La última palabra

Hanif Kureishi · Capítulo 25 de 35

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La última palabra

Capítulo 23

23

 

Alice y Liana estaban sentadas al sol en el jardín, pasándose una tarrina de helado de vainilla y conspirando para traer gente joven a Prospects House. Con la cara cubierta por una sombrilla para protegerse del sol, Alice tenía los pies sobre un taburete y cuando no estaba comiendo cucharadas de la tarrina de Ben and Jerry’s, se llevaba el dorso de la mano a la recalentada y pensativa frente y lanzaba profundos suspiros. De pronto atisbó a Harry y acometió el arduo trabajo de incorporarse.

Liana estaba elaborando listas y pensaba en voz alta; utilizaba con mucha frecuencia las palabras «joven» y «artista», como también los conceptos «centro de yoga» y «retiro del escritor». Por contra, Mamoon no parecía un hombre cuya casa pronto se abriría al público. Sentado a la sombra, a una prudente distancia, repasaba las pruebas de sus ensayos reunidos, Medios y fines, y no oía a su esposa. De vez en cuando interrumpía su tarareo de una canción de Everything But the Girl para gruñir y quejarse de su irrelevancia, pero nadie le escuchaba. Siguiendo las instrucciones de Liana, Julia iba y venía aprovisionándolo de té, hasta que Mamoon la acusó de intentar envenenarlo con Lapsang Souchong. Pese a que veía a Harry paseándose arriba y abajo junto a la puerta trasera, Mamoon estaba contento. Había estado activo: últimamente, con unos pocos comentarios, había conseguido que sucediesen un montón de cosas.

Alice llevaba allí un par de días, nadando en el río y descansando, mientras que Mamoon había vuelto al trabajo. Harry, después de sus conversaciones con Marion, se había vuelto a sentir cada vez más cómodo con el trabajo. Le había resultado difícil y frustrante mientras luchaba por encontrar algo de claridad en el caos de su investigación. Había dedicado días enteros a leer cartas y a escribir a amigos, colegas y posibles amantes de Mamoon, considerando su obra en relación con su vida, estableciendo vínculos entre las diferentes décadas.

Pero Rob había estado acosando a Harry, tal como Mamoon le insistió que debía hacer. Puede que Harry hubiese sido restituido como retratista oficial, pero sólo a condición, tal como había pactado Mamoon, de que Liana pusiera firme a Rob. Había llegado el momento, dijo Mamoon, de que el trabajo de Harry fuese examinado a conciencia por el editor antes de que Harry se convirtiese en un forajido o un peligro para la literatura, tal vez por ir demasiado lejos en alguna «dirección extraña» o por acabar resultando «autoindulgente» con el libro. Mamoon quería parecerse a sí mismo.

Mamoon podía estar molesto, pero no es que Rob no hubiese sido provocado por el biógrafo. Durante cierto tiempo, Harry había hecho caso omiso de sus intentos de contactar con él, pretendiendo estar «fuera de cobertura». Sin embargo, esa mañana, después de despertarse tarde con Alice, al abrir las cortinas Harry se había quedado petrificado. Rob avanzaba a trompicones por el sendero con una enorme maleta y una mochila. Al poco rato Rob había entrado en la casa, le había pedido el desayuno a Julia y, cuando Harry bajó a saludarlo, exigió ver su ordenador portátil.

Cuando empezó a leer el texto de Harry, en voz alta y para sí mismo, éste le dijo:

—Todavía no estoy preparado para esto, Rob. Lo que estás leyendo son notas. ¿Por qué lo haces?

—Liana tiene razón. Debería haberlo sabido.

—¿Saber el qué?

—Ese hombre es un artista. —Rob señaló hacia la ventana, tras la cual Alice y Ruth podaban un árbol siguiendo las instrucciones de Mamoon—. Conoció a Borges en París a mediados de los setenta. Cenaron juntos dos o tres veces. ¿De qué hablaron? ¿De Kafka? ¿De los adjetivos? ¿De sus agentes? ¿Por qué no nos lo cuentas? —Golpeteó peligrosamente con los nudillos la pantalla del ordenador de Harry—. El talento es oro en polvo. Puedes cribar con un cedazo a un millón de personas y apenas conseguirás reunir una pizca. El compromiso con la Palabra lucha contra nuestra fundamentalista fe contemporánea en el mercado. ¿Lo has olvidado?

