La última palabra

Hanif Kureishi · Capítulo 13 de 35

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La última palabra

Capítulo 11

11

 

Le pidió a Harry que condujese con cuidado y dejase dormir a Mamoon. Se despertaría aproximadamente una hora después y se montarían una juega sexy. Desde la ventanilla del coche Liana se despidió y saludó a algunos de los invitados que también se marchaban, uno de los cuales estaba vomitando en la cuneta.

Como Liana hacia mohínes y se balanceaba ridículamente como si estuviese a punto de estallar debido a algún tipo de presión interna, Harry levantó una mano del volante y se la apretó contra el pecho.

—Cuidado —gritó ella—. ¡Llevo un cristal de cuarzo rosa en el sujetador! —Y cuando Harry comentó distraídamente que le parecía que los invitados habían disfrutado de la comida, ella le respondió—: Si crees eso, es que eres un bobo que no sabe nada de cocina india. No volverás a ir estreñido. ¿No te has percatado de que ha sido una tragedia? No quiero volver a codearme con esos personajes grotescos.

—Liana, lo que tú realmente deseas es ser una gran dama, una anfitriona sofisticada de la mejor sociedad, con un salón, en el que Somerset Maugham, Arnold Bennett y, en contadas ocasiones, Thomas Hardy se dejen caer para tomar el té y hablar sobre qué obras teatrales hay en cartel.

—Para poder hacer eso tendría que vivir en Londres —se quejó ella—. ¿Te has fijado alguna vez en lo poco que Mamoon hace por mí?

—Pero eres la esposa de Tolstói —le dijo Harry—. ¿No es suficiente el consuelo del estatus y el respeto?

—He organizado esta poco valorada cena sólo porque Mamoon no me lleva a ningún lado. ¿Conoces a Ben el Guarro, mi vidente, el de la mente calenturienta?

—¿El vidente corto de miras? ¿Ese que me dijiste que era un travesti?

—Querido, con esas uñas tiene que serlo.

—Liana, ¿puedo preguntarte qué sentido tiene contratar a un vidente que sólo es capaz de ver un máximo de seis meses hacia el futuro? ¿No es algo parecido a ponerse en manos de un cirujano ciego?

—Le pregunté a Ben el Guarro —le contó ella—: ¿no puedes hacer que Mamoon arda? Durante los próximos seis meses, ¿ves algo de sexo en mi vida? Para nada…, él cree que mi ex marido me ha echado una maldición y me pidió setecientas libras para deshacer el conjuro.

—¿No te ofreció un descuento por ser clienta?

—Dime, Harry, ¿qué elección tenía? Mamoon apenas me dirige la palabra. Escribí sobre mis necesidades con letra bien grande y dejé mi diario a la vista. ¿Qué clase de marido pasa por delante del diario de su mujer sin siquiera sentir la tentación de echarle un vistazo?

—¿Tenéis algún tipo de contacto físico?

—¡Ni siquiera el día de mi cumpleaños! Vivo una vida de santa con un cuerpo profano. ¿Puede enloquecer una persona por falta de pasión y amor? ¿No soy todavía deseable? Sospecho que tú debes saberlo, Harry.

Él la miró.

—Eres una mujer suculenta, sinuosa como un delfín y en el apogeo de su sexualidad. Una mujer con un potencial sin explotar y con mucha vida por delante. Especialmente durante los próximos seis meses.

—Aunque lo he intentado, la cuarentena no ha sido muy gratificante —le confesó —. Tesoro, querido, el divorcio y todo eso la dejan a una seca.

Le relató su admiración literaria por Mamoon y cómo, en determinado momento, se había transformado en amor. Para ella había sido un «despertar», sexual, espiritual y emocionalmente. Le dio sentido al mundo; todo sumaba y su alma se llenó de luz y de vida. Eso funcionó durante los tres primeros años. Y a partir de entonces la luz empezó a titilar.

—En ese momento no tenía nada que ofrecerme, ni intención alguna de hacerlo.

—Liana, entonces metías libros en bolsas de papel —le recordó Harry—. Ahora tienes una casa, una parcela y perros que te saludan moviendo la cola. Cuando Mamoon falte, tú heredarás el dinero y serás respetada como la guardiana de la llama eterna. Tienes toda una vida de trabajo por delante, rechazando conceder el permiso para hacer esto o aquello, y atacando a cualquier periodista que se haya referido a tu marido como a un maricón charlatán.

