Ladrona
Capítulo 9
Cuando Deba regresa de camino al apartamento de Maya no sabe ni cómo se siente, el día ha sido horrible y solo tiene ganas de gritar. Pero entonces Maya abre la puerta y le sonríe de un modo tan encantador que, durante unos segundos, Deba se olvida de todo.
Maya viste con unas mallas y una sudadera ancha y grande que le tapa las nalgas. Su pelo cae ondulado y brillante por su espalda recogido en una cola baja y varios mechones rebeldes escapan a cada lado de su cara proporcionándole un aire jovial y descuidado que desboca el corazón de Deba.
La ladrona se hace a un lado para dejar entrar a Deba y cierra la puerta mientras la observa tratando de descifrar lo que piensa. Le encantaría besarla ahora mismo, pero no lo hace porque después de pasarse casi todo el día pensando en ella, ha decidido dejar que sea la subinspectora la que dé el siguiente paso. Es el único modo que se le ocurre de no presionarla, aunque en momentos como el de ahora, que la tiene justo delante y todo su cuerpo palpita de necesidad, duda de sus capacidades para contenerse.
Es su teléfono móvil sonando el que le echa un cable en ese momento. Maya sale al balcón a contestar la llamada y Deba aprovecha para encerrarse en el baño y darse una ducha que la despeje de la jornada de trabajo tan desagradable que ha tenido y de paso la ayude a bajar el calentón que ha sentido en cuanto ha visto a Maya.
Al salir, Maya acaba de cerrar el balcón y se frota los brazos para entrar en calor.
—¿Una llamada de trabajo? —pregunta Deba sin moverse del sitio.
—Algo así —contesta Maya encogiendo los hombros—. No pretenderás que comparta mis planes con la subinspectora que trató de arrestarme en el pasado —vacila divertida.
Deba se pinza un labio con los dedos y suspira frustrada.
—¿Qué pasa? ¿Ha ido mal el día? —se interesa Maya.
—Peor que mal, ¿te importa si cojo una cerveza?
—Claro que no. Tráeme a mí otra, por favor.
Las dos se sientan en el sofá. Maya girada hacia Deba sentada sobre su propia pierna y Deba con ambas subidas y cruzadas como un indio mirando a Maya. Le explica la situación dejando ir la rabia que lleva conteniendo todo el día y cuando termina, bebe un largo trago de cerveza que sorprende a Maya.
—¿Y ahora qué?
—No lo sé, esto desmonta mi plan —contesta Deba agobiada—, si no sabemos cuándo se marcha ni el tiempo que va a pasar fuera, es muy complicado llevarlo a cabo.
—No entiendo nada, sois la policía, joder. ¿Cómo es posible que algo tan grave como esto salga de vuestro departamento? —exige saber Maya sin acabar de creérselo.
—Tú robas por dinero, y hay gente que se va de la lengua por lo mismo. Supongo que sucumbís a la tentación y ya está.
Deba no pretendía ofender a Maya, pero lo ha hecho y se arrepiente de inmediato.
—Maya, perdona, no he querido decir eso.
—Sí que has querido, Deba —contesta ella tragando saliva—, y tienes razón, a mí me mueve el dinero, pero jamás haría nada que protegiese a un puto violador.
—Ya lo sé, por favor, no me hagas caso —se disculpa sincera—, estoy muy nerviosa, Maya, esta situación me supera. Pensar que ahora puede estar por ahí, acechando a otra mujer indefensa y que nosotros no podemos hacer nada para detenerlo es algo muy difícil de gestionar.
Maya no contesta y se limita a coger su botellín y beber un sorbo mientras trata de relajarse. Ella no puede negarse lo que es, pero tampoco considera que ser una ladrona la convierta en mala persona.
—Creo que es mejor que me vaya —decide Deba de repente dejando su botellín sobre la mesita.
—¿Irte? —pregunta Maya con el pulso disparado.
—Ya no pinto nada aquí, Maya. Si no hay vigilancia mi plan es inviable, es así de sencillo.
Deba se pone en pie mientras Maya permanece estática en el sitio procesando lo que oye.
—Aquí tienes el diamante.
La subinspectora lo saca de un bolsillo de su bolso y lo deja junto a la cerveza ante la mirada atónita de Maya. Después camina hacia la habitación para recoger sus cosas mientras algo en su interior le grita que no lo haga, que se quede, que hable con ella, que le diga lo que siente y que se lance a la piscina de cabeza. Pero Deba no lo hace porque lo que siente por Maya la aterroriza del mismo modo que la desespera, además, Maya no ha protestado, no ha tratado de detenerla porque ha recuperado su diamante y el trato que las unía ya no existe.
Eso la enfada mucho y se llena de rabia. Abre la parte del armario que Maya le cedió para sus cosas y saca su macuto tirándolo sobre la cama bruscamente. Cierra la puerta y, cuando va a girarse, se encuentra con el cuerpo de la ladrona bloqueándole el paso.
—No te vayas.
Maya no tiene tiempo de decir nada más porque su cuerpo está atrapado entre el armario y Deba, que le está calentando los labios con un beso ansioso e intenso del que no quiere deshacerse. Maya coloca las manos en la cintura de Deba con cierto temor, nunca se ha sentido tan insegura con nadie como con ella. Está acostumbrada a tener el control de la situación y la seguridad de que la otra quiere y necesita lo que ella va a darle, pero eso no pasa con Deba, porque Deba es alguien que se abre con la misma rapidez que se cierra y eso la descoloca y la hace dudar.