—Rob, te lo advierto, es ruin con la gente común y corriente y encantador con los monstruos fascistas.

—Ponlo en el libro.

—Está chiflado. Me ha agredido con un bastón. —Harry se levantó la camisa y le mostró a Rob el moratón, todavía visible—. ¡Joyce no le hizo esto a Ellmann!

—Dios mío, esto es terrible. Sin embargo —aspiró por la nariz—, cualquier bobo puede ser buena persona. Mamoon ha tenido los huevos de ser un pecador. Liana me ha estado telefoneando. Me ha dicho, entre otras cosas, que tienes ideas grandilocuentes sobre ti mismo.

—¿Ha dicho esto?

—Ruth informó al respecto: Alice y tú, el chico alto y rubio con su novia fashionista de cabellos platino y altura y delgadez inverosímiles, paseándose por el pueblo con los perros, ataviados con ropa gastada y botas llenas de rozaduras de lo más sofisticado, decepcionados por no poder encontrar un sitio en el que sirvieran fettuccine de ortiga y contemplando a los lugareños tatuados como si hubieseis descubierto a una tribu africana. He oído que incluso fotografiaste al perro de un pueblerino y que Liana tuvo que pedir disculpas personalmente.

—¿Al perro?

Rob se sacó el anillo de calavera antes de apuntar y cruzarle la cara a Harry. Se quedó mirándolo, retándolo a responder.

—Dime, ¿cómo es que no te han abofeteado más a menudo?

—¿Deberían haberlo hecho?

—La fiesta ha terminado. Ahora es el momento de la verdad. —Rob bajó la mirada hacia la pantalla en la que aparecían los esfuerzos de Harry—. Siéntate lo suficientemente cerca de mí para inhalar las emanaciones de mi cuerpo y examinaremos lo que has estado haciendo. ¿Sufres una crisis nerviosa? Pareces trastornado y tienes un aire tristón y perturbado.

Era cierto: desde que Alice había descubierto que estaba embarazada de gemelos, su ansiedad había alcanzado el nivel máximo, al igual que la de Harry. El padre de Harry incluso había convocado a su hijo pequeño en Londres para hablar con él. Era como visitar a un cardenal travieso y, con mucho gusto, papá se había mostrado encantado de repetir su homilía acerca de que un bebé en la familia, o peor dos bebés, era como un huracán arrasando a una multitud. Todo lo que había volado tenía que volver a ponerse en pie con una estructura nueva y más amplia; eso era trabajo para un hombre, no para un niño. Ser padre no era algo que venía dado, uno tenía que conquistar el trono, sentenció papá, el poseedor del trono. «Habrá dificultades», añadió, con una mirada risueña. Pero se lo veía satisfecho; Harry, con su astucia facilona y su tendencia a la arrogancia, la disipación y la frivolidad, particularmente en relación con las mujeres, le había dado a su padre sobradas razones para considerar que no conseguiría nada. De hecho papá casi se reconcilió con él.

Una vez terminado su helado, Alice cruzó el césped en dirección a Harry. Si Rob ya lo había machacado, ahora era el turno de Alice.

Sintiéndose ya mareada y débil, Alice encontraba a Harry demasiado chillón, despótico, con un aliento que apestaba a cebolla, los dedos sudorosos y una mirada retorcida. Entretanto, él, por supuesto, tenía prohibido encontrarla a ella repulsiva pese a que se describía a sí misma como «un puro desecho».

Alice le tocó suavemente la espalda y empezaron a caminar juntos. Preocupada por dónde vivirían, llevaba días sin dormir. Necesitarían, como mínimo, una casa mucho más grande, un hogar en un vecindario tranquilo, con jardín. ¿Cómo iba a cuidar ella de los niños? Necesitaría ayuda, ya que él no podía pretender que se encargase de la casa y de los niños mientras él estaba en alguna biblioteca, sin duda bebiendo expresos con encargadas de prensa que le traerían cruasanes.

—Alice, voy a tener que trabajar incluso más duro. Como Mamoon bien sabe, ganarse la vida con este oficio es difícil. Tendremos que mudarnos allí donde está el dinero… Estados Unidos, donde espero conseguir un trabajo como profesor…

—¿Profesor de qué?