—Harry, las mujeres lo tenemos peor. No lo entiendes, Harry. Tú podrás encontrar una esposa cuando tengas setenta y cinco. Él va a ser mi último amante. Tal vez el último hombre al que consiga poseer jamás, y nadie volverá a amarme. ¿Qué hombre se acercará a mí después de Mamoon?

—Habrás tenido por marido a un gran artista. Liana, ¿todavía te excitas sexualmente?

Aunque Mamoon roncaba, Liana se volvió para asegurarse de que estaba verdaderamente dormido. En el iPod de Harry, con el volumen bajo, sonaba música brasileña y jazz nórdico: suaves trompetas y pianos delicadamente lentos. Harry oía la respiración acelerada de Liana. Dejó que escuchase la música y se concentró en conducir por la estrecha carretera bordeada de matorrales y árboles, cambiando los faros alternativamente de cortos a largos mientras avanzaban.

Ella se inclinó hacia él y le susurró:

—Estoy rabiosa, querido. Como le comenté a Julia, idealmente no querría pasarme más de un mes sin hacer el amor.

—¿Y qué dijo ella?

—Gritó: más bien una semana. Me contó que a una mujer que no tiene un orgasmo al día se le reseca la piel y le salen estrías. Según ella, una tendría que embadurnarse la frente con el semen de su amante.

—Lo cierto es que ella tiene un aspecto lechoso.

Liana prosiguió:

—No admitiré haber dicho esto, no lo incluyas en el libro, pero extendí los brazos y me abracé a un árbol.

—Liana, los perros mean contra los árboles —le dijo Harry—. ¿Quieres que hable con él al respecto?

—¿Lo harías? Y si no lo haces… —y entonces lo miró con dureza—, tal vez empiece a preguntarte adónde vas por las noches.

—¿Qué?

—Cuando ya ha caído la noche.

Harry tenía claro que lo había estado espiando.

—Liana, cuando cae la noche me gusta relajarme. Me gusta conducir. A veces voy hasta Stonehenge, salto la valla y aplasto la mejilla contra la piedra milenaria. La relajación que siento me ayuda a pensar en el libro. Mi papeleo, como lo llamas tú.

—Te lo digo con cariño, Harry. Ándate con cuidado. Respeto tus secretos, pero guárdate toda esta tontería de Stonehenge para tu novia. Estoy intrigada por descubrir qué tipo de persona es.

—Estoy molesto porque me dijo que vendría para la cena en honor a Mamoon.

—¿Siempre es esquiva?

—Toda su vida consiste en no aparecer.

—Odio decirlo, pero me recuerdas al Mago del tarot. Posees un montón de poder espiritual. Te mereces algo mejor —dijo Liana, y añadió—: Te diré lo que haremos. Mis raíces son puritanas y católicas. Cuando era pequeña, nos castigaban por dudar de la existencia de Dios. Me he mantenido al margen de las experimentaciones químicas. Pero he leído sobre ello en novelas modernas. ¿Has probado alguna vez la cocaína, o como se llame eso…, el éxtasis? ¿Tienes un poco?

—¿MDMA? Eso no es para ti.

—¿Entonces por qué, según los periódicos, lo toman millones de personas?

—A corto plazo te hace disfrutar.

—Eso es lo que quiero. —Suspiró—. Disfrutar a corto plazo. Empiezo a sentirme como una vieja. Me duelen las rodillas. Y también el corazón.

—Mi padre siempre decía que las drogas ilegales son mejores que las legales. ¿Cuántos artistas han creado sus obras borrachos, bajo los efectos del láudano, del opio, del hidrato de cloral o de las anfetaminas? ¿Cuál es en cambio la aportación de los antidepresivos a la cultura?

—Bien. Si no me consigues un poco de ese material para probarlo, me dejaré caer por ese asqueroso pub del pueblo que tú frecuentas para beber. —Le acarició la rodilla—. Sólo un poco, Harry, por favor.

Harry le dijo que tendría que prometerle portarse bien con él.

—Tienes que pedirle a Mamoon que me dé su bendición para entrevistar a Marion. ¿De acuerdo?

