Ladrona

Monica Benitez · Capítulo 3 de 26

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Ladrona

Capítulo 3

Cuando Deba abre los ojos no puede ni moverse de lo cómoda que está. La cama de Maya es muy confortable y, además, las sábanas huelen a ella y eso le provocó un efecto narcótico que la hizo caer rendida como si estuviese en su propia casa. Por algún motivo, el olor de Maya la hace sentir tan segura como su presencia, y no lo comprende.

Se despereza, pero al incorporarse siente un leve mareo y el corazón le palpita en el pómulo recordándole lo mucho que le duele.

Se lava la cara con cuidado de no mojar los puntos de papel que Maya le colocó y se mira al espejo teniendo la impresión de que esas ojeras que lleva semanas arrastrando, han desaparecido en gran parte. Se siente bien, dormir en esa cama le ha devuelto la energía. Sale de la habitación y lo observa todo un poco desorientada. La manta que Maya utilizó para dormir está doblada en un lado del sofá y ella no está. Entonces Deba repara en el reloj que hay colgado en la pared del comedor y por poco se cae de culo al verlo. Son las cuatro y media de la tarde.

Su corazón se acelera y se pone muy nerviosa, hasta que repara en el olor a sopa caliente que proviene de la cocina y al entrar se encuentra a Maya.

—¿Por qué me has dejado dormir tanto? —pregunta todavía impresionada por la cantidad de horas que ha dormido.

Maya se gira hacia ella y la recorre de arriba abajo con una mirada llena de lujuria que hace estremecer a Deba. Se da cuenta entonces de que todavía lleva el pijama puesto, uno de seda que Maya le prestó y en el que sus pezones, que se han puesto duros como piedras al sentirse observada por la ladrona, se marcan bajo la fina tela. Siente un calor sofocante recorrer todo su cuerpo y traga saliva.

—Parecías cansada —contesta Maya antes de sacar dos platos para servir la sopa.

Deba está paralizada sin saber qué contestar o dónde esconderse.

Es un hecho incontestable que cuanto más tiempo pasa con Maya, más atraída por ella se siente.

—Tu cama es muy cómoda —logra decir sintiéndose tonta.

—Lo sé, si quieres un día la probamos las dos. Te garantizo que será mucho mejor.

La respuesta de Maya hace que las piernas le tiemblen, pero logra recomponerse con rapidez.

—¿Cómo te encuentras? ¿Te duele menos?

Maya se acaba de acercar a ella y no ha podido hacer nada para impedirlo. La tiene justo delante y juraría que puede percibir el calor que desprende su cuerpo.

—Estoy mejor —contesta con voz ronca.

La ladrona asiente muy seria y le pasa un par de dedos sobre el golpe con tanta delicadeza, que Deba siente ganas de llorar. Baja la cabeza y enfoca el suelo mientras trata con todas sus fuerzas de que ese nudo que se ha formado en su garganta se deshaga. Maya percibe que algo no va bien y sin saber por qué y de forma completamente impulsiva, da un paso más y deposita un beso cálido sobre el pelo de Deba.

Después se retira para dejarle espacio mientras piensa en lo suave que le ha parecido y en lo mucho que le ha gustado hacerlo.

—Hemos perdido mucho tiempo —se lamenta Deba recomponiéndose por fin.

Maya lleva los platos a la mesa y la invita a sentarse.

—Necesitabas descansar.

—Pero ese cabrón podría haber actuado de nuevo mientras yo estaba ahí…

—No hagas eso, Deba —la corta Maya—, lo que él hace no es culpa tuya, y necesitas descansar para tener la mente fresca y cazarlo en cuanto meta la pata.

—Tienes razón —admite suspirando.

Cuando terminan de comer Deba se siente eufórica, hacía mucho tiempo que no comía en condiciones y entre eso y haber dormido tantas horas seguidas, ahora mismo se siente capaz de comerse el mundo, ni siquiera le apetece fumarse un cigarrillo. Se da una ducha y se pone unos vaqueros y un jersey que Maya le ha prestado. Todo le

queda un poco largo porque Maya es más alta, pero la sensación de llevar su ropa le resulta muy agradable.

—Bueno, ¿cuál es el plan? —pregunta Maya cuando Deba sale de la habitación.

Deba se frota las sienes pensativa y coge aire.

—¿Qué estás pensando? —le insiste Maya.

—Quiero dar caza a ese hijo de puta antes de que agreda a otra mujer —le explica mirándola fijamente—, esa es mi prioridad, Maya, solo intento pensar en alguien que pueda ayudarme a recuperar tu tesoro mientras tanto. Eso debemos hacerlo hoy o a partir de mañana cuando denuncien el robo será imposible acercarse a la zona.

A Deba le está explotando la cabeza, solo puede pensar en atrapar a ese criminal cuanto antes, pero necesita la ayuda de Maya y Maya no la ayudará si no recupera la maldita joya. Se frota las sienes otra vez y sin querer roza su pómulo con un dedo, lo que desencadena una serie de calambres punzantes que la dejan sin respiración unos segundos.