—De escritura creativa.

—Tú no tienes ni idea de eso —le dijo ella—. He estado pensando que deberíamos mudarnos a Devon.

—¿Qué haríamos allí?

—Debemos instalarnos en un sitio tranquilo. En un sitio en el que podamos escondernos. —Rompió a llorar—. Harry, no sólo estoy embarazada, sino que mientras tú estabas aquí han llegado varias cartas amenazadoras de cobradores de morosos. Me he pasado un poco con los gastos. Me aterroriza que alguien pueda entrar en el apartamento mientras tú estás aquí y llevarse tu Telecaster y la Gibson.

Para él no había nada como escuchar la palabra «cobrador» para que se evaporase por completo su confianza en el mundo.

—¿Y qué les has dicho?

—No me regañes. Voy a recortar mis gastos —prometió Alice—. Pero aprovechando que está aquí, por favor, pídele a Rob más dinero.

—Lo haré. ¿Pero en qué has gastado el dinero?

—Abrigos, joyas, cenas con amigas y algunos pares de zapatos. Ya te los enseñaré. —Estaban junto a la puerta principal y Alice llamó, sabiendo que Julia estaría por allí—: Julia, ¿puedes traerme los zapatos de tacón? Creo que están en nuestra habitación. —Y añadió en voz baja—: Julia es una chica encantadora. Tenemos un pasado similar. Viviendas de protección oficial y madres solteras.

—¿Es eso cierto?

—Creo que ya lo sabías por Mamoon, pero me gustaría que no respondieses a una pregunta con otra, es evasivo.

—Perdón.

—¿No te has fijado en Julia?

—He estado concentrado en el libro.

—Ella y yo hemos vuelto a ir de compras juntas. Sabe adónde hay que ir en el pueblo. Es posible que su hermano me dé clases de kickboxing para ganar confianza en mí misma.

—Ese chico es un pateador nato, ¿verdad?

—Pareces molesto. ¿Es porque ella es honesta y tú te has portado de un modo infame con ella?

—¿Infame?

—Harry, ya sabes lo esnob que puedes ser.

Julia apareció con dos cajas. Alice se probó un par de zapatos y Julia un par idénticos. Se plantaron delante de Harry. Pasó por allí Rob y vio a las chicas mostrándole los pies a Harry.

—Lo sabía —dijo—. A eso te dedicas aquí, a contemplar a las chicas. Bueno, he gastado dos lápices y por hoy ya he cumplido —sentenció, sin especificar más—. Hablemos más tarde.

Liana llevó a Alice en coche a la estación, donde esperó el tren de Londres. Harry las acompañó, prometiéndole a Alice que adelantaría mucho trabajo mientras pensaba en su futuro en común. Le dijo adiós con la mano antes de que Liana lo dejase en el pub donde lo esperaba Rob. Harry resolvería rápidamente el asunto del dinero, le enviaría un mensaje a Alice y se relajaría un poco.

En el pub Rob ya se había instalado en un buen sitio, desde donde veía a Julia y sus amigos sentados en la otra punta del local. A diferencia de la mayoría de los amigos de Harry, Rob todavía se sentía cómodo en pubs en los que no había otra cosa que hacer que beber y hablar.

—Gracias por venir a verme hoy, Rob —le dijo Harry—. Necesito otro anticipo, amigo. En lo que a la pasta se refiere, estoy un poco apurado y presionado en estos momentos.

Rob se rió.

—No puedo ordenar otro pago hasta que parezca claro que no sólo vas a acabar el libro sino que va a ser original. ¿En qué estás trabajando en estos momentos?

—Estoy haciendo entrevistas y planificando. Pero la mayor parte de mis avances están en mi cabeza.

Rob negó con la cabeza.

—Estoy luchando mucho para mantenerte en el proyecto. Mamoon pensaba que ibas a forjar una inocua vida digna del Reader’s Digest para incrementar su fama. No entendía que no sólo te pusieses sus calzoncillos por sombrero, sino que además se lo contases. Tal vez acabe arrepintiéndome de haberte contratado.

—Se diría que has cometido un error.

—Todo lo relacionado con el arte comporta un riesgo.

—Pero idealizas en exceso a los artistas, Rob. Hay gente más interesante y útil.

