No has oído el ruido que hacía?

—Sí lo he oído, señor, y me ha inquietado que pudiese usted encontrarse mal. ¿Por qué hacía ese ruido?

—Las yuxtaposiciones que has descrito son risibles —le explicó Mamoon—. Por un lado está la banal existencia burguesa y por el otro una fantasía de lo que podría llamarse goce ilimitado, como si ésas fueran las dos únicas alternativas.

—Sí —dijo Harry—. Visto así, suena soberbiamente estúpido.

—Siento haber sido abrupto. Pero el modo en que lo describes es engañoso. Podríamos decir que el encuadre es equivocado. No has aplicado tu considerable inteligencia a este asunto y quisiera saber por qué. Lo que has planteado es una división casi fundamentalista. —Miró al techo—. La novela es contaminación. La novela muestra la complejidad —dijo, y añadió—: Te sugiero prestar atención a algo que dijo Conrad en una ocasión, y no es que sea un escritor que en estos momentos me interese mucho…, ya sabes que pocas cosas me proporcionan placer desde que estoy prácticamente muerto.

—¿Qué dijo Conrad?

—«El descubrimiento de valores nuevos es una experiencia caótica. Produce una momentánea sensación de oscuridad. Dejo que mi espíritu flote boca arriba en ese caos.»

—Flotar boca arriba en el caos —repitió Harry—. Eso es lo que necesito.

—Yo que tú me centraría en el fragmento de los valores.

Harry se percató de que Mamoon lo miraba con aire divertido.

—¿Cree que soy un joven débil? —preguntó—. ¿O alguien que disfruta de más placer del que se merece?

—¿Placer? —se rió Mamoon—. La mayoría de la gente no sabe cómo maximizar su placer, Harry, sexualizan su dolor. Sin duda te habrás dado cuenta de que la mayor parte de la gente vive sin amor, se pasan la vida intentando encontrar a personas que en realidad no les excitan.

—¿Por qué?

—Piensa en ello.

—¿Se podría usted sentir retratado de este modo, señor?

Mamoon se inclinó hacia delante en la silla y respondió:

—Detesto expresar una opinión, pero tú insistes en forzarme a que lo haga. No quiero resultar jamás demasiado transparente. Nada confunde tanto como la claridad. Las mejores narraciones son las abiertas, esas que uno no acaba de entender. Pero mi punto de vista sobre este asunto es muy sencillo: los amores que describes son encuentros muy limitados, sin duda. No son relaciones, no. No pueden ser descritos como tales. Son adicciones, o antirrelaciones. ¿Quizá se trate de que sólo te gusta estar con gente a la que detestas?

—¿A qué se refiere, señor?

—Las relaciones que no se desarrollan se convierten en sádicas. Debe haber un intercambio que provoque la evolución de ambos participantes. Debe producirse algún tipo de transformación, o de situación nueva, porque de otro modo lo que surge es la violencia. La violencia de quienes pretenden hacer explotar la situación.

—¿Conoce usted esta situación de primera mano?

Mamoon se encogió de hombros.

—La transformación mutua es poco habitual, como lo son las cosas buenas en general. En mi opinión, las personas deberían vivir como quieran hasta que encuentran a alguien a quien quieren ser fieles. Después de todo, tal como dices tú, uno no puede mamársela a sí mismo.

—Exacto.

Mamoon continuó:

—Me parece que ya hemos hablado bastante por hoy. Creo que necesito echarme un rato y pensar en lo que me has hecho decir. —Sonrió a Harry—. ¿Por qué no invitas a tu novia a pasar unos días aquí? Me gustaría conocerla.

—¿En serio?

—Tengo la sensación de que la presencia de una chica me haría más voluble.

—¿Por qué?

Mamoon cerró los ojos y dijo:

—Tal vez sea de nuevo el momento para mí de recordar las cosas buenas y básicas. Cuando enterraron a Victor Hugo, no se veía ni a una sola prostituta en todo París. También ellas estaban ocupadas homenajeándolo. Ése sí que era un hombre… y todavía tiene un espectáculo en el West End.

—Cierto. —Harry recogió sus cosas y empezó a retroceder por la alfombra hacia la puerta.

Pero antes de que saliese de la habitación, Mamoon abrió los ojos y dijo:

—Podrías descubrir que no puedes comprarte una sexualidad a medida, a modo de un traje que sirve para todas las fantasías…, esa zafia idea burguesa, que es la moralidad de los esclavos. Si pensases en eso seriamente, te percatarías de que la gente tiene que forjar y dar forma a su sexualidad con lo que se les ha concedido. Pero es más parecido a escribir un libro que a leer un guión.

—Gracias.

—No hay de qué. ¿Qué tal avanza nuestra psiconarración, mi monumento, tu indagación fantasmagórica?

—Va tomando forma, señor. Pero todavía queda un buen trecho por recorrer.