—Joder —se queja haciendo una mueca.

Maya se levanta y vuelve con un vaso de agua y otro calmante.

—Lo siento de verdad, Deba —se disculpa otra vez agachándose frente a ella para entregarle el vaso.

La policía alza la mirada y los ojos de ambas se encuentran y permanecen fijos unos en los otros hasta que Maya baja la mirada hasta sus labios. La subinspectora traga saliva porque desea con todas sus fuerzas probar esos labios, pero ahora no tiene tiempo para eso.

—Deja de mirarme así, Maya —le pide casi suplicando.

—No sé mirarte de otro modo —contesta suspirando.

Deba, en un arrebato que no logra controlar, alza la mano y acaricia la mejilla de Maya haciendo que esta cierre los ojos y suspire otra vez. Posa su mano sobre la de ella y la lleva hasta sus labios, besando la parte superior de sus dedos y provocando que una corriente eléctrica desesperante recorra todo el cuerpo de Deba.

—Las dos sabemos que esto pasará —asegura Maya poniéndose en pie mientras la mira de nuevo con ese aire chulesco de quien sabe que conseguirá lo que quiere.

A Deba le da rabia que dé por hecho que se saldrá con la suya, pero no se lo rebate porque cualquier cosa que salga de su boca afirmando lo contrario será mentira, pues siente un agradable

hormigueo recorriéndole el pecho cuando Maya la mira, y ese hormigueo también lo siente en otro sitio.

—Resolvamos primero lo de ese violador —propone Maya sentándose de nuevo en la mesita frente a ella.

A Deba la propuesta la hace sentir eufórica y desconcertada a la vez.

—¿A qué viene ese cambio? Sabes que, si no recuperamos la joya hoy, es muy probable que la pierdas.

—Nadie denunciará ningún robo mañana —afirma Maya con media sonrisa de satisfacción que pone muy nerviosa a Deba.

—¿Por qué no?

—Porque sustituí la pieza por una réplica exacta. Nadie se dará cuenta hasta que no vayan a buscarlo para llevarlo al museo donde será expuesto y los conservadores lo examinen.

—No entiendo nada, ¿es una pieza de museo? —pregunta Deba perpleja.

—Lo será. El joyero le compró el diamante a un mercante que se mueve en el mercado negro. Hasta ahí todo normal, es valioso, pero solo un diamante.

La forma de explicar de Maya cautiva a Deba, que la mira con atención sin terminar de comprender por qué le gusta tanto escuchar su voz.

—¿Y qué lo hace anormal? —pregunta Deba hipnotizada por la mirada de Maya.

—Tras estudiarlo con detenimiento, el joyero vio algo que le llamó la atención, así que se puso en contacto con otros amigos suyos que entienden también del tema y juntos llegaron a la conclusión de que la pieza era idéntica a otras once que forman parte de un collar que perteneció a la amante de un rey francés. Cuando la reina lo descubrió, se volvió loca de celos y se encargó de enviar a la amante de su marido bien lejos. Después cogió el collar y lo desmanteló, regalando cada uno de los doce diamantes que lo formaban entre sus hermanas y sus amigas de confianza.

—Eso es un ataque de celos muy bestia —opina Deba sin poder esconder una sonrisa que cautiva a Maya.

—Ya lo creo. Con el tiempo se han ido recuperando los diamantes para completar el collar —sigue explicando—, hasta la fecha habían

conseguido once, solo les faltaba el último.

—El que el joyero compró y tú has robado —concluye Deba con los ojos como platos.

—Exacto, esa diminuta pieza vale una fortuna por su valor histórico.

—¿Y tú cómo sabías todo eso? —le pregunta Deba impresionada.

—Porque hago los deberes y tengo mis contactos.

—Entonces lo has sustituido.

—Así es. He mirado el tiempo esta mañana y no se esperan lluvias o nieve en toda la semana. Mientras no llueva no habrá problema, el diamante no se moverá de donde está, y la recogida de la pieza en la joyería no se espera hasta dentro de diez días.

—De acuerdo, entonces vamos a preparar tu entrada en la casa —

dice Deba poniéndose en pie.

Siente el corazón desbocado dentro de su cuerpo, por primera vez tienen una oportunidad de conseguir algo contra Pelez, que así se apellida el sospechoso, y no piensa desperdiciarla.

—Deba, qué garantía tengo de que después me ayudarás a recuperarlo —le pregunta Maya.

—Mi palabra, hemos hecho un trato y yo cumpliré mi parte.

—¿Y si no sale bien? Si tu plan no resulta como esperas, ¿también me ayudarás?

Deba se coloca frente a ella y se inclina hacia delante, apoyando sus manos en las rodillas de Maya y acercando su boca hasta su oído.

—Te juro que te ayudaré —le susurra haciendo que Maya se estremezca y por primera vez sea ella la que se queda sin palabras.

Deba se incorpora satisfecha por el efecto provocado y se muerde los labios mientras piensa en el siguiente paso.

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