—Esto es una blasfemia.

—Estoy trabajando bien, pero tú me saboteas. Y eso me altera bastante. Mira cómo me tiemblan las manos.

—No vuelques la copa a la que vas a ser tan amable de invitarme. Ya sabes que nunca llevo calderilla encima. —Harry se puso en pie y Rob le dijo—: Por cierto, ¿puedes hacerme un favor mientras pides las copas? Ten la amabilidad de preguntarle a esa chica…

Señaló a la otra punta del bar.

—¿A Julia? —dijo Harry.

—Pregúntale si copularía conmigo más tarde. Lo planteo de un modo crudo para ahorrar tiempo. Improvisa unos términos más delicados, masturbador de palabras.

—¿Y adónde debe dirigirse para la mencionada copulación?

—¿Qué tal un abrigo extendido en un prado bajo la luz de la luna? Estar en el campo me pone bucólico. Aunque tal vez sea una noche ventosa. ¿Qué tal tu lujoso vehículo?

—Reflexiona, Rob —le dijo Harry—, piensa por un momento en la impresión que le vas a causar, después de varios días sin afeitarte ni ducharte.

Rob lo agarró del cuello de la camisa.

—¿De qué me hablas? Esto es como Islandia, no han visto a un extranjero en décadas. Hacen cola para follarse a los londinenses.

Pero Julia se marchó y Rob se entretuvo bebiendo. Harry lo estuvo escuchando demasiado rato perorando sobre anécdotas del mundillo literario antes de decirle que se volvía a la casa. Tenía que telefonear a Alice y hablar con calma con ella. A estas horas ya estaría en casa, y a veces podía ser cariñosa y estar dispuesta a escucharlo.

Fue una ardua tarea lograr que Rob se levantase. Después de haberse metido speed para poder seguir bebiendo, su cerebro parecía sumergido, como un Ferrari lanzado a una laguna.

Harry estaba ayudando a Rob a recorrer la calle hasta el coche cuando Scott y varios colegas, con las caras tapadas, se plantaron delante de ellos. Harry y Rob se detuvieron. Scott iba en pantalón corto y como estaban cerca de una de las pocas farolas que funcionaban, Harry vio que llevaba una pulsera localizadora gris de la policía en el tobillo.

—Te has pasado. Te has follado a mi hermana y me has robado material —dijo Scott—. Te has reído de mí. ¿De qué va todo esto?

—¿Quién es este tío? —le preguntó Rob a Harry en voz baja.

—El hermano de la chica a la que te ibas a follar.

—Ah —dijo Rob, inclinándose hacia delante para vomitar.

—¿Qué material? —le preguntó Harry a Scott.

Scott y sus colegas avanzaron hacia Harry y Rob. A Harry le hubiera gustado arrearle un bofetón a ese mierdecilla; pensó que eso ayudaría al chaval a enderezarse. Pero Rob daba tumbos y los chavales probablemente llevasen navajas. Harry no iba a poder él solo con los tres. Y de todos modos, le temblaban las piernas.

Scott blandía un leño.

—Me encantaría cargarme a un negrata esta noche. Me apetece machacar a un conguito. Pero a falta de negrata…, te tengo a ti.

—Escuchad, tíos —dijo Rob. Dio otro paso adelante y dejó caer su teléfono, que uno de los gorilas aplastó.

—¿Qué podrías tener tú que yo quisiera robar? —le dijo Harry a Scott.

—Las drogas. En la habitación de Julia. ¿Te crees que puedes venir de Londres y chorizarnos el material?

Harry se metió la mano en el bolsillo y le ofreció un par de billetes de veinte a Scott.

—¿Cuánto?

Scott escupió al suelo y después pisoteó el lapo con sus deportivas.

—Recordaré que eres idiota.

En el coche Rob dijo:

—¿Entonces no tengo ninguna opción con esa chica? Te has integrado muy bien en este sitio. Hay ambientillo, ¿verdad? Hacía siglos que no me lo pasaba tan bien. Esto no es ni Inglaterra ni Gran Bretaña, sino un sitio completamente distinto. Lo llaman El País de los Hooligans y eso es lo que es. —Y Rob se puso a cantar—:

Ingerland, Ingerland, Ingerland[5]… —y no paró hasta que llegaron a Prospects House.