—Pero él es muy receloso de ella. Marion rebosaba odio y prometió llevar a cabo una venganza terrible.

—¿De qué tipo?

—Estamos esperando a que llegue en cualquier momento. Todo lo que hizo Mamoon fue enamorarse profundamente de mí. Él no va a permitir que esa mujer lo machaque. No te la juegues: si le mencionas su nombre, te va a partir en dos.

—Tengo que jugármela.

Una vez en casa, Harry se encontró con la ya familiar dificultad de sacar a Mamoon del coche y cargarlo hasta la cocina, después subirlo al piso superior y meterlo en la cama.

Liana se había avanzado y en el dormitorio apagó las luces y encendió unas velas. Después se dejó caer sobre su butaca favorita, amarilla y decorada con un estampado de pájaros exóticos, se soltó el pelo y se quitó los zapatos.

—Deberías saber —dijo Liana mientras Harry atravesaba dando un traspié la puerta y depositaba a Mamoon sobre la cama— que el arco del pie en este zapato reproduce la curvatura del pie de una mujer cuando tiene un orgasmo. —Se metió la mano en el sujetador, sacó su cristal y lo acarició con impaciencia—. Despiértalo.

—Mamoon… Mamoon… —dijo Harry en voz baja.

No hubo respuesta.

—Eres el culturista gay —le comentó Liana—. Dale un bofetón. Después te lo agradecerá. Los dos te lo agradeceremos.

Harry le dio unas palmadas a Mamoon en la mejilla.

—Vamos, colega.

Liana le dijo que le diese más fuerte.

—Ponlo en marcha. Échale agua en la cara.

Harry le arreó al viejo un suave revés y le echó un poco de agua en la cara. Mamoon levantó la cabeza, abrió los ojos y miró fijamente a Harry durante unos instantes. Después dejó caer la cabeza y cerró los ojos.

Liana resopló y señaló con gestos el pijama de Mamoon.

—El muy cabrón no se va a despertar en toda la noche. Tendremos que divertirnos por nuestra cuenta. Al menos intenta ponerle esto.

—¿Por qué tengo que hacerlo yo, Liana?

—¡Tú querías conocerlo y a mí los pies me están matando! ¿No crees que tengo los tobillos hinchados? —dijo, y añadió—: Hablemos en serio por un momento, porque me has dado esperanzas. ¿Realmente crees que puedo recuperar a Mamoon del modo que hemos comentado?

Tras varios ronquidos y jadeos furibundos, Mamoon había vuelto a sumirse en un sueño profundo, incluso mientras Harry estaba embarcado en el complicado proceso de quitarle los pantalones y ponerle el pijama. Durante la operación, Harry echó un vistazo a través de la ventana. Fuera reinaba la oscuridad y caía una lluvia fina. Se acercó a la ventana; creía haber visto la luz de un teléfono móvil a lo lejos.

—Tienes que estar decidida —le comentó a Liana— y utilizar todos tus trucos de seducción.

Liana acariciaba el brazo de la butaca con el cristal.

—Tienes razón. He estado demasiado inactiva. —Cruzó las piernas con un movimiento ostensible—. Te he visto mirándome. Él solía mirarme. Adoraba mis piernas, aunque creo que se quedó un poco perplejo ese día maravilloso en Venecia, cuando tuvo que casarse con el resto de mi cuerpo. Harry…

—¿Sí?

—Esta noche te has portado magníficamente… ¿Vas a ir a donde sueles ir cada noche? ¿Y si yo me asusto? ¿Y si me pongo a gritar?

—No grites.

Por fin había acabado con Mamoon. Harry fue hacia la puerta y le dirigió a Liana un gesto de despedida. Le dio las gracias por la velada y le deseó felices sueños. Se retiró a su habitación y cerró la puerta con pestillo. A los pocos minutos Liana fue hasta allí e intento abrirla, mientras gritaba:

—¡No me rechaces como todos los demás!

Harry no creía que hablase muy en serio y ella no tardó en dejarlo correr. Harry se acercó a la ventana, salió por ella y saltó al jardín.

Julia le estaba esperando allí, tapándose la cabeza con el chubasquero para protegerse de la lluvia de medianoche.