La subinspectora lo percibe y rompe el beso de forma brusca mientras exige una explicación con la mirada, pero esta no llega porque los ojos de Maya están clavados en sus labios, húmedos, hinchados y ardientes.
—Maya…
Maya la mira entonces a los ojos, el cuerpo le tiembla y su sexo palpita empapado. No sabe qué decirle, tiene un calentón de los gordos y la mente bloqueada, así que pega la espalda al armario y aparta la mirada para clavarla en el techo y coger aire.
—Yo quiero, Deba —afirma mirándola de nuevo—, pero no sé qué quieres tú, a veces creo que estás preparada y otras que estás muy lejos. No sé cómo actuar, así que dime lo que necesitas.
Deba traga saliva nerviosa. Tiene claro que la necesita a ella, pero no sabe cómo decírselo.
—No puedo contestar a eso ahora, Maya. Solo sé que no quiero que pares.
Se acaba de pegar a ella y le susurra muy cerca de la boca haciendo que se estremezca. No es la respuesta que Maya esperaba, preferiría tener claro si esto se quedará en un polvo aislado o si tendrá la oportunidad de empezar algo con Deba, aunque sea a pasos muy lentos. Se recuerda que ha decidido no presionarla y que sea ella quién dé los siguientes pasos. Deba lo está haciendo y Maya no es de piedra, así que le devuelve el beso y la guía hacia la cama.
Maya se quita la sudadera en un movimiento veloz y se sienta en el borde de la cama atrayendo a Deba, que se sube a horcajadas sobre sus piernas e intensifica el beso haciendo que una ola de calor la recorra de pies a cabeza.
—Madre mía, Deba —exclama la ladrona sintiendo que todo le arde por dentro.
Deba se estremece y una ola de excitación la golpea al escucharla.
Maya le quita el jersey, cuela sus manos por debajo de la camiseta y Deba tensa la piel del estómago entrecortando la respiración al sentirla.
Maya enloquece y la acaricia con suavidad, pero la subinspectora necesita mucho más que eso y ni ella misma se da cuenta hasta que ha cogido la mano de Maya y la ha colocado con urgencia entre sus piernas.
Deba expulsa el aire en un bufido intenso que hace temblar sus labios cuando Maya acaricia su sexo por encima del pantalón, la reacción de Deba la fascina tanto que necesita sentirla piel con piel, así que abandona la zona y tira de la camiseta de la subinspectora hacia arriba, la deja caer en el suelo y se lanza a por sus labios en otro beso que a ambas les provoca un intenso hormigueo por el pecho. Deba, cegada por todo lo que siente en ese momento, hace lo mismo con la camiseta de Maya, que acaba en un lado de la cama mientras las dos se mantienen la mirada unos segundos.
La subinspectora siente que no le llega el aire suficiente, hacía tanto tiempo que no se dejaba llevar, que teme no estar a la altura de lo que Maya necesita.
—No te bloquees ahora, Deba —le suplica Maya con la voz ahogada de excitación.
Eso la calma, que Maya esté tan pendiente de ella le proporciona la seguridad que necesita. La vuelve a mirar a los ojos y solo ve deseo sincero en ellos. Se funden en un nuevo beso y las manos de Maya suben por sus costados a toda velocidad, girando hacia su espalda para buscar el cierre del sujetador y quitar esa incómoda prenda que le impide acariciar y chupar los pechos de Deba como necesita. Esta vez Deba se tensa de un modo diferente, Maya piensa que es por la excitación, pero entonces desabrocha el cierre y la prenda resbala por los brazos de la subinspectora liberando sus pechos. Maya los cubre por completo con sus manos y se deshace al sentir ese tacto suave y a la vez duro. Decide que tiene que chuparlos y cuando se retira un poco para contemplarlos el aire se le escapa de los pulmones y siente una presión en el pecho que la deja paralizada.
Una fina cicatriz recorre el pecho izquierdo de Deba, partiendo del final de la aureola y subiendo en diagonal en dirección a la axila. Maya calcula unos cinco centímetros de longitud.
—Deba… —logra decir sintiendo una bola de angustia en la garganta.
La subinspectora no contesta, no quiere bloquearse otra vez, así que se arma de valor y deja que Maya recorra con el dedo esa fina cicatriz blanquecina y suave que ahora forma parte de ella. Maya traga saliva, quiere llorar y gritar de rabia porque no necesita que Deba le conteste para imaginarse lo que le ha pasado. Levanta la vista y la mira, los ojos de Deba brillan y todo su cuerpo tiembla entre las manos de Maya, que ahora la sujeta por la cintura con más fuerza de la normal porque teme que se rompa entre sus dedos.
—No pares ahora, Maya —le suplica, lleva meses pensando que llegada una situación como esta no podría hacerlo, pero lo que siente por Maya está muy por encima de lo que ese malnacido le hizo y no quiere permitir que le estropee un momento como este. Eso no se lo va a conceder.
—No pienso hacerlo, Deba —le sonríe Maya tratando de recomponerse.
Le da un beso en los labios, uno corto, pero suave y delicado que Deba recibe de un modo mucho más intenso y turbador. Le ha parecido muy íntimo y decide entregarse a Maya por completo, así que cuando
esta le besa la cicatriz y después sorbe su pezón con hambre, cierra los ojos y se deja llevar.
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