—Bien. Sospecho que eso siempre será así. Espero que me estés convirtiendo en una historia de la que pueda disfrutar. ¿Soy interesante? Me muero de ganas de que me sorprenda mi perfil.

—Se quedará usted muy sorprendido —le aseguro Harry.

—¿Por qué?

—La verdad es un tatuaje en la frente. Uno no puede verse a sí mismo. Yo soy su espejo.

—Tú. Vaya jodida mierda.

—Mala suerte. —Harry se detuvo un instante—. Tengo que hacerle una pregunta, ¿ha pensado si podría visitar y entrevistar a Marion?

—¿Por qué preocuparse por ella? Siempre hay mujeres. Parece que entran y salen. ¿Y qué? No las persigas. Deja que vengan en tropel hacia ti.

—¿Por qué se niega, señor?

—He dicho que no es una buena idea. Sólo conseguirás irritarla. Como si la pobre mujer no hubiese sufrido ya lo suficiente.

—¿Qué ha sufrido exactamente?

—Fuera.

—Una última cosa, señor. Su revés todavía necesita mejorar.

—Sí. Eso pensaba. Debemos dedicarnos a ello. Quiero volver a ponerme en forma. Necesito que me azuces para hacer abdominales y flexiones. Necesito que mi cuerpo vuelva a funcionar. Puede resultarme útil algún día.

Harry salió a toda prisa, pero Liana lo estaba esperando fuera, tal como él sospechaba, ya que ella no tenía la compañía de nadie más excepto Julia. Se puso a caminar a su lado por los campos, deseosa de hablar con él. Cuando decía que le gustaría hablar con él, lo que en realidad quería decir era que pretendía que le escuchase. Escuchar era para él un descanso, porque estaba agotado después de todo lo que le había contado a Mamoon, como si se hubiese sometido, contra su voluntad, a una intensa sesión de psicoanálisis.

—Harry —le dijo—, me conoces lo suficientemente bien para saber que soy una mujer de anhelos. —Quería hablar de lo mucho que deseaba salir «del barro», que era como había empezado a referirse al campo—. El campo huele a mierda —dijo Liana —. A Mamoon le gusta porque le recuerda su hogar. Pero yo necesito mudarme a Londres y tenemos que reunir el dinero para comprar un apartamento. Odio estar tan lejos de mi peluquero. Mi ropa está hecha un asco. Allí organizaremos fiestas y cenas. Ya sabes las ganas que tengo de conocer a Sean Connery y al actor que hace de Gandhi. Pero, mientras tanto, voy a organizar una cena para Mamoon aquí. ¿Qué te parece si se apunta tu novia y después se queda a pasar unos días? Estoy tan harta, Harry. Quizá ella nos levantaría el ánimo a todos. ¿Es divertida? Me encantaría que viniese por aquí alguien fuera de lo común.

—Sois muy amables los dos al invitarla, pero me inquieta traerla —dijo Harry—. Alice proviene de las viviendas subsidiadas, su padre es esquizofrénico. No ha ido a la universidad y su hermano está en la cárcel.

—¿Acusado de qué?

—Tráfico de drogas y robo. Ella se matriculó en la escuela de bellas artes, pero por lo demás no tiene estudios. Leía revistas de moda en su casa de protección oficial como si estudiase material de samizdat, y, no sé cómo, consiguió un trabajo en el mundo de la moda. No le pagan muy bien, pero le gusta la ropa y saca fotografías estupendas de las prendas. Pero en cuanto a una conversación literaria…, sólo puedo decir que Valentino es su Dante y Alexander McQueen su Baudelaire.

—¿El maestro romano es su Dante? Una vez le di la mano en mi ciudad, como hice con Fellini. Por favor, invítala. Mamoon trabaja, pero no se queja demasiado si viene gente a casa mientras no lo irriten. Aunque si les coge ojeriza, evidentemente ya pueden desistir de toda esperanza.

—La otra mañana —dijo Harry—, cuando llevé a Mamoon al pueblo a visitar a su podólogo, me dijo que ojalá tuviese una pistola. —Imitó el tono de voz pomposamente sofisticado de Mamoon—. «¿Alguien se percataría si me cargase a alguno de estos jóvenes? ¿A alguien le importaría cuando hay tantos haraganeando por ahí?»

—Dice lo mismo sobre los ciclistas —comentó Liana—. Pero si no viene nadie, gritaré como una banshee. ¿La traerás a la cena de cumpleaños de Mamoon? Cualquier persona joven será bienvenida.

—Se lo propondré. Sé lo que dirá.

—¿Qué?

—¿Qué me pongo?

—Una mujer con la que me puedo sentir cómplice. Oh, Harry, como dice Dante, el famoso escritor: «Hoy es el principio de siempre… Amore e’l cor gentil sono una cosa.»